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Homilía del Sr. Arzobispo durante la misa en recuerdo de las víctimas del incendio en Cromagnon
“Yo dejaré en medio
de ti a un pueblo pobre y humilde que se refugiará en el nombre del Señor”
(Sof. 3:12). Así suena la promesa de Dios a su pueblo en momentos de mucha dificultad
y prueba. Lo acabamos de escuchar. No le promete ni riqueza, ni poder; pero sí
el cuidado y la seguridad más grande que se puedan encontrar: “se refugiará en
el nombre del Señor”. Le promete su intimidad, su calidez de Padre, su acogida
llena de ternura y comprensión. Y hoy nosotros venimos a pedir esto. Nuestro dolor, desde hace un mes, es muy grande; un dolor que no se puede expresar con palabras; un dolor que abofeteó a nuestra ciudad, que golpeó a hogares enteros. Venimos a encontrar refugio en el nombre del Señor. Pedimos su caricia amorosa de Padre. No somos importantes “ni poderosos ni nobles”, como escuchamos decir recién a San Pablo, pero queremos ser el pueblo del Señor; queremos que nuestra fuerza sea su mirada bondadosa y, en nuestro dolor, venimos a buscar al Señor, según nos lo pide el profeta en la primera lectura: “Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra” (Sof. 2:3). Le contamos al Señor lo que nos ha sucedido. Le decimos que no somos poderosos ni ricos, ni importantes; pero que sufrimos mucho. Le pedimos que nos consuele y no nos abandone porque queremos ser es “pueblo pobre y humilde que se refugia en el nombre del Señor” (Sof. 3:12). Le pedimos que nos mire mucho porque queremos seguir caminando y queremos seguir luchando”. Nos apoyamos en su promesa: “Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt. 5:5). Le pedimos su consuelo, que no es una especie de resignación pasiva sino la caricia del Padre que nos levanta y nos vuelve a poner en camino con la mirada en su rostro que es misericordioso y que hace justicia. Sí, escuchamos recién su palabra: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt. 5:6). Por eso también le pedimos justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable. Y así, afligidos y unidos, pobres y humildes, hoy oramos juntos. Que nuestra oración atraiga la mirada de nuestro Padre Dios. Que nuestra oración sea escuchada para el descanso eterno de tantas vidas jóvenes arrancadas por la irresponsabilidad. Que nuestra oración traiga consuelo a las familias que sufren. Que nuestra oración siga fortaleciendo a tantos hombres y mujeres que se desvivieron en esta calamidad: enfermeras, enfermeros, médicos, voluntarios, bomberos... Que nuestra oración sacuda y despierte a ésta, nuestra ciudad dolida, para que no ponga su esperanza en los poderosos, sino en el Señor, y entienda que con los niños y los jóvenes no se experimenta. Que el Señor nos lleve de su mano y la Virgen Santa nos cuide.+
30 de enero de 2005 Card. Jorge Mario Bergoglio. s.j. Homilía
del Sr. Arzobispo durante la Misa Crismal
Queridos
hermanos «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.» Me impresiona el “hoy” de Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia. Le venimos pidiendo al Señor la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia, fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con historia, con cultura, con tiempo. La
Iglesia vive en el Hoy de Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua,
que nos reúne como un solo cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral,
es de las expresiones más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última
cena, fuente de perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos
su Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones heridos…
Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro pueblo fiel.
Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto. Fuera de ese hoy –fuera del tiempo del Reino, tiempo
de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de misericordia- los otros tiempos,
el tiempo de la política, el tiempo de la economía, el tiempo de la tecnología,
tienden a convertirse en tiempos que nos
devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden
su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos,
paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos plazos
no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o la falta
de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el tiempo
de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja madurar
el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a veces
ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan siempre los
mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer aburrido
y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los tesoros de la
sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe, riquísimo en esperanza. El hoy de Jesús es un tiempo con memoria, memoria de familia, memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la que está vivo el recuerdo de todos los santos. La liturgia es la expresión de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza, de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo, cotidianamente. En el hoy de Jesús no queda lugar para
el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la angustia. No hay
lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor “el amor vence
al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor está con nosotros
‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha prometido y nosotros
sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la angustia porque el
hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que necesitamos” y en
sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay lugar para la inquietud
porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace falta en el momento oportuno. La audacia del Señor no se limita a gestos puntuales
o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se deja moldear, diríamos, por
cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y la pastorea hasta hacerla
entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el espacio del encuentro y
le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la fragilidad de nuestro pueblo,
debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de gracia del Señor. En nuestra oración,
en primer lugar, tiene que fortalecerse el corazón al sentir que está viviendo
el cumplimiento de las promesas. Entonces sí, podemos salir con audacia, confiados
en la providencia, abiertos realmente a los otros, sin las anteojeras de nuestros
propios intereses sino deseosos de los intereses del Señor. Pero
también una forma de entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros
mismos y entrar en el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive
este hoy de Jesús mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al
fervor espiritual y a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos
moldear el corazón en medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo
de cargar con ellas. Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en
los reclamos sencillos e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe
capaz de concentrar toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto
sencillo de recibir una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición
nuestro pueblo fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos
largos que tiene nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo
de vida peregrinante, de aliento largo,
marcado por las grandes fiestas…,
saber leer, digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor
del amor de Dios a lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes
de la vida. Es que en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio
del Angel “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo
el pueblo: les ha nacido hoy, en
la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10). Ese hoy de
Jesús que nace en medio de su pueblo
es el hoy del Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado
hoy” (Cfr. Hb 5, 1-6). Entremos, pues,
en el hoy salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de
la Escritura que acaban de oir”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel.
Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro
pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del evangelio
de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y oprimidos.
A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos. Le
pedimos a San José, ya que este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa,
que nos haga entrar activa y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo
que ayudó a criar. San José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de
Jesús que ya había entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura,
sabiduría y gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de
María, la del Niño- que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda
esta gracia. Buenos Aires, 24 de marzo
de 2005.
