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Homilía del Sr. Arzobispo durante la misa en recuerdo de las víctimas del incendio en Cromagnon
“Yo dejaré en medio
de ti a un pueblo pobre y humilde que se refugiará en el nombre del Señor”
(Sof. 3:12). Así suena la promesa de Dios a su pueblo en momentos de mucha dificultad
y prueba. Lo acabamos de escuchar. No le promete ni riqueza, ni poder; pero sí
el cuidado y la seguridad más grande que se puedan encontrar: “se refugiará en
el nombre del Señor”. Le promete su intimidad, su calidez de Padre, su acogida
llena de ternura y comprensión. Y hoy nosotros venimos a pedir esto. Nuestro dolor, desde hace un mes, es muy grande; un dolor que no se puede expresar con palabras; un dolor que abofeteó a nuestra ciudad, que golpeó a hogares enteros. Venimos a encontrar refugio en el nombre del Señor. Pedimos su caricia amorosa de Padre. No somos importantes “ni poderosos ni nobles”, como escuchamos decir recién a San Pablo, pero queremos ser el pueblo del Señor; queremos que nuestra fuerza sea su mirada bondadosa y, en nuestro dolor, venimos a buscar al Señor, según nos lo pide el profeta en la primera lectura: “Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra” (Sof. 2:3). Le contamos al Señor lo que nos ha sucedido. Le decimos que no somos poderosos ni ricos, ni importantes; pero que sufrimos mucho. Le pedimos que nos consuele y no nos abandone porque queremos ser es “pueblo pobre y humilde que se refugia en el nombre del Señor” (Sof. 3:12). Le pedimos que nos mire mucho porque queremos seguir caminando y queremos seguir luchando”. Nos apoyamos en su promesa: “Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt. 5:5). Le pedimos su consuelo, que no es una especie de resignación pasiva sino la caricia del Padre que nos levanta y nos vuelve a poner en camino con la mirada en su rostro que es misericordioso y que hace justicia. Sí, escuchamos recién su palabra: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt. 5:6). Por eso también le pedimos justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable. Y así, afligidos y unidos, pobres y humildes, hoy oramos juntos. Que nuestra oración atraiga la mirada de nuestro Padre Dios. Que nuestra oración sea escuchada para el descanso eterno de tantas vidas jóvenes arrancadas por la irresponsabilidad. Que nuestra oración traiga consuelo a las familias que sufren. Que nuestra oración siga fortaleciendo a tantos hombres y mujeres que se desvivieron en esta calamidad: enfermeras, enfermeros, médicos, voluntarios, bomberos... Que nuestra oración sacuda y despierte a ésta, nuestra ciudad dolida, para que no ponga su esperanza en los poderosos, sino en el Señor, y entienda que con los niños y los jóvenes no se experimenta. Que el Señor nos lleve de su mano y la Virgen Santa nos cuide.+
30 de enero de 2005 Card. Jorge Mario Bergoglio. s.j. Homilía
del Sr. Arzobispo durante la Misa Crismal
Queridos
hermanos «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.» Me impresiona el “hoy” de Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia. Le venimos pidiendo al Señor la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia, fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con historia, con cultura, con tiempo. La
Iglesia vive en el Hoy de Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua,
que nos reúne como un solo cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral,
es de las expresiones más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última
cena, fuente de perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos
su Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones heridos…
Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro pueblo fiel.
Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto. Fuera de ese hoy –fuera del tiempo del Reino, tiempo
de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de misericordia- los otros tiempos,
el tiempo de la política, el tiempo de la economía, el tiempo de la tecnología,
tienden a convertirse en tiempos que nos
devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden
su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos,
paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos plazos
no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o la falta
de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el tiempo
de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja madurar
el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a veces
ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan siempre los
mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer aburrido
y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los tesoros de la
sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe, riquísimo en esperanza. El hoy de Jesús es un tiempo con memoria, memoria de familia, memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la que está vivo el recuerdo de todos los santos. La liturgia es la expresión de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza, de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo, cotidianamente. En el hoy de Jesús no queda lugar para
el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la angustia. No hay
lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor “el amor vence
al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor está con nosotros
‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha prometido y nosotros
sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la angustia porque el
hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que necesitamos” y en
sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay lugar para la inquietud
porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace falta en el momento oportuno. La audacia del Señor no se limita a gestos puntuales
o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se deja moldear, diríamos, por
cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y la pastorea hasta hacerla
entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el espacio del encuentro y
le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la fragilidad de nuestro pueblo,
debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de gracia del Señor. En nuestra oración,
en primer lugar, tiene que fortalecerse el corazón al sentir que está viviendo
el cumplimiento de las promesas. Entonces sí, podemos salir con audacia, confiados
en la providencia, abiertos realmente a los otros, sin las anteojeras de nuestros
propios intereses sino deseosos de los intereses del Señor. Pero
también una forma de entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros
mismos y entrar en el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive
este hoy de Jesús mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al
fervor espiritual y a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos
moldear el corazón en medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo
de cargar con ellas. Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en
los reclamos sencillos e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe
capaz de concentrar toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto
sencillo de recibir una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición
nuestro pueblo fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos
largos que tiene nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo
de vida peregrinante, de aliento largo,
marcado por las grandes fiestas…,
saber leer, digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor
del amor de Dios a lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes
de la vida. Es que en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio
del Angel “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo
el pueblo: les ha nacido hoy, en
la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10). Ese hoy de
Jesús que nace en medio de su pueblo
es el hoy del Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado
hoy” (Cfr. Hb 5, 1-6). Entremos, pues,
en el hoy salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de
la Escritura que acaban de oir”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel.
Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro
pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del evangelio
de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y oprimidos.
A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos. Le
pedimos a San José, ya que este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa,
que nos haga entrar activa y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo
que ayudó a criar. San José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de
Jesús que ya había entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura,
sabiduría y gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de
María, la del Niño- que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda
esta gracia. Buenos Aires, 24 de marzo
de 2005.
Card. Homilia
del Señor Arzobispo durante la Queridos hermanos: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.» Me impresiona el “hoy” de Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia. Le venimos pidiendo al Señor la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia, fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con historia, con cultura, con tiempo. La Iglesia vive en el Hoy de Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua, que nos reúne como un solo cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral, es de las expresiones más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última cena, fuente de perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos su Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones heridos… Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro pueblo fiel. Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto. Fuera de ese hoy –fuera del tiempo del Reino, tiempo de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de misericordia- los otros tiempos, el tiempo de la política, el tiempo de la economía, el tiempo de la tecnología, tienden a convertirse en tiempos que nos devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos, paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos plazos no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o la falta de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el tiempo de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja madurar el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a veces ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan siempre los mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer aburrido y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los tesoros de la sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe, riquísimo en esperanza. El hoy de Jesús es un tiempo con memoria, memoria de familia, memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la que está vivo el recuerdo de todos los santos. La liturgia es la expresión de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza, de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo, cotidianamente. En el hoy de Jesús no queda lugar para el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la angustia. No hay lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor “el amor vence al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor está con nosotros ‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha prometido y nosotros sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la angustia porque el hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que necesitamos” y en sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay lugar para la inquietud porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace falta en el momento oportuno. La audacia del Señor no se limita a gestos puntuales o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se deja moldear, diríamos, por cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y la pastorea hasta hacerla entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el espacio del encuentro y le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la fragilidad de nuestro pueblo, debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de gracia del Señor. En nuestra oración, en primer lugar, tiene que fortalecerse el corazón al sentir que está viviendo el cumplimiento de las promesas. Entonces sí, podemos salir con audacia, confiados en la providencia, abiertos realmente a los otros, sin las anteojeras de nuestros propios intereses sino deseosos de los intereses del Señor. Pero también una forma de entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros mismos y entrar en el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive este hoy de Jesús mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al fervor espiritual y a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos moldear el corazón en medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo de cargar con ellas. Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en los reclamos sencillos e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe capaz de concentrar toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto sencillo de recibir una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición nuestro pueblo fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos largos que tiene nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo de vida peregrinante, de aliento largo, marcado por las grandes fiestas…, saber leer, digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor del amor de Dios a lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes de la vida. Es que en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio del Angel “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10). Ese hoy de Jesús que nace en medio de su pueblo es el hoy del Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Cfr. Hb 5, 1-6). Entremos, pues, en el hoy salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel. Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del evangelio de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y oprimidos. A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos. Le pedimos a San José, ya que este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa, que nos haga entrar activa y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo que ayudó a criar. San José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de Jesús que ya había entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura, sabiduría y gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de María, la del Niño- que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda esta gracia. Buenos Aires, 24 de marzo de 2005. Card. Jorge Mario Bergoglio s.j. Homilía
del Sr. Arzobispo,
Beunos
Aires, 4 de abril de 2005 28
de Mayo de 2005 Queridos hermanos y hermanas: 1- En las lecturas de esta Fiesta, hay dos frases que quisiera compartir con ustedes. Una es de San Pablo, y nos habla de unión, de unión entre mucha gente, de la unión de una Iglesia que es asamblea grande. Dice así: “Hay un solo pan, y todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 17). La otra frase abre y cierra el Evangelio de hoy. Es de Jesús, y nos habla de un pan que camina, que baja del cielo, que da vida a un pueblo caminante y que se le ofrece para que dé vida a todo el mundo. Es un pan que sale al encuentro de todos, un pan misionero. Dice así: “Éste
es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El
que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para
la Vida del mundo”. Y, al oír estos textos, pienso en nuestra Asamblea Arquidiocesana. Hoy somos gente caminando en Asamblea, cada uno en su estado de vida, con su carisma personal. Padres de familia, sacerdotes, religiosas, catequistas… caminando en Asamblea. Niños, ancianos, jóvenes, papás y mamás… caminando en Asamblea. Pueblo fiel de Dios caminando en Asamblea, en procesión, en torno al Cuerpo de Cristo, Pan de Vida. Como el pueblo de Israel al salir de Egipto, caminando en Asamblea hacia la tierra prometida, que para nosotros es el Cielo del que baja, caminando a nuestro encuentro en cada Eucaristía, Aquél que es Pan para la vida del mundo. 2- La convocatoria a la Asamblea Diocesana nos interpeló a todos.”¿Qué significa, cómo se prepara, por qué ahora…?”. y surgieron preguntas, propuestas, diagnósticos, planes… Al ver y repasar en oración todas las reacciones me venía a la memoria una manera de proceder de Juan Pablo II. Cuando le presentaban un problema o se planteaba un desafío preguntaba dos cosas: la primera ¿qué pasaje del Evangelio ilumina este desafío?; la otra: ¿a quién podemos convocar y preparar para afrontarlo o resolverlo?. La respuesta a la última pregunta es clara: El Señor nos convoca a todos. ¿A quién podemos convocar y preparar para afrontar los desafíos de la Arquidiócesis? A todos, a la Iglesia en Asamblea. Y como pasaje del Evangelio que puede iluminar este desafío me venía al corazón el final del Evangelio de san Juan, aquella noche cuando Pedro dijo: “ ’Voy a pescar’ y los otros le contestaron ´También nosotros vamos contigo´. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”. Sin embargo algo pescaron en medio de su fatiga y esterilidad. Aquel pequeño grupo, aquella primera Iglesia –todavía barquita- que salió a “navegar mar adentro en Asamblea”, lo atrajo al Señor. Pescaron a Jesús, podríamos decir. En realidad era a Él a quien habían salido a buscar. O mejor dicho, habían salido a esperar que los viniera a buscar, como otras veces. Y Pedro, cuando lo ve, se tira al agua con audacia, con coraje.
