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| Domingo
19 de Setiembre | | Lc
16,1-13 (Lecturas: Amós 8,4-7 y 1Tim 2,1-8) DOMINGO 25º "C"
(La lógica del dinero) El mensaje de la liturgia
de la palabra de hoy es realmente muy duro para nuestros oídos y para concretizarlo
en nuestra vida, porque cuestiona seriamente nuestra manera de pensar y de vivir.
Porque, si somos sinceros con nosotros mismos, admitiremos que alguna vez, quizás,
obramos o nos sentimos tentados a obrar, como los poderosos de la primera lectura
o como el administrador infiel del Evangelio. Suenan muy duras las palabras del
profeta Amós en la primera lectura, ya que ponen al descubierto la peligrosidad
de la tan mentada ley de la oferta y de la demanda. Esa lectura refleja una situación
bastante común en una economía agrícola como era la de Palestina en tiempos del
profeta. ¿Qué había sucedido? Una sequía. Y como consecuencia de la falta de lluvias,
se había perdido casi por completo la cosecha del trigo. Por eso, los que habían
tenido suerte y en sus campos había llovido y por lo tanto habían podido recoger
el trigo, lo vendían a precio de oro. Era tanta la carestía y el hambre que muchas
personas se vendían por poco dinero y quedaban esclavos. Amós no puede hacer menos
que denunciar, en nombre de Dios, esas injusticias y esa explotación a los más
hambrientos. De todas maneras, lo que sucedía en tiempos de Amós era un juego
de niños comparándolo con lo que sucede hoy. Sabemos que los que tienen productos
necesarios, indispensables para la vida de las naciones aprovechan al máximo la
oportunidad, creando situaciones de tensión y de injusticias en el mundo. Los
cristianos sabemos que no podemos entrar en esa lógica. No podemos menos que ser
honestos, justos y fieles a la palabra de Dios. No podemos aprovechar situaciones
injustas para enriquecernos personalmente. Estas enseñanzas de la primera lectura,
nos preparan para que descubramos en el Evangelio la peligrosidad de la lógica
del dinero: ella nos puede llevar a la deshonestidad, a la infidelidad, al soborno.
En pocas palabras, a muchos pecados relacionados con el dinero. El Evangelio de
hoy concluye afirmando: "Nadie puede servir a dos amos, a Dios y al dinero",
pareciéndonos que Jesús condene inapelablemente al dinero. Pero si leemos bien,
lo que se condena no es el dinero en sí, sino a la lógica del dinero: el administrador,
no sólo es deshonesto, sino que corrompe a los deudores, iniciando una cadena
de deshonestidades que convierte peligrosas las relaciones humanas. Jesús alaba
la astucia, pero no avala con ella la actitud del administrador. Lo que entiende
decir Jesús que ojalá todos tuviéramos la misma astucia para ganarnos un tesoro
en el cielo, usando bien nuestro dinero. El dinero bien usado, es una bendición
y permite hacer mucho bien. Lo que quiere enseñarnos Jesús es muy simple de entender,
pero muy duro a la vez: Quien roba una vez, puede robar siempre... Quien miente
una vez... Quien traiciona una vez... Quien es infiel una vez,... Todo dependerá
de las circunstancias... Por eso hoy, más que detenernos en una frase de la palabra
de Dios, trataremos de examinarnos en todas las infidelidades de nuestra vida.
¿Cómo asumimos nuestras responsabilidades? Recordemos: las grandes infidelidades,
como los grandes pecados, nunca son ocasionales o fruto de la improvisación. Los
grandes pecados no nos sorprenden, son el coronamiento o el resultado de una larga
serie de pequeños pecados. Por eso, vivamos alerta. Después de estas reflexiones,
no parece descolgada la exhortación de san Pablo, en la segunda lectura, a orar
por los que gobiernan. Por quienes tienen grandes responsabilidades. Necesitan
más luz, más fuerza, más coraje para no dejarse seducir por el dinero y no caer
en su malvada lógica.
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Domingo
26 de Setiembre | |
Lc 16,19-31 (Lecturas: Amós 6,1,4-7 y 1Tim 6,11-16) DOMINGO
26º "C" (Nuevamente, el dinero...)
Hoy
la liturgia de la palabra nos invita una vez a reflexionar sobre las riquezas
y el dinero. Cada una de las lecturas nos interpela de manera diferente, pero
todas con mucha fuerza, desenmascarando sus peligros para la salvación. Cuando
el hombre queda atrapado en su lógica, olvida al pobre y pierde la solidaridad
que lo debe llevar a salir al encuentro del más necesitado. La primera, tomada
del libro del profeta Amós, el primer profeta escritor, nacido en los años que
se fundaba Roma, nos ofrece como punto de partida una interesante consideración
general sobre los desequilibrios existentes en el mundo respecto a la distribución
de las riquezas que existían ya en aquel tiempo y que continúan en nuestro tiempo.
La página del Evangelio contiene un reclamo dirigido a personas en particular,
para hacerlas sensibles y solidarias hacia los hermanos indigentes. Y el párrafo
de la Carta de san Pablo a Timoteo, es una invitación a la fidelidad a Cristo
en la justicia, en la fe y en la caridad. Después de esta síntesis del mensaje
de la palabra de Dios de este domingo, detengámonos unos momentos sobre cada una
de las lecturas. No puede menos que sorprender el coraje con que el humilde
agricultor de Tekóa, una pequeña aldea de Judea cercana a Belén, enfrenta a los
ricos y poderosos de Samaría que vivían el lujo y en el derroche, indiferentes
a las necesidades de los pobres. El grito del profeta tiene la fuerza del rugido
de un león y todavía hoy nos estremece con su denuncia. Hoy también existen esos
mismos desequilibrios, especialmente en el orden internacional: naciones ricas,
del así llamado primer mundo, junto a naciones muy pobres del tercer mundo. ¿A
quién no se le eriza la piel cuando ve por televisión las situaciones tremendas
en que viven algunos pueblos de Africa, Asia y Latinoamérica...? Tanto es así,
que en la reunión por el desarrollo de los pueblos, en Copenhague, en marzo de
1995, un presidente de un país rico, en un rapto de franqueza, admitió que es
necesario una "conversión" de los pueblos ricos para que las naciones
subdesarrolladas puedan crecer en el desarrollo. ¡Ojalá esa conversión manifieste
muy pronto sus signos, porque el clamor de los pobres grita al cielo! Además,
recientemente, los disturbios y las luchas en la ciudad de Génova actualizan la
situación... Después, el comportamiento del rico de la parábola del Evangelio,
se identifica con la actitud de ciertas personas de nuestros días: el dinero,
el exhibicionismo, la vida despreocupada y lujosa contrasta con la vida de la
mayoría de las personas, especialmente, en las naciones pobres y un poco más allá
de la Avenida General Paz, en nuestro interior. No hacen falta los ejemplos. También
en estos casos, los medios de comunicación social vienen a nuestra ayuda. De todas
maneras, si analizamos con precisión las palabras del Evangelio, veremos que Jesús
no condena la riqueza en sí misma, sino la falta de sensibilidad hacia el pobre:
esa falta de sensibilidad hacia el prójimo es causada precisamente por la adoración
de las riquezas, que endurecen el corazón y nos hacen prescindir de Dios. Las
riquezas son peligrosas cuando no nos permiten vivir la Palabra de Dios y nos
alejan del reino de Dios. La riqueza en sí misma no es mala ni buena. Pero el
Evangelio, sin condenarla expresamente, siempre nos pone en guardia por sus consecuencias.
