| A medida
que vayamos meditando la Palabra de Dios, que nos ofrecen los domingos llamados
“Durante el año”, advertiremos que la liturgia presenta, en cada uno de ellos,
puntos diferentes de la vida y de la predicación de Jesús. De esa manera, serán
una progresiva catequesis semanal sobre la vida cristiana. Hoy nos habla del
marco geográfico en el que inició la predicación de Jesús, como queriendo resaltar
que el Hijo de Dios, aquel que Juan Bautista llamó “el Cordero de Dios” y bautizado
en el río Jordán, es un hombre de carne y huesos, que vivió en un determinado
tiempo y lugar y que su predicación tiene un preciso “aquí y ahora” en la historia.
No se trata, pues, de una persona que se diluye en la penumbra y en el horizonte
del tiempo; no es alguien desconocido e inaferrable, sino perfectamente identificable
y conocido en su tiempo y en su pueblo, a quien sus enemigos crucificaron y que
resucitó al tercer día... Aún más, el evangelista san Mateo, para rechazar
la opinión de los fariseos que sostenían que “nada bueno podía salir de Galilea”,
subraya que fue precisamente en la tierra donde se asentaron las tribus de Neftalí
y Zabulón, llamada posteriormente Galilea, donde comenzó el anuncio evangélico,
confirmando así, que en ese Jesús, se cumplieron las profecías de Isaías que escuchamos
en la primera lectura. San Pedro, después de la resurrección de Jesús, y también
para darle un marco histórico a la vida y a la predicación del Maestro, dirá:
“Todo comenzó en Galilea...”. Después de esta presentación, el evangelista
nos introduce en uno de los temas fundamentales del anuncio de Jesús: el cambio
de vida, la conversión como condición indispensable para escuchar y recibir con
eficacia el anuncio evangélico. Sin esa “matanoia”, sin esa renovación en
la manera de pensar y de vivir, no es posible la reconciliación efectiva con el
Padre que nos ama y envió a su Hijo, para que lo manifestara con su palabra, con
su vida y con su muerte. (Este tema, la liturgia lo tratará ampliamente durante
el tiempo de cuaresma). Pero ya hoy nos exige que nos comprometamos en aceptar
a Jesús, luz que ilumina las tinieblas, y nos invita a que cambiemos para que
podamos seguirlo al encuentro del Padre. Nuestro cometido inicia con la tarea
en saber descubrir en el Maestro de Galilea, al Mesías esperado, y aceptar su
mensaje de salvación, con un corazón disponible al cambio y a la transformación.
También nos llama a seguirlo, nos atrapará con su bondad. Sin embargo, el viaje
algunas veces, será difícil, áspero, pero con un final brillante . . . .
Domingo
30 de Enero Lo esenciaL.. Mt
5,1-12a(Lecturas:Sof 2,3.3.12-3 y 1Cor 1,26-31) 4°
domingo durante el año (A) La
liturgia de la Palabra de este domingo cuarto Durante el año, nos invita a examinar
nuestra vida y a saber distinguir en ella lo esencial de la superfluopara nuestra
vida cristiana. l. Para ello nos prepara la primera
lectura toma- da del profeta Sofonías. (Un profeta que vivió alre- dedor del año
600 ac, después de la destrucción del Reino del Norte y antes del de la deportación
a Babilonia del Reino de Sur). En esa lectura descubrimos
que el camino ala verdadera felicidad comienza con un cambio de vida, con una
conversión y en el esfuerzo por cumplir fielmentelos preceptos de Dios. Además,
nos asegura el profeta que no es posible llegar a ella sin humildad y sin aceptar
los planes que Dios tiene sobre nuestra vida. Es necesario, por lo tanto, seguir
con valentía el proyecto que Dios. 2. También el apóstol
san Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda si bien con otras palabras, la
misma idea: nos dice san Pablo que Dios mira con ojos misericordiosos y llenos
de amor aquienes saben asumir su pequeñez poniéndose en las manos de Dios. 3.
Y el Evangelio de hoy, con la proclamación de la Bienaventuranzas, entra de lleno
en el tema. En él vemos como el evangelista san Mateo nos invita a buscar la verdera
felicidad por el camino correcto. Nos ofrece para ello, un proyecto
de vida que si lo cumplimos nos inundará de alegría. Seremos bienaventurados,
felices... ~Para lograrlo habrá que recorrer un camino difI-
cil, arduo, transformador no solo de la vida personal de cada bautizado, sino
de toda la sociedad que se empeñe en vivirlo, sin interpretaciones "benignas"
y sin mecanismos de defensa. San Mateo nos
propone este proyecto al inicio del primer discurso de su Evangelio, como preámbulo
de la "carta magna" del cristianismo. Después irá desmenuzando las enseñanzas
del Maestro, puntualizando las condiciones indispensables para que esa felicidad
y esa bienaventuranza se haga realidad. Cada vez que las
leemos, sentimos en nuestro espíritu el sabor del descubrimiento.
Nos asombramos,quizás,denuestra vida prosaica en busca de la comodidad, de los
honores, de la ambición de figurar, y no sabemos descubrir que la felicidad está
en la pobreza, sinónimo de desprendimiento, solidaridad y de confianza en Dios.
Está en la pureza, como transparencia de vida, de comportamiento, de mirada, de
sinceridad y fidelidad. Vivir de esa manera, nos llevará
al gozo auténtico y nos permitirá compartir, ser testigos y anunciar el Evangelio,
aún en las situaciones más ditlci- les: el que ama es feliz yno puede quedar callado.
¡Sale a gritarlo! .~Todo un proyecto de vida que el cristiano
tendrá que vivir enteramente para convertirse en sal de la tierra y luz del mundo
y caminar con gozo al encuentrocon Dios y con los hermanos. Jesús
nos prometió una recompensa que inicia aquí en la tierra, en nuestra familia,
en nuestro trabajo y después de crecer y desarrollarse continúa aún más lozana
y brillante en la patria celestial. Plantemos hoy esa semilla, nos espera el Padre
con los brazos abiertos. Domingo
06 de Febrero Hechos
más que palabras... Mt 5, 13-16 (Lecturas: Is58,7-10 y 1Cor 2,1-5)
5ºdomingo durante el año (A) En el Evangelio de hoy, continuamos
la lectura del primer discurso de Jesús, presentado por san Mateo, que hemos iniciado
el domingo pasado con la solemne apertura de las bienaventuranzas. Hoy las
enseñanzas de Jesús se concretizan aún más. Exige a sus discípulos hechos más
que palabras, porque algunas veces, la fe puede confundirse con las prácticas
religiosas, tales como el ayuno, las celebraciones litúrgicas, las oraciones rituales,
todas necesarias; pero que nunca pueden sustituir las acciones concretas de una
vida auténticamente cristiana y de solidaridad y de amor al prójimo.
Estas exigencias que Jesús ilumina con sus enseñanzas, ya se encuentran desarrolladas
en la primera lectura, donde el profeta exhorta a su pueblo enriquecidos por algunas
buenas cosechas y satisfecho con sus ritos establecidos, a “partir el pan con
el hambriento, a hospedar a los pobres sin techo y a vestir al que va desnudo”.
El cristiano, siguiendo las enseñanzas del Maestro, sabe que no bastan las prácticas
individualistas, sino que tiene que abrirse al hermano. Cuando vive intensamente
su fe, por más que se sienta débil y temeroso como san Pablo, se vuelve luminoso
y resplandeciente, comprometido con el anuncio evangélico. Se convierte en sal,
elemento indispensable en la vida material del hombre, y, tomándolo como metáfora,
insustituible en la vida espiritual de la humanidad. Tiene un poder transformador.
Le da “sabor” a la vida, que es lo mismo que decir darle sentido. Por
otra parte, cuando se llega a comprender y a vivir activamente estas exigencias
de la Palabra de Dios, se advierte con mayor facilidad que la fe en Dios, no separa
al hombre del mundo y de sus actividades, sino que lo impulsa a participar y a
compartir la vida y los bienes, con quienes están junto a él. Sabe que no puede
quedar indiferente ante los sufrimientos. Esa actitud solidaria lo convierte en
verdadera luz y en genuino testigo del amor de Dios que se encarnó para caminar
junto a los hombres. Además, cuando no es sólo un individuo, sino una entera comunidad
parroquial, es la Iglesia que resplandece, y ya no son sólo palabras las que evangelizan,
sino la vida misma, transformada por los hechos y la fuerza del Espíritu que habita
en cada bautizado. Domingo
13 de Febrero Camino
a la Pascua Mt 4, 1-11 (Lecturas:Gn2,7-9; 3,1-7
y Rm 5, 12-19) 1er domingo de Cuaresma (A) Ya hace casi una
semana, el miércoles de cenizas, que hemos iniciado a recorrer el camino que conduce
a la Pascua, el gran misterio de amor de Dios, que llega hasta la muerte en la
cruz y al triunfo de la Resurrección. Serán cuarenta días en que nos dedicaremos
a intensificar nuestra la revisión de vida, de cambio y conversión, sostenidos
por actos de confianza en la misericordia de Dios; en acercarnos más devotamente
y mejor preparados al sacramento de la reconciliación. En este primer
domingo es imprescindible que tomemos consciencia de la importancia de este tiempo
y comprendamos el verdadero sentido de la conversión, que, resumido, debe basarse
en dos elementos vitales: -- Asumir la realidad que somos pecadores. --
Esforzarnos sinceramente en vivir una vida nueva, transformados por la fuerza
de la reconciliación y del amor misericordioso de Dios, que a partir de nuestro
arrepentimiento, con su gracia crea en nosotros una nueva vida. Para
este compromiso, la liturgia de la palabra de hoy, en todas sus lecturas, nos
invita a reflexionar sobre la triste e incuestionable realidad del pecado y sus
nefastas consecuencias para la vida del hombre y del mundo. El hombre, turbado
por las continuas caídas en las tentaciones y guiado por la inspiración divina,
descubrió que al inicio de la creación misma, sus antecesores, Adán y Eva, habían
hecho una opción equivocada: seducidos por la voz del tentador, habían desobedecido
a su Creador, perdiendo así su amistad. Pero Dios ama a su criatura.
Para redimirla de su pecado y recomponer esa amistad, le promete y le envía un
salvador. Es Jesús de Nazaret, que al inicio de la vida pública se retira al desierto
y después de cuarenta días, (tiempo bíblico), no acepta un camino distinto al
de la cruz para recuperar al hombre. Rechaza las propuestas más fáciles sugeridas
por el tentador y con ello nos enseña que, para seguir tras sus huellas, deberemos
superar las seducciones que nos llevan a elegir maneras más cómodas pero que no
nos conducen al encuentro con el Padre. En este propósito sabemos que
no estamos solos: nos asiste la gracia de Dios, ese don gratuito, fruto de su
amor a sus criaturas. En este tiempo en que queremos vivir convertidos y reconciliados,
pidamos esa gracia con confianza; el Padre escucha a quien con espíritu pobre,
se pone en sus brazos para superar las tentaciones. Domingo
20 de Febrero Subamos al monte... Mt 17,
1-9 (Lecturas:Gn 2,1-4 y 2Tm 1,8-10) 2ºdomingo de cuaresma (A) La
liturgia de la palabra de este domingo, segundo de cuaresma, nos ofrece en el
Evangelio uno de los episodios más misteriosos y espectaculares de la vida de
Jesús: nos relata su transfiguración en presencia de los tres discípulos predilectos,
quienes lo acompañarán también en uno de sus momentos más dramáticos, en el Huerto
de los Olivos: junto a Él se encuentran Pedro, que será el primer Papa; Santiago,
el primero de los Doce que morirá mártir y Juan, el último apóstol en abandonar
este mundo. Más allá del acontecimiento histórico, --el hecho realmente sucedió--,
hay que tener presente que este episodio está colmado de simbolismos que intentaremos
resumir en pocas palabras: la montaña, Moisés y Elías, la nube y la voz del cielo
y a partir de ellos, nuestra bree reflexión: La montaña nos recuerda el monte
Sinaí: el lugar del encuentro entre Dios y Moisés, donde se selló la Antigua Alianza.
Hay que subrayar que las cumbres de las montañas constituyen un símbolo, y no
solamente en la Biblia, sino en las culturas arcaicas. Un espacio sagrado. El
lugar del encuentro con la divinidad, de la teofanía, de la manifestación de Dios.
También en el Evangelio los grandes momentos suceden en la montaña: las Bienaventuranzas,
el monte Calvario, la Ascensión: un lugar al que hay que subir. En ese ascenso
hay que trabajar para llevar a cabo la purificación. Por eso, hoy Jesús nos invita
a subir al monte a través de el ejercicio de la cuaresma. Del mismo modo, nuestra
cuaresma tendrá que ser un avanzar hacia la conversión, iluminados por la fe,
con la misma disponibilidad interior que caminó a Abraham, el padre de los creyentes,
después de llamada de Dios: “salir de su tierra”, será para nosotros, salir de
nuestros pecados... Moisés y Elías, representan la ley y los profetas; es
decir la totalidad de las Escrituras. Esto significa que toda la historia de Israel,
simbólicamente, sube a la montaña y se dirige hacia Jesús para atestiguar que
allí está el Mesías. La nube: Para la mentalidad judía, es signo de presencia
del Espíritu de Dios y de la gloria celestial, así como lo fue la columna de nubes
que guió la marcha del pueblo hebreo durante el Éxodo. La voz del cielo: “Éste
es mi Hijo, el amado, el predilecto. ¡Escuchadlo!” . Aquí, como el la teofanía
del bautismo de Jesús, está presente la Santísima Trinidad: las voz del Padre,
la nube del Espíritu Santo y el Hijo amado. Así como en nuestro bautismo, la presencia
e la Trinidad nos hizo nacer como hijos de Dios, en la transfiguración, en el
umbral de la Pascua, nos preparara para nuestro segundo nacimiento, en la resurrección.
Para ello hay que seguir a Jesús en el camino de la cruz. Hoy, después de
contemplar el misterio de la transfiguración, tratemos acompañar al Señor espiritualmente
hasta el Huerto de los Olivos y la cruz. Domingo
27 de Febrero Jn 4, 5-42 (Lecturas:Ex 17,3-7 y Rm 5,1-2.5-8)
3er domingo de Cuaresma (A) . El tema central de la liturgia de la Palabra
este domingo es el agua, que debido a su estrecha relación con el bautismo, nos
recuerda que durante el tiempo de cuaresma, en la Iglesia de los primeros siglos,
se preparaba a los catecúmenos para recibir el sacramento que los incorporaba
a la comunidad eclesial. El evangelista san Juan, con el relato del encuentro
entre Jesús y la samaritana junto al pozo de Jacob, despierta en la memoria y
en la consciencia de sus lectores un tema muy enraizado en la Biblia: el agua
y su importancia para la vida del hombre y, a partir de ella, como figura o símbolo,
su íntima unión con la vida espiritual, especialmente en el sacramento de la iniciación
cristiana. Sus lectores sabían que sin agua muchas regiones de Palestina no
serían más que un desierto árido, un lugar de hambre y sed, donde la vida sucumbe.
Ellos tenían un experiencia muy dura y penosa de las sequías. Por eso el agua
en forma de lluvia era siempre una auténtica bendición de Dios. En este contexto
se inscribe el extenso diálogo del evangelio de hoy. Jesús se presenta a la samaritana
y a nosotros como el profeta que trae el agua viva; el que apaga la sed. De esa
manera el evangelista nos lleva a comprender que en definitiva, es Jesús quien
colma los deseos y expectativas del hombre que busca sinceramente a Dios. ¡Él
es el Mesías tanto tiempo esperado! Así lo entendió la samaritana y así lo
interpretaron los primeros cristianos. Por eso se valieron de este relato para
catequizar a quienes pedían integrarse a la comunidad cristiana: su riqueza simbólica
hacía posible iluminar y entusiasmar quienes querían seguir al Maestro y vivir
como Él lo proponía. También nosotros hoy, a partir de este relato, podemos
descubrir que los hombres –como la samaritana--, tienen sed de infinito; y el
evangelio nos dice que esa sed sólo la calma Dios, por intermedio de su Hijo,
Jesucristo: el nos reveló al Padre y al Espíritu Santo y nos dejó su mismo cuerpo
como alimento en la Eucaristía. Teniendo presente estas indicaciones de la
liturgia, advertimos que en el tiempo de cuaresma, junto con la actualización
de los compromisos bautismales, tendremos que intensificar nuestra búsqueda sincera
de Dios y con la penitencia y la oración, encontrarnos con Jesús, agua viva, para
reconciliarnos con el Padre, y perdonados, continuar “bebiendo esa agua” que nos
lleva a la vida eterna. Domingo
6 de Marzo Abramos los ojos...
Jn 9,1-41 (Lecturas:1Sam 16,1b.6-7.10-13a y Ef 5,8-14) 4º domingo
de cuaresma (A) El relato del evangelio de este domingo,
-- largo, pero lleno de enseñanzas--, nos pone ante un milagro espectacular: un
ciego de nacimiento recibe el don maravilloso de la vista. (Nosotros, que vemos,
quizás no valoramos con toda su magnitud lo que significa disfrutar del azul del
cielo, de una mirada que brilla de felicidad, de la sonrisa de un niño, del verde
de los prados... y de tantas otras maravillas). La narración tiene como punto
de partida una vieja pregunta, tan antigua como la humanidad: ¿Quién es el culpable
de una adversidad? Desde tiempo inmemorial se creía, y se afirma todavía hoy,
que cuando un individuo sufre alguna desdicha está purgando alguna culpa. (Y...
por algo será). Si bien los judíos deberían haber sabido que en realidad no
era así, ya que en el libro de Job, escrito casi medio siglo antes, su autor rechaza
esa afirmación, demostrando que Dios no es un mercader: Job no sufre por sus pecados...
No obstante, en tiempos de Jesús se continuaba pensando que a veces, Dios castigaba
los pecados de los padres haciendo padecer a los hijos... Es claro que la
idea de un Dios vengador es falsa y no condice con la idea misma de Dios y más
aún, después que Jesús nos lo reveló como un Padre misericordioso y lleno de ternura.
Jesús realiza este milagro, en primer lugar, para manifestarnos su amor y hacernos
comprender que así como Él otorga a ese joven el don de la vista para que pueda
ver y disfrutar de las realidades terrenales, de la misma manera regala a todos
los hombres la posibilidad de ver las verdades sobrenaturales con los ojos iluminados
por la fe. De esa manera Dios transforma nuestras vidas. Sin embargo, esa
transformación no será posible sin nuestra colaboración personal, como la prestada
por el ciego de nacimiento, que siguiendo las palabras de Jesús fue, se lavó y
creyó. ¿En este tiempo de cuaresma, cómo podemos actualizar nuestra colaboración?
Recorriendo el mismo camino del ciego. Fue: significará para nosotros movernos
hacia la dirección justa, “cambiar”, convertirse, tener los mismos pensamientos
de Cristo, creer en el Evangelio... Lavarse: en este caso es sinónimo de purificarse
recurriendo al sacramento de la reconciliación para lavar nuestros pecados.
Ese cambio y esa purificación agudizarán nuestra vista espiritual para “ver” y
“sentir” mejor las verdades eternas; pero quienes se obstinan en el pecado, permanecerán
en la obscuridad, sin la luz necesaria para descubrir en los acontecimientos de
todos los días, la presencia reconciliadora y salvadora de Dios. Hoy, en nuestro
camino hacia la Pascua, pidamos a Dios que nos libere de la ceguera y cobardía,
ésa que inmovilizó a los padres del ciego, y podamos con valentía asumir nuestras
responsabilidades que nacen de la fe y del conocimiento del Evangelio.
Domingo 13 de
Marzo Jesús es la resurrección y la vida Jn
11, 1-45 (Lecturas: EZ 37, 12-14 y Rom 8,8-11) 5º domingo de Cuaresma.
A La resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús, según el evangelio de
san Juan, es el último de los “signos” o milagros que Jesús realiza para continuar
la revelación progresiva de su “ser mesiánico” antes del gran “signo” del milagro
de la resurrección. El relato, muy elaborado, está todo armado para manifestar
adecuadamente el dominio de Jesús sobre la muerte, en el momento mismo en que
esa muerte quiere apoderarse de Él. Haciendo resucitar a Lázaro del sepulcro,
Jesús demuestra precisamente ser el principio mismo y la causa de la resurrección.
Por esa razón puede afirmar serenamente que “la enfermedad es para la gloria de
Dios”; es decir, que la enfermedad y la muerte no tendrán la última palabra, porque
Él les arrebatará a su amigo Lázaro. El Maestro hace una vez más, una clara
alusión a la misión que recibió del Padre, asegurando a sus discípulos que el
momento de su muerte en la cruz aún no ha llegado. Jesús se alegra no haber estado
presente en el momento de la enfermedad y muerte de Lázaro porque, ahora, resucitándolo,
tendrá la oportunidad de consolidar la fe de los discípulos a su persona.
