Parroquia Basílica San Nicolás de Bari

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Año 2005

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Sábado 01 de Enero de 2005

María, Madre de Dios
María, modelo de oración

Lc 2,16-21 (Lecturas: Nm 6,22-27 y Ga 4,4-7)
Primero de Año,

Hoy es el primer día del nuevo año que el Señor nos regala. Ante este acontecimiento, surgen espontáneamente, muchos sentimientos:
Un balance del año que pasó. Entonces quizás surjan pensamientos de agradecimiento por las gracias y bendiciones recibidas 
durante este año que transcurrió.
Sentimientos de pesar por los errores que hemos cometido.
Pero nuestro mayor sentimiento debe ser de alegría y de compromiso ante la posibilidad de proyectar un nuevo año. Con planes para nuestra vida material y espiritual. Roguemos al Señor para que sea un año de gracias y bendiciones para todos, como nos lo recuerda la primera lectura.

Pero más allá del nuevo año, la liturgia recuerda y festeja hoy 
a María, Madre de Dios.
Por eso dirijamos nuestra reflexión y nuestras oraciones a María, que con su obediencia a la palabra de Dios, nos atrajo todas las bendiciones que el Señor nos había prometido.
Precisamente, de ella nació Jesús, el Hijo de Dios, que salvándonos nos trajo todo bien. Y ella ofreciendo a Jesús al Padre, nos ofrece también a todos y a cada uno de nosotros.

Pero María no sólo es nuestra intercesora, la llena de gracias, sino que es el modelo acabado que todo cristiano tiene que imitar.
Ella nos enseña. a escuchar la palabra de Dios, a meditarla, a obedecerla, a aceptar los proyectos de Dios, a estar disponibles a la misión nos confió.
Pensemos que toda la vida de María fue una constante meditación y un profundo acto de fe.
Pensemos: ella era judía y educada al estilo judío. Convertirse en
 madre del Mesías fue algo que la deslumbró totalmente.
 Era la ambición de todas las mujeres israelitas...

Pero el ser madre de Dios fue para ella un misterio inconmensurable y que la condujo por caminos cada vez más difíciles. ¿Cómo aceptar, sino después de una profunda meditación, asistida por la gracia de Dios y una profunda fe, que el Dios único, de Abraham, de Isaac, de Jacob, tuviera un hijo y que ese hijo fuera su Jesús? Recordemos, además, que ella hasta ese momento no conocía el misterio de la Ssma. Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas y un solo Dios...
Y no sólo eso. Lo vio bebé, lo vio niño, aprendiendo a pronunciar las primeras palabras... lo vio adolescente, lo vio obrero junto a José; lo oyó predicar, presenció sus milagros, asistió al drama del Calvario.. y sólo al final, después de mucha oración y meditación lo vio resucitado, triunfante, glorioso. Ser Madre de Jesús le causó grandes dolores y grandes alegrías. Todo lo logró con su oración y contemplación.

Hoy, por todo esto, acudamos a ella para que nos enseñe a meditar, a creer, a amar a Dios y a nuestros hermanos. A vivir unidos estrechamente a Dios.
No olvidemos que María es la escuela de santificación de todo cristiano. Ella conoce nuestras debilidades. Por eso está a nuestro lado. Pidamos que nos acompañe durante este nuevo año que hemos iniciado bajo su protección. En su compañía está también Jesús, su Hijo.


Domingo 02 de Enero

Retomando el tema

Jn 1,1-18 (Lecturas: Ecli 24,1-4.12-16 y Ef 1,3-6.15-18) 
2º DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

La peculiaridad de este domingo, ubicado durante el tiempo de Navidad, es retomar el tema de la encarnación del Hijo de Dios, no sólo como un acontecimiento histórico, sino como una meditación y una oración.
Para ello la liturgia escoge tres páginas de la Sagrada Escritura muy conocidas:
> Una estupenda reflexión sobre la Sabiduría tomada del Antiguo testamento.
> Y dos himnos del Nuevo Testamento.
1. La reflexión comienza con una afirmación básica del autor de la Primera Lectura: Nos dice el autor sagrado que la verdadera y genuina sabiduría viene de Dios.
Ante esta afirmación tan categórica, ya los primeros cristianos cuando leían este texto a la luz de los acontecimientos que habían vivido, inmediatamente lo aplicaban a Jesús, el Verbo, la Palabra que revela al Padre y cumple la voluntad divina. Jesús, es la sabiduría hecha persona. Es el Hijo de Dios que hecho hombre fijó su morada en este mundo.
2. Y siguiendo este tema, pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento, san Pablo inicia su carta a los Efesios, agradeciendo a Dios Padre la obra de la salvación, realizada por medio de la Encarnación del Hijo.
Estas palabras de la Carta de san Pablo nos preparan y nos ponen en la dirección correcta para interpretar el Prólogo del cuarto Evangelio.
3. En la primera parte de este Prólogo, una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento, muchos escrituristas ven un antiguo himno judío, posiblemente de la comunidad de Qumram, donde se alaba la sabiduría de Dios, que el Evangelista san Juan la personifica en el Hijo.
Si bien este himno nos recuerda las primeras páginas de la Biblia, donde nos habla de la creación, está mechado y actualizado por los comentarios que agrega el san Juan Evangelista. Se explicaría así no sólo la gran semejanza de ideas con la primera lectura sino también con las primeras páginas de la Sagrada Escritura.
En la segunda parte de este Evangelio, vemos como san Juan sale en contra de aquellos cristianos que pensaban que Juan, el Bautista era el Mesías. A ellos les aclara que el Bautista era el precursor, el que preparaba el camino, el que daba el testimonio de la luz, pero no era la luz.
¿Qué nos dice hoy, a nosotros esta página del Evangelio?
Ante todo, nos dice que más allá de las apariencias, sepamos descubrir al verdadero Jesús, al hijo de Dios encarnado, que camina entre nosotros.
Y en segundo lugar, que también nosotros sepamos, como lo fue Juan Bautista, ser testigos de la luz sin pretender substituirla.
Con toda esta riqueza de la palabra de Dios, vemos entonces cómo la liturgia de hoy nos invita a recrear clima de silencio y recogimiento para que meditemos nuevamente el misterio de la Encarnación que celebramos el día de Navidad. Es decir, crear las condiciones en nuestro interior para escuchar la palabra de Dios.
En este clima, Jesús volverá a nacer en nuestra alma.


Domingo 09 de Enero

El  Bautismo  del  Señor

Mt 3,13-17 (Lecturas:Is 42,1-4.6-7 y Hch 10,34-38)
 1er Domingo durante el año

Presentación de Jesús a la vida pública
Hoy Jesús, después de su última aparición en el templo junto a los doctores de la ley, que marca el inicio de su “vida oculta”, aparece nuevamente en público. Es su presentación en sociedad.
Este acontecimiento, en la catequesis de la Iglesia primitiva, fue siempre considerado de gran importancia teológica, -- una verdadera teofanía--, una manifestación de Dios en la que se destacan dos situaciones que debemos tener presente para nuestra reflexión:
-- La voz que viene del cielo (la voz del Padre), que presenta al mundo a su Hijo, diciendo aquí está, él es el Mesías prometido. No esperen a otro. Es el hombre que acaba de entrar en el río y recibir el bautismo.
-- El otro hecho, es la manifestación del Espíritu Santo, en forma de paloma, confirmando con su presencia, las palabras del Padre.
Vemos así que al inicio de la vida pública de Jesús, toma parte la Santísima Trinidad: El Padre, la voz que viene del cielo; El Hijo hecho hombre, en el río, recibiendo el bautismo y el Espíritu Santo, en forma de paloma. Teniendo presente este contexto, comprendemos el valor teológico de este suceso de la vida de Jesús.
Además, este acontecimiento aclara, especialmente a los primeros cristianos, la función de Juan Bautista en el plan salvífico. Es sólo el Precursor, el que señala con el dedo la presencia del Mesías, pero queda claro que no es el Mesías. La duda queda despejada y acaba así una polémica existente entre los primeros cristianos, ya que algunos sostenían que Juan el Bautista era el Mesías.
Por otra parte, este hecho destaca, desde el inicio mismo de su vida pública, la humildad de Jesús: No sólo se hizo hombre, sino que, sin necesitarlo, acepta el bautismo, para compartir con nosotros todas las situaciones de la vida.
Este gesto de Jesús nos deja un mensaje claro: Dios se acerca a nosotros, a nuestro espíritu y nos invita a la humildad y a la penitencia para que entremos en su Reino. Nos indica el camino que deberemos recorrer todos los cristianos, para ser semejantes al Maestro.
Por todo esto, la fiesta de hoy nos transmite dos mensajes que tendremos que reflexionar muy seriamente:
1. Jesús es el único Salvador. No hay otro. La salvación de la humanidad está en Él, en sus enseñanzas, en las Iglesia. Quien predique una doctrina diferente, es un falso mesías ...(recordemos a las sectas).
2. Descubrimos también cómo se concretiza el anuncio de Navidad, (Dios-con-nosotros).
Jesús, después de años de silencio pasados en la aldea de Nazaret, junto con sus padres y sus conciudadanos, abre el diálogo directo con el hombre: palabras y signos milagrosos.
Preguntémonos hoy, después que pasó tanto tiempo desde que hemos recibido el Bautismo: ¿Cuándo comienza nuestro diálogo con Dios? ¿O ya comenzó? ¿Por algún motivo lo interrumpimos alguna vez? ¿Sabemos que lo podemos reabrir con humildad y confianza?
El camino del cambio, de la conversión inicia, ciertamente, con una gracia de Dios, con un llamado; pero esa gracia y ese llamado exige una respuesta. Y esa respuesta es la vida cristiana, vivida sinceramente.

Domingo 16 de Enero

Éste es el Cordero de Dios...

Jn 1, 29-34 (Lecturas: Is 49,3.5-6 y 1Cor 1,1-3)
2ºdomingo “durante el año” A

La liturgia de la Palabra de este domingo, en cierto sentido parece un duplicado del domingo anterior. Sin embargo, hay un progreso evidente: hoy Jesús ya no está en medio del río Jordán, sino junto a su pueblo. Jesús ya ha iniciado la obra evangelizadora y Juan lo identifica como “El Cordero de Dios...”, el Siervo anunciado con gozo y esperanza por el profeta Isaías en la primera lectura de hoy.

Allí el profeta, en un momento casi trágico de la historia de su pueblo, les transmite en nombre de Dios, un mensaje de esperanza en la figura anónima y misteriosa del Sirvo.
Más allá que se lo relacione con Jeremías u otro personaje desconocido o con el mismo pueblo de Israel, como lo hace la exégesis contemporánea, lo cierto es que fue el “instrumento” o el símbolo que eligió Dios para transmitirles un mensaje de salvación hasta la llegada del Mesías.

A partir de esta presentación del Bautista que relata el Evangelio, queda muy claro que es Jesús el enviado del Padre a quien todos deben seguir. De ese testimonio inequívoco, debe surgir, no sólo de los discípulos que acompañaban todos los días a Jesús, sino de cada uno de nosotros, una aceptación y un reconocimiento personal que nos lleve a conocerlo y a seguirlo cada día más de cerca.
Nuestro examen debe llevarnos al descubrimiento del verdadero Jesús: a veces se nos presentará como el Siervo que “carga los sufrimientos de su pueblo” como afirma Isaías, otras veces como el Cordero que se inmola en la cruz, otras como el Señor resucitado que camina junto a sus discípulos desalentados hacia Emaús, pero siempre como el Salvador, como el hijo de Dios enviado por el Padre, para trasmitirnos su mensaje de amor: Dios nos ama y quiere salvarnos.

Posiblemente, con el nuevo año litúrgico y con el nuevo año civil, nos hemos propuesto mejorar nuestra vida en todos sus aspectos. Un proyecto que debe fundamentarse, en modo especial, renovando el compromiso que hemos asumido en el sacramento del bautismo. De nuestra fidelidad a ese pacto dependerá nuestro encuentro con el Padre y con Jesús resucitado. Él es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y nos reconcilia con Dios y con nuestros hermanos. ¡Sigámoslo!


Domingo 23 de Enero

El marco geográfico

Mt 4,12-23(Lecturas: Is 8,23b-9,3 y 1Cor 1,10-13.17)
3ºdomingo durante el año (A)

A medida que vayamos meditando la Palabra de Dios, que nos ofrecen los domingos llamados “Durante el año”, advertiremos que la liturgia presenta, en cada uno de ellos, puntos diferentes de la vida y de la predicación de Jesús. De esa manera, serán una progresiva catequesis semanal sobre la vida cristiana.
Hoy nos habla del marco geográfico en el que inició la predicación de Jesús, como queriendo resaltar que el Hijo de Dios, aquel que Juan Bautista llamó “el Cordero de Dios” y bautizado en el río Jordán, es un hombre de carne y huesos, que vivió en un determinado tiempo y lugar y que su predicación tiene un preciso “aquí y ahora” en la historia.
No se trata, pues, de una persona que se diluye en la penumbra y en el horizonte del tiempo; no es alguien desconocido e inaferrable, sino perfectamente identificable y conocido en su tiempo y en su pueblo, a quien sus enemigos crucificaron y que resucitó al tercer día...
Aún más, el evangelista san Mateo, para rechazar la opinión de los fariseos que sostenían que “nada bueno podía salir de Galilea”, subraya que fue precisamente en la tierra donde se asentaron las tribus de Neftalí y Zabulón, llamada posteriormente Galilea, donde comenzó el anuncio evangélico, confirmando así, que en ese Jesús, se cumplieron las profecías de Isaías que escuchamos en la primera lectura.
San Pedro, después de la resurrección de Jesús, y también para darle un marco histórico a la vida y a la predicación del Maestro, dirá: “Todo comenzó en Galilea...”.
Después de esta presentación, el evangelista nos introduce en uno de los temas fundamentales del anuncio de Jesús: el cambio de vida, la conversión como condición indispensable para escuchar y recibir con eficacia el anuncio evangélico.
Sin esa “matanoia”, sin esa renovación en la manera de pensar y de vivir, no es posible la reconciliación efectiva con el Padre que nos ama y envió a su Hijo, para que lo manifestara con su palabra, con su vida y con su muerte. (Este tema, la liturgia lo tratará ampliamente durante el tiempo de cuaresma).
Pero ya hoy nos exige que nos comprometamos en aceptar a Jesús, luz que ilumina las tinieblas, y nos invita a que cambiemos para que podamos seguirlo al encuentro del Padre.
Nuestro cometido inicia con la tarea en saber descubrir en el Maestro de Galilea, al Mesías esperado, y aceptar su mensaje de salvación, con un corazón disponible al cambio y a la transformación. También nos llama a seguirlo, nos atrapará con su bondad. Sin embargo, el viaje algunas veces, será difícil, áspero, pero con un final brillante .  . . . 


Domingo 30 de Enero

Lo esenciaL..

Mt 5,1-12a(Lecturas:Sof 2,3.3.12-3 y 1Cor 1,26-31)
4° domingo durante el año (A)

La liturgia de la Palabra de este domingo cuarto Durante el año, nos invita a examinar nuestra vida y a saber distinguir en ella lo esencial de la superfluopara nuestra vida cristiana.

 l. Para ello nos prepara la primera lectura toma- da del profeta Sofonías. (Un profeta que vivió alre- dedor del año 600 ac, después de la destrucción del Reino del Norte y antes del de la deportación a Babilonia del Reino de Sur). 

En esa lectura descubrimos que el camino ala verdadera felicidad comienza con un cambio de vida, con una conversión y en el esfuerzo por cumplir fielmentelos preceptos de Dios.

Además, nos asegura el profeta que no es posible llegar a ella sin humildad y sin aceptar los planes que Dios tiene sobre nuestra vida. Es necesario, por lo tanto, seguir con valentía el proyecto que Dios.

2. También el apóstol san Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda si bien con otras palabras, la misma idea: nos dice san Pablo que Dios mira con ojos misericordiosos y llenos de amor aquienes saben asumir su pequeñez poniéndose en las manos de Dios.

3. Y el Evangelio de hoy, con la proclamación de la Bienaventuranzas, entra de lleno en el tema. En él vemos como el evangelista san Mateo nos invita a buscar la verdera felicidad por el camino correcto. 

Nos ofrece para ello, un proyecto de vida que si lo cumplimos nos inundará de alegría. Seremos bienaventurados, felices...

~Para lograrlo habrá que recorrer un camino difI- cil, arduo, transformador no solo de la vida personal de cada bautizado, sino de toda la sociedad que se empeñe en vivirlo, sin interpretaciones "benignas" y
 sin mecanismos de defensa. 

San Mateo nos propone este proyecto al inicio del primer discurso de su Evangelio, como preámbulo de la "carta magna" del cristianismo. Después irá desmenuzando las enseñanzas del Maestro, puntualizando las condiciones indispensables para que esa felicidad y esa bienaventuranza se haga realidad.

Cada vez que las leemos, sentimos en nuestro espíritu el sabor del descubrimiento. 

Nos asombramos,quizás,denuestra vida prosaica en busca de la comodidad, de los honores, de la ambición de figurar, y no sabemos descubrir que la felicidad está en la pobreza, sinónimo de desprendimiento, solidaridad y de confianza en Dios. Está en la pureza, como transparencia de vida, de comportamiento, de mirada, de sinceridad y fidelidad.

Vivir de esa manera, nos llevará al gozo auténtico y nos permitirá compartir, ser testigos y anunciar el Evangelio, aún en las situaciones más ditlci- les: el que ama es feliz yno puede quedar callado. ¡Sale a gritarlo!

.~Todo un proyecto de vida que el cristiano tendrá que vivir enteramente para convertirse en sal de la tierra y luz del mundo y caminar con gozo al encuentrocon Dios y con los hermanos. 

Jesús nos prometió una recompensa que inicia aquí en la tierra, en nuestra familia, en nuestro trabajo y después de crecer y desarrollarse continúa aún más lozana y brillante en la patria celestial. Plantemos hoy esa semilla, nos espera el Padre con los brazos abiertos.


Domingo 06 de Febrero 

Hechos más que palabras...

Mt 5, 13-16 (Lecturas: Is58,7-10 y 1Cor 2,1-5)
5ºdomingo durante el año (A)


En el Evangelio de hoy, continuamos la lectura del primer discurso de Jesús, presentado por san Mateo, que hemos iniciado el domingo pasado con la solemne apertura de las bienaventuranzas.
Hoy las enseñanzas de Jesús se concretizan aún más. Exige a sus discípulos hechos más que palabras, porque algunas veces, la fe puede confundirse con las prácticas religiosas, tales como el ayuno, las celebraciones litúrgicas, las oraciones rituales, todas necesarias; pero que nunca pueden sustituir las acciones concretas de una vida auténticamente cristiana y de solidaridad y de amor al prójimo.

Estas exigencias que Jesús ilumina con sus enseñanzas, ya se encuentran desarrolladas en la primera lectura, donde el profeta exhorta a su pueblo enriquecidos por algunas buenas cosechas y satisfecho con sus ritos establecidos, a “partir el pan con el hambriento, a hospedar a los pobres sin techo y a vestir al que va desnudo”.
El cristiano, siguiendo las enseñanzas del Maestro, sabe que no bastan las prácticas individualistas, sino que tiene que abrirse al hermano. Cuando vive intensamente su fe, por más que se sienta débil y temeroso como san Pablo, se vuelve luminoso y resplandeciente, comprometido con el anuncio evangélico. Se convierte en sal, elemento indispensable en la vida material del hombre, y, tomándolo como metáfora, insustituible en la vida espiritual de la humanidad. Tiene un poder transformador. Le da “sabor” a la vida, que es lo mismo que decir darle sentido.

Por otra parte, cuando se llega a comprender y a vivir activamente estas exigencias de la Palabra de Dios, se advierte con mayor facilidad que la fe en Dios, no separa al hombre del mundo y de sus actividades, sino que lo impulsa a participar y a compartir la vida y los bienes, con quienes están junto a él. Sabe que no puede quedar indiferente ante los sufrimientos. Esa actitud solidaria lo convierte en verdadera luz y en genuino testigo del amor de Dios que se encarnó para caminar junto a los hombres. Además, cuando no es sólo un individuo, sino una entera comunidad parroquial, es la Iglesia que resplandece, y ya no son sólo palabras las que evangelizan, sino la vida misma, transformada por los hechos y la fuerza del Espíritu que habita en cada bautizado.


Domingo 13 de Febrero

Camino a la Pascua

Mt 4, 1-11 (Lecturas:Gn2,7-9; 3,1-7 y Rm 5, 12-19)
1er domingo de Cuaresma (A)


Ya hace casi una semana, el miércoles de cenizas, que hemos iniciado a recorrer el camino que conduce a la Pascua, el gran misterio de amor de Dios, que llega hasta la muerte en la cruz y al triunfo de la Resurrección.
Serán cuarenta días en que nos dedicaremos a intensificar nuestra la revisión de vida, de cambio y conversión, sostenidos por actos de confianza en la misericordia de Dios; en acercarnos más devotamente y mejor preparados al sacramento de la reconciliación.

En este primer domingo es imprescindible que tomemos consciencia de la importancia de este tiempo y comprendamos el verdadero sentido de la conversión, que, resumido, debe basarse en dos elementos vitales:
-- Asumir la realidad que somos pecadores.
-- Esforzarnos sinceramente en vivir una vida nueva, transformados por la fuerza de la reconciliación y del amor misericordioso de Dios, que a partir de nuestro arrepentimiento, con su gracia crea en nosotros una nueva vida.

Para este compromiso, la liturgia de la palabra de hoy, en todas sus lecturas, nos invita a reflexionar sobre la triste e incuestionable realidad del pecado y sus nefastas consecuencias para la vida del hombre y del mundo.
El hombre, turbado por las continuas caídas en las tentaciones y guiado por la inspiración divina, descubrió que al inicio de la creación misma, sus antecesores, Adán y Eva, habían hecho una opción equivocada: seducidos por la voz del tentador, habían desobedecido a su Creador, perdiendo así su amistad.