Card. Homilia
del Señor Arzobispo durante la Queridos hermanos: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.» Me impresiona el “hoy” de Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia. Le venimos pidiendo al Señor la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia, fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con historia, con cultura, con tiempo. La Iglesia vive en el Hoy de Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua, que nos reúne como un solo cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral, es de las expresiones más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última cena, fuente de perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos su Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones heridos… Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro pueblo fiel. Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto. Fuera de ese hoy –fuera del tiempo del Reino, tiempo de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de misericordia- los otros tiempos, el tiempo de la política, el tiempo de la economía, el tiempo de la tecnología, tienden a convertirse en tiempos que nos devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos, paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos plazos no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o la falta de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el tiempo de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja madurar el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a veces ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan siempre los mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer aburrido y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los tesoros de la sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe, riquísimo en esperanza. El hoy de Jesús es un tiempo con memoria, memoria de familia, memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la que está vivo el recuerdo de todos los santos. La liturgia es la expresión de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza, de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo, cotidianamente. En el hoy de Jesús no queda lugar para el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la angustia. No hay lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor “el amor vence al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor está con nosotros ‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha prometido y nosotros sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la angustia porque el hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que necesitamos” y en sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay lugar para la inquietud porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace falta en el momento oportuno. La audacia del Señor no se limita a gestos puntuales o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se deja moldear, diríamos, por cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y la pastorea hasta hacerla entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el espacio del encuentro y le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la fragilidad de nuestro pueblo, debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de gracia del Señor. En nuestra oración, en primer lugar, tiene que fortalecerse el corazón al sentir que está viviendo el cumplimiento de las promesas. Entonces sí, podemos salir con audacia, confiados en la providencia, abiertos realmente a los otros, sin las anteojeras de nuestros propios intereses sino deseosos de los intereses del Señor. Pero también una forma de entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros mismos y entrar en el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive este hoy de Jesús mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al fervor espiritual y a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos moldear el corazón en medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo de cargar con ellas. Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en los reclamos sencillos e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe capaz de concentrar toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto sencillo de recibir una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición nuestro pueblo fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos largos que tiene nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo de vida peregrinante, de aliento largo, marcado por las grandes fiestas…, saber leer, digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor del amor de Dios a lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes de la vida. Es que en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio del Angel “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10). Ese hoy de Jesús que nace en medio de su pueblo es el hoy del Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Cfr. Hb 5, 1-6). Entremos, pues, en el hoy salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel. Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del evangelio de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y oprimidos. A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos. Le pedimos a San José, ya que este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa, que nos haga entrar activa y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo que ayudó a criar. San José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de Jesús que ya había entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de María, la del Niño- que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda esta gracia. Buenos Aires, 24 de marzo de 2005. Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. Homilía
del Sr. Arzobispo,
Beunos
Aires, 4 de abril de 2005 28
de Mayo de 2005 Queridos hermanos y hermanas: 1- En las lecturas de esta Fiesta, hay dos frases que quisiera compartir con ustedes. Una es de San Pablo, y nos habla de unión, de unión entre mucha gente, de la unión de una Iglesia que es asamblea grande. Dice así: “Hay un solo pan, y todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 17). La otra frase abre y cierra el Evangelio de hoy. Es de Jesús, y nos habla de un pan que camina, que baja del cielo, que da vida a un pueblo caminante y que se le ofrece para que dé vida a todo el mundo. Es un pan que sale al encuentro de todos, un pan misionero. Dice así: “Éste
es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El
que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para
la Vida del mundo”. Y, al oír estos textos, pienso en nuestra Asamblea Arquidiocesana. Hoy somos gente caminando en Asamblea, cada uno en su estado de vida, con su carisma personal. Padres de familia, sacerdotes, religiosas, catequistas… caminando en Asamblea. Niños, ancianos, jóvenes, papás y mamás… caminando en Asamblea. Pueblo fiel de Dios caminando en Asamblea, en procesión, en torno al Cuerpo de Cristo, Pan de Vida. Como el pueblo de Israel al salir de Egipto, caminando en Asamblea hacia la tierra prometida, que para nosotros es el Cielo del que baja, caminando a nuestro encuentro en cada Eucaristía, Aquél que es Pan para la vida del mundo. 2- La convocatoria a la Asamblea Diocesana nos interpeló a todos.”¿Qué significa, cómo se prepara, por qué ahora…?”. y surgieron preguntas, propuestas, diagnósticos, planes… Al ver y repasar en oración todas las reacciones me venía a la memoria una manera de proceder de Juan Pablo II. Cuando le presentaban un problema o se planteaba un desafío preguntaba dos cosas: la primera ¿qué pasaje del Evangelio ilumina este desafío?; la otra: ¿a quién podemos convocar y preparar para afrontarlo o resolverlo?. La respuesta a la última pregunta es clara: El Señor nos convoca a todos. ¿A quién podemos convocar y preparar para afrontar los desafíos de la Arquidiócesis? A todos, a la Iglesia en Asamblea. Y como pasaje del Evangelio que puede iluminar este desafío me venía al corazón el final del Evangelio de san Juan, aquella noche cuando Pedro dijo: “ ’Voy a pescar’ y los otros le contestaron ´También nosotros vamos contigo´. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”. Sin embargo algo pescaron en medio de su fatiga y esterilidad. Aquel pequeño grupo, aquella primera Iglesia –todavía barquita- que salió a “navegar mar adentro en Asamblea”, lo atrajo al Señor. Pescaron a Jesús, podríamos decir. En realidad era a Él a quien habían salido a buscar. O mejor dicho, habían salido a esperar que los viniera a buscar, como otras veces. Y Pedro, cuando lo ve, se tira al agua con audacia, con coraje.
3- Caminar en asamblea, como el pueblo de Israel en el desierto, navegar en asamblea, como los primeros discípulos del Resucitado es un exponernos juntos para que el Señor nos mire, nos busque y se nos manifieste. Caminar en Asamblea como hicieron José y María, es hacer juntos la apasionante experiencia del discernir con otros, para dejar que sea Dios quien escriba la historia. Caminar en Asamblea como hicieron los caminantes de Emaús es entrar en el "Tiempo de Dios" , de modo que su presencia compañera nos permita ahondar en nuestra identidad y tomar conciencia de nuestra misión. Caminar en Asamblea es ponernos en ocasión de dialogar por el camino, como lo hacían los discípulos mientras seguían a Jesús, dejando que luego, al compartir el pan, él les ayudara superar desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera. Caminar en Asamblea es salir al encuentro de la gente, cuidar las fragilidades, confiando en la promesa de Jesús que dará eficacia a la Palabra y a los gestos con los que damos testimonio de su amor.