Pueden hacernos creer que somos todopoderosos, soberbios, insensibles y creer
que con ellas solucionamos todo y, sin embargo, los ricos también lloran, se enferman
y mueren. No vele la pena cambiarlas por Cristo. Por eso es importante que
nos grabemos en el alma las enseñanzas de san Pablo de la segunda lectura. Allí
Pablo exhorta a sus discípulo Timoteo, y a cada uno de nosotros, a desapegarnos
de las riquezas, que para Pablo son "la raíz de todos los males" y que
nos alejan de la fe y de la solidaridad para con el prójimo. Como conclusión,
se puede decir que la Biblia no pretende resolver el problema de la justicia social;
pero nos da las directivas fundamentales para que encontremos el camino que nos
lleva a esa solución. No olvidemos que Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto,
afirmó que el amor todo lo puede. Desde esa perspectiva deberemos buscar
la solución... Domingo
3 de Octubre |
| Lc 17,5-10 (Lecturas:
Hab 1,2-3; 2,2-4 y 2Tim 1, 6-8. 13-14) Domingo 27°“C”
(Señor, auméntanos la fe...) La
liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre la fe. Y
no sólo la fe como virtud, sino la fe como oración y como actitud de vida. Tengamos
presente que tener fe no es sólo una manera de pensar sino y, especialmente, y
una manera de vivir. La primera lectura sacada del libro del profeta Habacuc,
que vivió unos 600 años antes de Cristo, nos muestra una situación civil y religiosa
que lo llenaba de desaliento: el profeta veía que los reinos paganos que rodeaban
a Israel triunfaban sobre su pueblo y Dios les permitía continuar esta agresión
sin intervenir en favor de ellos. Ante esta situación, incomprensible para
la mentalidad judía, el profeta se preguntaba cómo mantener la fe y la confianza,
sin lamentarse, viendo cómo los malos triunfaban sobre los buenos. Es el interrogante
de siempre: ¿por qué triunfan los malos? Ante esta duda, que nacía del interior
de todo el pueblo agredido, Dios respondió: "Perecerá quien no obre rectamente,
mientras que el justo vivirá de fe". En otras palabras, Dios les aseguraba
que llegará el momento en que las cosas serán puestas en su lugar. Esta es
también una situación que se repite hoy. Parece que los malos triunfan, prosperan,
están mejor que los buenos, gozan gracias a sus robos e iniquidades. Pero llegará
el momento en que las cosas serán puestas en su lugar. Las historia argentina
tiene algunos ejemplos recientes... Ante esta situación, Dios nos invita a
buscar la respuesta adecuada en nuestra fe. En otras palabras, quien no tiene
fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, no podrá comprender el proyecto
de Dios, el plan salvífico, la oración, el sacrificio de los inocentes. ¿Cómo
podemos comprender los sacrificios que soportan los pueblos de la antigua Yugoslavia,
sino dentro de la fe? Seguramente Dios se ocupará de alguna manera en poner las
cosas en su lugar, como lo hizo tantas veces en la historia. Pero no lo hará sin
nuestra colaboración. Sin la fe no hay una respuesta adecuada, sin la fe no hay
esperanza de una vida mejor, sin la fe no hay oración posible, sin la fe no puede
haber una eucaristía. Si leemos atentamente la página del Evangelio de hoy,
encontraremos en los Apóstoles la misma situación interior del profeta Abacuc.
Estos hombres que siguen a Cristo están desanimados, desconcertados... sucede
que mientras caminaban hacia Jerusalén, Jesús le habló largamente de su futuro,
sobre la voluntad de Dios, sobre la pasión y la muerte en cruz y ellos se sienten
sin la preparación interior, sin la fuerza necesaria para afrontar la situación,
y por eso están asustados y perplejos, por eso le ruegan: "Señor, auméntanos
la fe". Ésa también era la situación de las comunidades cristianas perseguidas.
Esta petición espontánea de los Apóstoles nos enseña una realidad que nunca deberíamos
olvidar: la fe es un don de Dios, gratuito, que deberíamos pedirlo continuamente.
A veces nos preguntamos ¿Qué es la fe? Y la misma Palabra de Dios nos da la respuesta:
"la fe es la garantía de los bienes que se esperan y la plena certeza de
los bienes que no se ven" (Hebreos, 11, 1ss). Esta fe entonces nos mueve
a actuar en el presente, pero con la mirada en lo que todavía no se ve. Pero
no debemos olvidar que esta actitud interior es un don de Dios. Una gracia, que
debemos pedir y cultivar, cuidarla y vivirla. Por eso no es fácil creer. Especialmente
cuando vemos a nuestro alrededor que la mayoría de las personas viven como si
no existiera otra vida. Como si Dios no existiera. Pero sin Dios y sin fe, cuántas
cosas quedarían sin respuesta y sin explicación. Nosotros, porque tenemos
la gracia de la fe, hoy estamos reunidos en torno a este altar para ofrecer a
Dios nuestro sacrificio de alabanza y petición. Pidámosle, como los Apóstoles,
que nos la aumente. Con ella tiene sentido la vida. Domingo
10 de Octubre Lc 17,11-19 (Lecturas: 2Re
5,14-17 y 2Tim 2,8-13) DOMINGO 28º "C" (¿Y los otros
nueve, dónde están?) La pregunta de Jesús, en el
Evangelio de hoy, es tan actual como en el momento que la pronunció y nos impulsa
a reflexionar sobre un tema concreto y cotidiano: nos exhorta a ser agradecidos
por lo que hemos recibido. Todos hemos recibido mucho de Dios, de nuestra familia
y de la comunidad donde vivimos y de la misma sociedad. Para inculcarnos la
virtud de la gratitud, la liturgia recurre a un ejemplo, a un milagro de Jesús:
La curación de los 10 leprosos. Para comprender mejor la fuerza de este ejemplo,
tenemos que tener presente que en los tiempos de Jesús, la lepra era el símbolo
de la maldición y el símbolo del pecado. La lepra era una enfermedad incurable
y excluyente. El leproso tenía que salir de la vida pública, esconderse lejos
de la comunidad humana, renunciando a la convivencia social, al amor, a convivir
con sus familiares y amigos. Era un muerto en vida. Por lo tanto, el leproso
curado tiene motivos como nadie para estar agradecido a quien lo había sanado.
En este caso, el leproso es el prototipo, la figura de la persona que recibe una
gracia. Jesús, por su parte, se mostró muy sensible a los gestos humanos. Por
eso, la pregunta que hace: ¿dónde están los otros nueve? le salió de lo más profundo
del corazón y del alma. Habrá sentido una enorme decepción por la actitud de los
nueve ausentes... y, por otra parte, el hecho que sólo uno volviera, parecería
que únicamente el 10% de la población es agradecida. Es decir, una minoría es
capaz de valorar los bienes recibidos. Frente a la realidad de los leprosos
curados y desagradecidos, que se repite de mil maneras, cabe preguntarnos: ¿Por
qué el hombre tan es ingrato? Y la respuesta no puede ser otra que por egoísmo.
