Parroquia Basílica San Nicolás de Bari

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Año 2004

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Homilía del Sr. Arzobispo en el Te Deum del 25 de Mayo 2004

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: "El Espiritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír". Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: "¿No es éste el hijo de José?". Pero él les respondió: "Sin duda ustedes me citarán el refrán: `Médico, cúrate a ti mismo´. Realiza también aquí , en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún". Después agregó: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio". Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino. Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. (Lc. 4: 16-32)

1. En estos días finales del tiempo pascual, en vísperas de la venida del Espíritu Santo, nos reunimos para retornar a las fuentes del Mayo de los argentinos. Volvemos al núcleo histórico de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias formales sino buscando la huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino andado para abrir espacios al futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria de la plenitud se hace posible vislumbrar los nuevos caminos. Del paso fundante de Dios y de su contundente gracia salvadora en nuestra historia es posible recomenzar, inspirarse, fortalecerse, proyectarse. La víspera de Pentecostés, tiempo del Espíritu, reúne a los vapuleados creyentes de hoy, no menos que a los sacudidos y frágiles apóstoles de entonces, para recomenzar. La fragilidad de la barca no debe causar temores ni prevenciones, la inmensidad del mar de la vida y de la historia es suavizada por el viento, ese soplo de Dios que desde el primer día nos impulsa y conduce. Alguna verdadera, misteriosa e inclaudicable confianza nos llevó a los argentinos a congregarnos, tantas veces a lo largo de nuestra historia, en este solar de mayo, como en aquel año de 1810, buscando el viento que nos conduzca por buen camino

2. También aquellos fieles que oían a Jesús en su Nazaret natal estaban esperanzados. Había respeto y admiración por la autoridad que emanaba de su persona y sus palabras parecían mover aires renovados en el alma del pueblo. La propuesta de aquel joven Rabbi era algo largamente esperado: una "Buena Noticia para los pobres", una manera nueva de "ver" la vida y la tan ansiada libertad. Esa buena nueva de Jesús es inclusiva. A los mismos que libera y sana les encomienda liberar y sanar a otros. Hablando con su pueblo, Jesús mismo siente la confirmación de que las palabras proféticas se cumplen en el mismo momento en que las pronuncia. Iluminado y ungido, habla movido por el Espíritu. El relato evangélico nos lo muestra a las claras: allí estaba el Espíritu, un tiempo nuevo de Dios, un viento que es seguro. Y la gente sentía lo mismo: hubo aplausos y gestos de admiración. Sin embargo, el final del relato nos deja perplejos. Alguien deslizó sibilinamente "Pero, ¿no es éste el hijo de José" el carpintero? y entonces cambió el humor de los presentes: lo sacaron a empujones y lo llevaron a un barranco con la intención de despeñarlo o de apedrearlo. Pero "Jesús pasó por entre medio de ellos y siguió su camino", se fue a Cafarnaún, pueblo de Galilea, a predicar de nuevo al aire libre, entre la gente sencilla del pueblo fiel. Lo que al principio parecía el acontecimiento de una gran barca lanzada a los mares de la conquista de la libertad, se convierte en un ir a buscar la humilde barca de Simón, el pescador del lago de Genesaret: el Señor se escabulle y se pierde como uno más entre la multitud. Ni siquiera se comporta como un rebelde dispuesto a poner el pecho a las pedradas.

3. Jesús, fiel al estilo profético que acompañaba su paso entre los hombres, realiza gestos simbólicos, ¿qué significa este dejar Nazaret su "patria"? Me parece ver aquí una fuerte protesta contra los que se sienten tan incluidos que excluyen a los demás. Tan clarividentes se creen que se han vuelto ciegos, tan autosuficientes son en la administración de la ley que se han vuelto inicuos. Por eso Jesús se aparta y elige el pequeño sendero, irse por entremedio de su pueblo, "la oscura senda" (de la que hablara Fray Luis De León), que es precisamente el camino de los pobres; el de los pobres de cualquier pobreza que signifique despojo al alma y, a la vez, confianza y entrega a los demás y a Dios. En efecto, el que sufre el despojo de sus bienes, de su salud, de pérdidas irreparables, de las seguridades del ego y -en esa pobreza- se deja conducir por la experiencia de lo sabio, de lo luminoso, del amor gratuito, solidario y desinteresado de los otros, conoce algo o mucho de la Buena Nueva. Los argentinos hemos sufrido todas estas pobrezas, algunos las viven y testimonian desde años y décadas. Pues bien, hoy como en aquel tiempo, Jesús sigue escabullido entre los más pequeños y pobres de nuestro pueblo. Pero, ¿por qué deja a aquellos exaltados solos con sus piedras y sus deseos de desbarrancar todo lo que no concuerde con sus ideas? ¿Qué les impide a estos transitar esta senda de la escucha de la Buena Nueva? Tal vez el tácito enfrentamiento, en sus vidas, entre sabiduría e ilustración. Lo sabio es añejamiento de vida donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el sentido de pertenencia. Lo ilustrado, en cambio, puede correr el riesgo de dejarse empapar de ideologías -no de ideas- de prejuicios, de facciosidad. La impaciencia de la elites ilustradas no entiende el laborioso y cotidiano caminar de un pueblo, ni comprende el mensaje del sabio. Y en aquel entonces había también elites ilustradas que aislaban su conciencia de la marcha de su pueblo, que negociaban su pertenencia y su fe, también existían las izquierdas ateas y las derechas descreídas abroqueladas en sus seguridades marginales ajenas a todo sentir popular. Algo de aquella cerrazón emocional, de esas expectativas no colmadas las sintió Jesús como verdaderas cegueras del alma. Tal actitud parece evocar los reclamos histriónicos, inmediatistas; esas reacciones y posturas extremas o superficiales en las que solemos caer.