4- Cuando una Iglesia particular se reúne y persevera en oración, en compañía de María, el Espíritu se siente nuevamente llamado y viene en nuestra ayuda. Nos ponemos en camino, entonces, para atraer la mirada de nuestro Dios. Queremos atraer sobre nosotros la mirada providente de nuestro Padre del Cielo, que a nosotros, hijos pródigos, nos ve de lejos, apenas nos hemos levantado y puesto en camino de retorno a Él que tiene preparado el Banquete de la Eucaristía, el Banquete del Pan de la Misericordia, capaz de alegrarnos más allá de toda expectativa humana. Queremos atraer sobre nosotros la mirada compañera de Jesús, el Hijo amado, que también se lanza mar adentro y viene a nuestro encuentro sobre nuestras fragilidades y las dificultades de la vida cuando ve que, por amor a él, hemos quedado expuestos, y necesitamos que nos dé una mano porque en la fe nos hemos lanzado al agua y solos no podemos. Para los amigos predilectos que se lanzan al mar, juntos y con audacia apostólica, el Señor tiene preparado en la orilla el desayuno de la Eucaristía, el Banquete del Pan del Camino que se comparte fraternalemente, en silencio adorante, entre misión y misión, capaz de restaurar las fuerzas más allá de toda expectativa. Queremos atraer sobre nosotros la mirada del Espíritu que hace arder los corazones, atraído por una Iglesia que lo espera reunida. El Espíritu es el que nos convierte en verdadera Asamblea y nos pone en camino para salir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. El Espíritu es el que marca el ritmo de la vida de la Iglesia. Y lo marca eucarísticamente: marca el tiempo en el que la Asamblea se reúne a esperarlo, y a los que se mantienen juntos los consolida con el Pan de la misericordia que pacifica y guarda la unidad. Él es el que marca el tiempo en que la Asamblea se pone en camino impulsada por su soplo viviente; y a los que se animan a salir a misionar el Espíritu los acompaña y les va sirviendo a sus tiempos el Pan de la caridad gratuita, que alimenta inusitadamente la vida de la Asamblea, multiplicando los panes y reanimando a los que siguen al Señor.
5.- Cuando, con coraje apostólico, caminamos en Asamblea, el Señor camina con nosotros. Y entonces es Él quien escribe la historia. Ponerse en Asamblea es dejar que sea Dios quien escriba la historia, que sea Dios quien protagonice la lucha, que sea Dios quien haga nuevas todas las cosas. Y que haga todo esto con nosotros: con los signos que hacemos con nuestras manos, con las huellas que dejan nuestros pasos… El escribe la historia. Y sabe escribir derecho aún con renglones torcidos. A María, la mujer Eucarística, la primera que salió a caminar, con Jesús en sus entrañas, en torno a la cual se reunió la primera Asamblea a la espera de Pentecostés, le pedimos que venga con nosotros a caminar y que nos mantenga unidos en la oración para que, a través nuestro, el Señor pueda llegar a dar vida a todo el mundo, como es su deseo. Buenos Aires, 28 de mayo de 2005.
Card.
Jorge Mario Bergoglio s.j. VIII
Jornada de Pastoral Social
Card. Jorge Mario Bergoglio
VIII Jornada de Pastoral Social
LA
NACIÓN POR CONSTRUIR:
“Dichoso
el hombre que su gozo es la ley del Señor.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruta en su sazón
y no se marchitan sus hojas”. (Sal. 1,1-3) Prólogo
El
presente trabajo surge en el contexto de la preparación de la VIII Jornada de
Pastoral Social, organizada por el Departamento de Pastoral Social de la Arquidiócesis
de Buenos Aires, bajo el lema: “La Nación por construir: utopía,
pensamiento, compromiso”. En los últimos años,
la Pastoral Social de Buenos Aires, de manera coincidente con el espíritu de
diversas declaraciones del
Episcopado Argentino, ha venido proponiendo en sus Jornadas anuales, como centro
de su reflexión, el tema de la Nación. En ellas, desde
un enfoque multidisciplinario y con la participación de
diversos actores que hacen a la vida intelectual, política y social,
tanto nacional como de la Ciudad de Buenos Aires, se brinda
un rico espacio de encuentro y diálogo para todos aquellos que sienten
este imperativo de construir la Nación.
Desde esta
preocupación común, surgió esta
iniciativa de prestar un servicio para esa tarea, ofreciendo de manera ordenada
y sistemática el pensamiento del
Arzobispo de Buenos Aires quien, como Pastor, en diferentes mensajes a la comunidad, ha expresado con claridad
esta necesidad de trabajar, en un esfuerzo colectivo, por reconstruir los vínculos
sociales y crear un futuro incluyente para todos. En la
elaboración de este material, que intenta ser una síntesis de su pensamiento,
se ha trabajado a partir de diferentes mensajes y homilías del Cardenal
Bergoglio, especialmente aquellos
donde él ha volcado su reflexión sobre la Nación, como son sus predicaciones
en los sucesivos Te Deum celebrados en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires
en los últimos años, sus mensajes anuales a las Comunidades Educativas de la
Arquidiócesis, así como también diversas
intervenciones suyas en las Jornadas y demás encuentros organizados por
el Departamento de Pastoral Social, destacándose entre ellos su Conferencia
inaugural del Ciclo de Formación y Reflexión Política, organizado por la
Pastoral Social a través del CEFAS (Centro de Estudios, Formación y Animación
Social) en el año 2004. A partir
del análisis de estos diferentes textos se ha intentado recuperar su
pensamiento de manera sintética, ordenándolo en este caso de acuerdo a los tópicos
“pensamiento, utopía y compromiso”, presentes en la temática de la Jornada
del año 2005, con el propósito de reflejarlo fielmente, manteniendo siempre el sentido y espíritu de sus palabras. Así
elaborado, el texto le fue entregado al Cardenal Bergoglio, quien lo enriqueció
con nuevos aportes, dándole su formato definitivo, que es el que hoy se entrega
a los lectores. La Nación
por construir, es decir, el esfuerzo de llevar adelante un proyecto colectivo a
través del trabajo de la comunidad en toda su diversidad y complejidad
implica, antes que nada, pensarnos como Nación e identificar cuáles son