Pero Dios ama a su criatura. Para redimirla de su pecado y recomponer esa amistad, le promete y le envía un salvador. Es Jesús de Nazaret, que al inicio de la vida pública se retira al desierto y después de cuarenta días, (tiempo bíblico), no acepta un camino distinto al de la cruz para recuperar al hombre. Rechaza las propuestas más fáciles sugeridas por el tentador y con ello nos enseña que, para seguir tras sus huellas, deberemos superar las seducciones que nos llevan a elegir maneras más cómodas pero que no nos conducen al encuentro con el Padre.

En este propósito sabemos que no estamos solos: nos asiste la gracia de Dios, ese don gratuito, fruto de su amor a sus criaturas. En este tiempo en que queremos vivir convertidos y reconciliados, pidamos esa gracia con confianza; el Padre escucha a quien con espíritu pobre, se pone en sus brazos para superar las tentaciones.


Domingo 20 de Febrero
Subamos al monte...

Mt 17, 1-9 (Lecturas:Gn 2,1-4 y 2Tm 1,8-10)
2ºdomingo de cuaresma (A)

La liturgia de la palabra de este domingo, segundo de cuaresma, nos ofrece en el Evangelio uno de los episodios más misteriosos y espectaculares de la vida de Jesús: nos relata su transfiguración en presencia de los tres discípulos predilectos, quienes lo acompañarán también en uno de sus momentos más dramáticos, en el Huerto de los Olivos: junto a Él se encuentran Pedro, que será el primer Papa; Santiago, el primero de los Doce que morirá mártir y Juan, el último apóstol en abandonar este mundo.
Más allá del acontecimiento histórico, --el hecho realmente sucedió--, hay que tener presente que este episodio está colmado de simbolismos que intentaremos resumir en pocas palabras: la montaña, Moisés y Elías, la nube y la voz del cielo y a partir de ellos, nuestra bree reflexión:
La montaña nos recuerda el monte Sinaí: el lugar del encuentro entre Dios y Moisés, donde se selló la Antigua Alianza.
Hay que subrayar que las cumbres de las montañas constituyen un símbolo, y no solamente en la Biblia, sino en las culturas arcaicas. Un espacio sagrado. El lugar del encuentro con la divinidad, de la teofanía, de la manifestación de Dios. También en el Evangelio los grandes momentos suceden en la montaña: las Bienaventuranzas, el monte Calvario, la Ascensión: un lugar al que hay que subir. En ese ascenso hay que trabajar para llevar a cabo la purificación. Por eso, hoy Jesús nos invita a subir al monte a través de el ejercicio de la cuaresma. Del mismo modo, nuestra cuaresma tendrá que ser un avanzar hacia la conversión, iluminados por la fe, con la misma disponibilidad interior que caminó a Abraham, el padre de los creyentes, después de llamada de Dios: “salir de su tierra”, será para nosotros, salir de nuestros pecados...
Moisés y Elías, representan la ley y los profetas; es decir la totalidad de las Escrituras. Esto significa que toda la historia de Israel, simbólicamente, sube a la montaña y se dirige hacia Jesús para atestiguar que allí está el Mesías.
La nube: Para la mentalidad judía, es signo de presencia del Espíritu de Dios y de la gloria celestial, así como lo fue la columna de nubes que guió la marcha del pueblo hebreo durante el Éxodo.
La voz del cielo: “Éste es mi Hijo, el amado, el predilecto. ¡Escuchadlo!” . Aquí, como el la teofanía del bautismo de Jesús, está presente la Santísima Trinidad: las voz del Padre, la nube del Espíritu Santo y el Hijo amado. Así como en nuestro bautismo, la presencia e la Trinidad nos hizo nacer como hijos de Dios, en la transfiguración, en el umbral de la Pascua, nos preparara para nuestro segundo nacimiento, en la resurrección. Para ello hay que seguir a Jesús en el camino de la cruz.
Hoy, después de contemplar el misterio de la transfiguración, tratemos acompañar al Señor espiritualmente hasta el Huerto de los Olivos y la cruz.


Domingo 27 de Febrero

Jn 4, 5-42 (Lecturas:Ex 17,3-7 y Rm 5,1-2.5-8)
3er domingo de Cuaresma (A)
.
El tema central de la liturgia de la Palabra este domingo es el agua, que debido a su estrecha relación con el bautismo, nos recuerda que durante el tiempo de cuaresma, en la Iglesia de los primeros siglos, se preparaba a los catecúmenos para recibir el sacramento que los incorporaba a la comunidad eclesial.
El evangelista san Juan, con el relato del encuentro entre Jesús y la samaritana junto al pozo de Jacob, despierta en la memoria y en la consciencia de sus lectores un tema muy enraizado en la Biblia: el agua y su importancia para la vida del hombre y, a partir de ella, como figura o símbolo, su íntima unión con la vida espiritual, especialmente en el sacramento de la iniciación cristiana.
Sus lectores sabían que sin agua muchas regiones de Palestina no serían más que un desierto árido, un lugar de hambre y sed, donde la vida sucumbe. Ellos tenían un experiencia muy dura y penosa de las sequías. Por eso el agua en forma de lluvia era siempre una auténtica bendición de Dios.
En este contexto se inscribe el extenso diálogo del evangelio de hoy. Jesús se presenta a la samaritana y a nosotros como el profeta que trae el agua viva; el que apaga la sed. De esa manera el evangelista nos lleva a comprender que en definitiva, es Jesús quien colma los deseos y expectativas del hombre que busca sinceramente a Dios. ¡Él es el Mesías tanto tiempo esperado!
Así lo entendió la samaritana y así lo interpretaron los primeros cristianos. Por eso se valieron de este relato para catequizar a quienes pedían integrarse a la comunidad cristiana: su riqueza simbólica hacía posible iluminar y entusiasmar quienes querían seguir al Maestro y vivir como Él lo proponía.
También nosotros hoy, a partir de este relato, podemos descubrir que los hombres –como la samaritana--, tienen sed de infinito; y el evangelio nos dice que esa sed sólo la calma Dios, por intermedio de su Hijo, Jesucristo: el nos reveló al Padre y al Espíritu Santo y nos dejó su mismo cuerpo como alimento en la Eucaristía.
Teniendo presente estas indicaciones de la liturgia, advertimos que en el tiempo de cuaresma, junto con la actualización de los compromisos bautismales, tendremos que intensificar nuestra búsqueda sincera de Dios y con la penitencia y la oración, encontrarnos con Jesús, agua viva, para reconciliarnos con el Padre, y perdonados, continuar “bebiendo esa agua” que nos lleva a la vida eterna.


Domingo 6 de Marzo 
Abramos los ojos...

Jn 9,1-41 (Lecturas:1Sam 16,1b.6-7.10-13a y Ef 5,8-14)
 4º domingo de cuaresma (A)


El relato del evangelio de este domingo, -- largo, pero lleno de enseñanzas--, nos pone ante un milagro espectacular: un ciego de nacimiento recibe el don maravilloso de la vista. (Nosotros, que vemos, quizás no valoramos con toda su magnitud lo que significa disfrutar del azul del cielo, de una mirada que brilla de felicidad, de la sonrisa de un niño, del verde de los prados... y de tantas otras maravillas).
La narración tiene como punto de partida una vieja pregunta, tan antigua como la humanidad: ¿Quién es el culpable de una adversidad? Desde tiempo inmemorial se creía, y se afirma todavía hoy, que cuando un individuo sufre alguna desdicha está purgando alguna culpa. (Y... por algo será).
Si bien los judíos deberían haber sabido que en realidad no era así, ya que en el libro de Job, escrito casi medio siglo antes, su autor rechaza esa afirmación, demostrando que Dios no es un mercader: Job no sufre por sus pecados... No obstante, en tiempos de Jesús se continuaba pensando que a veces, Dios castigaba los pecados de los padres haciendo padecer a los hijos...
Es claro que la idea de un Dios vengador es falsa y no condice con la idea misma de Dios y más aún, después que Jesús nos lo reveló como un Padre misericordioso y lleno de ternura.
Jesús realiza este milagro, en primer lugar, para manifestarnos su amor y hacernos comprender que así como Él otorga a ese joven el don de la vista para que pueda ver y disfrutar de las realidades terrenales, de la misma manera regala a todos los hombres la posibilidad de ver las verdades sobrenaturales con los ojos iluminados por la fe. De esa manera Dios transforma nuestras vidas.
Sin embargo, esa transformación no será posible sin nuestra colaboración personal, como la prestada por el ciego de nacimiento, que siguiendo las palabras de Jesús fue, se lavó y creyó.
¿En este tiempo de cuaresma, cómo podemos actualizar nuestra colaboración? Recorriendo el mismo camino del ciego.
Fue: significará para nosotros movernos hacia la dirección justa, “cambiar”, convertirse, tener los mismos pensamientos de Cristo, creer en el Evangelio...
Lavarse: en este caso es sinónimo de purificarse recurriendo al sacramento de la reconciliación para lavar nuestros pecados.
Ese cambio y esa purificación agudizarán nuestra vista espiritual para “ver” y “sentir” mejor las verdades eternas; pero quienes se obstinan en el pecado, permanecerán en la obscuridad, sin la luz necesaria para descubrir en los acontecimientos de todos los días, la presencia reconciliadora y salvadora de Dios.
Hoy, en nuestro camino hacia la Pascua, pidamos a Dios que nos libere de la ceguera y cobardía, ésa que inmovilizó a los padres del ciego, y podamos con valentía asumir nuestras responsabilidades que nacen de la fe y del conocimiento del Evangelio.


Domingo 13 de Marzo
Jesús es la resurrección y la vida

Jn 11, 1-45 (Lecturas: EZ 37, 12-14 y Rom 8,8-11) 
5º domingo de Cuaresma. A

La resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús, según el evangelio de san Juan, es el último de los “signos” o milagros que Jesús realiza para continuar la revelación progresiva de su “ser mesiánico” antes del gran “signo” del milagro de la resurrección.
El relato, muy elaborado, está todo armado para manifestar adecuadamente el dominio de Jesús sobre la muerte, en el momento mismo en que esa muerte quiere apoderarse de Él.
Haciendo resucitar a Lázaro del sepulcro, Jesús demuestra precisamente ser el principio mismo y la causa de la resurrección. Por esa razón puede afirmar serenamente que “la enfermedad es para la gloria de Dios”; es decir, que la enfermedad y la muerte no tendrán la última palabra, porque Él les arrebatará a su amigo Lázaro.
El Maestro hace una vez más, una clara alusión a la misión que recibió del Padre, asegurando a sus discípulos que el momento de su muerte en la cruz aún no ha llegado. Jesús se alegra no haber estado presente en el momento de la enfermedad y muerte de Lázaro porque, ahora, resucitándolo, tendrá la oportunidad de consolidar la fe de los discípulos a su persona.
Luego de un diálogo vehemente con las hermanas de difunto, Jesús quiere despertar en ellas una profunda fe en su palabra y en la resurrección. De hecho ya entre los judíos piadosos, la resurrección era un tema de predicación y meditación, pero inspirados en la página de Ezequiel que, se lee hoy, aseguraban que era un don exclusivo de Dios.
En todo este relato, Jesús afirma que Él comunica al creyente la vida que no tiene fin y que es arrancada a muerte. Esa misma vida implica la resurrección de nuestros cuerpos mortales.
Esa manera misteriosa de expresarse de Jesús (el sepulcro, la piedra, las vendas, las lágrimas...) le dan un sentido aún más profundo del milagro: anunciar su definitiva glorificación, su resurrección en día de Pascua.
Este milagro tiene que aumentar en nosotros la fe en Jesús resucitado, que a veces puede tambalear ante las dificultades. Jesús se manifestó de muchas maneras que era el Mesías esperado, el Dios hecho hombre y nosotros creemos en Él; pero nuestra fe no puede reducirse a un sentimiento, sino, como afirma el apóstol Santiago en su Carta, tiene que concretizarse en hechos puntuales. Y estas obras no sólo deberán ser “cultuales” como ir a misa los domingos, confesarse, rezar novenas... sino que estarán relacionadas con la solidaridad con nuestros hermanos.
Si bien es cierto que compatibilizar el creer con el obrar no es tarea fácil, a cada uno de nosotros nos mueve la certeza que esta vida es un caminar hacia otra, hacia el encuentro con el Padre. De allá nace nuestra fuerza y nuestra esperanza.


Domingo 20 de Marzo
Domingo de Ramos- A

Lc 19,28-40(Lecturas: Is 50, 4-7 y Fil 2, 6-11 ) 
Pasión de nuestro Señor Jesucristo-


La liturgia de la palabra del Domingo de Ramos está centrada en la meditación de la historia de la Pasión del Señor.
En esta reflexión, deberíamos hacer el esfuerzo para unirnos a esa narración, que los cristianos, con amor y devoción, hemos venido recordando a partir del primer domingo de Pascua. Al fin y al cabo, aprender a sufrir por amor es una de las vivencias más importantes del cristiano.
Todo el relato está ambientado por las dos primeras lecturas que nos ayudan a comprender y apreciar mejor el gesto de Jesús que, dócilmente, se entrega a los verdugos para que cumplan la sentencia de Pilato.
En efecto, la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos dispone espiritualmente a esa dolorosa historia: Isaías, algunos siglos antes que suceda, anticipa lo que tendrá que padecer el Mesías. Cuando Isaías escribe parece que está viendo lo que padeció Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar para liberarnos del pecado.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos, redactada unos cincuenta años después de los hechos, reproduce un himno que ensalza la humildad de Jesús. En esas palabras descubrimos el amor y el agradecimiento de esos hombres y mujeres que seguían a su Maestro medio de tantas persecuciones. Estos cristianos, en lugar de sentirse humillados por su muerte violenta, se sienten iluminados por la Pasión-Resurrección del Señor.
El Evangelio es el relato de la Pasión. La historia más larga y completa del Evangelio. ¿Por qué está armada así de un modo tan unitario y tan clara? ¿Qué se propone el narrador?
La respuesta podemos encontrarla en una inquietud de los primeros cristianos: a ellos les preocupaba enormemente saber si la condena y la posterior muerte de Jesús eran, no sólo un rechazo de las autoridades religiosas y civiles judías, sino también el abandono de Dios. En otras palabras, ¿la cruz era o no un signo de maldición?
Ante este interrogante tan vital para los cristianos, la reflexión teológica de las primeras comunidades, guiadas por el Espíritu Santo, se centró en el recuerdo de los hechos que sucedieron en la semana de Pascua y en las palabras de los profetas que los habían anunciado. Por eso los recuerdan escuetamente, sin comentarios, dejando que cada uno se admire por el amor que Dios manifestó a los hombres entregando a su Hijo para que muriera en la Cruz.
Allí descubrieron que la Pasión de Jesús no era algo inesperado o una sorpresa, sino la consecuencia de su obediencia al Padre y su amor infinito por los hombres.
Ante este relato, tratemos de meditar, revivir e imitar este sublime gesto de amor de Cristo.
Él nos enseña a ser fieles a nuestras convicciones, aunque nos puedan costar la vida: el martirio, físico o espiritual, es una posibilidad siempre abierta en la vida cristiana. Jesús nos enseña con su ejemplo a asumir el sufrimiento proveniente de nuestra fidelidad, como un camino de redención. Padecer por quien se ama es el mayor gesto de amor.
Lc 19,28-40(Lecturas: Is 50, 4-7 y Fil 2, 6-11 ) Pasión de nuestro Señor Jesucristo-Domingo de Ramos- A

La liturgia de la palabra del Domingo de Ramos está centrada en la meditación de la historia de la Pasión del Señor.
En esta reflexión, deberíamos hacer el esfuerzo para unirnos a esa narración, que los cristianos, con amor y devoción, hemos venido recordando a partir del primer domingo de Pascua. Al fin y al cabo, aprender a sufrir por amor es una de las vivencias más importantes del cristiano.
Todo el relato está ambientado por las dos primeras lecturas que nos ayudan a comprender y apreciar mejor el gesto de Jesús que, dócilmente, se entrega a los verdugos para que cumplan la sentencia de Pilato.
En efecto, la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos dispone espiritualmente a esa dolorosa historia: Isaías, algunos siglos antes que suceda, anticipa lo que tendrá que padecer el Mesías. Cuando Isaías escribe parece que está viendo lo que padeció Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar para liberarnos del pecado.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos, redactada unos cincuenta años después de los hechos, reproduce un himno que ensalza la humildad de Jesús. En esas palabras descubrimos el amor y el agradecimiento de esos hombres y mujeres que seguían a su Maestro medio de tantas persecuciones. Estos cristianos, en lugar de sentirse humillados por su muerte violenta, se sienten iluminados por la Pasión-Resurrección del Señor.
El Evangelio es el relato de la Pasión. La historia más larga y completa del Evangelio. ¿Por qué está armada así de un modo tan unitario y tan clara? ¿Qué se propone el narrador?
La respuesta podemos encontrarla en una inquietud de los primeros cristianos: a ellos les preocupaba enormemente saber si la condena y la posterior muerte de Jesús eran, no sólo un rechazo de las autoridades religiosas y civiles judías, sino también el abandono de Dios. En otras palabras, ¿la cruz era o no un signo de maldición?
Ante este interrogante tan vital para los cristianos, la reflexión teológica de las primeras comunidades, guiadas por el Espíritu Santo, se centró en el recuerdo de los hechos que sucedieron en la semana de Pascua y en las palabras de los profetas que los habían anunciado. Por eso los recuerdan escuetamente, sin comentarios, dejando que cada uno se admire por el amor que Dios manifestó a los hombres entregando a su Hijo para que muriera en la Cruz.
Allí descubrieron que la Pasión de Jesús no era algo inesperado o una sorpresa, sino la consecuencia de su obediencia al Padre y su amor infinito por los hombres.
Ante este relato, tratemos de meditar, revivir e imitar este sublime gesto de amor de Cristo.
Él nos enseña a ser fieles a nuestras convicciones, aunque nos puedan costar la vida: el martirio, físico o espiritual, es una posibilidad siempre abierta en la vida cristiana. Jesús nos enseña con su ejemplo a asumir el sufrimiento proveniente de nuestra fidelidad, como un camino de redención. Padecer por quien se ama es el mayor gesto de amor.


Domingo 27 de Marzo
(Pascua de Resurrección del Señor)

Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
¡Jesús vive!


Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!.
La resurrección de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.
Imagínense lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado. Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el mundo.
En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio que anuncian.
El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a la vida eterna para nunca más morir.
Hoy nosotros que vivimos el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar hacia las alturas.
La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor, que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con su cuerpo en el momento de la comunión.
Como resultado de esa fe, también de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien".
Lo lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente". Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de Jesús para compartir su gloria.

Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!.
La resurrección de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.
Imagínense lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado. Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el mundo.
En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio que anuncian.
El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a la vida eterna para nunca más morir.
Hoy nosotros que vivimos el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar hacia las alturas.
La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor, que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con su cuerpo en el momento de la comunión.
Como resultado de esa fe, también de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien".
Lo lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente". Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de Jesús para compartir su gloria.

Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!.
La resurrección de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.
Imagínense lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado. Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el mundo.
En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio que anuncian.
El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a la vida eterna para nunca más morir.
Hoy nosotros que vivimos el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar hacia las alturas.
La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor, que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con su cuerpo en el momento de la comunión.
Como resultado de esa fe, también de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien".
Lo lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente". Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de Jesús para compartir su gloria.

Jn 20,1-9 (Lecturas Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
¡Jesús vive!
Estamos celebrando la fiesta de Pascua. Una fiesta que nos llena de alegría. Ya la tristeza del Viernes Santo se convirtió en gozo. ¡Jesús vive!.
La resurrección de Jesús, es el acontecimiento que cambió la historia de la humanidad.
Imagínense lo que serían hoy los medios de comunicación, especialmente la televisión, si un condenado a muerte, después de haber sido ejecutado, apareciera caminando por su casa, por su barrio y hablara con sus amigos. Sería ¡la noticia! Eso es precisamente lo que sucedió el domingo de Pascua: un condenado injustamente a muerte en la cruz, se hizo presente en la cena de sus amigos y comió con ellos pescado asado. Ese condenado era Jesús. Obviamente, sus amigos salieron a gritarlo por todo el mundo.
En nuestra reflexión intentaremos superar los detalles que aparecen en los relatos y trataremos detenernos en la contemplación de ese inmenso misterio que anuncian.
El Evangelio, mencionando lo que sucedió ese amanecer, nos confirma esa verdad. A partir del sepulcro vacío, las vendas y las sábanas abandonadas en el lugar, Pedro y Juan vieron y creyeron. Son testigos de esos acontecimientos y a partir de allí, los transmiten a todos los hombres. Además, en ese mismo momento hacen un enorme descubrimiento: la muerte no es definitiva, es sólo un paso a la vida eterna para nunca más morir.
Hoy nosotros que vivimos el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor, tendremos que esforzarnos en comprender que a partir de la Pascua, hubo un nuevo amanecer de la humanidad y cuyas consecuencias nos las recuerda el apóstol Pablo, en la segunda lectura: Jesús resucitó y nosotros participamos de esa resurrección. Por lo tanto, es obvio que busquemos las cosas de arriba, las del cielo, porque a partir de nuestra fe en la resurrección ya no tiene sentido que vivamos apegados a las realidades terrenales... esas sí acabarán con la muerte. No nos acompañarán al sepulcro. Aún más, no nos permiten volar hacia las alturas.
La fiesta de hoy debe abrirnos a la esperanza y al amor, que más que un sentimiento, tendrá que ser una actitud solidaria con quienes nos rodean, porque a Jesús no hay que buscarlo entre los muertos sino que vive entre nosotros y, en modo especial, está presente en toda comunidad que celebra la Eucaristía recordando su muerte y resurrección y por ese misterio inaudito, se alimenta con su cuerpo en el momento de la comunión.
Como resultado de esa fe, también de nosotros tendría que decirse lo que escribe san Lucas en los Hechos: "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien".
Lo lograremos si estamos compenetrados de la fe en la resurrección y si vivimos en las palabra del Señor: "el que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente". Es decir, si nos alimentamos frecuentemente de la Eucaristía y de la palabra de Dios. De esa manera, viviremos haciendo el bien y caminaremos al encuentro de Jesús para compartir su gloria.