4. No pocas veces, el mundo mira asombrado un país como el nuestro, lleno de posibilidades, que se pierde en posturas y crisis emergentes y no profundiza en sus hendiduras sociales, culturales y espirituales, que no trata de comprender las causas, que se desentiende del futuro. Frente a esta realidad debemos quizá pedir luz acerca de la segunda promesa profética: ha venido a dar vista a los ciegos, y plantearnos el hecho de nuestra ceguera. Admitámoslo. Necesitamos que el Señor nos ilumine porque tantas veces parecemos cegados y vivimos de encandilamientos efímeros que nublan y opacan. Es como capricho del que no quiere saber nada con el resplandor que brota del silencioso pensar y hacer balance de nuestros aciertos y yerros. No buscamos la luz mansa que brota de la verdad, no apostamos a la espera laboriosa, que cuida el aceite y mantiene la lámpara encendida. El fruto vano de la ceguera es la falsa ilusión. Todos ilusionamos una fuerza profética y mesiánica que nos libere, pero cuando el trayecto de la verdadera libertad comienza por la aceptación de nuestras pequeñeces y de nuestras dolorosas verdades, nos tapamos los ojos y llenamos nuestras manos con piedras intolerantes. Somos prontos para la intolerancia. Nos hallamos estancados en nuestros discursos y contradiscursos, dispuestos a acusar a los otros, antes que a revisar lo propio. El miedo ciego es reivindicador y lleva a menudo a despreciar lo distinto, a no ver lo complementario; a ridiculizar y censurar al que piensa diferente, lo cual es una nueva forma de presionar y lograr poder. No reconocer las virtudes y grandezas de los otros, por ejemplo, reduciéndolos a lo vulgar, es una estrategia común de la mediocridad cultural de nuestros tiempos. ¡Que no sobresalgan! ¡Que no nos desafíen…a ver si todavía tenemos que salir de nuestro adormecimiento, de nuestra cómoda paz de los cementerios! ¡Pensar que es el hijo de José!, decían..., anticipo en palabras de lo que sucedería en los hechos; y Jesús ya recibía el primer piedrazo de nuestra vulgaridad. La difamación y el chisme, la trasgresión con mucha propaganda, el negar los límites, bastardear o eliminar las instituciones, son parte de una larga lista de estratagemas con las que la mediocridad se encubre y protege, dispuesta a desbarrancar ciegamente todo lo que la amenace. Es la época del "pensamiento débil". Y si una palabra sabia asoma, es decir si alguien que encarna el desafío de la sublimidad aun a costa de no poder cumplir muchos de nuestros anhelos, entonces nuestra mediocridad no se para hasta despeñarlo. Despeñados mueren próceres, prohombres, artistas, científicos, o simplemente cualquiera que piense más allá del inconsciente discurso dominante. No los descubrimos sino tarde. Despreciamos al "hijo del carpintero"… Pero no hay empacho en poner en el candelero la luz fatua de cualquier perversión, refregada día y noche por la imagen y la abundante información; un embeleso de voiyeurismo donde todo está permitido, donde el goce marketinero de lo morboso parece atrapar los sentidos y los sumerge en la nada. Prohibido pensar y crear. Prohibido el arrojo, el heroísmo y la santidad. Para estos ciegos tampoco son bien vistos lo sugerente y lo sutil, la armonía propia de lo bello, porque implican el trabajo modesto y humilde del talento.

5. La vitalidad y creatividad de un pueblo, y de todo ser humano, sólo se da y se puede contemplar luego de un largo camino acompañado de limitaciones, de intentos y fracasos, de crisis y reconstrucción… Y el pecado mayor de todos los cultores de la ceguera es el vacío de identidad que producen, esa terrible insatisfacción que nos proyectan y no permiten que nos sintamos a gusto en nuestra propia patria. Se despoja lo identitativo profundo y se propone una identidad "artificial", "de cartón", maquillada, de utilería. Es la contraposición entre lo identitativo de un pueblo y esa otra identidad importada, construída a uso y conveniencia de sectores privados. Jesús, dejando a los ciegos, elige el sendero humilde que lo lleva al pueblo fiel, el que se admira con sencillez ante esa doctrina que devuelve la vista a los ciegos que desean ver.