3- Caminar en asamblea, como el pueblo de Israel en el desierto, navegar en asamblea, como los primeros discípulos del Resucitado es un exponernos juntos para que el Señor nos mire, nos busque y se nos manifieste. Caminar en Asamblea como hicieron José y María, es hacer juntos la apasionante experiencia del discernir con otros, para dejar que sea Dios quien escriba la historia. Caminar en Asamblea como hicieron los caminantes de Emaús es entrar en el "Tiempo de Dios" , de modo que su presencia compañera nos permita ahondar en nuestra identidad y tomar conciencia de nuestra misión. Caminar en Asamblea es ponernos en ocasión de dialogar por el camino, como lo hacían los discípulos mientras seguían a Jesús, dejando que luego, al compartir el pan, él les ayudara superar desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera. Caminar en Asamblea es salir al encuentro de la gente, cuidar las fragilidades, confiando en la promesa de Jesús que dará eficacia a la Palabra y a los gestos con los que damos testimonio de su amor.
4- Cuando una Iglesia particular se reúne y persevera en oración, en compañía de María, el Espíritu se siente nuevamente llamado y viene en nuestra ayuda. Nos ponemos en camino, entonces, para atraer la mirada de nuestro Dios. Queremos atraer sobre nosotros la mirada providente de nuestro Padre del Cielo, que a nosotros, hijos pródigos, nos ve de lejos, apenas nos hemos levantado y puesto en camino de retorno a Él que tiene preparado el Banquete de la Eucaristía, el Banquete del Pan de la Misericordia, capaz de alegrarnos más allá de toda expectativa humana. Queremos atraer sobre nosotros la mirada compañera de Jesús, el Hijo amado, que también se lanza mar adentro y viene a nuestro encuentro sobre nuestras fragilidades y las dificultades de la vida cuando ve que, por amor a él, hemos quedado expuestos, y necesitamos que nos dé una mano porque en la fe nos hemos lanzado al agua y solos no podemos. Para los amigos predilectos que se lanzan al mar, juntos y con audacia apostólica, el Señor tiene preparado en la orilla el desayuno de la Eucaristía, el Banquete del Pan del Camino que se comparte fraternalemente, en silencio adorante, entre misión y misión, capaz de restaurar las fuerzas más allá de toda expectativa. Queremos atraer sobre nosotros la mirada del Espíritu que hace arder los corazones, atraído por una Iglesia que lo espera reunida. El Espíritu es el que nos convierte en verdadera Asamblea y nos pone en camino para salir a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. El Espíritu es el que marca el ritmo de la vida de la Iglesia. Y lo marca eucarísticamente: marca el tiempo en el que la Asamblea se reúne a esperarlo, y a los que se mantienen juntos los consolida con el Pan de la misericordia que pacifica y guarda la unidad. Él es el que marca el tiempo en que la Asamblea se pone en camino impulsada por su soplo viviente; y a los que se animan a salir a misionar el Espíritu los acompaña y les va sirviendo a sus tiempos el Pan de la caridad gratuita, que alimenta inusitadamente la vida de la Asamblea, multiplicando los panes y reanimando a los que siguen al Señor.
5.- Cuando, con coraje apostólico, caminamos en Asamblea, el Señor camina con nosotros. Y entonces es Él quien escribe la historia. Ponerse en Asamblea es dejar que sea Dios quien escriba la historia, que sea Dios quien protagonice la lucha, que sea Dios quien haga nuevas todas las cosas. Y que haga todo esto con nosotros: con los signos que hacemos con nuestras manos, con las huellas que dejan nuestros pasos… El escribe la historia. Y sabe escribir derecho aún con renglones torcidos. A María, la mujer Eucarística, la primera que salió a caminar, con Jesús en sus entrañas, en torno a la cual se reunió la primera Asamblea a la espera de Pentecostés, le pedimos que venga con nosotros a caminar y que nos mantenga unidos en la oración para que, a través nuestro, el Señor pueda llegar a dar vida a todo el mundo, como es su deseo. Buenos Aires, 28 de mayo de 2005.
Card.
Jorge Mario Bergoglio s.j. VIII
Jornada de Pastoral Social
Card. Jorge Mario Bergoglio
VIII Jornada de Pastoral Social
LA
NACIÓN POR CONSTRUIR:
“Dichoso
el hombre que su gozo es la ley del Señor.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruta en su sazón
y no se marchitan sus hojas”. (Sal. 1,1-3) Prólogo
El
presente trabajo surge en el contexto de la preparación de la VIII Jornada de
Pastoral Social, organizada por el Departamento de Pastoral Social de la Arquidiócesis
de Buenos Aires, bajo el lema: “La Nación por construir: utopía,
pensamiento, compromiso”. En los últimos años,
la Pastoral Social de Buenos Aires, de manera coincidente con el espíritu de
diversas declaraciones del
Episcopado Argentino, ha venido proponiendo en sus Jornadas anuales, como centro
de su reflexión, el tema de la Nación. En ellas, desde
un enfoque multidisciplinario y con la participación de
diversos actores que hacen a la vida intelectual, política y social,
tanto nacional como de la Ciudad de Buenos Aires, se brinda
un rico espacio de encuentro y diálogo para todos aquellos que sienten
este imperativo de construir la Nación.
Desde esta
preocupación común, surgió esta
iniciativa de prestar un servicio para esa tarea, ofreciendo de manera ordenada
y sistemática el pensamiento del
Arzobispo de Buenos Aires quien, como Pastor, en diferentes mensajes a la comunidad, ha expresado con claridad
esta necesidad de trabajar, en un esfuerzo colectivo, por reconstruir los vínculos
sociales y crear un futuro incluyente para todos. En la
elaboración de este material, que intenta ser una síntesis de su pensamiento,
se ha trabajado a partir de diferentes mensajes y homilías del Cardenal
Bergoglio, especialmente aquellos
donde él ha volcado su reflexión sobre la Nación, como son sus predicaciones
en los sucesivos Te Deum celebrados en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires
en los últimos años, sus mensajes anuales a las Comunidades Educativas de la
Arquidiócesis, así como también diversas
intervenciones suyas en las Jornadas y demás encuentros organizados por
el Departamento de Pastoral Social, destacándose entre ellos su Conferencia
inaugural del Ciclo de Formación y Reflexión Política, organizado por la
Pastoral Social a través del CEFAS (Centro de Estudios, Formación y Animación
Social) en el año 2004. A partir
del análisis de estos diferentes textos se ha intentado recuperar su
pensamiento de manera sintética, ordenándolo en este caso de acuerdo a los tópicos
“pensamiento, utopía y compromiso”, presentes en la temática de la Jornada
del año 2005, con el propósito de reflejarlo fielmente, manteniendo siempre el sentido y espíritu de sus palabras. Así
elaborado, el texto le fue entregado al Cardenal Bergoglio, quien lo enriqueció
con nuevos aportes, dándole su formato definitivo, que es el que hoy se entrega
a los lectores. La Nación
por construir, es decir, el esfuerzo de llevar adelante un proyecto colectivo a
través del trabajo de la comunidad en toda su diversidad y complejidad
implica, antes que nada, pensarnos como Nación e identificar cuáles son
los problemas de fondo que nos afectan para, a partir de allí, pensar un país
mejor para todos. Pensar un
país mejor para todos significa recuperar el rumbo y la utopía de crear un
futuro, desafiando esa forma de pensar coyuntural y “cortoplacista” que nos
aleja del largo camino de elaboración cotidiana y fraterna,
cuidando las raíces y los brotes para hacer posible los frutos. Por el
contrario, el desarraigo, el individualismo, la fragmentación y la exclusión
nos han llevado a los argentinos a olvidar que sólo con todo el hombre y con
todos los hombres, hay posibilidad de futuro para esta Nación. El
necesario análisis de la realidad que vivimos y el esfuerzo creativo y
responsable que requiere elaborar un proyecto común, preceden y postulan el
compromiso sincero y maduro de cada uno de nosotros. Es preciso recuperar el
sentido de pertenencia, la identidad que nos da el sentirnos parte de una
comunidad que lleva un largo camino recorrido y que elige seguir un mismo rumbo,
hombro con hombro, desde el lugar que cada uno ocupa,
como nos anima el Cardenal Jorge Bergoglio. La Pastoral
Social en Buenos Aires tiene un camino recorrido en este sentido, y este trabajo
es parte de ese esfuerzo, ya que procura recuperar la riqueza de un pensamiento
que parte de la realidad y tiende hacia ella, como aporte valioso a la
reconstrucción de la comunidad. El
Arzobispo ha puesto a la Iglesia de Buenos Aires en estado de Asamblea y la
Pastoral Social, desde el rol que nos toca, intenta generar espacios de reflexión,
intercambio y trabajo en esta tarea de reconstrucción de nuestra Patria,
abiertos tanto a los católicos y a los miembros de las diferentes confesiones
religiosas, como a aquellos hombres
y mujeres de buena voluntad que sientan esa misma responsabilidad. Al hacerlo,
somos conscientes de que la diversidad de nuestra sociedad es una riqueza y un
don que necesitamos aprovechar para construir la Nación. Estamos
seguros que estas reflexiones del Arzobispo de Buenos Aires serán un importante
aporte para guiarnos en la gran tarea de trabajar por el bien común de nuestra
Patria. P.
Carlos Accaputo
VIII JORNADA DE PASTORAL SOCIAL
LA NACION POR CONSTRUIR
Utopía – Pensamiento – Compromiso
(Una mirada amplia que una el presente desde la
“memoria de las raíces” y que se dirija al futuro, donde maduren los
frutos de una obra colectiva). 1.1
Crisis y encrucijada 1.2
La experiencia de la orfandad a.
Dimensión de la discontinuidad de la memoria relacionada con el tiempo y la
historia b.
Dimensión del desarraigo: espacial, existencial y espiritual c. Tercer
aspecto de la orfandad: la caída de las certezas 1.3
Globalización y pensamiento único 1.4
Primacía de lo formal sobre lo real 1.5
Hacer memoria del camino para abrir espacios al futuro 1.6
Ser un pueblo supone, ante todo, una actitud ética que
brota de la libertad 1.7
La unidad del pueblo se basa en tres pilares: a.
La memoria de sus raíces b.
El coraje frente al futuro c.
La captación de la realidad del presente II.
LA UTOPÍA DE REFUNDAR NUESTROS VÍNCULOS SOCIALES (Ante el desarraigo, retomar
las raíces constitutivas para construir el futuro
desde el presente) 2.1
Recuperar el rumbo: la utopía 2.2
Desde dónde reconstruir los vínculos sociales 2.3
Refundar nuestros vínculos sociales 2.4
La cultura del encuentro ·
Desde los refugios culturales a la trascendencia que
funda ·
Universalismo integrador a través del respeto por las
diferencias ·
El ejercicio del diálogo ·
El ejercicio de la autoridad ·
El ejercicio de abrir espacios de encuentro ·
Apertura a la vivencia religiosa, comprometida,
personal y social 2.5
Madurez y libertad III.