Domingo 03 de Abril
Segundo Domingo de Pascua “A”

 jn. 20,19-31 (Lecturas Hechos 2,42-47 y 1Pe 1,3-9)
Dichosos los que creen sin haber visto”


“Dichosos los que creen sin haber visto”
La liturgia de la Palabra de hoy, después del asombro y la alegría del domingo pasado, en que
experimentamos junto con los discípulos, el gozo por el anuncio que Jesús vive, nos vuelve a llenar de estupor y admiración por la visita inesperada del Maestro a sus amigos; pero al mismo tiempo nos llama a la fe y a dar frutos, como les exigió a los suyos mientras cenaban.
En la Primera y en Segunda Lectura, resuena con fuerza el eco de la fe de las primeras comunidades, unidas fuertemente por el amor al Resucitado: la certeza de la resurrección de Jesús y de su propia resurrección, los empuja a confiar en la misericordia de “aquel que murió y resucitó por nosotros”, y al mismo tiempo, de acuerdo a sus posibilidades, a poner sus bienes al servicio de todos. Pueden hacerlo porque ya viven oteando el horizonte, exsultantes y ansiosos por reencontrarse con el Maestro.
Sin embargo, el Evangelio de hoy, en su segunda parte, deja entrever ciertas fisuras en la fe de los discípulos y en algunos miembros de las primeras comunidades: Tomás, además de ser el paradigma del hombre incrédulo, representa a todos ellos. Exigió ver para creer. Y Jesús se lo reprocha a él y a todos los que seguirán su ejemplo; pero también hace brotar de los labios de Jesús una bienaventuranza que nos incluye y consuela a todos: “Dichosos los que creen sin haber visto”.
A partir de esas palabras del Maestro y de la experiencia vivida en la semana de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, cada uno de nosotros debe encontrar el momento oportuno para expresar su fe y compartirla con los hermanos que necesitan de nuestro apoyo y testimonio que se manifestará también en obras de solidaridad.
Allí nace el desafío de ser cristianos. La resurrección prueba su verdad en la transformación de la vida de los que creen. Ya no es lo mismo vivir para desaparecer para siempre con la muerte, que vivir con la esperanza de acompañar eternamente Maestro en su gloria. Además, el caminar por este mundo en medio de las dificultades y sufrimientos, será más llevadero cuando se siente el espaldarazo de la solidaridad, transformada en amor que disipa la soledad y acompaña el peregrinar en la esperanza.
Hoy nosotros, mientras profesamos nuestra fe en la resurrección, propongámonos cambiar nuestra manera de pensar y de vivir, manifestando ese propósito con hechos concretos. Todos sabemos donde nos aprieta el zapato, por eso cada celebración eucarística, además de nutrirnos con el cuerpo y la sangre del Señor resucitado, tiene que ser el punto de partida, (o la continuidad más plena) de una vida llena de buenas obras, que serán nuestra corona de gloria en le cielo.


Domingo 10 de Abril
Tercer Domingo de Pascua “A”

Lc 24,13-35 (Lecturas Hechos 2,22-33 y 1Pe 1,17-21)
Jesús resucitado se revela en la Eucaristía


En la Liturgia de la Palabra de este domingo, el anuncio de Jesús resucitado lo escucharemos de tres maneras diferentes, pero siempre como el testimonio de personas que lo han visto con sus propios ojos. Por eso tienen el sello de la autenticidad y de la credibilidad y nos invitan a abrir nuestro espíritu a su mensaje de esperanza.
Pedro, en la Primera Lectura, proclama ante sus compatriotas judíos que ellos son los responsables materiales y morales de la crucifixión y muerte del Señor; pero Dios lo glorificó haciéndolo salir glorioso del sepulcro. Esta breve afirmación encierra una síntesis muy escueta del credo de las comunidades apostólicas.
Luego, en la Segunda Lectura, nuevamente san Pedro pero esta vez dirigiéndose a los paganos, les anuncia en otros términos la misma Buena Nueva: Jesús vive y vive para siempre. Además, les asegura que ése será su futuro: también ellos resucitarán y acompañarán a Jesús en su triunfo y en su gloria.
Corona este anuncio el precioso relato de san Lucas en que narra el encuentro de Jesús resucitado con los caminantes a Emaús: dos discípulos, decepcionados por el desenlace trágico de la vida de Jesús, regresan a sus tareas cotidianas pensando que el sueño mesiánico que ellos acunaron había concluido.
De las tres lecturas se pueden sacar varias enseñanzas para nuestra vida cristiana; pero lo que surge inmediatamente es que la fe en Jesús resucitado, nace a partir de un encuentro personal con el Resucitado, saber escuchar sus palabras mientras se camina en la vida y en compartir asiduamente la Eucaristía. Quizás en las dos primeras lecturas esa idea no aparezca tan transparente; pero en el testimonio de Lucas no quedan dudas: después de caminar escuchándolo durante todo el día, en el momento de partir el pan, Jesús se hace presente y se manifiesta.
Todo esto nos sugiere que saber descubrir a Jesús, que camina con nosotros y se revela a la comunidad en el momento de partir el pan, es la clave para vivir la fe en Jesús resucitado. Por eso deberemos tener los oídos atentos para escuchar la palabra de Dios que se proclama en las celebraciones eucarísticas y, a partir de ella, movilizarnos y ponernos en camino para cambiar nuestras vidas y manifestar que creemos en la vida futura. Para los discípulos cambiar y regresar a Jerusalén fue volver a la Iglesia, para nosotros volver a Jerusalén será reconciliarnos y llegar a la casa del Padre para compartir la gloria con el Hijo.
Pero cuando se habla de escuchar la Palabra, debemos saber que con oír el anuncio no basta. A veces, la oímos casi por curiosidad, sin comprenderla ni asimilarla. Ése es precisamente el reproche que Jesús les hace a los discípulos y a cada uno de nosotros: ellos conocían las Escrituras, pero no la habían entendido, nosotros también la conocemos, pero no la vivimos.
De todo esto queda claro que puede existir una gran semejanza entre los discípulos de Emaús y nosotros: en ellos hay una gran decepción y en nosotros a veces también. Ellos se habían hecho una idea de Jesús pero la realidad fue diferente... Quizás también nosotros, a veces, nos formamos una idea de Jesús y de su Iglesia que no se ajusta a la verdad y cuando los hechos nos llaman a la realidad, nos sentimos desilusionados. Ante esta situación, Jesús no nos deja solos. Camina con nosotros al ritmo de nuestro dolor, de nuestras desilusiones y nos abre los oídos y los ojos para descubrir su verdadera imagen. Sentimos que Él está aquí en medio de nuestra comunidad para comunicarse en la Eucaristía y así también caminar al ritmo de nuestra alegría. Aprendamos, entonces, a celebrarla con gozo y recogimiento y sentiremos la presencia del Señor que nos habla a través de los gestos y las palabras.


Domingo 17 de Abril
Cuarto domingo después de Pascua “A”

Jn 10,1-10 (Lecturas Hechos2,14.36-41 y 1Pe 2,20-25)
El buen Pastor


El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.
El buen Pastor
El cuarto domingo de Pascua es tradicionalmente el día del buen Pastor. Un día en que la Iglesia universal ruega de un modo especial por los Pastores y, además, pide al Dueño de la mies que envíe nuevos pastores a su Iglesia, para que tomen la antorcha de las manos de quienes llama a gozar el premio eterno y continúen así su obra evangelizadora.
El título y las imagen del buen Pastor referida a Jesús, especialmente en ambientes de ciudades corre el riesgo de pasar a significar un simple título romántico, cuando en realidad se trata de una verdad muy rica teológicamente, con un profundo arraigo en la Sagrada Escritura y con muchas implicaciones espirituales.
Esa imagen del buen Pastor referida a Jesús, además de las muchas referencias que se encuentran en el Antiguo Testamento, está fundamentada especialmente en la página del Evangelio que se lee este domingo; aunque también podemos encontrar alguna alusión en la Primera y Segunda Lectura.
En efecto, san Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, llama a sus oyentes a aceptar la conducción de Jesús Resucitado, liberándose por su gracia de la esclavitud del pecado, bautizándose en el nombre del Señor Jesús.
Luego, en la Segunda Lectura, tomada de una carta del mismo Pedro, dirigida posiblemente a los esclavos paganos convertidos al cristianismo, les recuerda que antes del bautismo y por lo tanto, antes de pertenecer a la Iglesia, eran como ovejas errantes, mientras que ahora Jesús es el Pastor que con amor y providencia, los conduce a la felicidad después de soportar las penas y sufrimientos de la vida.
Volviendo al Evangelio, vemos cómo san Juan dibuja el perfil exalto del buen Pastor: Él llama por su nombre a las ovejas y las conduce a los “pastos eternos”, camina en medio de ellas y las salva y les da vida en abundancia. En otras palabras, Jesús, el buen Pastor, es el guía, el conductor, el salvador, el jefe que dirige a la comunidad eclesial a la santidad y a la salvación. Nosotros participamos de esa comunidad eclesial, así que carga también en sus espaldas a cada uno de nosotros para liberarnos del pecado.
Esta gran realidad teológica y espiritual, consecuencia de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, nos invita a orar por nuestros pastores. El primero que viene a la memoria, y no podía ser de otra manera, es el Vicario de Cristo, el Papa; luego los sucesores de los apóstoles, los obispos y sus colaboradores en el pastoreo de las almas, los sacerdotes. La Iglesia necesita pastores santos. Y los hay. Anónimos, quizás; pero que están dispuestos, como Jesús a dar su vida por las ovejas. Sólo que el número es cada vez menos y sin ellos no hay sacramentos: Es como si le faltaran las manos a Jesús para consagrar y repartir el pan, para absolver y bendecir...
Pidámosle a la Dueño de la mies que se multipliquen los sacerdotes santos para que con sus vidas, sus enseñanzas, con su testimonio cotidiano iluminen a nuestra sociedad. Pero no los dejemos solos. Como creyentes, como seguidores del Maestro de Galilea, escuchemos sus palabras y sus enseñanzas. De la comunión de los Pastores con su grey depende la santidad de la comunidad, depende la santidad de cada uno de nosotros y depende también la eficacia del testimonio de la Iglesia en el mundo. No olvidemos tampoco, que Dios llama y cuenta con nuestra generosidad y disponibilidad para continuar guiando a su Iglesia.


Domingo 24 de Abril

Quinto domingo de Pascua “A”

Jn 14,1-12 (Lecturas Hechos 6,1-7 y 1Pe 2,4-9) 
 Crisis de crecimiento

En este quinto domingo de Pascua continuamos disfrutando el gozo pascual de la Resurrección del Señor; pero estamos esperando también al Espíritu Santo que nos llenará con su presencia en el día de Pentecostés, ya próximo. (23 de mayo).
En este clima espiritual, la liturgia de la Palabra de hoy nos invita a concentrar nuestra atención en el misterio de Cristo, “camino, verdad y vida”. Un misterio que nos manifiesta cada vez más la voluntad y el amor salvador de Dios Padre. Este mensaje tan lleno de esperanza lo podemos sintetizar en estos términos:
-- La bondad y el amor de Dios hacia los hombres se manifiesta en que Jesús, Dios hecho hombre, se ofrece y muere en la cruz por nosotros (Ev.).
-- Pero ese amor salvador, después de la resurrección, se concretiza en la formación de una comunidad de salvación que es la Iglesia, formada por todos los bautizados. (1ª y 2ª lectura).
La Primera Lectura, en efecto, nos mostró cómo a partir de una situación de tensión (casi de enfrentamiento) dentro de la comunidad eclesial, los apóstoles llegan a una conclusión positiva dentro del anuncio de Jesús: descubren y valorizan los roles o ministerios. Primero la oración y el anuncio del Evangelio del Señor resucitado; después la “diaconía”, y a partir de esta reflexión, eligen a siete hombres de la comunidad que llaman “diáconos” es decir, servidores... En cambio, en un tono muy fraterno, la Segunda Lectura nos ofrece una estupenda imagen de la Iglesia fundada por Jesús, su piedra fundamental. Allí descubrimos cómo el bautismo nos integra a una comunidad participativa, donde cada bautizado cumple su rol específico.
El Evangelio, por su parte, nos hace regresar al Cenáculo, al Jueves Santo, para escuchar un párrafo del testamento espiritual de Jesús que se revela como el guía seguro hacia el encuentro con el Padre. Es el camino, la verdad y la vida.
Lo primero que surge para nuestra meditación a partir de estas reflexiones, es que desde el inicio mismo de la Iglesia se constituyen tres estructuras básicas y diferenciadas: a) el servicio litúrgico de la oración, Eucaristía o “fracción del pan”; b) el servicio de la Palabra como predicación y evangelización y c) el servicio de asistencia a los pobres, como resultado o consecuencia de los dos primeros.
No faltaron con el correr de los siglos las tensiones para determinar las jerarquías. ¿Cuál era la más importante? Para san Lucas no quedan dudas: oración-anuncio-servicio a los pobres. En otras palabras, una fe profunda en Jesús resucitado, nutrida con la oración y la Palabra de Dios, garantiza un compromiso efectivo con los pobres. Esto debe quedar muy claro entre nosotros. Cuando se cambia el orden y la importancia aparecen las dificultades.
En segundo lugar, debemos pensar que esa misma actitud lleva a que cada cristiano se constituya en un verdadero ministro. De allí la enseñanza de la Segunda Lectura que nos revela el sacerdocio común de los bautizados: quien estuvo purificado por la oración y la Palabra de Dios, tiene que prestar algún servicio a la comunidad; es decir, participar de alguna manera al sacerdocio de Cristo.
Finalmente, en su testamento espiritual, Jesús nos recomienda ante todo la unidad como resultado del amor y la conducción que Él ejerce dentro de la comunidad eclesial. Dentro de este clima nos exhorta, además, a que confiemos en Él. Va a prepararnos una morada, un lugar en la casa del Padre. Luego volverá. Nosotros estamos seguros que será así, porque confiamos y creemos en su palabra; mientras tanto, vivamos en el amor y en la caridad, orando y meditando su palabra.


Domingo 1° de Mayo

Sexto domingo de Pascua “A”

Jn 14,15-21 (Lecturas Hechos 3,5-8 y 1Pe 3,15-18)
Preparándonos a recibir el Espíritu Santo.


Éste es el último domingo del tiempo de pascua. Si bien aún vivimos en el clima pascual, los textos de la liturgia de la Palabra, como el domingo pasado, continúan preparándonos para la gran fiesta de Pentecostés, donde toda la Iglesia será iluminada y fortalecida por la presencia del Espíritu Santo.
Desde esa perspectiva, la Primera Lectura, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos permite reflexionar sobre algunas verdades muy importantes para la vida de la Iglesia y de nuestra vida cristiana. Vemos aparecer con gran vigor su compromiso misionero: la persecución que padecen los cristianos de Jerusalén los obliga a dispersarse en las regiones vecinas y, llevados por el entusiasmos, comienzan a anunciar entre sus pariente, amigos y conocidos la Buena Nueva de Cristo resucitado.
El éxito de este anuncio se manifiesta y se concretiza en formación de nuevas comunidades cristianas en la región de Samaría. Al enterarse de este florecer y de los bautismos del diácono Felipe, la comunidad madre de Jerusalén, delega a Pedro y a Juan para que, imponiéndoles las manos, completen la obra de Felipe y así los bautizados reciban un modo especial los dones del Espíritu Santo.
Es sumamente importante que la subrayemos y meditemos esta información que nos consigna el autor del libro de los Hechos: indica, ante todo, que ya a los inicios de la Iglesia, en las primeras comunidades, había una clara consciencia de la jerarquía y de los roles específicos de cada uno de sus miembros. Felipe, aunque ejerce el ministerio de la predicación y bautiza, llama a los apóstoles, sus superiores en el ministerio, para que completen la obra que él había iniciado. En otras palabras, admite no tener la plenitud del sacerdocio, respetando así el orden jerárquico.
Por otra parte, este texto en un claro testimonio que ya en las primeras comunidades, se recibía al Espíritu Santo con un signo (un sacramento) en el que se imponía las manos. Se trataba de lo que hoy llamamos “sacramento de la confirmación”.
Cabe destacar la importancia que tenía para los primeros cristianos este sacramento que actualmente quizás, está algo desvalorizado; aunque es justo consignar también que con motivo del Gran Jubileo, en el año del Espíritu, se hicieron grandes esfuerzos para restituirle su justa dimensión.
También la Segunda Lectura y el Evangelio, con la vista puesta en la fiesta de Pentecostés, nos llaman a valorizar la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, para que tomemos consciencia de este inmenso don: el Espíritu Santo no es una simple gracia, sino una Persona divina. Dios como el Padre y como el Hijo. Es el Paráclito, el defensor, que tiene como misión, entre otras, de sostener a la Iglesia en todas las circunstancias de su vida. (Téngase en cuenta que el término griego “paracleto” (paráclito), se utilizaba para denominar el poste que sirve de guía o tutor que se pone junto a las cepas para que crezcan derechas).
La vida de la Iglesia y su historia milenaria no sería comprensible ni explicable sin la asistencia de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Sin su presencia no habría sobrevivido por mucho tiempo: la mantuvo en medio de las persecuciones; la iluminó en los momentos obscuros, en las dudas, en las herejías, cuando surgieron dificultades para comprender correctamente el mensaje de Jesús; la reconcilió con el Padre y el Hijo en los momentos de infidelidad, cuando el fervor y el empuje de los primeros tiempos se enfrió.
Hoy, mientras caminamos hacia Pentecostés, pidamos a María que nos ayude a ser dóciles a las insinuaciones del Espíritu Santo.


Domingo 08 de Mayo
Septimo domingo Pascua "A" -

Mt 28,16-20 (Lecturas Hechos 1,1-11 y Ef 1,17-23) 
 Ascención del  Señor

Vayan por todo el mundo...
La liturgia de hoy presenta el misterio de la Ascensión del Señor desde el punto de vista histórico, cristológico y eclesial.
Desde el punto de vista histórico, lo encontramos en la primera lectura en el relato de la despedida de Jesús de sus discípulos. Con ella, se cumple una de las etapas de la historia de la salvación: Jesús, después de haberse hecho hombre, anunciado el Evangelio, muerto y resucitado, ha dejado de estar en medio de sus discípulos y de la comunidad eclesial de una manera visible en su aspecto físico,.
En cambio, el aspecto teológico lo vemos en la segunda lectura, cuando reflexionamos y contemplamos a Jesús junto al Padre, revestido de dignidad real, sacerdotal, intercediendo por nosotros y enviándonos el Espíritu Santo.
Por su parte, san Lucas en el Evangelio de hoy, nos muestra el aspecto eclesial del misterio. Vista desde este punto, la fiesta de la Ascensión es el inicio del tiempo de las comunidades cristianas y el tiempo del testimonio: un llamado a cada bautizado a anunciar el Evangelio.
Los tres aspectos son sumamente importantes para nuestra vida cristiana: Jesús se despide bendiciéndonos, para representarnos junto al Padre, para que podamos ser testigos de la Resurrección y para indicarnos el camino que conduce al Padre e invitándonos a seguirlo.
No obstante la importancia de los temas arriba citados, en esta fiesta es muy importe que subrayemos especialmente el aspecto misional y de testimonio. A partir de la Ascensión del Señor, cada bautizado tiene que ocupar el lugar de Jesús en el anuncio del reino. Esa misión tiene que ser el resultado de nuestra fe en la Resurrección. En efecto, si creemos que Cristo vive, no sólo debe cambiar nuestra actitud ante la vida y la muerte, sino que tenemos que manifestarlo con nuestro comportamiento cotidiano y con nuestras palabras.
El hecho que en este acontecimiento, la Iglesia haya recibido solemnemente el mandato de anunciar la Buena Nueva del Evangelio, dio motivo para que hoy se celebre la Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social.
De esa manera, la Iglesia, uniendo la fiesta de Ascensión del Señor con la Jornada de los medios de comunicación quiso que todos los cristianos tomaran consciencia de su importancia en la misión evangelizadora. En efecto, ya no bastará anunciar a Cristo resucitado con nuestra palabra y con nuestro testimonio personal, sino que hay que servirse de los medios muy eficaces como lo son la prensa, la radio, el cine y la televisión.
La misión del apóstol --nuestra misión-- es llegar a todos. Y llegaremos a todos si actualizamos la metodología para anunciar el Evangelio.
No podemos permitirnos el lujo de quedarnos indiferentes ante las posibilidades y la eficacia de los Medios de Comunicación Social. Como cristianos comprometidos con el anuncio de Jesús, tenemos que valernos de ellos para que el Evangelio llegue a los más alejados; a quienes nunca frecuentan la Iglesia.
Esa es una tarea específica de los laicos: buenos periodistas, competentes directores de radio, cine, televisión. Ellos serán los que apoyarán y difundirán el mensaje de los pastores. De esa manera, juntos con ellos, cumpliremos mejor con el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".