los problemas de fondo que nos afectan para, a partir de allí, pensar un país
mejor para todos. Pensar un
país mejor para todos significa recuperar el rumbo y la utopía de crear un
futuro, desafiando esa forma de pensar coyuntural y “cortoplacista” que nos
aleja del largo camino de elaboración cotidiana y fraterna,
cuidando las raíces y los brotes para hacer posible los frutos. Por el
contrario, el desarraigo, el individualismo, la fragmentación y la exclusión
nos han llevado a los argentinos a olvidar que sólo con todo el hombre y con
todos los hombres, hay posibilidad de futuro para esta Nación. El
necesario análisis de la realidad que vivimos y el esfuerzo creativo y
responsable que requiere elaborar un proyecto común, preceden y postulan el
compromiso sincero y maduro de cada uno de nosotros. Es preciso recuperar el
sentido de pertenencia, la identidad que nos da el sentirnos parte de una
comunidad que lleva un largo camino recorrido y que elige seguir un mismo rumbo,
hombro con hombro, desde el lugar que cada uno ocupa,
como nos anima el Cardenal Jorge Bergoglio. La Pastoral
Social en Buenos Aires tiene un camino recorrido en este sentido, y este trabajo
es parte de ese esfuerzo, ya que procura recuperar la riqueza de un pensamiento
que parte de la realidad y tiende hacia ella, como aporte valioso a la
reconstrucción de la comunidad. El
Arzobispo ha puesto a la Iglesia de Buenos Aires en estado de Asamblea y la
Pastoral Social, desde el rol que nos toca, intenta generar espacios de reflexión,
intercambio y trabajo en esta tarea de reconstrucción de nuestra Patria,
abiertos tanto a los católicos y a los miembros de las diferentes confesiones
religiosas, como a aquellos hombres
y mujeres de buena voluntad que sientan esa misma responsabilidad. Al hacerlo,
somos conscientes de que la diversidad de nuestra sociedad es una riqueza y un
don que necesitamos aprovechar para construir la Nación. Estamos
seguros que estas reflexiones del Arzobispo de Buenos Aires serán un importante
aporte para guiarnos en la gran tarea de trabajar por el bien común de nuestra
Patria. P.
Carlos Accaputo
VIII JORNADA DE PASTORAL SOCIAL
LA NACION POR CONSTRUIR
Utopía – Pensamiento – Compromiso
(Una mirada amplia que una el presente desde la
“memoria de las raíces” y que se dirija al futuro, donde maduren los
frutos de una obra colectiva). 1.1
Crisis y encrucijada 1.2
La experiencia de la orfandad a.
Dimensión de la discontinuidad de la memoria relacionada con el tiempo y la
historia b.
Dimensión del desarraigo: espacial, existencial y espiritual c. Tercer
aspecto de la orfandad: la caída de las certezas 1.3
Globalización y pensamiento único 1.4
Primacía de lo formal sobre lo real 1.5
Hacer memoria del camino para abrir espacios al futuro 1.6
Ser un pueblo supone, ante todo, una actitud ética que
brota de la libertad 1.7
La unidad del pueblo se basa en tres pilares: a.
La memoria de sus raíces b.
El coraje frente al futuro c.
La captación de la realidad del presente II.
LA UTOPÍA DE REFUNDAR NUESTROS VÍNCULOS SOCIALES (Ante el desarraigo, retomar
las raíces constitutivas para construir el futuro
desde el presente) 2.1
Recuperar el rumbo: la utopía 2.2
Desde dónde reconstruir los vínculos sociales 2.3
Refundar nuestros vínculos sociales 2.4
La cultura del encuentro ·
Desde los refugios culturales a la trascendencia que
funda ·
Universalismo integrador a través del respeto por las
diferencias ·
El ejercicio del diálogo ·
El ejercicio de la autoridad ·
El ejercicio de abrir espacios de encuentro ·
Apertura a la vivencia religiosa, comprometida,
personal y social 2.5
Madurez y libertad III.
CREATIVIDAD
Y COMPROMISO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN (Nos ponemos en marcha como nación para construir un
futuro para Todos) 3.1
La esperanza del futuro 3.2
Diferencia entre el drama y la tragedia 3.3
Jerarquía de valores 3.4
La creatividad y la historia 3.5
Utopía, esperanza y creatividad 3.6
Todo el hombre, todos los hombres 3.7
Creatividad y tradición: construir desde lo sano 3.8
La política como obra colectiva 3.9
Pautas para re-jerarquizar la política 3.10 Los proyectos reales 3.11 El poder es servicio 3.12 Una conversión de actitudes 3.13 El buen samaritano como opción de fondo para
reconstruir la patria 3.14 Ponerse la patria al hombro 3.15 El trigo y la cizaña
El tema de esta VIII Jornada de Pastoral Social nos pone delante de la
realidad de nuestra Nación; se nos habla de tarea: “La Nación por
construir”, tarea que nos involucra y compromete, tarea que emprendieron
hombres y mujeres desde el comienzo de nuestra patria y que llega a nosotros
como legado, un don. Tarea también dolorosa pues los argentinos llevamos una
larga historia de intolerancias mutuas. Hasta la enseñanza escolar que hemos
recibido se articulaba en torno al derramamiento de sangre entre compatriotas,
en cualquiera de las versiones por turno “oficiales” de la historia del
siglo XIX. Con ese trasfondo, en el relato escolar que consideraba a la
Organización Nacional como la superación de aquellas antinomias, entramos como
pueblo en el siglo XX, pero para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos,
bombardeándonos, fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos
mutuamente. Los que somos capaces de recordar sabemos que el uso de estos verbos
que acabo de escoger no es precisamente metafórico.
Esta reflexión introductoria no pretende ser original.
Recorrí las cosas que, sobre el tema he escrito en estos siete años como
Arzobispo y escogí algunos textos organizándolos según los lineamientos
propuestos dándoles una textura esquemática: Utopía, pensamiento, compromiso.
De ahí los capítulos: 1) Un pensamiento que tenga memoria de las raíces; 2)
La utopía de refundar nuestros vínculos sociales; 3) Creatividad y compromiso
para construir nuestra Nación. Obviamente que, al tratarse de una antología
organizada, sólo se recurre a los escritos
que expresan la Doctrina Social de la Iglesia, que están más allá de toda
coyuntura. Espero que sean de utilidad como guía para esta Jornada de reflexión.