Luego de un diálogo vehemente con las hermanas de difunto, Jesús quiere despertar
en ellas una profunda fe en su palabra y en la resurrección. De hecho ya entre
los judíos piadosos, la resurrección era un tema de predicación y meditación,
pero inspirados en la página de Ezequiel que, se lee hoy, aseguraban que era un
don exclusivo de Dios. En todo este relato, Jesús afirma que Él comunica al
creyente la vida que no tiene fin y que es arrancada a muerte. Esa misma vida
implica la resurrección de nuestros cuerpos mortales. Esa manera misteriosa
de expresarse de Jesús (el sepulcro, la piedra, las vendas, las lágrimas...) le
dan un sentido aún más profundo del milagro: anunciar su definitiva glorificación,
su resurrección en día de Pascua. Este milagro tiene que aumentar en nosotros
la fe en Jesús resucitado, que a veces puede tambalear ante las dificultades.
Jesús se manifestó de muchas maneras que era el Mesías esperado, el Dios hecho
hombre y nosotros creemos en Él; pero nuestra fe no puede reducirse a un sentimiento,
sino, como afirma el apóstol Santiago en su Carta, tiene que concretizarse en
hechos puntuales. Y estas obras no sólo deberán ser “cultuales” como ir a misa
los domingos, confesarse, rezar novenas... sino que estarán relacionadas con la
solidaridad con nuestros hermanos. Si bien es cierto que compatibilizar el
creer con el obrar no es tarea fácil, a cada uno de nosotros nos mueve la certeza
que esta vida es un caminar hacia otra, hacia el encuentro con el Padre. De allá
nace nuestra fuerza y nuestra esperanza. Domingo
20 de Marzo Domingo de Ramos- A Lc
19,28-40(Lecturas: Is 50, 4-7 y Fil 2, 6-11 ) Pasión de nuestro Señor
Jesucristo- La liturgia de la palabra del Domingo de
Ramos está centrada en la meditación de la historia de la Pasión del Señor.
En esta reflexión, deberíamos hacer el esfuerzo para unirnos a esa narración,
que los cristianos, con amor y devoción, hemos venido recordando a partir del
primer domingo de Pascua. Al fin y al cabo, aprender a sufrir por amor es una
de las vivencias más importantes del cristiano. Todo el relato está ambientado
por las dos primeras lecturas que nos ayudan a comprender y apreciar mejor el
gesto de Jesús que, dócilmente, se entrega a los verdugos para que cumplan la
sentencia de Pilato. En efecto, la primera lectura, tomada del profeta Isaías,
nos dispone espiritualmente a esa dolorosa historia: Isaías, algunos siglos antes
que suceda, anticipa lo que tendrá que padecer el Mesías. Cuando Isaías escribe
parece que está viendo lo que padeció Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar
para liberarnos del pecado. La segunda lectura, tomada de la carta de san
Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos, redactada unos cincuenta años
después de los hechos, reproduce un himno que ensalza la humildad de Jesús. En
esas palabras descubrimos el amor y el agradecimiento de esos hombres y mujeres
que seguían a su Maestro medio de tantas persecuciones. Estos cristianos, en lugar
de sentirse humillados por su muerte violenta, se sienten iluminados por la Pasión-Resurrección
del Señor. El Evangelio es el relato de la Pasión. La historia más larga y
completa del Evangelio. ¿Por qué está armada así de un modo tan unitario y tan
clara? ¿Qué se propone el narrador? La respuesta podemos encontrarla en una
inquietud de los primeros cristianos: a ellos les preocupaba enormemente saber
si la condena y la posterior muerte de Jesús eran, no sólo un rechazo de las autoridades
religiosas y civiles judías, sino también el abandono de Dios. En otras palabras,
¿la cruz era o no un signo de maldición? Ante este interrogante tan vital
para los cristianos, la reflexión teológica de las primeras comunidades, guiadas
por el Espíritu Santo, se centró en el recuerdo de los hechos que sucedieron en
la semana de Pascua y en las palabras de los profetas que los habían anunciado.
Por eso los recuerdan escuetamente, sin comentarios, dejando que cada uno se admire
por el amor que Dios manifestó a los hombres entregando a su Hijo para que muriera
en la Cruz. Allí descubrieron que la Pasión de Jesús no era algo inesperado
o una sorpresa, sino la consecuencia de su obediencia al Padre y su amor infinito
por los hombres. Ante este relato, tratemos de meditar, revivir e imitar este
sublime gesto de amor de Cristo. Él nos enseña a ser fieles a nuestras convicciones,
aunque nos puedan costar la vida: el martirio, físico o espiritual, es una posibilidad
siempre abierta en la vida cristiana. Jesús nos enseña con su ejemplo a asumir
el sufrimiento proveniente de nuestra fidelidad, como un camino de redención.
Padecer por quien se ama es el mayor gesto de amor. Lc 19,28-40(Lecturas:
Is 50, 4-7 y Fil 2, 6-11 ) Pasión de nuestro Señor Jesucristo-Domingo de Ramos-
A La liturgia de la palabra del Domingo de Ramos está centrada en la
meditación de la historia de la Pasión del Señor. En esta reflexión, deberíamos
hacer el esfuerzo para unirnos a esa narración, que los cristianos, con amor y
devoción, hemos venido recordando a partir del primer domingo de Pascua. Al fin
y al cabo, aprender a sufrir por amor es una de las vivencias más importantes
del cristiano. Todo el relato está ambientado por las dos primeras lecturas
que nos ayudan a comprender y apreciar mejor el gesto de Jesús que, dócilmente,
se entrega a los verdugos para que cumplan la sentencia de Pilato. En efecto,
la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos dispone espiritualmente a esa
dolorosa historia: Isaías, algunos siglos antes que suceda, anticipa lo que tendrá
que padecer el Mesías. Cuando Isaías escribe parece que está viendo lo que padeció
Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar para liberarnos del pecado. La segunda
lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos,
redactada unos cincuenta años después de los hechos, reproduce un himno que ensalza
la humildad de Jesús. En esas palabras descubrimos el amor y el agradecimiento
de esos hombres y mujeres que seguían a su Maestro medio de tantas persecuciones.
Estos cristianos, en lugar de sentirse humillados por su muerte violenta, se sienten
iluminados por la Pasión-Resurrección del Señor. El Evangelio es el relato
de la Pasión. La historia más larga y completa del Evangelio. ¿Por qué está armada
así de un modo tan unitario y tan clara? ¿Qué se propone el narrador? La respuesta
podemos encontrarla en una inquietud de los primeros cristianos: a ellos les preocupaba
enormemente saber si la condena y la posterior muerte de Jesús eran, no sólo un
rechazo de las autoridades religiosas y civiles judías, sino también el abandono
de Dios. En otras palabras, ¿la cruz era o no un signo de maldición? Ante
este interrogante tan vital para los cristianos, la reflexión teológica de las
primeras comunidades, guiadas por el Espíritu Santo, se centró en el recuerdo
de los hechos que sucedieron en la semana de Pascua y en las palabras de los profetas
que los habían anunciado. Por eso los recuerdan escuetamente, sin comentarios,
dejando que cada uno se admire por el amor que Dios manifestó a los hombres entregando
a su Hijo para que muriera en la Cruz. Allí descubrieron que la Pasión de
Jesús no era algo inesperado o una sorpresa, sino la consecuencia de su obediencia
al Padre y su amor infinito por los hombres. Ante este relato, tratemos de
meditar, revivir e imitar este sublime gesto de amor de Cristo. Él nos enseña
a ser fieles a nuestras convicciones, aunque nos puedan costar la vida: el martirio,
físico o espiritual, es una posibilidad siempre abierta en la vida cristiana.
Jesús nos enseña con su ejemplo a asumir el sufrimiento proveniente de nuestra
fidelidad, como un camino de redención. Padecer por quien se ama es el mayor gesto
de amor.
Domingo
27 de Marzo (Pascua de Resurrección del Señor) Jn
20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4) ¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya
la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!. La resurrección
de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Imagínense
lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si
un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por
su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente
lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la
cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado.
Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el
mundo. En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen
en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio
que anuncian. El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma
esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas
en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos
y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento
hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a
la vida eterna para nunca más morir. Hoy nosotros que vivimos el misterio
de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender
que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias
nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros
participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas
de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya
no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán
con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar
hacia las alturas. La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor,
que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos
rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre
nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía
recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con
su cuerpo en el momento de la comunión. Como resultado de esa fe, también
de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido
por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien". Lo
lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en
las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente".
Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de
Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de
Jesús para compartir su gloria. Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43
y Col 3,1-4) Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor ¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya
la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!. La resurrección
de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Imagínense
lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si
un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por
su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente
lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la
cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado.
Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el
mundo. En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen
en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio
que anuncian. El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma
esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas
en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos
y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento
hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a
la vida eterna para nunca más morir. Hoy nosotros que vivimos el misterio
de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender
que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias
nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros
participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas
de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya
no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán
con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar
hacia las alturas. La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor,
que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos
rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre
nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía
recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con
su cuerpo en el momento de la comunión. Como resultado de esa fe, también
de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido
por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien". Lo
lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en
las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente".
Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de
Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de
Jesús para compartir su gloria. Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43
y Col 3,1-4) Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor ¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya
la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!. La resurrección
de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Imagínense
lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si
un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por
su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente
lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la
cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado.
Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el
mundo. En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen
en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio
que anuncian. El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma
esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas
en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos
y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento
hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a
la vida eterna para nunca más morir. Hoy nosotros que vivimos el misterio
de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender
que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias
nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros
participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas
de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya
no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán
con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar
hacia las alturas. La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor,
que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos
rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre
nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía
recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con
su cuerpo en el momento de la comunión. Como resultado de esa fe, también
de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido
por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien". Lo
lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en
las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente".
Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de
Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de
Jesús para compartir su gloria. Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43
y Col 3,1-4) Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor ¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya
la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!. La resurrección
de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad. Imagínense
lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si
un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por
su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente
lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la
cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado.
Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el
mundo. En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen
en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio
que anuncian. El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma
esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas
en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos
y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento
hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a
la vida eterna para nunca más morir. Hoy nosotros que vivimos el misterio
de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender
que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias
nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros
participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas
de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya
no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán
con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar
hacia las alturas. La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor,
que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos
rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre
nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía
recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con
su cuerpo en el momento de la comunión. Como resultado de esa fe, también
de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido
por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien". Lo
lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en
las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente".
Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de
Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de
Jesús para compartir su gloria.
Domingo
03 de Abril Segundo Domingo de Pascua “A” jn.
20,19-31 (Lecturas Hechos 2,42-47 y 1Pe 1,3-9) “Dichosos los que creen
sin haber visto” “Dichosos los que creen sin haber
visto” La liturgia de la Palabra de hoy, después del asombro y la alegría
del domingo pasado, en que experimentamos junto con los discípulos, el gozo
por el anuncio que Jesús vive, nos vuelve a llenar de estupor y admiración por
la visita inesperada del Maestro a sus amigos; pero al mismo tiempo nos llama
a la fe y a dar frutos, como les exigió a los suyos mientras cenaban. En la
Primera y en Segunda Lectura, resuena con fuerza el eco de la fe de las primeras
comunidades, unidas fuertemente por el amor al Resucitado: la certeza de la resurrección
de Jesús y de su propia resurrección, los empuja a confiar en la misericordia
de “aquel que murió y resucitó por nosotros”, y al mismo tiempo, de acuerdo a
sus posibilidades, a poner sus bienes al servicio de todos. Pueden hacerlo porque
ya viven oteando el horizonte, exsultantes y ansiosos por reencontrarse con el
Maestro. Sin embargo, el Evangelio de hoy, en su segunda parte, deja entrever
ciertas fisuras en la fe de los discípulos y en algunos miembros de las primeras
comunidades: Tomás, además de ser el paradigma del hombre incrédulo, representa
a todos ellos. Exigió ver para creer. Y Jesús se lo reprocha a él y a todos los
que seguirán su ejemplo; pero también hace brotar de los labios de Jesús una bienaventuranza
que nos incluye y consuela a todos: “Dichosos los que creen sin haber visto”.
A partir de esas palabras del Maestro y de la experiencia vivida en la semana
de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, cada uno de nosotros debe encontrar
el momento oportuno para expresar su fe y compartirla con los hermanos que necesitan
de nuestro apoyo y testimonio que se manifestará también en obras de solidaridad.
Allí nace el desafío de ser cristianos. La resurrección prueba su verdad en la
transformación de la vida de los que creen. Ya no es lo mismo vivir para desaparecer
para siempre con la muerte, que vivir con la esperanza de acompañar eternamente
Maestro en su gloria. Además, el caminar por este mundo en medio de las dificultades
y sufrimientos, será más llevadero cuando se siente el espaldarazo de la solidaridad,
transformada en amor que disipa la soledad y acompaña el peregrinar en la esperanza.
Hoy nosotros, mientras profesamos nuestra fe en la resurrección, propongámonos
cambiar nuestra manera de pensar y de vivir, manifestando ese propósito con hechos
concretos. Todos sabemos donde nos aprieta el zapato, por eso cada celebración
eucarística, además de nutrirnos con el cuerpo y la sangre del Señor resucitado,
tiene que ser el punto de partida, (o la continuidad más plena) de una vida llena
de buenas obras, que serán nuestra corona de gloria en le cielo.
Domingo
10 de Abril Tercer Domingo de Pascua “A” Lc 24,13-35
(Lecturas Hechos 2,22-33 y 1Pe 1,17-21) Jesús resucitado se revela en la
Eucaristía En la Liturgia de la Palabra de este
domingo, el anuncio de Jesús resucitado lo escucharemos de tres maneras diferentes,
pero siempre como el testimonio de personas que lo han visto con sus propios ojos.
Por eso tienen el sello de la autenticidad y de la credibilidad y nos invitan
a abrir nuestro espíritu a su mensaje de esperanza. Pedro, en la Primera Lectura,
proclama ante sus compatriotas judíos que ellos son los responsables materiales
y morales de la crucifixión y muerte del Señor; pero Dios lo glorificó haciéndolo
salir glorioso del sepulcro. Esta breve afirmación encierra una síntesis muy escueta
del credo de las comunidades apostólicas. Luego, en la Segunda Lectura, nuevamente
san Pedro pero esta vez dirigiéndose a los paganos, les anuncia en otros términos
la misma Buena Nueva: Jesús vive y vive para siempre. Además, les asegura que
ése será su futuro: también ellos resucitarán y acompañarán a Jesús en su triunfo
y en su gloria. Corona este anuncio el precioso relato de san Lucas en que
narra el encuentro de Jesús resucitado con los caminantes a Emaús: dos discípulos,
decepcionados por el desenlace trágico de la vida de Jesús, regresan a sus tareas
cotidianas pensando que el sueño mesiánico que ellos acunaron había concluido.
De las tres lecturas se pueden sacar varias enseñanzas para nuestra vida cristiana;
pero lo que surge inmediatamente es que la fe en Jesús resucitado, nace a partir
de un encuentro personal con el Resucitado, saber escuchar sus palabras mientras
se camina en la vida y en compartir asiduamente la Eucaristía. Quizás en las dos
primeras lecturas esa idea no aparezca tan transparente; pero en el testimonio
de Lucas no quedan dudas: después de caminar escuchándolo durante todo el día,
en el momento de partir el pan, Jesús se hace presente y se manifiesta. Todo
esto nos sugiere que saber descubrir a Jesús, que camina con nosotros y se revela
a la comunidad en el momento de partir el pan, es la clave para vivir la fe en
Jesús resucitado. Por eso deberemos tener los oídos atentos para escuchar la palabra
de Dios que se proclama en las celebraciones eucarísticas y, a partir de ella,
movilizarnos y ponernos en camino para cambiar nuestras vidas y manifestar que
creemos en la vida futura. Para los discípulos cambiar y regresar a Jerusalén
fue volver a la Iglesia, para nosotros volver a Jerusalén será reconciliarnos
y llegar a la casa del Padre para compartir la gloria con el Hijo. Pero cuando
se habla de escuchar la Palabra, debemos saber que con oír el anuncio no basta.
A veces, la oímos casi por curiosidad, sin comprenderla ni asimilarla. Ése es
precisamente el reproche que Jesús les hace a los discípulos y a cada uno de nosotros:
ellos conocían las Escrituras, pero no la habían entendido, nosotros también la
conocemos, pero no la vivimos. De todo esto queda claro que puede existir
una gran semejanza entre los discípulos de Emaús y nosotros: en ellos hay una
gran decepción y en nosotros a veces también. Ellos se habían hecho una idea de
Jesús pero la realidad fue diferente... Quizás también nosotros, a veces, nos
formamos una idea de Jesús y de su Iglesia que no se ajusta a la verdad y cuando
los hechos nos llaman a la realidad, nos sentimos desilusionados. Ante esta situación,
Jesús no nos deja solos. Camina con nosotros al ritmo de nuestro dolor, de nuestras
desilusiones y nos abre los oídos y los ojos para descubrir su verdadera imagen.
Sentimos que Él está aquí en medio de nuestra comunidad para comunicarse en la
Eucaristía y así también caminar al ritmo de nuestra alegría. Aprendamos, entonces,
a celebrarla con gozo y recogimiento y sentiremos la presencia del Señor que nos
habla a través de los gestos y las palabras.
Domingo
17 de Abril Cuarto domingo después de Pascua “A” Jn
10,1-10 (Lecturas Hechos2,14.36-41 y 1Pe 2,20-25) El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día
en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además,
pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen
la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen
así su obra evangelizadora. El título y las imagen del buen Pastor referida
a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar
un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica
teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones
espirituales. Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas
referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente
en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar
alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su
primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción
de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose
en el nombre del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una
carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos
al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de
pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es
el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar
las penas y sufrimientos de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san
Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas
y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les
da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el
conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad
y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga
también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte
y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que
viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el
Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en
el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos.
Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida
por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos:
Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para
absolver y bendecir... Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen
los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio
cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes,
como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas.
De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad,
depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del
testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta
con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del
buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por
los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su
Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio
eterno y continúen así su obra evangelizadora. El título y las imagen del
buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el
riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se
trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada
Escritura y con muchas implicaciones espirituales. Esa imagen del buen Pastor
referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo
Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se
lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera
y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de
Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado,
liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre
del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo
Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo,
les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia,
eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor
y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos
de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto
del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos
eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En
otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador,
el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros
participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas
a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado. Esta gran realidad teológica
y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús,
nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y
no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores
de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas,
los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás;
pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el
número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran
las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para
que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra
sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro
de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores
con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno
de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo.
No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad
para continuar guiando a su Iglesia. El buen Pastor El cuarto domingo
de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia
universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño
de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha
de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra
evangelizadora. El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente
en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título
romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente,
con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias
que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en
la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar
alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su
primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción
de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose
en el nombre del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una
carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos
al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de
pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es
el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar
las penas y sufrimientos de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san
Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas
y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les
da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el
conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad
y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga
también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte
y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que
viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el
Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en
el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos.
Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida
por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos:
Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para
absolver y bendecir... Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen
los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio
cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes,
como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas.
De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad,
depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del
testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta
con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del
buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por
los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su
Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio
eterno y continúen así su obra evangelizadora. El título y las imagen del
buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el
riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se
trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada
Escritura y con muchas implicaciones espirituales. Esa imagen del buen Pastor
referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo
Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se
lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera
y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de
Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado,
liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre
del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo
Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo,
les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia,
eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor
y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos
de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto
del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos
eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En
otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador,
el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros
participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas
a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado. Esta gran realidad teológica
y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús,
nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y
no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores
de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas,
los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás;
pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el
número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran
las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para
que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra
sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro
de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores
con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno
de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo.
No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad
para continuar guiando a su Iglesia. El buen Pastor El cuarto domingo
de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia
universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño
de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha
de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra
evangelizadora. El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente
en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título
romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente,
con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias
que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en
la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar
alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su
primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción
de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose
en el nombre del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una
carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos
al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de
pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es
el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar
las penas y sufrimientos de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san
Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas
y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les
da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el
conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad
y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga
también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte
y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que
viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el
Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en
el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos.
Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida
por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos:
Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para
absolver y bendecir... Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen
los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio
cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes,
como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas.