Domingo 15 de Mayo

Jn 20,19-23 (Lecturas Hechos 2,1-11 y 1Cor 12,3-7.12-13)

Pentecostés
Nace un nuevo pueblo


La fiesta de Pentecostés es un día de gran alegría espiritual ya que se celebra el nacimiento de la Iglesia, y, además, con este acontecimiento, inicia la tercera y última etapa de la historia de la salvación que comenzó en el momento de la creación del mundo con la opción equivocada de Adán y Eva; continuada con la Encarnación del Hijo de Dios y que concluirá con la Parusía, con el regreso triunfante de Jesús Resucitado...
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En efecto, hoy recordamos y actualizamos su presencia en la Iglesia, en la historia de la humanidad y en cada uno de nosotros. Y eso es precisamente lo que nos enseña la liturgia de la Palabra de hoy.
La primera lectura nos recuerda el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo. Es decir, su manifestación visible, sensible, palpable. Una verdadera teofanía. Una señal de la presencia de Dios representada en el viento huracanado y en el fuego, signos a los que recurre la Sagrada Escritura cuando quiere describir una manifestación evidente de Dios.
A partir de ella, san Lucas nos describe los efectos transformadores del Espíritu en los discípulos y en toda la comunidad eclesial reunida en oración en el Cenáculo. Vemos cómo infunde en ellos valor y coraje para anunciar a Cristo resucitado con la palabra y con el testimonio de sus vidas. Además, otra consecuencia importante de la presencia del Espíritu Santo está representada en el hecho que si bien los apóstoles hablaban en su lengua natal (arameo) los oyentes, de diferentes países e idiomas, los entendían perfectamente. El autor quiere resaltar con ello que desde su mismo nacimiento, la Iglesia abre el diálogo y se comunica con todos los pueblos.
Por otra parte, en Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo que sucedió en la Torre de Babel. Allí el pecado causa la incomunicación y la dispersión, ya que al no comprenderse, los pueblos se separan y recorren un camino de rivalidades y de guerra. En cambio, con la llegada del Espíritu Santo, su presencia unificadora es motivo de comunicación, de diálogo y pacificación.
La segunda lectura enriquece y completa el mensaje anterior. En síntesis, nos enseña que no obstante la diversidad en los carismas, en los dones y en las cualidades personales, existe en la Iglesia una unidad inquebrantable. Nos confirma que en la Iglesia y en la vida no somos iguales; pero sí, somos uno en Cristo, reunidos precisamente por el Espíritu Santo.
En el Evangelio, la afirmación de Jesús “Recibid el Espíritu Santo” evoca el momento de la creación. Allí el Espíritu aleteaba sobre las aguas, infundiéndoles vida; aquí indica que con la asistencia del Espíritu Santo se realiza una nueva creación. Nace un nuevo pueblo, la Iglesia, y en nosotros, reconciliados, una nueva vida. Por eso, hoy deberá producirse en nosotros un profundo cambio interior, una verdadera transformación y a partir de ella, sentirnos más Iglesia; es decir, una comunidad reunida por el Espíritu Santo, unidos en los mismo ideales, fortalecidos por dentro y valientes para anunciar a Jesús resucitado.


Domingo 22 de Mayo
Jn 3,16-18 (Lecturas Ex 34,4-6.8-9 y 2Cor 13,11-14)

Santísima Trinidad
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...


Hoy recordamos y veneramos el misterio del Ssma. Trinidad. Un misterio que Jesús mismo ha revelado durante su vida pública, en su predicación. Un misterio que como tal, no puede ser comprendido ni por la mente humana ni por los ángeles, por el simple motivo que Dios es incomprensible. Sin embargo, en ese misterio vislumbramos el Amor creador, redentor y santificador de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo y habita en de quienes viven en gracia, reconciliados con su creador y con sus hermanos.
Podemos atisbar apenas este misterio a partir de lo que nos dice la Sagrada Escritura, a lo largo de la historia de la salvación. Algunas de esas páginas se han leído hoy en la celebración eucarística y nos sirven de punto de referencia para contemplar el misterio que, como se puede fácilmente apreciar, tienen al amor como el motivo conductor, el hilo que las une, transmitiéndonos de esa manera un mensaje de alegría y esperanza.
En efecto, en la primera de ellas, Dios mismo se califica como "Dios misericordioso y piadoso, lento en la ira y rico en gracia y fidelidad". Ante esta afirmación, Moisés animado por la gracia que cree haber encontrado delante los ojos de Dios, le pide que se digne caminar en medio de su pueblo, que lo perdone de su culpa y lo tome como su herencia. Esto nos permite apreciar, cómo ya en los inicios de la revelación, Dios se manifiesta a su pueblo como un Padre lleno de amor. Así lo perciben los judíos que confían plenamente en su palabra, en su perdón y en su misericordia.
En la segunda lectura, san Pablo, siguiendo en el mismo tono, pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento, resume las exhortaciones a sus lectores con cinco imperativos: “Permaneced alegres, tended a la perfección, confortaos mutuamente, vivid en comunión (unidos) y en paz”.
Estos cinco imperativos giran alrededor del amor recíproco y se fundamentan en el amor de Dios. El Apóstol, completando su pensamiento, les asegura además que si cumplen esas exhortaciones, el amor de Dios y la paz estará con ellos. También el augurio final, (verdadera profesión de fe trinitaria) destaca el amor de Dios hacia la humanidad redimida, encuadrándolo entre la gracia de Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, una frase a la que la liturgia recurre muchas veces como saludo inicial en las celebraciones eucarísticas.
Estas exhortaciones deben calar profundamente en nuestro espíritu y animarnos a vivir con el mismo compromiso fraternal de las primeras comunidades cristianas, con la certeza que nuestra vida cotidiana será colmada de paz y serenidad.
En el Evangelio san Juan nos recuerda un párrafo de la catequesis de Jesús a Nicodemo y nos presenta la encarnación del Hijo de Dios como fruto y expresión acabada del amor de Dios a los hombres.
En síntesis, todas las lecturas bíblicas de hoy, nos hablan del Amor de Dios, porque el misterio de la Ssma. Trinidad que celebramos es, esencialmente, un misterio de Amor, sublime e incomprensible, que nos ayuda a comprender en parte el plan salvífico de Dios.
Pero, más que tratar de comprender este misterio, tratemos de vivirlo y adorarlo en sus tres personas, Padre, Hijo y E. Santo: Así veremos el amor de Dios expresado en su paternidad creadora; en su actividad redentora y reveladora del Hijo y en la obra santificadora del Espíritu Santo. Este debe ser nuestro pensamiento cada vez que manifestamos muestra fe, santiguándonos en el nombre del Padre, del Hijo y del E. Santo.


Domingo 29 de Mayo
Jn 6,51-58 (Lecturas Dt 8,2-3.14-16 y 1Cor 10,16-17) 

Corpus Crhisti

Hoy la Iglesia contempla y celebra el misterio de la presencia real, verdadera y substancial de Jesús resucitado bajo las especies de pan y vino. Esta verdad, definida como dogma de la Iglesia católica en el Concilio de Trento, es innegable, no sólo por el hecho de su definición, sino porque Jesús mismo, a lo largo de su predicación así lo reveló. Pero sólo lo podemos ver y creer con los ojos de la fe.
Por otra parte, esta definición tan categórica de la Iglesia no es más que la respuesta a las negaciones de Lutero, Calvino y Zwinglio, por citar a los más conocidos; porque en realidad, hubo muchos momentos en la historia en que se dudó de la presencia de Jesús resucitado bajo las especies de pan y vino. (El mismo capítulo 6º de san Juan es un indicio de esas dudas. Allí encontramos las respuestas del evangelista a las perplejidades de su comunidad, quien, para catequizarla, recurre a las palabras y el milagro de Jesús).
Pero así como hubo dudas, también hubo hechos donde Jesús mismo confirmó su presencia con una manifestación milagrosa. El milagro de Bolsena (Italia), en el siglo XII, es sólo uno de los más famosos. Sucedió que un sacerdote que dudaba de la presencia de Jesús en la eucaristía peregrinaba a la tumba de san Pedro y de los mártires para afianzar su fe. Se detuvo a pasar la noche en Bolsena y, al día siguiente, como todos los días, celebró la santa misa. En el momento de la fracción de la hostia consagrada, unas gotas de sangre cayeron sobre el corporal en el que tenía posado el cáliz. Ese mismo corporal hoy puede verse y venerar en la catedral de esa ciudad.
Más allá del milagro, todos sabemos que de la fe en misterio eucarístico, dependerá nuestra vida espiritual:
-- Si creemos en la presencia real de Jesús resucitado, bajo las apariencias de pan y vino, celebraremos y participaremos de la eucaristía con frutos y ese acto litúrgico será para nosotros un verdadero sacrificio. Además, nos alimentaremos con su sangre y con su cuerpo y la comunión será para nosotros un verdadero alimento.
-- Si estamos convencidos de esas dos verdades (verdadero sacrificio y verdadero alimento), toda nuestra vida cambiará, especialmente nuestra fe en la resurrección de Cristo y en nuestra propia resurrección.
Todas estas reflexiones surgen espontáneas de las lecturas de la liturgia de la Palabra de hoy.
En efecto, en la primera, el autor del libro del Deuteronomio recuerda el milagro del alimento que Dios había regalado a su pueblo errante por el desierto un momento de crisis y tensiones: se había dividido el reino de Israel. Cómo puede ser, piensa el autor: si se habían alimentado de un mismo maná, cómo no encontrar un camino de reconciliación...
San Pablo les muestra a la comunidad de Corinto, también en un momento de crisis, las consecuencias de alimentarse de un mismo cuerpo y beber de la misma sangre de Cristo. Para el Apóstol es obvio que si hay un mismo sacrificio y un mismo alimento, tiene que haber una comunidad y una Iglesia unida; por lo tanto, no se explican las divisiones existentes.
La página del Evangelio, por sus parte, es uno de los fundamentos de nuestra fe en la presencia real y de la necesidad de alimentarnos con el cuerpo y sangre de Cristo: Él transforma nuestras vidas para alcanzar a la vida eterna y compartir su resurrección. Los oyentes se escandalizaron de las exigencias de Jesús. Y es comprensible, porque Jesús, según el texto griego, no sólo pide alimentarse de su cuerpo, que ya es mucho, sino aún más, pide que lo mastique: “Roo” = roer, masticar, es el término griego que utiliza el evangelista en su texto...
Quizás hoy a nosotros ya ni nos escandaliza ni nos sorprende el texto evangélico, porque tal vez hemos caído en la rutina. Sin embargo, cada encuentro con Jesús en la Eucaristía, tendría que ser transformador y llenarnos de gozo por tan inapreciable don. Pidámosle al Señor que aumente nuestra fe...


Domingo 05 de Junio
DOMINGO DÉCIMO DURANTE EL AÑO - Ciclo A

Mt 9, 9-13 (Lecturas:Os 6, 3-6 y Rm 4, 18-25)
Dios ama a los hombres y quiere salvarlos


Las tres lecturas de este domingo se iluminan recíprocamente, ofreciéndonos varios puntos para nuestra reflexión.
El primer mensaje lo encontramos en el texto de Oseas, un profeta que vivió alrededor del año 750, en el Reino del Norte.
En el versículo citado por Jesús en el Evangelio de hoy, el profeta nos enseña en qué consiste la esencia de la verdadera religiosidad, asegurándonos que no está en los ritos exteriores, repetitivos, hechos sin convicción, sino en los gestos de amor hacia nuestro prójimo, especialmente los más necesitados e indefensos. Oseas sintetiza esa exigencia en la frase que retomará Jesús: “Quiero misericordia y no sacrificio”. En otras palabras, Dios nos pide hechos concretos de amor más que ritos y palabras. Idea sintetizada estupendamente en este refrán latino: Res nos verba!
En esa misma dirección están las palabras de san Pablo que escuchamos en la segunda lectura. El Apóstol nos recuerda que la esencia de nuestra fe en Dios es el total abandono a la iniciativa de Dios. Para subrayar esa idea, san Pablo recurre al ejemplo de Abraham, que siendo ya anciano, creyó en el cumplimiento de la promesa que le aseguraba que tendría un hijo que garantizaría su descendencia. Promesa cumplida en la persona de Isaac. Nosotros podríamos agregar el ejemplo de la Virgen María que, ante el anuncio del Arcángel Gabriel, exclamó: ¡He aquí la esclava del Señor! Esa docilidad y ese abandono de María nos confirman que la fe y la confianza caminan tomadas de la mano.
También el Evangelio, a partir de la elección de Mateo, (llamado Leví, por san Lucas), nos invita a reflexionar sobre la fe en Dios, que por amor, convoca a todos los hombres a su reino para salvarlos.
En ese acontecimiento, sorprenden al menos dos actitudes. Primera: Jesús, en su convocatoria no discrimina, no hace diferencias entre categorías sociales. Todos somos iguales ante Él y, por lo tanto, todos podemos ser discípulos o apóstoles. Dios elige con absoluta libertad y sólo guiado por el amor a sus criaturas.
La otra actitud que impresiona es la prontitud de la respuesta de Mateo: se levantó y lo siguió sin medir las consecuencias. Recordemos que Mateo era un hombre rico, acostumbrado a las comodidades de la vida y, por lo tanto, seguramente, no habrá sido nada fácil dejar todo y seguirlo. Ante esta situación cabe preguntarse cómo habrá sido la mirada y el tono de la voz de Jesús para obrar semejante milagro. ¡Debe haber sido una experiencia única!
Finalmente, y sin perder de vista ese acontecimiento, no podemos no admirar el estilo nuevo y diferente de Jesús hacia su pueblo. Nos asombra su bondad transgresora, que va mucho más allá de las reglas sociales que muchas veces son discriminatorias.
Ante estas consideraciones podemos sacar algunas conclusiones:
Primera: crecer en nuestra fe, abandonándonos a la iniciativa de Dios. Ese abandono deberá manifestarse en hechos concretos, cultivando nuestro espíritu solidario hasta que nos duela, como decía la Madre Teresa de Calcuta. ¡No será fácil!
Por otra parte, dejarnos atrapar por la misericordia de Dios. Pensemos que la Iglesia, de la que formamos parte por el Bautismo, no es más que una comunidad de pecadores que caminan hacia la redención final. En definitiva, confiemos y dejémonos sanar por el Médico divino, que vino salvar lo que estaba perdido e instituyendo el sacramento de la reconciliación para garantizarnos la certeza de nuestro reencuentro con Dios.


Domingo 12 de Junio
DOMINGO UNDÉCIMO “A”

Mt 9,36-10,8 (Lecturas:Ex 19,2-6 y Rm 5,6-11)
Dios nos ama y nos convoca..
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Quizás pocas veces nos detuvimos a reflexionar sobre el misterio de la elección libre y gratuita que Dios hace de cada pueblo y de cada persona en particular. Según las palabras de san Pablo, esta elección tiene como único motivo el inmenso amor de Dios que nos llama, nos convoca para una misión específica y nos reconcilia con el Padre. Este hecho insondable al que no siempre le damos la importancia que tiene para nuestra vida espiritual, es precisamente el tema que presenta la liturgia de hoy para nuestra meditación. Lo encontramos perfectamente desarrollado especialmente en la primera lectura y en la página del Evangelio.
En el libro del Éxodo, vimos cómo la gran gesta libertadora de la esclavitud de Egipto, con la travesía del desierto, con sus pruebas y tentaciones, es la continuación del cumplimiento de la promesa hecha a Abraham. Además, Dios en su liberación, ya apuntaba a la alianza en el Sinaí. Así descubrimos cómo Dios convoca a Moisés para sellar una alianza, un verdadero pacto con su pueblo al que ama con ternura maternal, expresada en la estupenda metáfora que se leyó hoy: “Los llevé sobre alas de águilas y los traje aquí”.
De estas expresiones, salta a la vista que lo que deberemos subrayar de esta alianza es que la elección es libre y gratuita: seguramente había otros pueblos con las mismas o mejores condiciones que el hebreo, pero el misterio está en que Dios eligió a él y no a otro y lo hizo únicamente por amor. (Lo mismo sucede con nosotros).
Este pacto de mutua pertenencia, convierte al pueblo elegido en propiedad de Dios, mientras que sus integrantes se vuelven santos y consagrados a Él.
Recordemos, sin embargo, que visto desde nuestra perspectiva; es decir, después de la predicación, muerte y resurrección del Señor, estas promesas anunciadas al pueblo hebreo, llegaron a su plenitud en la Iglesia, que son los bautizados, a quienes san Pedro, en su primera Carta, llamará nación santa y sacerdotal, porque a través del sacramento del bautismo, participan del sacerdocio de Cristo.
Ahora bien, para llevar a la plenitud esa promesas, Dios necesita colaboradores, con los mismos sentimientos compasivos de Cristo, para que anuncien el Reino de Dios a todos los pueblos.
Hoy san Mateo presenta a los primeros Doce. La semilla de ese pueblo nuevo que es la Iglesia.
Si bien es cierto que Dios siempre elige personas para “enviar” como a los Doce y a sus sucesores, con una misión ministerial, sacramental, también tenemos que tener en cuenta que elige y llama a todos los hombres a participar en la estupendo servicio de evangelizar. A cada hombre lo elige libre y gratuitamente y lo envía para anunciar a Cristo resucitado. Hoy Jesús se lamenta de la escasez de obreros. Aceptemos su invitación a orar para que el Padre bueno los multiplique y aceptemos también la convocatoria, la llamada a compartir con Jesús la tarea de aliviar a los enfermos y a los más necesitados, tanto desde el punto de vista material como espiritual.


Domingo 19 de Junio
DOMINGO DUODÉCIMO “A”

Mt 10,26-33(Lecturas:Jr 20,10-13 y Rm 5,12-15)
Ser testigos, a pesar de todo...

La liturgia de la palabra de este domingo nos llama a reflexionar sobre temas diferentes, muy densos, pero también muy actuales. Tales como la tremenda obra destructora del pecado, la obligación de proclamar el Evangelio, la liberación del miedo y la necesidad de proclamar la fe públicamente.
Inician con la primera lectura, donde nos encontramos con la figura del profeta Jeremías, (imagen de Jesús, el profeta por excelencia), acorralado por sus enemigos, desalentado y cansado de luchar. No obstante esa situación, levanta una oración que comienza desesperando de la ayuda de Dios, pero finaliza aceptando incondicionalmente su voluntad.
Esa tan humana reacción de Jeremías nos indica la dificultad de la misión profética entre los hombres, que frecuentemente, de amigos se convierten en enemigos porque no toleran la dureza del mensaje de la palabra de Dios.
Esta lectura, al mismo tiempo que nos describe los obstáculos que debe superar todo profeta, nos muestra que Dios nunca los abandona, sino que los ayuda y los sostiene en medio de los peligros. En definitiva, la vida de los profetas de todos los tiempos estará colmada de incomprensiones, pero siempre sentirá la compañía de Dios.
Después de esta primera reflexión sugerida por la figura descollante de Jeremías, la página del Evangelio de hoy, continuación del domingo pasado, donde presenciamos la elección de los doce apóstoles, nos invita a meditar sobre algunos consejos e indicaciones de Jesús a sus discípulos y a todos a los que recibieron la misión de proclamar el mensaje de la salvación.
Así descubrimos que Jesús llama no sólo a los Doce sino a todos los bautizados para que anuncien el Reino de Dios siempre y en todo lugar y que, con el mismo coraje de Jeremías, no se dejen inmovilizar por el miedo, ya que las persecuciones se darán en todos los tiempos, aunque quizás la de hoy sean más sutiles que la de los primeros siglos de la Iglesia.
Otro tema, estrechamente vinculado con el anterior, es que Jesús, hablándonos de la providencia de Dios, nos redime del miedo que nos paraliza. Ese miedo que no nos permite vivir confiados en la asistencia de Dios, el mismo que nos lleva programar toda nuestra vida sin darle lugar privilegiado a Dios que nos ama.
De esa manera, Jesús nos enseña que Dios Padre es dueño de la vida y de la historia y que nada sucede en el mundo sin que Él lo sepa o lo permita.
Luego, venciendo al miedo se logra proclamar con coraje la fe aun en condiciones difíciles y con verdadero sacrificio personal. Como premio, Jesús nos asegura que si lo reconocemos públicamente, Él también nos reconocerá delante al Padre.
Todas estas reflexiones nos muestran que no es fácil ser testigos del Evangelio en un mundo que rechazó a Jesús y que no está dispuesto a escuchar su mensaje liberador. Sin embargo, Jesús nos confía la misión del testimonio y del anuncio y nos pide que no temamos.
La segunda lectura, en cambio, está totalmente fuera de la temática del Evangelio y de la primera lectura. En ella san Pablo contrapone la obra de Adán a la obra de Cristo. En otras palabras, san Pablo confronta el pecado y la muerte, introducidos en el mundo por la opción equivocada de nuestros primeros padres, con la redención y a la gracia traída por Cristo, el nuevo Adán.
El centro de la meditación de Pablo es Jesús, pero dentro de este tema se encuentra la reflexión sobre el pecado original. La Iglesia enseña respecto al pecado original que el pecado de Adán es uno solo y que se transmite a todos los hombres mediante la generación y que se lo lava definitivamente mediante la redención de Cristo, con el sacramento del Bautismo, tanto a adultos como a niños.
Hoy mientras meditamos sobre este misterio de amor del Padre, en importante que actualicemos en nosotros los compromisos del sacramento del Bautismo.