El hombre que no piensa más que en sí mismo no puede ser agradecido. Le interesa
sólo lo que le sirve a él. Lo que mejore su situación personal. Hoy, sorprendidos
por la actitud de los nueve favorecidos por el milagro de Jesús y que se preocuparon
en regresar, preguntémonos cuántas veces nos detuvimos ayer a agradecer a Dios,
por todo lo que recibimos: la vida, la salud, la fe, la gracia, a nuestros familiares
por las atenciones que tuvieron para con nosotros, a quienes hicieron más fácil
el trabajo que desarrollamos. Ojalá nosotros formáramos parte de esa minoría,
de ese 10% de agradecidos, que ante la gracia, ante un favor recibido sabemos
volver sobre nuestros pasos para agradecer, convencidos que no sólo es un gesto
de buena educación sino en signo de delicadeza espiritual. Si así lo fuere, agradezcamos
a nuestro Padre del cielo porque estamos por el camino correcto.
| Domingo
17 de Octubre Lc 18,1-8 (Lecturas: Ex 17,8-13
y 2Tim 3,14-4,2) DOMINGO 29º "C" (Nuevamente, la oración) Hoy
la liturgia de la palabra nos invita una vez más, a meditar y examinarnos sobre
nuestro espíritu de oración. Para ser más precisos, nos invita reflexionar sobre
la oración de petición. Tengamos presente que la oración debe ocupar un lugar
muy importante en la vida cristiana, tanto a nivel de la comunidad parroquial
como a nivel individual. No se puede imaginar una comunidad cristiana donde la
oración no fuese un elemento esencial. No puede existir una comunidad cristiana
que no rece. Es como un contra sentido teológico. Los cristianos se reunían para
orar y para la "fracción del pan"; es decir, para celebrar la Eucaristía...
y elevar plegarias al Padre celestial. Dentro de este marco de la necesidad de
la oración, está la oración de petición de la que nos habla la liturgia de la
Palabra de hoy. Una de las primeras actitudes que deberemos tener sobre la
oración de petición, es no menospreciarla, no pensar que es cosa de niños pedir
a Dios; pero tampoco considerarla como una fórmula mágica, que soluciona todos
los problemas, que baste con pronunciar tales o cuales oraciones para encontrar
la solución a nuestros problemas. (Por ejemplo, las famosas cadenas de oración...)
Dios también escucha esas oraciones, si uno las hace con fe, pero no por la fórmula
en sí misma, sino por la fe con que se las hace. Un ejemplo de la oración
de petición la encontramos en la primera lectura, cuando Moisés mantiene los brazos
en alto, en manera de orar y su ejército vence... la Biblia no nos dice lo que
pedía, nos muestra sólo su actitud de confianza. Esa confianza es la que conmueve
a Dios y lo que hace que toda oración sea eficaz. El Evangelio de hoy nos
ayuda adquirir esa confianza en Dios. Nos indica que una de las condiciones indispensable
para que la oración tenga eficacia es la perseverancia. Nos enseña a no cansarnos,
a esperar contra toda esperanza, a insistir en el pedido. En la Biblia encontramos
innumerables ejemplos que demuestran que hay algo de misteriosamente eficaz en
la oración: hasta nosotros mismos hemos experimentado en muchos momentos de nuestras
vidas que Dios vino a nuestra ayuda, liberándonos de dificultades espirituales
y materiales que nos preocupaban. Ahora bien, si la oración es algo esencial en
el cristiano y cuando se hace con perseverancia, siempre es escuchada por Dios;
entonces, cabe preguntarnos por qué los cristianos rezamos tan poco, tan mal y
sólo cuando tenemos problemas o en los momentos desesperados. La respuesta
es muy obvia: Porque no tenemos fe; o porque tenemos muy poca fe. Fe y oración
caminan juntas: la fe nutre la oración y la oración nutre la fe. Cuando no rezamos,
perdemos fe y no podemos rezar si nos falta la fe. Por eso, nuestra primera oración
tendría que ser: "Señor, auméntanos la fe" y movidos por sea fe, continuar
nuestra oración diciendo: "Señor, nos ponemos a tu disposición", porque
rezar, en definitiva, significa ponerse a disposición de Dios, ser dóciles al
Espíritu Santo para aceptar y llevar a cabo sus planes y no exigirle a Dios que
piense como nosotros y lleve adelante nuestros proyectos.. Domingo
24 de Octubre Lc 18,9-14 (Lecturas: Ecli 35,12-14.16-18
y 2Tim 4,6-8.16-18) 30º DOMINGO "C" ( La pobreza espiritual
) Un tema fundamental de todo el Evangelio y, por lo tanto,
esencial también para la vida del cristiano es la pobreza espiritual que, como
hemos visto ya en otras oportunidades, es una de las reglas más importantes de
la oración. Una condición, “sine qua non”, indispensable para ser escuchada.
En síntesis, la página del Evangelio de hoy es de la explicación, en forma de
parábola, de la primera bienaventuranza que llama "Bienaventurados los pobres
de espíritu". Para reflexionar sobre este tema nos prepara la primera
lectura. Allí vemos cómo Dios se ocupa de los humildes, de los necesitados y de
los pobres en general y escucha su oración. Pero tenemos que tener muy claro
para entender correctamente esta enseñanza, que los pobres bendecidos por Dios
en el Antiguo Testamento, no son sólo los que carecen de bienes materiales, sino
toda aquella persona que no pone su confianza en las riquezas terrenales, sino
en Dios salvador. Esa la idea es clave para entender correctamente la parábola
que nos narra el Evangelio de hoy. Se trata de una de las parábolas más bellas
del Nuevo Testamento y su enseñanza es básica para nuestra relación con Dios y
con nuestros hermanos: ser pobres de espíritu es asumir nuestra debilidad y pequeñez.
Sabemos que Jesús siempre aborreció, le causó disgusto, molestia la ostentación
y la seguridad de sí mismo y la soberbia. Esa fue en definitiva, la causa principal
de la incompatibilidad entre Jesús y los fariseos. Los fariseos, en general, se
distinguían por su seguridad, su soberbia, su altanería en las relaciones con
Dios y sus hermanos. Aquí en la parábola hay uno de ellos. Fanfarrón. Él cumplió
estrictamente lo que se le pedía en la ley y ofrece en su oración nada menos que
un catálogo de sus éxitos. Ya no necesita nada. Pero tampoco necesita de Dios.
Y es precisamente eso lo que no ha entendido ya que todos los hombres necesitan
a Dios; de su amor, de su misericordia, de su perdón, porque nunca seremos tan
perfectos como Él y por eso, Dios no escucha nuestra oración. Y eso es lo
que sí, había comprendido el publicano. Sabía que no obstante toda su buena voluntad,
era pecador; una persona pobre que necesitaba que Dios le tuvieras compasión.
