Parroquia Basílica San Nicolás de Bari

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Año 2006

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Domingo 1° de Enero
María, Madre de Dios

Lc 2,16-21 (Lecturas: Números 6,22-27 y Ga 4,4-7) 
PRIMERO DE AÑO


“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Con estas sencillas palabras el evangelista san Juan anuncia a toda la humanidad el acontecimiento que cambió la historia del mundo, tanto que establece un antes y un después: desde hace 2000 años, toda la creación contempla extasiada el hecho que el Creador del universo, en un acto de amor inaudito, en el seno de la Virgen María, tomó la misma naturaleza que su criatura predilecta, el hombre, y comenzó a caminar junto a él para transformarlo y darle una nueva oportunidad de compartir su misma vida divina.
Hoy la Iglesia y todos los hombres del mundo celebran alborozados este acontecimiento, cada uno quizás desde una perspectiva diferente; pero todos aunque quizás inconscientemente, impulsados por el mismo misterio: hace 2000 años, un niño nació en Belén y lo acunó su Madre virgen, escogida entre todas las mujeres de su tierra para que su Hijo pudiera participar con sus hermanos de las alegrías y de tristezas de la vida, hasta que después de anunciar a todos el camino del reencuentro con el Padre e inmolarse en una cruz, resucitara glorioso par ser la cabeza de la humanidad redimida.
Si bien es el cumplimiento de una promesa hecha a nuestros primeros padres al amanecer de la historia y reiterada a los Patriarcas del pueblo hebreo, el misterio de la Encarnación hace realidad el inconmensurable amor de Dios Padre que no acepta perder a su criatura y con su poder y misericordia la recupera, sellando un nuevo pacto de amor, tomándola entre sus brazos para que ya nada los pueda separar.
Con esta imagen de Dios Padre lleno de ternura que lleva a en sus brazos a su criatura, la Iglesia invita a todos los hombres a celebrar con júbilo, lo que la misma palabra encierra, el Gran Jubileo del Año 2000, que además de los festejos, debe ser un reencuentro personal con el Señor de la historia y la gran fiesta de la reconciliación entre los hombres, para que puedan aparecer en el horizonte los nuevos cielos y las nuevas tierras que colman de esperanza a todos los habitantes del universo, no olvidando, sin embargo, a la figura excelsa, que con su disponibilidad y abandono en las manos del Creador, hizo posible este acontecimiento: María Santísima, la Madre de Dios.
Con la presencia de la “bienaventurada y llena de gracias”, la celebración del Gran Jubileo tendrá que ser un especial momento de gracia, de agradecimiento y de alegría para todos los hombres, más allá de sus credos, sus ritos y devociones. Un tiempo para celebrar los muchos aciertos y conquistas de la humanidad, logrados en el correr de los siglos; pero también habrá que encontrar un lugar para la reflexión y, luego de un profundo y sincero examen de consciencia, poder descubrir la manera más eficaz y más justa para asumir y corregir errores, pedir perdón y perdonar y así darle el verdadero sentido a este Año Jubilar.
Este acontecimiento es un enorme compromiso para todos y debe convertirse en el punto de partida para la construcción de una nueva humanidad, más solidaria, más justa y más unida a Dios, garantía de felicidad.


Domingo 08 de Enero
El bautismo de Jesús

Mc 1,7-11 (Lecturas: Is 4,1-4.6-7 y Hechos 10,34-38) 
Inicia un nuevo tiempo

Acabaron las fiestas de Navidad y las celebraciones que acompañaron el inicio del año santo del Gran Jubileo, el año en que la Iglesia nos convoca al retorno a la casa del Padre, reconciliados y transformados espiritualmente.
Después de estas conmemoraciones, la Iglesia a través de la liturgia, nos invita retomar nuestro caminar cotidiano, presentándonos a Jesús que inicia su vida pública, mezclado entre la multitud reunida junto al río Jordán para conocer de cerca el mensaje de Juan, un profeta austero y, convertidos por su testimonio, recibir el bautismo de penitencia.
Ese niño que hemos adorado en el pesebre junto a María y José, ya es un hombre adulto a quien todos conocen como el “hijo del carpintero”.
Caminando entre los hombres, quiere compartir sus vidas con toda humildad, dar ejemplo de penitencia y ser presentado por Juan antes quienes esperaban ardientemente la llegada del Mesías. Por eso, entra al río. En ese momento, Dios se manifiesta: El Padre con sus palabras y el Espíritu con su presencia, anuncian la llegada del Hijo, para que el mundo lo escuche y siga su anuncio de salvación.
Ese gesto de Jesús y la voz del Padre continúan resonado en la historia de la salvación y su eco nos cuestiona nuevamente. Nos invita a retomar el camino de la búsqueda de Dios y actualizando el bautismo que recibimos al inicio de nuestras vidas, nos exige que renovemos nuestra opción de conocer a Jesús, escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.
Hoy iniciamos un tiempo nuevo. Y no sólo en lo que se refiere al año litúrgico, sino en nuestro seguimiento a Jesús. Él nos llama a descender nuevamente al río del agua bautismal, a examinar nuestra fidelidad a los compromisos asumidos y reconciliados con el Padre y nuestros hermanos, recorramos serenos y confiados este año de gracia.
Es un nuevo desafío para nuestra vida cristiana que nos exige hechos concretos de conversión que manifiesten nuestra transformación espiritual y nuestra búsqueda sincera de la santidad. Es un regalo de Dios, un nuevo gesto de su infinita misericordia, que en esta Año Santo abre aún más las puertas para que todos puedan compartir la Banquete celestial.


Domingo 15 de Enero
SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo "B"

Jn 1,35-42 (Lecturas: 1Samuel 3,3-10.19 y 1 Cor 6,13-15.17-20) 
Llamados para una misión

Los así llamados “Domingos durante el año”, nos permiten reflexionar sobre temas muy concretos y puntuales de la vida cristiana. Hoy, continuando el desarrollo de las ideas del domingo pasado, donde a partir del recuerdo del bautismo de Jesús, actualizamos y valorizamos nuestro propio bautismo, pondremos el acento en la vocación y misión que se desprenden de ese compromiso cristiano.
Vemos, entonces, como Samuel, una de las grandes figuras del Antiguo Testamento, realizó una significativa misión al servicio de su pueblo. No sólo fue el profeta y el mensajero del Señor, sino el conductor iluminado de su pueblo hacia el destino que Dios le había fijado, convirtiéndose en el prototipo de los hombres llamados a ejercer una misión religiosa, política y social en su pueblo.
El relato de su elección está calcado en otros relatos bíblicos de elecciones de hombres y mujeres que decidieron el destino de Israel y luego de la Iglesia, tales como Abraham, Moisés, María, los Apóstoles...
De estos episodios es importante subrayar la disponibilidad de la persona humana al llamado de Dios, sintetizada en la frase: "Habla, Señor, tu siervo escucha". Esa fue la actitud de los patriarcas, de los profetas, de Jesús, de María, de los apóstoles y tendrá que ser la de los cristianos que quieren tomar en serio su bautismo: Dios llama, convoca, elige a hombres y mujeres para que dediquen su vida para trabajar por el Reino. Para responder a este llamado hay que estar dispuestos, como Samuel y los otros llamados por Dios: aprender a escuchar su palabra, a caminar tras el Maestro, a seguirlo en sus enseñanzas y a vivir con él.
Lamentablemente, durante mucho tiempo los cristianos redujimos la llamada vocacional exclusivamente a la del sacerdocio y a la de vida religiosa. Llevados por esa concepción, cuando oramos pedimos sólo por las vocaciones sacerdotales y religiosas y no por las vocaciones laicales, para que en los diversos ambientes, sean la sal de la tierra y la luz del mundo, es decir, verdaderos apóstoles. Así, los curas y las monjas son los únicos llamados y los que tienen vocación. Mientras que no es así. Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas son los que tienen una vocación específica, pero todos estamos llamados a la santidad mediante el cumplimiento fiel de los compromisos del bautismo y también por la fidelidad a la misión que Dios nos ha encomendado dentro de las Iglesia.
Reflexionemos entonces, sobre el mensaje de las palabras de Dios que hoy nos brinda la liturgia. Ante todo, renovemos nuestra disponibilidad al Señor: "Habla que tu siervo escucha". Luego, esta palabra de Dios escuchada y obedecida, nos llevará a cumplir nuestra misión en la comunidad cristiana, comenzando por quienes nos rodean.


Domingo 22 de Enero
DOMINGO TERCERO DURANTE EL AÑO "B"

Marcos 1,14-20 (Lecturas: Jon 3,1-5.10 y 1 Cor 7,29-31) 
El tiempo es breve...

“Cambien de vida y crean en el Evangelio”. Estas palabras de Jesús al inicio de su vida pública, son como la continuación del llamado de Juan el Bautista, quien también nos urgió con palabras de fuego a la pronta conversión.
Pero en la predicación de Jesús hay una novedad. Él nos asegura que "el tiempo ya se cumplió” y que llegó el momento, es ahora. Quizás en la predicación de Juan no había quedado muy claro que él no era el Mesías esperado y que después de él vendría alguien más importante y ése sí era el Ungido.
Hoy, Jesús, ese Salvador esperado, se presenta a sus contemporáneos afirmando que llegó el tiempo de la realización y del cumplimiento de las promesas.
La voz de su anuncio continúa resonando entre nosotros. Además, que el tiempo sea breve lo confirma san Pablo en la segunda lectura que escuchamos hoy. En realidad, en nuestra vida no ponemos en discusión la afirmación del apóstol, sino que nos comportamos como aquel rico propietario de la parábola del Evangelio, que después de una buena cosecha, se preparó para gozar la vida... y esa misma noche, Dios lo llamó a rendir cuentas...
Todo el anuncio evangélico nos invita a la conversión. Es decir, nos apremia a cambiar el modo de pensar y de obrar. Nos exige mirar sin compasión en la profundidad de nuestro interior y confrontar nuestra manera de pensar y de vivir, con los ejemplos y las palabras de Jesús, en quien debemos creer y esperar.
Esto significa, no sólo aceptarlo con la mente y con la inteligencia como el Mesías, sino aceptarlo con el corazón y con la voluntad decidida a seguirlo como Maestro y como norma de vida. Así lo hicieron cuantos se sintieron llamados por Él: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Francisco de Asís, Carlos de Foucauld, Teresita de Lisieux, Clara de Asís, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros que ni siquiera podemos enumerar. ¡Eso significa creer y convertirse!
Para los cuatro hombres del Evangelio de hoy inicia una aventura inesperada, que rompe drásticamente con el pasado y se proyecta en un futuro luminoso y lleno de gloria. Los llama a compartir con Él la misión de anunciar que para vivir eternamente, es necesario cambiar de vida. Para Pedro, esa aventura inicia a orillas del lago de Galilea y acabará en Roma, testimoniando su amor y su fe, crucificado cabeza abajo...
Además, en el relato evangélico hay un adverbio que nos tiene que “impactar” y movernos a la reflexión: "Inmediatamente", ya, ahora. Los llamados lo siguieron sin detenerse a calcular las consecuencias y los sacrificios. Era el Señor que los convocaba, el Maestro quien los invitaba a caminar tras sus huellas. Todo un honor... ¡Ojalá lo entendiéramos así! Recordemos, el tiempo es breve. Cambiemos ahora.


Domingo 29 de Enero
DOMINGO CUARTO DURANTE EL AÑO “B”

Mc 1, 21-28 (Lecturas:Deut 18.15-20 y 1 Cor 7,32-35)
Sorpresa y admiración

La inagotable riqueza de la palabra de Dios queda de manifiesto una vez más en la liturgia de hoy. Nos habla del profetismo, en la primera lectura; del justo entendimiento del celibato, la virginidad y el matrimonio en la carta de Pablo y de la autoridad de Jesús en la predicación del Reino en el Evangelio.
Detengámonos sobre este último tema. Jesús hoy aparece actuando en la sinagoga de Cafarnaúm. Su intervención despierta admiración y sorpresa. No sabemos lo que comentó; lo cierto es que los oyentes tuvieron la impresión que no hablaba como los escribas y fariseos que tenían la obligación de explicar la Ley ateniéndose a la tradición y, en concreto, repetían mecánicamente las enseñanzas de los rabinos famosos.
Jesús se apartó de ese método y comenzó a hablar en primera persona, como lo hizo en el discurso de la montaña: “Habéis oído lo que se dijo a los antepasados... pero yo os digo”. De esa manera, no se siente prisionero de la opinión de sus antepasados ya que Él vino perfeccionar la ley de Moisés y así se identifica con ese profeta y ese el nuevo legislador anunciado en la primera lectura.
Ante esta actitud, sus oyentes quedaron estupefactos y se preguntaron ¿quién es éste audaz? Y Jesús, para confirmarlos en la sorpresa y demostrarles aún más claramente su autoridad, cura a un endemoniado.
Este Evangelio deja varias enseñanzas. Acentuaremos sólo algunas. En primer lugar, nos recuerda que es esencial para el crecimiento del hombre el poder de admiración. Donde se la cultiva, surgen preguntas que cuestionan; hay búsqueda de nuevos caminos; mientras que cuando no existe, queda cerrada la posibilidad de progresar materialmente o espiritualmente.
En segundo lugar, es conveniente que sepamos reconocer la autoridad de la Palabra de Jesús y de sus obras, reconociendo así la fuerza transformadora del Evangelio. De hecho, conocemos muchos escritos que estuvieron de moda y luego cayeron en el olvido; pero el Evangelio siempre está vivo.
Tengamos presente, en tercer lugar, que Jesús venció al maligno y que por lo tanto ya no tiene poder ni sobre la Iglesia ni el bautizado; pero es necesario creer en Él, en sus palabras y en sus obras.
También es necesario que aprendamos a vivir en continua espera de la venida del Señor, sin dejarnos atrapar por las preocupaciones de este mundo. Si vivimos la espera en ese sentido, comprenderemos más fácilmente las enseñanzas de la segunda lectura


Domingo 05 de Febrero
DOMINGO 5º DURANTE EL AÑO "B"

Mc 1,29-39 (Lecturas: Jb 7.1-4,6-7 y 1Cor 9.16-19,22-23)
Ora et labora...

La página del Evangelio de este domingo nos muestra dos aspectos diferentes de la vida pública de Jesús: En la casa de Simón Pedro, en compañía de los primeros cuatro discípulos, para cenar y descansar. Y en un momento de oración solitaria, en un lugar retirado, antes de iniciar un nuevo viaje misionero.
Ante todo, cabe destacar que el evangelista Marcos, para describir la actitud servicial de la suegra de Pedro, utiliza la palabra griega "diakonía" que luego quedó en la Iglesia como un ministerio comunitario, el de los diáconos, hombres seleccionados y consagrados para prestar servicios a la comunidad.
Esa palabra nos permite pensar que en la casa de Pedro se reunía asiduamente una comunidad que servía y seguía al Señor de una manera particular. Casi se la podría considerar como la base de operaciones de Jesús. De allí salía y allí volvía...
Y esto nos dice también que la Iglesia (la comunidad de los creyentes) desde sus mismos inicios era una comunidad servicial, abierta a todas las personas y en la que se servían mutua y fraternalmente.
Hoy deberíamos actualizar esa actitud de servicio al prójimo: Demostremos nuestro amor a Jesús y al prójimo con gestos concretos, con una actitud solidaria. Nuestra caridad tiene que ser profunda e ir más allá del dar cosas. Tendremos que llegar al menos a saber dar nuestro tiempo...
Por otra parte, no debemos dejar pasar por alto el hecho que Jesús, mientras desarrolla su actividad misionera, siente necesidad de retirarse a un lugar solitario y silencioso para orar a la luz de las estrellas, cara a cara con el Padre.
No sabemos lo que Jesús decía en sus oraciones. Sin embargo, sabemos con certeza que Jesús sentía la necesidad de dialogar con su Padre para exponerle sus proyectos, aceptar su voluntad y estar disponible a sus planes. El camino de la cruz, Jesús lo asumió con valentía; pero después de largas oraciones y encuentros con el Padre. Ésa es también la actitud de Job, reflejada en la primera lectura: Job grita y protesta pidiendo explicaciones por sus dolores y su soledad. Y sólo al final del libro, Dios le responde... Jesús, en cambio, en esta circunstancia entabla un diálogo lleno de amor y confianza. (En el huerto de los olivos, su oración se asemejará a la de Job).
De estos dos momentos del Evangelio de hoy, tiene que quedarnos muy claro que el cristiano que desea imitar la vida de Jesús, debe cultivar su actitud de servicio al prójimo y su espíritu de oración. La comunidad, por su parte, tiene que expresar ese convencimiento con gestos concretos. Amar es sinónimo de servicio, convencidos al mismo tiempo, que no es posible una actitud de asistencia sin un diálogo profundo y confiado con Dios. Ese equilibrio entre la acción y la oración lo captó muy bien san Benito, cuyo lema sigue hoy vigente: "Ora et labora". Sabía muy bien, este santo benefactor de la Iglesia, que sus monjes, hombres de carne y hueso, no podrían soportar la tensión de la oración sin una actividad que fuera como el resultado de esa plegaria.


Domingo 12 de Febrero
DOMINGO SEXTO Ciclo “B”

Mc 1,40-45 (Lecturas: Lev 13.1-2,45-46 y 1 Cor 10.31-11.1) 
Si quieres, puedes curarme.