De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad,
depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del
testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta
con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del
buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por
los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su
Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio
eterno y continúen así su obra evangelizadora. El título y las imagen del
buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el
riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se
trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada
Escritura y con muchas implicaciones espirituales. Esa imagen del buen Pastor
referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo
Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se
lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera
y Segunda Lectura. En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de
Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado,
liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre
del Señor Jesús. Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo
Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo,
les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia,
eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor
y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos
de la vida. Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto
del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos
eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En
otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador,
el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros
participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas
a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado. Esta gran realidad teológica
y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús,
nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y
no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores
de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas,
los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás;
pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el
número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran
las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para
que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra
sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro
de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores
con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno
de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo.
No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad
para continuar guiando a su Iglesia.
Domingo
24 de Abril Quinto domingo de Pascua “A”
Jn 14,1-12 (Lecturas Hechos 6,1-7 y 1Pe 2,4-9) Crisis
de crecimiento En este quinto domingo de Pascua continuamos disfrutando
el gozo pascual de la Resurrección del Señor; pero estamos esperando también al
Espíritu Santo que nos llenará con su presencia en el día de Pentecostés, ya próximo.
(23 de mayo). En este clima espiritual, la liturgia de la Palabra de hoy nos
invita a concentrar nuestra atención en el misterio de Cristo, “camino, verdad
y vida”. Un misterio que nos manifiesta cada vez más la voluntad y el amor salvador
de Dios Padre. Este mensaje tan lleno de esperanza lo podemos sintetizar en estos
términos: -- La bondad y el amor de Dios hacia los hombres se manifiesta en
que Jesús, Dios hecho hombre, se ofrece y muere en la cruz por nosotros (Ev.).
-- Pero ese amor salvador, después de la resurrección, se concretiza en la formación
de una comunidad de salvación que es la Iglesia, formada por todos los bautizados.
(1ª y 2ª lectura). La Primera Lectura, en efecto, nos mostró cómo a partir
de una situación de tensión (casi de enfrentamiento) dentro de la comunidad eclesial,
los apóstoles llegan a una conclusión positiva dentro del anuncio de Jesús: descubren
y valorizan los roles o ministerios. Primero la oración y el anuncio del Evangelio
del Señor resucitado; después la “diaconía”, y a partir de esta reflexión, eligen
a siete hombres de la comunidad que llaman “diáconos” es decir, servidores...
En cambio, en un tono muy fraterno, la Segunda Lectura nos ofrece una estupenda
imagen de la Iglesia fundada por Jesús, su piedra fundamental. Allí descubrimos
cómo el bautismo nos integra a una comunidad participativa, donde cada bautizado
cumple su rol específico. El Evangelio, por su parte, nos hace regresar al
Cenáculo, al Jueves Santo, para escuchar un párrafo del testamento espiritual
de Jesús que se revela como el guía seguro hacia el encuentro con el Padre. Es
el camino, la verdad y la vida. Lo primero que surge para nuestra meditación
a partir de estas reflexiones, es que desde el inicio mismo de la Iglesia se constituyen
tres estructuras básicas y diferenciadas: a) el servicio litúrgico de la oración,
Eucaristía o “fracción del pan”; b) el servicio de la Palabra como predicación
y evangelización y c) el servicio de asistencia a los pobres, como resultado o
consecuencia de los dos primeros. No faltaron con el correr de los siglos
las tensiones para determinar las jerarquías. ¿Cuál era la más importante? Para
san Lucas no quedan dudas: oración-anuncio-servicio a los pobres. En otras palabras,
una fe profunda en Jesús resucitado, nutrida con la oración y la Palabra de Dios,
garantiza un compromiso efectivo con los pobres. Esto debe quedar muy claro entre
nosotros. Cuando se cambia el orden y la importancia aparecen las dificultades.
En segundo lugar, debemos pensar que esa misma actitud lleva a que cada cristiano
se constituya en un verdadero ministro. De allí la enseñanza de la Segunda Lectura
que nos revela el sacerdocio común de los bautizados: quien estuvo purificado
por la oración y la Palabra de Dios, tiene que prestar algún servicio a la comunidad;
es decir, participar de alguna manera al sacerdocio de Cristo. Finalmente,
en su testamento espiritual, Jesús nos recomienda ante todo la unidad como resultado
del amor y la conducción que Él ejerce dentro de la comunidad eclesial. Dentro
de este clima nos exhorta, además, a que confiemos en Él. Va a prepararnos una
morada, un lugar en la casa del Padre. Luego volverá. Nosotros estamos seguros
que será así, porque confiamos y creemos en su palabra; mientras tanto, vivamos
en el amor y en la caridad, orando y meditando su palabra. Domingo
1° de Mayo Sexto domingo de Pascua “A” Jn
14,15-21 (Lecturas Hechos 3,5-8 y 1Pe 3,15-18) Preparándonos a recibir
el Espíritu Santo. Éste es el último domingo del
tiempo de pascua. Si bien aún vivimos en el clima pascual, los textos de la liturgia
de la Palabra, como el domingo pasado, continúan preparándonos para la gran fiesta
de Pentecostés, donde toda la Iglesia será iluminada y fortalecida por la presencia
del Espíritu Santo. Desde esa perspectiva, la Primera Lectura, tomada del
libro de los Hechos de los Apóstoles, nos permite reflexionar sobre algunas verdades
muy importantes para la vida de la Iglesia y de nuestra vida cristiana. Vemos
aparecer con gran vigor su compromiso misionero: la persecución que padecen los
cristianos de Jerusalén los obliga a dispersarse en las regiones vecinas y, llevados
por el entusiasmos, comienzan a anunciar entre sus pariente, amigos y conocidos
la Buena Nueva de Cristo resucitado. El éxito de este anuncio se manifiesta
y se concretiza en formación de nuevas comunidades cristianas en la región de
Samaría. Al enterarse de este florecer y de los bautismos del diácono Felipe,
la comunidad madre de Jerusalén, delega a Pedro y a Juan para que, imponiéndoles
las manos, completen la obra de Felipe y así los bautizados reciban un modo especial
los dones del Espíritu Santo. Es sumamente importante que la subrayemos y
meditemos esta información que nos consigna el autor del libro de los Hechos:
indica, ante todo, que ya a los inicios de la Iglesia, en las primeras comunidades,
había una clara consciencia de la jerarquía y de los roles específicos de cada
uno de sus miembros. Felipe, aunque ejerce el ministerio de la predicación y bautiza,
llama a los apóstoles, sus superiores en el ministerio, para que completen la
obra que él había iniciado. En otras palabras, admite no tener la plenitud del
sacerdocio, respetando así el orden jerárquico. Por otra parte, este texto
en un claro testimonio que ya en las primeras comunidades, se recibía al Espíritu
Santo con un signo (un sacramento) en el que se imponía las manos. Se trataba
de lo que hoy llamamos “sacramento de la confirmación”. Cabe destacar la importancia
que tenía para los primeros cristianos este sacramento que actualmente quizás,
está algo desvalorizado; aunque es justo consignar también que con motivo del
Gran Jubileo, en el año del Espíritu, se hicieron grandes esfuerzos para restituirle
su justa dimensión. También la Segunda Lectura y el Evangelio, con la vista
puesta en la fiesta de Pentecostés, nos llaman a valorizar la presencia del Espíritu
Santo en la vida de la Iglesia, para que tomemos consciencia de este inmenso don:
el Espíritu Santo no es una simple gracia, sino una Persona divina. Dios como
el Padre y como el Hijo. Es el Paráclito, el defensor, que tiene como misión,
entre otras, de sostener a la Iglesia en todas las circunstancias de su vida.
(Téngase en cuenta que el término griego “paracleto” (paráclito), se utilizaba
para denominar el poste que sirve de guía o tutor que se pone junto a las cepas
para que crezcan derechas). La vida de la Iglesia y su historia milenaria
no sería comprensible ni explicable sin la asistencia de la tercera persona de
la Santísima Trinidad. Sin su presencia no habría sobrevivido por mucho tiempo:
la mantuvo en medio de las persecuciones; la iluminó en los momentos obscuros,
en las dudas, en las herejías, cuando surgieron dificultades para comprender correctamente
el mensaje de Jesús; la reconcilió con el Padre y el Hijo en los momentos de infidelidad,
cuando el fervor y el empuje de los primeros tiempos se enfrió. Hoy, mientras
caminamos hacia Pentecostés, pidamos a María que nos ayude a ser dóciles a las
insinuaciones del Espíritu Santo.
Domingo
08 de Mayo Septimo domingo Pascua "A" - Mt
28,16-20 (Lecturas Hechos 1,1-11 y Ef 1,17-23) Ascención del
Señor Vayan por todo el mundo... La liturgia de hoy
presenta el misterio de la Ascensión del Señor desde el punto de vista histórico,
cristológico y eclesial. Desde el punto de vista histórico, lo encontramos
en la primera lectura en el relato de la despedida de Jesús de sus discípulos.
Con ella, se cumple una de las etapas de la historia de la salvación: Jesús, después
de haberse hecho hombre, anunciado el Evangelio, muerto y resucitado, ha dejado
de estar en medio de sus discípulos y de la comunidad eclesial de una manera visible
en su aspecto físico,. En cambio, el aspecto teológico lo vemos en la segunda
lectura, cuando reflexionamos y contemplamos a Jesús junto al Padre, revestido
de dignidad real, sacerdotal, intercediendo por nosotros y enviándonos el Espíritu
Santo. Por su parte, san Lucas en el Evangelio de hoy, nos muestra el aspecto
eclesial del misterio. Vista desde este punto, la fiesta de la Ascensión es el
inicio del tiempo de las comunidades cristianas y el tiempo del testimonio: un
llamado a cada bautizado a anunciar el Evangelio. Los tres aspectos son sumamente
importantes para nuestra vida cristiana: Jesús se despide bendiciéndonos, para
representarnos junto al Padre, para que podamos ser testigos de la Resurrección
y para indicarnos el camino que conduce al Padre e invitándonos a seguirlo.
No obstante la importancia de los temas arriba citados, en esta fiesta es muy
importe que subrayemos especialmente el aspecto misional y de testimonio. A partir
de la Ascensión del Señor, cada bautizado tiene que ocupar el lugar de Jesús en
el anuncio del reino. Esa misión tiene que ser el resultado de nuestra fe en la
Resurrección. En efecto, si creemos que Cristo vive, no sólo debe cambiar nuestra
actitud ante la vida y la muerte, sino que tenemos que manifestarlo con nuestro
comportamiento cotidiano y con nuestras palabras. El hecho que en este acontecimiento,
la Iglesia haya recibido solemnemente el mandato de anunciar la Buena Nueva del
Evangelio, dio motivo para que hoy se celebre la Jornada Mundial de los Medios
de Comunicación Social. De esa manera, la Iglesia, uniendo la fiesta de Ascensión
del Señor con la Jornada de los medios de comunicación quiso que todos los cristianos
tomaran consciencia de su importancia en la misión evangelizadora. En efecto,
ya no bastará anunciar a Cristo resucitado con nuestra palabra y con nuestro testimonio
personal, sino que hay que servirse de los medios muy eficaces como lo son la
prensa, la radio, el cine y la televisión. La misión del apóstol --nuestra
misión-- es llegar a todos. Y llegaremos a todos si actualizamos la metodología
para anunciar el Evangelio. No podemos permitirnos el lujo de quedarnos indiferentes
ante las posibilidades y la eficacia de los Medios de Comunicación Social. Como
cristianos comprometidos con el anuncio de Jesús, tenemos que valernos de ellos
para que el Evangelio llegue a los más alejados; a quienes nunca frecuentan la
Iglesia. Esa es una tarea específica de los laicos: buenos periodistas, competentes
directores de radio, cine, televisión. Ellos serán los que apoyarán y difundirán
el mensaje de los pastores. De esa manera, juntos con ellos, cumpliremos mejor
con el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo y hagan que todos los pueblos
sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo". Domingo
15 de Mayo Jn 20,19-23 (Lecturas Hechos 2,1-11
y 1Cor 12,3-7.12-13) Pentecostés Nace un nuevo
pueblo La fiesta de Pentecostés es un día de gran alegría
espiritual ya que se celebra el nacimiento de la Iglesia, y, además, con este
acontecimiento, inicia la tercera y última etapa de la historia de la salvación
que comenzó en el momento de la creación del mundo con la opción equivocada de
Adán y Eva; continuada con la Encarnación del Hijo de Dios y que concluirá con
la Parusía, con el regreso triunfante de Jesús Resucitado... Pentecostés es
la fiesta del Espíritu Santo. En efecto, hoy recordamos y actualizamos su presencia
en la Iglesia, en la historia de la humanidad y en cada uno de nosotros. Y eso
es precisamente lo que nos enseña la liturgia de la Palabra de hoy. La primera
lectura nos recuerda el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo. Es decir,
su manifestación visible, sensible, palpable. Una verdadera teofanía. Una señal
de la presencia de Dios representada en el viento huracanado y en el fuego, signos
a los que recurre la Sagrada Escritura cuando quiere describir una manifestación
evidente de Dios. A partir de ella, san Lucas nos describe los efectos transformadores
del Espíritu en los discípulos y en toda la comunidad eclesial reunida en oración
en el Cenáculo. Vemos cómo infunde en ellos valor y coraje para anunciar a Cristo
resucitado con la palabra y con el testimonio de sus vidas. Además, otra consecuencia
importante de la presencia del Espíritu Santo está representada en el hecho que
si bien los apóstoles hablaban en su lengua natal (arameo) los oyentes, de diferentes
países e idiomas, los entendían perfectamente. El autor quiere resaltar con ello
que desde su mismo nacimiento, la Iglesia abre el diálogo y se comunica con todos
los pueblos. Por otra parte, en Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo
que sucedió en la Torre de Babel. Allí el pecado causa la incomunicación y la
dispersión, ya que al no comprenderse, los pueblos se separan y recorren un camino
de rivalidades y de guerra. En cambio, con la llegada del Espíritu Santo, su presencia
unificadora es motivo de comunicación, de diálogo y pacificación. La segunda
lectura enriquece y completa el mensaje anterior. En síntesis, nos enseña que
no obstante la diversidad en los carismas, en los dones y en las cualidades personales,
existe en la Iglesia una unidad inquebrantable. Nos confirma que en la Iglesia
y en la vida no somos iguales; pero sí, somos uno en Cristo, reunidos precisamente
por el Espíritu Santo. En el Evangelio, la afirmación de Jesús “Recibid el
Espíritu Santo” evoca el momento de la creación. Allí el Espíritu aleteaba sobre
las aguas, infundiéndoles vida; aquí indica que con la asistencia del Espíritu
Santo se realiza una nueva creación. Nace un nuevo pueblo, la Iglesia, y en nosotros,
reconciliados, una nueva vida. Por eso, hoy deberá producirse en nosotros un profundo
cambio interior, una verdadera transformación y a partir de ella, sentirnos más
Iglesia; es decir, una comunidad reunida por el Espíritu Santo, unidos en los
mismo ideales, fortalecidos por dentro y valientes para anunciar a Jesús resucitado.
Domingo
22 de Mayo Jn 3,16-18 (Lecturas Ex 34,4-6.8-9 y 2Cor 13,11-14)
Santísima Trinidad En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo... Hoy recordamos y veneramos el misterio del Ssma.
Trinidad. Un misterio que Jesús mismo ha revelado durante su vida pública, en
su predicación. Un misterio que como tal, no puede ser comprendido ni por la mente
humana ni por los ángeles, por el simple motivo que Dios es incomprensible. Sin
embargo, en ese misterio vislumbramos el Amor creador, redentor y santificador
de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo y habita en de quienes viven en gracia,
reconciliados con su creador y con sus hermanos. Podemos atisbar apenas este
misterio a partir de lo que nos dice la Sagrada Escritura, a lo largo de la historia
de la salvación. Algunas de esas páginas se han leído hoy en la celebración eucarística
y nos sirven de punto de referencia para contemplar el misterio que, como se puede
fácilmente apreciar, tienen al amor como el motivo conductor, el hilo que las
une, transmitiéndonos de esa manera un mensaje de alegría y esperanza. En
efecto, en la primera de ellas, Dios mismo se califica como "Dios misericordioso
y piadoso, lento en la ira y rico en gracia y fidelidad". Ante esta afirmación,
Moisés animado por la gracia que cree haber encontrado delante los ojos de Dios,
le pide que se digne caminar en medio de su pueblo, que lo perdone de su culpa
y lo tome como su herencia. Esto nos permite apreciar, cómo ya en los inicios
de la revelación, Dios se manifiesta a su pueblo como un Padre lleno de amor.
Así lo perciben los judíos que confían plenamente en su palabra, en su perdón
y en su misericordia. En la segunda lectura, san Pablo, siguiendo en el mismo
tono, pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento, resume las exhortaciones
a sus lectores con cinco imperativos: “Permaneced alegres, tended a la perfección,
confortaos mutuamente, vivid en comunión (unidos) y en paz”. Estos cinco imperativos
giran alrededor del amor recíproco y se fundamentan en el amor de Dios. El Apóstol,
completando su pensamiento, les asegura además que si cumplen esas exhortaciones,
el amor de Dios y la paz estará con ellos. También el augurio final, (verdadera
profesión de fe trinitaria) destaca el amor de Dios hacia la humanidad redimida,
encuadrándolo entre la gracia de Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo,
una frase a la que la liturgia recurre muchas veces como saludo inicial en las
celebraciones eucarísticas. Estas exhortaciones deben calar profundamente
en nuestro espíritu y animarnos a vivir con el mismo compromiso fraternal de las
primeras comunidades cristianas, con la certeza que nuestra vida cotidiana será
colmada de paz y serenidad. En el Evangelio san Juan nos recuerda un párrafo
de la catequesis de Jesús a Nicodemo y nos presenta la encarnación del Hijo de
Dios como fruto y expresión acabada del amor de Dios a los hombres. En síntesis,
todas las lecturas bíblicas de hoy, nos hablan del Amor de Dios, porque el misterio
de la Ssma. Trinidad que celebramos es, esencialmente, un misterio de Amor, sublime
e incomprensible, que nos ayuda a comprender en parte el plan salvífico de Dios.
Pero, más que tratar de comprender este misterio, tratemos de vivirlo y adorarlo
en sus tres personas, Padre, Hijo y E. Santo: Así veremos el amor de Dios expresado
en su paternidad creadora; en su actividad redentora y reveladora del Hijo y en
la obra santificadora del Espíritu Santo. Este debe ser nuestro pensamiento cada
vez que manifestamos muestra fe, santiguándonos en el nombre del Padre, del Hijo
y del E. Santo.
Domingo
29 de Mayo Jn 6,51-58 (Lecturas
Dt 8,2-3.14-16 y 1Cor 10,16-17) Corpus
Crhisti Hoy la Iglesia contempla y celebra el misterio de la presencia
real, verdadera y substancial de Jesús resucitado bajo las especies de pan y vino.
Esta verdad, definida como dogma de la Iglesia católica en el Concilio de Trento,
es innegable, no sólo por el hecho de su definición, sino porque Jesús mismo,
a lo largo de su predicación así lo reveló. Pero sólo lo podemos ver y creer con
los ojos de la fe. Por otra parte, esta definición tan categórica de la Iglesia
no es más que la respuesta a las negaciones de Lutero, Calvino y Zwinglio, por
citar a los más conocidos; porque en realidad, hubo muchos momentos en la historia
en que se dudó de la presencia de Jesús resucitado bajo las especies de pan y
vino. (El mismo capítulo 6º de san Juan es un indicio de esas dudas. Allí encontramos
las respuestas del evangelista a las perplejidades de su comunidad, quien, para
catequizarla, recurre a las palabras y el milagro de Jesús). Pero así como
hubo dudas, también hubo hechos donde Jesús mismo confirmó su presencia con una
manifestación milagrosa. El milagro de Bolsena (Italia), en el siglo XII, es sólo
uno de los más famosos. Sucedió que un sacerdote que dudaba de la presencia de
Jesús en la eucaristía peregrinaba a la tumba de san Pedro y de los mártires para
afianzar su fe. Se detuvo a pasar la noche en Bolsena y, al día siguiente, como
todos los días, celebró la santa misa. En el momento de la fracción de la hostia
consagrada, unas gotas de sangre cayeron sobre el corporal en el que tenía posado
el cáliz. Ese mismo corporal hoy puede verse y venerar en la catedral de esa ciudad.