Quiero expresar mi gratitud a Carlos Accaputo, Carlos Otero, Julia Torres y Pío
de Elia que colaboraron en la recopilación de los textos y en el ordenamiento
esquemático. I.
UN PENSAMIENTO QUE TENGA MEMORIA DE LAS RAÍCES Al comenzar se nos pide anchura de
corazón; una mirada amplia que una el presente desde la “memoria de las raíces”
y que se dirija al futuro, donde maduren los frutos de una obra. Algo así como
la mirada del caminante que verifica dónde está, de dónde viene y hacia dónde
se dirige. Una mirada que “hace camino”, constructiva y que se vuelve
fecunda en el don; una mirada que se anima a alejarse de toda contemplación
narcisista o de la compulsión posesiva de quien sólo busca el propio interés
y, en lugar de servir a su patria, se sirve de ella. Por ello, si queremos
aportar algo en este día de reflexión, comencemos por el humilde “hacernos
cargo” de la realidad, de la historia, de la promesa. 1.1
Crisis y Encrucijada El
presente es un momento de crisis global y complexiva. La naturaleza de la crisis
es global porque comprende una hermenéutica, una forma de entender la realidad.
Esa realidad somos nosotros como Nación en movimiento, como obra colectiva en
permanente construcción, e incluye tanto la dimensión espacial como temporal,
el lugar y el tiempo donde nuestra historia se encarna. La
crisis nos interroga acerca del rumbo que llevamos y acerca del rumbo que se
extiende por delante. La respuesta requiere, ante todo, una reflexión realista
acerca de la naturaleza de los vínculos que unen a nuestra comunidad. Ante
la crisis profunda, la Providencia nos da una nueva oportunidad, que es a la vez
un desafío. El desafío de constituirnos en una comunidad verdaderamente justa
y solidaria, donde todas las personas sean respetadas en su dignidad y
promovidas en su libertad, en orden a cumplir su destino como hijas e hijos de
Dios. Nuestra Nación se encuentra ante la encrucijada histórica de elegir en
el presente un rumbo que retome las raíces constitutivas y nos lleve hacia un
futuro que nos incluya a todos. Nos encontramos ante una realidad que nos
muestra los resultados de un modelo de país armado en torno a determinados
intereses económicos, excluyente de las mayorías, generador de pobreza y
marginación, tolerante con todo tipo de corrupción y generador de privilegios
e injusticias. Esta situación es consecuencia de una crisis de las creencias y
los valores que fundan nuestros vínculos sociales. Ante esto, debemos emprender
una tarea de reconstrucción. 1. 2.
La experiencia de la orfandad. Y,
como punto de partida fenoménico quiero referirme a la experiencia de orfandad
que es común en la vivencia de toda nuestra sociedad. Esta
experiencia se caracteriza por tres dimensiones: a)
Dimensión
de la discontinuidad de la memoria, relacionada con el tiempo y la historia. Discontinuidad:
pérdida o ausencia de los vínculos en el tiempo y el entretejido socio-político
que constituye a un pueblo. Somos parte
de una sociedad fragmentada que ha cortado sus lazos comunitarios. Esta
realidad se debe a un déficit de memoria, concebida como la potencia
integradora de nuestra historia, y a un déficit de tradición, concebida como
la riqueza del camino andado por nuestros mayores. Esto implica la ruptura y
discontinuidad de un dialogo intergeneracional sobre las inquietudes y preguntas
que unen al pasado con el presente y a éste con el futuro. Esta
discontinuidad de la experiencia generacional prohija toda una gama de abismos y
rupturas: entre la sociedad y la clase dirigente y entre las instituciones y las
expectativas personales. b)
Dimensión del desarraigo: espacial, existencial y
espiritual. Junto
a la discontinuidad ha crecido también el desarraigo. Lo podemos ubicar en tres
áreas: espacial, existencial y espiritual. Se
ha roto la relación entre el hombre y su espacio vital, fruto de la actual dinámica
de fragmentación y segmentación de los grupos humanos. Se pierde la dimensión
identitaria del hombre con su entorno, su terruño, su comunidad. La ciudad va
poblándose de “no-lugares”, espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas
instrumentales, privados de símbolos y referencias que aporten a la construcción
de identidades comunitarias. Al
desarraigo espacial se le unen el existencial y el espiritual. El primero
vinculado a la ausencia de proyectos. Al romperse la continuidad con los lugares
y con la historia, el hombre pierde herramientas que le permiten constituir su
identidad y su proyecto personal. Se pierde la dimensión de pertenencia a un
tiempo-espacio y esto afecta su dimensión identitaria, pues ésta es tanto sus
raíces y su memoria como su proyecto de desarrollo personal. La
pérdida de las referencias espaciales y las continuidades temporales van
vaciando también la vida del habitante de la ciudad de determinadas referencias
simbólicas, de aquellas “ventanas”, verdaderos “horizontes de sentido”
hacia lo trascendente, que se abrían aquí y allá, en la ciudad y acción
humana. Se pierde el sentido de la trascendencia y por lo tanto el desarraigo
alcanza también la dimensión espiritual. Así entonces, discontinuidad
generacional y política, y desarraigo espacial, existencial y espiritual,
caracterizan aquella situación que habíamos llamado, más genéricamente, de
orfandad. c)
Tercer aspecto de la orfandad: La caída de las
certezas. Muchas
de las certezas básicas que sirven de apoyo a la construcción histórica se
han diluido, caído o desgastado. La patria, la revolución, incluso la
solidaridad, tienden a ser vistas con curiosidad, burla o escepticismo. La pérdida
de las certezas alcanza también a los fundamentos de la persona, la familia y
la fe. Esta caída de las certezas, de pérdida de referencias, es de carácter
global, se da a nivel mundial, constituyéndose en una nueva certeza del
pensamiento contemporáneo. Aquí
entroncamos con la crisis de la modernidad y los cuestionamientos a la razón.
El desencanto frente a las promesas de la modernidad ha provocado el surgimiento
de múltiples verdades y sentidos fragmentarios, parciales, particulares y
desarraigados. Un pensamiento que se mueve en lo relativo y lo ambiguo, en
lo fragmentario y lo múltiple, constituye el talante que tiñe no sólo
la filosofía y los saberes académicos sino también la cultura “de la
calle”. Es la época del pensamiento débil. 1. 3.