6. ¿Qué vemos cuando se nos permite abrir los ojos? Vemos a Dios escabullido en medio de su pueblo, caminando con su pueblo. Vemos a un Jesús con los pies en la tierra, cultivando corazones como buen Sembrador (y cultivar es la raíz de cultura), elaborando la verdadera comida del espíritu, ésa que cimienta la comunión entre los habitantes de la Nación. Se trata de esa comida espiritual, ese pan que, partido, permite ver; el que se saborea acompañando a los que sufren cotidianamente, sin pretender sacar provecho o rédito; el que abraza a todos aun a los que no lo reconocen. El que, con su misericordia, se hace cargo de miserias y maldades, sin adulaciones ni justificativos demagógicos, sin conceder a modas y costumbres. Es sabiduría: el pan que nos abre los ojos y nos previene de la ceguera de la mediocridad, proponiéndonos una vida que tiende hacia lo mejor y no la ética del minimalismo o el eticismo exquisito de laboratorio, a la vez es la Sabiduría que comprende profundamente y perdona todo. Es el pan que nos hace sentir el respaldo que da la sapiencial constancia de recorrer y de tocar el dolor humano concreto, sin mediaciones ideológicas ni interpretaciones evasivas o hechas para la opinión pública. Y porque se da como Pan, es la Sabiduría que con su testimonio y su palabra sabe que el alma de un pueblo crece cuando hay trabajo del espíritu en lo más profundo, sensible y creativo. Ése es su incansable desafío educativo, lejos de la pura información enciclopedista o tecnocrática, más lejos aún de la subordinación a esquemas de poder. Porque su verdadero poder es el del amor infinito y confiado de Dios, que no se ata a razas ni a formas culturales ni a sistemas, sino que les da su sentido y significado último: ayudar a ser y disfrutar de la alegría de ser, que exige renuncia y se resiste a quedar encerrado en los propios horizontes mezquinos.

7. La ceguera del alma nos impide ser libres. En el episodio evangélico de hoy, muchos de los que anhelaban la libertad, al levantar sus piedras intolerantes, demostraban la misma crueldad que el imperio invasor. Querían librarse del enemigo de afuera sin aceptar al enemigo interior. Y sabemos que copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ser su heredero. Por eso, cuando Jesús propone, siguiendo a Isaías, la liberación de la cautividad y la opresión, podemos preguntarnos: ¿ de qué cautividad y de cuál opresión? Y responder: primero la de nosotros mismos: la de nuestra desorientación e inmadurez, para poder reclamar la libertad de opresiones externas. Si las cadenas fueran de hierro, si la presencia de ejércitos externos fuera evidente, lo sería también la necesidad de libertad. Pero cuando la cautividad proviene de nuestras sangrantes heridas y luchas internas, de la ambición compulsiva, de las componendas de poder que absorben las instituciones, entonces ya estamos cautivos de nosotros mismos. Una cautividad que se expresa -entre otras cosas- en la dinámica de la exclusión. No sólo la exclusión que se hace a través de las estructuras injustas, sino también las que potenciamos nosotros, esa otra forma de exclusión por medio de actitudes: indiferencia, intolerancia, individualismo exacerbado, sectarismo. Excluimos de la identidad y quedamos cautivos de la máscara; excluímos de la identidad y resquebrajamos la pertenencia...porque "identificarse" supone "pertenecer". Sólo desde la pertenencia a un pueblo podemos entender el hondo mensaje de su historia, los rasgos de su identidad. Toda otra maniobra de afuera es nada más que un eslabón de la cadena, en todo caso hay un cambio de amos, pero el status es el mismo.

8. La propuesta es liberarnos de nuestra mediocridad, esa mediocridad que es el mejor narcótico para esclavizar a los pueblos. No hacen falta ejércitos opresores. Parafraseando a nuestro poema nacional podemos decir que un pueblo dividido y desorientado ya está dominado. Una confusa cultura mediática mediocrizada nos mantiene en la perplejidad del caos y de la anomia, de la permanente confrontación interna y de "internas", distraídos por la noticia espectacular para no ver nuestra incapacidad frente a los problemas cotidianos. Es el mundo de los falsos modelos y de los libretos. La opresión más sutil es entonces la opresión de la mentira y del ocultamiento,…eso sí; a base de mucha información, información opaca y, por tal, equívoca. Curiosamente tenemos más información que nunca y, sin embargo, no sabemos qué pasa. Cercenada, deformada, reinterpretada, la sobreabundante información global empacha el alma con datos e imágenes, pero no hay profundidad en el saber. Confunde el realismo con el morbo manipulador, invasivo, para el que nadie está preparado pero que, en la paralizante perplejidad, obtiene réditos de propaganda. Deja imágenes descarnadas, sin esperanza

9. Pero gracias a Dios, nuestro pueblo también conoce el camino humilde del machacar diario, el mismo de tantos años de vida oculta. El de apostar al bien y sostener sin estar seguros del resultado. Conoce el silencio dolorido y pacífico pero -a la vez- rebelde, de muchos años de desencuentros, promesas falsas, violencias e injusticias expoliadoras. Sin embargo, encara diariamente sus tareas, con mucho desgaste social y un tendal de marginaciones. Año a año renueva su confiada espera marchando peregrino a tantos lugares donde Dios y su Madre lo esperan para el diálogo reconfortante, fortalecedor. Este pueblo no cree en las estratagemas mentirosas y mediocres. Tiene esperanzas pero no se deja ilusionar con soluciones mágicas nacidas en oscuras componendas y presiones del poder. No lo confunden los discursos; se va cansando de la narcosis del vértigo, el consumismo, el exhibicionismo y los anuncios estridentes. Para su conciencia colectiva- ésa que brota del alma profunda de nuestro pueblo- estas cosas son sólo "piedrazos". Nuestro pueblo sabe, tiene alma, y porque podemos hablar del alma de un pueblo, podemos hablar de una hermenéutica, de una manera de ver la realidad, de una conciencia. Advierto en nuestro pueblo argentino una fuerte conciencia de su dignidad. Es una conciencia histórica que se ha ido moldeando en hitos significativos. Nuestro pueblo sabe que la única salida es el camino silencioso, pero constante y firme. El de proyectos claros, previsibles, que exijan continuidad y compromiso de todos los actores de la sociedad y con todos los argentinos. Nuestro pueblo quiere vivir y realizar la convocatoria del Cristo que camina entre nosotros, animando nuestros corazones, uno a uno, reavivando las reservas de nuestra memoria cultural. Nuestro pueblo sabe y quiere porque ama la Creación del Padre y lo comunitario, como lo hicieron y lo hacen nuestros aborígenes; porque se arroja y compromete con sus ideales, como nos lo legaron los españoles que poblaron nuestro suelo; porque es humilde, piadoso y festivo como nuestros criollos; porque es laborioso e incansable como nuestros mayores inmigrantes.