Más allá del milagro, todos sabemos que de la fe en misterio eucarístico, dependerá
nuestra vida espiritual: -- Si creemos en la presencia real de Jesús resucitado,
bajo las apariencias de pan y vino, celebraremos y participaremos de la eucaristía
con frutos y ese acto litúrgico será para nosotros un verdadero sacrificio. Además,
nos alimentaremos con su sangre y con su cuerpo y la comunión será para nosotros
un verdadero alimento. -- Si estamos convencidos de esas dos verdades (verdadero
sacrificio y verdadero alimento), toda nuestra vida cambiará, especialmente nuestra
fe en la resurrección de Cristo y en nuestra propia resurrección. Todas estas
reflexiones surgen espontáneas de las lecturas de la liturgia de la Palabra de
hoy. En efecto, en la primera, el autor del libro del Deuteronomio recuerda
el milagro del alimento que Dios había regalado a su pueblo errante por el desierto
un momento de crisis y tensiones: se había dividido el reino de Israel. Cómo puede
ser, piensa el autor: si se habían alimentado de un mismo maná, cómo no encontrar
un camino de reconciliación... San Pablo les muestra a la comunidad de Corinto,
también en un momento de crisis, las consecuencias de alimentarse de un mismo
cuerpo y beber de la misma sangre de Cristo. Para el Apóstol es obvio que si hay
un mismo sacrificio y un mismo alimento, tiene que haber una comunidad y una Iglesia
unida; por lo tanto, no se explican las divisiones existentes. La página del
Evangelio, por sus parte, es uno de los fundamentos de nuestra fe en la presencia
real y de la necesidad de alimentarnos con el cuerpo y sangre de Cristo: Él transforma
nuestras vidas para alcanzar a la vida eterna y compartir su resurrección. Los
oyentes se escandalizaron de las exigencias de Jesús. Y es comprensible, porque
Jesús, según el texto griego, no sólo pide alimentarse de su cuerpo, que ya es
mucho, sino aún más, pide que lo mastique: “Roo” = roer, masticar, es el término
griego que utiliza el evangelista en su texto... Quizás hoy a nosotros ya
ni nos escandaliza ni nos sorprende el texto evangélico, porque tal vez hemos
caído en la rutina. Sin embargo, cada encuentro con Jesús en la Eucaristía, tendría
que ser transformador y llenarnos de gozo por tan inapreciable don. Pidámosle
al Señor que aumente nuestra fe... Domingo
05 de Junio DOMINGO DÉCIMO DURANTE EL AÑO - Ciclo A Mt
9, 9-13 (Lecturas:Os 6, 3-6 y Rm 4, 18-25) Dios ama a los hombres y quiere
salvarlos Las tres lecturas de este domingo se iluminan
recíprocamente, ofreciéndonos varios puntos para nuestra reflexión. El primer
mensaje lo encontramos en el texto de Oseas, un profeta que vivió alrededor del
año 750, en el Reino del Norte. En el versículo citado por Jesús en el Evangelio
de hoy, el profeta nos enseña en qué consiste la esencia de la verdadera religiosidad,
asegurándonos que no está en los ritos exteriores, repetitivos, hechos sin convicción,
sino en los gestos de amor hacia nuestro prójimo, especialmente los más necesitados
e indefensos. Oseas sintetiza esa exigencia en la frase que retomará Jesús: “Quiero
misericordia y no sacrificio”. En otras palabras, Dios nos pide hechos concretos
de amor más que ritos y palabras. Idea sintetizada estupendamente en este refrán
latino: Res nos verba! En esa misma dirección están las palabras de san Pablo
que escuchamos en la segunda lectura. El Apóstol nos recuerda que la esencia de
nuestra fe en Dios es el total abandono a la iniciativa de Dios. Para subrayar
esa idea, san Pablo recurre al ejemplo de Abraham, que siendo ya anciano, creyó
en el cumplimiento de la promesa que le aseguraba que tendría un hijo que garantizaría
su descendencia. Promesa cumplida en la persona de Isaac. Nosotros podríamos agregar
el ejemplo de la Virgen María que, ante el anuncio del Arcángel Gabriel, exclamó:
¡He aquí la esclava del Señor! Esa docilidad y ese abandono de María nos confirman
que la fe y la confianza caminan tomadas de la mano. También el Evangelio,
a partir de la elección de Mateo, (llamado Leví, por san Lucas), nos invita a
reflexionar sobre la fe en Dios, que por amor, convoca a todos los hombres a su
reino para salvarlos. En ese acontecimiento, sorprenden al menos dos actitudes.
Primera: Jesús, en su convocatoria no discrimina, no hace diferencias entre categorías
sociales. Todos somos iguales ante Él y, por lo tanto, todos podemos ser discípulos
o apóstoles. Dios elige con absoluta libertad y sólo guiado por el amor a sus
criaturas. La otra actitud que impresiona es la prontitud de la respuesta
de Mateo: se levantó y lo siguió sin medir las consecuencias. Recordemos que Mateo
era un hombre rico, acostumbrado a las comodidades de la vida y, por lo tanto,
seguramente, no habrá sido nada fácil dejar todo y seguirlo. Ante esta situación
cabe preguntarse cómo habrá sido la mirada y el tono de la voz de Jesús para obrar
semejante milagro. ¡Debe haber sido una experiencia única! Finalmente, y sin
perder de vista ese acontecimiento, no podemos no admirar el estilo nuevo y diferente
de Jesús hacia su pueblo. Nos asombra su bondad transgresora, que va mucho más
allá de las reglas sociales que muchas veces son discriminatorias. Ante estas
consideraciones podemos sacar algunas conclusiones: Primera: crecer en nuestra
fe, abandonándonos a la iniciativa de Dios. Ese abandono deberá manifestarse en
hechos concretos, cultivando nuestro espíritu solidario hasta que nos duela, como
decía la Madre Teresa de Calcuta. ¡No será fácil! Por otra parte, dejarnos
atrapar por la misericordia de Dios. Pensemos que la Iglesia, de la que formamos
parte por el Bautismo, no es más que una comunidad de pecadores que caminan hacia
la redención final. En definitiva, confiemos y dejémonos sanar por el Médico divino,
que vino salvar lo que estaba perdido e instituyendo el sacramento de la reconciliación
para garantizarnos la certeza de nuestro reencuentro con Dios.
Domingo
12 de Junio DOMINGO UNDÉCIMO “A” Mt 9,36-10,8
(Lecturas:Ex 19,2-6 y Rm 5,6-11) Dios nos ama y nos convoca.. .
Quizás pocas veces nos detuvimos a reflexionar sobre el misterio de la elección
libre y gratuita que Dios hace de cada pueblo y de cada persona en particular.
Según las palabras de san Pablo, esta elección tiene como único motivo el inmenso
amor de Dios que nos llama, nos convoca para una misión específica y nos reconcilia
con el Padre. Este hecho insondable al que no siempre le damos la importancia
que tiene para nuestra vida espiritual, es precisamente el tema que presenta la
liturgia de hoy para nuestra meditación. Lo encontramos perfectamente desarrollado
especialmente en la primera lectura y en la página del Evangelio. En el libro
del Éxodo, vimos cómo la gran gesta libertadora de la esclavitud de Egipto, con
la travesía del desierto, con sus pruebas y tentaciones, es la continuación del
cumplimiento de la promesa hecha a Abraham. Además, Dios en su liberación, ya
apuntaba a la alianza en el Sinaí. Así descubrimos cómo Dios convoca a Moisés
para sellar una alianza, un verdadero pacto con su pueblo al que ama con ternura
maternal, expresada en la estupenda metáfora que se leyó hoy: “Los llevé sobre
alas de águilas y los traje aquí”. De estas expresiones, salta a la vista
que lo que deberemos subrayar de esta alianza es que la elección es libre y gratuita:
seguramente había otros pueblos con las mismas o mejores condiciones que el hebreo,
pero el misterio está en que Dios eligió a él y no a otro y lo hizo únicamente
por amor. (Lo mismo sucede con nosotros). Este pacto de mutua pertenencia,
convierte al pueblo elegido en propiedad de Dios, mientras que sus integrantes
se vuelven santos y consagrados a Él. Recordemos, sin embargo, que visto desde
nuestra perspectiva; es decir, después de la predicación, muerte y resurrección
del Señor, estas promesas anunciadas al pueblo hebreo, llegaron a su plenitud
en la Iglesia, que son los bautizados, a quienes san Pedro, en su primera Carta,
llamará nación santa y sacerdotal, porque a través del sacramento del bautismo,
participan del sacerdocio de Cristo. Ahora bien, para llevar a la plenitud
esa promesas, Dios necesita colaboradores, con los mismos sentimientos compasivos
de Cristo, para que anuncien el Reino de Dios a todos los pueblos. Hoy san
Mateo presenta a los primeros Doce. La semilla de ese pueblo nuevo que es la Iglesia.
Si bien es cierto que Dios siempre elige personas para “enviar” como a los Doce
y a sus sucesores, con una misión ministerial, sacramental, también tenemos que
tener en cuenta que elige y llama a todos los hombres a participar en la estupendo
servicio de evangelizar. A cada hombre lo elige libre y gratuitamente y lo envía
para anunciar a Cristo resucitado. Hoy Jesús se lamenta de la escasez de obreros.
Aceptemos su invitación a orar para que el Padre bueno los multiplique y aceptemos
también la convocatoria, la llamada a compartir con Jesús la tarea de aliviar
a los enfermos y a los más necesitados, tanto desde el punto de vista material
como espiritual. Domingo
19 de Junio DOMINGO DUODÉCIMO “A” Mt 10,26-33(Lecturas:Jr
20,10-13 y Rm 5,12-15) Ser testigos, a pesar de todo... La
liturgia de la palabra de este domingo nos llama a reflexionar sobre temas diferentes,
muy densos, pero también muy actuales. Tales como la tremenda obra destructora
del pecado, la obligación de proclamar el Evangelio, la liberación del miedo y
la necesidad de proclamar la fe públicamente. Inician con la primera lectura,
donde nos encontramos con la figura del profeta Jeremías, (imagen de Jesús, el
profeta por excelencia), acorralado por sus enemigos, desalentado y cansado de
luchar. No obstante esa situación, levanta una oración que comienza desesperando
de la ayuda de Dios, pero finaliza aceptando incondicionalmente su voluntad.
Esa tan humana reacción de Jeremías nos indica la dificultad de la misión profética
entre los hombres, que frecuentemente, de amigos se convierten en enemigos porque
no toleran la dureza del mensaje de la palabra de Dios. Esta lectura, al mismo
tiempo que nos describe los obstáculos que debe superar todo profeta, nos muestra
que Dios nunca los abandona, sino que los ayuda y los sostiene en medio de los
peligros. En definitiva, la vida de los profetas de todos los tiempos estará colmada
de incomprensiones, pero siempre sentirá la compañía de Dios. Después de esta
primera reflexión sugerida por la figura descollante de Jeremías, la página del
Evangelio de hoy, continuación del domingo pasado, donde presenciamos la elección
de los doce apóstoles, nos invita a meditar sobre algunos consejos e indicaciones
de Jesús a sus discípulos y a todos a los que recibieron la misión de proclamar
el mensaje de la salvación. Así descubrimos que Jesús llama no sólo a los
Doce sino a todos los bautizados para que anuncien el Reino de Dios siempre y
en todo lugar y que, con el mismo coraje de Jeremías, no se dejen inmovilizar
por el miedo, ya que las persecuciones se darán en todos los tiempos, aunque quizás
la de hoy sean más sutiles que la de los primeros siglos de la Iglesia. Otro
tema, estrechamente vinculado con el anterior, es que Jesús, hablándonos de la
providencia de Dios, nos redime del miedo que nos paraliza. Ese miedo que no nos
permite vivir confiados en la asistencia de Dios, el mismo que nos lleva programar
toda nuestra vida sin darle lugar privilegiado a Dios que nos ama. De esa
manera, Jesús nos enseña que Dios Padre es dueño de la vida y de la historia y
que nada sucede en el mundo sin que Él lo sepa o lo permita. Luego, venciendo
al miedo se logra proclamar con coraje la fe aun en condiciones difíciles y con
verdadero sacrificio personal. Como premio, Jesús nos asegura que si lo reconocemos
públicamente, Él también nos reconocerá delante al Padre. Todas estas reflexiones
nos muestran que no es fácil ser testigos del Evangelio en un mundo que rechazó
a Jesús y que no está dispuesto a escuchar su mensaje liberador. Sin embargo,
Jesús nos confía la misión del testimonio y del anuncio y nos pide que no temamos.
La segunda lectura, en cambio, está totalmente fuera de la temática del Evangelio
y de la primera lectura. En ella san Pablo contrapone la obra de Adán a la obra
de Cristo. En otras palabras, san Pablo confronta el pecado y la muerte, introducidos
en el mundo por la opción equivocada de nuestros primeros padres, con la redención
y a la gracia traída por Cristo, el nuevo Adán. El centro de la meditación
de Pablo es Jesús, pero dentro de este tema se encuentra la reflexión sobre el
pecado original. La Iglesia enseña respecto al pecado original que el pecado de
Adán es uno solo y que se transmite a todos los hombres mediante la generación
y que se lo lava definitivamente mediante la redención de Cristo, con el sacramento
del Bautismo, tanto a adultos como a niños. Hoy mientras meditamos sobre este
misterio de amor del Padre, en importante que actualicemos en nosotros los compromisos
del sacramento del Bautismo. Domingo
26 de Junio DOMINGO DÉCIMO TERCERO “A” Mt
10,37-42 (Lecturas: 2Re 4,8-11.14-16 y Rm6,3-4.8-11) Abrir las puerta
al hermano, es abrirlas a Jesús Hoy nuevamente nos
encontramos con varios temas para nuestra reflexión: -- La primera lectura
nos habla de la hospitalidad como un exquisito gesto de caridad. -- San Pablo,
en la segunda lectura, recuerda a sus lectores los efectos del sacramento del
bautismo que, además de liberarnos del pecado, no hace nacer a una nueva vida.
-- el Evangelio por su parte, nos presenta para nuestra reflexión semanal dos
temas muy importante para nuestra vida cristiana: En primer lugar, la necesidad
de optar por Cristo aunque debamos renunciar a los afectos más queridos como el
de los padres. En segundo término, como eco de la primera lectura, nos invita
nuevamente a ser acogedores, a saber recibir a nuestros hermanos con las puertas
abiertas del corazón y de la casa.. Hablar de hospitalidad hoy, en este mundo
moderno, agitado, difícil, apiñado en viviendas pequeñas parece un anacronismo.
Es como estar desactualizado y no conocer los peligros que implica recibir a personas
que pueden perturbar nuestra intimidad. Las familias, con el ritmo de vida que
les toca sobrellevar, ya no tienen ni espacio ni tiempo para ofrecer hospitalidad
como podía haber sucedido en otros tiempos. Sin embargo, es una virtud que
no debemos subestimar. No olvidemos que quien sabe recibir generosamente manifiesta
que ha comprendido cabalmente lo que significa amar y ayudar al necesitado. Para
practicar esta virtud, no es necesario que recibamos a extraños. A veces los que
necesitan de nuestra ayuda caritativa y generosa son justamente nuestros parientes
cercanos; a veces nuestros mismos familiares. Cuando llegue el momento, tomemos
como modelo a la mujer de la primera lectura y confiemos en Dios que premia siempre
la generosidad. En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos invita a valorizar
nuestro bautismo y actualizar sus efectos. Quizás pocas veces nos detengamos a
pensar que el bautismo haciéndonos morir al pecado, creó realmente en cada uno
de nosotros una nueva vida a la que debemos hacer crecer y fortalecer con la ayuda
de la gracia. Por eso perder las gracia es una verdadera tragedia. No obstante,
quizás con demasiada facilidad nos consolamos pensando que la cuando perdemos
con el pecado, nos queda una nueva oportunidad en el sacramento de la reconciliación.
Es verdad, Dios es misericordioso, siempre está dispuesto a abrir sus brazos para
recibirnos, y la parábola de hijo pródigo no enseña esa verdad; pero Dios también
espera de nosotros un gesto de sincero arrepentimiento que se concretice un firme
propósito de enmienda. Sin ese propósito, nuestro dolor es poco serio y a Dios,
que conoce nuestro interior, no le podemos tomar el pelo. Por su parte, el
Evangelio de hoy es de una dureza que parece casi excesiva: seguir a Jesús exige
una decisión que a veces puede costarnos hasta el amor de nuestros seres queridos.
Pensemos, sin embargo, que Jesús no anula el cuarto mandamiento, sino que pide
que nuestro amor y nuestra renuncia sea tan decidida que estemos dispuestos a
renunciar al cariño de nuestros padres con tal seguirlo. Así el amor a nuestros
padres se convierte en la medida de nuestra renuncia. Jesús, después de pedirnos
esa disponibilidad a seguirlo, nos recuerda que el amor auténtico tiene que concretizarse
en la solidaridad con el prójimo, cuyo gesto más exquisito y genuino es la hospitalidad.
Tratemos de seguir estas enseñanzas y nuestro premio será estupendo: viviremos
junto al Padre...
Domingo
03 de Julio DOMINGO DECIMOCUARTO “A” Mt
11,25-30 (Lecturas: Za 9, 9-10 y Rm 8, 9.11-13) Te bendigo, Padre...
La página del Evangelio que nos ofrece la liturgia de la
palabra de este domingo, en realidad es una oración de Jesús con una estructura
literaria muy similar a las bendiciones que el hebreo humilde y piadoso dirigía
a Dios en la sinagoga. Esta súplica de Jesús está insertada en el contexto
del fracaso de sus enseñanzas. Jesús advierte que a pesar de su esfuerzo, aún
más, a pesar de los milagros que acompañan sus palabras, sus contemporáneos no
lo aceptan, en modo especial, las personas cultas del pueblo de Israel. Se da
cuenta que están impermeabilizados a su predicación: se presenta como un hombre
muy pobre para los ricos; muy simple para los cultos y muy libre para las personas
religiosas. Sin embargo, Jesús mirando a su alrededor, ve con alegría que
no todos lo rechazan: algunos, los más humildes, los más sencillos, los que se
hacen como niños lo escuchan y confían en su palabra. Entonces entona este himno
de júbilo al Padre. Se compone de tres estrofas: la primera es una alabanza
al Padre; la segunda canta al rol que desempeña el Hijo en el mundo y la tercera
es una llamada a los oyentes a hacerse humildes, aceptando las enseñanzas que
su Buena Nueva les ofrece. El Señor inicia dirigiéndose con una ternura inaudita
al Padre. Se siente en comunión con su modo de obrar en el mundo y en la historia,
que oculta sus misterios a los soberbios y los revela a los humildes porque es
precisamente a ellos a quienes les abre los secretos de su sabiduría y de su amor.
En la segunda estrofa Jesús señala que la sabiduría, tanto buscada en el Antiguo
Testamento, se manifiesta en su persona, el Hijo de Dios hecho hombre. Jesús
participa de la divinidad del Padre y de quien ha recibido todos los poderes;
también el de revelarlo a los hombres que estén abiertos a su palabra. Como Él
es el único mediador, puede conceder a quien Él quiere la participación a la vida
divina. Y su voluntad es que todos conozcan al Padre y se salven. En la tercera
estrofa Jesús llama a todos a que acepten confiados sus enseñanzas, que no son
pesadas e incumplibles, como las normas de la ley impuestas por los escribas y
fariseos, y que además, en las palabras del Maestro encontrarán no sólo la salvación,
sino la alegría, la serenidad en esta vida y la certeza de ser amados por el Padre.
Esta oración de Jesús tiene que arrancarnos también a nosotros un himno de alegría
y agradecimiento. Debemos vivir de tal manera que nos asegure de encontrarnos
incluidos en la categoría de personas humildes y abiertas a las palabras de Jesús.
Domingo
10 de Julio DOMINGO DÉCIMO QUINTO “A” Mt
13,1-23 (Lecturas: Is 55, 10-11 y Rm 8, 18-23) La fuerza de la palabra
La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a
reflexionar sobre la eficacia y la fuerza de la palabra de Dios que exige una
respuesta de quien la escucha. La primera lectura y el Evangelio nos hablan
de esa realidad y nos señalan también las dificultades, los obstáculos que encuentra
la palabra de Dios para producir los frutos buscados. Al respecto, el profeta
Isaías es un optimista total: para él la palabra de Dios siempre produce frutos:
es como la lluvia que siempre empapa la tierra y hace germinar la semilla. (Vista
desde la palabra de Dios tiene razón). Jesús, en el Evangelio, es menos optimista.
No contradice la primera lectura, pero se ajusta más a la realidad, midiendo la
eficacia, no desde el punto de vista de la semilla, sino desde el punto de vista
de la tierra. (Es decir, desde el punto de vista del receptor y no desde el mensaje).