La marginación es un pecado muy actual en nuestra sociedad, ávida de apariencias y esquiva al sufrimiento y a la solidaridad. En la Biblia hay un símbolo que resume cabalmente ese pecado: la lepra. En primer lugar, nos la presenta como una verdadera enfermedad, incurable en ese tiempo sin antibióticos, deshonrosa y que segregaba a las personas. Además, era el símbolo de lo malo, del pecado, de la excomunión, de la soledad y de la separación de los seres queridos.
Como puede verse claramente en la primera lectura, existía una reglamentación muy estricta para los leprosos. El enfermo de lepra quedaba excluido de la convivencia social, apartado de la sociedad, porque se suponía que no sólo estaba enfermo en su cuerpo, sino en el alma y, lo que es peor, maldecido por Dios.
En el Evangelio nos encontramos con un relato de la curación de un leproso. Vemos en la narración de san Marcos que, contra las prescripciones del Levítico, este leproso se acerca confiadamente a Jesús, quien en un gesto de amor y misericordia lo sana, reintegrándolo a la sociedad.
Este episodio siempre ha sido interpretado como símbolo de la redención del pecado. Y no puede ser de otra manera porque, aunque nos parezca reiterativo, Jesús vino precisamente a eso, a curarnos de esa enfermedad que nos aísla, nos separa de Dios y de los hombres, que nos excluye de la vida de la gracia y de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
Sin embargo, esforcemos nuestra mirada y veamos en ese leproso la imagen viva y presente de tantos hermanos nuestros marginados de la sociedad y excomulgados de la convivencia normal de los hombres, por sus enfermedades, por ejemplo en el caso del SIDA; por su incultura, por su pobreza, por su color de piel. Todos estos excluidos, son hermanos nuestros que pueden y deben ser reintegrados. Para lograr ese milagro, también nosotros debemos ser curados milagrosamente de nuestros pecados de soberbia, de falta de solidaridad, de pereza. Nosotros tenemos el inconmensurable don de la misericordia de Dios que no permite que nuestros pecados afloran con toda su pestilencia la superficie de la piel, como la lepra. Si así lo fuera, cuántos quedarían horrorizados de nuestra situación personal... Pero eso no significa que no podamos estar enfermos y que no necesitemos ser curados por el perdón de Dios y la comprensión de nuestros hermanos.
El signo inconfundible de nuestra curación es que aprendamos a ser solidarios, comprensivos y compasivos como Jesús. Es necesario que aprendamos a no marginar al enfermo, al pobre, al inculto, al villero. Jesús, curando al enfermo no sólo lo liberó del pecado sino que nos dio el ejemplo de misericordia y de servicio al prójimo. Tratemos de imitarlo.


Domingo 19 de Febrero
DOMINGO 7º DURANTE EL AÑO “B”

Mc 2,1-12 (Lecturas: Is 43.18-19,21-23,24b-25) 
Reconciliados

En ser humano en su búsqueda incesante de felicidad y arrastrado por sus debilidades, muchas veces falla a en su objetivo: se encamina por senderos que lo separaran de Dios, de sus seres queridos y del hombre en general.
Comenzó en el Paraíso terrenal, cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, cegados por la ambición, seducidos por la serpiente y desobedeciendo un mandato preciso, inician un camino lleno de infidelidades al Creador.
Sin embargo, allí mismo se manifestó el amor y la misericordia de Dios Padre que no abandona a sus hijos: les prometió el envío de su Hijo para remediar con su presencia tan inmenso mal.
Ese Hijo de la Promesa, hecho hombre en el seno de la Virgen María, es el que hoy sorprende a todos en la página del Evangelio de este domingo, especialmente al paralítico y a quienes lo llevaban. Cuando los presentes esperaban que le restituyera las fuerzas para volver a caminar, él lo mira a los ojos y le dice: “tus pecados te son perdonados”, recreando en su espíritu el amor y la esperanza e iniciando una vida transformada como en una nueva creación por la presencia salvadora de Dios.
De esa manera, Jesús cambia el centro de la atención y nos hace comprender que lo que realmente importa al hombre es vivir reconciliado con Dios y con su prójimo. Allí está la verdadera felicidad y el objetivo de la vida. Ése es el camino del reencuentro con el Padre que Él nos vino a indicar.
La Iglesia, siguiendo el ejemplo del Maestro, siempre lo enseña de esa manera. Pero es el hombre, bautizado o no, quien trata de ignorar la realidad del pecado. Esa opción equivocada que no sólo perturba la consciencia sino que con su fuerza deletérea lleva a la humanidad por los caminos de la injusticia, de la falta de solidaridad, de violencia y destrucción. Ésas son las consecuencias del accionar del hombre pecador que rechaza la mirada dulce y comprensiva de Jesús y por lo tanto no puede escuchar sus palabras liberadoras: “Tus pecados te son perdonados”.
Ante esta realidad, Jesús nos vuelve a sorprender y nos reitera con su vida y su palabra que él vino al mundo a reconciliar a los hombres con Dios. Lo hace cada momento a través de la Iglesia y sus ministros, generalmente mediante del sacramento de la reconciliación, abierto a todos los hombres que se bauticen y, arrepentidos, acepten que han sido infieles a su Palabra, sintetizada en los diez mandamientos. Y allí, pronunciando las palabras de la absolución junto con el ministro, revela su amor infinito. Sólo pretende que el pecador exprese con los hechos un cambio total de actitud que se refleje en su firme propósito de enmienda.


Domingo 26 de Febrero
DOMINGO OCTAVO DURANTE EL AÑO “B”

Mc 2,18-22 (Lecturas: Os2,16b,17b,21-22 y 2Cor3,1b-6)
¿Por qué no ayunan?

Jesús, y luego los primeros cristianos de origen judío, reiteradamente se enfrentaron verbalmente con los discípulos de Juan el Bautista (también conocidos como esenios), y los escribas y fariseos. Éstos les reprochaban, entre otras cosas, por el tema del ayuno, algo muy importante en la religiosidad judía.
Sabemos que los escribas y fariseos acentuaban fuertemente la necesidad del ayuno, ortorgándole una importancia fundamental. Los esenios, por su parte, con su mentalidad apocalíptica, iban aún más lejos: sin ayuno y mortificación no se podía agradar a Dios y no podía existir la observancia de la Ley.
Leyendo el Evangelio no vemos que Jesús y sus discípulos ayunaran. Ante esta realidad quedamos perplejos. ¿Jesús abolió el ayuno? De ninguna manera, y para aclarar esta duda conviene tener presente al menos dos ideas fundamentales.
La primera: Jesús es alegría, júbilo. Sucede como con la presencia de un ser querido, largamente esperado. Cuando llega, en ese encuentro es imposible ayunar o hacer penitencia. Más bien todo lo contrario, hay que gozar de su presencia y manifestarle nuestro amor compartiendo su alegría. Si cada vez que nos encontramos con Jesús lo viviéramos de esa manera, para qué el ayuno. Sería cuando menos superfluo y fuera de lugar. Él quiere que lo sigamos con gozo y que nuestra felicidad sea un testimonio de nuestro amor.
La segunda idea fundamental es que la religiosidad judía y esenia, con el ayuno como un valor en sí mismo, con sus prácticas de mortificación y penitencia, son el pasado, lo antiguo y como difieren radicalmente con el verdadero y auténtico seguimiento de Jesús, nada tienen que ver con el cristianismo genuino. No es que hayan sido malos, sino que su espíritu casi comercial no puede compararse ni asimilarse con la alegría de sabernos amados por Dios y experimentar presencia en su Hijo, hecho hombre, que después de su muerte y resurrección nos acompaña y alimenta en la Eucaristía.
La Iglesia, no obstante, nos manda ayunar algunas veces al año: al inicio de la Cuaresma, el miércoles de ceniza y el Viernes Santo. No hay en esto, obviamente una contradicción, sino una nueva manera de leer la realidad. Lo que cambia no es el ayuno o la penitencia, sino la actitud. En este caso, tanto el ayuno como la penitencia no son un fin en sí mismo, como en los escribas y esenios, sino un camino de conversión y de encuentro con Jesús, la alegría, la Buena Nueva de Dios, la esperanza de la resurrección futura y el encuentro definitivo con el Padre.
Hoy la liturgia nos invita a redescubrir a Jesús y su Evangelio y guiados por ellos, caminar serenos en nuestra vida de piedad que debe ser entrega más que sacrificio.


Domingo 05 de Marzo
PRIMER DOMINGO DE CUARESMA Ciclo "B"

Mc 1,12-15 (Lecturas Gn 9, 8-15 y 1Ped 3,18-22) 
La cuaresma de Jesús modelo, de nuestra cuaresma.

Al iniciar el tiempo de cuaresma la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar la cuaresma de Jesús y a partir de su ejemplo y modelo, a programar y vivir nuestra cuaresma personal y comunitaria.
En el Evangelio vemos a Jesús, el nuevo Moisés, dispuesto a comenzar su anuncio de la Buena Nueva. Pero antes se retira al desierto y se somete a pruebas que adquieren casi el mismo sentido purificador del diluvio para Noé. Es decir, apenas recibido el bautismo abre un período de verificación del camino de despojo y humillación elegido para reconciliar a los hombres con Dios. Allí soportará las tentaciones del desierto que, si bien son históricas, (no son inventadas por los evangelistas), son como un prototipo de todas las tentaciones que sobrellevará Jesús durante su vida pública, hasta el Huerto de los Olivos. Así, como Moisés y Elías y como el mismo pueblo de Israel, Jesús pasa por el desierto, la soledad y la prueba. Sólo después de esta experiencia y llegado al término de su cuaresma, predicará la buena nueva proclamando: "El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, levántense y crean en la Buena Noticia”
En realidad, Jesús, una y otra vez, en sus noches de oración, después de la predicación y de los milagros, volverá a someter al juicio del Padre su decisión de redimir a la humanidad por el camino de la sumisión, del sacrificio y del sufrimiento, reafirmando así su proyecto divino.
Lo mismo tendrá que suceder en nuestra cuaresma. En este tiempo Dios quiere reconciliarnos consigo; pero antes quiere verificar nuestro camino, haciéndonos un juicio, "criticando" nuestro andar torcido y suscitando en nuestro interior una crisis saludable que seguramente nos resultará costosa y en la que deberemos soportar alguna cuota de dolor; pero será fuente de paz y alegría.
Esa nueva relación con Dios deberá expresase también en el sacramento de la reconciliación y en ciertas prácticas religiosas que pueden sintetizarse con tres palabras: ayuno, limosna y oración.
Ayuno significa privarse de comidas; pero es también renunciar a ciertas cosas agradables. Por eso cada uno debe saber encontrar su propio ayuno.
Limosna. El ayuno se prolonga en la limosna, que es compartir los bienes recibidos: Dinero, compañía, tiempo, conocimientos.
Oración. La limosna y el ayuno abren el corazón a Dios. Así se entra a una oración que nos lleva al verdadero encuentro con Dios, a la conversión, al cambio, a la reconciliación y a la purificación. Sin oración no hay cuaresma.
Todo debe llevarnos a orar cada día mejor. Es el objetivo de la cuaresma. En ese clima pondremos a "juicio del Padre" nuestros proyectos.


Domingo 12 de Marzo
2º DOMINGO DE CUARESMA “B”

Mc 9,1-9 (Lecturas Gn 22,1-2,9-13,15-18 y Rom 8, 31-34) 
El camino al Calvario

Después de las tentaciones que soportó Jesús y que abren la puerta a la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos lleva al monte de la transfiguración.
No es casual esta elección. La Iglesia sabe en su sabiduría milenaria, cuánto le cuesta al hombre aceptar el sacrificio. Lo mismo sucedía con los Apóstoles: no comprendían las palabras del Maestro que se referían a la cruz. Lo amaban y desde sus conocimientos no aceptaban que Jesús, el Mesías, para salvar a su pueblo debía pasar por el tormento de la crucifixión. Pero ese hombre distinto que caminaba todos los días con ellos les sale al encuentro y también a todos los hombres que a lo largo de la historia tendrán las mismas dudas, manifestándose ante a sus tres discípulos más cercanos tal cual es: Él es Hijo de Dios hecho hombre, que acepta la voluntad del Padre y cumple fielmente lo ya anunciado por la Ley y los Profetas. Es el Siervo de Yavé que debía ofrecer su vida y padecer para la redención de la humanidad. ¡Es el gran misterio de amor que supera nuestro entendimiento y nos invita a agradecer y a recambiar ese amor!
Iluminados por este anuncio, los Apóstoles y luego los primeros cristianos, releyeron la historia de la salvación y descubrieron muchos anuncios que ya anticipaban ese camino doloroso. La fe y la obediencia de Abraham, que no duda inmolar a su hijo Isaac es sólo una de las figuras más elocuentes...
La Iglesia, continuando con su pedagogía, por medio de la liturgia la Palabra dominical, ubica estos acontecimientos apenas iniciado el tiempo de Cuaresma para ayudarnos a comprender y admitir que si queremos compartir la gloria del Resucitado, tendremos que acompañarlo en el camino al Calvario.
Sabemos que para cumplir con este objetivo, no hará falta salir en búsqueda o inventar padecimientos: la vida misma y la fidelidad cotidiana a los compromisos asumidos en el bautismo nos ofrecen todos los días la oportunidad de acompañar a Jesús. Nuestro gozo es que sabemos que esos sufrimientos están abiertos a la esperanza: así como para Jesús, después de las tinieblas del Viernes Santo, aparece la aurora brillante del domingo de Resurrección, de la misma manera sucederá con nosotros. El dolor y la muerte nos franquean las puertas a la gloria, a la sonrisa eterna del Padre que nos espera con los brazos abiertos para coronar nuestros esfuerzos.
La Cuaresma es sólo parte de esa vida y de esa preparación; pero es un estupendo entrenamiento que nos permitirá caminar serenamente tras las huellas del Maestro y nos ayudará a abrirnos a la misericordia y a la reconciliación con Dios y, transformados por la gracia, a ser misericordiosos, comprensivos y solidarios con nuestros hermanos.


Domingo 19 de Marzo
3er DOMINGO DE CUARESMA “B”

Jn 2,13-25 (Lecturas:Ex 20,1-17 y 1Cor 1,22-25)
Los fundamentos de nuestra alianza

En nuestro caminar en este tiempo de cuaresma, la liturgia de la Palabra, en su primera lectura de hoy, nos recuerda los diez mandamientos. Los judíos los llamaban “las diez palabras” y de allí surge el término griego “decálogo”, que traduce justamente esa idea. Ese “decálogo” fue el fundamento del pacto de la alianza del pueblo hebreo con Dios. Dios, en efecto, había empeñado su palabra prometiéndoles que mientras el pueblo cumpliera con los mandamientos, Él los acompañaría con sus bendiciones y los premiaría por su fidelidad.
La historia de Israel, con sus infidelidades y sus consecuencias, la conocemos por la liturgia de la palabra que celebramos semanalmente. Allí se nos muestra la división del reino, el destierro en Babilonia, las colonizaciones griegas y romanas hasta llegar a la conclusión trágica de la destrucción de Jerusalén y la dispersión del pueblo en el año 70 después de Cristo. Una historia que nos sorprende y que será siempre un misterio para nosotros.
Cuando se presentó el Mesías esperado, el Hijo de Dios hecho hombre, el pueblo no lo reconoció. A su llegada, predicó el Evangelio llamando a todos los hombres a recorrer el camino de la reconciliación y del encuentro con el Padre. En ese anuncio, no suprimió los mandamientos, fundamentos del pacto con su pueblo sino que, con su palabra y con el ejemplo de su vida, los perfeccionó y exhortó a vivirlos plenamente a todos los que quisieran seguirlo. De esa manera, nosotros que queremos ser sus discípulos, al recibir el sacramento del bautismo, que nos integra al pueblo de Dios que es la Iglesia, sellamos con Dios un pacto, una alianza en la que nos comprometemos vivir no sólo la letra, sino el espíritu de los diez mandamientos, manifestándole así nuestro amor y nuestro compromiso de seguirlo fielmente.
Durante la cuaresma, tiempo de evaluación de ese amor y de esa transformación espiritual, nada mejor que recorrer en nuestro examen de consciencia, las diez palabras de ese pacto que hemos sellado con Dios, preguntándonos, simplemente, cómo lo vivimos y qué importancia que tienen en nuestra vida. Será seguramente un esfuerzo importante para nuestra preparación. Para lograrlo, toda la fuerza y la convicción la deberíamos encontrar en las palabras de Jesús que escuchamos en el Evangelio de hoy: “Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días”. En esa insinuación que los judíos que no comprendieron, se encierra claramente el anuncio de la Pascua ya próxima. Ese día, Jesús, con su resurrección gloriosa nos asegura y garantiza que la vida no acaba con la muerte y que las promesas que nos ha hecho se cumplirán en nuestra vida. Ésa debe ser nuestra fe y nuestra esperanza que nos sostendrán en este camino de conversión.