10. Vimos al Señor proclamando su mensaje en medio de su pueblo. Observamos cómo las elites ilustradas no toleran el paciente camino cotidiano de los humildes y sencillos y, llevados de su histeria exquisita, procuran desbarrancar y apedrear. Señalamos los valores de un pueblo con Dios metido en su humilde sendero. Recorrimos nuestro camino histórico como pueblo y observamos nuestras contradicciones. Notamos la necesidad de ser curados de nuestra ceguera y librados de la cautividad y la opresión. La apelación sapiencial que hoy podemos hacer, inspirándonos en el Evangelio es a todas luces muy clara: toda transformación profunda que se encamine hacia la serenidad de espíritu, hacia la convivencia y hacia una mayor dignidad y armonía en nuestra Patria, solamente puede lograrse desde nuestras raíces; apelando a la conciencia que busca y se duele, que goza y se compromete con los otros, que acepta el orden pacificador de la ley justa y la memoria de los logros colectivos que van formando nuestro ser común. Apelando a la conciencia que no se pierde en la ceguera de las contradicciones secundarias, sino que se concentra en los grandes desafíos, y que además compromete sus recursos prioritarios para hacer de esto su proyecto educativo, para todas las generaciones y sin límites. La Palabra, como la historia, nos deja un código donde espejarnos. Pero, además, hay también espejismos. Hoy como siempre los argentinos debemos optar. No hacerlo es ya una opción, pero trágica. O elegimos el espejismo de la adhesión a la mediocridad que nos enceguece y esclaviza o nos miramos en el espejo de nuestra historia, asumiendo también todas sus oscuridades y antivalores, y adherimos de corazón a la grandeza de aquellos que lo dejaron todo por la Patria, sin ver los resultados, de aquellos que transitaron y transitan el camino humilde de nuestro pueblo, siguiendo las huellas de ese Jesús que pasa en medio de los soberbios, los deja desconcertados en sus propias contradicciones y busca el camino que exalta a los humildes, camino que lleva a la cruz, en la que está crucificado nuestro pueblo, pero que es camino de esperanza cierta de resurrección; esperanza de la que todavía ningún poder o ideología lo ha podido despojar.

Buenos Aires, 25 de mayo de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


 

12 de Junio de 2004

CORPUS CHRISTI

 

Homilía del Sr. Arzobispo en la Solemnidad de Corpus Christi


En este pasaje del evangelio resuena con especial insistencia una palabra, cargada de matices para nosotros: "la multitud": comienza diciendo que el Señor "habló a la multitud acerca del Reino de Dios".
Después de haberse escabullido de los que querían apedrearlo, el Señor se ha ido a hablarle al pueblo sencillo. Muchas veces el Evangelio nos muestra a Jesús en medio de la gente: lo seguía una "gran muchedumbre del pueblo" y el Señor les hablaba largamente, los curaba, los acogía, iba eligiendo de entre ellos a sus apóstoles, a quienes enviaba a su vez, para estar en medio de esa multitud.

Quisiera detenerme hoy a contemplar con Ustedes esa relación tan especial de Jesús con la multitud. La gente lo sigue y lo escucha porque siente que habla de manera distinta, con la autoridad que da el ser auténtico y coherente, el no tener dobles mensajes ni dobles intenciones. Hay alegría y regocijo cuando escuchan al Maestro. La gente bendice a Dios cuando Jesús habla porque su discurso los incluye a todos, los personaliza y los hace pueblo de Dios. ¿Se han fijado que sólo los escribas y los fariseos, a quienes Jesús tilda de hipócritas, preguntan siempre "¿a quién le dices esto?" "¿Lo dices por nosotros?" "Mira que al decir esto también nos ofendes a nosotros!". La gente no hace esa pregunta; es más, quiere, desea, que la Palabra sea para ellos. Sabe que es una palabra que hace bien, que al que dice "esto es para mí", esa palabra lo sana, lo mejora, lo limpia... Es curioso, mientras algunos desprecian que el Señor hable en parábolas, la gente se bebe sus parábolas y las transmite de boca en boca; recibe todo: el contenido y el estilo de Jesús. Estaba sedienta de esa Palabra nueva, sedienta de Evangelio, sedienta de la Palabra de Dios.