Planteado así, la palabra de Dios encuentra dificultades y Jesús las sintetiza
en tres términos: los pájaros, las espinas, las piedras. Estos obstáculo hacen
que la palabra de Dios no produzca los frutos esperados. Sólo cuando la tierra
o el receptor están bien abonados producen el 100%. Si tenemos presente los
motivos y el contexto en que la relató Jesús y la recuerda san Mateo, se hace
aún más comprensible la explicación que Jesús mismo dio a su parábola: Jesús
se sirve de ella para explicar a los impacientes (sus discípulos), por qué el
Reino de Dios demora tanto tiempo para crecer en la tierra, para instalares en
el mundo. Jesús les hace comprender que quien falla en este caso es el receptor,
el hombre y no el anuncio, la palabra de Dios. La tierra no está abonada lo suficiente,
el hombre no está dispuesto convenientemente para recibir el anuncio del Reino
de Dios. Tiene otras expectativas y, además, no hay la necesaria esperanza para
confiar en los resultados que tardan en llegar. Es como si los receptores estuviesen
sintonizando otra onda. Esa misma parábola la recoge san Mateo y la expone
con la misma intención que la relató Jesús: Cuando el evangelista escribe su libro,
unos 50 años después de la muerte y resurrección del Maestro, el Reino de Dios,
es decir el Evangelio, no había prendido más que en unas pequeñas comunidades,
no obstante el esfuerzo de los predicadores y la sangre de los primeros mártires,
entre ellos nada menos que san Pedro y san Pablo. Es decir, el balance en ese
momento, era más bien pobre. Hoy esta parábola sirve también para nosotros:
En primer lugar, nos explica por qué los cristianos seguimos siendo minoría. Al
menos los comprometidos con la palabra de Dios, que la practican y viven. El hombre,
en general, no está abierto al mensaje salvador de Cristo. Y en segundo lugar,
nos llama a un profundo examen de consciencia. ¿Cómo fructifica la palabra de
Dios en nosotros? ¿Qué importancia o qué lugar ocupan los pájaros, las espinas
y las piedras en nuestra vida? ¿Cómo nos alimentamos con la palabra de Dios? ¿Tenemos
la costumbre de leer la Sagrada Escritura? Dejémonos cuestionar por la palabra
de Dios. Respondamos. Abonemos la tierra para que produzca el mayor porcentaje
posible de frutos. No decepcionemos al Sembrador en el momento de la cosecha,
que es la Palabra Encarnada, Dios hecho hombre.
Domingo
17 de Julio DOMINGO DECIMOSEXTO “A” Mt 13,24-43
(Lecturas: Sb 12,13.16-19) Los nudos siempre llegan al peine...
La página del Evangelio que nos ofrece la liturgia de la palabra de hoy,
se compone de tres parábolas narradas por Jesús: La parábola del trigo y la cizaña,
la de la semilla de mostaza y la parábola de la levadura. Las tres reflexionan
sobre el Reino de Dios o del “reino del cielo”, como prefiere llamarlo san Mateo,
quien dirigiéndose a los judíos, respeta el mandamiento bíblico “no nombrarás
el nombre de Dios en vano”. Ellas hablan del Reino de Dios como una realidad
exclusiva, que se realiza independientemente del recibimiento o rechazo del hombre.
En otras palabras, Dios obra en el mundo a pesar que el hombre no siempre lo acepta.
Dios es absolutamente libre. Por otra parte, el Reino de Dios no es como lo
entienden algunos, un lugar físico o una realidad geográfica sobre la cual Dios
ejerce su poder o su autoridad. Con la expresión “el Reino de Dios” la Biblia
en general y el Evangelio en particular, quieren significar lo que podemos llamar
el “comportamiento de Dios” que toma muy en serio al ser humano y lo llama a participar
en su plan salvífico. Las parábolas de hoy son una descripción de ese “comportamiento
de Dios” con relación a aquello que para el hombre de todos los tiempos, resultaría
inexplicable si Dios mismo no lo ilumina con su palabra. Realidades tales como
Dios y el mundo; el sentido de la vida y de la muerte; el bien y del mal. El mismo
destino del hombre como de hijo de Dios sería incomprensible sin la luz de la
palabra de Dios. Con estas tres parábolas, Jesús quiere hacernos comprender
esas realidades. Las parábolas del trigo y la cizaña describen el comportamiento
de Dios respecto a la existencia simultánea en el mundo del bien y del mal, la
del hombre bueno y la del malo, así como crecen en un mismo campo y al mismo tiempo,
la cizaña y el trigo. (Téngase en cuenta que Jesús elige para su comparación dos
plantas que son casi idénticas. Se diferencian sólo en la espiga, cuando maduran...).
Jesús, a diferencia de lo que hubiesen esperado sus oyentes, (la destrucción inmediata
de los malos y la declaración que no se puede realizar el Reino de Dios más que
en una comunidad de buenos), les manifiesta la bondad y la paciencia de Dios.
Les hace comprender que Dios no es como lo imagina el hombre. Dios es diferente.
En realidad, cuando el hombre piensa o habla de Dios, proyecta sus propias experiencias,
su idea del mundo; su propio comportamiento, sus miedos, sus angustias y fracasos.
Ése no es el Dios de la Biblia, él que nos presentó la primera lectura de hoy.
Y lo que es peor, hoy vivimos en un mundo tan violento, que la misma idea de violencia
puede empañar la imagen de Dios. Debido a esto errores de interpretación,
hasta la misma palabra de Dios puede ser instrumentada a la luz de nuestros sentimientos,
haciéndole decir lo que nos conviene. En cambio, la revelación que Jesús nos
hace de Dios revierte todos esos conceptos. Jesús nos habla de Dios Padre. Y a
partir de esa idea, el hombre no puede menos que pensar que fue creado y amado
por Dios. Esa idea de un Dios Padre, misericordioso, que nos amó hasta enviar
su Hijo a morir por nosotros, debe llevarnos a la comprensión de la vida de nuestro
prójimo, a la tolerancia, al respeto por los demás. Dios se reservó el momento
para la separación del trigo y la cizaña. En el juicio final dividirá definitivamente
a los buenos y a los malos. (Todos sabemos que los nudos siempre llegan al peine...).
Además, la parábola nos ayuda a comprender que el hombre, mientras viva, tiene
que empeñarse en dar lo mejor de sí mismo e imitar la paciencia amorosa de Dios.
Con las parábolas del grano de mostaza y la de la levadura, con las que concluye
la página de hoy, san Mateo quiere tranquilizar a los que temen por sus errores
e infidelidades a los planes de Dios y a la falta de correspondencia a la gracia.
Quiere asegurarles que Dios es bueno, misericordioso y que puede hacer crecer
en nuestro espíritu el Reino de Dios como crecen la levadura y la planta de mostaza.
Para Dios todo es posible. Las tres parábolas, en realidad, son un canto de
esperanza: Dios nos ama a pesar de nuestros errores. Domingo
24 de Julio DOMINGO DECIMOSÉPTIMO “A” Mt
13,44-52 (Lecturas: 1Re 3,5.7-12 y Rm 8,28-30) La isla del tesoro
Este domingo, la palabra de Dios no hace volver
al pasado y nos recuerda nuestras lecturas de adolescentes, cuando devoramos entusiasmados
los libros de aventuras, entre ellos, el muy conocido y clásico “La Isla del Tesoro”,
de Stevenson. A su luz podemos descubrir que tanto interés por esas lecturas
estaba que, en el fondo, en todos andamos buscando un tesoro que nos satisfaga,
una ocupación que nos ayude a realizarnos y, al mismo tiempo, nos llene de “status”
y que nos colme de felicidad. Dentro de todo, es una ambición positiva, que moviliza
al ser humano y da sentido a la vida. El tema pasa por saber elegir el tesoro...
Para iluminar nuestra búsqueda y elección, Jesús nos recuerda que “el reino de
los cielos se parece a alguien que encontró un tesoro y para conseguirlo, vendió
todo lo que tenía”. Es como si nos dijera: existe una isla, una perla única,
diferente, capaz de llenar todas las aspiraciones del ser humano. El que la encuentra
ya puede abandonar otras aventuras. Y si nos detenemos a reflexionar seriamente,
veremos que ese descubrimiento es la preocupación fundamental de nuestra vida
humana. En otras palabras, todos, de una manera u otra, queremos encontrar el
camino, la pista, la persona que nos haga vivir plenamente y nos permita distinguir
el oro del oropel, lo esencial de lo accidental, la perla preciosa de la biyuteri...
Ese camino, esa persona es Cristo, el Evangelio, el reino de Dios, la Iglesia,
los sacramentos, la gracia... Esa es la realidad. Pero debemos ser sinceros:
en esa búsqueda, el ser humano muchas veces se equivoca. No es feliz, a pesar
de haberse quedado con mucho tesoros deslumbrantes, pero que en definitiva, siempre
dejaban un sabor amargo. Cuando se vive con la vista y los sentimientos puestos
sólo en disfrutar la vida, la realidad es que crece la soledad, a pesar de vivir
apiñados en las ciudades; aumenta la tristeza por más que nos aturdamos con música
alegre; se multiplica la angustia, a pesar que queramos vivir a todo ritmo, recurriendo
al alcohol, a la droga y a otros sustitutos y se incrementa también el número
de las muertes desesperadas, los suicidios por no encontrarle sentido a la vida.
Ante este cuadro no podemos menos que preguntarnos: ¿Detrás de qué tesoro vamos
caminando? ¿El camino que elegimos hacia dónde nos lleva? ¿El horizonte aparece
obscuro o brillante? Sin embargo, la palabra de Dios es optimista: nos asegura
que hubo personas que descubrieron el tesoro y vendieron todo por quedarse con
él. Son los santos, los que están en el altar y los anónimos, que son mayoría.
San Pablo escribió a sus amigos: “Buscad las cosas de arriba”, porque él ya lo
había experimentado. En otra carta reflexiona: “Llevamos tesoros muy grandes en
vasijas de barro”. San Agustín contó su experiencia: “Nos hiciste, Señor, para
ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. San Francisco
Javier se dejó ganar por el cuestionamiento de Jesús: “¿De qué vale al hombre
ganar todo el mundo si pierde su alma?” Todos estos hombres descubrieron el
verdadero tesoro y se quedaron con él. Hoy escuchemos la palabra de Dios que
nos interpela, que nos cuestiona y hagamos que produzca frutos. Imitemos a los
santos. Es necesario despojarse de lo superfluo, de todo lo que nos tiene atados
a las cosas de la tierra y que no nos permite volar. De esa manera no sólo descubriremos
la perla fina, el reino de Dios, sino que la podremos conquistar y nos colmará
de felicidad.
Domingo
31 de Julio DOMINGO DECIMOCTAVO
“A” Mt 14,13-21 (Lecturas: Is 55,1-3 y Rm 8,35.37-39)
Más allá de los símbolos... La página del Evangelio
de este domingo nos recuerda el relato de la primera multiplicación de los panes.
(Uno de los mayores signos mesiánicos que llamaba a descubrir la presencia del
Mesías y el inicio de un nuevo reino...). El milagro en sí es de una enorme
riqueza de significados y sugerencias para nuestra vida cristiana. Para nuestra
reflexión, y tratando de simplificar la explicación, lo dividiremos en cuatro
cuadros. Cada uno de ellos nos ofrecerá su propio mensaje y la invitación a un
compromiso personal, a la oración y a un cambio de vida. “Jesús se marchó
a un sitio tranquilo y retirado” Con este gesto Jesús, repetido varias veces
en su vida, indica la actitud que debe asumir el apóstol, no sólo sacerdote o
persona consagrada, sino todo cristiano llamado al trabajo pastoral en la Iglesia:
el apóstol está permanentemente ocupado; se reúne, escucha mil temas; pero a un
cierto momento necesita serenarse, detenerse para orar, para comunicarse con Dios,
para reflexionar. Además, para evaluar su trabajo a la luz de la palabra de Dios
y a luz también de la misión que la Iglesia le encomendó. Es fundamental en la
vida hacer un alto en camino para “revisar los mapas” y asegurarse
que se viaja por el camino correcto... “La gente lo siguió”. No obstante
el deseo y la necesidad de estar solo, Jesús --y todo apóstol--, se debe a la
gente. Jesús no rehuye la misión, al llamado a evangelizar; pero esa exigencia,
la mayoría de las veces supera la necesidad de la enseñanza y de la predicación,
llevando al apóstol a un compromiso material. Es el caso del Evangelio de hoy,
donde se le exige darles literalmente de comer, alimentarlos con un alimento material
concreto: pan y pescado. Los discípulos reaccionan con comodidad. Le dicen
a Jesús “que vayan y compren”. En realidad, querían sacárselos de encima, con
razón, pero cruelmente. Una actitud quizás frecuente en nuestras vidas, que justifica
la falta de compromiso personal con el necesitado. Pero Jesús reacciona de
otra manera, ordenándoles “dadles vosotros de comer”. Y esa es nuestra asignatura
pendiente, eso es lo que nos hace falta. Sobre este tema tenemos que ser sinceros:
a veces no sabemos cómo solucionar los problemas; a veces, sabemos cómo hacerlo,
pero no podemos; y a veces, sabemos cómo hacerlo, tenemos la posibilidad de hacerlo,
pero no queremos. En ese preciso momento dejamos de ser cristianos. Éste debería
ser un tema constante de meditación y de examen de consciencia. “Sólo tenemos
cinco panes y dos pescados” Francamente muy poco. Casi nada. Y esto nos sucede
a todos. Son apenas dos moneditas. Sin embargo, recordemos lo que significaron
para Jesús las dos moneditas de la pobre viuda... Y recordemos también, lo que
significan esas dos gotas de agua en el cáliz... Es poco pero es mucho: es nuestra
participación. Es nuestra colaboración. Bastará que Dios lo acepte y lo bendiga:
sirven, en realidad, para dar de comer a más de cinco mil personas y
sin contar a mujer y niños... Esa reflexión nos lleva al cuadro siguiente.
“Traedme esos cinco panes...” Es decir, Jesús actúa a través de nosotros.
Exige nuestra colaboración para salvar a los hombres y alimentar a los pobres.
En el mandato de Jesús hay una evocación discreta, pero muy clara de la Eucaristía,
especialmente en las palabras de la bendición... Pero no olvidemos el mensaje
global de este Evangelio: nos llama a poner, como dice san Pablo, lo que falta
a la pasión de Cristo. ¿Y qué que falta a la pasión de Cristo? Esos cinco panes
y dos pescados... Estas ideas nos permiten una conclusión general: no estamos
en las condiciones adecuadas de partir el pan eucarístico sino compartimos antes
el pan material. En otras palabras, no hay eucaristía sin caridad.
Domingo
07 de Agosto DOMINGO DÉCIMO NOVENO “A”
Mt 14,22-33 (Lecturas: 1Re 19,9.11-13 y Rm 9,1-5) Oremos,
pero no pidamos caminar sobre las olas...
La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre la
necesidad de la oración, del encuentro personal con Dios y, como fruto de este
encuentro, la confianza en su amor y en su poder. En la primera lectura y
en la primera parte del Evangelio, nos encontramos con una estupenda enseñanza:
Dios no está en el ruido ni en la tempestad. Está en el silencio, en la calma,
en la serenidad. Tanto el profeta Elías como Jesús, para encontrarse con el
Padre, subieron a un monte, se alejaron de la gente, de los discípulos, de los
ruidos de la ciudad y allí escucharon el susurro de la brisa que revela la presencia
del Creador. Esto significa que para orar hay que calmar los ruidos del espíritu.
Dice un antiguo refrán árabe: “No son las piedras del camino las que molestan
al caminar, sino las que llevas dentro de tus zapatos”. Lo mismo sucede con la
oración, lo que molesta es el ruido interior, nuestros recuerdos, nuestras preocupaciones,
nuestras pasiones. Quizás nunca hemos prestado demasiada atención a esas enseñanzas
y al hecho que Jesús oraba solo. Ciertamente oraba con la comunidad judía
en el templo, en la sinagoga; pero también oraba solo, casi a escondidas, para
enseñarnos con su ejemplo que es necesario orar en soledad. En ese silencio profundo
en el que el hombre se encuentra a sí mismo. Ése es el lugar privilegiado para
entablar un diálogo con Dios. Allí hace escuchar su voz que nos invita a intensificar
su búsqueda. De esos encuentros transformadores nos hablan san Juan de la Cruz
y santa Teresa de Jesús, para recordar sólo los más conocidos. Intentémoslo
y veremos cómo cambia nuestra vida, cómo Dios se manifiesta, cómo Dios abre caminos
que no conocíamos y cómo nos llena de sorpresas. La segunda parte del Evangelio
nos habla de la Iglesia que, como una barca, navega a veces en medio de las olas;
pero también nos habla de nuestros miedos, de nuestra poca confianza y de nuestra
falta de fe. La barca de Iglesia --y también nuestra barca--, a veces navega
lejos de la orilla, amenazada por olas gigantes, en la oscuridad de la noche.
En ese momento advertimos que Alguien se acerca hacia nosotros, que por nuestros
pecados y por nuestros ojos acostumbrados a distorsionar las cosas y los acontecimientos,
no lo reconocemos. ¡Es el Señor que se acerca y no un fantasma! Cuando lo
reconocemos, saltamos a la actitud opuesta: nos convertimos en triunfalistas,
hasta nos animamos a caminar sobre las olas. En realidad, no medimos nuestras
fuerzas y la confianza inicial se transforma en miedo, en pánico, en torpeza,
en falta de fe, aunque dentro de nosotros queda todavía esa experiencia de Dios
que hemos adquirido en los momentos de oración intensa y ello nos permite gritar
“¡Señor, sálvame!”. Y Él nos salva... Este episodio, tan cargado de enseñanzas,
nos advierte a que evitemos a ser candidatos al papelón, como Pedro. No pasemos
del miedo a las olas y a los fantasmas, a una confianza desmesurada en nuestras
fuerzas que, generalmente, por nuestros fracasos personales, termina en una falta
de fe. Recordemos que Dios no se compromete con nuestras improvisaciones y aprendamos
a descubrir al Señor. Para ello, retirémonos en la soledad, limpiando nuestros
ojos de los miedos, de los fantasmas. Aprendamos a ver la realidad: no pidamos
a Dios caminar sobre las olas; pero si nos llama, no dudemos de su presencia y
de su amor.
Domingo
14 de Agosto Domingo 20º “A”
Mt 15, 21-28 (Lecturas Is 56,1.6-7 y Rm 11,13-15.29-32)
Dios ofrece su misericordia Las tres lecturas de liturgia de la
palabra de este domingo, cada una de una perspectiva diferente, nos invitan a
reflexionar sobre un tema que a veces no tenemos demasiado en cuenta: la palabra
de Dios hoy nos hace ver como Dios llama a toso los hombres a la salvación.
Si bien para nosotros hoy el tema de la universalidad de la salvación es bastante
claro, no aparece demasiado evidente en el Antiguo Testamento. Mas bien al contrario:
en el Antiguo Testamento la consciencia que tenían los judíos de ser el pueblo
elegido por Dios no permite una visión demasiado calara de esta universalidad.
En realidad, ellos creían tener la exclusividad. La primera lectura de hoy
es como una excepción y se explica esta apertura al hecho que fue escrita después
del regreso del exilio en Babilonia, cuando la experiencia del destierro y el
contacto con otros pueblos, permitió a los israelitas abrir el horizonte de la
salvación, aceptando que también otros pueblos no judíos podían salvarse.
Sin embargo, en el Nuevo Testamento, no obstante algunas afirmaciones de Jesús,
como la de hoy, en la que afirma haber sido enviado a los judíos únicamente, el
tema de la universalidad de la salvación es muy claro. Al inicio de la predicación
a los apóstoles hubo dudas y discusiones; pero a partir de la predicación y de
los escritos de san Pablo, el cristianismo trató de reunir a toso los hombre en
la Iglesia y ofrecerles a todos la salvación. La segunda lectura de hoy es
una de las tantas muestras, donde vemos al apóstol Pablo poner como fundamento
de la universalidad de la salvación, la inmensa e inagotable misericordia de Dios,
que quiere comunicarse y salvar a todos los hombres. Para comprender mas fácilmente
el universalismo de la salvación, tengamos presente dos ideas fundamentales que
aparecen destacadas en la liturgia de hoy: 1. La misericordia de Dios es totalmente
gratuita y nadie puede vanagloriarse de esa gracia. Es Dios quien salva y salva
por amor y en el momento de la salvación no pregunta quien eres, de donde vienes
y que has hecho. A Dios le interesa encontrar una persona humilde y dispuesta
a responder su llamado. 2. La actitud de Jesús hacia la mujer cananea nos
hace comprender como para Él, lo esencial es una actitud humilde, confiada y no
el pueblo al que pertenece a su credo religioso. En este sentido, la actitud
de la mujer cananea tiene mucho que enseñarnos: muchas veces los cristianos nos
resistimos aceptar con franca apertura interior a quienes no piensan como nosotros.