Seguramente también él tenía una larga lista de buenas obras, pero no se atreve
a exponerlas porque sabe que es más lo que le falta que lo que tiene. Por eso,
ora de esa manera. No mira sus obras. Se mira a sí mismo, en su interior con total
franqueza, con total sinceridad. Se siente realmente pobre. ¡Cuánto le falta aún
para ser bueno, para ser santo! Por eso, si lo examinamos bien, ser pobre
de espíritu, no es ninguna virtud, es solamente ser inteligente y comprender y
aceptar serenamente nuestra realidad personal. Hoy la liturgia nos llama a
ser inteligentes, a ser realistas. A no auto engañarnos por nuestros éxitos espirituales.
Acerquémonos a Dios con la misma actitud del publicano y recibiremos el perdón
y la misericordia de Dios. Una actitud humilde nos abrirá las puertas del cielo
y la acogida de nuestros hermanos. Obviamente, esa no deberá ser una estrategia
para conseguir lo que queremos, sino una manera de vivir disponibles y al servicio
de los planes de Dios Domingo
31 de Octubre Lc 19,1-10 (Lecturas: Sab 11,22-12,2 y 2Tes
1,11-2,2) 31º Domingo "C" (Breve historia de una conversión)
Sabemos por experiencia que la debilidad humana se manifiesta de muchas maneras.
Una de esas tantas, es la de apropiarse de bienes que no nos pertenecen. Dicho
de otra manera, el Evangelio de hoy nos recuerda el séptimo mandamiento, "no
robarás" y al mismo tiempo, nos indica que la verdadera conversión, en este
pecado, exige la necesidad de reparar, en lo posible, el mal causado. Para ello
nos recuerda la conversión de Zaqueo. Zaqueo era un publicano. Un colaboracionista
con el ejército de ocupación, que se aprovechaba de su cargo de recolector de
impuestos para exigir más de lo debido y de aceptar, llamémoslos, "regalos"
en perjuicio de Roma y también de Judá. Para los fariseos y para la opinión de
la mayoría, se trataba de un pecador público, endurecido, instalado en el pecado.
En cambio, para Jesús es un hombre más, de escasa estatura, “petiso”, diríamos
nosotros y con el corazón y el alma que llora. Ni más ni menos que como todos
los pecadores: como la mujer adúltera, como María Magdalena, como Pedro y como
cada uno de nosotros, “petisos” también por nuestra escasa estatura espiritual...
Lo importante, sin embargo, es que comprendamos que cuando Zaqueo sale al encuentro
de Jesús, es porque ya está instalada la lucha interior que lo mueve al cambio,
a la conversión. En otras palabras, la gracia ya está actuando. Por eso, aunque
parezca una paradoja, cuando Zaqueo sale al encuentro, Jesús ya lo había encontrado.
Ese es el motivo por el que se reconocen tan rápidamente, espontáneamente. Zaqueo
había encontrado a Jesús en las largas horas de insomnio, cuando pretendía justificarse
a sí mismo en las ideas y en las conductas poco honestas. Esto nos indica que
no hay encuentro fructífero y menos un encuentro con Dios, sin una preparación.
La conversión no se improvisa. Para encontrar la verdad hace falta haberla buscado
sinceramente con la mente y el corazón. La conversión debe estar precedida por
el silencio, la meditación, la espera, la oración e incluso por el sufrimiento.
Después del encuentro, lo de menos es el banquete, pero nos indica que la conversión
siempre es una fiesta. Lo definitivo es que Jesús acepta la voluntad de reparación
de Zaqueo. La conversión no cierra sin este paso en la persona que ha robado.
Es necesario reparar de alguna manera y si es posible. En otras palabras, no basta
la absolución del sacerdote para que en este caso sean perdonados los pecados.
Por otra parte, no seamos ilusos ni hipócritas, el robo, en la sociedad moderna,
es muy común. Basta abrir los diarios... pero tampoco debemos aplicar este Evangelio
o el séptimo mandamiento sólo al robo de cosas materiales. Hay otros robos tan
graves o peores. Por ejemplo, robar la libertad, el trabajo, la fama con acusaciones
infundadas, el amor, la alegría, la dignidad humana. También en estos casos no
basta la absolución del sacerdote sino que hay que reparar, reconocer el error,
salir al encuentro del damnificado. En definitiva, hay que convertirse. Zaqueo
no fue canonizado por la tradición de la Iglesia. Sin embargo, hoy que recordamos
su conversión, pidámosle que nos enseñe a salir al encuentro del Señor y nos dé
la fuerza para cambiar y reparar... Es posible que también muchos de nosotros
necesitemos subir algún árbol para ver pasar a Jesús. Él, seguramente levantará
la vista...
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Domingo 07de
Noviembre (Lc 20,27.34-38 (Lecturas:
2Mac 7,1-2,9-14) DOMINGO 32º "C" ¿Viviremos?
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| | El Evangelio de la liturgia de este domingo
nos plantea la cuestión central de cristianismo, de la fe que profesamos y, en
último análisis, es también la cuestión fundamental de la vida: la resurrección
de los muertos, la continuación de la vida más allá de la muerte, más allá de
los límites de nuestra existencia terrenal. En la revelación bíblica, antes
de la llegada de Jesús, los autores sagrados ya se habían planteado la cuestión
de la resurrección y, como es natural, se habían tomado al menos dos posiciones
muy enfrentadas: unos a favor y otros en contra. Entre los que estaban a favor,
se encuentra el autor del libro de los Macabeos, escrito unos quinientos años
antes de Cristo. En la lectura de hoy vemos que los jóvenes Macabeos tienen una
clara visión de lo que sucederá después de esta vida. Aún más, tienen una profunda
convicción en la resurrección. En la esperanza de esa resurrección aceptan serenos
la muerte en medio de torturas, para no transgredir un precepto, que hasta parecería
banal, abstenerse de ciertos alimentos. (Los preceptos de Dios nunca son banales:
cumplirlos significa aceptar la soberanía de Dios...). En cambio, los saduceos
la niegan. O no la ven. No comprenden cómo puede ser... Quizás esa actitud es
el resultado de su pragmatismo de vida, influenciados también por la filosofía
griega. Por otra parte, no olvidemos que los saduceos, descendientes del sumo
sacerdote Sadoc, (de allí viene el término “saduceo”), constituyen en Israel la
clase social más adinerada y que por lo tanto, tenían puestas sus esperanzas más
en las cosas de la tierra, en los bienes tangibles, que en las futuras, como podía
ser la resurrección. Con esta posición tomada, los saduceos de no creer en
la resurrección, plantean un caso que, a primera vista, parece complicado; pero
que en síntesis, se resume en una pregunta muy sencilla: ¿Sobreviviremos? ¿Esta
mujer que se casó muchas veces, a qué hermano pertenecerá? ¿Habrá otra vida?
Jesús les responde afirmativamente. Y el fundamento de esta afirmación no está
en el ser de los hombres, sino en Dios. La resurrección está fundada en el hecho
que el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de
vivos. Para Dios todos están vivos. La razón humana queda transportada a Dios,
por lo tanto, la razón queda anclada en la esperanza. San Pablo, en sus escritos
nos habla en la misma línea, aunque funda nuestra resurrección en la resurrección
de Jesús. Pablo no tiene dudas: si Jesús resucitó, resucitaremos también nosotros.
Vemos una vez más que Jesús siempre nos dio lecciones sencillas, pero fundamentales.