Globalización y pensamiento único. Con
la experiencia de la orfandad y el desarraigo, las mujeres y los hombres pierden
sus puntos de referencia con su lugar y con su tiempo, las raíces desde las
cuales se paran y miran su realidad. Surge el relativismo como horizonte de la
convivencia social y del quehacer político. La
pérdida de las certezas nos pone frente a un grave desafío sociopolítico.
Este desafío, según Juan Pablo II, “es
el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que
quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola
más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, «si no existe una
verdad última –que guíe y oriente la acción política-, entonces las ideas
y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines
de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un
totalitarismo visible o encubierto»” (Veritatis Splendor 101; cita
de Centesimus annus, 46). Y,
parece una contradicción, pero asumiendo el horizonte relativista, la
globalización, en su forma actual, fomenta el desarraigo, la pérdida de las
certezas, uniforma el pensamiento y elimina la diversidad constitutiva de toda
sociedad humana. Su poder disgregador reduce a las personas a su dimensión económica
y la capacidad de acción transformadora sobre la realidad se reduce a un rol de
consumidores de mercancías. La
globalización es una palabra cargada de significación homogeneizante. Se
tiende a marcar una sola línea de pensamiento, una sola línea de conducta, una
sola línea de supervivencia, y lo que está detrás de todo esto es una única
dirección cultural de la existencia. Una globalización que, en su aspecto
negativo, nos despotencia de nuestra dignidad humana para hacernos bailar en la
zaranda de la caprichosa, fría y calculadora economía de mercado. Y
frente a este proyecto que nos gregariza quitándonos lo propio, la Iglesia nos
incita a poner en común aquello que nos diversifica, es decir, el carisma
personal de cada uno, la pertenencia personal de cada uno a grupos, a partidos
políticos, a organizaciones no gubernamentales, a parroquias, a diversos
sectores. Esa particularidad que nos diversifica, la Iglesia nos pide que la
pongamos en común para que de esa diversidad, el mismo Espíritu Santo que nos
regaló la diversidad, nos regale la unidad plurifacética. Nada más alejado de
lo hegemónico tanto de un proyecto globalizante, que uniformiza y elimina la
diversidad como de un relativismo atomizador y despersonalizante. Esto también debe
leerse en la dirección inversa: ¿cómo puedo dialogar, cómo puedo
amar, cómo puedo construir algo en común si dejo diluirse, perderse,
desaparecer lo que hubiera sido mi aporte? La globalización, como imposición
unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías, va de la mano
con la integración entendida como imitación y subordinación cultural,
intelectual y espiritual. Entonces,
¿cuál es el camino?: ni profetas
del aislamiento relativista, ermitaños localistas en un mundo global, ni
descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos
artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y aplausos
programados. La dinámica es más
rica y más compleja. Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los
valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o
"síntesis de laboratorio" que los diluya en "lo común",
"lo global". Y –al aportar esos valores– reciben de otros pueblos,
con el mismo respeto y dignidad, las culturas que les son propias. Tampoco cabe
aquí un desaguisado eclecticismo porque, en este caso, los valores de un pueblo
se desarraigan de la fértil tierra que les dio y les mantiene el ser, para
entreverarse en una suerte de mercado de curiosidades donde "todo es igual,
dale que va... que allá en el horno se vamo a encontrar". El
actual proceso de globalización desnuda agresivamente nuestras antinomias:
un avance del poder económico y el lenguaje que lo asiste, que - en un interés
y uso desmedido - ha acaparado grandes ámbitos de la vida nacional; mientras -
como contrapartida - la mayoría de nuestros hombres y mujeres ve el peligro de
perder en la práctica su autoestima, su sentido más profundo, su humanidad
y sus posibilidades de acceder a una vida más digna. Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Ecclesia
in America’ se refiere
al aspecto negativo de esta globalización diciendo :
"...si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas
según las conveniencias de los poderosos, lleva consecuencias negativas : ...la
atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y
el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de
la naturaleza, el aumento de la diferencia entre ricos y pobres y la competencia
injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada
vez más acentuada..." (nº 20). 1.4. Primacía de lo formal sobre lo real. Junto a estos problemas,
planteados ya en el plano internacional, nos encontramos también con una cierta
incapacidad de encarar problemas reales. Entonces, a la fatiga y la desilusión
parecería que sólo se pueden contraponer tibias propuestas reivindicativas o
eticismos que únicamente enuncian principios y acentúan la primacía de lo
formal sobre lo real. O, peor aún, una creciente desconfianza y pérdida de
interés por todo compromiso con lo propio común que termina en el ‘sólo
querer vivir el momento’, en la perentoriedad del consumismo. Esta actitud
fomenta una cierta ingenuidad valorativa. Y vivimos un momento histórico en el
que no nos podemos permitir ser ingenuos : la sombra de una nube de
desmembramiento social se asoma en el horizonte mientras diversos intereses
juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos. La primacía de lo formal
sobre lo real es funcionalmente anestésica. Se puede llegar a vivir hasta en
estado de “idiotez alegre” en el que la profecía arraigada en lo real no
puede entrar; la sociedad vive el complejo de Casandra. 1.5. Hacer memoria del camino para abrir
espacios al futuro Volvemos
al núcleo histórico de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias
formales, sino buscando la huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino
andado para abrir espacios al futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria
de la plenitud se hace posible vislumbrar los nuevos caminos. Cuando la memoria
no está abierta al futuro es un simple recuerdo que, si totaliza el ambiente,
nos puede atrapar en una nebulosa proustiana. Si, en cambio, se intelectualiza,
configura el caldo de cultivo para toda clase de fundamentalismos. La memoria
conlleva siempre la dimensión de promesa que la proyecta hacia el futuro.