Nos cuesta sumir que la salvación es para todos los hombres. Nos cuesta no discriminar.
Por eso, tendremos que convencernos que para el cristiano no existen límites territoriales
que excluyan a personas de la gracia y de la misericordia de Dios, como tampoco,
razas, culturas o situación social. Para el cristiano existe el hombre sin otros
adjetivos. Y ese es el hombre a quien Dios quiere salvar... Y por otra parte,
si queremos ser salvados tenemos que profundizar nuestra fe y nuestra perseverancia
en la oración. Domingo
21 de Agosto Domingo XXI "A" Mt
16, 13-20 (Lecturas: Is. 22, 19-23; S.R. 137; Rm. 11, 33-36) ¿Tú que dices?
El Evangelio de este domingo es quizás uno de los más discutidos y que,
lamentablemente, dividió y divide a la Iglesia, porque, como es sabido, muchos
cristianos no aceptan el Primado de Pedro. En otras palabras, no reconocen que
el Papa, sucesor de san Pedro, es el depositario de las “llaves del Reino de los
Cielos” y que, por lo tanto, es quien recibió la misión de las manos de Jesús,
como sucesor de Pedro, de guiar a la Iglesia en cuestiones de fe y moral hacia
el encuentro con el Padre Celestial. No admiten que al Sumo Pontífice como Maestro
de la fe porque piensan, quizás, que Pedro recibió de Jesús sólo la autoridad
para ejercer el poder de un administrador material, mientras que Jesús, cuando
entrega la potestad de “las llaves”, entiende conferir a Pedro y a sus sucesores,
la misión de legislar, al servicio de la comunidad de bautizados, con una especial
asistencia divina que no le permite equivocarse. Pero más allá de estas indispensables
aclaraciones, debemos comprender que la autoridad es siempre un servicio. Muchas
veces también nosotros pensamos que es una fuente de beneficios y privilegios.
Sin embargo, la autoridad, bien entendida, aún la civil, no puede ser más que
un servicio a la comunidad. Si pensamos y vivimos de esa manera, nos daremos cuenta
que Pedro y sus sucesores, al recibir el poder de “las llaves”, están llamados
a unir a los pueblos porque, con su servicio, se ponen a disposición de todos.
Otra enseñanza importante de esta página del Evangelio surge a partir de la interpelación
que Jesús hace a sus discípulos: ¿Y ustedes, quién dicen que soy? Esta pregunta
a sus discípulos, es decir, a la Iglesia naciente resuena y continuará resonando
en las generaciones venideras. Exige una respuesta que no puede quedarse en el
pasado, como la dieron los judíos que contestaron: Tú eres Juan Bautista, Isaías
o Jeremías o alguno de los profetas. Tendrá que ser como la de Pedro, mirando
al futuro: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Esta confesión para Pedro y para los
discípulos de todos los tiempos, es un compromiso con Dios y con la comunidad
cristiana. No sólo un acto de fe sino un pacto para toda la vida: seguir a Jesús
cualquiera sean las circunstancias. Es importante subrayar lo que sucedió
después de la categórica respuesta de Pedro. Jesús aclara inmediatamente que Él
no era el Mesías triunfador, glorioso que esperaban equivocadamente los judíos,
sino el Siervo Doliente anunciado por Isaías y a ése había que seguir. Hoy,
mientras celebramos esta Eucaristía y recordamos el momento en que el Señor encomendó
a Pedro guiar a la Iglesia, tratemos de formarnos una idea correcta de la autoridad,
tanto en la Iglesia como en la sociedad civil y, al mismo tiempo, recordemos que
confesar a Cristo como Hijo de Dios es asumir el compromiso a seguirlo y servir
a los hermanos. Domingo
28 de Agosto Domingo XXII "A" Mt16,
21-27 (Lecturas: Jn. 20, 7-9; S.R. 62; Rm. 12, 1-2) El duro camino de la
fidelidad La liturgia de la Palabra de este domingo nos muestra cómo
la fidelidad a Dios, a Jesús, al Evangelio y a la vida cristiana está signada
por una elección amorosa del Creador. Así vemos como a través de la gratuita elección
divina y la purificación llevada a cabo por el dolor, se tiene la fuerza y la
valentía para anunciar la palabra de Dios y llegar a compartir la gloria con Cristo.
En la primera lectura escuchamos la confesión del profeta Jeremías que seducido
por un encuentro personal con Dios, se queja de su suerte ya que después de experimentar
en su espíritu el gozo de ese encuentro y la dulzura de esa experiencia, su situación
personal se vuelva amarga, tensionada y llena de padecimiento. El profeta se siente
portador de la verdad, intérprete de los acontecimientos, pero al mismo tiempo
rechazado y burlado porque su anuncio parte de una experiencia mística que sólo
él conoce. Esa experiencia no le permite callar... Lo que más impresiona de
esta página es la fuerza irresistible de la palabra de Dios que elige y envía
a anunciar su mensaje. En realidad, el profeta nos hace comprender que cuesta
más silenciar la voz de Dios que afrontar la oposición de los hombres; por eso
usa un verbo tan expresivo como “seducir”. Dios, en ese sentido, se vuelve irresistible...
ya no se puede decir que no. Lo que experimentó Jeremías y sus consecuencias,
salvadas las distancias, lo experimentan todos los que tienen la gracia de encontrarse
con Dios de una manera inconfundible, en que se lo siente tan cercano y que, como
dicen los místicos, no hay palabras que puedan describir esa realidad. En ese
encuentro se recibe también una misión para cumplir y lo más difícil de aceptar
y asumir es que esa misión está siempre unida al dolor y al sufrimiento físico
y moral y, no pocas veces, a la misma muerte violenta: ser profeta, hablar en
nombre de Dios interpretando en su nombre los acontecimientos, tanto ayer como
hoy, equivale a ser incomprendido, despreciado, a veces perseguido y quizás asesinado.
Siguiendo en esta misma reflexión, vemos cómo el Evangelio de hoy nos muestra
que Jesús, prefigurado por Jeremías, asumió decididamente la misión que el Padre
le había encomendado. Pero Pedro, que había comprendido cabalmente el significado
y las consecuencias de las palabras de Jesús, trató con vehemencia de disuadirlo,
alejándolo de su misión y de ese plan salvífico. Esta actitud humana de Pedro
es comprensible porque si bien amaba al Maestro, no había entendido el anuncio
de la cruz y sus exigencias. Todavía pensaba con la mentalidad del Antiguo Testamento
y por eso esperaba un Mesías triunfador... Cuando reflexionamos sobre este Evangelio
nos damos cuenta que en esa historia, nosotros ocupamos el lugar de Pedro, porque
la sociedad que nos rodea nos empuja a “ganar la vida en la tierra” y no a perderla
por Cristo. Pero ese camino de exitismo, que nos aleja de la misión que se nos
ha encomendado, en realidad no nos evita el dolor y el sufrimiento y, en cambio,
nos lleva por un camino sin salida: a la infidelidad a nuestra vocación cristiana
que nos exige ser profetas auténticos y valientes testigos de la palabra de Dios
a lo largo de toda nuestra vida. Guión El mensaje de la liturgia de la
palabra de este domingo nos manifiesta que es fácil creer en Jesús y en su palabra
cuando la vida nos sonríe y no encontramos mayores dificultades para seguirlo;
pero esa fe y ese seguimiento se vuelve difícil y pesado cuando nuestra existencia
está signada por el sufrimiento y la cruz. Sin embargo, es en el momento del dolor
físico y moral, cuando tendremos que unirnos más íntimamente al Jesús y a sus
promesas para no alejarnos de sus huellas, porque es allí donde se purifica nuestro
amor. Hoy, hagamos una vez más el propósito de no separarnos del Maestro de
Galilea. Antes de las lecturas En la primera lectura, escuchamos a Jeremías
quejarse amargamente frente a las dificultades y persecuciones que encuentra en
su misión profética y reprocha a Dios, que después de seducirlo con su amor, parece
no acompañarlo en medio de los peligros. San Pablo, en la segunda lectura,
nos llama a ofrecernos como “hostia viva” y así transformar nuestra vida cotidiana
y nuestra participación a la Eucaristía dominical una fuente de gozo y alegría.
En el Evangelio, Jesús nos llama a abandonar la manera humana de pensar, para
que siguiendo sus enseñanzas, podamos superar con fe y esperanza los momentos
difíciles de nuestra vida. Domingo
04 de Setiembre Domingo XXIII "A" Mt
18, 15-20 (Lecturas: Ez.33, 7-9; S.R. 94;Rm.13, 8-10) Corregir al hermano...
La corrección fraterna no es un tema nuevo en la Iglesia. Todo lo contrario,
era una cuestión que preocupaba seriamente a las primeras comunidades cristianas,
tanto que ya aparece en el Evangelio de san Mateo, escrito antes del final del
primer siglo de nuestra era. Se trata de un asunto muy delicado en las relaciones
humanas y muy constructivo en la vida comunitaria y familiar cuando se lo practica
bien, con respeto y amor hacia el hermano que, por debilidad o ignorancia o por
maldad puede equivocarse. El punto de partida para esta reflexión lo encontramos
en la primera lectura, donde el profeta Ezequiel, a partir de la imagen del centinela,
define las obligaciones de aquellas personas a las que Dios encomienda la conducción
de la comunidad; y si bien subraya con fuerza esa obligación, también deja claro
que después de los consejos de quienes conducen, es necesario respetar la libertad
y la responsabilidad de los interesados. Leyendo esta lectura desde nuestra
perspectiva, vemos que como la misión de Ezequiel, la vocación cristiana incluye
la obligación de ser mensajero de Dios y, por lo tanto, la necesidad y la preocupación
por corregir al hermano cuando se equivoca, para que el mal no progrese en la
comunidad o en la sociedad. Dicho de otra manera, la corrección fraterna nace
del hecho mismo de ser cristiano, donde el mandamiento que resume a todos es el
amor y la corrección fraterna no es más que una de las maneras de manifestarse.
Por eso nadie puede escudarse en el individualismo o en la pereza. A cada uno
de nosotros se nos pedirá cuenta no sólo de nuestros errores sino de aquellos
que no supimos evitar que otros los cometieran. No olvidemos que muchas injusticias
y crímenes se perpetraron en la historia por el silencio de los buenos. Esta
corrección fraterna es indispensable dentro de la comunidad cristiana porque la
Iglesia no es una comunidad de “puros” o “limpios”, sino de pecadores, a quienes
Cristo transforma y santifica con la gracia de los sacramentos. Las enseñanzas
de la primera lectura se hacen mucho más claras, explícitas y concretas en el
Evangelio. Allí Jesús instruye a los primeros discípulos sobre esa virtud y fija
la práctica de las primeras comunidades que deberemos tratar de imitar. Para ello
enumera los pasos a seguir: frente al obrar público de algún miembro de la comunidad,
el primer paso lo da el hermano que se da cuenta del pecado y lo invita a corregirse
sin asumir la actitud de un juez inflexible o criticar a espaldas del interesado,
ni tampoco lavarse las manos, ni mucho menos gritarle en la cara y en público
su pecado. Jesús dice: “Ve y díselo en privado”. Ahora bien, si fracasa este
primer intento, se lo dirá acompañado de testigos. Sólo si falla esta última tentativa,
lo denunciará delante la comunidad. Obviamente, cuando el caso es extremo.
Continuando la lectura descubriremos que este Evangelio nos recuerda que la comunidad
cristiana debe ser el lugar donde cualquiera, en cualquier circunstancia y con
cualquier pecado, encuentre hermanos capaces de escuchar y aconsejar. La comunidad
cristiana no deberá ser el lugar del juicio y de la condena, sino el ámbito del
diálogo, de la comprensión, del buen consejo y del perdón. Por eso, las tres posibilidades
que enumera san Mateo dan por supuesto que la corrección fraterna exige un gran
respeto, mucha caridad y permanecer siempre abiertos a la reconciliación. Para
que dé frutos abundantes, se la deberá acompañar con la oración común (“Donde
dos o más estén reunidos en mi nombre...”). Luego, no se trata de una fragmentación,
sino de la oración entre el que corrige y el corregido. Pero antes de comenzar
esa tarea, repasemos estas ideas claves: no somos dueños de la verdad, también
nosotros somos pecadores, hagámoslo entonces con humildad, sufriendo y no gozando.
Domingo
11 de Setiembre Domingo XXIV “A” Mt 18, 21-35 (Lecturas:Si
27,30_28,7;Rm 14, 7-9) Como nosotros perdonamos... El domingo
pasado la liturgia de la Palabras, partir de un texto de san Mateo, nos llamó
a reflexionar sobre la necesidad de la corrección fraterna. Un tema fundamental
para la convivencia y el crecimiento de la comunidad. Hoy, continuando el
mismo texto de la semana anterior, nos llama a ir más allá de la corrección fraterna,
pidiéndonos que aprendamos a perdonar a nuestro hermano demostrándonos de esa
manera que la corrección y el perdón van tomados de la mano y son inseparables.
Para ponernos en clima, la liturgia nos recuerda los consejos del sabio autor
del Libro del Eclesiastés, donde el escritor sagrado, un judío que vivió unos
ciento cincuenta años antes de Cristo, en una avance enorme de la revelación,
condena como inadmisible cualquier tipo de venganza. Para apreciar el avance,
recordemos que el Antiguo Testamento estaba regido por la ley de Talión que proponía
como válido “ojo por ojo y diente por diente”; una ley primitiva y cruel; pero
que tenía la bondad de limitar la venganza. Luego, al que le mataban un buey,
no podía matarle al responsable toda la hacienda... ¡Solo un buey! El autor
de la primera lectura, más cercano al Evangelio que los rabinos contemporáneos
a Jesús, nos llama a reflexionar sobre lo pernicioso que es la venganza en las
relaciones humanas y, más aún, en la vida de los creyentes, y por eso quiere hacernos
comprender que quien sabe perdonar está cerca de la grandeza de Dios que juzga
con misericordia a los hombres. A la perfección de esa idea nos lleva la meditación
del Evangelio de hoy, donde Pedro, en un alarde de generosidad está dispuesto
a perdonar hasta siete veces. (Los rabinos de su tiempo admitían como máximo,
perdonar cuatro veces...). La respuesta de Jesús es categórica: setenta veces
siete. Jesús, con esta afirmación da vuelta la expresión de Lamec, que al final
del capítulo cuarto del libro del Génesis, promete vengarse de sus enemigos setenta
veces siete del mal recibido. En otras palabras, esto significa que así como para
Lamec la venganza sería ilimitada, para Jesús el perdón deberá ser ilimitado.
Pedro fue generoso, pero puso límites al perdón. Todos sabemos que el apóstol
con esta afirmación, no esta en el camino justo porque en el amor no hay límites:
el que ama `perdona siempre porque su objetivo es recuperar al ser amado.
En la parábola de hoy se comparan dos sumas exageradamente desiguales y se subraya
la diferencia entre una gran cantidad de dinero y una ridícula: diez mil talentos
contra cien denarios. Algo así diez millones de pesos contra cien... La actitud
del rey de la parábola que representa a Dios que perdona todas las culpas, contrasta
con el siervo cruel y malvado. El comportamiento de este último seguramente nos
resulta antipático; pero tratemos de no apresurarnos en nuestro juicio. Si lo
observamos bien, descubriremos que se parece mucho a cada uno de nosotros: tiene
nuestras mismas reacciones y nuestras mismas actitudes, se muestra duro e implacable
como uno de nosotros. Para cambiar nuestra actitud interior y nuestra manera
de obrar, recordemos la petición que hacemos todos los días en el Padrenuestro:
“Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Es dura esta petición porque nosotros mismos ponemos límites a Dios... Y además
de poner límites a Dios, pensemos que de acuerdo a la manera en que nos comportamos
con relación a nuestro hermano, dependerá la sentencia en el juicio final. La
condena del siervo cruel a una prisión perpetua significa que ya no es posible
pagar la deuda, así que la condena es eterna. Esta parábola, más allá de su
dureza, tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra actitud personal hacia quienes
nos ofenden, llamándonos a la comprensión y al perdón. Además, si la leemos y
meditamos en clave comunitaria, descubriremos que nos transmite un mensaje de
esperanza: Dios está dispuesto a perdonar todas nuestras deudas. Su amor no tiene
límites. Entonces, crezcamos en el amor y crecerá nuestro perdón. Domingo
25 de Setiembre Domingo XXVI “A” Mt 21,
28-32 (Lecturas:Ez 18,25-28; Flp 2, 1-11) Obras son amores...
Hoy trataremos de reflexionar sobre la sinceridad de nuestra repuesta a Dios
y de nuestro compromiso a trabajar en su Reino, que es la Iglesia. Esta reflexión
está fuertemente vinculada con la meditación de la semana pasada, cuando le pedimos
a Dios que nos convocara a trabajar en su viña, pero es aún más exigente: nos
invita a examinar detalladamente nuestra respuesta. Y lo hace a través de una
parábola en la que hay que tener presente los destinatarios y el siempre actual
tema de la conversión. La parábola está dirigida especialmente a los sumos
sacerdotes, a los escribas y fariseos quienes tenían el deber, la obligación y
la responsabilidad de conducir al pueblo a la salvación, porque eran la clase
dirigente de Israel. A esas personas Jesús les dice que si no se arrepienten
y no cambian la manera de pensar, todo el pueblo quedaría excluido del Reino de
Dios y por lo tanto, no participarían de las promesas hechas a sus Patriarca.
Así fue. A pesar que sus antepasados se habían comprometido a trabajar en su viña,
los herederos no mantuvieron la palabra empeñada y la catástrofe material y espiritual,
profetizada por Jesús, se cumplió con todas sus letras: en el año 70, Tito, hijo
del emperador Vespasiano, destruyó totalmente a Jerusalén y llevó prisioneros
a la mayoría de sus habitantes. Respecto a la conversión, el arrepentimiento
y el cambio de vida, se repite la historia del domingo pasado: pueblos que en
un primer momento habían respondido negativamente al llamado de Dios, ahora vuelven
sobre sus pasos y aceptan la invitación. La actitud de rechazo del pueblo
hebreo al llamado de Dios es un misterio que escapa a nuestra comprensión, pero
es una realidad que debe hacernos meditar para no caer en las mismas infidelidades
y quedar excluidos de la salvación. El Evangelio nos asegura que Dios llama
a todos y que, al primer llamado, lamentablemente podemos negarnos. Quizás, como
un acto instintivo, por miedo al compromiso, al esfuerzo, al sacrificio. Pero
también es cierto que tenemos, con la ayuda de Dios, la posibilidad de cambiar.
Así como nadie que aceptó el compromiso tiene garantizada la salvación si no persevera,
tampoco el que se negó está automáticamente condenado, porque la conversión es
posible. Puede existir una nueva oportunidad: Dios tiene tiempo y espera. Espera
que lo que respondieron afirmativamente cumplan su palabra, den frutos verdaderos
y trabajen con entusiasmo en la viña. Y espera también que os rechazaron la invitación
cambien de actitud. Ese cambio debe manifestarse concretamente, con obras, haciendo
realidad el dicho popular: “obras son amores y no buenas razones”. Sabemos
que Dios llama continuamente a trabajar en su viña. Si hasta ahora nuestra respuesta
fue “sí”, que los hechos lo demuestren; y si fue “no”, el cambio es posible y
se impone inmediatamente, porque no podemos continuar alejados de la gracia. Tomemos
como modelo el “Sí” de María, la Madre de Jesús, que fue total y para siempre.
Domingo
02 de Octubre Domingo 27º “A” Mt 21,
33-43 (Lecturas: Is 5, 1-7; Flp 4, 6-9) Los viñadores asesinos
Nos encontramos por tercer domingo consecutivo con una parábola que tiene
como argumento la figura de una viña. En este caso, Jesús retoma un poema de Isaías,
lo retoca y lo actualiza para dirigirlo a los sumos sacerdotes y a la clase dirigente
de la vida religiosa de Israel. En ella nos asombra el comportamiento cruel
de unos viñadores asesinos. En síntesis, basándose el poema de Isaías, Jesús pinta
la tragedia que le espera al pueblo elegido por no corresponder a la misión que
Dios le había encomendado en su plan salvífico. Pocos textos bíblicos son tan
expresivos como los que se han leído en la primera lectura y en el Evangelio.