Para nosotros la gran lección espiritual de este Evangelio, es que debemos acostumbrarnos
a vivir mirando a Dios, en marcha hacia Dios. Toda nuestra vida personal y la
de la Iglesia cambiaría totalmente si creyéramos firmemente en la resurrección
de los muertos. | | Domingo
14 de Noviembre
| Lc 21,5-19 (Lecturas:
Mal 3,19-20 y 2Tes 3,7-12) DOMINGO 33º "C" Ven, Señor
Jesús... En este penúltimo domingo del año litúrgico,
la palabra de Dios, en su conjunto, nos invita a reflexionar sobre dos realidades
sumamente importantes para nuestra vida cristiana: 1. Nuestra vida personal
acabará, tendrá un fin. 2. El mundo en que vivimos, también acabará. (El Evangelio
de hoy nos lo describe en términos apocalípticos). Estas dos verdades
indiscutibles, nos obligan a pensar sobre otras dos realidades que a veces lamentablemente
olvidamos. Son éstas: -- Después de la muerte habrá un juicio. --
y en este juicio, recibiremos un premio o un castigo. Todo dependerá de cómo
hemos vivido. El hecho de que haya un juicio favorable o desfavorable
nos obliga a vivir en la verdad: no podemos vivir engañados o engañándonos, porque
llegará el momento de la verdad en que nuestra vida aparecerá tal cual fue.
Y esto es verdad porque sabemos que a Dios no le podemos mentir, a Dios no lo
podemos engañar, como podemos hacer con las personas que nos rodean.
Entonces cabe preguntarnos ¿ Dios, sobre qué nos juzgará? La respuesta ya la conocemos.
Nos juzgará sobre los mandamientos. Especialmente sobre el primero y el segundo,
que, en realidad, resumen toda la ley y los profetas: "Amarás al Señor, tu
Dios, con toda tu alma, con todo tu corazón... y al prójimo como a ti mismo"
Por eso, san Juan de la Cruz, en una magnífica síntesis, decía: "En el atardecer
de la vida se nos examinará sobre el amor". Si nuestro amor fue auténtico,
recibiremos un veredicto favorable. De todas maneras, nosotros que substancialmente
cumplimos con los mandamientos, tenemos que vivir en la esperanza y confiando
en la misericordia de nuestro Padre, porque Dios conoce nuestra vida y premiará
nuestro esfuerzo de todos los días. Premiará nuestra voluntad de ser mejores.
Además, como es un justo juez, él conoce, él sabe de nuestro esfuerzo por vivir
fielmente los mandamientos; conoce también las causas atenuantes de nuestros pecados
y de nuestras infidelidades. Sin embargo, más allá de nuestra esperanza,
no olvidemos que existe también un castigo para aquellas personas que no obstante
las continuas llamadas de la gracia y de las advertencias de Dios, no quisieron
cambiar de vida y reconciliarse con Dios y con los hombres. A ellos les espera
una vida sin Dios y por lo tanto, sin amor y esto lo llevará a sufrir enormemente.
(Dios no abandona al hombre, es el hombre que abandona a Dios). El tiempo
y el momento del juicio no lo conocemos. Probablemente, pasará mucho tiempo o
quizás no. ¿Cómo debemos esperar ese día? Como dice san Pablo en la segunda lectura:
trabajando, porque con nuestra paciencia, con nuestra perseverancia, con nuestra
constancia, salvaremos nuestras almas. Si vivimos así, podemos orar con la
misma oración que oraban los cristianos de finales del primer siglo, sumidos en
las persecuciones y con la que acaba el libro del Apocalipsis y toda la Biblia:
"Ven, Señor Jesús".
| | Domingo
21 de Noviembre CRISTO
REY - Se proclamó rey con las manos atadas.. Lc
23,35-43 (Lecturas: 2Sam 5,1-3 y Col 1,12-20) - Domingo 34º durante
el año "C" CRISTO REY La liturgia de
la palabra de este domingo en que celebramos la fiesta de Cristo Rey del Universo,
cuando menos es sorprendente. La primera lectura, tomada del 2º Libro de Samuel
en el que se relatan los acontecimientos fundacionales con la unificación de las
tribus de Israel en un reino unido, cuya capital era Jerusalén, se detiene en
el párrafo que leímos hoy, en la unción real de David por sacerdotes de las tribus
del norte. Es uno de los últimos actos de la unificación. Aquí el autor sagrado
presenta al rey David como al rey ideal y figura del rey Mesías que esperaban
los judíos contemporáneos de Jesús: Así como David unificó las tribus de Israel,
así el Mesías unificará los pueblos del mundo. En la segunda lectura, san
Pablo ya desde la perspectiva de la resurrección, recuerda a la comunidad cristiana
de Colosas, un himno de la liturgia bautismal, donde los recién bautizados proclamaban
su fe en Jesús resucitado, principio y rey del universo. Estas dos primeras
lecturas nos permiten apreciar que la idea de un Mesías rey del universo tiene
sus raíces profundamente arraigadas en el Antiguo Testamento y que los cristianamos
de la primera generación la asumieron como perteneciente al núcleo de su fe. El
Mesías crucificado y glorificado es realmente rey. Sin embargo, lo que nos
da la exacta dimensión de este rey, es la página del Evangelio de hoy. Allí escuchamos
un relato en donde más que a un rey, descubrimos la figura de un condenado a muerte
que soportó el suplicio junto a unos malhechores y rodeado por un pueblo que,
como siempre, es espectador y cómplice de una injusticia, ejecutada por soldados
invasores, azuzados por sacerdotes sarcásticos: Un cuadro trágico que nada tiene
que ver con la idea de rey de las dos primeras lecturas. Ante esta situación
cabe preguntarnos con cuál de las tres figuras de rey queremos quedarnos: con
el rey ideal, prefigurado por el rey David unificador del pueblo; con la del Señor
del Universo, ensalzado por san Pablo o por el crucificado que nos presenta el
evangelista san Lucas en la narración de la pasión. Ni el tema ni la pregunta
son nuevos: Ya los evangelistas trataron de resolverlo afirmando categóricamente
que el reino de Jesús no es de este mundo. Además, hacen notar que cuando Jesús
se proclamó rey, estaba prisionero, con las manos atadas y una corona de espinas...
Sin embargo, todo su mensaje, todo su anuncio está configurado dentro de la terminología
de reino. De ese reino habló en las parábolas, en sus discursos, en las bienaventuranzas.
Aún más, en la oración que nos dejó nos manda a pedir que "venga tu reino".