Siguiendo al Señor aquella tarde, la multitud se interna con él en campo abierto, sin fijarse ni en la hora ni en la distancia. Surge la preocupación de los discípulos: "despide a la multitud", a lo que Jesús retruca inmediatamente con su : "denles Ustedes de comer".
En ese momento, en el momento de comer, la multitud deja de ser anónima y se convierte para el cálculo de los discípulos en "alrededor de cinco veces mil hombres". Jesús les dice: "hagan que se sienten en grupos de hasta cincuenta personas". En realidad el Señor utiliza una expresión como si dijéramos "en mesas" de cincuenta personas. ("Klisias" es el "lecho donde un grupo se recuesta para comer"). Mesas de cincuenta invitados, en medio de los cuales se pone la comida, de la que todos se van sirviendo.
Esta mesa es ya una imagen del Reino. Jesús la usa de nuevo en la parábola de los servidores vigilantes que esperan a que su Señor vuelva de las Bodas. A los que encuentra velando, Jesús dice que "él mismo se ceñirá y los hará reclinarse a la mesa y, pasando de uno a otro, los servirá".
Comienza a obrar aquí la fuerza inclusiva de la Eucaristía, que convierte a la multitud en grupos de comunidades, cuya medida la da el que se pueda compartir el pan.

Y hay todavía una tercera mención de la multitud. Cuando está así organizada, en esa medida humana tan familiar, que transforma a un grupo en comunidad de compañeros, entonces sí el Señor toma los cinco pancitos y los dos peces, alzando los ojos al cielo los bendice, los parte y los va dando a los discípulos para que los sirvan a la multitud.
Esa multitud es ya una multitud transformada, personalizada, familiarizada. Esa Comunidad es el ámbito en que acontece la bendición y el milagro. En esa comunidad todo alcanza para todos, y sobra: "comieron hasta saciarse y juntando lo que había sobrado de los fragmentos, se llenaron doce canastos".

Una vez más Jesús en medio de nosotros-multitud nos insta: organícense en comunidades a la medida del pan. Organícense así como hacen en sus centros de jubilados, en los comedores de las escuelas, en los hogares de tránsito, en las fiestas de barrio, en las cooperativas de trabajo, en las Cáritas, en las parroquias.
Que la medida la vaya dando "el que se pueda compartir el pan".
Organícense de modo que ni haga falta contar a los niños o a los ancianos, porque están incluidos ya allí donde comen los que sostienen el hogar.
Tristemente las estadísticas actuales hablan separadamente de los niños y los ancianos, porque también hablan de "individuos desocupados". Los números del Señor son distintos: él apunta a la comunidad y a la solidaridad, él ve "mesas de cincuenta", grupos de familiares y amigos, como los que se juntan en las fiestas, en las celebraciones religiosas... de allí parte el Señor para organizar su Comunidad, su Iglesia. De allí debemos partir para organizar la parroquia, el barrio y la patria.

Sólo Jesús nos ve así. Sólo su pan vivo tiene la fuerza para cohesionar de tal manera a la multitud. Sólo la fuerza de su muerte en Cruz para hacerse pan es capaz de convertir a las multitudes en Comunidades. Y le pedimos:
Señor ¡danos siempre de ese Pan!
Queremos ser comunidad que comparte el pan que bendecís y repartís.
Queremos ser comunidad que se organiza a tu estilo, para permitirte que nos sirvas y nos transformes.
No queremos comer solos nuestro pan: ni el de la fe, ni el del trabajo.
No queremos "despedir" a las multitudes que, que cuando se convocan, te buscan y te desean, aun sin saberlo muchas veces.
No queremos aceptar resignados las estadísticas que ya dan por descartados a tantos hermanos nuestros.
Queremos seguirte y recibirte y compartirte cada uno "en su mesa de cincuenta".
Queremos ser comunidades que viven de esta fuerza que da la Eucaristía, para anunciar con nuestra vida más que con palabras, esa verdad del Evangelio que es trascendente porque habla de un más allá del individualismo, de un Reino que ya está en medio de nosotros cuando nos juntamos a compartir el pan en tu nombre, Señor.

A nuestra Madre, a María, que se da cuenta cuando falta el vino, ese vino que es la alegría y la esperanza que convoca "mesas de cincuenta", ese vino que es de fiesta y que da sentido a todo el resto del trabajo y del esfuerzo, le pedimos que con su corazón de madre nos haga sentir y vivir en la comunidad del Pan Vivo y del Vino Nuevo que su Hijo nos regaló y que hoy adoramos y celebramos con fervor.

Buenos Aires, 12 de junio de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


7 de Agosto de 2004

SAN CAYETANO

 

 

La Palabra de Dios hoy nos habla de camino. El camino de la desilusión y el camino de la esperanza. Elías, perseguido por el Rey Ajab y la reina Jezabel, emprende el camino de la huida y desea la muerte: ¡“Basta ya Señor. Toma mi vida! No soy mejor que mis padres”. Los discípulos de Emaús, entristecidos por la muerte de Jesús, dejan la comunidad que se mantiene unida en la desolación esperando al Señor y se vuelven a su casa: “Nosotros esperábamos...”, le dicen al Desconocido que los acompaña por el camino, “pero ya han pasado tres días desde que murió Jesús...”, como diciendo: “aquí no pasa más nada. Nos vamos”.