Para ayudar a su comprensión se la puede analizar al menos desde tres puntos de
vista. Ubicándonos en el tiempo de Isaías, se trata de un anuncio en forma
figurada, del exilio de Babilonia. El pueblo, infiel a la Alianza, después de
sufrir la humillación de la derrota militar en el año 690 antes de Cristo, es
deportado a Babilonia. Una tragedia que el pueblo judío nunca logró superar: quedó
marcado a fuego y esas huellas se encuentran en los escritos posteriores.
Si la leemos e interpretamos con los cambios que agregó Jesús, se trata de una
profecía aún más dura que la de Isaías: el pueblo hebreo no sólo perderá su independencia,
sino que su capital política y su centro religioso serán destruidos, el pueblo
dispersado por el mundo. Jesús responsabiliza a la clase dirigente por esa catástrofe.
También podemos ubicarnos en tiempos de los apóstoles, durante los primeros pasos
de su predicación, cuando se escribió el Evangelio de san Mateo y ya se habían
cumplido los anuncios. Desde esta perspectiva, el sentido inmediato es la situación
del pueblo de Israel, dispersado o prisionero, inexistente como nación. De esa
manera, el evangelista presenta a la Iglesia como nuevo pueblo de Dios, heredero
de las promesas, en la que todos participamos a partir del sacramento del bautismo.
A partir de estos tres aspectos, la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre
nuestro tiempo. ¿Cómo está hoy la Viña del Señor, la Iglesia y cómo estamos nosotros,
los viñadores? Recordemos que la vida de la Iglesia es responsabilidad de todos
los bautizados y no sólo de las personas consagradas. Por eso la liturgia de la
Palabra de hoy nos llama a examinar nuestro trabajo en la Iglesia, en nuestra
comunidad parroquial y en nuestra familia, pequeña Iglesia. Nos llama a preguntarnos
qué frutos ofrecemos al Dueño de la Viña: ¿son agrios, llenos de orgullo, de egoísmo,
de pereza e indiferencia? ¿O dulces, frutos de la generosidad, del amor, del compromiso
con el hermano, de espíritu misionero, de oración? De la respuesta a estas preguntas
podemos evaluar nuestra situación espiritual y también nuestro compromiso con
Dios. El cristiano no puede quedar indiferente ante la vida de la Iglesia porque
el bautismo recibido le exige que sea un miembro vivo y activo. En ello los jóvenes
deberán distinguirse. Hoy, en los umbrales del siglo XXI, la liturgia nos
invita a reflexionar, aún más profundamente que los domingos pasados, en la llamada
de Dios a pertenecer y trabajar como buenos viñadores en su Reino.
Domingo
09 de Octubre Domingo 28º
“A” Mt 22, 1-14 (Lecturas: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14.19-20) No
basta con entrar La enseñanza central de la liturgia de la Palabra
de este domingo nos invita a reflexionar sobre el banquete escatológico que se
llevará a cabo al final de los tiempos, cuando Dios juzgue a la humanidad entera.
Isaías, con un lenguaje apocalíptico, profetiza que llegará el momento en que
todos los pueblos --y no sólo Israel-- serán invitados al banquete del Reino y
de esa manera accederán a la salvación. Jesús en el Evangelio, retoma la parábola
de Isaías y la adapta a la situación concreta del pueblo judío de su tiempo. Lo
primero que llama la atención en las modificaciones que introduce, es la gran
semejanza que tiene la primera parte del relato con el de los viñadores asesinos
que se meditó el domingo pasado. Además, nuevamente Jesús responsabiliza a la
clase dirigente de Israel por la infidelidad del pueblo, no obstante ser los primeros
llamados y los depositarios de las promesas de salvación. Sin embargo , esta
parábola es aún más exigente y la diferencia está marcada en la pregunta-reproche
del Rey: ¿Amigo, cómo pudiste entrar sin el vestido nupcial? Hoy, esa misma
pregunta es una dura interpelación para cada uno de nosotros. Significa que no
basta ser invitados e incorporados a la Iglesia con el sacramento del bautismo
para participar del banquete celestial. Tampoco será suficiente entrar a la sala
de la fiesta. Es indispensable llevar puesto el vestido de la gracia, iluminado
por el llamado de Dios y tejido con las buenas obras para festejar con el Rey.
Al invitado que osó presentarse sin ese vestido, por órdenes del rey, lo arrojaron
afuera, donde “habrá llanto y rechinar de dientes”. Una expresión típica en la
literatura bíblica para indicar la condena eterna. Frente a la posibilidad
de no llevar el vestido adecuado, el cristiano no debe perder la esperanza de
recuperarlo y reconciliarse con Dios. Si bien es verdad que todos somos pecadores
(faltas de amor, de solidaridad... la lista puede ser larga...); pero Jesús en
todo momento nos habla de la misericordia del Padre. La parábola del hijo derrochón
que se aleja de su casa para vivir una experiencia horrible, es quizás la más
conocida; pero todo el Evangelio es un canto a la misericordia, sellado precisamente
con un gesto sublime de amor: la muerte en cruz del Hijo de Dios. Además de
esta primera y principal interpretación, donde se nos anuncia que todos los pueblos
están invitados a participar al banquete celestial vestidos con el traje nupcial,
queda otra lectura, que la podemos aplicar a nuestra vida cristiana de todos los
días: la exigencia del vestido de fiesta para participar al banquete eucarístico.
Al respecto, san Pablo escribe en su primera carta a los Corintios que quien recibe
el Cuerpo del Señor indignamente, recibe su propia condenación. En efecto, no
se puede comulgar con quien no se está reconciliado. Sería una enorme hipocresía
acercarse a la mesa del altar sin antes restablecer el estado de gracia. Todos
sabemos que cuando el pecado es grave, no basta con el arrepentimiento sincero,
sino que es necesario rubricarlo con el sacramento de la reconciliación. En esas
circunstancias, debemos ser muy leales con Dios y con nuestra consciencia para
no engañarnos a nosotros mismos. También aquí recordemos otras duras palabras
del mismo san Pablo, esta vez escribiendo a los Gálatas: “Deus non irridetur”,
a Dios nadie le toma el pelo... Entonces, a la luz de estas enseñanzas, escuchemos
el llamado de Dios a participar a su banquete y entremos vestidos de fiesta.
Domingo 16
de Octubre Domingo 29º “A”
Mt 22, 15-21 (Lecturas: Is 45, 1,4-6; 1Ts1,1-5) Ciudadanos
de dos reinos El Evangelio de este domingo relata un episodio en
el que los fariseos, nacionalistas e irreconciliables con los romanos, juntos
con los herodianos, partidarios y colaboradores con la fuerza de ocupación, le
tienden una trampa a Jesús, buscando comprometerlo en declaraciones impopulares
y peligrosas. Para ello una alían y se acercan al Señor para interrogarlo maliciosamente:
¿Es lícito o no pagar el impuesto al César? La pregunta es capciosa, porque
si Jesús respondía afirmativamente, escandalizaría a los fariseos y al pueblo
en general, que no aceptaba ninguna forma de dominación y si rechazaba el pago,
los herodianos correrían a denunciarlo a las autoridades romanas por rebelarse
a sus leyes. Sin embargo, los inquisidores cometen un error de apreciación:
su pregunta, además de una respuesta afirmativa o negativa, admite también otra
respuesta, la de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios” Jesús, no sólo se libera de la trampa que le habían tendido, sino que
establece un principio fundamental respecto a la relación que existe entre la
vida civil y la religiosa. Con su respuesta, podemos comprender fácilmente que
debe existir una obediencia al poder civil en tanto y en cuanto no constituya
un obstáculo para el cumplimiento con los deberes para con Dios. En realidad
somos ciudadanos de dos reinos: uno temporal, que se concretiza en una nación
y otro espiritual, el Reino de Dios, que vivimos donde la providencia nos ubica
y no hay una contradicción entre ambos, sino que pueden, y de hecho caminan juntos.
Para ello tenemos que tener presente que a la frase: “Dad al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios”, no hay que interpretarla de una manera cómoda
y simplista y por lo tanto errónea, como si existieran dos reinos separados, como
diciendo que cada uno debe permanecer en su casa o en su territorio: el sacerdote
en la sacristía y el laico en la política, sino como dos realidades complementarias
que si nos esforzamos sinceramente, nos permitirán descubrir el camino que nos
lleva a Dios, especialmente, si toda nuestra actividad de ciudadanos está iluminada
por la fe, por lo religioso y por las convicciones morales. Tampoco se puede
pensar que existan oposiciones entre las obligaciones sociales y las espirituales.
Un cristiano que no cumple sus deberes cívicos y falta a sus compromisos para
con el prójimo es un mal ciudadano y al mismo tiempo, un mal cristiano. El Evangelio
de hoy nos enseña claramente que existen sí dos poderes distintos; pero que no
son necesariamente opuestos. Un buen ciudadano sabe distinguir lo esencial de
lo accidental, descartando todo aquello que no le permita ser fiel a sus compromisos
bautismales... Domingo
23 de Octubre Domingo 30º “A” Mt 22, 34-40 (Lecturas:
Is 25, 22-26; 1Ts 1, 5-10) Los dos amores... Hoy nos encontramos
con los dos mandamientos que resumen toda la ley y los profetas. Es decir, toda
la enseñanza de las Escrituras, todo lo que Dios ha revelado. Y no es una casualidad
que ambos inicien con el verbo “amar” ¡Dios nos ama y nos pide que amemos a Él
y a aquellas personas que conviven con nosotros! Para comprender mejor y vivir
bien este mandato, hay que tomar consciencia que Jesús no inventa nada nuevo,
sino que recuerda dos preceptos de la Ley que los judíos debían conocer perfectamente,
en modo especial el doctor que tiene el atrevimiento de tomarle examen. El primer
mandamiento no es que una cita textual del capítulo 6,5 del Libro del Deuteronomio:
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con todo tu
espíritu”. Y el segundo, que es semejante al primero, es un texto del capítulo
19,28 del Libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sin embargo,
Jesús introduce una novedad fundamental en su respuesta: une en un solo mandamiento
lo que en la Biblia está separado, no sólo en libros diferentes, sino en el tiempo,
y por lo tanto, escritos en momentos distintos de la historia de Israel. En efecto,
el Deuteronomio fue escrito poco después de la muerte del rey Salomón y el Levítico,
al menos en su redacción final, después del destierro. La otra novedad es
la afirmación categórica de Jesús que asegura que en estos dos mandamientos se
resume toda la Ley y los Profetas. Con ello descoloca a los rabinos de su época
que contaban hasta nada menos que 613 mandamientos. Con esta síntesis, Jesús
nos enseña, que toda la revelación y la comunicación de Dios con los hombres se
fundamentan en el amor. Él es el que da valides y autenticidad a toda la vida
humana, a la vida religiosa y a la legislación canónica. Sin amor se puede ser
buenos empresarios, pero no cristianos comprometidos con las enseñanzas del Evangelio.
En este doble y a la vez único amor que exige Jesús, la vida llega a su plenitud
y adquiere su verdadero significado tanto en lo personal como en lo social. Por
ello, estos mandamientos no son más que dos caminos que llevan al mismo encuentro:
de Dios a los hermanos y de los hermanos a Dios. Jesús nos dice que el núcleo
y la raíz de todo amor verdadero están en el amor a Dios; es decir en el primer
mandamiento; pero lo iguala y lo asimila al segundo para hacernos comprender que
ambos son indisolubles. Aún más, el termómetro de nuestro amor a Dios es el amor
al prójimo: “si decimos que amamos a Dios y no amamos a nuestro hermano, -- dice
san Juan--, somos mentirosos”. Por eso, el cristiano auténtico, que quiere
vivir intensamente el Evangelio, intuye fácilmente que tiene que existir un equilibrio
perfecto, sereno y constructivo entre los dos amores. En este equilibrio está
la perfección, la santidad y el compromiso cristiano. En definitiva, en ese amor
se concretiza el cumplimiento de la ley, y además, se simplifica la vida y le
da ese toque de alegría y poesía que nos permite orar constantemente, “Padre nuestro...
“ con la confianza de hijos. Domingo
30 de Octubre Domingo 31º “A”
Mt 23, 1-12 (Lecturas: Ml 114-2,2.8-10 y 1 Ts 2,7-9.13) Una vida coherente
Vivimos en tiempo de la imagen. Los medios de comunicación social la
utilizan continuamente tanto para informar como para tratar de imponer sus criterios
de pensamiento y de vida y por eso resulta imprescindible ser dueños de una buena
imagen para triunfar en este mundo. Al respecto, la liturgia de la Palabra de
este domingo nos ofrece abundante material para un profundo examen de consciencia,
especialmente a los pastores de almas, a los sacerdotes en general... pero estos
interrogantes son extensibles también a los padres de familia, a los educadores
y a los responsables de la vida social de la nación. Resulta que la actitud
de los fariseos, con sus incoherencias, su verbalismo (muchas palabras y pocos
hechos) y su búsqueda de honores y gloria, son tan actuales hoy como en los tiempos
en que se redactaron los textos de la primera lectura y del Evangelio. Sobre
el tema se podrían hacer muchos ejemplos de la vida diaria y seguramente cada
uno podría enriquecerlos con su historia personal. No es tan difícil caer
en la tentación de ser hipócritas y ofrecer una imagen que no corresponde a la
realidad, parecer más bueno de lo que se es en la realidad, desear disimuladamente
los primeros lugares y luchar, a veces, por los primeros puestos. Cuando leemos
el Evangelio descubriremos que la hipocresía es el pecado contra el que Jesús
se descargó más veces y con más violencia. Lo fustigó con palabras de fuego, mientras
que fue mucho más indulgente con los publicanos y las mujeres de vida dudosa.
Precisamente, esas son las acusaciones específicas que Jesús hoy hace a los escribas
y fariseos. Les reprocha, en primer lugar, que no cumplan lo que predican con
tanto rigor y en segundo término, les recrimina que practiquen obras exteriores
para recibir honores, aplausos y la aprobación de la gente, pero no observan lo
esencial de la Ley. Jesús condena su “doblez y la instrumentalización de la religión”
para su propio interés. En otras palabras, en vez de servir a Dios se servían
de Dios. Éste es, lamentablemente, un pecado muy actual y nadie puede decir que
siempre está exento de él. Es un peligro al que están expuestos los ministros
del culto de cualquier religión. Pero es necesario volver a subrayar que no es
en pecado exclusivo de los ministros del culto, sino de todos aquellos que de
alguna manera tienen a cargo la conducción o el liderazgo de la comunidad, sea
religiosa, parroquial o nacional. Para conocerlos, no es necesario identificarlos
con nombre y apellido... en realidad, todos podemos sentirnos tentados a instrumentalizar
la fe, a Dios, en definitiva a defender nuestros intereses, haciendo creer lo
contrario. ¿No es hipocresía participar devotamente en las funciones religiosas,
acercarse a la comunión y después mostrarnos insensibles ante los pobres, apropiarnos
de las cosas que no nos pertenecen, destruir a nuestros hermanos con calumnias
y otras cosas semejantes? Asumamos que la hipocresía no murió con los escribas
y fariseos. Al contrario, sigue viva y con más fuerza que en los tiempos de Jesús,
ya que los medios de comunicación la multiplican con un efecto deletéreo. Pidamos
a María, la Madre de Jesús, que nuestra imagen sea brillante y transparente y
que nuestro testimonio manifieste siempre nuestro amor a Dios y a los hermanos.
Domingo
06 de Noviembre DOMINGO 32º “A” Mt 25,
1 –13 (Lecturas: Sap 6,12-16; 1Tes 4,13-18) Con las lámparas encendidas
La vigilancia cristiana es una constante en las reflexiones de las primeras
comunidades cristianas. La pagina del Evangelio de este domingo nos la ofrece
a partir de un elemento folclórico de los casamientos judíos contemporáneos a
Jesús. En esos acontecimientos era necesario que un grupo de personas, mujeres
para el novio y varones para la novia, los acompañaran para iluminarles el camino,
la ceremonia y la fiesta del casamiento. Descubriremos más fácilmente el sentido
de la parábola si la ubicamos en el contexto en que lo sitúa san Mateo y también
en su marco litúrgico. Tanto el hecho que san Mateo la coloque en los últimos
capítulos de su Evangelio, dentro del discurso del juicio final, como encontrarla
en el penúltimo domingo del año, nos indica claramente su sentido escatológico.
Con estas aclaraciones nos damos cuenta que iniciamos un tiempo de rendición de
cuentas, de los balances y como Jesús quiere que a nadie le vaya mal en este juicio,
nos exhorta a estar alertas, atentos para no ser sorprendidos por su llegada.
Detallando aún más la interpretación del relato, podemos subrayar que las jóvenes
de la parábola representan a la comunidad cristiana, a la Iglesia y en un sentido
más general, a la humanidad. Pero en sentido particular, vemos en ellas a cada
uno de nosotros que no podemos estar distraídos cuando llegue el Señor. Las lámparas
usadas para iluminar y alegrar la fiesta, indican la fe, la esperanza y el amor
que deben estar siempre encendidos en nuestra alma. A su vez, el aceite que en
las Escrituras es signo de la consagración, de la bendición y de la fuerza, en
este caso simboliza las buenas obras, la riqueza interior y la gracia. Por eso
no se puede prestar, sino que hay que adquirirlo con el esfuerzo y la perseverancia;
algo muy personal que refleja una actitud interior. De todas maneras, debemos
tener presente que el mensaje más fuerte de esta parábola y que más debe cuestionarnos
en este momento, es el de la vigilancia, el permanecer despiertos esperando la
llegada del Señor. Al respecto, hay notar que nadie puede estar despierto en lugar
del otro: quien ama y desea sinceramente la llegada de una persona querida, difícilmente
se quedará dormido. (¡Cuánto les cuesta a los niños dormirse cuando esperan regalos!).
Al contrario, quien se duerme, demuestra poco interés por la persona que llega.
Por otra parte, el que ama, desea estar presente con todo su corazón para abrazar
al ser querido. Otra aclaración respecto a esta página del Evangelio es que
cuando se la escribió, la comunidad cristiana ya no esperaba inmediatamente el
regreso del Señor, como aparece en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses,
donde había hasta una cierta tensión escatológica. Por eso el evangelista exhorta
a la vigilancia, a la espera, a estar alertas e insiste en que no puede ser pasiva,
sin amor y con los brazos cruzados. El cristiano no puede “dormir”, sino trabajar
poniendo en práctica este llamado a la perseverancia en la vida cristiana, pensando
que con la llegada de Jesús, iniciará la fiesta. Una boda. Un encuentro entre
personas que se aman y que se esperan con ansiedad Domingo
13 de Noviembre DOMINGO 33º “B” Mt 25, 14-30 (Lecturas:Pr
31,10-13.19-20.30-31 y 1Ts 5,1-6) Capital a plazo fijo
La liturgia de la palabra de este domingo retoma el tema central del domingo pasado.
Asegura que habrá un momento en el que deberemos rendir cuentas de nuestra vida.
Sobre este tema, la semana pasada se subrayó la vigilancia, el estar despiertos,
atentos porque el Señor llegará en el momento menos esperado. “Como un ladrón...”,
dice san Pablo, en la segunda lectura. Hoy se concretiza más el tema: cuando llegue
se nos exigirá que rindamos cuentas personalmente y de acuerdo los dones recibidos.
La parábola no invita a reflexionar sobre los talentos que Dios da a cada persona
y lo primero que debemos subrayar en este texto, es que Dios da sus dones a todos.
Pero no a todos igual y esas diferencias son fácilmente comprobables en la vida
humana: unos tienen buena salud y otros no; unos heredan bienes materiales abundantes
y otros no tanto; unos crecen en ambientes de fe y otros en medio de la indiferencia;
unos apenas nacen, reciben el bautismo y otros jamás llegarán a conocer a Cristo.
Ejemplos de estas desigualdades sobran, sin embargo, Dios les ofrece a todos la
oportunidad de enriquecerse espiritualmente, de crecer en todos los órdenes de
la vida y de salvarse Es allí donde surgen otras diferencias: unos son fieles,
trabajadores, que comprenden que fueron llamados a perfeccionar el mundo con su
esfuerzo y su creatividad. Pero hay otros que tienen miedo. Un miedo servil,
paralizante, que no los deja comprender que quien entierra su talento, se entierra
a sí mismo y opta por las tinieblas y la muerte. A esas personas, Dios no las
acepta en su reino porque llevados por el egoísmo, rehusaron aportar su talento,
no supieron compartir ni amar. Aquí es oportuno distinguir que no todos lo miedos
son iguales. Hay miedos estimulantes, que nos llevan a ser prudentes, previsores,
sabios. También es bueno el miedo a no dar frutos o a vegetar en una vida rutinaria.