Pero es evidente que no lo entendieron ni sus amigos más íntimos. Cuenta san Lucas
en el Libro de los Hechos que algunos de ellos, antes de la ascensión le preguntaron:
"Señor, ¿es ahora que vas a restablecer el Reino de Israel? A lo que Jesús
respondió: "A ustedes no les corresponde saber el tiempo y el momento que
el Padre ha fijado..." Si nosotros hoy queremos entender bien el mensaje
de Jesús y su realeza, tenemos que recurrir a la profecía de Isaías, la del Siervo
Doliente y junto con el buen ladrón cambiar la manera de pensar y de vivir, reconociendo
que Jesús es el salvador y pedirle que nos haga participar de ese reino espiritual
que el vino a predicar. No olvidemos que la comunidad cristiana está compuesta
de súbditos que en realidad es un pueblo mesiánico, convertido y transformados
por el bautismo que camina hacia el reino eterno. El desafío para la Iglesia
no es pretender reinar, sino anunciar el mensaje del Maestro que cuando se proclamó
rey tenía las manos atadas, mostrándonos de esa manera su entera disponibilidad
a servir, a amar y a perdonar. Pidamos a Dios que venga su reino con su paz, con
su felicidad y con su gozo. |
|
El
Señor ya está en medio de nosotros...
| | Mt
24,37-44 (Lecturas=Is 2,1-5 y Rom 13,11-14) Domingo 1ªde Adviento "A"
Iniciamos hoy el tiempo litúrgico llamado de “adviento”
y con él comienza también un nuevo año litúrgico, que como se puede apreciar,
no concuerda con el principio del año civil. Antes de cualquier otra reflexión
y para una mejor comprensión, conviene recordar que el año litúrgico se divide
en cuatro períodos muy bien definidos: El primero, como ya se dijo, es el
tiempo de Adviento, que gira en torno “al que ha de venir”. ¿Y quién vendrá? Jesús,
el Hijo de Dios hecho hombre. Sin embargo, en estas cuatro semanas, las dos primeras,
nos recuerdan que al final de los tiempos, llegará el Hijo de Dios, muerto y resucitado
para juzgar al mundo y llevar a los justos, al encuentro del Padre celestial.
Será la “Parusía”, término griego utilizado en la literatura para narrar la llegada
de un general victorioso o de un emperador y que los cristianos de los primeros
tiempos, eligieron para recordar el regreso de Jesús resucitado. A su vez, los
dos últimos domingos nos preparan a Navidad, para festejar la Encarnación de Jesús.
A continuación y luego de algunos domingos “Durante el año”, comienza el tiempo
de Cuaresma. Son cuarenta días de preparación a la Pascua. Tiempo de conversión
y de penitencia que nos disponen a revivir el misterio de la muerte y resurrección
del Señor. Luego, fortalecidos por esa preparación, llegamos al domingo
de Resurrección con el que comienza el tiempo de Pascua. En él vivimos y meditamos
la resurrección del Señor y los efectos producidos en los discípulos y en la comunidad
eclesial. El último período, el más largo, es el tiempo de Pentecostés,
que inicia precisamente con la llegada del Espíritu Santo. Con este acontecimiento,
nace la Iglesia. A ese tiempo también se lo llama, “Durante el año” y algunas
veces, “Tiempo ordinario”. En estos cuatro períodos o “tiempos”, la Iglesia,
a través de la liturgia desarrolla todo el plan salvífico, desde la creación,
con un acento especial en el pecado de Adán y Eva y la promesa del Redentor, hasta
el fin del mundo, con el regreso definitivo de Cristo, en la Parusía.
Hoy iniciamos ese camino. Los textos de este domingo están escogidos para hacernos
comprender y meditar el misterio de la segunda venida de Jesús, a quien esperamos
con alegría. Y no sólo nosotros, sino toda la Iglesia está anhelante, oteando
el horizonte para descubrir la aparición del Salvador. Su llegada será una fiesta
porque toda la humanidad, los vivos y los muertos, convertidos en nuevas criaturas,
saldrán al encuentro del Padre celestial guiados por el Señor resucitado. San
Pablo, extasiado por esta verdad, vivía expectante, esperando que sonara la trompeta
para ponerse en marcha... La liturgia de hoy, consecuente con lo ya adelantado,
nos invita a meditar esa venida desde dos perspectivas. Desde el Antiguo Testamento,
como lo subraya la primera lectura mostrándonos a judíos piadosos que, recordando
las promesas hechas a los Patriarcas y esclarecidas por los Profetas, esperaban
a un Mesías, a un caudillo que liberaría a Israel del dominio extranjero para
conducirlo a la gloria. En cambio, para nosotros que lo vemos desde perspectiva
del Nuevo Testamento, esas expectativas ya se cumplieron. En efecto, el Mesías
llegó, nació, se hizo hombre, compartió nuestra naturaleza humana, anunció la
Buena Nueva, sus compatriotas no lo reconocieron, murió en la cruz y resucitó
glorioso. Por lo tanto, nosotros, vivimos y actualizamos el misterio de la Encarnación
y toda la obra redentora de Jesús y por eso hoy esperamos su venida al final de
los tiempos. Ese es el mensaje de la página del Evangelio y de la segunda lectura,
que nos dan directivas muy claras para hacer fecunda esa espera. Nos aseguran
que la salvación está cerca. Y si bien está cerca, no conocemos el momento exacto.
Llegará cuando menos lo pensemos. Pero si vivimos intensamente el misterio de
la Encarnación, como un verdadero compromiso con Dios y nuestros hermanos, la
hora no debe preocuparnos demasiado. Lo cierto es que Jesús vive ya en medio y
en cada uno de nosotros... |
| DOMINGO
05 de DICIEMBRE |
Juan el Bautista , testimonio, mensaje... |
| Mt 3,1-12(Lecturas= Is 11,1-10 y Rm 15,4-9) 2ºDOMINGO
DE ADVIENTO “A” En el segundo domingo de Adviento
nos encontramos con la figura de Juan el Bautista, su misión, su testimonio y
su mensaje. Así como él preparó históricamente la llegada a Jesús, el Mesías esperado,
de la misma manera continúa hoy preparándolo a quienes quieren acercarse al Señor
que ya llegó naciendo como un humilde niño en el pesebre de Belén y cuya venida
se actualiza en cada Navidad y continuamente en los sacramentos, en modo especial,
en el de la eucaristía y en el de la reconciliación. En aquellos tiempos,
Juan decía que no se puede recibir al Mesías sin una preparación adecuada, sin
cambiar de actitud, purificando la mirada. Y fue lo que sucedió. Históricamente
sus compatriotas no lo recibieron porque no tenían el espíritu preparado para
descubrir en el predicador de Galilea, al Dios hecho hombre, prometido a los patriarcas
y anunciado por los profetas. Es claro que lo que ocurrió antiguamente puede cumplirse
también hoy, ya que no basta con una preparación exterior superficial, alegre,
festiva como suele acontecer generalmente para esta festividad, tan querida por
todos. Juan exige un cambio interior. Prepararle un lugar, desearlo intensamente,
aceptar que somos pecadores y reconciliarnos con Dios y con nuestros hermanos,
acercándonos al sacramento del perdón, con el corazón arrepentido y dispuestos
a cambiar de vida. Para llevar a cabo esta transformación deberemos que imitar
al Bautista: Retirarnos al desierto, lejos del ruido, sin tantas comodidades y
de las cosas superfluas que embotan nuestro espíritu y someter nuestro cuerpo
con el ayuno y el sacrificio, ya que la visita es demasiado importante para distraernos,
corriendo el peligro de dejar pasar la oportunidad de un abrazo gozoso y transformador
con el Señor que llega dispuesto a peregrinar con nosotros en este mundo lleno
de alegrías y peligros. A este punto, es oportuno escuchar la exhortación
de san Pablo que invita a los cristianos a ponerse en la misma actitud que Jesús.