Domingo 26 de Marzo
DOMINGO 4º DE CUARESMA “B”

Jn 3,14-21 (Lecturas:2Crón 36,16-16.19-23 y Ef 2,4-10) 
Pecado y misericordia

Toda la liturgia de la palabra de hoy nos invita reflexionar sobre dos temas centrales de la cuaresma. Por un lado, el pecado, no sólo como una desobediencia a la ley sino como una ruptura con Dios que provoca la muerte de la vida divina que hay en nosotros y, en segundo término, la misericordia de Dios que sale al encuentro del hombre no obstante su rebelión.
La primera lectura tomada del segundo libro de Las Crónicas, escrito alrededor del IV siglo antes de Cristo, nos pinta la situación trágica del pueblo de Israel, cuando sus autoridades religiosas y civiles contaminaron el templo siguiendo la idolatría y las malas costumbres de los pueblos vecinos.
Hoy esta lectura ilumina nuestra vida cristiana muchas veces influenciada por un mundo que perturba nuestra fe y nuestra manera de ser. En realidad, no vivimos lo que creemos. Nos sucede lo mismo que al pueblo elegido que decía creer en un solo Dios, pero al mismo tiempo, en secreto y en público, adoptaba las costumbres y a los principios paganos. De esa manera, también nosotros contaminamos nuestro templo interior, morada de la Santísima Trinidad.
El Evangelio a su vez, apelando a hechos del Antiguo Testamento, recuerda la generación hebrea que vivió en el desierto inmediatamente después de cruzar el mar Rojo. Esa generación se rebeló contra Dios que los había liberado de la esclavitud y se dejó llevar por malas costumbres aprendidas en Egipto, hasta que Dios, como castigo, les envía serpientes venenosas. Pero ese Dios no los abandona, y a pesar de su pecado, ilumina a Moisés, para que apelando a la fe de su pueblo, levante como signo de salvación, la imagen del reptil que le provocaba la muerte. Esta imagen se constituyó en símbolo de la crucifixión de Jesús.
Esta palabra de Dios nos indica que si queremos llegar a la salvación, a curarnos de la picadura del pecado, es necesario que contemplemos con fe y confianza al Crucificado y participemos de su mismo acto de amor al Padre, aceptando serenamente nuestra cruz, destruyendo de esa manera en nuestro corazón, la raíz de la desobediencia de Adán. Esa mirada, para que sea eficaz, debe nutrirse de una fe inquebrantable en la palabra de Cristo que murió y resucitó por nosotros. Y debemos hacerlo porque estamos convencidos que donde abundó el pecado sobreabundó la misericordia y la gracia de Dios. Esto no significa que debemos abandonarnos al pecado, a la idolatría, a las malas inclinaciones. Todo lo contrario. Significa que si nos encontramos ya en esa situación, Dios nos abre los brazos para reconciliarnos, porque ya demostró cuánto nos ama dejándose clavar en la cruz; dejándose “levantar”, como le dice Jesús a Nicodemo en el Evangelio de hoy. Para ser fieles a este compromiso, nos ayuda la reflexión de san Pablo, en la segunda lectura, donde apalea a la vocación cristiana y a la dignidad del hombre, para exhortarnos a vivir santamente, lo que se logrará si permanecemos anclados a los sacramentos, fuentes de gracias, que sostienen al cristiano en el caminar en este mundo que le toca vivir.


Domingo 02 de Abril
5º DOMINGO DE CUARESMA “B”

Jn 12,20-33 (Lecturas: Jer31,31-34 y Heb 5,7-9)
Si el grano de trigo no muere...

En este último domingo de cuaresma, las lecturas nos llaman a dar una mirada atenta sobre el significado y el valor que el misterio de la cruz tuvo en la intención de Dios y en el ánimo mismo de Jesús.
El profeta Jeremías, en la primera lectura, ya nos permite vislumbrar la intención de Dios que se declara insatisfecho de la alianza del Sinaí y que por eso está dispuesto a sellar otra totalmente nueva, que no será violada por los hombres ya que estará grabada no en piedras, sino en sus corazones. Gracias a esta nueva alianza sellada con la sangre de Jesús derramada en la cruz, los hijos del nuevo pueblo de Dios encontrarán la fuerza para mantenerse fieles a los compromisos asumidos. Esa fuerza la encontrarán en los sacramentos, en modo especial en el de la eucaristía y la reconciliación.
Por su parte, la página de la Carta a los Hebreos nos llama a progresar en la comprensión del significado y del valor de ese misterio: nos asegura que el sacrificio de Cristo tiene que entenderse como una re-fundación de la alianza del Sinaí. Por eso, leyendo esta página vienen a la memoria las palabras que el sacerdote pronuncia en el momento de la consagración: “Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la nueva alianza que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados...”. Esa precisamente la idea central de esta carta que nos habla del sacerdocio de Jesús y de su sacrificio único e imperecedero.
Avanzando aún más, la página del Evangelio nos presenta a Jesús tomando consciencia de que su “hora” ha llegado. Es decir, se está por concretar el objetivo de su venida a la tierra: abrazar con amor infinito la pasión y la muerte en cruz para salvar la humanidad del pecado y reconciliarla con el Padre.
Él sabía muy bien que sin aceptar la muerte, “el grano de trigo no produce frutos”. Es decir, sin su muerte no podía atraer hacia él a los que quería salvar. Él sabía también que en los planes de la redención era el mejor camino para salvar a los hombres.
Por eso, a pesar de sus miedos y su repugnancia, acepta con amor el proyecto del Padre, y en el Huerto de los Olivos, después de una oración intensa, se encamina decididamente a llevar a cabo el plan salvífico. Esos temores de Jesús nos revelan que el Hijo de Dios, debido a su encarnación, era un hombre de carne y huesos como nosotros, con sus temores y sufrimientos; un hombre frágil y mortal.
Estas enseñanzas deberían darnos la fuerza y el coraje de aceptar nuestra vida, con sus alegrías y sufrimientos, asumiendo como Jesús, que si el “grano de trigo no muere no produce frutos”. Al respecto, la afirmación de san Pablo “sine effusionen sanguinen, non fit remissio” resume toda esta reflexión. En otras palabras, sin el sufrimiento, sin la cruz, sin el morir del grano de trigo no podemos dar frutos de santidad.


Domingo 09 de Abril
 Domingo de Ramos – B

Mc 14,1-15.47 (Lecturas: Is 50,4-7 y Flp 2, 6-11)
Meditando la Pasión del Señor

Con el Domingo de Ramos inicia de la Semana Santa. En él se recuerda anticipadamente el misterio de la pasión del Señor que luego se volverá a vivir más intensamente el Viernes Santo, recordando uno de los acontecimientos centrales del plan salvífico de Dios.
El relato evangélico y la meditación comienzan con la celebración de la pascua judía, en la última cena. Quizás los apóstoles en ese momento no captaron el profundo significado de lo que estaban protagonizando. Sólo después de la resurrección descubrieron que la víctima pascual ya no era el cordero de la tradición hebrea, sino Jesús mismo que con las palabras “este es mi cuerpo, esta es mi sangre” se ofrecía al Padre, una vez para siempre, para reconciliar a los hombres con Dios. Ya no es un cordero seleccionado que se sacrifica en el antiguo rito pascual, sino el Hijo de Dios hecho hombre que en esta noche santa se inmola místicamente y que al día siguiente, en el Calvario, sellará su obra redentora con su propia vida.
Cuando se escucha la narración del drama de la Pasión, impresiona el marco humano que rodea a Jesús. Están algunos apóstoles, los guardias, los jueces, el gobernador, el pueblo vociferante. Durante la marcha hacia el lugar de la ejecución, al costado de la vía dolorosa, hay algunas mujeres que lloran, están los indiferentes que sonríen al verlo pasar, los ricos y los pobres... y sin embargo, Jesús se siente totalmente solo, tanto que ya en la cruz, llegará exclamar: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado”. Sin embargo y no obstante el abandono, crucificado, abraza a todos y a cada uno de los hombres. A los presentes y a los ausentes; a los que están y a los que vendrán. Abraza a la cruz y a la humanidad en un acto de amor infinito que transforma definitivamente toda la creación.
Así cumplió su obra redentora, revelando el verdadero rostro del mal, donde el pecado ya no es placer y engaño, sino desesperación, desolación, miedo y la ausencia de Dios.
En el Calvario, en la figura de la Madre Dolorosa, es la Iglesia que nace en la espera de la resurrección y donde todos los santos del Antiguo Testamento celebran la obra del Siervo Doliente.
También nosotros hoy, en silencio, abramos nuestro corazón y nuestros brazos para recibir al crucificado en el hermano que goza y en el que sufre, en el sano y en el enfermo y así, con la misma actitud del Maestro, en el recogimiento y en la meditación, iniciemos esta semana que nos lleva a una noche brillante, donde la humanidad entera, reconciliada, celebra gozosa el triunfo de la vida sobre la muerte y nos deposita en el umbral de la gloria eterna.


Domingo 16 de Abril
Domingo de Pascua - B

Jn 20, 1-9 (Lecturas: Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4) 
Llevaban perfumes...

Hoy, después de una semana dramática, amanece un día brillante que cambia la historia. Jesús, como lo había anunciado varias veces a largo de su predicación, resucita glorioso abandonando al sepulcro, envidiable testigo de la esperanza de la humanidad. ¡Jesús vive, y nosotros también viviremos con Él, junto al Padre y con todos nuestros seres queridos! ¡Qué misterio tan hondo y tan gozoso!
En las páginas de los evangelistas que relatan los acontecimientos del domingo de Pascua, hay muchos hechos y detalles que nos asombran y nos invitan a la reflexión. Pero hay una aclaración que san Lucas menciona casi al pasar, que pinta perfectamente el estado de ánimo de los discípulos y de las mujeres quienes, al amanecer de ese primer día de la semana, salen presurosas camino al sepulcro donde habían depositado al Señor crucificado.
Con un dejo de ironía, el evangelista precisa que "llevaban perfumes", para completar de amortajar el cuerpo del Maestro. Este pormenor, signo también del amor y de la veneración que tenían por el Señor, en realidad delata que no habían entendido demasiado las palabras que habían escuchado y los milagros que habían presenciado. Además, denuncia que su esperanza en la resurrección estaba adormecida por el dolor. Un velo de tristeza cubría sus ojos y acallaba el eco de los anuncios del Maestro.
Sin embargo, qué compra tan inútil. Cuando llegaron al sepulcro, descubrieron con estupor, que el cuerpo ya no estaba. Quedaban sólo los lienzos con los que, apresuradamente, lo habían envuelto al atardecer del viernes. Con su presencia gritaban la ausencia del Resucitado.
Quizás san Lucas, mientras dejaba constancia que "llevaban perfumes", habrá sonreído...
Hoy, a nosotros, cristianos que vivimos ya en el siglo XXI y que estamos celebrando con devoción y compromiso este año jubilar, las palabras del evangelista nos llaman a la reflexión y a tomar consciencia de su significado profundo para nuestra vida y la de todos los hombres. Seguramente no llevaremos perfumes cuando el domingo de Pascua nos encaminemos, llenos de alegría, a la celebración eucarística, una fiesta que siguiendo las enseñanzas del Maestro, la Iglesia entera conmemora con entusiasmo cada domingo del año, convocando a todos los cristianos a alimentarse con la Palabra y con el Cuerpo del Señor Resucitado. Pero quizás nuestra esperanza en la resurrección no nos mueva a vivir como auténticos herederos de un futuro glorioso y a transformar nuestra vida, liberándonos de las ataduras del pecado. Quizás tampoco entendimos cabalmente la fuerza del hecho que también nosotros resucitaremos y que la muerte es sólo la llave que nos abre las puertas a la gloria.
Este acontecimiento sobre el que gira toda la historia de la salvación, nos da la certeza que estamos en camino hacia un mundo nuevo, y nos permite creer, esperar y amar con la vista puesta en un futuro junto a Dios.


Domingo 23 de Abril
Domingo segundo de Pascua – “B”

Jn 20, 19-31 (Lecturas: Hechos 4, 32-35 y 1Jn 5, 1-6) 
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A una semana de la Pascua, la liturgia de la Palabra de este domingo nos permite apreciar perfectamente la transformación que se verificó en las personas de los seguidores de Jesús, reflejada en el testimonio de las primeras comunidades, cuyos detalles nos ofrece san Lucas en la primera lectura. Allí vemos cómo la certeza de la resurrección del Maestro y la de su propia resurrección cambian sus vidas de tal manera que comparten llenos de gozo sus bienes materiales. Descubren que el amor no tiene límites y que va mucho más allá de las palabras y se manifiesta de una manera inconfundible en los hechos concretos.
Sin embargo, ese fervor inicial parece enfriarse en algunos miembros de la comunidad que no habían tenido la gracia de protagonizar los acontecimientos de la semana de la Pascua o sentían peligrar sus vidas, perseguidos por quienes intentaban extirpar de raíces esa “nueva secta”, como ellos llamaban. Esa actitud de duda e incredulidad, está sintetizada en la persona de Tomás quien, vaya a saber porque circunstancia, no se encontraba presente en el Cenáculo junto con los otros apóstoles en la primera visita del Resucitado. Lisa y llanamente nos les creyó. Aún más, exigió ver las manos del crucificado y palpar el costado herido por la lanza. Como relata el Evangelio de hoy, ese gesto mereció un duro reproche de Jesús y una bienaventuranza para todos aquellos que, como nosotros, creemos si haber visto.
Frene a la realidad de un fervor inicial y de un enfriamiento posterior de las comunidades cristianas, cabe preguntarse cómo es nuestra fe en la resurrección y nuestra generosidad hoy, mientras celebramos este año santo. Quizás porque queremos ser muy eficientes y vivir cómodamente, ya no tenemos el coraje de desprendernos de nuestros bienes y compartirlos con los más necesitados o también, deslumbrados por los adelantos de la ciencia, nuestra fe en el Resucitado exige pruebas tangibles...
Hoy, sin excusas ni atenuantes, es el momento de actualizar nuestra fe y nuestra generosidad. Intentemos volver al espíritu de las primeras comunidades, convencidos que sin esa fe y esa generosidad, no es posible la transformación de la Iglesia y del mundo. Sabemos que Jesús vive y que acompaña a la Iglesia desde el momento mismo de su nacimiento y experimentamos su presencia en el testimonio de tantos santos que florecieron a lo largo de la historia de esas comunidades que supieron vivir unidas y compartir sus bienes; pero sin un compromiso cotidiano no compartiremos su gloria y no gozaremos de la bienaventuranza: “ felices los que creen si haber visto”.


Domingo 30 de Abril
DOMINGO 3º DE PASCUA Ciclo “B”

Lc 24, 36-48 (Lecturas: Hechos 3,13-15.17-19 y 1Jn 2,1-5)  
El saludo pascual: ¡Paz a vosotros!

Hoy vemos en el relato de san Lucas que Jesús visita a sus amigos, los apóstoles. Sabemos que es el domingo de la Pascua, ya entrada la noche, porque se encuentran en la casa también los dos discípulos que habían regresado a Emaús, quienes saliendo cuando ya oscurecía, habían recorrieron a pie doce kilómetros. (Esta aparición de Jesús ya la recordamos el domingo pasado, pero narrada por el evangelista san Juan).
Escribe san Lucas que "estando aún ellos hablando, se presentó Jesús en medio de ellos y le dijo: ¡Paz a vosotros!”. El Señor se dirige a los suyos con el típico saludo judío que desde ese momento se convierte en el saludo pascual, el saludo del cristiano que recordamos constantemente en las celebraciones litúrgicas.
En el Antiguo Testamento, Shalón = Paz, era el saludo corriente entre los hebreos y significaba bienestar y prosperidad, con un fuerte acento sobre los bienes materiales. Esa paz era un don de Dios muy preciado por los judíos piadosos. A su vez, en tiempo de los profetas, la expresión se enriquece con la idea de salvación que va unida a la justicia y a la santidad y, como ya anticipamos, en el Nuevo Testamento este saludo adquiere su sentido pleno: significa que las promesas y las profecías sobre Cristo se han cumplido. Significa que Cristo es nuestra paz, porque nos reconcilió con Dios y nos devolvió su gracia y su amistad; tanto es así que en las cartas de san Pablo, el saludo de la paz va siempre unido a la gracia de Dios. Para san Pablo, la paz y la reconciliación son el resultado de la unión con Dios, de la amistad con el Padre, el fruto de lo que él llama justificación.
Por eso se comprende que cuando los apóstoles escuchan el saludo de la paz, por el gozo y la alegría no podían creer que el Maestro había regresado vivo. Todos ellos necesitaban esa paz, que en realidad para ellos significaba ante todo el perdón por su cobardía en la hora de la pasión; en modo especial para Pedro, por sus negaciones, aunque ya había llorado amargamente su momento de debilidad.
A partir de este encuentro con los apóstoles, descubrimos que Cristo es la paz que se otorga sin restricciones, por el Espíritu que les infundía en el corazón y que les producía el gozo y de la alegría. Esa paz es el don de la resurrección del Señor.
Vemos para nuestro consuelo y satisfacción que el Señor resucitado es el mismo Jesús de Nazaret, con un cuerpo diferente, pero con su misma bondad, con su mismo afecto, con su misma divina comprensión y con la misma infinita misericordia que perdonó a la Magdalena y al ladrón arrepentido.
Estos sentimientos deben animarnos a buscar la paz de Cristo. A reconciliarnos con Él mediante el sacramento del perdón, confesando nuestros pecados con confianza y sinceridad y a partir de esta transformación interior, aprender a convivir con nuestros hermanos y a perdonar y ser perdonados. Así también nosotros, que vivimos en la angustia y en la inseguridad, recibiremos la paz pascual y disfrutaremos la alegría que produce el saber ser perdonados por Dios.