CREATIVIDAD
Y COMPROMISO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN (Nos ponemos en marcha como nación para construir un
futuro para Todos) 3.1
La esperanza del futuro 3.2
Diferencia entre el drama y la tragedia 3.3
Jerarquía de valores 3.4
La creatividad y la historia 3.5
Utopía, esperanza y creatividad 3.6
Todo el hombre, todos los hombres 3.7
Creatividad y tradición: construir desde lo sano 3.8
La política como obra colectiva 3.9
Pautas para re-jerarquizar la política 3.10 Los proyectos reales 3.11 El poder es servicio 3.12 Una conversión de actitudes 3.13 El buen samaritano como opción de fondo para
reconstruir la patria 3.14 Ponerse la patria al hombro 3.15 El trigo y la cizaña
El tema de esta VIII Jornada de Pastoral Social nos pone delante de la
realidad de nuestra Nación; se nos habla de tarea: “La Nación por
construir”, tarea que nos involucra y compromete, tarea que emprendieron
hombres y mujeres desde el comienzo de nuestra patria y que llega a nosotros
como legado, un don. Tarea también dolorosa pues los argentinos llevamos una
larga historia de intolerancias mutuas. Hasta la enseñanza escolar que hemos
recibido se articulaba en torno al derramamiento de sangre entre compatriotas,
en cualquiera de las versiones por turno “oficiales” de la historia del
siglo XIX. Con ese trasfondo, en el relato escolar que consideraba a la
Organización Nacional como la superación de aquellas antinomias, entramos como
pueblo en el siglo XX, pero para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos,
bombardeándonos, fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos
mutuamente. Los que somos capaces de recordar sabemos que el uso de estos verbos
que acabo de escoger no es precisamente metafórico.
Esta reflexión introductoria no pretende ser original.
Recorrí las cosas que, sobre el tema he escrito en estos siete años como
Arzobispo y escogí algunos textos organizándolos según los lineamientos
propuestos dándoles una textura esquemática: Utopía, pensamiento, compromiso.
De ahí los capítulos: 1) Un pensamiento que tenga memoria de las raíces; 2)
La utopía de refundar nuestros vínculos sociales; 3) Creatividad y compromiso
para construir nuestra Nación. Obviamente que, al tratarse de una antología
organizada, sólo se recurre a los escritos
que expresan la Doctrina Social de la Iglesia, que están más allá de toda
coyuntura. Espero que sean de utilidad como guía para esta Jornada de reflexión.
Quiero expresar mi gratitud a Carlos Accaputo, Carlos Otero, Julia Torres y Pío
de Elia que colaboraron en la recopilación de los textos y en el ordenamiento
esquemático. I.
UN PENSAMIENTO QUE TENGA MEMORIA DE LAS RAÍCES Al comenzar se nos pide anchura de
corazón; una mirada amplia que una el presente desde la “memoria de las raíces”
y que se dirija al futuro, donde maduren los frutos de una obra. Algo así como
la mirada del caminante que verifica dónde está, de dónde viene y hacia dónde
se dirige. Una mirada que “hace camino”, constructiva y que se vuelve
fecunda en el don; una mirada que se anima a alejarse de toda contemplación
narcisista o de la compulsión posesiva de quien sólo busca el propio interés
y, en lugar de servir a su patria, se sirve de ella. Por ello, si queremos
aportar algo en este día de reflexión, comencemos por el humilde “hacernos
cargo” de la realidad, de la historia, de la promesa. 1.1
Crisis y Encrucijada El
presente es un momento de crisis global y complexiva. La naturaleza de la crisis
es global porque comprende una hermenéutica, una forma de entender la realidad.
Esa realidad somos nosotros como Nación en movimiento, como obra colectiva en
permanente construcción, e incluye tanto la dimensión espacial como temporal,
el lugar y el tiempo donde nuestra historia se encarna. La
crisis nos interroga acerca del rumbo que llevamos y acerca del rumbo que se
extiende por delante. La respuesta requiere, ante todo, una reflexión realista
acerca de la naturaleza de los vínculos que unen a nuestra comunidad. Ante
la crisis profunda, la Providencia nos da una nueva oportunidad, que es a la vez
un desafío. El desafío de constituirnos en una comunidad verdaderamente justa
y solidaria, donde todas las personas sean respetadas en su dignidad y
promovidas en su libertad, en orden a cumplir su destino como hijas e hijos de
Dios. Nuestra Nación se encuentra ante la encrucijada histórica de elegir en
el presente un rumbo que retome las raíces constitutivas y nos lleve hacia un
futuro que nos incluya a todos. Nos encontramos ante una realidad que nos
muestra los resultados de un modelo de país armado en torno a determinados
intereses económicos, excluyente de las mayorías, generador de pobreza y
marginación, tolerante con todo tipo de corrupción y generador de privilegios
e injusticias. Esta situación es consecuencia de una crisis de las creencias y
los valores que fundan nuestros vínculos sociales. Ante esto, debemos emprender
una tarea de reconstrucción. 1. 2.
La experiencia de la orfandad. Y,
como punto de partida fenoménico quiero referirme a la experiencia de orfandad
que es común en la vivencia de toda nuestra sociedad. Esta
experiencia se caracteriza por tres dimensiones: a)
Dimensión
de la discontinuidad de la memoria, relacionada con el tiempo y la historia. Discontinuidad:
pérdida o ausencia de los vínculos en el tiempo y el entretejido socio-político
que constituye a un pueblo. Somos parte
de una sociedad fragmentada que ha cortado sus lazos comunitarios. Esta
realidad se debe a un déficit de memoria, concebida como la potencia
integradora de nuestra historia, y a un déficit de tradición, concebida como
la riqueza del camino andado por nuestros mayores. Esto implica la ruptura y
discontinuidad de un dialogo intergeneracional sobre las inquietudes y preguntas
que unen al pasado con el presente y a éste con el futuro. Esta
discontinuidad de la experiencia generacional prohija toda una gama de abismos y
rupturas: entre la sociedad y la clase dirigente y entre las instituciones y las
expectativas personales. b)
Dimensión del desarraigo: espacial, existencial y
espiritual. Junto
a la discontinuidad ha crecido también el desarraigo. Lo podemos ubicar en tres
áreas: espacial, existencial y espiritual. Se
ha roto la relación entre el hombre y su espacio vital, fruto de la actual dinámica
de fragmentación y segmentación de los grupos humanos. Se pierde la dimensión
identitaria del hombre con su entorno, su terruño, su comunidad. La ciudad va
poblándose de “no-lugares”, espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas
instrumentales, privados de símbolos y referencias que aporten a la construcción
de identidades comunitarias. Al
desarraigo espacial se le unen el existencial y el espiritual. El primero
vinculado a la ausencia de proyectos. Al romperse la continuidad con los lugares
y con la historia, el hombre pierde herramientas que le permiten constituir su
identidad y su proyecto personal. Se pierde la dimensión de pertenencia a un
tiempo-espacio y esto afecta su dimensión identitaria, pues ésta es tanto sus
raíces y su memoria como su proyecto de desarrollo personal. La
pérdida de las referencias espaciales y las continuidades temporales van
vaciando también la vida del habitante de la ciudad de determinadas referencias
simbólicas, de aquellas “ventanas”, verdaderos “horizontes de sentido”
hacia lo trascendente, que se abrían aquí y allá, en la ciudad y acción
humana. Se pierde el sentido de la trascendencia y por lo tanto el desarraigo
alcanza también la dimensión espiritual. Así entonces, discontinuidad
generacional y política, y desarraigo espacial, existencial y espiritual,
caracterizan aquella situación que habíamos llamado, más genéricamente, de
orfandad. c)
Tercer aspecto de la orfandad: La caída de las
certezas. Muchas
de las certezas básicas que sirven de apoyo a la construcción histórica se
han diluido, caído o desgastado. La patria, la revolución, incluso la
solidaridad, tienden a ser vistas con curiosidad, burla o escepticismo. La pérdida
de las certezas alcanza también a los fundamentos de la persona, la familia y
la fe. Esta caída de las certezas, de pérdida de referencias, es de carácter
global, se da a nivel mundial, constituyéndose en una nueva certeza del
pensamiento contemporáneo. Aquí
entroncamos con la crisis de la modernidad y los cuestionamientos a la razón.
El desencanto frente a las promesas de la modernidad ha provocado el surgimiento
de múltiples verdades y sentidos fragmentarios, parciales, particulares y
desarraigados. Un pensamiento que se mueve en lo relativo y lo ambiguo, en
lo fragmentario y lo múltiple, constituye el talante que tiñe no sólo
la filosofía y los saberes académicos sino también la cultura “de la
calle”. Es la época del pensamiento débil. 1. 3.
Globalización y pensamiento único. Con
la experiencia de la orfandad y el desarraigo, las mujeres y los hombres pierden
sus puntos de referencia con su lugar y con su tiempo, las raíces desde las
cuales se paran y miran su realidad. Surge el relativismo como horizonte de la
convivencia social y del quehacer político. La
pérdida de las certezas nos pone frente a un grave desafío sociopolítico.