Así como Él viene a nuestro encuentro humilde y con los brazos abiertos, de la
misma manera deberemos salir al encuentro de nuestro prójimo; recibiéndolo con
caridad y comprensión, ayudándolo material y espiritualmente: Dios viene a nuestro
encuentro, nosotros salimos de nosotros mismos con generosidad, convencidos que
no hay Navidad cristiana sin purificarnos y sin un cambio de actitud ante la Palabra
de Dios y de la gracia. Hoy, Juan el Bautista nos invita a ponernos en marcha,
decididos; dispuestos cambiar nuestras vidas opacas y llenas de egoísmo. Escuchemos
el llamado de Dios a través de Juan, su profeta y mediante la lectura y meditación
de la Sagrada Escritura, acerquémonos lo necesario como para poder entablar un
diálogo fecundo con el Señor que viene a salvarnos. Domingo
12 de Diciembre
| ¿Quién
fuisteis a ver? | | Mateo
11,2-11 (Lecturas=Is 35,1-6a.10 y St 5,7-10) DOMINGO 3º DE ADVIENTO “A”
Nos acercamos cada vez más a la fiesta de Navidad y la liturgia de la Palabra
de hoy quiere prepararnos para comprendamos con toda claridad que ese niño nacido
en Belén es precisamente, el Mesías anunciado y esperado. Las tres lecturas,
cada una en su tono y desde su perspectiva, nos llaman a esa reflexión; pero en
modo particular, la página del Evangelio, tomada del capítulo undécimo de san
Mateo, donde el evangelista afronta directamente el tema de la mesianidad y divinidad
del predicador de Galilea, que llamaba cada vez más la atención de sus discípulos
y del pueblo sencillo, por lo que decía y los milagros que realizaba. Estaban
asombrados. Pero, para comprender un poco mejor el mensaje del episodio que
se lee hoy, es necesario encuadrarlo en la situación histórica en que sucedió.
El Tetrarca Herodes Antipas había arrojado al severo y audaz Juan el Bautista
a la obscura prisión subterránea de la fortaleza de Maqueronte, que se levantaba
en las cercanías del Mar Muerto, porque Juan le reprochaba con toda razón, la
relación incestuosa con Herodías, nieta y cuñada de Antipas. Juan, previendo
no muy lejana su muerte, quiere que sus discípulos, fieles seguidores suyos y
posiblemente muy apegados a él, se acerquen al verdadero maestro, a Jesús.
Si bien Juan no dudaba que Jesús era el Mesías y se lo había comunicado, quiere
que el Señor mismo derrumbe las últimas dudas de sus discípulos. Por eso los envía
para que le preguntaran personalmente al maestro, seguro que una declaración de
él mismo, los convencería más fácilmente. Jesús como respuesta hace propias
las palabras de Isaías y con ellas los ilumina para descubran que él es el Mesías
esperado y anunciado por los profetas. Después de su auto proclamación, Jesús
exalta la figura del Juan, que ya no es el profeta que ve en la lejanía, sino
el que indica con casi con el dedo la presencia del salvador. De este episodio
del Evangelio que leímos hoy, deberían quedarnos algunas enseñanzas para nuestra
vida cristiana. Lo primero que deberíamos tratar de imitar es la perspicacia
de Juan, que supo leer con claridad los signos de los tiempos: El descubrió en
su primo Jesús, al Mesías. También él podía dudar que alguien tan cercano a su
familia fuese nada menos que el Hijo de Dios hecho hombre. Esa actitud abierta
de Juan, debe servirnos de ejemplo. Si queremos encontrarnos con Dios deberemos
abrirnos a su gracia y ver en los acontecimientos de todos los días, la voluntad
del Creador que nos invita a participar al plan de salvación. En segundo término
ver en las alabanzas que Jesús hace de Juan, un ejemplo para nuestra vida. Es
sabido que no lo podremos imitar al pie de la letra, pero su austeridad y su coraje
para afrontar a Herodes Antipas, no puede dejarnos indiferentes: para ser auténticos
cristianos no se puede vivir pendientes del bienestar y del buen pasar, sin el
coraje suficiente para afirmar con valentía nuestra convicciones morales. No sólo
deberemos ser buenos dentro del templo, sino, y especialmente, puertas afuera:
en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro lugar de esparcimiento. Tenemos
que tener la firmeza del roble y no la flexibilidad de una caña agitada por el
viento
| | | |
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| Domingo
19 de Diciembre
| José
nos muestra el camino | | Mt
1,18-24 (Lecturas= Is 7,10-14 y Rm 1,1-7) CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO “A” En
este cuarto y último domingo de adviento, la liturgia confía a san José la misión
de indicarnos la manera y la actitud interior que deberemos cultivar para celebrar,
con devoción, el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que celebraremos
el 25 de diciembre. San Mateo definiéndolo “justo” en el Evangelio de hoy,
resume en el esposo de María, las actitudes que tuvieron los grandes patriarcas
de Israel, ante las promesas y la esperanza del Mesías. José como Abraham, Isaac,
Jacob, David... esperaban con fe y humildad. La Encarnación, el hecho que
Dios haya plantado su tienda entre nosotros, tomando la naturaleza humana y compartiendo
la historia con sus criaturas, es un acontecimiento misterioso, que escapa a la
compresión de la mente humana, incluso la de san José, quien ante la duda decide
silenciosamente separarse de María. Según el relato evangélico tuvo que intervenir
un ángel para iluminarlo con una luz especial en nombre de Dios. A la mente
humana le asiste el derecho y la obligación de indagar, averiguar, analizar, tratando
de comprender las manifestaciones de Dios. Aún más, a Dios le agrada quien busca
entender sus planes con corazón sincero. Por eso el bautizado tiene el deber de
orar, instruirse y conocer las Sagradas Escrituras para lograr un encuentro personal,
original y creativo con Dios. Esa fue la actitud interior de José. Pero esa
persona que busca sinceramente, comprende también que la mente humana está limitada
frente a Dios y por eso acepta el misterio. Así, como José, creerá y confiará
en la palabra de Dios. Para vivir el misterio de Navidad, tendremos que hacer
también un profundo acto de humildad. José, no obstante ser descendiente de la
familia de David y de estirpe real, cuando intuyó que se encontraba ante un acontecimiento
que lo superaba, que hoy llamamos misterio incomprensible, advirtió su pequeñez
y pensó retirarse. Luego, iluminado por Dios, aceptó, en silencio, una realidad
que no comprendía. Aceptemos también nosotros nuestra situación de criaturas.
El misterio nos supera. Pero intuimos en él una inmensa belleza y el inmenso amor
de Dios. Cantemos como María un himno a Dios porque ha mirado nuestra pequeñez
y vino a vivir en medio de nosotros. Además, para actualizar el misterio de
Navidad, hagamos una profesión de servicio. Es importante y significativa la afirmación
del párrafo del Evangelio: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el
Señor había anunciado por el Profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo...
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a su
esposa a su casa”. Es decir, Dios convocó a José a colaborar en el plan de
salvación, en su inescrutable proyecto de redención y, de alguna manera, en la
misión de Jesús. En otras palabras, cuando José “comprendió” la voluntad de Dios
no se asustó ni se tiró atrás, sino que con coraje, asumió su responsabilidad
en la historia de la salvación. Es lo mismo que deberemos hacer nosotros.