Domingo 07 de Mayo
4º DOMINGO DE PASCUA “B”

Jn 10,11-18 (lecturas: Hechos 4, 8-12 y 1Jn 3,1-2)
Acompañar y guiar

No obstante que la vida ya no es la misma que en los tiempos de Jesús, la figura del pastor que acompaña y guía al rebaño, todavía es familiar en este mundo globalizado, ya que los medios de comunicación ofrecen a los habitantes de las grandes metrópolis, imágenes bucólicas de parajes detenidos en el tiempo, en que el pastor todavía vive en como en tiempos del Evangelio. Es decir, la imagen sigue viva y refleja eficazmente la figura de una persona que ama y conduce. Es la misma que nos transmite Jesús cuando se proclama el Buen Pastor. Hoy, la Iglesia continúa con el anuncio y desde hace muchos años, eligió este cuarto domingo de Pascua como el día que se recuerda y adora al Buen Pastor.
Lo que primero debemos subrayar en esta afirmación, es que se trata de una imagen muy mesiánica y que aparece relacionada con personas destacadas del Antiguo Testamento. Entre ellas se distingue David, que fue pastor primero y luego rey de Israel y de su descendencia vendría el Mesías. Precisamente, los judíos llamarán al Mesías, “Hijo de David, heredero de su trono”.
Luego, el profeta Ezequiel, refiriéndose al mismo tema, describe al pastor con rasgos realmente mesiánicos cuando escribe: “Como el pastor se ocupa de su rebaño, así saldré yo a buscar a mi pueblo”. En otras palabras, afirma que buscará la oveja perdida, la llevará al redil, curará a la herida y fortalecerá a la enferma.
Y, más adelante, en el conocido Salmo 23, la Iglesia canta: “el Señor es mi Pastor, nada me puede faltar...”. Otra clara alusión a Jesús, buen Pastor, una comparación que en aquellos tiempos de nomadismo tenía un significado muy profundo, como todavía lo tiene para la gente de campo que conoce perfectamente el significado de esa palabra. Una idea que nos invita a reflexionar, no tanto en el nombre, sino en el significado, ya que nos muestra las cualidades de Jesús, buen Pastor, en la sencillez y la humildad y sobre todo, en ese amor que lo llevará a dar su vida por los suyos. Si lo vemos de esa manera descubrimos más fácilmente los rasgos humanos de Jesús que se acomoda a sus oyentes.
Ahora bien, la Iglesia pide al Señor que esas misma cualidades adornen a los sacerdotes, que, juntos con los obispos, son los verdaderos pastores de la comunidad eclesial y sean los conductores, los guías, los líderes que la acompañan; los que celebran la Eucaristía, los que reconcilian, los que administran la gracia a través de los sacramentos; los que están junto a los que sufren.
Hoy, mientras recordamos a nuestros Pastores, pidámosle a Dios que los multiplique, para que con sus enseñanzas y su testimonio iluminen nuestras vidas. Por otra parte, y aunque sea reiterativo, no olvidemos que Dios llama. Es una frase muy conocida, pero muy verdadera. Dios los necesita para continuar su obra salvadora. Escuchemos su llamado convencidos que Dios no se dejará vencer en generosidad.


Domingo 14 de Mayo
QUINTO DOMINGO DE PASCUA “B” 

Jn 15, 1-8 (Lecturas: Hechos 9,26-31 y 1Jn 3,18-24) 
Permaneced...

La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre tres temas muy importantes para la vida de la Iglesia y para nuestra vida personal de cristianos que no sólo quieren seguir a Jesús, sino progresar en la vida de unión con Dios.
Comienza con la presentación de Pablo a la comunidad apostólica de Jerusalén: Pablo quería conocer personalmente a Pedro y a partir de ese encuentro, salir confiadamente a misionar, a llevar el anuncio de Cristo a todo el mundo conocido. Un hermoso gesto de Pablo que lo pinta con un verdadero hombre de Iglesia y respetuoso de la autoridad instituida por Dios. Ya en ese momento, los cristianos intuyen que sin comunión con la comunidad eclesial, no puede haber evangelización.
Luego san Juan, en la segunda lectura, nos exhorta a que nuestra fe sea coherente. Nos llama a demostrar esa coherencia con los frutos de nuestras convicciones: amor y solidaridad con nuestros hermanos. Si decimos que creemos en Dios, tendremos que demostrarlo con hechos concretos. No hay amor sin solidaridad y sin justicia. Si no fuera así, nuestra fe y nuestra caridad serían sólo palabrería, sólo buenas palabras y para decirlo en términos aún más duros, una verdadera hipocresía.
Estas dos lecturas nos preparan al Evangelio. En el relato de san Juan encontramos el mensaje central de la liturgia de la palabra de hoy. Para comprenderlo mejor, ubiquémoslo en el contexto en el que Jesús pronunció esas palabras: es la noche antes de la pasión y Jesús acaba de cenar con sus discípulos y, por lo tanto, son confidencias muy relacionada con la eucaristía, donde entre otras promesas, pactó quedarse con ellos de una manera mística, misteriosa pero real: “Este es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre”, “Haced esto en memoria mía”. Esa noche, después de celebrar la pascua, van caminando como de costumbre, hacia el huerto de los Olivos y al pasar frente al templo, Jesús les muestra el racimo de uva que coronaba una de sus puertas y les comenta su significado. Para los judíos, la viña y sus frutos tenían un profundo contenido religioso. Significaba el pueblo elegido y la preocupación de Dios por él. Sin embargo y no obstante el hondo significado de la alegoría, hay que subrayar que las dos palabras claves del discurso de Jesús son los verbos “permanecer” y “podar”. En efecto, les pide a sus discípulos en un momento especial de su vida: “Permaneced en mí como yo permanezco en ustedes y así como el sarmiento no puede dar frutos si no permanece unido a la vid, tampoco podrán ustedes si no permanecen en mí”. “Permaneced”, significa fidelidad a la palabra de Jesús; a la comunidad eclesial, a sus pastores. “Permaneced”, significa también caminar tras las huellas del Maestro; significa vivir en gracia y reconciliados con Dios. Significa, en definitiva, comunidad de vida divina. Pero no basta, para permanecer, crecer y dar frutos es necesario estar dispuestos a dejarse “podar”. Jesús, como jardinero divino, lleno de amor, nos poda de nuestros pecados, de nuestros vicios y de todo aquello que nos separa de Él. Además, si no permanecemos en Jesús y no nos dejamos podar, no podremos ser misioneros como Pablo; ni podremos partir a evangelizar en nombre de la comunidad, y aún más, no podremos amar a nuestros hermanos como lo exige el apóstol Juan, en la lectura que hemos leído hoy.
A partir de este Evangelio tendremos que convencernos que la eficacia de nuestra vida cristiana depende de nuestra unión con Cristo y la comunidad.


Domingo 21 de Mayo
DOMINGO 6º DE PASCUA “B”

Jn 15, 9-17 (Lecturas: Hechos 10,25-27.34-35.44-48 y 1Jn 4,7-10) 
Amaos los unos a los otros..

.La página del Evangelio que leímos hoy es la continuación de la del domingo pasado en la que meditamos las enseñanzas surgidas de la alegoría de la viña y sus ramas. Por lo tanto, estamos en el mismo clima íntimo de la última cena, después del lavado de los pies, de la institución de la eucaristía y camino al Huerto de los Olivos. Un momento único, en que Jesús habla confidencialmente con sus discípulos y les anticipa la misión que les espera en el mundo: anunciar la buena nueva del amor y de la misericordia del Padre que ofreció a su Hijo para salvar a los hombres y que resucitó glorioso.
También tengamos presente que Jesús no está dialogando con un grupo cualquiera, sino al círculo selecto de los apóstoles, el núcleo de la Iglesia naciente. Es decir, los primeros brotes de la viña que está a punto de prolongar sus ramas por toda la tierra. Hasta este momento, Jesús había compartido con ellos sus alegrías y sus sufrimientos, pero de manera especial, había compartido el amor del Padre. Ahora ya no son sólo sus discípulos, sino que los eleva al rango de colaboradores. Por eso, les da un mandamiento que resume toda su predicación y que deberá ser el “leit-motive” de toda su vida y de toda su actividad: “Amaos los unos a los otros”.
Ese amor fraterno que debe amalgamar toda la vida de la comunidad eclesial, no puede ser un simple mandamiento, como si se tratara sólo de una consigna. Ese mandamiento es un compromiso ineludible, que indica que ese amor debe poner a la comunidad eclesial --a la Iglesia--, al servicio del mundo y no puede quedarse en palabras, sino que se concretiza, como ya se dijo muchas veces, en hechos tangibles. Ese amor fraterno es el signo y la revelación del amor con que el Padre ama al Hijo y al Espíritu Santo. Se trata, entonces, de un amor trinitario.
En realidad, si recordamos nuestras experiencias personales, veremos que en cada afecto hay un sentido de paternidad, de protección, de animación. Es decir, en esas experiencia hay siempre un reflejo del amor del Padre celestial. Por otra parte, sabemos que el amor es espera, es tensión, es alegría y sufrimiento. En otras palabras, hay casi un aspecto de inmolación como el amor del Hijo de Dios hacia los hombres. Pero también en el amor hay descubrimiento, novedad, revelación: en este sentido, es el reflejo del amor del Espíritu. Todas estas facetas del amor deben ser anunciadas y testimoniadas sin desfallecer por los discípulos de Jesús. Ayer y hoy. Siempre. De hecho ese amor se había encarnado de tal manera en los apóstoles y en modo especial en san Juan, que san Jerónimo, recordando una antigua tradición, cuenta que cuando el evangelista, ya muy anciano, viviendo sus últimas años en la ciudad de Éfeso, se hacía llevar a las celebraciones eucarísticas y se le pedía que recuerde sus experiencias con el Maestro y como ya no podía hablar mucho tiempo, repetía continuamente: “Hijitos míos, amaos los unos a los otros” y cuando sus discípulos, asombrados porque siempre repetía el mismo consejo, le preguntaban: “¿Maestro, por qué siempre repites lo mismo?” Él les contestaba: “Porque es el precepto del Señor y si lo observáis, basta”


Domingo 28 de Mayo
La Ascensión del Señor

Mc 16,15-20 (Lecturas: Hechos 1,1-11 y Ef 1,17-23) 
Subió al cielo...

La Ascensión del Señor es un hecho histórico narrado por tres evangelistas y retomado y ampliado por san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. No obstante esta documentación que avala el acontecimiento, es un hecho que exige de cada uno de los bautizados, una profunda fe en ese hombre llamado Jesús, quien se encarnó en el mayor de los silencios y en el mayor de los misterios, en una joven virgen judía de Nazaret. Todo un misterio. Ese hombre, después de largos años de una vida común y sencilla, ejerciendo entre sus parientes y conocidos el oficio de carpintero, anunció la Buena Nueva y el camino que lleva a la reconciliación con el Padre Celestial. Pero en su pueblo no lo recibieron ni lo reconocieron como el Mesías esperado; aún más, lo crucificaron como a un vil malhechor.
Después de su muerte y resurrección --en una palabra, concluida su misión en la tierra--, subió al cielo y mientras bendecía a sus discípulos, les encomendó la estupenda tarea de continuar su obra: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea se salvará. El que no crea se condenará”.
Y aquí comienza otra historia. Con muchas semejanzas a la primera, pero sin la presencia visible del Artífice de la salvación humana. Jesús resucitado subió al cielo y está junto al Padre, pero no abandonó a los suyos, sino que para su consuelo y fortaleza, les prometió y envió el Espíritu Santo, que sin develar los misterios que rodearon a su persona y a su misión, infundió en sus discípulos tal impulso y tal esperanza que todavía hoy, más de dos mil años después, es una multitud continúa confiando en su palabra y ofreciendo sus vidas con la certeza que la recuperarán enriquecida.
La Iglesia, la continuación de ese grupo selecto que lo acompañaba en el momento de la despedida, sostenida por la misma fuerza e inspirada por el mismo Espíritu, se vale hoy de todos los medios de comunicación para transmitir a la los hombres esa sublime verdad que transformó al mundo: Jesús vive, subió al cielo y está junto al Padre en la espera del encuentro definitivo.
Nosotros pertenecemos también a esa inmensa multitud, que incorporados y fortalecidos por el sacramento del bautismo y la confirmación, queremos participar en esa misión de evangelizar. Sabemos que nuestra participación no puede ser sólo un deseo, sino una misión y una responsabilidad que debemos ejercer solidariamente con todos los bautizados para que se cumplan las palabras de la oración que Jesús nos enseñó: “Venga a nosotros tu reino...” y así, llegado el momento de la Parusía, participar triunfantes con todos los ángeles y santos, de la salvación del universo.
Hoy es un día de despedida y compromiso: Jesús parte hacia el Padre; nosotros, confiados en su palabra, nos encaminamos a recorrer el mundo, en el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Domingo 04 de Junio
Pentecostés

Jn 20,19-23 (Lecturas Hechos 2,1-11 y 1Cor 12,3-7.12-13)
Nace un nuevo pueblo

La fiesta de Pentecostés es un día de gran alegría espiritual ya que se celebra el nacimiento de la Iglesia, y, además, con este acontecimiento, inicia la tercera y última etapa de la historia de la salvación que comenzó en el momento de la creación del mundo con la opción equivocada de Adán y Eva; continuada con la Encarnación del Hijo de Dios y que concluirá con la Parusía, con el regreso triunfante de Jesús Resucitado...
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En efecto, hoy recordamos y actualizamos su presencia en la Iglesia, en la historia de la humanidad y en cada uno de nosotros. Y eso es precisamente lo que nos enseña la liturgia de la Palabra de hoy.
La primera lectura nos recuerda el hecho histórico de la venida del Espíritu Santo. Es decir, su manifestación visible, sensible, palpable. Una verdadera teofanía. Una señal de la presencia de Dios representada en el viento huracanado y en el fuego, signos a los que recurre la Sagrada Escritura cuando quiere describir una manifestación evidente de Dios.
A partir de ella, san Lucas nos describe los efectos transformadores del Espíritu en los discípulos y en toda la comunidad eclesial reunida en oración en el Cenáculo. Vemos cómo infunde en ellos valor y coraje para anunciar a Cristo resucitado con la palabra y con el testimonio de sus vidas. Además, otra consecuencia importante de la presencia del Espíritu Santo está representada en el hecho que si bien los apóstoles hablaban en su lengua natal (arameo) los oyentes, de diferentes países e idiomas, los entendían perfectamente. El autor quiere resaltar con ello que desde su mismo nacimiento, la Iglesia abre el diálogo y se comunica con todos los pueblos.
Por otra parte, en Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo que sucedió en la Torre de Babel. Allí el pecado causa la incomunicación y la dispersión, ya que al no comprenderse, los pueblos se separan y recorren un camino de rivalidades y de guerra. En cambio, con la llegada del Espíritu Santo, su presencia unificadora es motivo de comunicación, de diálogo y pacificación.
La segunda lectura enriquece y completa el mensaje anterior. En síntesis, nos enseña que no obstante la diversidad en los carismas, en los dones y en las cualidades personales, existe en la Iglesia una unidad inquebrantable. Nos confirma que en la Iglesia y en la vida no somos iguales; pero sí, somos uno en Cristo, reunidos precisamente por el Espíritu Santo.
En el Evangelio, la afirmación de Jesús “Recibid el Espíritu Santo” evoca el momento de la creación. Allí el Espíritu aleteaba sobre las aguas, infundiéndoles vida; aquí indica que con la asistencia del Espíritu Santo se realiza una nueva creación. Nace un nuevo pueblo, la Iglesia, y en nosotros, reconciliados, una nueva vida. Por eso, hoy deberá producirse en nosotros un profundo cambio interior, una verdadera transformación y a partir de ella, sentirnos más Iglesia; es decir, una comunidad reunida por el Espíritu Santo, unidos en los mismo ideales, fortalecidos por dentro y valientes para anunciar a Jesús resucitado.