Este desafío, según Juan Pablo II, “es
el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que
quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola
más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, «si no existe una
verdad última –que guíe y oriente la acción política-, entonces las ideas
y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines
de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un
totalitarismo visible o encubierto»” (Veritatis Splendor 101; cita
de Centesimus annus, 46). Y,
parece una contradicción, pero asumiendo el horizonte relativista, la
globalización, en su forma actual, fomenta el desarraigo, la pérdida de las
certezas, uniforma el pensamiento y elimina la diversidad constitutiva de toda
sociedad humana. Su poder disgregador reduce a las personas a su dimensión económica
y la capacidad de acción transformadora sobre la realidad se reduce a un rol de
consumidores de mercancías. La
globalización es una palabra cargada de significación homogeneizante. Se
tiende a marcar una sola línea de pensamiento, una sola línea de conducta, una
sola línea de supervivencia, y lo que está detrás de todo esto es una única
dirección cultural de la existencia. Una globalización que, en su aspecto
negativo, nos despotencia de nuestra dignidad humana para hacernos bailar en la
zaranda de la caprichosa, fría y calculadora economía de mercado. Y
frente a este proyecto que nos gregariza quitándonos lo propio, la Iglesia nos
incita a poner en común aquello que nos diversifica, es decir, el carisma
personal de cada uno, la pertenencia personal de cada uno a grupos, a partidos
políticos, a organizaciones no gubernamentales, a parroquias, a diversos
sectores. Esa particularidad que nos diversifica, la Iglesia nos pide que la
pongamos en común para que de esa diversidad, el mismo Espíritu Santo que nos
regaló la diversidad, nos regale la unidad plurifacética. Nada más alejado de
lo hegemónico tanto de un proyecto globalizante, que uniformiza y elimina la
diversidad como de un relativismo atomizador y despersonalizante. Esto también debe
leerse en la dirección inversa: ¿cómo puedo dialogar, cómo puedo
amar, cómo puedo construir algo en común si dejo diluirse, perderse,
desaparecer lo que hubiera sido mi aporte? La globalización, como imposición
unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías, va de la mano
con la integración entendida como imitación y subordinación cultural,
intelectual y espiritual. Entonces,
¿cuál es el camino?: ni profetas
del aislamiento relativista, ermitaños localistas en un mundo global, ni
descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos
artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y aplausos
programados. La dinámica es más
rica y más compleja. Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los
valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o
"síntesis de laboratorio" que los diluya en "lo común",
"lo global". Y –al aportar esos valores– reciben de otros pueblos,
con el mismo respeto y dignidad, las culturas que les son propias. Tampoco cabe
aquí un desaguisado eclecticismo porque, en este caso, los valores de un pueblo
se desarraigan de la fértil tierra que les dio y les mantiene el ser, para
entreverarse en una suerte de mercado de curiosidades donde "todo es igual,
dale que va... que allá en el horno se vamo a encontrar". El
actual proceso de globalización desnuda agresivamente nuestras antinomias:
un avance del poder económico y el lenguaje que lo asiste, que - en un interés
y uso desmedido - ha acaparado grandes ámbitos de la vida nacional; mientras -
como contrapartida - la mayoría de nuestros hombres y mujeres ve el peligro de
perder en la práctica su autoestima, su sentido más profundo, su humanidad
y sus posibilidades de acceder a una vida más digna. Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica ‘Ecclesia
in America’ se refiere
al aspecto negativo de esta globalización diciendo :
"...si la globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas
según las conveniencias de los poderosos, lleva consecuencias negativas : ...la
atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y
el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de
la naturaleza, el aumento de la diferencia entre ricos y pobres y la competencia
injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada
vez más acentuada..." (nº 20). 1.4. Primacía de lo formal sobre lo real. Junto a estos problemas,
planteados ya en el plano internacional, nos encontramos también con una cierta
incapacidad de encarar problemas reales. Entonces, a la fatiga y la desilusión
parecería que sólo se pueden contraponer tibias propuestas reivindicativas o
eticismos que únicamente enuncian principios y acentúan la primacía de lo
formal sobre lo real. O, peor aún, una creciente desconfianza y pérdida de
interés por todo compromiso con lo propio común que termina en el ‘sólo
querer vivir el momento’, en la perentoriedad del consumismo. Esta actitud
fomenta una cierta ingenuidad valorativa. Y vivimos un momento histórico en el
que no nos podemos permitir ser ingenuos : la sombra de una nube de
desmembramiento social se asoma en el horizonte mientras diversos intereses
juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos. La primacía de lo formal
sobre lo real es funcionalmente anestésica. Se puede llegar a vivir hasta en
estado de “idiotez alegre” en el que la profecía arraigada en lo real no
puede entrar; la sociedad vive el complejo de Casandra. 1.5. Hacer memoria del camino para abrir
espacios al futuro Volvemos
al núcleo histórico de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias
formales, sino buscando la huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino
andado para abrir espacios al futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria
de la plenitud se hace posible vislumbrar los nuevos caminos. Cuando la memoria
no está abierta al futuro es un simple recuerdo que, si totaliza el ambiente,
nos puede atrapar en una nebulosa proustiana. Si, en cambio, se intelectualiza,
configura el caldo de cultivo para toda clase de fundamentalismos. La memoria
conlleva siempre la dimensión de promesa que la proyecta hacia el futuro.
Cuando, en el presente, hacemos memoria, entonces afirmamos lo real de nuestra
pertenencia a un pueblo que camina y –a la vez- la proyección hacia adelante
de ese camino. 1.6. Ser un pueblo supone, ante todo, una
actitud ética que brota de la libertad. Ante la crisis vuelve a
ser necesario respondernos a la pregunta de fondo: ¿en qué se
fundamenta lo que llamamos "vínculo social"? Eso que decimos
que está en serio riesgo de perderse, ¿qué es, en definitiva? ¿Qué es lo
que me "vincula", me "liga", a otras personas en un lugar
determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino? Permítanme adelantar
una respuesta: se trata de una cuestión ética. El fundamento de la
relación entre la moral y lo social se halla justamente en ese espacio (tan
esquivo, por otra parte) en que el hombre es hombre en la sociedad, animal
político, como dirían Aristóteles y toda la tradición republicana clásica.
Esta naturaleza social del hombre es la que fundamenta la posibilidad de un contrato
entre los individuos libres, como propone la tradición democrática (en
versiones tantas veces opuestas, como lo demuestran multitud de enfrentamientos
en nuestra historia). Entonces, plantear la crisis como un problema moral
supondrá la necesidad de volver a referirse a los valores humanos, universales,
que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que van madurando con el
crecimiento personal y comunitario. Cuando los obispos
repetimos una y otra vez que la crisis es fundamentalmente moral, no se
trata de esgrimir un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social
y lo económico a una cuestión individual de la conciencia, sino de señalar
las valoraciones colectivas que se
han expresado en actitudes, acciones y procesos de tipo histórico-político y
social. 1.7. La unidad del pueblo se basa en tres
pilares: A modo de resumen
orientativo de lo recientemente dicho se puede afirmar que la unidad del pueblo
se fundamenta en tres pilares que hacen a su relación con el tiempo y que están
en tensión dialéctica entre ellos. Primero,
la memoria de sus raíces.
Un pueblo que no tiene memoria de sus raíces y que vive importando programas de
supervivencia, de acción, de crecimiento desde otro lado, está perdiendo uno
de los pilares más importantes de su identidad como pueblo. Segundo,
el coraje frente al futuro.
Un pueblo sin coraje es un pueblo fácilmente dominable, sumiso en el mal
sentido de la palabra. Cuando un pueblo no tiene coraje se hace sumiso de los
poderes de turno, de los imperios
de turno, o de las modas de turno, imperios culturales, políticos, económicos,
cualquier cosa que hegemoniza e impide crecer en la pluriformidad. Tercero,
la captación de la realidad del presente. Un pueblo que no sabe hacer un análisis de la realidad que está
viviendo, se atomiza, se fragmenta Los intereses particulares priman sobre el
interés común, el bien común. Entonces queda atomizado en los diversos
intereses particulares que nacen de un mal análisis de la realidad que estaba
viviendo. El análisis de la realidad no tiene que ser un análisis de tipo
ideológico donde yo proyecto una postura previa sobre la realidad, sino ver la
realidad tal cual es y de ahí sacarla. Decía alguien que la realidad se capta
mejor desde la periferia que desde el centro, y es verdad. O sea, no vamos a
entender la realidad de lo que nos pasa como pueblo, y por lo tanto no vamos a
poder construir en el presente el coraje para el futuro con la memoria de
nuestras raíces, si no salimos del estado de “instalación en el centro”,
de quietud, de tranquilidad, y no nos metemos en lo periférico y lo marginal. II.
LA UTOPIA DE REFUNDAR NUESTROS VINCULOS SOCIALES
Decía
recién que ante el desarraigo, hay que retomar las raíces constitutivas para
construir el futuro desde el presente, un presente que se sienta empujado por la
promesa memoriosa hacia el futuro, lo cual lo convierte en un presente en tensión
continua entre el centro y la periferia. 2.
1. Recuperar el rumbo: la utopía Revitalizar
la urdimbre de la sociedad. Recuerdo aquella
invitación del Santo Padre en su visita a nuestra Patria : "¡Argentina,
Levántate!", a la que todo habitante de este suelo está invitado, más
allá de su origen, y con la sola condición de tener buena voluntad para buscar
el bien de este pueblo. Aquel ¡Argentina, Levántate!", invitación que
hoy queremos volver a escuchar, constituía un diagnóstico y una esperanza.
Levantarse es signo de resurrección, es llamado a revitalizar la
urdimbre de nuestra sociedad. No podemos caminar sin
saber hacia dónde estamos andando. Es criminal privar a un pueblo de la utopía,
porque eso nos lleva a privarlo también de la esperanza. La utopía supone
saber hacia dónde tiende cada uno. Ante
la mala globalización que es paralizante, es necesario determinar la utopía,
reformularla, reivindicarla. Cuando no hay utopía, priva lo coyuntural y nos
quedamos en una acción tacticista, o en la involución. Cuando priva la
involución, toda la acción social y política se vuelve sobre el sujeto mismo
y anula la edificación del bien común. La verdadera utopía no es ideológica
sino que ya está en germen en las raíces fundacionales. Desde allí debe
crecer. 2. 2. Desde dónde reconstruir los vínculos
sociales. Reconstruir el sentido
de comunidad implica romper con la lógica del individualismo competitivo,
mediante la ética de la solidaridad. La ética de la competencia (que no es más
que una instrumentación de la razón para justificar la fuerza, y que
contribuye a quebrar los vínculos sociales) tiene plena vigencia en nuestra
sociedad. ¿En qué se fundamenta
lo que llamamos “vínculo social”? ¿Qué es lo que me "vincula",
me "liga", a otras personas en un lugar determinado, hasta el punto de
compartir un mismo destino? ¿Cómo
refundar nuestros vínculos sociales? 2. 3. Refundar
nuestros vínculos sociales El valor a plasmar no
está sólo atrás, en el "origen", sino también adelante, en el
proyecto. En el origen está la dignidad de
hijo de Dios, la vocación, el llamado a plasmar un proyecto que ya está en
germen. Se
trata de "poner el final al principio" (idea, por otro lado,
profundamente bíblica y cristiana). La dirección que otorguemos a nuestra
convivencia tendrá que ver con el tipo de sociedad que queramos formar: es el
telostipo. Ahí está la clave del talante de un pueblo. Ello no significa
ignorar los elementos biológicos, psicológicos y psico-sociales que influyen
en el campo de nuestras decisiones. No podemos evitar cargar (en el sentido
negativo de límites, condicionamientos, lastres, pero también en el positivo
de llevar con nosotros, incorporar, sumar, integrar) con la herencia recibida,
las conductas, preferencias y valores que se han ido constituyendo a lo largo
del tiempo. Pero una perspectiva cristiana (y éste es uno de los aportes del
cristianismo a la humanidad en su conjunto) sabe valorar tanto "lo
dado", lo que ya está en el hombre y no puede ser de otra forma, como lo
que brota de su libertad, de su apertura a lo nuevo, en definitiva, de su espíritu
como dimensión trascendente, de acuerdo siempre con la virtualidad de "lo
dado". La voluntad común se
pone en juego y se realiza concretamente en el tiempo y en el espacio: en
una comunidad concreta, compartiendo una tierra, proponiéndose objetivos
comunes, construyendo un modo propio de ser humanos, de cultivar los múltiples
vínculos, juntos, a lo largo de tantas experiencias compartidas, preferencias,
decisiones y acontecimientos. Así se amasa una ética común y la
apertura hacia un destino de plenitud que define al hombre como ser espiritual.
Esa ética común, esa "dimensión moral", es la que permite a la
multitud desarrollarse junta, sin convertirse en enemigos unos de otros.