Cuando, en el presente, hacemos memoria, entonces afirmamos lo real de nuestra
pertenencia a un pueblo que camina y –a la vez- la proyección hacia adelante
de ese camino. 1.6. Ser un pueblo supone, ante todo, una
actitud ética que brota de la libertad. Ante la crisis vuelve a
ser necesario respondernos a la pregunta de fondo: ¿en qué se
fundamenta lo que llamamos "vínculo social"? Eso que decimos
que está en serio riesgo de perderse, ¿qué es, en definitiva? ¿Qué es lo
que me "vincula", me "liga", a otras personas en un lugar
determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino? Permítanme adelantar
una respuesta: se trata de una cuestión ética. El fundamento de la
relación entre la moral y lo social se halla justamente en ese espacio (tan
esquivo, por otra parte) en que el hombre es hombre en la sociedad, animal
político, como dirían Aristóteles y toda la tradición republicana clásica.
Esta naturaleza social del hombre es la que fundamenta la posibilidad de un contrato
entre los individuos libres, como propone la tradición democrática (en
versiones tantas veces opuestas, como lo demuestran multitud de enfrentamientos
en nuestra historia). Entonces, plantear la crisis como un problema moral
supondrá la necesidad de volver a referirse a los valores humanos, universales,
que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que van madurando con el
crecimiento personal y comunitario. Cuando los obispos
repetimos una y otra vez que la crisis es fundamentalmente moral, no se
trata de esgrimir un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social
y lo económico a una cuestión individual de la conciencia, sino de señalar
las valoraciones colectivas que se
han expresado en actitudes, acciones y procesos de tipo histórico-político y
social. 1.7. La unidad del pueblo se basa en tres
pilares: A modo de resumen
orientativo de lo recientemente dicho se puede afirmar que la unidad del pueblo
se fundamenta en tres pilares que hacen a su relación con el tiempo y que están
en tensión dialéctica entre ellos. Primero,
la memoria de sus raíces.
Un pueblo que no tiene memoria de sus raíces y que vive importando programas de
supervivencia, de acción, de crecimiento desde otro lado, está perdiendo uno
de los pilares más importantes de su identidad como pueblo. Segundo,
el coraje frente al futuro.
Un pueblo sin coraje es un pueblo fácilmente dominable, sumiso en el mal
sentido de la palabra. Cuando un pueblo no tiene coraje se hace sumiso de los
poderes de turno, de los imperios
de turno, o de las modas de turno, imperios culturales, políticos, económicos,
cualquier cosa que hegemoniza e impide crecer en la pluriformidad. Tercero,
la captación de la realidad del presente. Un pueblo que no sabe hacer un análisis de la realidad que está
viviendo, se atomiza, se fragmenta Los intereses particulares priman sobre el
interés común, el bien común. Entonces queda atomizado en los diversos
intereses particulares que nacen de un mal análisis de la realidad que estaba
viviendo. El análisis de la realidad no tiene que ser un análisis de tipo
ideológico donde yo proyecto una postura previa sobre la realidad, sino ver la
realidad tal cual es y de ahí sacarla. Decía alguien que la realidad se capta
mejor desde la periferia que desde el centro, y es verdad. O sea, no vamos a
entender la realidad de lo que nos pasa como pueblo, y por lo tanto no vamos a
poder construir en el presente el coraje para el futuro con la memoria de
nuestras raíces, si no salimos del estado de “instalación en el centro”,
de quietud, de tranquilidad, y no nos metemos en lo periférico y lo marginal. II.
LA UTOPIA DE REFUNDAR NUESTROS VINCULOS SOCIALES
Decía
recién que ante el desarraigo, hay que retomar las raíces constitutivas para
construir el futuro desde el presente, un presente que se sienta empujado por la
promesa memoriosa hacia el futuro, lo cual lo convierte en un presente en tensión
continua entre el centro y la periferia. 2.
1. Recuperar el rumbo: la utopía Revitalizar
la urdimbre de la sociedad. Recuerdo aquella
invitación del Santo Padre en su visita a nuestra Patria : "¡Argentina,
Levántate!", a la que todo habitante de este suelo está invitado, más
allá de su origen, y con la sola condición de tener buena voluntad para buscar
el bien de este pueblo. Aquel ¡Argentina, Levántate!", invitación que
hoy queremos volver a escuchar, constituía un diagnóstico y una esperanza.
Levantarse es signo de resurrección, es llamado a revitalizar la
urdimbre de nuestra sociedad. No podemos caminar sin
saber hacia dónde estamos andando. Es criminal privar a un pueblo de la utopía,
porque eso nos lleva a privarlo también de la esperanza. La utopía supone
saber hacia dónde tiende cada uno. Ante
la mala globalización que es paralizante, es necesario determinar la utopía,
reformularla, reivindicarla. Cuando no hay utopía, priva lo coyuntural y nos
quedamos en una acción tacticista, o en la involución. Cuando priva la
involución, toda la acción social y política se vuelve sobre el sujeto mismo
y anula la edificación del bien común. La verdadera utopía no es ideológica
sino que ya está en germen en las raíces fundacionales. Desde allí debe
crecer. 2. 2. Desde dónde reconstruir los vínculos
sociales. Reconstruir el sentido
de comunidad implica romper con la lógica del individualismo competitivo,
mediante la ética de la solidaridad. La ética de la competencia (que no es más
que una instrumentación de la razón para justificar la fuerza, y que
contribuye a quebrar los vínculos sociales) tiene plena vigencia en nuestra
sociedad. ¿En qué se fundamenta
lo que llamamos “vínculo social”? ¿Qué es lo que me "vincula",
me "liga", a otras personas en un lugar determinado, hasta el punto de
compartir un mismo destino? ¿Cómo
refundar nuestros vínculos sociales? 2. 3. Refundar
nuestros vínculos sociales El valor a plasmar no
está sólo atrás, en el "origen", sino también adelante, en el
proyecto. En el origen está la dignidad de
hijo de Dios, la vocación, el llamado a plasmar un proyecto que ya está en
germen. Se
trata de "poner el final al principio" (idea, por otro lado,
profundamente bíblica y cristiana). La dirección que otorguemos a nuestra
convivencia tendrá que ver con el tipo de sociedad que queramos formar: es el
telostipo. Ahí está la clave del talante de un pueblo. Ello no significa
ignorar los elementos biológicos, psicológicos y psico-sociales que influyen
en el campo de nuestras decisiones. No podemos evitar cargar (en el sentido
negativo de límites, condicionamientos, lastres, pero también en el positivo
de llevar con nosotros, incorporar, sumar, integrar) con la herencia recibida,
las conductas, preferencias y valores que se han ido constituyendo a lo largo
del tiempo. Pero una perspectiva cristiana (y éste es uno de los aportes del
cristianismo a la humanidad en su conjunto) sabe valorar tanto "lo
dado", lo que ya está en el hombre y no puede ser de otra forma, como lo
que brota de su libertad, de su apertura a lo nuevo, en definitiva, de su espíritu
como dimensión trascendente, de acuerdo siempre con la virtualidad de "lo
dado". La voluntad común se
pone en juego y se realiza concretamente en el tiempo y en el espacio: en
una comunidad concreta, compartiendo una tierra, proponiéndose objetivos
comunes, construyendo un modo propio de ser humanos, de cultivar los múltiples
vínculos, juntos, a lo largo de tantas experiencias compartidas, preferencias,
decisiones y acontecimientos. Así se amasa una ética común y la
apertura hacia un destino de plenitud que define al hombre como ser espiritual.