Domingo 26 de Junio
DOMINGO DÉCIMO TERCERO “A”

Mt 10,37-42 (Lecturas: 2Re 4,8-11.14-16 y Rm6,3-4.8-11) 
Abrir las puerta al hermano, es abrirlas a Jesús


Hoy nuevamente nos encontramos con varios temas para nuestra reflexión:
-- La primera lectura nos habla de la hospitalidad como un exquisito gesto de caridad.
-- San Pablo, en la segunda lectura, recuerda a sus lectores los efectos del sacramento del bautismo que, además de liberarnos del pecado, no hace nacer a una nueva vida.
-- el Evangelio por su parte, nos presenta para nuestra reflexión semanal dos temas muy importante para nuestra vida cristiana: En primer lugar, la necesidad de optar por Cristo aunque debamos renunciar a los afectos más queridos como el de los padres. En segundo término, como eco de la primera lectura, nos invita nuevamente a ser acogedores, a saber recibir a nuestros hermanos con las puertas abiertas del corazón y de la casa..
Hablar de hospitalidad hoy, en este mundo moderno, agitado, difícil, apiñado en viviendas pequeñas parece un anacronismo. Es como estar desactualizado y no conocer los peligros que implica recibir a personas que pueden perturbar nuestra intimidad. Las familias, con el ritmo de vida que les toca sobrellevar, ya no tienen ni espacio ni tiempo para ofrecer hospitalidad como podía haber sucedido en otros tiempos.
Sin embargo, es una virtud que no debemos subestimar. No olvidemos que quien sabe recibir generosamente manifiesta que ha comprendido cabalmente lo que significa amar y ayudar al necesitado. Para practicar esta virtud, no es necesario que recibamos a extraños. A veces los que necesitan de nuestra ayuda caritativa y generosa son justamente nuestros parientes cercanos; a veces nuestros mismos familiares. Cuando llegue el momento, tomemos como modelo a la mujer de la primera lectura y confiemos en Dios que premia siempre la generosidad.
En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos invita a valorizar nuestro bautismo y actualizar sus efectos. Quizás pocas veces nos detengamos a pensar que el bautismo haciéndonos morir al pecado, creó realmente en cada uno de nosotros una nueva vida a la que debemos hacer crecer y fortalecer con la ayuda de la gracia. Por eso perder las gracia es una verdadera tragedia. No obstante, quizás con demasiada facilidad nos consolamos pensando que la cuando perdemos con el pecado, nos queda una nueva oportunidad en el sacramento de la reconciliación.
Es verdad, Dios es misericordioso, siempre está dispuesto a abrir sus brazos para recibirnos, y la parábola de hijo pródigo no enseña esa verdad; pero Dios también espera de nosotros un gesto de sincero arrepentimiento que se concretice un firme propósito de enmienda. Sin ese propósito, nuestro dolor es poco serio y a Dios, que conoce nuestro interior, no le podemos tomar el pelo.
Por su parte, el Evangelio de hoy es de una dureza que parece casi excesiva: seguir a Jesús exige una decisión que a veces puede costarnos hasta el amor de nuestros seres queridos. Pensemos, sin embargo, que Jesús no anula el cuarto mandamiento, sino que pide que nuestro amor y nuestra renuncia sea tan decidida que estemos dispuestos a renunciar al cariño de nuestros padres con tal seguirlo. Así el amor a nuestros padres se convierte en la medida de nuestra renuncia.
Jesús, después de pedirnos esa disponibilidad a seguirlo, nos recuerda que el amor auténtico tiene que concretizarse en la solidaridad con el prójimo, cuyo gesto más exquisito y genuino es la hospitalidad.
Tratemos de seguir estas enseñanzas y nuestro premio será estupendo: viviremos junto al Padre...


Domingo 03 de Julio
DOMINGO  DECIMOCUARTO “A”

Mt 11,25-30 (Lecturas: Za 9, 9-10 y Rm 8, 9.11-13) 
Te bendigo, Padre...


La página del Evangelio que nos ofrece la liturgia de la palabra de este domingo, en realidad es una oración de Jesús con una estructura literaria muy similar a las bendiciones que el hebreo humilde y piadoso dirigía a Dios en la sinagoga.
Esta súplica de Jesús está insertada en el contexto del fracaso de sus enseñanzas. Jesús advierte que a pesar de su esfuerzo, aún más, a pesar de los milagros que acompañan sus palabras, sus contemporáneos no lo aceptan, en modo especial, las personas cultas del pueblo de Israel. Se da cuenta que están impermeabilizados a su predicación: se presenta como un hombre muy pobre para los ricos; muy simple para los cultos y muy libre para las personas religiosas.
Sin embargo, Jesús mirando a su alrededor, ve con alegría que no todos lo rechazan: algunos, los más humildes, los más sencillos, los que se hacen como niños lo escuchan y confían en su palabra. Entonces entona este himno de júbilo al Padre.
Se compone de tres estrofas: la primera es una alabanza al Padre; la segunda canta al rol que desempeña el Hijo en el mundo y la tercera es una llamada a los oyentes a hacerse humildes, aceptando las enseñanzas que su Buena Nueva les ofrece.
El Señor inicia dirigiéndose con una ternura inaudita al Padre. Se siente en comunión con su modo de obrar en el mundo y en la historia, que oculta sus misterios a los soberbios y los revela a los humildes porque es precisamente a ellos a quienes les abre los secretos de su sabiduría y de su amor.
En la segunda estrofa Jesús señala que la sabiduría, tanto buscada en el Antiguo Testamento, se manifiesta en su persona, el Hijo de Dios hecho hombre.
Jesús participa de la divinidad del Padre y de quien ha recibido todos los poderes; también el de revelarlo a los hombres que estén abiertos a su palabra. Como Él es el único mediador, puede conceder a quien Él quiere la participación a la vida divina. Y su voluntad es que todos conozcan al Padre y se salven.
En la tercera estrofa Jesús llama a todos a que acepten confiados sus enseñanzas, que no son pesadas e incumplibles, como las normas de la ley impuestas por los escribas y fariseos, y que además, en las palabras del Maestro encontrarán no sólo la salvación, sino la alegría, la serenidad en esta vida y la certeza de ser amados por el Padre.
Esta oración de Jesús tiene que arrancarnos también a nosotros un himno de alegría y agradecimiento. Debemos vivir de tal manera que nos asegure de encontrarnos incluidos en la categoría de personas humildes y abiertas a las palabras de Jesús.


Domingo 10 de Julio
DOMINGO DÉCIMO QUINTO “A”

Mt 13,1-23 (Lecturas: Is 55, 10-11 y Rm 8, 18-23)
La fuerza de la palabra


La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre la eficacia y la fuerza de la palabra de Dios que exige una respuesta de quien la escucha.
La primera lectura y el Evangelio nos hablan de esa realidad y nos señalan también las dificultades, los obstáculos que encuentra la palabra de Dios para producir los frutos buscados.
Al respecto, el profeta Isaías es un optimista total: para él la palabra de Dios siempre produce frutos: es como la lluvia que siempre empapa la tierra y hace germinar la semilla. (Vista desde la palabra de Dios tiene razón).
Jesús, en el Evangelio, es menos optimista. No contradice la primera lectura, pero se ajusta más a la realidad, midiendo la eficacia, no desde el punto de vista de la semilla, sino desde el punto de vista de la tierra. (Es decir, desde el punto de vista del receptor y no desde el mensaje). Planteado así, la palabra de Dios encuentra dificultades y Jesús las sintetiza en tres términos: los pájaros, las espinas, las piedras.
Estos obstáculo hacen que la palabra de Dios no produzca los frutos esperados. Sólo cuando la tierra o el receptor están bien abonados producen el 100%.
Si tenemos presente los motivos y el contexto en que la relató Jesús y la recuerda san Mateo, se hace aún más comprensible la explicación que Jesús mismo dio a su parábola:
Jesús se sirve de ella para explicar a los impacientes (sus discípulos), por qué el Reino de Dios demora tanto tiempo para crecer en la tierra, para instalares en el mundo. Jesús les hace comprender que quien falla en este caso es el receptor, el hombre y no el anuncio, la palabra de Dios. La tierra no está abonada lo suficiente, el hombre no está dispuesto convenientemente para recibir el anuncio del Reino de Dios. Tiene otras expectativas y, además, no hay la necesaria esperanza para confiar en los resultados que tardan en llegar. Es como si los receptores estuviesen sintonizando otra onda.
Esa misma parábola la recoge san Mateo y la expone con la misma intención que la relató Jesús: Cuando el evangelista escribe su libro, unos 50 años después de la muerte y resurrección del Maestro, el Reino de Dios, es decir el Evangelio, no había prendido más que en unas pequeñas comunidades, no obstante el esfuerzo de los predicadores y la sangre de los primeros mártires, entre ellos nada menos que san Pedro y san Pablo. Es decir, el balance en ese momento, era más bien pobre.
Hoy esta parábola sirve también para nosotros:
En primer lugar, nos explica por qué los cristianos seguimos siendo minoría. Al menos los comprometidos con la palabra de Dios, que la practican y viven. El hombre, en general, no está abierto al mensaje salvador de Cristo.
Y en segundo lugar, nos llama a un profundo examen de consciencia. ¿Cómo fructifica la palabra de Dios en nosotros? ¿Qué importancia o qué lugar ocupan los pájaros, las espinas y las piedras en nuestra vida? ¿Cómo nos alimentamos con la palabra de Dios? ¿Tenemos la costumbre de leer la Sagrada Escritura?
Dejémonos cuestionar por la palabra de Dios. Respondamos. Abonemos la tierra para que produzca el mayor porcentaje posible de frutos. No decepcionemos al Sembrador en el momento de la cosecha, que es la Palabra Encarnada, Dios hecho hombre.


Domingo 17 de Julio
DOMINGO DECIMOSEXTO “A”

Mt 13,24-43 (Lecturas: Sb 12,13.16-19) 
Los nudos siempre llegan al peine...

La página del Evangelio que nos ofrece la liturgia de la palabra de hoy, se compone de tres parábolas narradas por Jesús: La parábola del trigo y la cizaña, la de la semilla de mostaza y la parábola de la levadura.
Las tres reflexionan sobre el Reino de Dios o del “reino del cielo”, como prefiere llamarlo san Mateo, quien dirigiéndose a los judíos, respeta el mandamiento bíblico “no nombrarás el nombre de Dios en vano”.
Ellas hablan del Reino de Dios como una realidad exclusiva, que se realiza independientemente del recibimiento o rechazo del hombre. En otras palabras, Dios obra en el mundo a pesar que el hombre no siempre lo acepta. Dios es absolutamente libre.
Por otra parte, el Reino de Dios no es como lo entienden algunos, un lugar físico o una realidad geográfica sobre la cual Dios ejerce su poder o su autoridad.
Con la expresión “el Reino de Dios” la Biblia en general y el Evangelio en particular, quieren significar lo que podemos llamar el “comportamiento de Dios” que toma muy en serio al ser humano y lo llama a participar en su plan salvífico.
Las parábolas de hoy son una descripción de ese “comportamiento de Dios” con relación a aquello que para el hombre de todos los tiempos, resultaría inexplicable si Dios mismo no lo ilumina con su palabra. Realidades tales como Dios y el mundo; el sentido de la vida y de la muerte; el bien y del mal. El mismo destino del hombre como de hijo de Dios sería incomprensible sin la luz de la palabra de Dios.
Con estas tres parábolas, Jesús quiere hacernos comprender esas realidades.
Las parábolas del trigo y la cizaña describen el comportamiento de Dios respecto a la existencia simultánea en el mundo del bien y del mal, la del hombre bueno y la del malo, así como crecen en un mismo campo y al mismo tiempo, la cizaña y el trigo. (Téngase en cuenta que Jesús elige para su comparación dos plantas que son casi idénticas. Se diferencian sólo en la espiga, cuando maduran...).
Jesús, a diferencia de lo que hubiesen esperado sus oyentes, (la destrucción inmediata de los malos y la declaración que no se puede realizar el Reino de Dios más que en una comunidad de buenos), les manifiesta la bondad y la paciencia de Dios. Les hace comprender que Dios no es como lo imagina el hombre. Dios es diferente.
En realidad, cuando el hombre piensa o habla de Dios, proyecta sus propias experiencias, su idea del mundo; su propio comportamiento, sus miedos, sus angustias y fracasos. Ése no es el Dios de la Biblia, él que nos presentó la primera lectura de hoy. Y lo que es peor, hoy vivimos en un mundo tan violento, que la misma idea de violencia puede empañar la imagen de Dios.
Debido a esto errores de interpretación, hasta la misma palabra de Dios puede ser instrumentada a la luz de nuestros sentimientos, haciéndole decir lo que nos conviene.
En cambio, la revelación que Jesús nos hace de Dios revierte todos esos conceptos. Jesús nos habla de Dios Padre. Y a partir de esa idea, el hombre no puede menos que pensar que fue creado y amado por Dios.
Esa idea de un Dios Padre, misericordioso, que nos amó hasta enviar su Hijo a morir por nosotros, debe llevarnos a la comprensión de la vida de nuestro prójimo, a la tolerancia, al respeto por los demás. Dios se reservó el momento para la separación del trigo y la cizaña. En el juicio final dividirá definitivamente a los buenos y a los malos. (Todos sabemos que los nudos siempre llegan al peine...).
Además, la parábola nos ayuda a comprender que el hombre, mientras viva, tiene que empeñarse en dar lo mejor de sí mismo e imitar la paciencia amorosa de Dios.
Con las parábolas del grano de mostaza y la de la levadura, con las que concluye la página de hoy, san Mateo quiere tranquilizar a los que temen por sus errores e infidelidades a los planes de Dios y a la falta de correspondencia a la gracia. Quiere asegurarles que Dios es bueno, misericordioso y que puede hacer crecer en nuestro espíritu el Reino de Dios como crecen la levadura y la planta de mostaza. Para Dios todo es posible.
Las tres parábolas, en realidad, son un canto de esperanza: Dios nos ama a pesar de nuestros errores.


Domingo 24 de Julio
DOMINGO DECIMOSÉPTIMO “A”

Mt 13,44-52 (Lecturas: 1Re 3,5.7-12 y Rm 8,28-30) 
La isla del tesoro


Este domingo, la palabra de Dios no hace volver al pasado y nos recuerda nuestras lecturas de adolescentes, cuando devoramos entusiasmados los libros de aventuras, entre ellos, el muy conocido y clásico “La Isla del Tesoro”, de Stevenson.
A su luz podemos descubrir que tanto interés por esas lecturas estaba que, en el fondo, en todos andamos buscando un tesoro que nos satisfaga, una ocupación que nos ayude a realizarnos y, al mismo tiempo, nos llene de “status” y que nos colme de felicidad. Dentro de todo, es una ambición positiva, que moviliza al ser humano y da sentido a la vida.
El tema pasa por saber elegir el tesoro... Para iluminar nuestra búsqueda y elección, Jesús nos recuerda que “el reino de los cielos se parece a alguien que encontró un tesoro y para conseguirlo, vendió todo lo que tenía”.
Es como si nos dijera: existe una isla, una perla única, diferente, capaz de llenar todas las aspiraciones del ser humano. El que la encuentra ya puede abandonar otras aventuras.
Y si nos detenemos a reflexionar seriamente, veremos que ese descubrimiento es la preocupación fundamental de nuestra vida humana. En otras palabras, todos, de una manera u otra, queremos encontrar el camino, la pista, la persona que nos haga vivir plenamente y nos permita distinguir el oro del oropel, lo esencial de lo accidental, la perla preciosa de la biyuteri...
Ese camino, esa persona es Cristo, el Evangelio, el reino de Dios, la Iglesia, los sacramentos, la gracia...
Esa es la realidad. Pero debemos ser sinceros: en esa búsqueda, el ser humano muchas veces se equivoca. No es feliz, a pesar de haberse quedado con mucho tesoros deslumbrantes, pero que en definitiva, siempre dejaban un sabor amargo.
Cuando se vive con la vista y los sentimientos puestos sólo en disfrutar la vida, la realidad es que crece la soledad, a pesar de vivir apiñados en las ciudades; aumenta la tristeza por más que nos aturdamos con música alegre; se multiplica la angustia, a pesar que queramos vivir a todo ritmo, recurriendo al alcohol, a la droga y a otros sustitutos y se incrementa también el número de las muertes desesperadas, los suicidios por no encontrarle sentido a la vida.
Ante este cuadro no podemos menos que preguntarnos: ¿Detrás de qué tesoro vamos caminando? ¿El camino que elegimos hacia dónde nos lleva? ¿El horizonte aparece obscuro o brillante?
Sin embargo, la palabra de Dios es optimista: nos asegura que hubo personas que descubrieron el tesoro y vendieron todo por quedarse con él. Son los santos, los que están en el altar y los anónimos, que son mayoría.
San Pablo escribió a sus amigos: “Buscad las cosas de arriba”, porque él ya lo había experimentado. En otra carta reflexiona: “Llevamos tesoros muy grandes en vasijas de barro”. San Agustín contó su experiencia: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. San Francisco Javier se dejó ganar por el cuestionamiento de Jesús: “¿De qué vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”
Todos estos hombres descubrieron el verdadero tesoro y se quedaron con él.
Hoy escuchemos la palabra de Dios que nos interpela, que nos cuestiona y hagamos que produzca frutos. Imitemos a los santos. Es necesario despojarse de lo superfluo, de todo lo que nos tiene atados a las cosas de la tierra y que no nos permite volar. De esa manera no sólo descubriremos la perla fina, el reino de Dios, sino que la podremos conquistar y nos colmará de felicidad.


Domingo 31 de Julio
DOMINGO DECIMOCTAVO “A”

Mt 14,13-21 (Lecturas: Is 55,1-3 y Rm 8,35.37-39) 
Más allá de los símbolos...


La página del Evangelio de este domingo nos recuerda el relato de la primera multiplicación de los panes. (Uno de los mayores signos mesiánicos que llamaba a descubrir la presencia del Mesías y el inicio de un nuevo reino...).
El milagro en sí es de una enorme riqueza de significados y sugerencias para nuestra vida cristiana. Para nuestra reflexión, y tratando de simplificar la explicación, lo dividiremos en cuatro cuadros. Cada uno de ellos nos ofrecerá su propio mensaje y la invitación a un compromiso personal, a la oración y a un cambio de vida.
“Jesús se marchó a un sitio tranquilo y retirado”
Con este gesto Jesús, repetido varias veces en su vida, indica la actitud que debe asumir el apóstol, no sólo sacerdote o persona consagrada, sino todo cristiano llamado al trabajo pastoral en la Iglesia: el apóstol está permanentemente ocupado; se reúne, escucha mil temas; pero a un cierto momento necesita serenarse, detenerse para orar, para comunicarse con Dios, para reflexionar. Además, para evaluar su trabajo a la luz de la palabra de Dios y a luz también de la misión que la Iglesia le encomendó. Es fundamental en la vida hacer un alto en camino para “revisar los mapas” y asegurarse  
que se viaja por el camino correcto...
“La gente lo siguió”.
No obstante el deseo y la necesidad de estar solo, Jesús --y todo apóstol--, se debe a la gente. Jesús no rehuye la misión, al llamado a evangelizar; pero esa exigencia, la mayoría de las veces supera la necesidad de la enseñanza y de la predicación, llevando al apóstol a un compromiso material. Es el caso del Evangelio de hoy, donde se le exige darles literalmente de comer, alimentarlos con un alimento material concreto: pan y pescado.
Los discípulos reaccionan con comodidad. Le dicen a Jesús “que vayan y compren”. En realidad, querían sacárselos de encima, con razón, pero cruelmente. Una actitud quizás frecuente en nuestras vidas, que justifica la falta de compromiso personal con el necesitado.
Pero Jesús reacciona de otra manera, ordenándoles “dadles vosotros de comer”.
Y esa es nuestra asignatura pendiente, eso es lo que nos hace falta.
Sobre este tema tenemos que ser sinceros: a veces no sabemos cómo solucionar los problemas; a veces, sabemos cómo hacerlo, pero no podemos; y a veces, sabemos cómo hacerlo, tenemos la posibilidad de hacerlo, pero no queremos. En ese preciso momento dejamos de ser cristianos. Éste debería ser un tema constante de meditación y de examen de consciencia.
“Sólo tenemos cinco panes y dos pescados”
Francamente muy poco. Casi nada. Y esto nos sucede a todos. Son apenas dos moneditas. Sin embargo, recordemos lo que significaron para Jesús las dos moneditas de la pobre viuda... Y recordemos también, lo que significan esas dos gotas de agua en el cáliz... Es poco pero es mucho: es nuestra participación. Es nuestra colaboración. Bastará que Dios lo acepte y lo bendiga: sirven, en realidad, para dar de comer a más de cinco mil personas 
y sin contar a mujer y niños...
Esa reflexión nos lleva al cuadro siguiente.
“Traedme esos cinco panes...”
Es decir, Jesús actúa a través de nosotros. Exige nuestra colaboración para salvar a los hombres y alimentar a los pobres.
En el mandato de Jesús hay una evocación discreta, pero muy clara de la Eucaristía, especialmente en las palabras de la bendición... Pero no olvidemos el mensaje global de este Evangelio: nos llama a poner, como dice san Pablo, lo que falta a la pasión de Cristo. ¿Y qué que falta a la pasión de Cristo? Esos cinco panes y dos pescados...
Estas ideas nos permiten una conclusión general: no estamos en las condiciones adecuadas de partir el pan eucarístico sino compartimos antes el pan material. En otras palabras, no hay eucaristía sin caridad.


Domingo 07 de Agosto
DOMINGO DÉCIMO NOVENO “A”

Mt 14,22-33 (Lecturas: 1Re 19,9.11-13 y Rm 9,1-5) 
Oremos, pero no pidamos caminar sobre las olas...