Pensemos en una peregrinación: salir del mismo lugar y dirigirse al mismo
destino permite a la columna mantenerse como tal, más allá del distinto ritmo
o paso de cada grupo o individuo. Sinteticemos, entonces,
esta idea. ¿Qué es lo que hace que muchas personas formen un pueblo? En
primer lugar, hay una ley natural y luego una herencia. En segundo
lugar, hay un factor psicológico: el hombre se hace hombre en la
comunicación, la relación, el amor con sus semejantes. En la palabra y
el amor. Y en tercer lugar, estos factores biológicos y psicológicos se
actualizan, se ponen realmente en juego, en las actitudes libres. En la voluntad
de vincularnos con los demás de determinada manera, de construir nuestra
vida con nuestros semejantes en un abanico de preferencias y prácticas
compartidas. (San Agustín definía al pueblo como "un conjunto de seres
racionales asociados por la concorde comunidad de objetos amados"). Lo
"natural" crece en "cultural", "ético"; el
instinto gregario adquiere forma humana en la libre elección de ser un
"nosotros". Elección que, como toda acción humana, tiende luego a
hacerse hábito (en el mejor sentido del término), a generar sentimiento
arraigado y a producir instituciones históricas, hasta el punto que cada
uno de nosotros viene a este mundo en el seno de una comunidad ya constituida (la
familia, la patria) sin que eso niegue la libertad responsable de cada persona. A partir de aquí,
podemos empezar a avanzar en nuestra reflexión. Nos interesa saber dónde
apoyar la esperanza, desde dónde reconstruir los vínculos sociales que
se han visto tan castigados en estos tiempos. Debemos recuperar organizada y
creativamente el protagonismo al que nunca debimos renunciar, y por ende,
tampoco podemos ahora volver a meter la cabeza en el hoyo, dejando que los
dirigentes hagan y deshagan. Y no podemos por dos motivos: porque ya vimos lo
que pasa cuando el poder político y económico se desliga de la gente, y porque
la reconstrucción no es tarea de algunos sino de todos, así como la
Argentina no es sólo la clase dirigente sino todos y cada uno de los que viven
en esta porción del planeta. Hoy debemos articular, sí,
un programa económico y social, pero fundamentalmente un proyecto político
en su sentido más amplio. ¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín
Fierro orienta nuestra mirada hacia nuestra vocación como pueblo, como Nación.
Nos invita, a darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan
lugar: el comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del norte,
el artesano del Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que
ninguno de ellos quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro
de la tierra. En efecto, no
es una mera invitación a compartir, no es sólo reconciliar opuestos y
adversidades: se trata de sentarse a partir el pan, es animarse
a vivir de otra manera. Nos desafía ese pan hecho con lo mejor que podemos aportar,
con la levadura que ya fue puesta en tantos momentos de dolor, de trabajo y de
logros. El llamado evangélico nos pide refundar
el vínculo social y político entre los argentinos.
La sociedad política solamente perdura si se plantea como una vocación a
satisfacer las necesidades humanas en común. Es el lugar del ciudadano. Ser
ciudadano es sentirse citado, convocado a un bien, a una finalidad con sentido...
y acudir a la cita. Si apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados
en la mesa, donde solamente unos pocos se benefician y el tejido social se
destruye, donde las brechas se agrandan siendo que el sacrificio es de todos,
entonces terminaremos siendo una sociedad camino al enfrentamiento. Hoy, en medio de los conflictos, este pueblo nos enseña que
no hay que hacerle caso a aquellos que pretenden destilar la realidad en ideas,
que no nos sirven los intelectuales sin talento, ni los eticistas sin bondad,
sino que hay que apelar a lo hondo de nuestra
dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras reservas
culturales. Es una verdadera revolución, no contra un sistema, sino
interior; una revolución de memoria y ternura : memoria de las grandes gestas
fundantes, heroicas... y memoria de los gestos sencillos que hemos mamado en
familia. Ser fieles a nuestra misión es cuidar este ‘rescoldo’ del corazón,
cuidarlo de las cenizas tramposas del olvido o de la presunción de creer que
nuestra Patria y nuestra familia no tienen historia o que la han comenzado con
nosotros. Rescoldo de memoria que condensa, como la brasa al fuego, los valores
que nos hacen grandes : el modo de celebrar y defender la vida, de aceptar la
muerte, de cuidar la fragilidad de nuestros hermanos más pobres, de abrir las
manos solidariamente ante el dolor y la pobreza, de hacer fiesta y de rezar; la
ilusión de trabajar juntos y - de nuestras comunes pobrezas - amasar
solidaridad, convenciéndonos una vez más que el
todo es superior a la parte, el tiempo superior al espacio, la realidad es
superior a la idea y la unidad es superior al conflicto.
Estas cuatro coordenadas son la referencia segura para testear cotidianamente
las situaciones. 2.
4. La cultura del encuentro. Para refundar los vínculos
sociales, debemos apelar a la ética de la solidaridad, y
generar una cultura del encuentro. Ante
la cultura del fragmento, como algunos la han querido llamar, o de
la no integración, se nos exige, aún más en los tiempos difíciles, no
favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra
historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos, manipular la memoria,
comercializar con utopías de utilería. Para una cultura del
encuentro necesitamos pasar de los refugios culturales a la trascendencia que
funda; construir un universalismo integrador que respete las diferencias
necesitamos también del ejercicio del diálogo fecundo para un proyecto
compartido; del ejercicio de la autoridad como servicio al desarrollo del
proyecto común (bien común); la apertura de espacios de encuentro y el
redescubrimiento de la fuerza creativa de lo religioso al interior de la vida de
la humanidad y de su historia, un redescubrimiento que tenga como centro
referencial al hombre: -
Desde los refugios culturales a la
trascendencia que funda.
Se ha de buscar una antropología que deje de lado cualquier camino de
"retorno" concebido -más o menos conscientemente- como refugio
cultural. El hombre tiende por inercia, a reconstruir lo que fue el ayer. Una
cultura que haga del arraigo un lugar estático y cerrado, no se sostiene. -
Universalismo integrador a través
del respeto por las diferencias. Hemos
de entrar en esta cultura de la globalización, desde el horizonte de la
universalidad. En lugar de ser átomos que sólo adquieren sentido en el todo,
debemos integrarnos en una nueva organicidad vital de orden superior que asuma
lo nuestro pero sin anularlo. Nos incorporamos en armonía, sin renunciar a lo
nuestro, a algo que nos trasciende. Y
esto no puede hacerse por vía del consenso, que nivela hacia abajo, sino por el
camino del diálogo, de la confrontación de ideas y del ejercicio de la
autoridad. -
El ejercicio del diálogo,
es la vía más humana de comunicación. Y hay que instaurar en todos los ámbitos,
un espacio de diálogo serio, conducente, no meramente formal o distractivo.
Intercambio que destruye prejuicios y construye, en función de la búsqueda común,
del compartir, y que conlleva intentar la interacción de voluntades en pro de
un trabajo en común o de un proyecto compartido. No resignemos nuestras ideas,
utopías, propiedades ni derechos, sino renunciemos solamente a la pretensión
de que sean únicos o absolutos. -
El ejercicio de la autoridad.
Siempre es necesaria la conducción, pero esto significa participar de la
formalidad que da cohesión al cuerpo, lo cual hace que su función no sea tomar
partido propio, sino ponerse totalmente al servicio. Para que la fuerza que
todos llevamos dentro y que es vínculo y vida se manifieste, es necesario que
todos, y especialmente quienes tenemos una alta cuota de poder político, económico
o cualquier tipo de influencia, renunciemos a aquellos intereses o abusos de los
mismos que pretendan ir más allá del común bien que nos reúne; es necesario
que asumamos, con talante austero y con grandeza, la misión que se nos impone
en este tiempo. Cuando la autoridad no es servicio, entonces la conducción se
va desviando hacia el propio interés; se echa mano de los recursos demagógicos
más variados, se vacían los espacios de confrontación de ideas y proyectos,
se compran lealtades y se cae en una política pactista sin proyecto hacia el
bien común. -
El ejercicio de abrir espacios de
encuentro. En la retaguardia de la superficialidad y del
coyunturalismo inmediatista (flores que no dan fruto) existe un pueblo con
memoria colectiva que no renuncia a caminar con la nobleza que lo caracteriza:
los esfuerzos y emprendimientos comunitarios, el crecimiento de las iniciativas
vecinales, el auge de tantos movimientos de ayuda mutua, están marcando la
presencia de un signo de Dios en un torbellino de participación, sin
particularismos, pocas veces visto en el país. Nuestra gente, que sabe
organizarse espontánea y naturalmente, protagonista de este nuevo vínculo
social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos
los ámbitos de la vida social que le incumben. Los dirigentes debemos acompañar
esta vitalidad del nuevo vínculo. Potenciarlo y protegerlo puede llegar a ser
nuestra principal misión. -
Apertura a la vivencia religiosa
comprometida, personal y social. Lo
religioso es una fuerza creativa al interior de la vida de la humanidad y de su
historia, y dinamizadora de cada existencia que se abre a dicha experiencia. ¿Cómo
entender que en muchos ámbitos se ponga de moda el tratar todos los temas y
cuestiones, pero haya un único proscripto, un gran marginado: Dios?
La esfera de lo laico se está deslizando, peligrosamente, hacia un
laicismo militante: un dios más del difuso teísmo-profano spray que se nos
propone. -
El punto de vista ordenador de una
cultura del encuentro debe centrarse en el hombre, principio, sujeto y fin de
toda actividad humana. Nos dice Juan Pablo II: “La actividad huana tiene lugar dentro de una cultura y tiene un recíproca
relación con ella. Para una adecuada formación de esa cultura se requiere la
participación directa de todo el hombre, el cual desarrolla en ella su
creatividad, su inteligencia, su conocimiento del mundo y de los demás hombres.
A ella dedica también su capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de
solidaridad y disponibilidad para promover el bien común. Por esto, la primera
y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste
se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene
de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución
específica y decisiva de la Iglesia a favor de la verdadera cultura.” (C.A. 51)
2.
5. Madurez y libertad Como tópico final sobre “la utopía de refundar nuestros vínculos
sociales” cabe una breve reflexión sobre lo que significa la madurez y la
libertad en este proceso y como han de ser concebidas en el ámbito de la
reflexión social y política. La madurez es la capacidad
de usar de nuestra libertad de un modo “sensato” y “prudente”. Para
llegar a un punto de madurez, es decir, para que seamos capaces de decisiones
verdaderamente libres y responsables, es preciso que nos hayamos dado (y nos
hayan dado), tiempo. El hombre prudente, maduro, “piensa” antes de
actuar. “Se toma su tiempo”. ¿Cómo darnos lugar a “pensar”, a
dialogar, a intercambiar criterios para construir posiciones sólidas y
responsables, cuando cotidianamente mamamos un estilo de pensamiento que se arma
sobre lo provisorio, lo lábil y la despreocupación por la coherencia? Es obvio
que no podemos dejar de formar parte de la “sociedad de información” en la
cual vivimos, pero lo que sí podemos es “tomarnos tiempo” para analizar,
desplegar posibilidades, visualizar consecuencias, intercambiar puntos de vista,
escuchar otras voces... e ir armando, de esa manera, el entramado discursivo
sobre el cual será posible producir decisiones “prudentes”. Dicho de otra manera: la
libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay
nada. Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el hombre y
todos los hombres. Se rige por el amor, como afirmación
incondicional de la vida y el valor de todos y cada uno. En ese sentido,
podemos dar todavía un paso más: la madurez no sólo implica la capacidad de
decidir libremente, de ser sujeto de las propias opciones en medio de las múltiples
situaciones y configuraciones históricas en las que nos veamos incluidos, sino
que incluye la afirmación plena del amor como vínculo entre los seres
humanos en las distintas formas en que ese vínculo se realiza:
interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales... Una
personalidad madura, así, es aquella que ha logrado insertar su carácter único
e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No basta con la
diferencia: hace falta también reconocer la semejanza. Insistimos
aquí en la exigencia de construir y reconstruir los lazos sociales y
comunitarios que el individualismo desenfrenado ha roto. Una sociedad, un
pueblo, una comunidad, no es sólo una suma de individuos que no se molestan
entre sí. La definición negativa de libertad, que pretende que ésta termina
cuando toca el límite del otro, se queda a medio camino. ¿Para qué quiero yo
una libertad que me encierra en la celda de mi individualidad, que deja a los
demás afuera, que me impide abrir las puertas y compartir con el vecino? ¿Qué
tipo de sociedad deseable es aquella donde cada uno disfruta sólo de sus
bienes, y para la cual el otro es un potencial enemigo hasta que me demuestre
que nada de mí le interesa? No será a través de
la entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la
persona. El máximo derecho de una persona
no es solamente que nadie le impida realizar sus fines, sino efectivamente
realizarlos. No basta con evitar la injusticia si no se promueve la justicia. No
basta con proteger a los niños de negligencias, abusos y maltratos, si no se
educa a los jóvenes para un amor pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se
brinda a las familias los recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su
imprescindible misión. Si no se favorece en la sociedad toda, una actitud de
acogida y amor a la vida de todos y cada uno de sus miembros, a través de los
distintos medios con los cuales el Estado debe contribuir. Una
persona madura, una sociedad madura, entonces, será aquella cuya libertad sea
plenamente responsable desde el amor. Y eso
no crece sólo en las banquinas de las rutas. Implica invertir mucho trabajo,
mucha paciencia, mucha sinceridad, mucha humildad, mucha magnanimidad. Este es
el camino a andar. III.