Esa ética común, esa "dimensión moral", es la que permite a la
multitud desarrollarse junta, sin convertirse en enemigos unos de otros.
Pensemos en una peregrinación: salir del mismo lugar y dirigirse al mismo
destino permite a la columna mantenerse como tal, más allá del distinto ritmo
o paso de cada grupo o individuo. Sinteticemos, entonces,
esta idea. ¿Qué es lo que hace que muchas personas formen un pueblo? En
primer lugar, hay una ley natural y luego una herencia. En segundo
lugar, hay un factor psicológico: el hombre se hace hombre en la
comunicación, la relación, el amor con sus semejantes. En la palabra y
el amor. Y en tercer lugar, estos factores biológicos y psicológicos se
actualizan, se ponen realmente en juego, en las actitudes libres. En la voluntad
de vincularnos con los demás de determinada manera, de construir nuestra
vida con nuestros semejantes en un abanico de preferencias y prácticas
compartidas. (San Agustín definía al pueblo como "un conjunto de seres
racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados"). Lo
"natural" crece en "cultural", "ético"; el
instinto gregario adquiere forma humana en la libre elección de ser un
"nosotros". Elección que, como toda acción humana, tiende luego a
hacerse hábito (en el mejor sentido del término), a generar sentimiento
arraigado y a producir instituciones históricas, hasta el punto que cada
uno de nosotros viene a este mundo en el seno de una comunidad ya constituida (la
familia, la patria) sin que eso niegue la libertad responsable de cada persona. A partir de aquí,
podemos empezar a avanzar en nuestra reflexión. Nos interesa saber dónde
apoyar la esperanza, desde dónde reconstruir los vínculos sociales que
se han visto tan castigados en estos tiempos. Debemos recuperar organizada y
creativamente el protagonismo al que nunca debimos renunciar, y por ende,
tampoco podemos ahora volver a meter la cabeza en el hoyo, dejando que los
dirigentes hagan y deshagan. Y no podemos por dos motivos: porque ya vimos lo
que pasa cuando el poder político y económico se desliga de la gente, y porque
la reconstrucción no es tarea de algunos sino de todos, así como la
Argentina no es sólo la clase dirigente sino todos y cada uno de los que viven
en esta porción del planeta. Hoy debemos articular, sí,
un programa económico y social, pero fundamentalmente un proyecto político
en su sentido más amplio. ¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín
Fierro orienta nuestra mirada hacia nuestra vocación como pueblo, como Nación.
Nos invita, a darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan
lugar: el comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del norte,
el artesano del Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que
ninguno de ellos quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro
de la tierra. En efecto, no
es una mera invitación a compartir, no es sólo reconciliar opuestos y
adversidades: se trata de sentarse a partir el pan, es animarse
a vivir de otra manera. Nos desafía ese pan hecho con lo mejor que podemos aportar,
con la levadura que ya fue puesta en tantos momentos de dolor, de trabajo y de
logros. El llamado evangélico nos pide refundar
el vínculo social y político entre los argentinos.
La sociedad política solamente perdura si se plantea como una vocación a
satisfacer las necesidades humanas en común. Es el lugar del ciudadano. Ser
ciudadano es sentirse citado, convocado a un bien, a una finalidad con sentido...
y acudir a la cita. Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados
en la mesa, donde solamente unos pocos se benefician y el tejido social se
destruye, donde las brechas se agrandan siendo que el sacrificio es de todos,
entonces terminaremos siendo una sociedad camino al enfrentamiento. Hoy, en medio de los conflictos, este pueblo nos enseña que
no hay que hacerle caso a aquellos que pretenden destilar la realidad en ideas,
que no nos sirven los intelectuales sin talento, ni los eticistas sin bondad,
sino que hay que apelar a lo hondo de nuestra
dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras reservas
culturales. Es una verdadera revolución, no contra un sistema, sino
interior; una revolución de memoria y ternura : memoria de las grandes gestas
fundantes, heroicas... y memoria de los gestos sencillos que hemos mamado en
familia. Ser fieles a nuestra misión es cuidar este ‘rescoldo’ del corazón,
cuidarlo de las cenizas tramposas del olvido o de la presunción de creer que
nuestra Patria y nuestra familia no tienen historia o que la han comenzado con
nosotros. Rescoldo de memoria que condensa, como la brasa al fuego, los valores
que nos hacen grandes : el modo de celebrar y defender la vida, de aceptar la
muerte, de cuidar la fragilidad de nuestros hermanos más pobres, de abrir las
manos solidariamente ante el dolor y la pobreza, de hacer fiesta y de rezar; la
ilusión de trabajar juntos y - de nuestras comunes pobrezas - amasar
solidaridad, convenciéndonos una vez más que el
todo es superior a la parte, el tiempo superior al espacio, la realidad es
superior a la idea y la unidad es superior al conflicto.
Estas cuatro coordenadas son la referencia segura para testear cotidianamente
las situaciones. 2.
4. La cultura del encuentro. Para refundar los vínculos
sociales, debemos apelar a la ética de la solidaridad, y
generar una cultura del encuentro. Ante
la cultura del fragmento, como algunos la han querido llamar, o de
la no integración, se nos exige, aún más en los tiempos difíciles, no
favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra
historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos, manipular la memoria,
comercializar con utopías de utilería. Para una cultura del encuentro necesitamos pasar de lo |