Domingo 11 de Junio
SANTÍSIMA TRINIDAD “B”

Mt 28,16-20 (Lecturas: Deut 4,32-34.39-40 t Rom 8,14-17) 
Un misterio de esperanza

El misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que Jesús mismo nos ha revelado durante su vida pública con su predicación y sus milagros. Recordemos que antes de cada el milagro, siempre oraba al Padre para que lo conozcamos y lo amemos. Se trata de un misterio que como tal no sólo no puede ser comprendido, sino que si Jesús no lo hubiera revelado, tampoco lo hubiéramos conocido su existencia. Y tampoco hubiéramos comprendido el plan salvífico de Dios. Es el misterio más profundo de nuestra fe y toda ella se centra y tiene vida en el misterio de amor de cada una de las tres divinas personas por la humanidad entera.
Podemos vislumbrarlo apenas a partir de lo que nos dice la Sagrada Escritura a lo largo de la historia de la salvación. Algunas de esas páginas fueron escogidas para iluminar esta fiesta.
En la primera, tomada del Deuteronomio, un libro escrito después de la división del reino Israel, en un contexto de luchas y de falta de fe en Yavé, el autor pide a sus lectores a hacer un acto de fe y fidelidad en el Dios creador y liberador de Israel, que manifiesta ese amor precisamente en la creación del mundo y en el caminar junto a su pueblo para alentarlo y salvarlo. Es decir, en esta página Dios se presenta como Padre que guía y perdona a su pueblo. Es el Dios anunciado por los profetas que invitan a su pueblo a confiar siempre en su amor y misericordia.
Luego san Pablo, escribiendo a los romanos después de haber conocido a Jesús y después de haberse encontrado con el Resucitado en el camino a Damasco y también, después de haber experimentado la presencia del Espíritu Santo en sus misiones apostólicas, profesa en el párrafo de la carta que se leyó, hoy una profunda fe trinitaria y nos habla de las tres personas: el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y lo hace en un tono casi confidencial, demostrando su amor y su confianza en ese Dios misterioso, incompresible; pero que ama infinitamente a sus criaturas hasta morir para salvarlas.
La lectura del Evangelio nos asombra una vez más. La página que leímos hoy es la conclusión del libro de san Mateo. El autor concluye sus reflexiones y el relato de sus experiencias en el seguimiento de Cristo de una manera muy solemne: muestra a Jesús después de la resurrección y momentos antes de la ascensión, enviando a sus discípulos que lo habían conocido y que habían experimentado personalmente su amor a los hombres a que vayan y lo digan a todos los hombres. Que les cuenten quién era él. Que había muerto crucificado porque los amaba y que después había resucitado y ellos lo habían visto y tocado. Es decir, estaba vivo y que su resurrección era la primicia y la garantía de nuestra propia resurrección y por eso valía la pena dar la vida para seguirlo, amarlo y anunciarlo. En otras palabras, nos enseña que Dios no sólo es uno y trino, sino que la segunda persona, el Hijo, Jesús, se encarnó y enseñó a sus discípulos el camino de la salvación y al despedirse de ellos los envió a contémoslo a todos los hombres. Por eso, la fiesta de hoy es de alegría y esperanza porque nos asegura que Dios nos creó, nos ama, nos salva y quiere que lo conozcamos y lo hagamos conocer.


Domingo 18 de Junio
Fiesta del Smo. Cuerpo y Sangre de Jesús - B

Mc 14,12-16.22-26 (Lecturas: Ex 24,3-8 y Heb 9,11-15) 
Se quedó con nosotros

El amor no admite ni soporta separaciones definitivas, sino que quiere permanecer junto a quienes ama para dar y recibir su amor. Salvadas las distancias, esa es la actitud de Jesús que vino al mundo para compartir la vida con los hombres, anunciar la Buena Nueva, ofrecerse al Padre como sacrificio redentor, resucitar y volver al Cielo.
Sin embargo, su amor por los hombres lo llevó a encontrar en la Eucaristía una manera sublime y misteriosa para seguir junto a los suyos. Así lo recuerdan las palabras de san Pablo cuando escribe a la comunidad de Corinto confiándoles lo que él había recibido del Señor respecto a lo sucedido en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía: “Hagan esto en memoria mía...”, con esta recomendación, Jesús no sólo entiende instaurar el sacerdocio de la Nueva Alianza para que sus discípulos continúen su obra, sino quedarse para siempre bajo las apariencias de pan y vino. De esa manera, cada celebración eucarística no sólo revive y actualiza el sacrificio místico de la última Cena y el verdadero y real en el Calvario, sino que en ella Jesús se ofrece además como alimento, haciendo así posible lo que Él mismo había anticipado después de la milagrosa multiplicación de los panes: “Yo soy el pan de vida... les aseguro que si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su sangre no habrá vida en ustedes”. Los presentes no creyeron en sus palabras y por ello lo abandonaron.
Quizás también los cristianos de hoy y de siempre, influenciados muchas veces por sus dudas o por el peso de sus pecados, no creen ni participan de las celebraciones eucarísticas y mucho menos, se alimentan de Jesús resucitado bajo esas apariencias tan sencillas de pan y vino. En esta situación, se impone un cambio de manera de vivir, sellándolo con el sacramento de la reconciliación.
Las lecturas de la liturgia de la Palabra de la fiesta de hoy centran su mirada sobre el misterio de la Eucaristía como el sacrificio de la Nueva Alianza; pero también nos recuerdan que es el alimento de los cristianos que, como viático divino, fortalece el caminar de quienes viven reconciliados con el Dios del amor.
Además, su presencia escondida y misteriosa en el sagrario es una invitación permanente a la adoración de tan inconmensurable don, sin embargo, nunca debemos olvidar que la Eucaristía es fundamentalmente para ser ofrecida en el sacrificio de la misa y para ser recibida en la comunión. Esta participación nos asegura nuestra unión con Jesús resucitado y con nuestros hermanos, impulsándonos a ser cada día más solidarios con aquellos que necesitan nuestra ayuda generosa.


Domingo 25 de Junio
“B”-Domingo 12o

Mc 4,35-41 . Primera: Job 38,1,8-11; Salmo 107; Segunda: II Co 5,14-17;
“El huracán y la barca”

Hoy soplan vientos contrarios para la fe y para la vida de la Iglesia; pero es una buena prueba para despertar de la mediocridad y superficialidad a tantos creyentes. Unos se desalientan otros se escandalizan y hay quien pretende amainar la tempestad por sus propios medios. Yahvé salva a Job de la tempestad de la duda mostrándose como el Señor del mar y del universo (1ª lectura). Jesús increpa a los vientos y estos le obedecen, pero reprocha a los discípulos su cobardía y poca fe (Evangelio). ¿Cuál es nuestra actitud cuando sentimos que nos hundimos? El que no es de Cristo valora a las personas y las circunstancias con criterios humanos; pero el que vive con Cristo es criatura nueva, sabiendo que Él murió y resucitó por todos. (2ª lectura)
1) ¿Quién puede dormir en la tormenta? La escena nocturna de doce hombres encorvados sobre sus remos, que luchan hasta el límite de sus fuerzas contra el furor de la naturaleza, nos hacen ver la gravedad del momento. Pero su simbolismo va más allá de la narración. La tormenta es imagen de las persecuciones que sufre la Iglesia y las luchas que cada alma tiene que librar contra las tentaciones y dificultades. Pequeñas y grandes tempestades: inquietudes, proyectos que no llegan a realizarse, dificultades en las relaciones con los demás, desgracias inesperadas. Puede sobrevenir la duda de que Dios se ha olvidado de nosotros; que “Jesús duerme”. Entonces nuestra fe comienza a vacilar y llega la desesperación. Pero podemos preguntarnos: ¿Con qué ojos vemos los acontecimientos de nuestra vida? ¿Con los de la fe, con los de la mentalidad que nos rodea, o con los de nuestro propio orgullo? “Cada vez que Cristo se duerme en la barca de nuestra vida, se desencadena la tempestad con todas las fuerzas del viento”. (San Pedro Crisólogo) ¿No será nuestra falta de fe que interpreta las adversidades como una conjura de todas las fuerzas naturales y sobrenaturales contra nosotros? Algunas situaciones nos llegan con tal violencia que humanamente parecen insoportables, pero entonces ¿Con cuánta fe hacemos oración como los apóstoles: “Señor, sálvanos que perecemos”?
2) ¿Qué milagros esperamos? Los milagros entusiasmaban a nuestros mayores y sus creencias se basaban en estas pruebas irrebatibles de la omnipotencia de Dios. Sin embargo Jesús se muestra renuente a dar pruebas. Los milagros que realizó, los hizo casi a disgusto, por piedad, por bondad, en secreto, recomendando silencio, sintiendo siempre que corría el riesgo de distraer la atención de otras cosas más importantes que quería revelar. Los judíos exigían señales en el cielo, el aplastamiento de los enemigos, la dominación universal. Nosotros también queremos milagros y estaríamos tranquilos con esa fácil solución. ¿Cuáles serían los motivos por los que Jesús seguía dormido en la tormenta? ¿No era acaso Él, el dueño del viento y de las aguas? El primer motivo de esta negativa es que una religión de milagros pondría a Dios al servicio de nuestros intereses y de nuestros caprichos. El papel de la religión es ayudarnos a despegarnos del mundo; pero las curaciones que esperamos, los éxitos temporales, el alivio en los sufrimientos harían que nos apegáramos más a esta vida que algún día tenemos que dejar. “Vosotros me seguís, decía Jesús, porque habéis comido pan y os habéis saciado”. El segundo motivo es que Jesús sabía que los milagros que realizaba sobre las cosas, distraían la atención sobre su persona. Las almas sinceras descubrían al Mesías a través de sus palabras, sus gestos, sus miradas. Las almas groseras y superficiales no se interesaban más que por los resultados obtenidos. El tercer motivo, el más importante es que el milagro físico es una revelación de poder. Pero Jesús no quería revelar de Dios más que el amor. El milagro que realizaba a través de los milagros era el de la revelación del amor de Dios hasta el punto de entregar a su Hijo único para salvar al mundo. Este milagro no lo entendemos cuando reclamamos: “Sálvanos que perecemos”. Jesús está ahí como dormido, tranquilo, silencioso, paciente. El motivo de nuestra fe está en ponernos en contacto real con aquel que está ahí dormido. Debemos ser capaces de creer en Él sin necesitar otros milagros que no sean el de su amor. En otras palabras: No buscar los milagros del Señor, sino al Señor de los milagros.
3)¿Morir de miedo o vivir de fe? “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. Este reproche nos sorprende, cuando creíamos que esa reacción ante el peligro era signo de confianza. Todos acudimos al Señor cuando nos sentimos amenazados por un mal. Jesús reprende lo que nosotros hubiéramos alabado. El nos revela que la oración de los apóstoles era, en realidad, una oración desconfiada, de inquietud, de duda, Si Él estaba allí no tenían nada que temer. No se puede perecer en compañía de Jesús porque Él puede salvarnos, aún durmiendo. Nos da miedo tomar en serio nuestra vida; es más fácil “instalarse y seguir tirando” sin atreverse a afrontar el sentido de la existencia. ¡Cuántos retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad cuando descubren las exigencias y luchas de cada día! Pero no se puede vivir a la deriva. Deberíamos escuchar con sinceridad las palabras de Jesús: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. El miedo es el mayor enemigo de las personas, de la familia, de las comunidades. El miedo ha hecho mucho daño en la Iglesia porque paraliza, impide la creatividad, la aventura evangélica. Alguien ha dicho atinadamente: “Hay que tenerle miedo al miedo”. El mayor pecado contra la fe es la cobardía; no nos atrevemos a tomar en serio todo lo que el Evangelio significa. Ballet hablaba de “la herejía disfrazada” de los que defienden el cristianismo, incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del Evangelio. A veces parece que Jesús duerme; son las noches de la fe. Es el silencio desgarrador y desesperante del Señor. También Jesús sufrió esa noche con respecto al Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27,46) Este es el momento culminante de la fe, cuando a pesar de que nos envuelven las tinieblas confiamos en Él. Es el momento de la fe desnuda.
Para llevarlo a la vida: Haz una lista de tus “tormentas personales”. No te creas más débil o más pecador que los demás; más bien recuerda que “Él hace llover y salir el sol sobre buenos y malos” (Mt. 5,45) y que Él murió por todos. Sabemos que va en nuestra barca y nos dice: “Atrévete, llevas dentro de ti una reserva de energías divinas. Yo estaré contigo hasta el fin del mundo”. Tener fe es ser audaz y valiente y rezar con Santa. Teresa: “Nada te turbe, nada te espante… Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.  


Domingo 02 de Julio
DOMINGO 13ºB

Mc 5,21-24.35b-43 (Lecturas: Sab 1,12-15; 2,23-24 y 2Cor 8,7-9.13-15) 
Señor, creo, pero aumenta mi fe...


La figura mesiánica y la divinidad de ese hombre que recorría las ciudades de Palestina anunciando una nueva relación con Dios, llamándolo Padre y confirmando sus enseñanzas con milagros es el centro la meditación de este domingo.
San Marcos a lo largo de su Evangelio, nos va descubriendo a Jesús en pasos sucesivos, para que también nosotros lleguemos a confesar nuestra fe como lo hizo el centurión al pie de la cruz: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Y para que lo consigamos, nos muestras sus milagros, auténticas revelaciones divinas. Una ellas, en el texto inmediatamente anterior a estos milagros y que realmente sorprendió a los discípulos, fue cuando el Maestro, con su autoridad divina, calma la tempestad que amenazaba hundir la barca en que navegaban.
Hoy hace un paso más en la revelación ya que nos muestra a Jesús que no sólo domina con su poder a los elementos naturales, sino a la misma muerte.
Nos prepara para entender mejor el relato evangélico, la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría. En ella el autor nos recuerda una verdad que en circunstancias dolorosas, a veces nos cuesta admitir: Dios no quiere la muerte del hombre. Al contrario, Dios lo creó para vivir. Pero el hombre con el pecado desencadenó el dolor y la muerte. El dolor, la muerte y el miedo al más allá no estaban previstos en los planes de Dios. El hombre los introdujo con la su desobediencia y con su orgullo.
Esa realidad cotidiana, aparece con toda su crudeza en la página del Evangelio de hoy: una mujer enferma y una niña muere. Pero el Evangelio nos muestra también que Dios tiene dominio sobre ellos: con su poderío sana a la mujer y resucita a la niña. Una victoria total y un gesto inconfundible de su omnipotencia divina.
Ante a estos milagros, advertimos inmediatamente el mensaje que el evangelista quiere transmitir a sus primeros lectores y a cada uno de nosotros: ante todo fundamenta la divinidad de Jesús, demostrando con hechos contundentes, que Él tiene poder sobre la muerte. Aún más, quiere hacernos advertir que Él es la resurrección y la vida. En otras palabras, así como puede curar a una enferma y calmar las tempestades, puede también devolvernos la vida y llevarnos a la gloria eterna. Con estos milagros, nos dice también que si creemos, la conseguiremos; pero si no creemos, no seremos capaces de merecer la vida gloriosa.
Ahora bien, si todavía nuestra fe es débil y vacilante; si no tenemos la luminosa vivencia de la fe, digámosle todos los días al Señor: "Creo, Señor, pero ayúdame a superar mi incredulidad" y para lograrlo, tratemos de valernos de la oración, recordando que cuanto más oremos más creeremos y cuanto más creeremos, mejor será nuestra plegaria.


Domingo 09 de Julio
14º DOMINGO “B”

Mc 6,1-6 (Lecturas: Ezequiel 2,2-5 y 2Cor 2,7-10)
Te basta mi gracia

Este domingo nuestro punto de partida para nuestra reflexión será la segunda lectura, tomada de la segunda carta de san Pablo a los cristianos de Corinto. En realidad, no tiene ninguna conexión con la primera lectura ni con el Evangelio. Es por sí misma una meditación. Pablo nos habla de una espina que lo molesta, que le causa problemas, que lo pone en dificultades... ¿De qué se trata?
Algunos estudiosos de la sagrada escritura, suponen una enfermedad de la vista que le impedía ver bien, moverse con independencia. Una enfermedad contagiosa contraída durante los viajes... Otros, basados en sus escritos, piensan que se trataba de un problema con los judaizantes, en particular, con la Iglesia de Jerusalén, quienes insistían en imponer la circuncisión, como condición indispensable para entrar en el Reino de Dios. Hay también unos terceros que suponen que Pablo sentía dificultades para mantenerse célibe.
Hoy, lo más prudente es aceptar que no sabemos con seguridad en qué consistía ese aguijón. En todos los casos, era algo que le causaba dificultades para llevar a cabo su misión apostólica como él pretendía.
Lo importante para nuestra meditación es que Pablo reconoce y acepta su debilidad y la sabe convertir en una experiencia de maduración humana y de paciencia espiritual. Esa es la verdadera lección que debemos aprender. Porque en realidad, todas las personas sufren su propia "espina", dentro o afuera de ellos. La mayor parte de las veces dentro de ellos, que podría identificarse con una limitación en la personalidad (demasiado tímidos) o un carácter no tan bueno o una inteligencia no tan brillante o un vicio que adquirido y que no puede dominar, como por ejemplo el alcoholismo o un pecado personal que se repite demasiadas veces.
Para nuestro caso, lo que menos importa es el nombre. Lo definitivo, es la huella que deja en nosotros la debilidad humana y que nos pone ante la alternativa: aceptarla y combatirla serenamente o dejar que se convierta en una fuente de rebeldía, de resentimiento, de inquietud, de angustia.
Por eso tenemos que grabar muy profundamente en nuestro espíritu la respuesta que da Jesús a las repetidas súplicas del apóstol: "Te basta mi gracia". En otras palabras, Jesús le dice al apóstol que tenga la certeza de que su amor, su presencia, su ayuda no le faltará en el momento necesario. La certeza de la ayuda del Señor tiene que darle la tranquilidad y seguridad de que vencerá las pruebas. Por eso san Pablo puede exclamar que se siente sereno en su debilidad. Es decir, a pesar de las pruebas y las dificultades, se siente acompañado y asistido por la gracia. Así, lo que sucede con Pablo debe suceder con nosotros, sentirnos asistidos por la gracia de Dios.


Domingo 16 de Julio

Mc 6,7-13 (Lecturas: Amós 7,12-15 y Efesios 1,3-14)
De dos en dos...