CREATIVIDAD
Y COMPROMISO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN En este camino de libertad y madurez nos
ponemos en marcha como Nación para construir un futuro para todos 3. 1. La
esperanza del futuro. La
esperanza es virtud de lo arduo pero posible;
nos invita a no bajar nunca los brazos, pero no de un modo meramente
voluntarista sino encontrando la
mejor forma de mantenerlos en actividad, de hacer con ellos algo real y
concreto. Porque la esperanza no se apoya solamente en los recursos de los seres
humanos sino que busca sintonizar con la acción de Dios, que recoge nuestros
intentos integrándolos en su plan de salvación. Hay
momentos en la vida (pocos, pero esenciales) en que es preciso tomar decisiones
críticas, totales y fundantes. Críticas, porque se ubican en el preciso
límite entre la apuesta y la claudicación, la esperanza y el desastre, la vida
y la muerte. Totales, porque no se refieren a algún aspecto particular,
a un "asunto" o "desafío" optativo, a un sector determinado
de la realidad, sino que definen una vida en su totalidad y por un largo tiempo.
Es más: hacen a la más profunda identidad de cada uno. No sólo suceden
en el tiempo, sino que le dan forma a nuestra temporalidad y a nuestra
existencia. En ese sentido uso el tercer adjetivo, fundantes. Fundan
un modo de vivir, una forma de ser, de verse a uno mismo y de presentarse en el
mundo y ante los semejantes, una determinada posición ante los futuros
posibles. Estamos
justamente en uno de esos momentos decisivos.
Pero no individualmente, sino como Nación. Es una convicción compartida
por muchos, incluso por el Santo Padre, como nos lo dio a entender en nuestra última
visita episcopal a Roma. La Argentina llegó al momento de una decisión crítica,
global y fundante, que compete a cada uno de sus habitantes; la decisión de
seguir siendo un país, aprender de la experiencia dolorosa de estos años
e iniciar un camino nuevo, o hundirse en la miseria, el caos, la pérdida
de valores y la descomposición como sociedad. Pero hay más: si
cortamos la relación con el pasado, lo mismo haremos con el futuro. Ya podemos
empezar a mirar a nuestro alrededor... y a nuestro interior. ¿No hubo una
negación del futuro, una absoluta falta de responsabilidad por las generaciones
siguientes, en la ligereza con que tantas veces se trataron las instituciones,
los bienes y hasta las personas de nuestro país? Lo cierto es esto: Somos
personas históricas. Vivimos en el tiempo y el espacio. Cada generación
necesita de las anteriores y se debe a las que la siguen. Y eso, en gran
medida, es ser una Nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros
hombres y mujeres que ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común,
de una casa, para los que vendrán después. Ciudadanos "globales",
reconociendo los avatares de la gente que construyó nuestra nacionalidad,
haciendo propios o criticando sus ideales y preguntándonos por las razones de
su éxito o fracaso, para seguir adelante en nuestro andar como pueblo. 3.
2. Diferencia entre el drama y la tragedia. Mientras que en la
tragedia el destino ineluctable arrastra la empresa humana al desastre sin
contemplaciones y todo intento de enfrentarlo no hace más que empeorar el final
irremisible, en el drama, en cambio, la vida y la muerte, el bien y el mal, el
triunfo y la derrota se mantienen como alternativas posibles: nada más lejos de
un optimismo estúpido pero también del pesimismo trágico, porque en esa
encrucijada quizás angustiante, podemos también intentar reconocer los signos
ocultos de la presencia de Dios, aunque más no sea, como chance, como invitación
al cambio y a la acción... y también como promesa. Estas palabras pueden tomar
un cariz dramático, pero nunca trágico. Pero atención: no se trata de gestos
teatrales, sino de la convicción de que estamos en el momento de gracia,
en el foco de nuestra responsabilidad como miembros de una comunidad, es decir,
lisa y llanamente, como seres humanos. Debemos apostar, una vez
más, a la entrega personal a un proyecto de un país para todos.
Proyecto que, desde lo educativo, lo religioso o lo social, se torna político
en el sentido más alto de la palabra: construcción de la comunidad. 3.
3. Jerarquía de valores. La sociedad humana no
puede ser una "ley de la selva" en la cual cada uno trate de manotear
lo que pueda, cueste lo que costare. Y ya sabemos, demasiado dolorosamente, que
no existe ningún mecanismo "automático" que asegure la equidad y la
justicia. Sólo una opción ética convertida en prácticas concretas, con
medios eficaces, es capaz de evitar que el hombre sea depredador del hombre. Debemos terminar con la
cultura de la corrupción y revalorizar la cultura del trabajo. Pero este
reconocimiento que todos declamamos no termina de hacerse carne. No sólo por
las condiciones objetivas que generan el terrible desempleo actual (condiciones
que, nunca hay que callarlo, tienen su origen en una forma de organizar la
convivencia que pone la ganancia por encima de la justicia y el derecho), sino
también por una mentalidad de "viveza" (¡también criolla!)
que ha llegado a formar parte de nuestra cultura. "Salvarse" y
"zafar"... por el medio más directo y fácil posible. "La plata
trae la plata"... "nadie se hizo rico trabajando"... creencias
que han ido abonando una cultura de la corrupción que tiene que ver, sin
duda, con esos "atajos" por los cual muchos han tratado de sustraerse
a la ley de ganar el pan con el sudor de la frente. En la ética de los
"ganadores", lo que se considera inservible, se tira. Es la civilización
del "descarte". En la ética de una verdadera comunidad humana, en ese
país que quisiéramos tener y que podemos construir, todo ser humano es
valioso. Quizás, en nuestro país,
esta enseñanza haya sido de las más olvidadas. Pero más allá de ello, además
de no permitir ni justificar nunca más el robo y la coima, tendríamos
que dar pasos más decididos y positivos. Por ejemplo preguntarnos no sólo qué
cosas ajenas no tenemos que tomar, sino más bien qué podemos aportar.
¿Cómo podríamos formular que también son "vergüenza" la
indiferencia, el individualismo, el sustraer (robar) el propio aporte a la
sociedad para quedarse sólo con una lógica de “hacer la mía”. 3.
4. La creatividad y la historia ¿Por qué no hacer el
intento, ya que estamos en tema, de dejarnos enseñar por la historia? Pensando
en los tiempos fundacionales de nuestra patria me salió al encuentro un
personaje al cual, por lo general, no se le reconoce la relevancia que ha tenido
en la Argentina naciente. Me refiero a Manuel Belgrano. Además de sus
incontrastables virtudes personales y su profunda fe cristiana, Belgrano fue un
hombre que, en el momento justo, supo encontrar el dinamismo, empuje y
equilibrio que definen la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda
conjunción de continuidad realista y novedad magnánima. Su influencia en los
albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone y,
por ello, puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de
incertidumbre pero también de desafío, "cómo se hace" para poner
cimientos duraderos en una tarea de creación histórica. 3.
5. Utopía, esperanza y creatividad. Más allá de las
profundas diferencias de época, hay mucho de permanente, de vigente, en la
actitud de Belgrano de tratar de mirar siempre más allá, de no quedarse con lo
conocido, con lo bueno o malo del presente. Esa actitud "utópica", en
el sentido más valioso de la palabra, es sin duda uno de los componentes
esenciales de la creatividad. Parafraseando (e invirtiendo) una expresión
popular, podríamos decir que la creatividad que brota de la esperanza afirma
que "lo que ves... no es todo lo que hay". Les hago una propuesta:
en una sociedad donde la mentira, el encubrimiento y la hipocresía han hecho
perder la confianza básica que permite el vínculo social, ¿qué novedad más
revolucionaria que la verdad? Hablar con verdad, decir la verdad, exponer
nuestros criterios, nuestros valores, nuestros pareceres. Si ya mismo nos
prohibimos seguir con cualquier clase de mentira o disimulo seremos también,
como efecto sobreabundante, más responsables y hasta más caritativos. La
mentira todo lo diluye, la verdad pone de manifiesto lo que hay en los
corazones. Primera propuesta: digamos siempre la verdad en y desde nuestra
situación. Les aseguro que el cambio será notorio: algo nuevo se hará
presente en medio de nuestra comunidad. 3.
6. Todo el hombre, todos los hombres. Hay un criterio,
verdaderamente evangélico, que es infalible para desenmascarar
"pensamientos únicos" que cierran la posibilidad de la esperanza, e
incluso falsas utopías que la desnaturalizan. Es el criterio de universalidad.
"Todo el hombre y todos los hombres" era el principio de
discernimiento que Pablo VI proponía con relación al verdadero desarrollo. La
opción preferencial por los pobres del Episcopado latinoamericano no buscaba
otra cosa: incluir a todas las personas, en la totalidad de sus dimensiones, en
el proyecto de una sociedad mejor. Será por eso que nos suena tan
"familiar" la insistencia de Manuel Belgrano acerca de una educación
para todos, que contemplara particularmente a los más necesitados para
garantizar una plena universalidad. En realidad, ¿puede ser deseable una
sociedad que descarte a una cantidad grande o pequeña de sus miembros? Aun
desde una posición egoísta, ¿cómo podré estar seguro de que no seré yo el
próximo excluido? Una imprescindible misión
es apostar a la inclusión, trabajar por la inclusión. Llamados a ser creativos
en este crítico momento de nuestra patria, tendremos que preguntarnos qué
hacemos como como Nación, para aportar a una mentalidad y una práctica
verdaderamente incluyente y universal y a una sociedad que brinde posibilidades
no a algunos, sino a todos los que estén a nuestro alcance, a través de los
diversos medios que tengamos. “De buenas intenciones
está sembrado el camino del infierno". Una verdadera creatividad no
descuida, como ya vimos, los fines, los valores, el sentido. Pero tampoco deja
de lado los aspectos concretos de implementación de los proyectos. La "técnica"
sin "ética" es vacía y deshumanizante, un ciego guiando a otros
ciegos; pero una postulación de los fines sin una adecuada consideración de
los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. La
utopía, así como tiene esa capacidad de movilizar situándose
"adelante" y "afuera" de la realidad limitada y criticable,
también, y por eso mismo, tiene un aspecto de "locura", de
"alienación", en la medida que no desarrolle mediaciones para hacer,
de sus atractivas visiones, objetivos posibles. 3.7.