No podemos excusarnos, especulando que “no sabemos”. El mensaje de hoy es muy
claro. Asumamos nuestra responsabilidad de cristianos. En estos pocos días
que quedan de preparación a la Navidad, no basta detenernos a contemplar el misterio,
que ya es meritorio, sino en buscar la oportunidad para ponernos al servicio de
la obra redentora de Dios. Será como un caminar junto a José hacia el pesebre
de Belén. | | | Sábado
25 de Diciembre NAVIDAD
"Un acontecimiento, un mensaje,una respuesta"
Jn 1,1-18 (Lecturas;Is 52,7-10 y Heb 1,1-6) | La
página del Evangelio que leemos en la fiesta de Navidad, relata el nacimiento
de Jesús. Pero al mismo tiempo, nos deja vislumbrar el misterio que encierra ese
nacimiento tan extraordinario. Es decir, hay un acontecimiento fuera de lo
común. Único. Y hay un mensaje que revela en parte, el secreto y el misterio.
Los hechos los conocemos perfectamente: Jesús nace en Belén y su Madre lo acuna
en un pesebre. Este acontecimiento, que si no fuera iluminado por la revelación
y la fe, sería uno de los tantos nacimientos pobres que sucedieron en Palestina
de esos tiempos y que continúan sucediendo hoy. Pero está acompañado de un mensaje
que le da significado y que fundamenta toda su importancia. Este
es el mensaje. Unos pastores que estaban cuidando sus rebaños esa noche, fueron
envueltos en un resplandor de luz celestial y en ese momento escucharon el anuncio
del ángel "Hoy, en la ciudad de David ha nacido el Mesías" y cuando
éste se alejó oyeron cantar: "Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres
que ama el Señor". Ese mensaje aclara el misterio de ese nacimiento.
Hace dos mil años que los hombres recuerdan este acontecimiento y no cesan de
quedar atrapados por su dulzura y fascinados por la presencia de este niño. Dios
se hace hombre en un humilde pesebre, en una fría noche de invierno. Un misterio
que nos conmueve íntimamente. Sin embargo, reflexionemos. Navidad no es simplemente
un momento de emoción, de dulzura, de ternura. Navidad es la irrupción de Dios
en la historia humana, y se compromete para siempre con el hombre, dándole un
significado nuevo a la vida y a la historia. Por eso preguntémonos ya: Estamos
preparados para aceptar en nuestro espíritu el significado profundo
de esta noticia: "En la ciudad de David, ha nacido el Mesías, Dios se ha
hecho hombre" Estamos preparados para descubrir el significado de es
signo: Dios recostado en una cuna. § Estamos espiritualmente abiertos
y capaces para asombrarnos y conmovernos delante el hecho que Dios se acerque
al hombre para compartir su debilidad, su fragilidad y su pobreza. § Sobre
todo, preguntémonos si tenemos un corazón disponible para comprometernos con su
mensaje y abrirnos al regalo estupendo de la reconciliación con Dios y con nuestros
hermanos. ¿Nos sentimos renovados y transformados por la alegría
de la presencia de Dios? La contemplación del misterio de Navidad debe ser
acompañada por una reflexión atenta y profunda de su significado a nivel humano.
Para ello partamos de la idea de que el hombre fue creado por Dios a su imagen
y semejanza. Ya por ese motivo tenía una estrecha relación con su Creador. Pero
con la encarnación, Dios se acerca aún más, se hace hombre para compartir su historia.
Es como si en un determinado momento, se hubiese enamorado de su criatura y decidiese
convertirse en una de ella. De esa manera, Dios se hace presente en medio de nosotros
para participar de nuestra historia. Es Dios con nosotros. Este acontecimiento
está lleno de significado: no sólo porque eleva al hombre al nivel divino, sino
porque acerca a Dios al plano humano. Esta realidad misteriosa e inefable,
debe traducirse en un verdadero compromiso cristiano. No se trata sólo de un hecho
histórico y cultural; sino de un hecho que transforma desde adentro a la humanidad.
Hoy la Iglesia interpreta y actualiza la presencia de ese Niño de Belén. El acontecimiento
que estamos celebrando nos permite contemplar al mundo y a la historia con ojos
nuevos. Navidad nos permite comprender, sentir y comportarnos como verdaderos
cristianos. Domingo
26 de Diciembre La Sagrada
Familia
| El
modelo de familia En estos días que pasaron,la atenciónde la liturgia estuvo
centrada en el Pesebre de Belén, para actualizar y venerar el inconmensurable
misterio de la Encarnación de Dios. Hoy, la liturgia nos invita a ensanchar
el horizonte de nuestra mirada para contemplar también las otras figuras que
están en el Pesebre: NosinvitaamiraraMaría,laMadre
del Salvador y a José, su esposo. Así
veremos que Jesús, José y María forman el
núcleo del que surgirá la nueva humanidad.
De esa manera veremos que la celebración de
hoy asume un doble significado: l.Por
una parte, vemos cómo el Hijo de Dios entra a formar parte plenamente
de la Comunidad humana: como todos los niños del mundo tiene necesidad
de una familia para crecer y desarrollarse
físicamente, síquicamente e intelectualmente. 2.
Por otra parte, la Iglesia, con esta fiesta presenta
a todo el mundo, el modelo de familia cristiana. En efecto, la familia
sagrada es el modelo de familia porque María es el modelo
de Madre, José el modelo de esposo y
Jesús el modelo de hijo. y para
que contemplemos esa realidad, la liturgia
de la palabra nos propone tres lecturas, donde
podemos encontrar las pistas, las ideas, las enseñanzas para recrear hoy
vida de la Sagrada Familia en cada hogar
cristiano. a).Laprimeralectura,tomadadellibro
del Eclesiástico subraya fuertemente el
respeto que los hijos deben tener para con
los padres.(ComoUds.habránnotado,setrata de
una explicación del sabio judío del cuartomandamiento. El
más importante de los mandamientos, después de los tres primeros elacionados
con Dios De hecho ,Jesús aún siendo Hijo de Dios, estaba sometido a
sus padres, como manda precisamente, el cuarto mandamiento. b).Lasegundalectura,tomadadelacarta
de san Pablo a los cristianos de Colosas,
nos muestra una serie de virtudes y de actitudesque,
cuando se practican en una familia, garantizan la
paz y la convivencia. c).ElEvangelioqueleímoshoy,ilustrala
plena disponibilidad de la Sagrada Familia,
que se deja guiar dócilmente por Dios, especialmente
en las dificultades, cumpliendo la voluntad
de Dios con confianza y prontitud. Esamismaactitudydisponibilidaddebería
encontrarse en cadafamilia cristiana:
saber discernir y cumplir la voluntad de Dios en
los momentos dificiles. Si
los cristianos nos empeñamos en reeditar ese
modelo de familia, seguramente cambiaría la sociedad y el mundo.
Para eso es necesario que tengamos
bien claro: En la Sagrada Familia,- el modelo que nos proponemos-,
todo giraba entorno a Dios, en conocer su
voluntad, en escucharla y en vivir de
acuerdo a esta palabra de Dios. Meditemos
íntimamente estas tres lecturas de hoy, para
que nuestras familias vivan el mismo clima de la Sagrada Familia. La experiencia
nos enseña que la familia que ora y medita
unida, permanece unida. |
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