La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre la necesidad de la oración, del encuentro personal con Dios y, como fruto de este encuentro, la confianza en su amor y en su poder.
En la primera lectura y en la primera parte del Evangelio, nos encontramos con una estupenda enseñanza: Dios no está en el ruido ni en la tempestad. Está en el silencio, en la calma, en la serenidad.
Tanto el profeta Elías como Jesús, para encontrarse con el Padre, subieron a un monte, se alejaron de la gente, de los discípulos, de los ruidos de la ciudad y allí escucharon el susurro de la brisa que revela la presencia del Creador.
Esto significa que para orar hay que calmar los ruidos del espíritu. Dice un antiguo refrán árabe: “No son las piedras del camino las que molestan al caminar, sino las que llevas dentro de tus zapatos”. Lo mismo sucede con la oración, lo que molesta es el ruido interior, nuestros recuerdos, nuestras preocupaciones, nuestras pasiones. Quizás nunca hemos prestado demasiada atención a esas enseñanzas y al hecho que Jesús oraba solo.
Ciertamente oraba con la comunidad judía en el templo, en la sinagoga; pero también oraba solo, casi a escondidas, para enseñarnos con su ejemplo que es necesario orar en soledad. En ese silencio profundo en el que el hombre se encuentra a sí mismo. Ése es el lugar privilegiado para entablar un diálogo con Dios. Allí hace escuchar su voz que nos invita a intensificar su búsqueda. De esos encuentros transformadores nos hablan san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, para recordar sólo los más conocidos.
Intentémoslo y veremos cómo cambia nuestra vida, cómo Dios se manifiesta, cómo Dios abre caminos que no conocíamos y cómo nos llena de sorpresas.
La segunda parte del Evangelio nos habla de la Iglesia que, como una barca, navega a veces en medio de las olas; pero también nos habla de nuestros miedos, de nuestra poca confianza y de nuestra falta de fe.
La barca de Iglesia --y también nuestra barca--, a veces navega lejos de la orilla, amenazada por olas gigantes, en la oscuridad de la noche.
En ese momento advertimos que Alguien se acerca hacia nosotros, que por nuestros pecados y por nuestros ojos acostumbrados a distorsionar las cosas y los acontecimientos, no lo reconocemos. ¡Es el Señor que se acerca y no un fantasma!
Cuando lo reconocemos, saltamos a la actitud opuesta: nos convertimos en triunfalistas, hasta nos animamos a caminar sobre las olas. En realidad, no medimos nuestras fuerzas y la confianza inicial se transforma en miedo, en pánico, en torpeza, en falta de fe, aunque dentro de nosotros queda todavía esa experiencia de Dios que hemos adquirido en los momentos de oración intensa y ello nos permite gritar “¡Señor, sálvame!”. Y Él nos salva...
Este episodio, tan cargado de enseñanzas, nos advierte a que evitemos a ser candidatos al papelón, como Pedro. No pasemos del miedo a las olas y a los fantasmas, a una confianza desmesurada en nuestras fuerzas que, generalmente, por nuestros fracasos personales, termina en una falta de fe. Recordemos que Dios no se compromete con nuestras improvisaciones y aprendamos a descubrir al Señor. Para ello, retirémonos en la soledad, limpiando nuestros ojos de los miedos, de los fantasmas. Aprendamos a ver la realidad: no pidamos a Dios caminar sobre las olas; pero si nos llama, no dudemos de su presencia y de su amor.


Domingo 14 de Agosto
Domingo 20º “A”

Mt 15, 21-28 (Lecturas Is 56,1.6-7 y Rm 11,13-15.29-32) 
Dios ofrece su misericordia

Las tres lecturas de liturgia de la palabra de este domingo, cada una de una perspectiva diferente, nos invitan a reflexionar sobre un tema que a veces no tenemos demasiado en cuenta: la palabra de Dios hoy nos hace ver como Dios llama a toso los hombres a la salvación.
Si bien para nosotros hoy el tema de la universalidad de la salvación es bastante claro, no aparece demasiado evidente en el Antiguo Testamento. Mas bien al contrario: en el Antiguo Testamento la consciencia que tenían los judíos de ser el pueblo elegido por Dios no permite una visión demasiado calara de esta universalidad. En realidad, ellos creían tener la exclusividad.
La primera lectura de hoy es como una excepción y se explica esta apertura al hecho que fue escrita después del regreso del exilio en Babilonia, cuando la experiencia del destierro y el contacto con otros pueblos, permitió a los israelitas abrir el horizonte de la salvación, aceptando que también otros pueblos no judíos podían salvarse.
Sin embargo, en el Nuevo Testamento, no obstante algunas afirmaciones de Jesús, como la de hoy, en la que afirma haber sido enviado a los judíos únicamente, el tema de la universalidad de la salvación es muy claro.
Al inicio de la predicación a los apóstoles hubo dudas y discusiones; pero a partir de la predicación y de los escritos de san Pablo, el cristianismo trató de reunir a toso los hombre en la Iglesia y ofrecerles a todos la salvación.
La segunda lectura de hoy es una de las tantas muestras, donde vemos al apóstol Pablo poner como fundamento de la universalidad de la salvación, la inmensa e inagotable misericordia de Dios, que quiere comunicarse y salvar a todos los hombres.
Para comprender mas fácilmente el universalismo de la salvación, tengamos presente dos ideas fundamentales que aparecen destacadas en la liturgia de hoy:
1. La misericordia de Dios es totalmente gratuita y nadie puede vanagloriarse de esa gracia. Es Dios quien salva y salva por amor y en el momento de la salvación no pregunta quien eres, de donde vienes y que has hecho. A Dios le interesa encontrar una persona humilde y dispuesta a responder su llamado.
2. La actitud de Jesús hacia la mujer cananea nos hace comprender como para Él, lo esencial es una actitud humilde, confiada y no el pueblo al que pertenece a su credo religioso.
En este sentido, la actitud de la mujer cananea tiene mucho que enseñarnos: muchas veces los cristianos nos resistimos aceptar con franca apertura interior a quienes no piensan como nosotros. Nos cuesta sumir que la salvación es para todos los hombres. Nos cuesta no discriminar.
Por eso, tendremos que convencernos que para el cristiano no existen límites territoriales que excluyan a personas de la gracia y de la misericordia de Dios, como tampoco, razas, culturas o situación social. Para el cristiano existe el hombre sin otros adjetivos. Y ese es el hombre a quien Dios quiere salvar...
Y por otra parte, si queremos ser salvados tenemos que profundizar nuestra fe y nuestra perseverancia en la oración.


Domingo 21 de Agosto
Domingo XXI "A"

Mt 16, 13-20 (Lecturas: Is. 22, 19-23; S.R. 137; Rm. 11, 33-36)
¿Tú que dices?

El Evangelio de este domingo es quizás uno de los más discutidos y que, lamentablemente, dividió y divide a la Iglesia, porque, como es sabido, muchos cristianos no aceptan el Primado de Pedro. En otras palabras, no reconocen que el Papa, sucesor de san Pedro, es el depositario de las “llaves del Reino de los Cielos” y que, por lo tanto, es quien recibió la misión de las manos de Jesús, como sucesor de Pedro, de guiar a la Iglesia en cuestiones de fe y moral hacia el encuentro con el Padre Celestial. No admiten que al Sumo Pontífice como Maestro de la fe porque piensan, quizás, que Pedro recibió de Jesús sólo la autoridad para ejercer el poder de un administrador material, mientras que Jesús, cuando entrega la potestad de “las llaves”, entiende conferir a Pedro y a sus sucesores, la misión de legislar, al servicio de la comunidad de bautizados, con una especial asistencia divina que no le permite equivocarse. Pero más allá de estas indispensables aclaraciones, debemos comprender que la autoridad es siempre un servicio. Muchas veces también nosotros pensamos que es una fuente de beneficios y privilegios. Sin embargo, la autoridad, bien entendida, aún la civil, no puede ser más que un servicio a la comunidad. Si pensamos y vivimos de esa manera, nos daremos cuenta que Pedro y sus sucesores, al recibir el poder de “las llaves”, están llamados a unir a los pueblos porque, con su servicio, se ponen a disposición de todos. Otra enseñanza importante de esta página del Evangelio surge a partir de la interpelación que Jesús hace a sus discípulos: ¿Y ustedes, quién dicen que soy? Esta pregunta a sus discípulos, es decir, a la Iglesia naciente resuena y continuará resonando en las generaciones venideras. Exige una respuesta que no puede quedarse en el pasado, como la dieron los judíos que contestaron: Tú eres Juan Bautista, Isaías o Jeremías o alguno de los profetas. Tendrá que ser como la de Pedro, mirando al futuro: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Esta confesión para Pedro y para los discípulos de todos los tiempos, es un compromiso con Dios y con la comunidad cristiana. No sólo un acto de fe sino un pacto para toda la vida: seguir a Jesús cualquiera sean las circunstancias.
Es importante subrayar lo que sucedió después de la categórica respuesta de Pedro. Jesús aclara inmediatamente que Él no era el Mesías triunfador, glorioso que esperaban equivocadamente los judíos, sino el Siervo Doliente anunciado por Isaías y a ése había que seguir.
Hoy, mientras celebramos esta Eucaristía y recordamos el momento en que el Señor encomendó a Pedro guiar a la Iglesia, tratemos de formarnos una idea correcta de la autoridad, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil y, al mismo tiempo, recordemos que confesar a Cristo como Hijo de Dios es asumir el compromiso a seguirlo y servir a los hermanos.


Domingo 28 de Agosto
Domingo XXII "A"

Mt16, 21-27 (Lecturas: Jn. 20, 7-9; S.R. 62; Rm. 12, 1-2)
El duro camino de la fidelidad

La liturgia de la Palabra de este domingo nos muestra cómo la fidelidad a Dios, a Jesús, al Evangelio y a la vida cristiana está signada por una elección amorosa del Creador. Así vemos como a través de la gratuita elección divina y la purificación llevada a cabo por el dolor, se tiene la fuerza y la valentía para anunciar la palabra de Dios y llegar a compartir la gloria con Cristo.
En la primera lectura escuchamos la confesión del profeta Jeremías que seducido por un encuentro personal con Dios, se queja de su suerte ya que después de experimentar en su espíritu el gozo de ese encuentro y la dulzura de esa experiencia, su situación personal se vuelva amarga, tensionada y llena de padecimiento. El profeta se siente portador de la verdad, intérprete de los acontecimientos, pero al mismo tiempo rechazado y burlado porque su anuncio parte de una experiencia mística que sólo él conoce. Esa experiencia no le permite callar...
Lo que más impresiona de esta página es la fuerza irresistible de la palabra de Dios que elige y envía a anunciar su mensaje. En realidad, el profeta nos hace comprender que cuesta más silenciar la voz de Dios que afrontar la oposición de los hombres; por eso usa un verbo tan expresivo como “seducir”. Dios, en ese sentido, se vuelve irresistible... ya no se puede decir que no. Lo que experimentó Jeremías y sus consecuencias, salvadas las distancias, lo experimentan todos los que tienen la gracia de encontrarse con Dios de una manera inconfundible, en que se lo siente tan cercano y que, como dicen los místicos, no hay palabras que puedan describir esa realidad. En ese encuentro se recibe también una misión para cumplir y lo más difícil de aceptar y asumir es que esa misión está siempre unida al dolor y al sufrimiento físico y moral y, no pocas veces, a la misma muerte violenta: ser profeta, hablar en nombre de Dios interpretando en su nombre los acontecimientos, tanto ayer como hoy, equivale a ser incomprendido, despreciado, a veces perseguido y quizás asesinado.
Siguiendo en esta misma reflexión, vemos cómo el Evangelio de hoy nos muestra que Jesús, prefigurado por Jeremías, asumió decididamente la misión que el Padre le había encomendado. Pero Pedro, que había comprendido cabalmente el significado y las consecuencias de las palabras de Jesús, trató con vehemencia de disuadirlo, alejándolo de su misión y de ese plan salvífico. Esta actitud humana de Pedro es comprensible porque si bien amaba al Maestro, no había entendido el anuncio de la cruz y sus exigencias. Todavía pensaba con la mentalidad del Antiguo Testamento y por eso esperaba un Mesías triunfador... Cuando reflexionamos sobre este Evangelio nos damos cuenta que en esa historia, nosotros ocupamos el lugar de Pedro, porque la sociedad que nos rodea nos empuja a “ganar la vida en la tierra” y no a perderla por Cristo. Pero ese camino de exitismo, que nos aleja de la misión que se nos ha encomendado, en realidad no nos evita el dolor y el sufrimiento y, en cambio, nos lleva por un camino sin salida: a la infidelidad a nuestra vocación cristiana que nos exige ser profetas auténticos y valientes testigos de la palabra de Dios a lo largo de toda nuestra vida.
Guión
El mensaje de la liturgia de la palabra de este domingo nos manifiesta que es fácil creer en Jesús y en su palabra cuando la vida nos sonríe y no encontramos mayores dificultades para seguirlo; pero esa fe y ese seguimiento se vuelve difícil y pesado cuando nuestra existencia está signada por el sufrimiento y la cruz. Sin embargo, es en el momento del dolor físico y moral, cuando tendremos que unirnos más íntimamente al Jesús y a sus promesas para no alejarnos de sus huellas, porque es allí donde se purifica nuestro amor.
Hoy, hagamos una vez más el propósito de no separarnos del Maestro de Galilea.
Antes de las lecturas
En la primera lectura, escuchamos a Jeremías quejarse amargamente frente a las dificultades y persecuciones que encuentra en su misión profética y reprocha a Dios, que después de seducirlo con su amor, parece no acompañarlo en medio de los peligros.
San Pablo, en la segunda lectura, nos llama a ofrecernos como “hostia viva” y así transformar nuestra vida cotidiana y nuestra participación a la Eucaristía dominical una fuente de gozo y alegría. En el Evangelio, Jesús nos llama a abandonar la manera humana de pensar, para que siguiendo sus enseñanzas, podamos superar con fe y esperanza los momentos difíciles de nuestra vida.


Domingo 04 de Setiembre
Domingo XXIII "A"

Mt 18, 15-20 (Lecturas: Ez.33, 7-9; S.R. 94;Rm.13, 8-10)
Corregir al hermano...

La corrección fraterna no es un tema nuevo en la Iglesia. Todo lo contrario, era una cuestión que preocupaba seriamente a las primeras comunidades cristianas, tanto que ya aparece en el Evangelio de san Mateo, escrito antes del final del primer siglo de nuestra era. Se trata de un asunto muy delicado en las relaciones humanas y muy constructivo en la vida comunitaria y familiar cuando se lo practica bien, con respeto y amor hacia el hermano que, por debilidad o ignorancia o por maldad puede equivocarse.
El punto de partida para esta reflexión lo encontramos en la primera lectura, donde el profeta Ezequiel, a partir de la imagen del centinela, define las obligaciones de aquellas personas a las que Dios encomienda la conducción de la comunidad; y si bien subraya con fuerza esa obligación, también deja claro que después de los consejos de quienes conducen, es necesario respetar la libertad y la responsabilidad de los interesados.
Leyendo esta lectura desde nuestra perspectiva, vemos que como la misión de Ezequiel, la vocación cristiana incluye la obligación de ser mensajero de Dios y, por lo tanto, la necesidad y la preocupación por corregir al hermano cuando se equivoca, para que el mal no progrese en la comunidad o en la sociedad. Dicho de otra manera, la corrección fraterna nace del hecho mismo de ser cristiano, donde el mandamiento que resume a todos es el amor y la corrección fraterna no es más que una de las maneras de manifestarse. Por eso nadie puede escudarse en el individualismo o en la pereza. A cada uno de nosotros se nos pedirá cuenta no sólo de nuestros errores sino de aquellos que no supimos evitar que otros los cometieran. No olvidemos que muchas injusticias y crímenes se perpetraron en la historia por el silencio de los buenos.
Esta corrección fraterna es indispensable dentro de la comunidad cristiana porque la Iglesia no es una comunidad de “puros” o “limpios”, sino de pecadores, a quienes Cristo transforma y santifica con la gracia de los sacramentos.
Las enseñanzas de la primera lectura se hacen mucho más claras, explícitas y concretas en el Evangelio. Allí Jesús instruye a los primeros discípulos sobre esa virtud y fija la práctica de las primeras comunidades que deberemos tratar de imitar. Para ello enumera los pasos a seguir: frente al obrar público de algún miembro de la comunidad, el primer paso lo da el hermano que se da cuenta del pecado y lo invita a corregirse sin asumir la actitud de un juez inflexible o criticar a espaldas del interesado, ni tampoco lavarse las manos, ni mucho menos gritarle en la cara y en público su pecado. Jesús dice: “Ve y díselo en privado”.
Ahora bien, si fracasa este primer intento, se lo dirá acompañado de testigos. Sólo si falla esta última tentativa, lo denunciará delante la comunidad. Obviamente, cuando el caso es extremo.
Continuando la lectura descubriremos que este Evangelio nos recuerda que la comunidad cristiana debe ser el lugar donde cualquiera, en cualquier circunstancia y con cualquier pecado, encuentre hermanos capaces de escuchar y aconsejar. La comunidad cristiana no deberá ser el lugar del juicio y de la condena, sino el ámbito del diálogo, de la comprensión, del buen consejo y del perdón. Por eso, las tres posibilidades que enumera san Mateo dan por supuesto que la corrección fraterna exige un gran respeto, mucha caridad y permanecer siempre abiertos a la reconciliación. Para que dé frutos abundantes, se la deberá acompañar con la oración común (“Donde dos o más estén reunidos en mi nombre...”).
Luego, no se trata de una fragmentación, sino de la oración entre el que corrige y el corregido. Pero antes de comenzar esa tarea, repasemos estas ideas claves: no somos dueños de la verdad, también nosotros somos pecadores, hagámoslo entonces con humildad, sufriendo y no gozando.


Domingo 11 de Setiembre
Domingo XXIV “A”

Mt 18, 21-35 (Lecturas:Si 27,30_28,7;Rm 14, 7-9)
Como nosotros perdonamos...

El domingo pasado la liturgia de la Palabras, partir de un texto de san Mateo, nos llamó a reflexionar sobre la necesidad de la corrección fraterna. Un tema fundamental para la convivencia y el crecimiento de la comunidad.
Hoy, continuando el mismo texto de la semana anterior, nos llama a ir más allá de la corrección fraterna, pidiéndonos que aprendamos a perdonar a nuestro hermano demostrándonos de esa manera que la corrección y el perdón van tomados de la mano y son inseparables.
Para ponernos en clima, la liturgia nos recuerda los consejos del sabio autor del Libro del Eclesiastés, donde el escritor sagrado, un judío que vivió unos ciento cincuenta años antes de Cristo, en una avance enorme de la revelación, condena como inadmisible cualquier tipo de venganza. Para apreciar el avance, recordemos que el Antiguo Testamento estaba regido por la ley de Talión que proponía como válido “ojo por ojo y diente por diente”; una ley primitiva y cruel; pero que tenía la bondad de limitar la venganza. Luego, al que le mataban un buey, no podía matarle al responsable toda la hacienda... ¡Solo un buey!
El autor de la primera lectura, más cercano al Evangelio que los rabinos contemporáneos a Jesús, nos llama a reflexionar sobre lo pernicioso que es la venganza en las relaciones humanas y, más aún, en la vida de los creyentes, y por eso quiere hacernos comprender que quien sabe perdonar está cerca de la grandeza de Dios que juzga con misericordia a los hombres.
A la perfección de esa idea nos lleva la meditación del Evangelio de hoy, donde Pedro, en un alarde de generosidad está dispuesto a perdonar hasta siete veces. (Los rabinos de su tiempo admitían como máximo, perdonar cuatro veces...).
La respuesta de Jesús es categórica: setenta veces siete. Jesús, con esta afirmación da vuelta la expresión de Lamec, que al final del capítulo cuarto del libro del Génesis, promete vengarse de sus enemigos setenta veces siete del mal recibido. En otras palabras, esto significa que así como para Lamec la venganza sería ilimitada, para Jesús el perdón deberá ser ilimitado.
Pedro fue generoso, pero puso límites al perdón. Todos sabemos que el apóstol con esta afirmación, no esta en el camino justo porque en el amor no hay límites: el que ama `perdona siempre porque su objetivo es recuperar al ser amado.
En la parábola de hoy se comparan dos sumas exageradamente desiguales y se subraya la diferencia entre una gran cantidad de dinero y una ridícula: diez mil talentos contra cien denarios. Algo así diez millones de pesos contra cien...
La actitud del rey de la parábola que representa a Dios que perdona todas las culpas, contrasta con el siervo cruel y malvado. El comportamiento de este último seguramente nos resulta antipático; pero tratemos de no apresurarnos en nuestro juicio. Si lo observamos bien, descubriremos que se parece mucho a cada uno de nosotros: tiene nuestras mismas reacciones y nuestras mismas actitudes, se muestra duro e implacable como uno de nosotros.
Para cambiar nuestra actitud interior y nuestra manera de obrar, recordemos la petición que hacemos todos los días en el Padrenuestro: “Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es dura esta petición porque nosotros mismos ponemos límites a Dios... Y además de poner límites a Dios, pensemos que de acuerdo a la manera en que nos comportamos con relación a nuestro hermano, dependerá la sentencia en el juicio final. La condena del siervo cruel a una prisión perpetua significa que ya no es posible pagar la deuda, así que la condena es eterna.
Esta parábola, más allá de su dureza, tiene que hacernos reflexionar sobre nuestra actitud personal hacia quienes nos ofenden, llamándonos a la comprensión y al perdón. Además, si la leemos y meditamos en clave comunitaria, descubriremos que nos transmite un mensaje de esperanza: Dios está dispuesto a perdonar todas nuestras deudas. Su amor no tiene límites. Entonces, crezcamos en el amor y crecerá nuestro perdón.


Domingo 25 de Setiembre
Domingo XXVI “A”

Mt 21, 28-32 (Lecturas:Ez 18,25-28; Flp 2, 1-11)
Obras son amores...