Creatividad y tradición: construir desde lo sano. La creatividad, que se
nutre de la utopía, arraiga en la solidaridad y procura los medios más
eficaces, puede sufrir todavía de una patología que la pervierte hasta
convertirla en el peor de los males: el creer que todo empieza con nosotros,
defecto que degenera rápidamente en autoritarismo. Aquí es donde
completamos nuestra perspectiva acerca de la creatividad como ubicada en la
tensión entre novedad y continuidad. Si ser creativos tiene que ver con ser
capaces de abrirse a lo nuevo, eso no significa descuidar el elemento de
continuidad con lo anterior. Sólo Dios crea de la nada. Y así como no hay
forma de curar a un enfermo si no nos apoyamos en lo que tiene de sano, del
mismo modo no podemos crear algo nuevo en la historia si no es a partir de los
materiales que la misma historia nos brinda. Belgrano reconoció que la América
unida y fuerte con la cual soñaba sólo podía construirse sobre el respeto y
la afirmación de las identidades de los pueblos. Si la creatividad no es capaz
de asumir los aspectos vivos de lo real y presente, termina rápidamente en
imposición autoritaria, brutal reemplazo de una "verdad" por otra. ¿No
será ésta una de las claves de nuestra dificultad para llevar adelante una dinámica
más positiva? Si siempre, para construir, tendemos a voltear y pisotear lo que
otros han hecho antes, ¿cómo podremos fundar algo sólido? ¿Cómo podremos
evitar sembrar nuevos odios que más tarde echen por tierra lo que nosotros
hayamos podido hacer? Por
eso, si queremos sembrar verdaderamente las semillas de una sociedad más justa,
más libre y más fraterna, debemos aprender a reconocer los logros históricos
de nuestros fundadores, de nuestros artistas, pensadores, políticos,
educadores, pastores... Quizás ahora nos estemos dando cuenta de que en la época
"de las vacas gordas" nos habíamos dejado deslumbrar por algunos
"espejitos de colores", modas intelectuales y de las otras, y habíamos
olvidado algunas certezas muy dolorosamente aprendidas por generaciones
anteriores: el valor de la justicia social, la hospitalidad, la solidaridad
entre las generaciones, el trabajo como dignificación de la persona, la familia
como base de la sociedad... 3. 8. La política como obra colectiva. El quehacer político es una forma elevada de
caridad, de amor, y por lo tanto, un
problema teológico y ético. Se da una paradoja a nivel global: el descrédito
de la política y los políticos en el momento en que más los necesitamos. Son
el chivo expiatorio de la sociedad. Achacamos nuestras deficiencias sobre ellos
solamente, los políticos. Por eso es importante rehabilitar lo político y la política en su total amplitud . Juan
Pablo II planteaba que la política es una actividad noble y necesaria, porque
tiende al bien común. Agregaba también que la política es el uso del poder
legítimo para la consecución del bien
común de la sociedad. Según el episcopado francés, la política es una obra
colectiva permanente. Hay
otro fenómeno que sufrimos: la
diferencia que hay entre politización
y cultura política. Los argentinos
somos politizados pero carecemos de cultura política. La política no se
jerarquiza como valor, pero sí la ebullición política. Somos politiqueros,
tendemos a ser politiqueros por decadencia; y urge que nos convirtamos de esa
decadencia por medio de la cultura política. Nuestra preocupación en
estas Jornadas es aportar a la cultura política. Pretendemos, desde la luz del
Evangelio, crear cultura política, porque eso es para el bien común. Y así
como hay voluntariado para los hospitales, éste es un voluntariado para la política
en este momento en que está tan desprestigiada. Es una
invitación a redescubrir la política,
a restituirle el alma que la partidocracia
le ha quitado. Los partidos políticos son instrumentos para impulsar ideas,
cosmovisiones diferentes. Cuando esto se confunde, los instrumentos se declaran
independientes y se pasa del partido político a la partidocracia y se pierde la
dimensión de trascendencia a los otros,
de servicio a la comunidad. Esto es lo
que origina el internismo.
De
manera enumerativa se pueden señalar algunas pautas que nos ayuden en el
proceso de rejerarquizar la política. Ayudará referirlas a lo dicho en el Capítuo
I a. Pasar del nominalismo
formal que estanca los conceptos a la objetividad armoniosa
de toda palabra, camino de
creatividad. b. Desde el desarraigo
retomar las raíces constitutivas. c.
Salir de los refugios culturales y llegar a la trascendencia que funda (ya se
habló de esto en 2.4) d. Caminar desde lo inculto al señorío
sobre el poder. e.
Desde el sincretismo conciliador que termina en una cultura de collage hay que
caminar hacia la pluriformidad en la
unidad de los valores. Y desde la puridad nihilista, a la captación del
límite de los procesos. 3.10. Los proyectos reales. Una de las trabas más serias para el proceso político
es la enfermedad
del eticismo; hay gente que es tan tan eticista, tan eticista, que se olvida de ser ética,
se sacrifica la ética al eticismo y es lo que nosotros los curas, así en
jerga, llamamos “la moralina”, hay personas que viven la moralina y no la
moral. Es propio del eticismo aislar la conciencia de los procesos y, de tal
modo la aísla que conduce a los hombres a un verdadero nihilismo. Y entonces la
actividad política consistiría en poner
en práctica esos eticismos, proyectos formales más que reales. Piensen en
cualquier gobierno local o municipal o provincial o de otro país. Una de las señales
de que un gobierno es eticista es cuando en vez de poner en marcha proyectos
reales, pone en marcha proyectos formales. Los
proyectos reales son siempre agresivos y siempre causan problemas. En cambio, es
propio del eticista el proyecto formal porque no causa problema. Relacionémoslo
con la palabra: el nominalismo formal y no la palabra con chispa que hace el
poeta y aporta creatividad. Es la primacía de la formalidad sobre la
realidad. Un ejemplo es la fascinación por los organigramas. Todo
este camino, con tantos senderos, desde la enfermedad o desde la crisis a la
solución, es para evitar el fraude de los valores, porque cuando una política
se basa en los nominalismos formales, en el desarraigo, en los refugios
culturales, en la primacía de lo inculto sobre el señorío, en el sincretismo
conciliador, en la puridad nihilista, se está basando en una personalidad
que no responde a la persona y está haciendo un fraude de valores que, en el
fondo, es un fraude ontológico, es un fraude al ser, es el fraude a la alegría
de ser para vivir la tristeza del no ser. Se proponen valores sin raíces,
como mónadas, lugares comunes o simplemente nombres y de ahí al fraude de la
persona, hay un paso. 3. 11 El
poder es servicio. El
servicio es la inclinación ante la necesidad del otro, a quien -al inclinarme-
descubro, en su necesidad, como mi hermano. Es el rechazo de la indiferencia y
del egoísmo utilitario. Es hacer por los otros y para los otros. Servicio,
palabra que suscita el anhelo de un nuevo vínculo social dejándonos servir por
el Señor, para que luego, a través de nuestras manos, su amor divino descienda
y construya una nueva humanidad, un nuevo modo de vida. El
servicio no es un mero compromiso ético, ni un voluntariado del ocio sobrante,
ni un postulado etéreo… Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser
fieles a lo que somos: se trata de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de
amar hasta el extremo de los propios límites… o, como nos enseñaba con su
ejemplo la Madre Teresa, servir es "amar hasta que duela". Las
palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al creyente y al practicante.
Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz
el verdadero sentido del poder. Se trata de una revolución basada en el nuevo vínculo social del servicio. El poder es servicio. El
poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo egoísta
de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos que una
sociedad auténticamente humana y, por tanto también política, no lo será
desde el minimalismo que afirma "convivir para sobrevivir" ni tampoco
desde un mero "consenso de intereses diversos" con fines
economicistas. Aunque todo esté contemplado y tenga su lugar en la siempre
ambigua realidad de los hombres, la sociedad será auténtica sólo desde lo
alto…, desde lo mejor de sí, desde la entrega desinteresada de los unos por
los otros. 3. l2 Una
conversión de actitudes Hoy,
convocados a la tarea de reconstruir nuestra Nación no podemos permitir que nos
arrastre la inercia, que nos esterilicen nuestras impotencias o que nos
amedrenten las amenazas. Tratemos de ubicarnos allí donde mejor podamos
enfrentar la mirada de Dios en nuestras conciencias, hermanarnos cara a cara,
reconociendo nuestros límites y nuestras posibilidades. No retornemos a la
soberbia de la división centenaria entre los intereses centralistas, que
viven de la especulación monetaria y financiera, como antes del puerto, y la
necesidad imperiosa del estímulo y promoción de un interior condenado ahora a
la "curiosidad turística". Que tampoco nos empuje la soberbia del internismo
faccioso, el más cruel de los deportes nacionales, en el cual, en vez de
enriquecernos con la confrontación de las diferencias, la regla de oro consiste
en destruir implacablemente hasta lo mejor de las propuestas y logros de los
oponentes. Que no nos corten caminos las calculadoras intransigencias (en nombre
de coherencias que no son tales). La
gran exigencia es la renuncia a querer tener toda la razón; a mantener los
privilegios; a la vida y la renta fácil,… a seguir siendo necios, enanos
en el espíritu. 3. 13. El buen samaritano como opción de
fondo para reconstruir la patria. La parábola
del Buen Samaritano nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una
comunidad a partir de hombres y mujeres que sienten y obran como verdaderos
socios (en el sentido antiguo de conciudadanos). Hombres y mujeres que hacen
propia y acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una
sociedad de exclusión, sino que se aproximan -se hacen prójimos- y levantan y
rehabilitan al caído, para que el Bien sea Común. La
inclusión o la exclusión del herido al costado del camino define todos los
proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada
día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de
largo. En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y disfraces
se caen: es la hora de la verdad, ¿nos inclinaremos para tocar nuestras
heridas? ¿Nos inclinaremos a cargarnos al hombro unos a otros? Éste es el
desafío de la hora presente, al que no hemos de tenerle miedo. El
punto de partida que elige el Señor es un asalto ya consumado. Pero no hace que
nos detengamos a lamentar el hecho, no dirige nuestra mirada hacia los
salteadores. Los conocemos. Hemos visto avanzar en nuestra Patria las densas
sombras del abandono, de la violencia utilizada para mezquinos intereses de
poder y división, también existe la ambición de la función pública buscada
como botín. La pregunta ante los salteadores podría ser: ¿Haremos nosotros de
nuestra vida nacional un relato que se queda en esta parte de la parábola? ¿Dejaremos
tirado al herido para correr cada uno a guarecerse de la violencia o a perseguir
a los ladrones? ¿Será siempre el herido la justificación de nuestras
divisiones irreconciliables, de nuestras indiferencias crueles, de nuestros
enfrentamientos internos? La poética profecía del Martin Fierro debe
prevenirnos: nuestros eternos y estériles odios e individualismos abren las
puertas a los que nos devoran de afuera. En
algunos es acendrado el vivir con la mirada puesta hacia fuera de nuestra
realidad, anhelando siempre las características de otras sociedades, no para
integrarlas a nuestros elementos culturales, sino para reemplazarlos. Como si un
proyecto de país impostado intentara forzar su lugar empujando al otro; en ese
sentido podemos leer hoy experiencias históricas de rechazo al esfuerzo de
ganar espacios y recursos, de crecer con identidad, prefiriendo el ventajismo
del contrabando, la especulación meramente financiera y la expoliación de
nuestra naturaleza y -peor aún- de nuestro pueblo.