La liturgia de la palabra de hoy nos invita a revivir y actualizar el sacramento del bautismo y, a partir de esa toma de consciencia, a llevar a la práctica la vocación cristiana que convoca a ser misioneros, apóstoles, hombres empeñados seriamente en el anuncio del Evangelio.
Es claro que el cristiano no puede limitarse a cumplir con el Evangelio de una manera aislada. Todo lo contrario, debe vivirlo para anunciarlo, para que todos las personas que lo rodean descubran a Dios, su amor y su misericordia. Por eso, en un momento histórico como éste, en que la mayoría de las personas se preocupan sólo en disfrutar, gozar y pasarla bien, es muy importante detenerse a meditar la Palabra de Dios que exige a todos unirse a la evangelización.
El clima lo prepara la lectura de un episodio de la vida del profeta Amós, un simple campesino llamado por Dios a ser su mensajero. En este episodio, el profeta choca con el sacerdote del templo de Betel, el centro litúrgico del reino del Norte. Al sacerdote no le causa ninguna gracia ver al profeta en su templo. Posiblemente, porque alteraba la paz de la concurrencia y quizás le espantaba la clientela con frases como ésta: “Dios quiere menos holocaustos y más autenticidad en la vida, más honestidad, más amor al prójimo”.
Este incidente revela mucha tensión entre Amós y el sacerdote; pero en síntesis conviene subrayar que el profeta, aquel que anuncia la verdad y llama a un cambio de vida, siempre encontrará dificultades.
Todos temen al cambio y aunque no lo admitan fácilmente, todos son conservadores y prefieren seguir viviendo en la rutina, en el egoísmo, en el pecado. ¿Para qué cambiar si se está bien? Generalmente no existe la capacidad para admitir que cambiando se puede estar mejor... Por eso, los profetas y los misioneros nunca son bien recibidos. Molestan.
No obstante esta realidad, en el Evangelio de hoy, Jesús envía a sus apóstoles a una misión clara y contundente: anunciar que para encontrarse con Dios y reconciliarse con Él, es necesario un cambio de vida. Y para esta misión los instruye dándoles normas prácticas: Los envía de dos en dos, para que en la dura misión se apoyen mutuamente en los momentos de cansancio, de desaliento; para que compartan las alegrías y las tristezas, los éxitos y los fracasos y les pide que vayan con lo indispensable. Basta un bastón para apoyarse y defenderse y unas sandalias para caminar por los caminos pedregosos. En una palabra, lo quiere ligeros de equipaje.
Para nosotros que leemos y reflexionamos este Evangelio hoy, es muy importante que tengamos en cuenta estas recomendaciones de Jesús, para que no pensemos que el éxito de una misión apostólica dependerá de los medios que se utilicen, aunque no hay ni que ignorarlos ni despreciarlos. Jesús enseña que el éxito de la misión depende la unión del misionero con el Maestro, de la actitud valiente ante la realidad pecaminosa, de la autenticidad del misionero, de su testimonio y de la gracia de Dios que elige y salva.
Hoy, en el año 2000, durante este Gran Jubileo, la Iglesia en general y en especial la Iglesia de Buenos Aires, nos llama a ser misioneros... Aceptemos el desafío y el llamado de la gracia y
para que la misión tenga el éxito que esperamos, no olvidemos las recomendaciones del Evangelio y, en modo especial, anunciar a Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, resucitado, que nos llama a seguirlo, cambiando de vida.


Domingo 23 de Julio

Mc 6,30-34 (Lecturas: Jeremías 23,1-6 y Efesios 2,3-18)
Los ejemplos arrastran

Es conocido aquel refrán que sostiene que las palabras vuelan mientras que los ejemplos arrastran. Así de contundente es la liturgia de la palabra de hoy para marcar la responsabilidad de aquellas personas que tienen la misión de guiar, de enseñar, de conducir y 
de educar a quienes se le ha confiado.
Así lo afirma la primera lectura, donde con términos muy duros, el profeta Jeremías acusa y condena a los conductores del pueblo judío, sacerdotes y rey, que con sus palabras y sus actos llevaron al pueblo de Dios a la apostasía y, como consecuencia de ella, a su destrucción como nación, cuando las tropas persas, después de un penoso sitio, tomaron Jerusalén y la destruyeron, asesinando a los hombres más importantes e influyentes del país y llevando cautivos Babilonia a la mayoría de la población.
Hoy, cuando leemos esta página de la Sagrada Escritura, nos damos cuenta que esas advertencias del profeta están dirigidas a cada uno de nosotros, los responsables de la vida de la Iglesia. Sin embargo, también deberán asumirlas todas aquellas personas que tienen la obligación de administrar el bien común de la nación. En este caso no es necesario entrar en detalles, basta tener presente lo que todos los días nos informan los medios de comunicación.
Obviamente, que en lo que se refiere a la Iglesia, los pastores tienen una enorme responsabilidad de su buen funcionamiento y en su espíritu de servicio, pero también es cierto que esta responsabilidad está compartida con todos los “formadores”, en modo especial, los padres de familia. Es decir, aquellos “pastores” tanto religiosos como los civiles, que deben dar el ejemplo en la vida de la Iglesia. En definitiva, la responsabilidad compete a todas aquellas personas, --hombres o mujeres-- que tienen la responsabilidad de educar, caminado adelante para indicar el camino que conduce a la salvación tomada en el más amplio sentido de la palabra.
No obstante este cuadro no tan consolador, en la liturgia hay un mensaje de esperanza: la profecía de Jeremías no se reduce sólo a una severa advertencia a los líderes de su pueblo, sino que les promete, en nombre de Dios, que llegará el día en que hará crecer un retoño de David que reinará con sabiduría y practicará el derecho y la justicia en el gobierno de su reino. Nosotros hoy sabemos muy bien que esa promesa se cumplió en Jesús. Es decir, Dios mismo se encarnó en la virgen María hace dos mil años y hoy vemos en la lectura del Evangelio que nuevamente se presenta como el Buen Pastor, como aquel que reunirá a su pueblo en una nueva “nación”, en una nueva comunidad que es la Iglesia, llamada a conducir a todos los hombres a la salvación. Esa es nuestra Iglesia donde cada miembro de la comunidad eclesial tiene un rol específico y sabe que caminando tras las huellas del Buen Pastor llegará a la santidad y a gozar con Él la felicidad eterna.


Domingo 30 de Julio
DOMINGO 17º - B

Juan 6,1-15 (Lecturas: 2Reyes 4,42-44 y Efesios 4,1-6)
La humanidad espera el alimento del Señor


Con este domingo iniciamos la reflexión sobre una de las cuestiones centrales de la vida cristiana: la eucaristía, un tema que se irá repitiéndose y profundizándose a lo largo de los domingos sucesivos, excepto el próximo en que celebraremos la Transfiguración del Señor. Para ello se suspenderemos la lectura continuada del Evangelio de Marcos, para escuchar el denso relato del milagro de la multiplicación de los panes, típico del estilo literario de san Juan.
El alimento espiritual no es privativo del Nuevo Testamento. Todo lo contrario. La necesidad y la realidad de un alimento espiritual para el creyente, están sintetizada en el versículo central del salmo de hoy. "Tú abres las manos, Señor, y sacias el hambre de los vivientes". Esta profesión de fe del salmista tendría que ser la invocación de todos los cristianos llamados y reunidos en el banquete eucarístico.
Si bien el alimento material constituye una necesidad irrenunciable para el hombre, todos sabemos, porque seguramente los hemos experimentado, que no basta. El ser humano tiene el hambre espiritual y sólo la comunión de vida con Dios, puede saciar esa hambre y apagar las aspiraciones profundas del corazón. A esa hambre y a esa necesidad, responden los textos bíblicos de hoy.
La multiplicación de los panes realizada por el profeta Eliseo, que narra la primera lectura, prefigura la abundancia de tiempo mesiánico: es el anuncio de lo que sucedería en el tiempo de Jesús y de la Iglesia. Desde ese punto de vista, el Evangelio ilumina, ayuda a conocer y a descubrir la figura misteriosa de Jesús a través de la eucaristía. En efecto, Jesús, en la plenitud de los tiempos, aparece como el nuevo Moisés, quien lleva a cabo el verdadero Éxodo, alimentando al pueblo de Dios, no sólo con un alimento material, como era el "maná" sino con “un pan bajado del cielo”; la Palabra del Padre hecha hombre que, en la eucaristía, se transforma en sacramento de comunión, en un alimento viviente y que da la vida eterna.
Estas breves consideraciones ya nos permite descubrir la importancia que tenía este milagro en la Iglesia primitiva, que, inmediatamente lo relacionó con la Cena Eucarística del Jueves Santo. De esa manera el milagro de la multiplicación de los panes anuncia la Cena Pascual del Jueves Santo y anticipa del sacrificio de Jesús sobre el Calvario: Jesús instituyendo la Eucaristía, el día antes de su muerte, ofrecía místicamente a la humanidad, su cuerpo en el pan y su sangre en el vino que repartió a sus discípulos mientras comían.
Hoy nosotros, mientras recordamos este misterio, preguntémonos si en ese Jesús que multiplica los panes, logramos ver al Maestro que debe guiarnos y a quien debemos seguir. Y preguntémonos también, si sentimos hambre y estamos convencidos de la necesidad de alimentarnos con el pan celestial. Esa inquietud debe llevarnos a revisar la manera de vivir nuestras Eucaristías y cómo las preparamos; a preguntarnos, además, si las celebraciones dominicales son para nosotros un verdadero alimento espiritual: Palabra de Dios que ilumina; Eucaristía que alimenta... y no sólo el mero cumplimiento del tercer mandamiento. De las respuestas que demos a estas preguntas, depende nuestra situación espiritual.


Domingo 06 de Agosto
Transfiguración del Señor

Mc 9,2-10 (Lecturas: Dan 7,9-10 y 2Ped 1,16-19)
Jesús, el Mesías 

El relato de la transfiguración de Jesús transmitido por el evangelista san Marcos y seguramente escuchado de san Pedro, responde a la pregunta que subyace en todo el segundo evangelio: ¿Quién es Jesús? Es el mismo interrogante que formulado de otra manera, surge después de calmada la tempestad: 
¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?
La respuesta aparece en el milagro – teofanía de la transfiguración, en el silencio de la cumbre del monte, donde se habían retirado a orar: Jesús es el Hijo de Dios, el Sirvo de Yavé, el Mesías, el Profeta a quien hay que seguir.
Además, la narración quiere hacer comprender a los lectores que la verdadera gloria de Jesús se manifestará en su plenitud, en el momento de su pasión, muerte y resurrección. De hecho, “transfigurarse” significa manifestar su íntima y secreta personalidad y es allí donde Jesús se presenta con toda su fuerza, venciendo el poder de las tinieblas.
Sin duda que en el momento en que la nube, símbolo de la divinidad, cubre a los presentes, Jesús revela a sus discípulos estupefactos, el misterioso esplendor del Mesías y del Hijo de Dios que, en un acto de amor infinito, asumía voluntariamente el plan de salvación anunciado ya en el Antiguo Testamento y representado en ese momento por Moisés y Elías; pero era como una confidencia particularizada y personal a los tres discípulos predilectos.
Es importante tener en cuenta también que al concluir la teofanía, san Marcos subraya que los discípulos, al levantar la vista estaban solos con Jesús, dando a entender de esa manera que de allí en más no eran necesarios otros mensajeros: Jesús era la manifestación plena de Dios, el enviado por el Padre para salvar a los hombres con su inmolación en la cruz y su resurrección gloriosa, fuente de esperanza de la humanidad. Así se cumplían las promesas y los pactos sellados con los Patriarcas, con Moisés y con todo el pueblo elegido. En definitiva, un nuevo gesto de amor y misericordia de Dios que sale una vez más con los bazos abiertos al encuentro del hombre que lo busca sinceramente.
Vista desde nuestra perspectiva y con la experiencia de más de veinte siglos, el milagro que recuerda la fiesta de hoy, continúa enviándonos el mismo mensaje liberador: Jesús es el único Salvador, el único Mesías y el único Profeta que nos guía a la salvación. Si bien la idea parece clara, no siempre fue así ya que recorriendo la historia del mundo encontramos a muchos personajes que pretendieron ocupar el lugar del Jesús, y quizás sin proponérselo, combatieron a Dios y a su Iglesia, a veces con violencia otras sutilmente. Las persecuciones y los cismas siguen latentes; pero quienes siguiendo el ejemplo de Pedro, Santiago y Juan, supieron descubrir que Jesús es el Mesías, hoy caminan seguros al encuentro del Padre celestial.


Domingo 13 de Agosto
DOMINGO 19º, Ciclo B

Jn 6,41-51 (Lecturas: 1Reyes 19,4-8 y Efesios 4,30 – 5,2
La eucaristía, fuerza para continuar el camino

La liturgia de la palabra de hoy insiste sobre el tema de la Eucaristía; pero esta vez subrayando su valor como alimento indispensable 
para caminar con esperanza por el camino de la vida.
La primera lectura, tomada del Libro primero de los Reyes, nos presenta al profeta Elías, cansado y decepcionado después de la lucha contra los sacerdotes de Baal, quienes apoyados por Jezabel, querían imponer la idolatría pagana en el Reino del Norte.
Esta situación de Elías refleja una parte importante de la vida de los hombres. ¿Quién no se ha sentido cansado alguna vez como Elías? ¿Quién no se ha prometido a sí mismo no comenzar nuevos proyectos? ¿Quién, alguna vez, cansado, no sintió la necesidad de quedarse sentado y dejar las cosas como están?
Cansado de predicar la fidelidad a la Alianza, no encuentra en su pueblo comprensión ni ayuda. Se siente solo y abandonado en el momento de la persecución. Pero Dios lo conforta y lo alimenta con un pan milagroso que le da la fuerza para seguir caminando hasta subir al monte Horeb y allí, en la soledad y el silencio, encontrarse personalmente con Dios en un encuentro que nos hace añorar el silencio de la vida contemplativa. Además, nos pone 
en la dirección exacta para leer y meditar el Evangelio de hoy.
Jesús les había dicho a los judíos: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y ante esta categórica afirmación, los judíos no pueden menos que preguntarse, cómo es posible que Jesús, siendo hombre y de quien ellos conocían el origen, diga que Él es pan bajado del cielo. Comprendamos que no es una objeción caprichosa, sino muy seria. Ellos lo conocían como al hijo del carpintero...
Ante esta objeción, Jesús no le responde directamente. Más bien agrega una afirmación no muy clara: "No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre". Ésa es la clave de la solución. No se puede entender la vida sobrenatural si no creemos; si Dios no nos da la fe; si no nos atrae.
Los judíos vivían y pensaban, como era lógico, según criterios del Antiguo Testamento. 
Creían que toda la relación con Dios acababa en los sacrificios y en los actos externos...
No advertían que para entender el mensaje de Jesús, había que aceptarlo con los ojos de la fe; como el Hijo de Dios. Sólo de esta manera podemos y debemos aceptar que Jesús, no sólo nos enseña a caminar hacia el Padre, sino también se ofrece como “pan bajado del cielo”. Pensemos también que la misma objeción de los judíos, se la hicieron las primeras comunidades cristianas a quienes el evangelista san Juan dirige este Evangelio y fue repitiéndose a lo largo de la historia, con otros nombres y por otros motivos. Para una respuesta correcta, siempre fue necesario la fe.
Hoy sucede lo mismo: Si queremos superar los momentos de cansancio y desaliento, tendremos que aumentar nuestra fe y alimentarnos del pan celestial, como Elías y crecer en la esperanza. Si queremos continuar en el camino de la ascensión hacia la cumbre de la santidad, tenemos que vivir la Eucaristía. Debemos sentir necesidad de ella. Creer en Jesús alimento, significará tener el coraje de volver a recorrer todos los días 
el sendero del servicio a los hermanos, de la solidaridad, del amor.


Domingo 20 de Agosto
VIGÉSIMO DOMINGO Ciclo "B"

Jn 6,51-58 (Lecturas: Proverbios 9,1-6 y Efesios 5,15-20)
Celebrar la Eucaristía, es participar de un banquete.
..
Hace ya varios domingos que la liturgia de la palabra nos ofrece para nuestra reflexión, el capítulo VI de san Juan, donde el evangelista desarrolla ampliamente su teología eucarística, recordándonos las palabras de Jesús, la fe y las vivencias de las primeras comunidades cristianas, que ya sufrían no sólo persecuciones del poder imperial, sino los embates de las primeras herejías.
Para nuestra reflexión, es importante que recordemos algunos hechos que ya hemos meditado los domingos anteriores: a) El tema comienza con la multiplicación de los panes y de los pescados. Un milagro típicamente mesiánico, prometido por los profetas, en los momentos difíciles del pueblo hebreo. b) Ante el entusiasmo de la multitud, Jesús les recuerda el "maná", como el símbolo del alimento que les iba a dar el Mesías... c) A continuación --lo vimos el domingo pasado--, 
les dice que Él es el "maná" bajado del cielo.
Y hoy, ante el estupor y la incredulidad del auditorio, les asegura que quien no se alimente con su cuerpo y de su sangre, no tendrá vida eterna... Palabras incomprensibles para los judíos que tenían absolutamente prohibidos los sacrificios humanos.
Como se advierte, todo el discurso y la argumentación de Jesús fue "in crescendo" y el auditorio, está cada vez más asombrado e incrédulo.
Hoy, quizás este discurso de Jesús no nos sorprenda tanto. Estamos acostumbrados a escuchar estas palabras desde nuestra infancia y por eso, 
probablemente, es una rutina más.
Pero la liturgia nos llama a reflexionar reiteradamente sobre este tema para que captemos y comprendamos, no el misterio, porque como tal es incomprensible, sino las consecuencias prácticas que surgen de él. Lo primero que podemos subrayar es que no hay celebración eucarística eficaz, sin una participación activa. Es decir, venimos al templo no sólo para cumplir con el tercer mandamiento que nos llama a santificar las fiestas, sino a alimentarnos con la Palabra de Dios y compartir del Banquete Eucarístico como les exige Jesús a sus compatriotas en el Evangelio que acabamos de escuchar. Esta participación produce sus frutos si se parte de un acto de fe: no es pan y vino que “simbolizan” el cuerpo y la sangre de Cristo, sino Cristo mismo, bajo las apariencias de pan y vino. Se trata de un alimento que, como tal, sólo pueden recibirlo los están vivos; quienes tienen la vida de la gracia. De lo contrario, como escribe el apóstol Pablo en su primera carta a la comunidad de Corinto, comen su propia condenación. De allí la necesidad de estar preparados y estar en gracia de Dios para participar del Banquete Eucarístico.
Si realmente nos alimentamos con el cuerpo de Cristo bien preparados, no podemos no sentir ansias de Dios; no podemos no experimentar su amor, su misericordia y obrar en consecuencia. Por lo tanto, tratemos de leer y meditar a menudo este capítulo del Evangelio. Cada vez que lo hagamos, descubriremos nuevas riquezas y será, seguramente, el punto de partida de un cambio de mentalidad. Si lo hacemos, ya estamos caminando hacia la santidad...