  Sin embargo, el Señor se hace presente en estos caminos de la desilusión y conforta a los desanimados. El ángel le dice a Elías: “Levántate y come. Porque te queda un camino largo todavía” Jesús se acerca a los discípulos de Emaús y como compañero de ruta los va consolando. Los “retos” de Jesús están llenos de un cariño y una comprensión que los hace reaccionar: “¿acaso no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras por el camino?”.

Pero la clave del fortalecimiento de estas personas desilusionadas está en el pan. El Señor los alimenta con el pan de los caminantes. Ese pan que es viático, pan para el camino, pan que renueva las fuerzas y las esperanzas. Pan que los reinserta, fortalecidos, a su misión y a la comunidad. Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, donde el Señor se le presentó como una brisa suave. Los discípulos de Emaús, cuando hospedaron al compañero de camino sin saber que era Jesús, lo reconocieron cuando él les partió el pan y, habiéndolo comido, se “levantaron al momento, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos”.

  También a nosotros que venimos  a San Cayetano el Señor quiere darnos, de las manos del Santo, este Pan que fortalece para el trabajo y para la comunidad. Venimos, como siempre,  con esperanza, pero a veces esa esperanza quiere desertar del camino entre los hombres, desea el descanso definitivo, ése que sólo se da en Dios. “Toma mi vida, Señor. No soy mejor que mis padres”. Esta frase resuena familiar en nuestro corazón. A veces sentimos que sólo nos queda nuestro Dios y que en esta tierra ya no podemos hacer nada. Es tanta la injusticia, la miseria, la violencia... Y sin embargo el Señor nos regala un pan que nos pone de nuevo en camino con fuerzas renovadas y nos envía de nuevo al trabajo, a la familia, a la patria: te queda mucho por recorrer. ¡Hay tanto por hacer!. Y con el Señor como alimento no le tememos a nada. No hay desaliento ni obstáculo que este pan no transforme en vida y en ganas de luchar y caminar.

  Elías comió solo de este pan. En la soledad del profeta. Los jóvenes discípulos de Emaús lo comieron de a dos, como amigos que, juntos, emprenden el camino de regreso hacia la esperanza. Nosotros lo comemos entre todos, como Iglesia, como Pueblo de Dios. Y la fuerza de este pan se incrementa con nuestra unión y compañerismo.

  Hay un pan que es de fiesta, un pan que es fruto y premio del trabajo, alegría de la mesa compartida. Pero el pan es también pan que se come de camino al trabajo y que da fuerza para la ardua tarea. Ése es el pan que venimos a buscar hoy: el pan que fortalece. El pan que da energías. El pan que hace sentir ganas de trabajar y de luchar. El pan que se comparte de camino con los compañeros. Ese pancito que uno come en medio del trabajo y ayuda a tirar hasta el fin de la jornada. Éste es el pan que queremos dejar en herencia a nuestros jóvenes, porque ellos son nuestra esperanza; el pan del trabajo que hace recuperar la dignidad y tirar para adelante!

  Este pan nos da una linda imagen de la Eucaristía: la del viático, que quiere decir: pan del camino. Es como el pancito que se lleva en el bolso como prenda del cariño de la familia, es el calor del hogar que llega hasta nuestro lugar de trabajo, si lo tenemos, o a los lugares que recorremos para buscarlo. Es un pan que nos impulsa a luchar por la familia, como si dijera “vamos!”. Este ¡vamos! me trae al corazón el título del último librito del Papa: “Levántese! Vamos!”. Y quiero decírselo en particular a los más jóvenes: “Vamos confiados en Cristo. Él será quien nos acompañe en el camino hasta la meta que sólo Él conoce”. Porque Él es el pan; Él se hizo Eucaristía para caminar con nosotros.

  Levántese y coman! Coman de este pan que nos llena de fuerzas para trabajar por nuestra familia. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que restaura nuestra dignidad y nos devuelve las ganas de seguir luchando y de cumplir con nuestra misión. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que se comparte con el compañero de camino y que nos hace sentir hermanos, pueblo de la patria, pueblo de Dios.

  A la Virgen, nuestra Madre, que se da cuenta cuando nos falta este pan, a ella que en las manos de nuestras mujeres, pone siempre un pancito para el viaje en la mochila de los chicos y en el bolso del esposo, le pedimos que nos enseñe a rebuscar en nuestro corazón con esperanza cierta, seguros de que siempre encontraremos este pan para el camino, este pan que es Jesús.

  Que San Cayetano, patrono del pan para el trabajo, nos conceda, especialmente a los que son cabeza de familia –hombres y mujeres- que, mientras buscamos trabajo para llevar el pan al hogar, a nosotros nos dé ese otro pancito –sencillo y suficiente- para levantarnos cada día y caminar llenos de energía y esperanza por el camino del Señor. Así les podemos dejar a nuestros jóvenes esa herencia tan preciosa que nos dejaron a nosotros nuestros padres: la del pan que siempre les dio fuerzas para trabajar.

  Buenos Aires, 7 de agosto de 2004.

 

                                                                                     Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


2 de Setiembre de 2004

  Congreso Eucarístico Nacional
(en la Ciudad de Corrientes)


“Déjense reconciliar con Dios”

En este clima tan hermoso del Congreso Eucarístico, ya en nuestro segundo día, la parábola del Hijo Pródigo quiere hablarnos directamente al corazón.