Luego, no podemos dormirnos... Esta liturgia también nos indica cómo debemos
comportarnos concretamente con nuestros talentos. Precisamente, la primera lectura
nos da el ejemplo, nos muestra el prototipo del servicio y de fidelidad a la familia
y a la sociedad, en lo cotidiano y en lo extraordinario. A partir de estas
ideas, tomemos el ejemplo de María, la madre de Jesús, que supo estar siempre
disponible a compartir su vida y a acompañar a su Hijo en el proyecto de salvación.
Recordemos que ser cristianos es un verdadero desafío. Aceptémoslo con la valentía
propia de quien trabaja para el Reino de Dios, y si queremos pertenecer al grupo
de servidores leales, tendremos que permanecer fieles a la Palabra de Dios, al
anuncio evangélico y a nuestro compromiso bautismal.
Domingo
20 de Noviembre DOMINGO 34ª “A”
Mt 25, 31-46 (Lecturas: Ez 34,11-12.15-17 y 1Cor15,20-26.28) Cristo
rey Camina en medio de su pueblo Cuando
pensamos en Cristo Rey surgen en nuestra mente un cúmulo de imágenes que despiertan
las figuras de los reyes de esta tierra: ricos, famosos, cubiertos de alhajas
y generalmente con el rostro radiante. Sin embargo, cuando recordamos aunque
sea rápidamente la imagen y la vida de Jesús, advertimos que dista inmensamente
de esa realidad humana. Jesús es un rey diferente, tiene otra belleza y un encanto
sublime. Descubrimos que es uno de los nuestros, porque con su nacimiento en Belén,
el Dios de Abraham, Isaac y de Jacob, se encarnó y plantó su tienda entre los
hombres, como dice el evangelista san Juan. La liturgia de hoy nos lo presenta,
en primer lugar, como un pastor que no obstante la infidelidad de su pueblo, sale
a buscarlo, lo reúne, lo cura y para darle una nueva oportunidad para rehabilitarse,
lo perdona y le infunde nueva vida. Ese rey pastor no teme mezclarse con su pueblo
para acompañarlo y salvarlo y así reconstituido, volver a esperar en las promesas
hechas a sus antepasados. Pero aún más. Ese rey pastor nos sorprende y aparece
en la plenitud de los tiempos, como alguien que sufre, que está enfermo, que padece
la cárcel, que es extranjero y que después de haber muerto en la cruz y resucitar,
al final de los tiempos, se presentará glorioso, como juez, para premiar y bendecir
a quienes durante el peregrinar en la tierra, supieron reconocerlo en ese mendigo
desamparado, en ese padre de familia sin vivienda o en esa víctima del egoísmo
de los poderosos. Ese rey resucitado todavía camina en medio de su pueblo.
No exige, sin embargo, que le pongamos una corona de oro. Ya tiene una de espinas
que nosotros mismos supimos imponerle antes que iniciara el camino al Calvario
para morir por todos los hombres. Sólo pide que nos detengamos en nuestro trajinar
cotidiano y que aceptemos su amor y su misericordia y comencemos de nuevo; esta
vez sabiéndolo descubrir mientras comparte la vida con sus hermanos para bendecirlos
y darles la posibilidad de heredar el reino preparado para ellos desde la creación
del mundo. La fiesta de hoy cierra el año litúrgico y más allá que la liturgia
de la Palabra evoque en sus lecturas la figura de un juicio duro e inapelable,
es un motivo de esperanza y alegría saber que nuestro rey nos ama. Cada uno de
nosotros, en sus momentos de intimidad en la presencia del Señor, conoce cuántas
veces percibió ese amor en el instante del perdón, en el encuentro con los seres
queridos y cuando, siguiendo sus huellas, amamos y supimos reconciliarnos con
nuestros hermanos, para seguir transitando serenos, los caminos de la vida, en
busca del encuentro definitivo con el Rey que nos presentará al Padre para el
abrazo eterno. Domingo
27 de Noviembre 1er DOMINGO DE ADVIENTO “B”
Mc 13,33-37 (Lecturas: Is 63,16-17; 64,1.3-8) Mirando
al horizonte... Hoy inicia el tiempo de “Adviento”. Una palabra de
origen latino que podría traducirse como “él que ha de venir” o como “él que ha
de llegar”. Entonces la pregunta obvia es ¿Quién es el que está por llegar?
La respuesta para nosotros también es obvia: el que está por venir es Jesús. Pero
aquí es necesario hacer una aclaración fundamental: Jesús, el Mesías esperado
por los judíos, ya llegó hace dos mil años. En efecto, nosotros lo recordamos
naciendo en Belén, de la Virgen María y en este caso, para nosotros “el adviento”
será una actualización de ese acontecimiento salvífico. Un recuerdo. Pero
el Evangelio y todo el Nuevo Testamento nos hablan también de otra venida, la
del final de los tiempos, llamada “Parusía”, un término griego que se usaba para
indicar la llegada a una ciudad de un rey victorioso. Y precisamente, al final
de los tiempos, Jesús resucitado, triunfador del pecado y de la muerte, regresará
triunfante para premiar a quienes siguieron sus enseñanzas y las vivieron intensamente.
Por eso el Adviento es el tiempo de la esperanza. Todos sabemos que el pueblo
de Israel fue un gran maestro de la esperanza. En él se resumió toda la esperanza
de la humanidad y la Iglesia recuerda la trayectoria mesiánica de ese pueblo para
sostener el itinerario de su propia peregrinación por la historia. Tres personas
encarnan y sintetizan esta expectativa: el profeta Isaías, Juan, el bautista y
la Virgen María. Lo comprobaremos con el correr del tiempo de adviento. Hoy,
en el primer domingo, ya vimos aparecer figura de Isaías en la primera lectura,
pidiéndole a Dios que no olvide a su pueblo. Obviamente, se trata de un pedido
lleno de confianza para que no demore en enviar al Mesías salvador. Pero,
a partir de la página del Evangelio, la liturgia nos invita a meditar sobre la
segunda venida del Señor y por eso nos recuerda un tema que ya hemos reflexionados
hace unas semanas. Nos vuelve a hablar de la vigilancia y a estar preparados.
Tres veces repite esa invitación. Ese hombre que se fue de viaje, es la figura
de Jesús, que después de la Ascensión, está fuera del alcance de nuestros sentidos.
No lo podemos ni ver ni tocar, pero está. Y ese Jesús volverá a premiarnos, pero
también a pedirnos cuenta de nuestras acciones: en su ausencia nos exigió compromiso
en nuestras obligaciones y nosotros somos conscientes que no siempre fuimos responsables
y fieles a lo que se nos confió. Por eso, esta espera y esta vigilancia, exigen
de cada uno de nosotros arrepentimiento de lo que no hemos hecho bien, de lo que
le hemos fallado a Dios y a nuestros hermanos. Sostenidos por estas ideas
tenemos que vivir todo este adviento creciendo en la esperanza y con la mirada
puesta en el horizonte; pero en este primer domingo, poniendo todo nuestro esfuerzo
en un acto de conversión y pidiendo perdón por nuestras infidelidades.
Domingo
04 de Diciembre 2º DOMINGO DE ADVIENTO “B” Mc
1,1-8 (Lecturas: Is 40,1-5.9-11 y 2Pe 3,8-14) Juan, el mensajero
que orienta la espera A veces, la espera
se hace larga y llena de tensiones. Sin embargo, la espera es una de las experiencias
más ricas y estimulante de la vida: se espera el nacimiento de un hijo, la llegada
de un ser querido, recuperar la salud, el final de una condena, el sueldo del
marido para darles de comer a los hijos... ¡Tantas esperas! La liberación
de la esclavitud y el regreso a la patria, cuyos preparativos relata la primera
lectura, fue la gran espera del pueblo judío cautivo en Babilonia, hasta que llegó
Ciro, rey de los persas, que les prometió el retorno y cumplió su promesa. Durante
ese tiempo y para mantener viva la esperanza, Dios suscitó a los profetas que
les recordaban su fidelidad a la Alianza. Isaías es uno de ellos... Pero la
historia y la experiencia de la esclavitud se repitió varias veces en el pueblo
de Israel. En tiempos de Jesús, nuevamente se encontraba esclavo, pero esta vez
en su propia tierra. Era el turno de los romanos... y en esta situación, los judíos
esperaban a alguien que los liberara. Nuevamente hay profetas. Uno se llama Juan
y el otro Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Ambos anuncian la liberación; pero
esta vez la liberación es diferente y definitiva. Juan, y después Jesús, ofrecen
una liberación y un reino distinto, nuevo. En modo especial Jesús, el gran esperado,
promete la liberación del pecado, del egoísmo, de la falta de solidaridad y para
ello exige un cambio de vida en las personas que quieren formar parte del nuevo
pueblo de Dios. En ese clima de espera, este segundo domingo de adviento,
nos llama a reflexionar sobre algunos temas puntuales y que nos ayudarán en nuestro
caminar hacia la Navidad y también hacia el encuentro con Jesús, en su retorno
glorioso. Para ello nos llama al desierto. A la soledad. A bucear en nuestro interior
para identificar y corregir nuestros pecados y así allanar el camino que nos permite
el reencuentro con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Nos abre
los ojos para que descubramos a Jesús y, de esta manera, acentuar nuestra actitud
de espera. Además, deberemos escuchar a su mensajero, a Juan el Bautista y
a todos los que nos anuncian la necesidad del cambio de actitud y a convertirnos.
Esto no será posible si no aceptamos que podemos estar caminando en una dirección
equivocada. Como paso siguiente y complementario, es necesario que nosotros
mismos, en este tiempo, nos transformemos en mensajeros; en verdaderos profetas,
como lo fue Isaías para los desterrados en Babilonia y como Juan el Bautista,
en tiempos de Jesús. Así crecerá cada día nuestra preparación a recibir el Señor
que viene y nos encontrará oteando el horizonte con la lámpara encendida.
Palabras de bienvenida Seguimos caminando hacia la celebración de la Navidad
y hacia el encuentro de Jesús resucitado. Este segundo domingo de Adviento, la
liturgia nos presenta a Juan el bautista, para que siguiendo sus huellas y sus
palabras, avancemos en nuestra preparación. Compartamos esta Eucaristía con
la esperanza en la salvación, cimentada en la experiencia de la reconciliación
y del amor de Dios Padre por todos los hombres.
Domingo
11 de Diciembre 3º domingo de Adviento B Jn 1, 6-8.
19-28(Lecturas Is 61, 1-2. 10-11;1 Ts 5, 16-24;) Nuestro testimonio
Continuamos con la preparación espiritual para contemplar y adorar el
gran misterio de la Navidad. En este caminar, Isaías y a Juan Bautista, dos de
las grandes figuras de la historia de la salvación y del adviento, continúan presentes
con su anuncio: el profeta, con su palabra y con su ejemplo; Juan Bautista con
su testimonio fiel y heroico, nos hace escuchar su voz que nos llega desde la
lejanía del Antiguo Testamento, actualizando las promesas hechas a Abraham, las
palabras de los profetas y las oraciones de los Salmos... Con ese mensaje,
nos llaman a seguir el ejemplo de sus vidas e imitar su fe y su confianza en la
salvación prometida. Así descubriremos que también nosotros estamos llamados a
ser voz clara y elocuente para nuestros hermanos, la que anuncia “al que ha de
venir” e indicarles el camino. Sabemos que los hombres y la sociedad están,
a veces, alejados de Dios. No lo conocen ni lo buscan y muchas personas, bautizadas
o no, no saben quién es ese Jesús y qué vino a hacer a este mundo. No comprenden
qué significa que un niño, llamado Jesús, haya nacido en Belén, vivido en Nazaret,
muerto y resucitado en Jerusalén. Leyeron o escucharon su historia, pero ella
no influye en sus vidas y aún, el así llamado mundo cristiano del que pertenecemos,
no tiene cabal consciencia del precioso don que recibió con la presencia de Dios
hecho hombre, participando de los acontecimientos de este mundo y recorriendo
con nosotros los caminos de la vida. Los valores cristianos están eclipsados,
oscurecidos y, a veces, han desaparecido de la consciencia humana. Es lo que se
acostumbra llamar ateísmo práctico. Y es precisamente a ese mundo confundido por
las atracciones terrenales y despojado de toda vida sobrenatural, al que debemos
acercarnos e interpelarlo como Juan: ¿Quién eres tú cristiano? ¿Qué dices de ti
mismo y de Cristo, que dices conocer? Pero antes de hacer estas preguntas, y a
otras semejantes, deberíamos nosotros saber dar una respuesta auténtica y convincente
porque si somos sinceros. Muchas veces tampoco nosotros tenemos la respuesta ya
que no estamos lo suficientemente iluminados por Cristo para poder iluminar a
nuestros hermanos. Como cristianos comprometidos, deberíamos poder decir,
con Isaías: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado
con la unción y me ha enviado a llevar la Buena Noticia". Pero para que todo
esto pueda ser realidad, preguntémonos: ¿Vivimos en la justicia y en la santidad?
¿Somos honestos? ¿Somos generosos y hospitalarios? Tengamos presente que nuestra
Buena Noticia tiene que ser, como su etimología lo proclama, un anuncio alegre,
festivo, porque anunciamos a Cristo, que es la liberación total del dolor sin
sentido, de la angustia y del terror de la muerte, del pecado, de la falta de
solidaridad. Ese mensaje de salvación, lo tendremos que anunciar con el testimonio
personal, que va más allá de las palabras, para concretizarse en acciones palpables
que pueden verse y cuestionar. Por otra parte, no podemos realizar en otros
esa liberación si no vive la experiencia liberadora de Cristo. No podemos ser
libres y liberar, si nosotros no nos liberamos de las falsas ilusiones, del egoísmo,
de la pereza espiritual que nos quita la sensibilidad para descubrir a Dios en
nuestro hermano. En una palabra, si no nos liberamos del pecado y no nos reconciliamos
con Dios con profundo cambio de vida, no podemos ser sus mensajeros.
Domingo
18 de Diciembre CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo "B" Lc
1,26-38 (Lecturas: 2Sm 7,1-5.8-12.14.16 y Rm 16,25-27) Dios quiere
edificar una casa entre nosotros A pocos días de Navidad, nuestro
espíritu sensibilizado por la intensa preparación llevada a cabo durante el Adviento,
siente que el recuerdo del cumplimiento de la promesa de Dios de habitar entre
nosotros es casi una realidad. Para a acercarnos más a ese misterio inefable
y a través del diálogo entre el profeta Natán con el rey David, la liturgia nos
invita a reconstruir a uno de los momentos culminantes de esa historia. Ese mensaje
se entenderá mejor si recordamos los hechos que motivaron las palabras del mensajero
de Dios. Es el rey David, quien alrededor del año 1000 unifica las tribus de Israel
en una sola tierra y bajo un solo rey, llevando la realeza a su gloria máxima.
En un segundo tiempo, para estabilizar su dinastía (su casa) y afianzar la unidad
de su pueblo en torno a un centro espiritual, pensó edificar un templo, una casa
que abrigara el Arca de la Alianza, el signo material y visible su presencia.
La respuesta de Dios a ese proyecto fue muy negativa. Aún más, hay algo de sorna
en la pregunta: “¿eres tú el que me va a edificar una casa para que yo habite?”
Como si dijera: "no me digas: ¿así que tú me vas a hacer una casa a mí, que
siempre estuve contigo? No trates de encerrarme en una casa de piedra. Ábreme
las puertas de tu corazón para que yo entre en él". Sin embargo, junto con
esta reprimenda, Dios agregó una promesa: "Tu casa y tu reino durarán eternamente".
Y, a su manera, Dios cumplió con lo prometido y de eso nos habla el Evangelio.
Vemos en la página de hoy, que Dios siguiendo su proyecto inescrutable, edificó
su casa en el mundo de los hombres, entroncada en la casa de David, estableciendo
una nueva y eterna alianza. Pero esa nueva casa no la construyó en terrenos materiales,
sino en el corazón y en una respuesta humana, en el sí de María. La encarnación
es el misterio por el cual Dios, al plantar su tienda o su casa entre nosotros,
se unió a cada uno de los hombres, para transformar desde adentro sus vidas.
El relato de san Lucas nos asegura que María es la "tierra" en la que
Dios edifica su casa. Ella es el modelo que nos enseña el camino para que también
nosotros podamos ser terreno apto sobre el cual pueda levantar su construcción
el Espíritu. Ella es el terreno preparado, limpio, despejado de maleza, sin piedras
y sin viejas construcciones. Ella es el terreno libre, no poseído, totalmente
disponible, reservado en su totalidad para la nueva construcción. Su virginidad
expresa esa purificación, simboliza un corazón humilde, pobre, puesto sólo en
Dios. Simboliza la fe, la confianza en las construcciones del Espíritu. Hoy,
a pocos días de Navidad, abramos nuestras puertas, abramos nuestra alma para que
Dios construya, edifique, plante su tienda en nuestra alma. ¿Qué significa abrir
nuestras almas? Significa creer en María, confiar en María, estar libres de malezas,
como lo estuvo ella. En una palabras, ser una tierra abonada para que Jesús construyera
su casa y habite entre nosotros. Domingo
25 de Diciembre NAVIDAD Jn 1,1-18 (Lecturas;Is
52,7-10 y Heb 1,1-6) Un acontecimiento, un mensaje, una respuesta.
La página del Evangelio que leemos en la fiesta de Navidad, relata el nacimiento
de Jesús. Pero al mismo tiempo, nos deja vislumbrar el misterio que encierra ese
nacimiento tan extraordinario. Es decir, hay un acontecimiento fuera de lo
común. Único. Y hay un mensaje que revela en parte, el secreto y el misterio.
Los hechos los conocemos perfectamente: Jesús nace en Belén y su Madre lo acuna
en un pesebre. Este acontecimiento, que si no fuera iluminado por la revelación
y la fe, sería uno de los tantos nacimientos pobres que sucedieron en Palestina
de esos tiempos y que continúan sucediendo hoy. Pero está acompañado de un mensaje
que le da significado y que fundamenta toda su importancia. Este es el mensaje.
Unos pastores que estaban cuidando sus rebaños esa noche, fueron envueltos en
un resplandor de luz celestial y en ese momento escucharon el anuncio del ángel
"Hoy, en la ciudad de David ha nacido el Mesías" y cuando éste se alejó
oyeron cantar: "Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el
Señor". Ese mensaje aclara el misterio de ese nacimiento. Hace dos mil
años que los hombres recuerdan este acontecimiento y no cesan de quedar atrapados
por su dulzura y fascinados por la presencia de este niño. Dios se hace hombre
en un humilde pesebre, en una fría noche de invierno. Un misterio que nos conmueve
íntimamente. Sin embargo, reflexionemos. Navidad no es simplemente un momento
de emoción, de dulzura, de ternura. Navidad es la irrupción de Dios en la historia
humana, y se compromete para siempre con el hombre, dándole un significado nuevo
a la vida y a la historia. Por eso preguntémonos ya: § Estamos preparados
para aceptar en nuestro espíritu el significado profundo de esta noticia: "En
la ciudad de David, ha nacido el Mesías, Dios se ha hecho hombre" Estamos
preparados para descubrir el significado de es signo: Dios recostado en una cuna.
§ Estamos espiritualmente abiertos y capaces para asombrarnos y conmovernos delante
el hecho que Dios se acerque al hombre para compartir su debilidad, su fragilidad
y su pobreza. § Sobre todo, preguntémonos si tenemos un corazón disponible
para comprometernos con su mensaje y abrirnos al regalo estupendo de la reconciliación
con Dios y con nuestros hermanos. ¿Nos sentimos renovados y transformados
por la alegría de la presencia de Dios? La contemplación del misterio
de Navidad debe ser acompañada por una reflexión atenta y profunda de su significado
a nivel humano. Para ello partamos de la idea de que el hombre fue creado por
Dios a su imagen y semejanza. Ya por ese motivo tenía una estrecha relación con
su Creador. Pero con la encarnación, Dios se acerca aún más, se hace hombre para
compartir su historia. Es como si en un determinado momento, se hubiese enamorado
de su criatura y decidiese convertirse en una de ella. De esa manera, Dios se
hace presente en medio de nosotros para participar de nuestra historia. Es Dios
con nosotros. Este acontecimiento está lleno de significado: no sólo porque eleva
al hombre al nivel divino, sino porque acerca a Dios al plano humano. Esta
realidad misteriosa e inefable, debe traducirse en un verdadero compromiso cristiano.
No se trata sólo de un hecho histórico y cultural; sino de un hecho que transforma
desde adentro a la humanidad. Hoy la Iglesia interpreta y actualiza la presencia
de ese Niño de Belén. El acontecimiento que estamos celebrando nos permite contemplar
al mundo y a la historia con ojos nuevos. Navidad nos permite comprender, sentir
y comportarnos como verdaderos cristianos.
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