Domingo 27 de Agosto
DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO Ciclo B

Jn 6,60-69 (Lecturas: Josué 24,1-2.15-18 y Efesios 5,21-32)
¿A quién quieren servir?

La pregunta del título nos enfrenta a las grandes opciones de la vida. Nos exige, con toda franqueza y dureza: "Elijan a quién quieren servir..."
Vimos en la primera lectura, cómo Josué, el sucesor de Moisés en la conducción de su pueblo, en circunstancias cruciales, cuando intentaba establecerse en la tierra prometida, en medio de un pueblo de idólatras, se decidió, junto con su familia, servir incondicionalmente al Dios de la Alianza e invitó al pueblo a definirse siguiendo su ejemplo.
Por otra parte, no son menos dramáticas y cruciales las circunstancias a las que se refiere la página del Evangelio de hoy donde nos encontramos con la conclusión del capítulo VI de san Juan que venimos meditando durante estos últimos domingos.
En este capítulo VI en que el evangelista recuerda el discurso sobre el pan de Vida, Jesús clarificó su misión entre los hombres, delante la multitud que lo seguía. Él era el Mesías, el salvador, el enviado del Padre, pero no un jefe militar o político como ellos esperaban...
Hoy escuchamos las reacciones de los oyentes y, concretamente, de los seguidores más próximos al Maestro, sus discípulos. Muchos lo abandonaron ante la dureza de la propuesta de Jesús. Otros optaron por quedarse.
Si bien ése es el hecho histórico, tengamos presente también, que no es sólo la reacción de los discípulos, sino también la reacción de diversos grupos cristianos de los primeros tiempos y las reacciones de ciertos cristianos de todos los tiempos. Por lo tanto, se trató de una manifestación exterior, de una falta de fe que ya existía en algunos de los seguidores de Jesús más cercanos y en algunas comunidades cristianas de los primeros tiempos, que no habían conocido personalmente a Jesús. Para algunos discípulos, el discurso sobre el pan de vida que sigue a la multiplicación de los panes y los pescados, fue sólo el detonador, el pretexto inmediato para abandonar a Jesús. Los que lo discuten hoy, ya hacía mucho tiempo que no creían.
Este acontecimiento nos lleva a una conclusión que a veces nos cuesta aceptar: No se abandona a Dios por éste o aquel misterio o capítulo discutido de las enseñanzas de la Iglesia. El manifestar que no se está de acuerdo con esa enseñanza o ese misterio, refleja otros desacuerdos más profundos. Refleja una falta de fe mucho más radical. En realidad, si se tiene fe en Jesús, en Dios, es imposible no sobrellevar ciertos escándalos o ciertas doctrinas que nos incomodan.
Por todo esto, el Evangelio de hoy, es una ocasión estupenda para reflexionar sobre nuestra realidad eclesial a nivel sacerdotal y a nivel laical: En un tiempo como el nuestro, en que se discute sobre temas tan comprometedores como la indisolubilidad del matrimonio, el aborto y el control ilícito de la natalidad, o otras cuestiones sociales y políticas, el cristiano no puede quedar indiferente. Debe hacer una opción clara y sin medias tintas. Sin embargo, ninguno de estos temas son tan importantes que puedan poner en crisis nuestro ministerio sacerdotal o nuestra pertenencia a la Iglesia. Si así fuera, es que ya no se cree. Por eso hoy, seamos sinceros, crudamente sinceros y preguntémonos cuál es nuestra fe real en Dios y partir de esa respuesta, comencemos a trabajar. Quizás hoy es el día en que debamos reafirmar nuestra opción fundamental. Como la de Josué.


Domingo 03 de Setiembre
VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO Ciclo "B"

Mc 7,1-8.14-15.21-23 (Lecturas: Deuterenomio 4,1-2.6-8 y Santiago 117-18.21-22.27)
La ley hay que vivirla


¿Cuál es nuestra actitud ante a la ley? Nos pone en clima para la respuesta, la primera lectura de hoy, tomada del libro del Deuteronomio. Para ello, nos recuerda que los mandamientos de Dios son normas básicas de sabiduría y prudencia. En efecto, son las normas indispensables para la convivencia humana y para vivir reconciliados con Dios. El autor sagrado, además de recordar estos preceptos, destaca las dos cualidades que distinguieron al pueblo de Israel de los otros pueblos. Primero, la presencia particular de Dios en su historia que los acompañaba en su camino y luego, sus justos mandamientos. Estas dos afirmaciones ya nos permiten una reflexión: la consciencia de Dios, sin los mandamientos, transforma a la religión en un en puro sentimiento. En algo subjetivo, que se practica de acuerdo a las conveniencias inmediatas. Pero también hay que tener en cuenta, que los mandamientos sin Dios, convierten a la religión en ritos sin alma, en legalismos sin vida.
En el equilibrio está la sabiduría, la vida, la verdadera religión y la santidad. Más allá de las leyes, está la conciencia, que, cuando es recta, no tropieza ni con el legalismo ni con es subjetivismo. Vive su relación con Dios y con el prójimo, de una manera auténtica, sin subterfugios ni escapismos. Precisamente de este equilibrio nos habla el Evangelio de hoy. En un primer momento, nos muestra el enfrentamiento entre la religión ritual y la religión espiritual. Para comprender la diferencia que existe entre una y otra, recordemos el transfondo histórico que lo provoca: En un principio estos ritos purificatorios estaban prescriptos sólo para los sacerdotes de la Antigua Alianza. Luego pasaron a ser ritos de purificación general, convirtiendo a cada comida, en una comida ritual y, finalmente, los fariseos lo llevaron a la exageración, desvirtuando de esa manera, un rito auténtico, cargado de sentido espiritual, en un ritualismo estéril y complicado.
Por esa actitud, puramente exterior, Jesús los condena llamándolos hipócritas, falsos, sin alma. Su hipocresía consistía precisamente, en la falta de concordancia entre su apariencia de santidad externa y su santificación interior.
Y ese es también hoy nuestro peligro. Corremos el riesgo de ocuparnos sólo de ritos externos. Sacramentos, misas, comuniones, oraciones, sin preocuparnos por cambiar nuestra vida personal, nuestra relación con Dios, nuestra relación con la comunidad y con nuestro prójimo. Ese peligro se hace realidad cuando convertimos nuestra religión en un culto de puertas adentro del templo, sin preocuparnos de la vida de afuera, de nuestra relación cotidiana con lo que acostumbramos a llamar "mundo". Jesús condenó esa actitud de los fariseos como hipócrita. Por eso, a la pregunta que le hacen, responde de una manera muy dura: "Nada de lo que entra en el hombre puede hacerlo impuro". La malicia está adentro, en nuestros pensamientos, en nuestras intenciones, excluyendo a Dios de nuestro proyecto de vida, viviendo en la realidad como si no creyéramos. Es importante que hoy nos preguntemos si la vida ritual, sacramental, influye, determina, guía nuestra vida personal y nuestra comunicación con el prójimo. Si influye, agradezcamos a Dios, porque estamos en buen camino.


Domingo 10 de Setiembre
Domingo 23º - B -

Mc 7,31-37 (Lecturas: Is 35,4-7 y Santiago 2,1-5)
ÁBRETE

La liturgia de la palabra de hoy, tanto en su primera lectura como en el Evangelio, gira en torno al milagro en que Jesús cura a un sordomudo.
Este milagro, por sus características, nos sorprende un poco: Jesús esta vez se atiene a los ritos y elementos de curación usados por los médicos de la antigüedad. Es decir, Jesús se presenta como un gran médico. En la antigüedad se atribuía a la saliva efectos curativos, particularmente en la enfermedad de los ojos.
Tengamos en cuenta también que las palabras de Jesús no se refieren sólo a los órganos enfermos, a los sentidos particulares, sino a toda la persona.
Según la convicción judía, era toda la persona que estaba enferma y no sólo un órgano determinado. Por lo tanto, era toda la persona que debía ser curada. Por eso el "Ábrete" de Jesús se refiere a toda la persona.
1.- Visto de esta manera, el milagro de Jesús, lo primero que pretendió, como parece obvio, fue la curación real del enfermo y no simbólica. En realidad, no puede ser de otra manera, porque Jesús siempre se mostró muy sensible para descubrir las necesidades corporales y siempre tuvo la voluntad de remediarla. En este caso se trataba de un pobre hombre, que por su condición de sordomudo estaba marginado de las alegrías de la vida social y comunitaria, debido a su comunicación reducida y elemental.
2.- Pero al mismo tiempo, al realizar este milagro, Jesús cumplía las profecías mesiánicas, como hemos visto en la primera lectura, donde Isaías anuncia que el Mesías curaría a los ciegos, a los sordos y a los mudos. De esa manera, este milagro se convierte en un signo que debía hacer descubrir a los judíos que ese hombre llamado Jesús, era el Mesías.
3.- Finalmente, y sin restar importancia a los dos primeros aspectos del milagro, hay que subrayar un tercer aspecto: El simbólico. Jesús no dice ábranse los oídos, los labios, la lengua, los ojos. Jesús dice "Ábrete".
Pide la apertura de toda la persona humana: los oídos, los ojos, la lengua, el corazón, la razón a la gracia de Dios, para cambiar totalmente la vida y comenzar una nueva, entrando a participar en el Reino de Dios.
Por eso es significativo que los gestos y las palabras de este milagro pasaron a formar parte del rito del primero y fundamental 
sacramento del cristiano, el del bautismo.
Con el bautismo, el cristiano se abre a la luz de la Palabra de Dios, a la gracia, a la oración, a la generosidad, a la solidaridad.
Hoy mientras reflexionamos sobre este milagro, tenemos de recordar y actualizar nuestro bautismo, donde Jesús, por boca del sacerdote, 
nos llamó a abrirnos a la vida cristiana.
Lo que pudo haber sucedido a lo largo de los años, es que nos fuimos cerrando hasta volvernos impermeables a la gracia y a nuestros hermanos. En esa situación, ya no podemos ni oír, ni hablar, ni escuchar. Quedamos incomunicados con Dios y con los hombres.


Domingo 17 de Setiembre
DOMINGO 24º CICLO "B"

Mt 8,27-35 (Lecturas: Is 50,5-9a y Santiago 9,30-37)
El Mesías y su abrazo a la cruz

San Marcos, a medida que va desarrollando su Evangelio, clarifica también la figura del Mesías y lo va presentado con sus verdaderas características. Si bien Jesús se manifiesta como un profeta diferente, en ningún momento se proclama: “yo soy el Mesías”, sino que deja que los acontecimientos lo revelen paulatinamente. Por eso parece normal que en un determinado momento de su misión se detenga y pregunte a sus apóstoles ¿Qué dice la gente que soy yo?
Tomando como medida las respuestas de los Apóstoles descubrimos que, en general, habían captado bien el mensaje: Jesús no era un hombre cualquiera, sino un enviado por Dios. Ellos y Pedro en especial, lo habían descubierto con mucha exactitud: Era el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
No obstante este acto de fe guiado por la gracia, ninguno de ellos había cambiado la figura del Mesías que habían acunado desde la infancia y mucho menos sus equivocadas esperanzas. Tenía que ser un rey liberador y triunfador, por eso no lo aceptaban padeciendo y, mucho menos, cargando la cruz. Esto indica que no habían sabido leer correctamente el pasaje de Isaías, (leído en la primera lectura de hoy), donde refiriéndose al Mesías, el profeta lo describe como al Siervo Doliente, viviendo el primer Viernes Santo de la historia.
Esa lectura equivocada de las profecías de Isaías no les permitió a los Apóstoles descubrir el verdadero rostro del Mesías sino después de su muerte y resurrección. Allí está su mérito y el de todas las generaciones sucesivas; aceptar que Jesús, para cumplir su plan salvífico, debía abrazar la cruz y darnos una lección de amor sellada por el sufrimiento.
Leyéndolo desde esta perspectiva, el Evangelio de hoy nos permite una reflexión muy actual respecto al dolor y el sufrimiento. Todos sabemos que el sufrimiento fue siempre un problema para el hombre. Y más todavía para el creyente.
Conocemos muchas quejas del A. Testamento en la que los judíos piadosos se preguntaban por qué sufren los niños, los inocentes; por qué el dolor y no encontraron la respuesta adecuada.
Jesús con la aceptación voluntaria de la cruz, nos enseña que el dolor y el sufrimiento tienen en sí, cuando se lo acepta como camino de Dios, una fuerza redentora. San Pablo en esa misma línea de pensamiento, escribe en una de sus cartas que "sine effusionen sanguinem, non fit remitio". Es decir, sin el dolor, sin el padecimiento voluntariamente aceptado, no es posible la redención.
Por otra parte, el mal es una realidad (o al menos una parte de la realidad) causada la mayor parte de las veces por el hombre y hay que aceptarlo, redimirlo, convertirlo en un camino que conduce a la santidad. Jesús lo ha dicho con toda claridad, "El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue su cruz y me siga". Por eso el sufrimiento aceptado, no es una maldición, sí el signo del seguimiento de Cristo.
De todas maneras, esto no significa que tendremos que ser masoquistas y buscar el dolor por el dolor mismo. Todo lo contrario. Lo que tenemos que hacer es no renegar de nuestras cruces, sino abrazarlas con valentía y con coraje, para que nos ayuden a estar más cerca de Dios.


Domingo 24 de Setiembre
DOMINGO 25º Ciclo "B"

Mc 9,30-37 (Lecturas: Sabiduría 2,12.17-20 y Santiago 3,16-4.3)
Como niños...

El orgullo y la soberbia, temas no muy atractivos y que parecen olvidados en nuestras vidas, son el centro de esta liturgia de la Palabra que nos llama a combatirlos cultivando la virtud de la humildad.
El autor del Libro de la Sabiduría, en la primera lectura, pinta una situación que, a pesar del tiempo transcurrido, continúa manifestándose en nuestro mundo contemporáneo. La honestidad, la rectitud, la religiosidad más que adhesiones, la mayoría de las veces provocan hostilidad, rechazo, ira y persecución. Pareciera que lo que no se consigue alcanzar se denigra o se desprecia o se combate para justificar de esa manera su propia maldad. Ejemplos hay a raudales. Recuerden a los profetas. Los del Antiguo Testamento y los de todos los tiempos. Perseguidos y asesinados. La historia, como en otros temas, también aquí se repite...
Por su parte, el párrafo de la Carta del apóstol Santiago que leímos hoy, trata de encontrar una justificación a ese absurdo proceder. Santiago afirma que en la base del accionar y del obrar de los justos está la iluminación divina y sobrenatural proveniente del Espíritu Santo; mientras que los malos y los impíos se dejan conducir por la sabiduría terrena, diabólica, carnal que no puede producir más que rencor, odio, y persecución. Para Santiago no hay otra alternativa: o se está dominados por las pasiones o se vive bajo el efecto de la luz divina proveniente del Espíritu Santo. Los frutos de cada situación aparecen en el obrar humano y son totalmente opuestos.
El Evangelio de hoy amplía aún más el tema de las dos primeras lecturas. Jesús nos recuerda otro comportamiento humano que nos permite ver aún más profundamente, el origen de los desórdenes morales y de las buenas acciones: nos habla de la soberbia y del orgullo y nos invita a cultivar la virtud de la humildad para llevar una vida serena y santa dentro de la comunidad cristiana.
Los malvados persiguen, matan, maltratan porque no toleran que haya personas que con sus vidas cuestionen su comportamiento. Pero aunque algunas veces no se llega a verdaderas tragedias, hay que admitir que la voluntad de dominar y de sobresalir es la causa de los litigios, de las guerras, de la intolerancia y de la persecución que sufrieron y sufren los buenos.
Jesús hoy nos enseña que para llegar a ser los primeros, es necesario considerarse los últimos y ponerse en el último escalón de la escala comunitaria. De esa manera se humaniza y santifica la convivencia humana.
Hay que admitir, sin embargo, que la humildad es una virtud rara. Muy rara. Además, apenas se advierte que se la tiene, ya desapareció. Sin embargo, junto con el amor, es la ley fundamental para vivir juntos. Una comunidad familiar o parroquial no es imaginable sin esta virtud. Recordemos, cuando se domina al egoísmo nace la virtud de la humildad. Y allí comienza el amor.