Hoy trataremos de reflexionar sobre la sinceridad de nuestra repuesta a Dios y de nuestro compromiso a trabajar en su Reino, que es la Iglesia.
Esta reflexión está fuertemente vinculada con la meditación de la semana pasada, cuando le pedimos a Dios que nos convocara a trabajar en su viña, pero es aún más exigente: nos invita a examinar detalladamente nuestra respuesta. Y lo hace a través de una parábola en la que hay que tener presente los destinatarios y el siempre actual tema de la conversión.
La parábola está dirigida especialmente a los sumos sacerdotes, a los escribas y fariseos quienes tenían el deber, la obligación y la responsabilidad de conducir al pueblo a la salvación, porque eran la clase dirigente de Israel.
A esas personas Jesús les dice que si no se arrepienten y no cambian la manera de pensar, todo el pueblo quedaría excluido del Reino de Dios y por lo tanto, no participarían de las promesas hechas a sus Patriarca. Así fue. A pesar que sus antepasados se habían comprometido a trabajar en su viña, los herederos no mantuvieron la palabra empeñada y la catástrofe material y espiritual, profetizada por Jesús, se cumplió con todas sus letras: en el año 70, Tito, hijo del emperador Vespasiano, destruyó totalmente a Jerusalén y llevó prisioneros a la mayoría de sus habitantes.
Respecto a la conversión, el arrepentimiento y el cambio de vida, se repite la historia del domingo pasado: pueblos que en un primer momento habían respondido negativamente al llamado de Dios, ahora vuelven sobre sus pasos y aceptan la invitación.
La actitud de rechazo del pueblo hebreo al llamado de Dios es un misterio que escapa a nuestra comprensión, pero es una realidad que debe hacernos meditar para no caer en las mismas infidelidades y quedar excluidos de la salvación.
El Evangelio nos asegura que Dios llama a todos y que, al primer llamado, lamentablemente podemos negarnos. Quizás, como un acto instintivo, por miedo al compromiso, al esfuerzo, al sacrificio. Pero también es cierto que tenemos, con la ayuda de Dios, la posibilidad de cambiar. Así como nadie que aceptó el compromiso tiene garantizada la salvación si no persevera, tampoco el que se negó está automáticamente condenado, porque la conversión es posible. Puede existir una nueva oportunidad: Dios tiene tiempo y espera. Espera que lo que respondieron afirmativamente cumplan su palabra, den frutos verdaderos y trabajen con entusiasmo en la viña. Y espera también que os rechazaron la invitación cambien de actitud. Ese cambio debe manifestarse concretamente, con obras, haciendo realidad el dicho popular: “obras son amores y no buenas razones”.
Sabemos que Dios llama continuamente a trabajar en su viña. Si hasta ahora nuestra respuesta fue “sí”, que los hechos lo demuestren; y si fue “no”, el cambio es posible y se impone inmediatamente, porque no podemos continuar alejados de la gracia. Tomemos como modelo el “Sí” de María, la Madre de Jesús, que fue total y para siempre.


 Domingo 02 de Octubre
Domingo 27º “A”

Mt 21, 33-43 (Lecturas: Is 5, 1-7; Flp 4, 6-9)
Los viñadores asesinos


Nos encontramos por tercer domingo consecutivo con una parábola que tiene como argumento la figura de una viña. En este caso, Jesús retoma un poema de Isaías, lo retoca y lo actualiza para dirigirlo a los sumos sacerdotes y a la clase dirigente de la vida religiosa de Israel.
En ella nos asombra el comportamiento cruel de unos viñadores asesinos. En síntesis, basándose el poema de Isaías, Jesús pinta la tragedia que le espera al pueblo elegido por no corresponder a la misión que Dios le había encomendado en su plan salvífico. Pocos textos bíblicos son tan expresivos como los que se han leído en la primera lectura y en el Evangelio. Para ayudar a su comprensión se la puede analizar al menos desde tres puntos de vista.
Ubicándonos en el tiempo de Isaías, se trata de un anuncio en forma figurada, del exilio de Babilonia. El pueblo, infiel a la Alianza, después de sufrir la humillación de la derrota militar en el año 690 antes de Cristo, es deportado a Babilonia. Una tragedia que el pueblo judío nunca logró superar: quedó marcado a fuego y esas huellas se encuentran en los escritos posteriores.
Si la leemos e interpretamos con los cambios que agregó Jesús, se trata de una profecía aún más dura que la de Isaías: el pueblo hebreo no sólo perderá su independencia, sino que su capital política y su centro religioso serán destruidos, el pueblo dispersado por el mundo. Jesús responsabiliza a la clase dirigente por esa catástrofe.
También podemos ubicarnos en tiempos de los apóstoles, durante los primeros pasos de su predicación, cuando se escribió el Evangelio de san Mateo y ya se habían cumplido los anuncios. Desde esta perspectiva, el sentido inmediato es la situación del pueblo de Israel, dispersado o prisionero, inexistente como nación. De esa manera, el evangelista presenta a la Iglesia como nuevo pueblo de Dios, heredero de las promesas, en la que todos participamos a partir del sacramento del bautismo.
A partir de estos tres aspectos, la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestro tiempo. ¿Cómo está hoy la Viña del Señor, la Iglesia y cómo estamos nosotros, los viñadores? Recordemos que la vida de la Iglesia es responsabilidad de todos los bautizados y no sólo de las personas consagradas. Por eso la liturgia de la Palabra de hoy nos llama a examinar nuestro trabajo en la Iglesia, en nuestra comunidad parroquial y en nuestra familia, pequeña Iglesia.
Nos llama a preguntarnos qué frutos ofrecemos al Dueño de la Viña: ¿son agrios, llenos de orgullo, de egoísmo, de pereza e indiferencia? ¿O dulces, frutos de la generosidad, del amor, del compromiso con el hermano, de espíritu misionero, de oración? De la respuesta a estas preguntas podemos evaluar nuestra situación espiritual y también nuestro compromiso con Dios. El cristiano no puede quedar indiferente ante la vida de la Iglesia porque el bautismo recibido le exige que sea un miembro vivo y activo. En ello los jóvenes deberán distinguirse.
Hoy, en los umbrales del siglo XXI, la liturgia nos invita a reflexionar, aún más profundamente que los domingos pasados, en la llamada de Dios a pertenecer y trabajar como buenos viñadores en su Reino.


Domingo 09 de Octubre
Domingo 28º “A”

Mt 22, 1-14 (Lecturas: Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14.19-20)
No basta con entrar

La enseñanza central de la liturgia de la Palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre el banquete escatológico que se llevará a cabo al final de los tiempos, cuando Dios juzgue a la humanidad entera.
Isaías, con un lenguaje apocalíptico, profetiza que llegará el momento en que todos los pueblos --y no sólo Israel-- serán invitados al banquete del Reino y de esa manera accederán a la salvación.
Jesús en el Evangelio, retoma la parábola de Isaías y la adapta a la situación concreta del pueblo judío de su tiempo. Lo primero que llama la atención en las modificaciones que introduce, es la gran semejanza que tiene la primera parte del relato con el de los viñadores asesinos que se meditó el domingo pasado. Además, nuevamente Jesús responsabiliza a la clase dirigente de Israel por la infidelidad del pueblo, no obstante ser los primeros llamados y los depositarios de las promesas de salvación. Sin embargo
, esta parábola es aún más exigente y la diferencia está marcada en la pregunta-reproche del Rey: ¿Amigo, cómo pudiste entrar sin el vestido nupcial?
Hoy, esa misma pregunta es una dura interpelación para cada uno de nosotros. Significa que no basta ser invitados e incorporados a la Iglesia con el sacramento del bautismo para participar del banquete celestial. Tampoco será suficiente entrar a la sala de la fiesta. Es indispensable llevar puesto el vestido de la gracia, iluminado por el llamado de Dios y tejido con las buenas obras para festejar con el Rey.
Al invitado que osó presentarse sin ese vestido, por órdenes del rey, lo arrojaron afuera, donde “habrá llanto y rechinar de dientes”. Una expresión típica en la literatura bíblica para indicar la condena eterna.
Frente a la posibilidad de no llevar el vestido adecuado, el cristiano no debe perder la esperanza de recuperarlo y reconciliarse con Dios. Si bien es verdad que todos somos pecadores (faltas de amor, de solidaridad... la lista puede ser larga...); pero Jesús en todo momento nos habla de la misericordia del Padre. La parábola del hijo derrochón que se aleja de su casa para vivir una experiencia horrible, es quizás la más conocida; pero todo el Evangelio es un canto a la misericordia, sellado precisamente con un gesto sublime de amor: la muerte en cruz del Hijo de Dios.
Además de esta primera y principal interpretación, donde se nos anuncia que todos los pueblos están invitados a participar al banquete celestial vestidos con el traje nupcial, queda otra lectura, que la podemos aplicar a nuestra vida cristiana de todos los días: la exigencia del vestido de fiesta para participar al banquete eucarístico. Al respecto, san Pablo escribe en su primera carta a los Corintios que quien recibe el Cuerpo del Señor indignamente, recibe su propia condenación. En efecto, no se puede comulgar con quien no se está reconciliado. Sería una enorme hipocresía acercarse a la mesa del altar sin antes restablecer el estado de gracia. Todos sabemos que cuando el pecado es grave, no basta con el arrepentimiento sincero, sino que es necesario rubricarlo con el sacramento de la reconciliación. En esas circunstancias, debemos ser muy leales con Dios y con nuestra consciencia para no engañarnos a nosotros mismos. También aquí recordemos otras duras palabras del mismo san Pablo, esta vez escribiendo a los Gálatas: “Deus non irridetur”, a Dios nadie le toma el pelo...
Entonces, a la luz de estas enseñanzas, escuchemos el llamado de Dios a participar a su banquete y entremos vestidos de fiesta.


Domingo 16 de Octubre
Domingo 29º “A”

Mt 22, 15-21 (Lecturas: Is 45, 1,4-6; 1Ts1,1-5)
Ciudadanos de dos reinos

El Evangelio de este domingo relata un episodio en el que los fariseos, nacionalistas e irreconciliables con los romanos, juntos con los herodianos, partidarios y colaboradores con la fuerza de ocupación, le tienden una trampa a Jesús, buscando comprometerlo en declaraciones impopulares y peligrosas. Para ello una alían y se acercan al Señor para interrogarlo maliciosamente: ¿Es lícito o no pagar el impuesto al César?
La pregunta es capciosa, porque si Jesús respondía afirmativamente, escandalizaría a los fariseos y al pueblo en general, que no aceptaba ninguna forma de dominación y si rechazaba el pago, los herodianos correrían a denunciarlo a las autoridades romanas por rebelarse a sus leyes.
Sin embargo, los inquisidores cometen un error de apreciación: su pregunta, además de una respuesta afirmativa o negativa, admite también otra respuesta, la de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”
Jesús, no sólo se libera de la trampa que le habían tendido, sino que establece un principio fundamental respecto a la relación que existe entre la vida civil y la religiosa. Con su respuesta, podemos comprender fácilmente que debe existir una obediencia al poder civil en tanto y en cuanto no constituya un obstáculo para el cumplimiento con los deberes para con Dios.
En realidad somos ciudadanos de dos reinos: uno temporal, que se concretiza en una nación y otro espiritual, el Reino de Dios, que vivimos donde la providencia nos ubica y no hay una contradicción entre ambos, sino que pueden, y de hecho caminan juntos. Para ello tenemos que tener presente que a la frase: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, no hay que interpretarla de una manera cómoda y simplista y por lo tanto errónea, como si existieran dos reinos separados, como diciendo que cada uno debe permanecer en su casa o en su territorio: el sacerdote en la sacristía y el laico en la política, sino como dos realidades complementarias que si nos esforzamos sinceramente, nos permitirán descubrir el camino que nos lleva a Dios, especialmente, si toda nuestra actividad de ciudadanos está iluminada por la fe, por lo religioso y por las convicciones morales.
Tampoco se puede pensar que existan oposiciones entre las obligaciones sociales y las espirituales. Un cristiano que no cumple sus deberes cívicos y falta a sus compromisos para con el prójimo es un mal ciudadano y al mismo tiempo, un mal cristiano. El Evangelio de hoy nos enseña claramente que existen sí dos poderes distintos; pero que no son necesariamente opuestos. Un buen ciudadano sabe distinguir lo esencial de lo accidental, descartando todo aquello que no le permita ser fiel a sus compromisos
bautismales...


Domingo 23 de Octubre
Domingo 30º “A”

Mt 22, 34-40 (Lecturas: Is 25, 22-26; 1Ts 1, 5-10)
Los dos amores...

Hoy nos encontramos con los dos mandamientos que resumen toda la ley y los profetas. Es decir, toda la enseñanza de las Escrituras, todo lo que Dios ha revelado. Y no es una casualidad que ambos inicien con el verbo “amar” ¡Dios nos ama y nos pide que amemos a Él y a aquellas personas que conviven con nosotros!
Para comprender mejor y vivir bien este mandato, hay que tomar consciencia que Jesús no inventa nada nuevo, sino que recuerda dos preceptos de la Ley que los judíos debían conocer perfectamente, en modo especial el doctor que tiene el atrevimiento de tomarle examen. El primer mandamiento no es que una cita textual del capítulo 6,5 del Libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. Y el segundo, que es semejante al primero, es un texto del capítulo 19,28 del Libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Sin embargo, Jesús introduce una novedad fundamental en su respuesta: une en un solo mandamiento lo que en la Biblia está separado, no sólo en libros diferentes, sino en el tiempo, y por lo tanto, escritos en momentos distintos de la historia de Israel. En efecto, el Deuteronomio fue escrito poco después de la muerte del rey Salomón y el Levítico, al menos en su redacción final, después del destierro.
La otra novedad es la afirmación categórica de Jesús que asegura que en estos dos mandamientos se resume toda la Ley y los Profetas. Con ello descoloca a los rabinos de su época que contaban hasta nada menos que 613 mandamientos.
Con esta síntesis, Jesús nos enseña, que toda la revelación y la comunicación de Dios con los hombres se fundamentan en el amor. Él es el que da valides y autenticidad a toda la vida humana, a la vida religiosa y a la legislación canónica. Sin amor se puede ser buenos empresarios, pero no cristianos comprometidos con las enseñanzas del Evangelio.
En este doble y a la vez único amor que exige Jesús, la vida llega a su plenitud y adquiere su verdadero significado tanto en lo personal como en lo social. Por ello, estos mandamientos no son más que dos caminos que llevan al mismo encuentro: de Dios a los hermanos y de los hermanos a Dios.
Jesús nos dice que el núcleo y la raíz de todo amor verdadero están en el amor a Dios; es decir en el primer mandamiento; pero lo iguala y lo asimila al segundo para hacernos comprender que ambos son indisolubles. Aún más, el termómetro de nuestro amor a Dios es el amor al prójimo: “si decimos que amamos a Dios y no amamos a nuestro hermano, -- dice san Juan--, somos mentirosos”.
Por eso, el cristiano auténtico, que quiere vivir intensamente el Evangelio, intuye fácilmente que tiene que existir un equilibrio perfecto, sereno y constructivo entre los dos amores. En este equilibrio está la perfección, la santidad y el compromiso cristiano. En definitiva, en ese amor se concretiza el cumplimiento de la ley, y además, se simplifica la vida y le da ese toque de alegría y poesía que nos permite orar constantemente, “Padre nuestro... “ con la confianza de hijos.


Domingo 30 de Octubre
Domingo 31º “A”

Mt 23, 1-12 (Lecturas: Ml 114-2,2.8-10 y 1 Ts 2,7-9.13)
Una vida coherente

Vivimos en tiempo de la imagen. Los medios de comunicación social la utilizan continuamente tanto para informar como para tratar de imponer sus criterios de pensamiento y de vida y por eso resulta imprescindible ser dueños de una buena imagen para triunfar en este mundo. Al respecto, la liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrece abundante material para un profundo examen de consciencia, especialmente a los pastores de almas, a los sacerdotes en general... pero estos interrogantes son extensibles también a los padres de familia, a los educadores y a los responsables de la vida social de la nación.
Resulta que la actitud de los fariseos, con sus incoherencias, su verbalismo (muchas palabras y pocos hechos) y su búsqueda de honores y gloria, son tan actuales hoy como en los tiempos en que se redactaron los textos de la primera lectura y del Evangelio.
Sobre el tema se podrían hacer muchos ejemplos de la vida diaria y seguramente cada uno podría enriquecerlos con su historia personal.
No es tan difícil caer en la tentación de ser hipócritas y ofrecer una imagen que no corresponde a la realidad, parecer más bueno de lo que se es en la realidad, desear disimuladamente los primeros lugares y luchar, a veces, por los primeros puestos.
Cuando leemos el Evangelio descubriremos que la hipocresía es el pecado contra el que Jesús se descargó más veces y con más violencia. Lo fustigó con palabras de fuego, mientras que fue mucho más indulgente con los publicanos y las mujeres de vida dudosa.
Precisamente, esas son las acusaciones específicas que Jesús hoy hace a los escribas y fariseos. Les reprocha, en primer lugar, que no cumplan lo que predican con tanto rigor y en segundo término, les recrimina que practiquen obras exteriores para recibir honores, aplausos y la aprobación de la gente, pero no observan lo esencial de la Ley. Jesús condena su “doblez y la instrumentalización de la religión” para su propio interés. En otras palabras, en vez de servir a Dios se servían de Dios. Éste es, lamentablemente, un pecado muy actual y nadie puede decir que siempre está exento de él. Es un peligro al que están expuestos los ministros del culto de cualquier religión. Pero es necesario volver a subrayar que no es en pecado exclusivo de los ministros del culto, sino de todos aquellos que de alguna manera tienen a cargo la conducción o el liderazgo de la comunidad, sea religiosa, parroquial o nacional. Para conocerlos, no es necesario identificarlos con nombre y apellido... en realidad, todos podemos sentirnos tentados a instrumentalizar la fe, a Dios, en definitiva a defender nuestros intereses, haciendo creer lo contrario. ¿No es hipocresía participar devotamente en las funciones religiosas, acercarse a la comunión y después mostrarnos insensibles ante los pobres, apropiarnos de las cosas que no nos pertenecen, destruir a nuestros hermanos con calumnias y otras cosas semejantes?
Asumamos que la hipocresía no murió con los escribas y fariseos. Al contrario, sigue viva y con más fuerza que en los tiempos de Jesús, ya que los medios de comunicación la multiplican con un efecto deletéreo. Pidamos a María, la Madre de Jesús, que nuestra imagen sea brillante y transparente y que nuestro testimonio manifieste siempre nuestro amor a Dios y a los hermanos.


Domingo 06 de Noviembre
DOMINGO 32º “A”

Mt 25, 1 –13 (Lecturas: Sap 6,12-16; 1Tes 4,13-18) 
Con las lámparas encendidas

La vigilancia cristiana es una constante en las reflexiones de las primeras comunidades cristianas. La pagina del Evangelio de este domingo nos la ofrece a partir de un elemento folclórico de los casamientos judíos contemporáneos a Jesús. En esos acontecimientos era necesario que un grupo de personas, mujeres para el novio y varones para la novia, los acompañaran para iluminarles el camino, la ceremonia y la fiesta del casamiento.
Descubriremos más fácilmente el sentido de la parábola si la ubicamos en el contexto en que lo sitúa san Mateo y también en su marco litúrgico. Tanto el hecho que san Mateo la coloque en los últimos capítulos de su Evangelio, dentro del discurso del juicio final, como encontrarla en el penúltimo domingo del año, nos indica claramente su sentido escatológico.
Con estas aclaraciones nos damos cuenta que iniciamos un tiempo de rendición de cuentas, de los balances y como Jesús quiere que a nadie le vaya mal en este juicio, nos exhorta a estar alertas, atentos para no ser sorprendidos por su llegada.
Detallando aún más la interpretación del relato, podemos subrayar que las jóvenes de la parábola representan a la comunidad cristiana, a la Iglesia y en un sentido más general, a la humanidad. Pero en sentido particular, vemos en ellas a cada uno de nosotros que no podemos estar distraídos cuando llegue el Señor. Las lámparas usadas para iluminar y alegrar la fiesta, indican la fe, la esperanza y el amor que deben estar siempre encendidos en nuestra alma. A su vez, el aceite que en las Escrituras es signo de la consagración, de la bendición y de la fuerza, en este caso simboliza las buenas obras, la riqueza interior y la gracia. Por eso no se puede prestar, sino que hay que adquirirlo con el esfuerzo y la perseverancia; algo muy personal que refleja una actitud interior.
De todas maneras, debemos tener presente que el mensaje más fuerte de esta parábola y que más debe cuestionarnos en este momento, es el de la vigilancia, el permanecer despiertos esperando la llegada del Señor. Al respecto, hay notar que nadie puede estar despierto en lugar del otro: quien ama y desea sinceramente la llegada de una persona querida, difícilmente se quedará dormido. (¡Cuánto les cuesta a los niños dormirse cuando esperan regalos!). Al contrario, quien se duerme, demuestra poco interés por la persona que llega. Por otra parte, el que ama, desea estar presente con todo su corazón para abrazar al ser querido.
Otra aclaración respecto a esta página del Evangelio es que cuando se la escribió, la comunidad cristiana ya no esperaba inmediatamente el regreso del Señor, como aparece en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses, donde había hasta una cierta tensión escatológica. Por eso el evangelista exhorta a la vigilancia, a la espera, a estar alertas e insiste en que no puede ser pasiva, sin amor y con los brazos cruzados. El cristiano no puede “dormir”, sino trabajar poniendo en práctica este llamado a la perseverancia en la vida cristiana, pensando que con la llegada de Jesús, iniciará la fiesta. Una boda. Un encuentro entre personas que se aman y que se esperan con ansiedad


Domingo 13 de Noviembre
DOMINGO 33º “B”

Mt 25, 14-30 (Lecturas:Pr 31,10-13.19-20.30-31 y 1Ts 5,1-6) 
Capital a plazo fijo


La liturgia de la palabra de este domingo retoma el tema central del domingo pasado. Asegura que habrá un momento en el que deberemos rendir cuentas de nuestra vida.
Sobre este tema, la semana pasada se subrayó la vigilancia, el estar despiertos, atentos porque el Señor llegará en el momento menos esperado. “Como un ladrón...”, dice san Pablo, en la segunda lectura. Hoy se concretiza más el tema: cuando llegue se nos exigirá que rindamos cuentas personalmente y de acuerdo los dones recibidos.
La parábola no invita a reflexionar sobre los talentos que Dios da a cada persona y lo primero que debemos subrayar en este texto, es que Dios da sus dones a todos. Pero no a todos igual y esas diferencias son fácilmente comprobables en la vida humana: unos tienen buena salud y otros no; unos heredan bienes materiales abundantes y otros no tanto; unos crecen en ambientes de fe y otros en medio de la indiferencia; unos apenas nacen, reciben el bautismo y otros jamás llegarán a conocer a Cristo. Ejemplos de estas desigualdades sobran, sin embargo, Dios les ofrece a todos la oportunidad de enriquecerse espiritualmente, de crecer en todos los órdenes de la vida y de salvarse
Es allí donde surgen otras diferencias: unos son fieles, trabajadores, que comprenden que fueron llamados a perfeccionar el mundo con su esfuerzo y su creatividad.
Pero hay otros que tienen miedo. Un miedo servil, paralizante, que no los deja comprender que quien entierra su talento, se entierra a sí mismo y opta por las tinieblas y la muerte. A esas personas, Dios no las acepta en su reino porque llevados por el egoísmo, rehusaron aportar su talento, no supieron compartir ni amar. Aquí es oportuno distinguir que no todos lo miedos son iguales. Hay miedos estimulantes, que nos llevan a ser prudentes, previsores, sabios. También es bueno el miedo a no dar frutos o a vegetar en una vida rutinaria. Luego, no podemos dormirnos...
Esta liturgia también nos indica cómo debemos comportarnos concretamente con nuestros talentos. Precisamente, la primera lectura nos da el ejemplo, nos muestra el prototipo del servicio y de fidelidad a la familia y a la sociedad, en lo cotidiano y en lo extraordinario.
A partir de estas ideas, tomemos el ejemplo de María, la madre de Jesús, que supo estar siempre disponible a compartir su vida y a acompañar a su Hijo en el proyecto de salvación. Recordemos que ser cristianos es un verdadero desafío. Aceptémoslo con la valentía propia de quien trabaja para el Reino de Dios, y si queremos pertenecer al grupo de servidores leales, tendremos que permanecer fieles a la Palabra de Dios, al anuncio evangélico y a nuestro compromiso bautismal.