Abramos, pues, nuestros corazones de par en par.

Que cada uno abra su corazón, mirando a la Virgen, sintiendo la presencia de Jesús en la Eucaristía que, silenciosamente, acompaña a la humanidad desde hace dos mil años.

Abramos el corazón de nuestra familia, cada uno de la suya, sintiendo latir el corazón de sus padres y hermanos, el de los esposos y el de los jóvenes, el de los niños y los abuelos.

Abramos el corazón como Pueblo fiel de Dios que peregrina en la Argentina bajo el manto de la Virgen, de María de Itatí...

Abramos el corazón y dejémonos reconciliar con nuestro Padre Dios.

Digamos con el hijo pródigo, que en un momento de gracia se dio cuenta de que la causa más honda de su situación de miseria estaba en haber apartado el corazón del de su Padre: ¡Me levantaré e iré a mi Padre!

Cada uno debe decirlo en su propio corazón. Y debe decirlo también  en esa dimensión donde el propio corazón se sabe corazón común, responsable del de todos, solidario con el corazón de su pueblo. Desde allí cada uno puede decir: pueblo pródigo ¡levántate y vuelve al Padre! Es tiempo de que dejes de soñar con las bellotas de los cerdos. Nadie te las da. Gracias a Dios. Mejor así. Por que es hora de que vuelvas a anhelar el pan de los hijos.

Estás empobrecido, parte de tu herencia la has malgastado y parte te la han robado. Es verdad. Pero te queda lo más valioso: el rescoldo de tu dignidad siempre intacta y la llamita de tu esperanza, que se enciende de nuevo cada día. Te queda esa reserva espiritual que heredaste.

Mira que tu Padre no deja de ir, cada atardecer, a esperarte en la terraza… a ver si te ve volver.

Emprende el camino de regreso, fijos tus ojos en los de tu Padre, que te amplía el horizonte para que des todo lo que puedes dar.

Al ir tras dioses falsos, fuiste convirtiendo este suelo bendito en una  tierra extranjera. Y hoy pareciera que se ha achicado tu horizonte, que se te encogió la esperanza.

Pero no es así. Si levantas la mirada, si recuerdas, si pegas la vuelta y te conviertes de corazón, la misma tierra que pisas se irá transformando nuevamente en Casa del Padre.

Esa casa del Padre en la que se viven los valores de la humilde casa de José y María en Nazareth.

Casa del Padre que es hospedería donde se curan las heridas de los que cayeron en mano de los salteadores.

Casa del Padre donde se celebra el banquete de las bodas del Hijo y están invitados todos, sin exclusión de ninguno, salvo de los que no quieren participar.

Casa del Padre que, como nos asegura Jesús, tiene muchas moradas y en la que Él mismo se pone a servirnos, como hizo en la última cena.

  ¡Y permítete a ti mismo sentirte pueblo y familia!

Y dejemos también que el Padre nos diga, como al otro hijo que estaba contrariado: ¡Entra en la fiesta con tu hermano!  Cada corazón debe escuchar esta invitación, con la que el Padre quiere convencer a su hijo mayor de que perdonar a su hermano es el camino que lleva a la vida.

Todos también llevamos dentro algo de ese hijo mayor. Dejémos que el Padre nos diga:

Es tiempo de que dejes de escuchar la queja amarga propia de un corazón que no valora lo que tiene, de un corazón que se compara mal.

Es hora de que te animes a compartir con tu hermano el pan de los hijos.
Deja de soñar con el cabrito propio, y escucha estas palabras de tu Padre:
Hijo, todo lo mío es tuyo!
¡Dejate reconciliar con Dios, contigo mismo y con tu hermano!
Pero de corazón.

  La Eucaristía es el pan de reconciliación que va a parar a lo profundo del corazón de cada uno. Y reconcilia y alimenta ese lugar interior donde la persona es ella misma y más que ella misma, porque es morada de Dios, donde cada corazón es el corazón de toda su familia y de su pueblo entero.

Bastan unos pocos corazones así, que se dejen reconciliar a fondo, para que la reconciliación se contagie a todo un pueblo.

Corazones como el de San Roque González de Santa Cruz, que fundó estas tierras y sus ciudades en la cultura del trabajo y en el perdón a los mismos enemigos. Corazón vulnerado al que el Señor revistió de incorruptibilidad!

  Pueblo pródigo y rebelde; pueblo que sufriste en manos de salteadores; pueblo con una fuerte reserva espiritual: ¡Déjate reconciliar con Dios!

  A nuestra Señora de Itatí le encomendamos esta reconciliación que transfigura el corazón de las personas y de los pueblos. Sus milagros más lindos han sido de presencia que retorna y de transfiguración que atrae con su gloria. Como decía Fray Luis de Gamarra en 1624: "... se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto".

Esas transfiguraciones de nuestra Señora, que brotan de su corazón puro y amante son signo de predilección para con nuestro pueblo. Y son también anuncio: María de Itatí transfigurada nos transfigura. Nos dice la Palabra de Dios: “El que vive en Cristo es una nueva criatura. Lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con Él por intermedio de Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación”.

Mirándola a ella comprendemos que: “Si el pecado es alejamiento y desencuentro, la reconciliación es acercamiento y reencuentro, superación de la enemistad y retorno a la comunión. Dios nos reconcilia en Cristo. Él es el principio y fin de una reconciliación filial, por la que el hombre arrepentido vuelve confiado a los brazos amorosos del Padre.”