Inclinación
similar se ve en quienes, aparentemente por ideas contrarias, se entregan al
juego mezquino de las descalificaciones, los enfrentamientos hasta lo violento,
la difamación y la calumnia, o a la ya conocida esterilidad de muchas
intelectualidades para las que "nada es salvable si no es como lo pienso
yo". Lo que debe ser un normal ejercicio de debate o autocrítica, que sabe
dejar a buen recaudo el ideario y las metas comunes, aquí parece ser manipulado
hacia el permanente estado de cuestionamiento y confrontación de los principios
más fundamentales. ¿Es incapacidad de ceder en beneficio de un proyecto mínimo
común o la irrefrenable compulsión de quienes sólo se alían para satisfacer
su ambición de poder? No
debemos llamarnos a engaño, la impunidad del delito, del uso de las
instituciones de la comunidad para el provecho personal o corporativo y otros
males que no logramos desterrar, tienen como contracara la permanente
desinformación y descalificación de todo, la constante siembra de sospecha que
hace cundir la desconfianza y la perplejidad. El engaño del "todo está
mal" es respondido con un "nadie puede arreglarlo". Y, de esta
manera, se nutre el desencanto y la desesperanza. Hundir a un pueblo en el
desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: la dictadura invisible
de los verdaderos intereses, esos intereses ocultos que se adueñaron de los
recursos y de nuestra capacidad de opinar y pensar. 3. 14. Ponerse la patria al hombro. Todos,
desde nuestras responsabilidades, debemos ponernos la patria al hombro,
porque los tiempos se acortan. La posible disolución la advertimos en otras
oportunidades. Sin embargo muchos optan por un camino de ambición y
superficialidad, sin mirar a los que caen al costado: esto sigue amenazándonos. Como
el viajero ocasional de la parábola sólo falta el deseo gratuito, puro y
simple de querer ser Nación, de ser constantes e incansables en la labor de
incluir, de integrar, de levantar al caído. Aunque se automarginen los
violentos, los que sólo se ambicionan a sí mismos, los difusores de la confusión
y la mentira. Y que otros sigan pensando en lo político para sus juegos de
poder, nosotros pongámonos al servicio de lo mejor posible para todos. Comenzar
de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón
de la patria, con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo por cada llaga
del herido. No confiemos en los repetidos discursos y en los supuestos informes
acerca de la realidad. Hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin
miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está el Resucitado. No
tenemos derecho a la indiferencia y al desinterés o a mirar hacia otro lado. No
podemos "pasar de largo" como lo hicieron los de la parábola. Tenemos
responsabilidad sobre el herido que es la Nación y su pueblo. Cada día hay que
comenzar en una nueva etapa en
nuestra Patria signada muy profundamente por la fragilidad: fragilidad de
nuestros hermanos más pobres y excluidos, fragilidad de nuestras instituciones,
fragilidad de nuestros vínculos sociales… 3. 15. El trigo y la cizaña La creatividad histórica, entonces, desde una perspectiva cristiana, se rige por la parábola del trigo y la cizaña. Es necesario proyectar utopías, y al mismo tiempo es necesario hacerse cargo de lo que hay. No existe el "borrón y cuenta nueva". Ser creativos no es tirar por la borda todo lo que constituye la realidad actual, por más limitada, corrupta y desgastada que ésta se presente. No hay futuro sin presente y sin pasado: la creatividad implica también memoria y discernimiento, ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a tratar de aportar algo a nuestra Patria no podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el realista, porque ambos son parte integrante de la creatividad histórica. Debemos animarnos a lo nuevo, pero sin tirar a la basura lo que otros (e incluso nosotros mismos) han construido Homilia del Sr.Arzobispo
en la Misa Central
La escena de
Jesús, el Maestro, lavando los pies a sus discípulos, es una de esas escenas
del evangelio que uno no se cansa de mirar y recordar. El lavatorio de los pies
ha quedado grabado en la memoria de la Iglesia y cada Jueves santo
repetimos el gesto de Jesús y nos toca de nuevo el corazón: Nuestro Señor
Jesucristo nos lavó los pies y nos enseñó que si lo imitamos seremos felices:
“Si saborean esta verdad –que el poder es servicio- y la practican, serán
felices”. San Juan le
pone un marco impresionante a este gesto del Señor. Nos dice que Jesús tenía
conciencia de que era “su último gesto”, porque “había llegado su hora
de pasar de este mundo al Padre”. El Señor quiso expresamente que su último
gesto fuera éste de lavarle los pies a sus amigos. Los pies polvorientos y
fatigados de camino. En segundo lugar Juan nos dice que fue un gesto de amor
“hasta el extremo”. Solemos decir que la Cruz fue el extremo del amor. Y es
verdad; fue el extremo cruento: amar hasta la muerte. Pero la vida tiene también
otro extremo, que no es doloroso sino lindo: el extremo de amar con ternura
hasta el detalle. El Señor quiso que compartieran la Eucaristía plenamente
purificados, como si ya estuvieran en el cielo, limpiándolos hasta de esas
pequeñas manchas que parecen inevitables, las de último momento… Y quiso
hacer este servicio personalmente. ¿Vieron que hay veces en que en las fiestas
grandes, un detalle amenaza con arruinar la fiesta? Bueno, por ese lado va este
servicio de Jesús de lavar los pies y de decirnos que nos lavemos unos a otros:
por el lado de perdonar también los detalles, que a veces es más difícil. Y la tercera
cosa que nos dice Juan es que el Señor era conciente de que en ese momento
“tenía todo el poder del mundo en sus manos”, que “el Padre lo había
puesto todo en sus manos”. Y ¿qué hizo con ese poder absoluto? Lo concentró
en un solo gesto, en un gesto de servicio: el servicio del perdón hasta en los
detalles. Y desde entonces el poder se convirtió para siempre en servicio.
Si el más poderoso usó todo su poder para servir y perdonar, el que lo usa
para otra cosa termina haciendo el ridículo. Con ese gesto sencillo Jesús
“derribó a los poderosos de sus tronos y elevó a los humildes” como bien
decía la Virgen su Madre santísima y Madre nuestra. Por supuesto que los
poderosos no se enteraron sino mucho después, pero con ese gesto del Rey del
Universo quedaron vaciados de sentido todos los gestos que se hagan para
acumular poder, para aparentar poder, para someter a otros o enriquecerse con el
poder. La antiimagen,
la imagen opuesta, que refuerza el
testimonio del Señor, es la de Pilato lavándose
las manos. Si hubiera sabido que tenía delante al Todopoderoso y que el
Todopoderoso había usado su poder para lavarles los pies a sus discípulos, ¡nunca
se hubiera lavado las manos! Con ese gesto entró para siempre en la historia
del ridículo. Y cada vez que los que tenemos algún poder nos lavamos las manos
y le echamos la culpa a otros – a los hijos, a los padres, al vecino, a los
anteriores, a la situación mundial, a la realidad, a las estructuras o a lo que
fuere- aunque sea del sufrimiento más pequeño de nuestros hermanos, nos
ponemos del lado de Pilato: vamos a engrosar la fila patética de los que usaron
el poder para su propio provecho y fama. El poder es
servicio y el servicio, para serlo bien, debe llegar hasta el detalle más
pequeño, ése que hace que el otro “se sienta bien atendido”, dignificado.
Por eso lo de lavar los pies. Porque el Señor quiere que nos sintamos incluidos
en lo suyo, en su vida de comunión con el Padre, y que no haya nada que empañe
la grandeza de esa amistad. Él nos quiere a todos juntos.
Con ese gesto, al mismo tiempo nos iguala y nos hermana. Y nos hermana
haciéndonos participar de ese poder: el del servicio entre iguales, el del
servicio hasta que se note que es igual el que sirve y el que es atendido. Esto que suele
ser habitual en el ámbito familiar, en que el del cumpleaños invita y hace el
asado, o la mamá sirve la comida hasta en el día de la madre, lo tenemos que
hacer llegar a la vida del trabajo, a la vida del barrio, a la vida política y
social… Y para esto no hay otro camino que el del testimonio. Los
discursos no alcanzan, se necesitan testimonios. El que tenga un poquito más
de poder se tiene que poner a servir un poquito más. Aquí la interna tendría
que ser feroz, así como a veces se da esa interna linda en la familia en la que
la madre y las hijas se disputan el delantal para lavar ellas los platos. Quizás alguno piense que somos ingenuos al decir estas cosas. Pero nuestro pueblo sabe muy bien lo que es el poder y lo que es el servicio. Nuestro pueblo sabe muy bien que venir a San Cayetano, a los pies del Poderoso San Cayetano, es un gesto religioso y -que por eso mismo- es un gesto político en el más alto sentido de la palabra. Al tocar los pies del santo, al lavárselos con sus lágrimas, al musitar su pedido y suplicar el perdón de Jesús que limpia y dignifica, nuestro pueblo nos está diciendo a todos que el poder que Jesús le dio al santo es servicio, que todo poder es servicio y no hay que usarlo para otra cosa. Lo dice en silencio, con el gesto manso y paciente de esta fila interminable de pies cansados y quizás sucios que, a los ojos de Jesús, son los pies más hermosos del mundo: hermosos porque son los pies de un pueblo que no se cansa de querer peregrinar en paz, hermosos porque son los pies de un pueblo que una y otra vez deja que su Señor se los lave y así recupera su dignidad; hermosos porque se lavan enteros los de todos juntos, porque no sólo queda limpio todo el hombre sino también todos los hombres, como decía Pablo VI; hermosos porque una vez limpios se ponen en camino para lavar los pies de sus hermanos, con la esperanza que da este gesto humilde y todopoderoso de un poder que incluye a todos en esos valores que forman la comunidad: la justicia, el trabajo, el pan y los detalles que nos igualan y nos dignifican y nos hacen sentir bien; hermosos hoy, 7
de agosto, porque en la cola peregrinan con Jesús y San Cayetano para recuperar
la dignidad y los valores en comunidad. Con San Cayetano le pedimos a la Virgen, quien como Madre le enseñó a Jesús esto de lavar pies, que nos lo enseñe a nosotros, que nos lo grabe bien en la memoria, para que cada vez que la vida nos pone ante la opción entre servir incluyendo o aprovecharnos excluyendo, entre lavar los pies a otro o lavarnos las manos ante la situación de los otros, se nos venga a los ojos esta imagen de Jesús y la alegría del servicio se adueñe de nuestro corazón y nos anime a trabajar por el Reino. Buenos Aires, 7 de agosto de 2005.
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
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Parroquia Basílica San Nicolás de Bari
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