Domingo 20 de Noviembre
DOMINGO 34ª “A”

Mt 25, 31-46 (Lecturas: Ez 34,11-12.15-17 y 1Cor15,20-26.28)  
Cristo rey 

Camina en medio de su pueblo

Cuando pensamos en Cristo Rey surgen en nuestra mente un cúmulo de imágenes que despiertan las figuras de los reyes de esta tierra: ricos, famosos, cubiertos de alhajas y generalmente con el rostro radiante.
Sin embargo, cuando recordamos aunque sea rápidamente la imagen y la vida de Jesús, advertimos que dista inmensamente de esa realidad humana. Jesús es un rey diferente, tiene otra belleza y un encanto sublime. Descubrimos que es uno de los nuestros, porque con su nacimiento en Belén, el Dios de Abraham, Isaac y de Jacob, se encarnó y plantó su tienda entre los hombres, como dice el evangelista san Juan.
La liturgia de hoy nos lo presenta, en primer lugar, como un pastor que no obstante la infidelidad de su pueblo, sale a buscarlo, lo reúne, lo cura y para darle una nueva oportunidad para rehabilitarse, lo perdona y le infunde nueva vida. Ese rey pastor no teme mezclarse con su pueblo para acompañarlo y salvarlo y así reconstituido, volver a esperar en las promesas hechas a sus antepasados.
Pero aún más. Ese rey pastor nos sorprende y aparece en la plenitud de los tiempos, como alguien que sufre, que está enfermo, que padece la cárcel, que es extranjero y que después de haber muerto en la cruz y resucitar, al final de los tiempos, se presentará glorioso, como juez, para premiar y bendecir a quienes durante el peregrinar en la tierra, supieron reconocerlo en ese mendigo desamparado, en ese padre de familia sin vivienda o en esa víctima del egoísmo de los poderosos.
Ese rey resucitado todavía camina en medio de su pueblo. No exige, sin embargo, que le pongamos una corona de oro. Ya tiene una de espinas que nosotros mismos supimos imponerle antes que iniciara el camino al Calvario para morir por todos los hombres. Sólo pide que nos detengamos en nuestro trajinar cotidiano y que aceptemos su amor y su misericordia y comencemos de nuevo; esta vez sabiéndolo descubrir mientras comparte la vida con sus hermanos para bendecirlos y darles la posibilidad de heredar el reino preparado para ellos desde la creación del mundo.
La fiesta de hoy cierra el año litúrgico y más allá que la liturgia de la Palabra evoque en sus lecturas la figura de un juicio duro e inapelable, es un motivo de esperanza y alegría saber que nuestro rey nos ama. Cada uno de nosotros, en sus momentos de intimidad en la presencia del Señor, conoce cuántas veces percibió ese amor en el instante del perdón, en el encuentro con los seres queridos y cuando, siguiendo sus huellas, amamos y supimos reconciliarnos con nuestros hermanos, para seguir transitando serenos, los caminos de la vida, en busca del encuentro definitivo con el Rey que nos presentará al Padre para el abrazo eterno.


Domingo 27 de Noviembre
1er DOMINGO DE ADVIENTO “B”

Mc 13,33-37 (Lecturas: Is 63,16-17; 64,1.3-8) 
Mirando al horizonte...

Hoy inicia el tiempo de “Adviento”. Una palabra de origen latino que podría traducirse como “él que ha de venir” o como “él que ha de llegar”. Entonces la pregunta obvia es ¿Quién es el que está por llegar?
La respuesta para nosotros también es obvia: el que está por venir es Jesús. Pero aquí es necesario hacer una aclaración fundamental: Jesús, el Mesías esperado por los judíos, ya llegó hace dos mil años. En efecto, nosotros lo recordamos naciendo en Belén, de la Virgen María y en este caso, para nosotros “el adviento” será una actualización de ese acontecimiento salvífico. Un recuerdo.
Pero el Evangelio y todo el Nuevo Testamento nos hablan también de otra venida, la del final de los tiempos, llamada “Parusía”, un término griego que se usaba para indicar la llegada a una ciudad de un rey victorioso. Y precisamente, al final de los tiempos, Jesús resucitado, triunfador del pecado y de la muerte, regresará triunfante para premiar a quienes siguieron sus enseñanzas y las vivieron intensamente. Por eso el Adviento es el tiempo de la esperanza. Todos sabemos que el pueblo de Israel fue un gran maestro de la esperanza. En él se resumió toda la esperanza de la humanidad y la Iglesia recuerda la trayectoria mesiánica de ese pueblo para sostener el itinerario de su propia peregrinación por la historia. Tres personas encarnan y sintetizan esta expectativa: el profeta Isaías, Juan, el bautista y la Virgen María. Lo comprobaremos con el correr del tiempo de adviento.
Hoy, en el primer domingo, ya vimos aparecer figura de Isaías en la primera lectura, pidiéndole a Dios que no olvide a su pueblo. Obviamente, se trata de un pedido lleno de confianza para que no demore en enviar al Mesías salvador.
Pero, a partir de la página del Evangelio, la liturgia nos invita a meditar sobre la segunda venida del Señor y por eso nos recuerda un tema que ya hemos reflexionados hace unas semanas. Nos vuelve a hablar de la vigilancia y a estar preparados. Tres veces repite esa invitación.
Ese hombre que se fue de viaje, es la figura de Jesús, que después de la Ascensión, está fuera del alcance de nuestros sentidos. No lo podemos ni ver ni tocar, pero está. Y ese Jesús volverá a premiarnos, pero también a pedirnos cuenta de nuestras acciones: en su ausencia nos exigió compromiso en nuestras obligaciones y nosotros somos conscientes que no siempre fuimos responsables y fieles a lo que se nos confió. Por eso, esta espera y esta vigilancia, exigen de cada uno de nosotros arrepentimiento de lo que no hemos hecho bien, de lo que le hemos fallado a Dios y a nuestros hermanos.
Sostenidos por estas ideas tenemos que vivir todo este adviento creciendo en la esperanza y con la mirada puesta en el horizonte; pero en este primer domingo, poniendo todo nuestro esfuerzo en un acto de conversión y pidiendo perdón por nuestras infidelidades.


Domingo 04 de Diciembre
2º DOMINGO DE ADVIENTO “B”

Mc 1,1-8 (Lecturas: Is 40,1-5.9-11 y 2Pe 3,8-14) 
Juan, el mensajero que orienta la espera


A veces, la espera se hace larga y llena de tensiones. Sin embargo, la espera es una de las experiencias más ricas y estimulante de la vida: se espera el nacimiento de un hijo, la llegada de un ser querido, recuperar la salud, el final de una condena, el sueldo del marido para darles de comer a los hijos... ¡Tantas esperas!
La liberación de la esclavitud y el regreso a la patria, cuyos preparativos relata la primera lectura, fue la gran espera del pueblo judío cautivo en Babilonia, hasta que llegó Ciro, rey de los persas, que les prometió el retorno y cumplió su promesa. Durante ese tiempo y para mantener viva la esperanza, Dios suscitó a los profetas que les recordaban su fidelidad a la Alianza. Isaías es uno de ellos...
Pero la historia y la experiencia de la esclavitud se repitió varias veces en el pueblo de Israel. En tiempos de Jesús, nuevamente se encontraba esclavo, pero esta vez en su propia tierra. Era el turno de los romanos... y en esta situación, los judíos esperaban a alguien que los liberara. Nuevamente hay profetas. Uno se llama Juan y el otro Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Ambos anuncian la liberación; pero esta vez la liberación es diferente y definitiva. Juan, y después Jesús, ofrecen una liberación y un reino distinto, nuevo. En modo especial Jesús, el gran esperado, promete la liberación del pecado, del egoísmo, de la falta de solidaridad y para ello exige un cambio de vida en las personas que quieren formar parte del nuevo pueblo de Dios.
En ese clima de espera, este segundo domingo de adviento, nos llama a reflexionar sobre algunos temas puntuales y que nos ayudarán en nuestro caminar hacia la Navidad y también hacia el encuentro con Jesús, en su retorno glorioso. Para ello nos llama al desierto. A la soledad. A bucear en nuestro interior para identificar y corregir nuestros pecados y así allanar el camino que nos permite el reencuentro con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Nos abre los ojos para que descubramos a Jesús y, de esta manera, acentuar nuestra actitud de espera.
Además, deberemos escuchar a su mensajero, a Juan el Bautista y a todos los que nos anuncian la necesidad del cambio de actitud y a convertirnos. Esto no será posible si no aceptamos que podemos estar caminando en una dirección equivocada.
Como paso siguiente y complementario, es necesario que nosotros mismos, en este tiempo, nos transformemos en mensajeros; en verdaderos profetas, como lo fue Isaías para los desterrados en Babilonia y como Juan el Bautista, en tiempos de Jesús. Así crecerá cada día nuestra preparación a recibir el Señor que viene y nos encontrará oteando el horizonte con la lámpara encendida.
Palabras de bienvenida
Seguimos caminando hacia la celebración de la Navidad y hacia el encuentro de Jesús resucitado. Este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos presenta a Juan el bautista, para que siguiendo sus huellas y sus palabras, avancemos en nuestra preparación.
Compartamos esta Eucaristía con la esperanza en la salvación, cimentada en la experiencia de la reconciliación y del amor de Dios Padre por todos los hombres.


Domingo 11 de Diciembre
3º domingo de Adviento B

Jn 1, 6-8. 19-28(Lecturas Is 61, 1-2. 10-11;1 Ts 5, 16-24;) 
Nuestro testimonio

Continuamos con la preparación espiritual para contemplar y adorar el gran misterio de la Navidad. En este caminar, Isaías y a Juan Bautista, dos de las grandes figuras de la historia de la salvación y del adviento, continúan presentes con su anuncio: el profeta, con su palabra y con su ejemplo; Juan Bautista con su testimonio fiel y heroico, nos hace escuchar su voz que nos llega desde la lejanía del Antiguo Testamento, actualizando las promesas hechas a Abraham, las palabras de los profetas y las oraciones de los Salmos...
Con ese mensaje, nos llaman a seguir el ejemplo de sus vidas e imitar su fe y su confianza en la salvación prometida. Así descubriremos que también nosotros estamos llamados a ser voz clara y elocuente para nuestros hermanos, la que anuncia “al que ha de venir” e indicarles el camino.
Sabemos que los hombres y la sociedad están, a veces, alejados de Dios. No lo conocen ni lo buscan y muchas personas, bautizadas o no, no saben quién es ese Jesús y qué vino a hacer a este mundo. No comprenden qué significa que un niño, llamado Jesús, haya nacido en Belén, vivido en Nazaret, muerto y resucitado en Jerusalén. Leyeron o escucharon su historia, pero ella no influye en sus vidas y aún, el así llamado mundo cristiano del que pertenecemos, no tiene cabal consciencia del precioso don que recibió con la presencia de Dios hecho hombre, participando de los acontecimientos de este mundo y recorriendo con nosotros los caminos de la vida. Los valores cristianos están eclipsados, oscurecidos y, a veces, han desaparecido de la consciencia humana. Es lo que se acostumbra llamar ateísmo práctico. Y es precisamente a ese mundo confundido por las atracciones terrenales y despojado de toda vida sobrenatural, al que debemos acercarnos e interpelarlo como Juan: ¿Quién eres tú cristiano? ¿Qué dices de ti mismo y de Cristo, que dices conocer? Pero antes de hacer estas preguntas, y a otras semejantes, deberíamos nosotros saber dar una respuesta auténtica y convincente porque si somos sinceros. Muchas veces tampoco nosotros tenemos la respuesta ya que no estamos lo suficientemente iluminados por Cristo para poder iluminar a nuestros hermanos.
Como cristianos comprometidos, deberíamos poder decir, con Isaías: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha consagrado con la unción y me ha enviado a llevar la Buena Noticia". Pero para que todo esto pueda ser realidad, preguntémonos: ¿Vivimos en la justicia y en la santidad? ¿Somos honestos? ¿Somos generosos y hospitalarios?
Tengamos presente que nuestra Buena Noticia tiene que ser, como su etimología lo proclama, un anuncio alegre, festivo, porque anunciamos a Cristo, que es la liberación total del dolor sin sentido, de la angustia y del terror de la muerte, del pecado, de la falta de solidaridad.
Ese mensaje de salvación, lo tendremos que anunciar con el testimonio personal, que va más allá de las palabras, para concretizarse en acciones palpables que pueden verse y cuestionar.
Por otra parte, no podemos realizar en otros esa liberación si no vive la experiencia liberadora de Cristo. No podemos ser libres y liberar, si nosotros no nos liberamos de las falsas ilusiones, del egoísmo, de la pereza espiritual que nos quita la sensibilidad para descubrir a Dios en nuestro hermano. En una palabra, si no nos liberamos del pecado y no nos reconciliamos con Dios con profundo cambio de vida, no podemos ser sus mensajeros.


Domingo 18 de Diciembre
CUARTO DOMINGO  DE ADVIENTO Ciclo "B"

Lc 1,26-38 (Lecturas: 2Sm 7,1-5.8-12.14.16 y Rm 16,25-27) 
Dios quiere edificar una casa entre nosotros

A pocos días de Navidad, nuestro espíritu sensibilizado por la intensa preparación llevada a cabo durante el Adviento, siente que el recuerdo del cumplimiento de la promesa de Dios de habitar entre nosotros es casi una realidad.
Para a acercarnos más a ese misterio inefable y a través del diálogo entre el profeta Natán con el rey David, la liturgia nos invita a reconstruir a uno de los momentos culminantes de esa historia. Ese mensaje se entenderá mejor si recordamos los hechos que motivaron las palabras del mensajero de Dios. Es el rey David, quien alrededor del año 1000 unifica las tribus de Israel en una sola tierra y bajo un solo rey, llevando la realeza a su gloria máxima. En un segundo tiempo, para estabilizar su dinastía (su casa) y afianzar la unidad de su pueblo en torno a un centro espiritual, pensó edificar un templo, una casa que abrigara el Arca de la Alianza, el signo material y visible su presencia.
La respuesta de Dios a ese proyecto fue muy negativa. Aún más, hay algo de sorna en la pregunta: “¿eres tú el que me va a edificar una casa para que yo habite?” Como si dijera: "no me digas: ¿así que tú me vas a hacer una casa a mí, que siempre estuve contigo? No trates de encerrarme en una casa de piedra. Ábreme las puertas de tu corazón para que yo entre en él". Sin embargo, junto con esta reprimenda, Dios agregó una promesa: "Tu casa y tu reino durarán eternamente". Y, a su manera, Dios cumplió con lo prometido y de eso nos habla el Evangelio.
Vemos en la página de hoy, que Dios siguiendo su proyecto inescrutable, edificó su casa en el mundo de los hombres, entroncada en la casa de David, estableciendo una nueva y eterna alianza. Pero esa nueva casa no la construyó en terrenos materiales, sino en el corazón y en una respuesta humana, en el sí de María.
La encarnación es el misterio por el cual Dios, al plantar su tienda o su casa entre nosotros, se unió a cada uno de los hombres, para transformar desde adentro sus vidas.
El relato de san Lucas nos asegura que María es la "tierra" en la que Dios edifica su casa. Ella es el modelo que nos enseña el camino para que también nosotros podamos ser terreno apto sobre el cual pueda levantar su construcción el Espíritu. Ella es el terreno preparado, limpio, despejado de maleza, sin piedras y sin viejas construcciones. Ella es el terreno libre, no poseído, totalmente disponible, reservado en su totalidad para la nueva construcción. Su virginidad expresa esa purificación, simboliza un corazón humilde, pobre, puesto sólo en Dios. Simboliza la fe, la confianza en las construcciones del Espíritu.
Hoy, a pocos días de Navidad, abramos nuestras puertas, abramos nuestra alma para que Dios construya, edifique, plante su tienda en nuestra alma. ¿Qué significa abrir nuestras almas? Significa creer en María, confiar en María, estar libres de malezas, como lo estuvo ella. En una palabras, ser una tierra abonada para que Jesús construyera su casa y habite entre nosotros.


Domingo 25 de Diciembre
NAVIDAD

Jn 1,1-18 (Lecturas;Is 52,7-10 y Heb 1,1-6) 
Un acontecimiento, un mensaje, una respuesta.


La página del Evangelio que leemos en la fiesta de Navidad, relata el nacimiento de Jesús. Pero al mismo tiempo, nos deja vislumbrar el misterio que encierra ese nacimiento tan extraordinario.
Es decir, hay un acontecimiento fuera de lo común. Único. Y hay un mensaje que revela en parte, el secreto y el misterio.
Los hechos los conocemos perfectamente: Jesús nace en Belén y su Madre lo acuna en un pesebre. Este acontecimiento, que si no fuera iluminado por la revelación y la fe, sería uno de los tantos nacimientos pobres que sucedieron en Palestina de esos tiempos y que continúan sucediendo hoy. Pero está acompañado de un mensaje que le da significado y que fundamenta toda su importancia.
Este es el mensaje. Unos pastores que estaban cuidando sus rebaños esa noche, fueron envueltos en un resplandor de luz celestial y en ese momento escucharon el anuncio del ángel "Hoy, en la ciudad de David ha nacido el Mesías" y cuando éste se alejó oyeron cantar: "Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor". Ese mensaje aclara el misterio de ese nacimiento.
Hace dos mil años que los hombres recuerdan este acontecimiento y no cesan de quedar atrapados por su dulzura y fascinados por la presencia de este niño. Dios se hace hombre en un humilde pesebre, en una fría noche de invierno. Un misterio que nos conmueve íntimamente.
Sin embargo, reflexionemos. Navidad no es simplemente un momento de emoción, de dulzura, de ternura. Navidad es la irrupción de Dios en la historia humana, y se compromete para siempre con el hombre, dándole un significado nuevo a la vida y a la historia.
Por eso preguntémonos ya:
§ Estamos preparados para aceptar en nuestro espíritu el significado profundo de esta noticia: "En la ciudad de David, ha nacido el Mesías, Dios se ha hecho hombre"
Estamos preparados para descubrir el significado de es signo: Dios recostado en una cuna.
§ Estamos espiritualmente abiertos y capaces para asombrarnos y conmovernos delante el hecho que Dios se acerque al hombre para compartir su debilidad, su fragilidad y su pobreza.
§ Sobre todo, preguntémonos si tenemos un corazón disponible para comprometernos con su mensaje y abrirnos al regalo estupendo de la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos.
¿Nos sentimos renovados y transformados por la alegría 
de la presencia de Dios?
La contemplación del misterio de Navidad debe ser acompañada por una reflexión atenta y profunda de su significado a nivel humano. Para ello partamos de la idea de que el hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza. Ya por ese motivo tenía una estrecha relación con su Creador. Pero con la encarnación, Dios se acerca aún más, se hace hombre para compartir su historia. Es como si en un determinado momento, se hubiese enamorado de su criatura y decidiese convertirse en una de ella. De esa manera, Dios se hace presente en medio de nosotros para participar de nuestra historia. Es Dios con nosotros. Este acontecimiento está lleno de significado: no sólo porque eleva al hombre al nivel divino, sino porque acerca a Dios al plano humano.
Esta realidad misteriosa e inefable, debe traducirse en un verdadero compromiso cristiano. No se trata sólo de un hecho histórico y cultural; sino de un hecho que transforma desde adentro a la humanidad.
Hoy la Iglesia interpreta y actualiza la presencia de ese Niño de Belén. El acontecimiento que estamos celebrando nos permite contemplar al mundo y a la historia con ojos nuevos. Navidad nos permite comprender, sentir y comportarnos como verdaderos cristianos.

 

 

 

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Última modificación: 15 de Marzo de 2006