Ella te invita, pueblo de la Patria: ¡déjate reconciliar con Dios!
Con ella le rogamos a Jesús y le pedimos, con las palabras del himno:
Que su Eucaristía ocupe el corazón del pueblo argentino
e inspire sus proyectos y esperanzas.

  Corrientes 2 de setiembre de 2004.

 
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.


OCTUBRE 3 DE 2004
30º Peregrinación Juvenil a Luján

  “Madre ayúdanos. Queremos ser un solo pueblo”.

 

  Desde hace treinta años, como pueblo creyente, compartimos este rito de venir hasta la casa de nuestra Madre y lo hacemos con la confianza puesta en Ella que nos recibe y nos protege.

  Hace 30 años la juventud peregrinaba hasta aquí pidiendo por la Patria. Hoy nos une ese mismo sentimiento: querer ser un solo pueblo. Y aquí estamos juntos recibiendo los mismos cuidados de la Madre.

  Celebramos lo que significó haber caminado estos kilómetros, haber pasado en silencio ante la Imagen y mirarla. Contarle lo que fuimos trayendo en el camino. Lo que muchos nos pidieron que le digamos al verla. Cosas que se comparten en su Casa, que es nuestra casa, la casa de nuestra familia, la casa de nuestro pueblo.

  A muchos, desde chicos, nos trajeron para recibir el Bautismo o para mostrarnos la Imagen de Ella que se quedó para recibirnos. Y así fuimos conociendo y se nos fue haciendo familiar esta Casa, y tomamos la costumbre de venir a visitar a la Virgen, a estar cerca de Ella, a tener este encuentro que nos descansa.

  Así, con estas cosas sencillas y profundas ha ido creciendo nuestro pueblo. Hay muchas historias de vidas que aquí se han reconstruido. Nuestro pueblo hunde sus raíces en un anhelo de fraternidad y deseo de familia. Hoy venimos a decirle a la Madre que queremos ser un solo pueblo; que no queremos pelearnos entre nosotros;  que nos defienda de los que quieren dividirnos. Que queremos ser familia y que para eso no necesitamos de ninguna ideología revanchista que pretenda redimirnos. Nos basta su cariño de Madre, a Ella le pedimos, “Madre queremos ser un solo pueblo”.

  No dejamos de agradecerle que la Imagen de su limpia y Pura Concepción se haya quedado milagrosamente en las orillas del río Luján fundando esta Villa. Por eso nosotros como pueblo peregrino nos seguimos dando cuenta que crecemos porque aquí hay alguien que nos convoca y nos reúne. Mirando ésta, su casa y nuestra casa, le decimos: “Madre queremos ser un solo pueblo”.

  Sabemos que María después de la cruz cargó el cuerpo de Jesús. Es un momento triste y sagrado que al recordarlo nos da esperanza, porque es el cariño grande de nuestra querida Madre. Aquí está la grandeza de Dios. En los momentos donde todo parece que se va a perder Dios manifiesta el  amor en su mayor grandeza, el que nos hace fuertes. Es el amor que hoy nos llevamos en el corazón, es la bendición que nos llena y hace que nosotros también carguemos con tantos hermanos nuestros que, a la vuelta de esta visita, seguramente tendremos que levantar. Con este deseo de ayudarnos unos a otros le decimos: “Madre, queremos ser un solo pueblo”.

Que nada nos separe de todo esto que tanto creemos. Que nadie venga a engañarnos ni a dividirnos. Estas son las grandezas de Dios, así Él las ha querido. En el silencio del milagro de las carretas se construyó un milagro sin palabras, un milagro que, a cada uno, la Virgen se lo va diciendo despacito, al corazón de sus hijos, en estas peregrinaciones. Vinimos para un descanso en nuestro camino, un descanso del corazón. Volvamos renovados a casa. Aquí dejamos lo que nos cuesta cargar solos todos los días. Llevemos en nuestros corazones el gozo de haber estado cerca de la que quiso quedarse para protegernos. Y con mucha fe digamos juntos: “Madre ayúdanos, queremos ser un solo Pueblo”.

  Buenos Aires, 3 de octubre de 2004.

                                                                                   Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.  


Diciembre 1° de 2004

Carta del Sr. Arzobispo a los sacerdotes, consagradas, consagrados y fieles de la Arquidiócesis.

                                                                   Buenos Aires, 1° de diciembre de 2004 

Queridos hijos y hermanos:

                                           Desde hace algún tiempo se vienen dando en la Ciudad algunas expresiones p  úblicas de burla y ofensas a las personas de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen María; como asimismo diversas manifestaciones contra los valores religiosos y morales que profesamos. Hoy me dirijo a Ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos.

                                          Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere.

                                          Frente a esta blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad les pido que, todos unidos, hagamos un acto de reparación y petición de perdón. Por ello, el próximo 7 de diciembre, víspera de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, los invito a que sea un día de ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad. Que nuestra Madre de Luján nos acompañe con su cariño".+

 

Card.Jorge Mario Bergoglio  s.j.                      
Arzobispo de Buenos Aires                            

 

 



 

 

 

 

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Última modificación: 15 de Marzo de 2006