Domingo 01 de Octubre
DOMINGO 26º Ciclo "B"

Mc 9,38-43.45.47-48 (lecturas: Números 11,25-29 y Santiago 5,1-6)
Nadie tiene la exclusividad de Dios

En el Evangelio de hoy encontramos resumidos varios "dichos de Jesús". Sin embargo, para no ser tan extensos y guiados por la primera lecturas tomada del Libro de los Números, trataremos de centrar nuestra reflexión sobre esta enseñanza siempre muy actual: nadie tiene la exclusividad sobre Dios; aún más, a Dios no se lo puede ni se deja privatizar. Una enseñanza que como vimos en la primera lectura, ya estaba presente en el Antiguo Testamento.
Nos recuerda la lectura del Libro de los Números leída hoy que Dios, en su infinita libertad, había infundido el espíritu profético sobre setenta ancianos que, junto con Moisés, habían comenzado a profetizar. Sin embargo, sobre otros dos ancianos que no estaban en la tienda también descendió el Espíritu Santo y también ellos se pusieron a profetizar. Al enterarse, Josué les quiso impedir, pero Moisés lo reprendió: "Ojalá todos profetizaran".
Este acontecimiento nos ayuda a comprender mejor el Evangelio de hoy, donde con otros nombres, pero en circunstancias semejantes, se repiten los hechos. Esta vez, son personas que no siguen a Jesús, quizás discípulos de Juan el Bautista, 
quienes en nombre de Jesús expulsan demonios y curan milagrosamente.
Los discípulos, encabezados por Juan, protestan y le exigen a Jesús que les prohiba ejercer ese ministerio, porque quieren tener ellos la exclusividad. La respuesta de Jesús es terminante: "Quién no está contra mí, está a favor mío..."
Nuevamente la enseñanza se repite. Nadie tiene la exclusividad de Dios, ni los discípulos más allegados al Señor. El espíritu de Dios sopla dónde y cuándo quiere: sobre el rico y el pobre; sobre el inculto y sobre el intelectual, sobre el hombre y la mujer, adentro y afuera de las instituciones.
Lo importante, subraya el Evangelio en los varios ejemplos, es "obrar en su nombre". 
Dios no privilegia a nadie, más bien, se abre a todos los que quieran recibirlo.
Estas consideraciones nos permiten también una reflexión sobre un vicio que está relacionado con lo anterior, aunque a primera vista no lo parezca. Nos permite reflexionar sobre la envidia: Josué tiene envidia porque dos personas que no son de su grupo profetizan; el apóstol san Juan siente envidia porque alguien que no es discípulo de Jesús y no camina con ellos, exorciza y cura. Ambos sienten envidia por el poder y el conocimiento que posen otros que no están en sus grupos. Lo más penoso es cuando a la envidia se camufla de virtud. Algunas veces aparece como celo apostólico, otras como justicia o como firmeza y hasta lo increíble, como caridad. Aparece en el trabajo, en la enseñanza y en todo lo que permite sobresalir.
La ausencia de la envidia es un signo de grandeza de alma y nos acerca a la condición de los santos, que son totalmente transparentes por el amor de Dios. Por eso hoy, mientras reflexionamos sobre estos temas, pidamos a Dios que nos abra los ojos para que podamos ver las buenas condiciones de quienes nos rodean. También en aquellos que no piensan como nosotros.


Domingo 08 de Octubre
Domingo 27º – B –

Mc 10,2-16 (Lecturas: Génesis 2,18-24 y Hebreos 2,9-11)

Hoy nos encontramos con un asunto de máxima actualidad: el divorcio y todas sus consecuencias. Un problema muy actual en tiempos de Moisés, en tiempos de Jesús, y en tiempo de las primeras comunidades cristianas, en el nacimiento mismo de la Iglesia. Y lo sigue siendo hoy, porque es una realidad que toca muy de cerca la vida de cada persona.
Por eso, hoy, tomemos nuestra posición... Y para ello, veamos qué nos dice la liturgia de la Palabra que acabamos de escuchar.
La primera lectura, extraída del libro del Génesis, después del relato de la creación en general y del hombre y de la mujer en particular, finaliza: “Por eso el hombre abandonará al padre y a la madre y se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne”. Con esta afirmación, el autor sagrado, inspirado por Dios, pone las bases del vínculo familiar, en la naturaleza misma del ser humano.
La liturgia de la palabra doctrina dura, muchas veces difícil de vivir, pero revelada por Dios, a la que todos los bautizados, si querían ser fieles a sus enseñanzas del Maestro debían adherir firmemente.
Así lo predicó Jesús y luego la Iglesia. Para Jesús y para la Iglesia la unidad y la perpetuidad del vínculo matrimonial pertenecen a la naturaleza misma del matrimonio: Dios los creó hombre y mujer, para que una vez sellado ese pacto de amor, con su palabra y el sacramento, permanezcan unidos para siempre y se complementen, ayudándose mutuamente para llegar a la santificación y a la vida eterna.
Sin embargo, y no obstante la claridad de la doctrina evangélica, surgen algunas preguntas. Por ejemplo: ¿Cuándo ya no es posible la convivencia o cuándo no es posible la complementariedad, qué se puede hacer? Dos preguntas que reflejan un divorcio real, ya que como se sabe, e
xisten al menos dos tipos de divorcios:
-- El jurídico, al que como cristianos no podemos aceptar.
-- Y el del corazón. Éste es más común de lo que creemos entre los católicos. En este caso, los esposos viven bajo un mismo techo --salvando de esta manera las apariencias--, pero en la realidad, existe una dolorosa separación, donde ya no se comparte nada. Ni las alegrías ni las penas, donde no se intenta siquiera una reconciliación. Es la tumba de muchos matrimonios, de la fidelidad y del amor. Esta situación y las preguntas que nos hemos planteado anteriormente son realmente serias. Las realidades dolorosas que expresan también son muy serias. Sin embargo, el compromiso cristiano, asumido libremente por los esposos debe mantenerse si se quiere ser fiel a la palabra empeñada ante Dios y los hombres. No se puede asumir una actitud contra nuestra fe y nuestro compromiso cristiano. La Iglesia sabe que es una doctrina difícil de aceptar; pero sabe también que ella no la puede cambiar si quiere permanecer fiel a su misión de guiar e iluminar el caminar del hombre sobre esta tierra.
Pidamos hoy la gracia para mantenernos fieles a la palabra empeñada. Y pidamos también por aquellos novios que se preparan al matrimonio, para que su “sí” sea definitivo. Que en su preparación descubran que al matrimonio se llega cuando se ama sinceramente a la persona con quien se proyecta vivir a una vida en común que lleve a la santificación.


Domingo 15 de Octubre
DOMINGO 28º - Ciclo "B"

Mc 10,17-30 (Lecturas: Sabiduría 7,7-11; Hebreos 4,13-13) 

Sin ídolos
Hoy la Palabra de Dios nos cuestiona tremendamente a sacerdotes, religiosos y laicos sin distinción. Nos enfrenta con las riquezas, una peligrosa realidad para la salvación. ¿Y quién puede afirmar, sinceramente, que no siente algún apego al dinero, a los bienes terrenales, y más precisamente, a las comodidades y el poder que confieren?
La primera lectura nos prepara haciéndonos meditar y comprender que la mayor riqueza, el mejor tesoro, es adquirir una sabiduría que nos permita establecer una escala de valores que nos conduzcan a la salvación. Y esa escala comienza rechazando cualquier compromiso que nos domine, con cualquier ídolo que nos llame a venerarlo y que nos ate en la vida.
La página del Evangelio, por su parte, nos indica, nos marca, nos alerta contra el ídolo más peligroso y más sutil que puede encandilar al hombre. Se trata como es claro, de las riquezas. Para mostrarnos su peligrosidad, nos relata un ejemplo en el que el protagonista es un joven bueno. Una persona que siendo rica, cumple exactamente con todos los mandamientos. En otras palabras, es un buen cristiano...
Jesús -- y aquí está el núcleo de la cuestión --, no se conforma que los cristianos seamos sólo buenos, a Jesús le interesa que seamos perfectos, como nuestro Padre celestial. Y éste es un llamado universal, como todo el Evangelio, a todos los hombres y mujeres, y no sólo para sacerdotes y religiosos.
En este momento, cada uno de nosotros sabe cuál es la atadura que le impide despegarse de la tierra y volar decididamente hacia la santidad. El problema central, aunque nos cueste admitirlo y no sea muy agradable decirlo, es nuestro apego a las riquezas, a la comodidad, al poder, 
por más camuflado que aparezca.
Nadie se ha vuelto popular recordando este tema. A san Francisco de Asís y a santa Clara, dos enamorados de la Dama Pobreza, hoy los admiramos y lo veneramos, pero en su tiempo, la mayoría de sus amigos sentían compasión de ellos. Y hoy mismo, alguien todavía sonreirá con sorna a leer estas líneas...
Y cuánta razón tenía Jesús cuando afirma con cierto desconsuelo: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de los Cielos!” Porque se ha comprobado que este problema ha sido a lo largo de la historia, la puerta más estrecha para toda la Iglesia, sacerdotes, religiosos y laicos.
Reconozcamos hoy, con profunda humildad, que es el ojo de la aguja que nos cuesta pasar.
Por eso, no nos quedemos en las puertas de la santidad; en las puertas de la verdadera fraternidad, de la verdadera libertad interior, de la verdadera sabiduría de vida y del verdadero amor. Convenzámonos, que para seguir a Jesús, para caminar decididamente detrás de él, poniendo nuestros pies en sus huellas, no basta cumplir con los mandamientos, sino que hay que liberarnos de todos los ídolos, comenzando por el de las riquezas.


Domingo 22 de Octubre
DOMINGO 30ª DURANTE EL AÑO Ciclo "B"

Mc 10,46-52 (Lecturas: Jeremías 31,7-9 y Hebreos 5,1-6) 
Amemos, para que nos crean

La palabra de Dios de este domingo, nos cuestiona y nos llama a examinarnos sobre la compasión, un tema que quizás tengamos poco olvidado.
Quizás pensemos, como muchos, que los hombres fuertes no sienten compasión. Y es verdad. Sólo los hombres duros e insensibles no sienten compasión. En cambio, la persona sensible, humana, que no mide su vida por el éxito material, se enternece ante el sufrimiento del ser humano y busca de aliviarlo.
Pero, para que la compasión tenga ese toque cristiano inconfundible, es necesario que ese sentimiento parta de nuestro interior, que se comunique de alguna manera con el que sufre y remedie la situación: esa compasión se transforma en solidaridad, misericordia y en remedio al mal. 
Y esa es la actitud de Jesús ante el ciego de nacimiento.
Cuando Jesús escucha a Bartimeo; cuando oye su oración - su grito -, lo hace levantar y acercarse, al menos por tres razones: un sufrimiento que remediar, una fe a la que responder y un discípulo que ganar. Y Jesús realiza las tres cosas con amor infinito. ¿Qué significa este milagro de Jesús?
Primeramente, Jesús realiza una obra de misericordia. Nos da el ejemplo de cómo tenemos que acudir hacia el hombre que sufre. Con el milagro integra a un marginado a la sociedad y a la vida y le permite compartir, con toda su familia, las alegrías de la vida.
Más allá de cualquier tipo de valorización espiritual, este milagro nos lleva a cultivar nuestra sensibilidad humana para detectar el mal, ver el sufrimiento que nos rodea y tratar de remediarlo.
Otro aspecto que tendremos que destacar de este milagro es la fe de Bartimeo en Jesús. (No veía con los ojos del cuerpo, pero veía con los del espíritu). Y más que preguntarnos hoy si tenemos fe en Jesús, preguntémonos más bien, si los demás tienen fe en nosotros. Sería un test muy importante y que pintaría cabalmente al verdadero cristiano: ¿Cuándo los hombres tiene fe en nosotros? Nos creerán cuando a lo largo de la vida 
descubran que nuestras obras son el resultado de nuestro amor.
Los hombres, en general, no tienen fe en el sabio que mira desde arriba, en el poderoso que hace sentir su poder, en el inteligente que cree que desde su soledad puede solucionar todos los problemas, sino en el que ama aunque le cueste la vida y a veces, el honor. Cuando se descubre que es una persona que ama y que concretiza ese amor en obras, a esa persona se le cree. Se le tiene fe. Por eso a Jesús le creemos. Su muerte en la cruz es el testimonio más sublime. De más esta decir que esa es la senda a seguir...
Hay muchos que no le encuentran sentido a sus vidas porque nadie los ama. Y ese es un mal tan grande como la ceguera, porque los lleva a la soledad, 
a la marginación, al dolor.
Si llegáramos a amar a esas personas, que a veces están a nuestro lado, las recuperaríamos para la sociedad, para la Iglesia, para la comunidad. Habremos hecho una gran obra de caridad. Y habremos, seguramente conquistado, recuperado, un discípulo para Jesús.
Pidamos al Señor, que quienes nos rodean y comparten nuestra vida cotidiana, descubran en nosotros una persona que ama.


Domingo 29 de Octubre
 DOMINGO 30ª DURANTE EL AÑO Ciclo "B"

Mc 10,46-52 (Lecturas: Jeremías 31,7-9 y Hebreos 5,1-
Amemos, para que nos crean

La palabra de Dios de este domingo, nos cuestiona y nos llama a examinarnos sobre la compasión, un tema que quizás tengamos poco olvidado.
Quizás pensemos, como muchos, que los hombres fuertes no sienten compasión. Y es verdad. Sólo los hombres duros e insensibles no sienten compasión. En cambio, la persona sensible, humana, que no mide su vida por el éxito material, se enternece ante el sufrimiento del ser humano y busca de aliviarlo.
Pero, para que la compasión tenga ese toque cristiano inconfundible, es necesario que ese sentimiento parta de nuestro interior, que se comunique de alguna manera con el que sufre y remedie la situación: esa compasión se transforma en solidaridad, misericordia y en remedio al mal. Y esa es la actitud de Jesús ante el ciego de nacimiento.
Cuando Jesús escucha a Bartimeo; cuando oye su oración - su grito -, lo hace levantar y acercarse, al menos por tres razones: un sufrimiento que remediar, una fe a la que responder y un discípulo que ganar. Y Jesús realiza las tres cosas con amor infinito. ¿Qué significa este milagro de Jesús?
Primeramente, Jesús realiza una obra de misericordia. Nos da el ejemplo de cómo tenemos que acudir hacia el hombre que sufre. Con el milagro integra a un marginado a la sociedad y a la vida y le permite compartir, con toda su familia, las alegrías de la vida.
Más allá de cualquier tipo de valorización espiritual, este milagro nos lleva a cultivar nuestra sensibilidad humana para detectar el mal, ver el sufrimiento que nos rodea y tratar de remediarlo.
Otro aspecto que tendremos que destacar de este milagro es la fe de Bartimeo en Jesús. (No veía con los ojos del cuerpo, pero veía con los del espíritu). Y más que preguntarnos hoy si tenemos fe en Jesús, preguntémonos más bien, si los demás tienen fe en nosotros. Sería un test muy importante y que pintaría cabalmente al verdadero cristiano: ¿Cuándo los hombres tiene fe en nosotros? Nos creerán cuando a lo largo de la vida descubran que nuestras obras son el resultado de nuestro amor.
Los hombres, en general, no tienen fe en el sabio que mira desde arriba, en el poderoso que hace sentir su poder, en el inteligente que cree que desde su soledad puede solucionar todos los problemas, sino en el que ama aunque le cueste la vida y a veces, el honor. Cuando se descubre que es una persona que ama y que concretiza ese amor en obras, a esa persona se le cree. Se le tiene fe. Por eso a Jesús le creemos. Su muerte en la cruz es el testimonio más sublime. De más esta decir que esa es la senda a seguir...
Hay muchos que no le encuentran sentido a sus vidas porque nadie los ama. Y ese es un mal tan grande como la ceguera, porque los lleva a la soledad, a la marginación, al dolor.
Si llegáramos a amar a esas personas, que a veces están a nuestro lado, las recuperaríamos para la sociedad, para la Iglesia, para la comunidad. Habremos hecho una gran obra de caridad. Y habremos, seguramente conquistado, recuperado, un discípulo para Jesús.
Pidamos al Señor, que quienes nos rodean y comparten nuestra vida cotidiana, descubran en nosotros una persona que ama.


Domingo 05  de Noviembre
DOMINGO 31º DURANTE EL AÑOSCiclo "B"

Mc 12,28-34 -
Siempre me ha parecido interesante que cuando nos revisamos en cuanto el cumplimiento de los mandamientos, los jóvenes generalmente inician por el sexto, los adultos por el cuarto, los niños por el séptimo, en fin cada uno por alguno que les da más problemas. Sin embargo, hoy Jesús nos hace ver que no hay un mandamiento más importante que el primero, y vemos como muy pocas veces lo revisamos... y claro, mucho menos nos confesamos de él. Jesús es claro cuando dice que no hay un mandamiento más importante que este, pues quien realmente ama a Dios con toda su mente, con todas sus fuerzas y con todo su corazón, no se daría a pecar. De manera que la mayoría de nuestras faltas obedecen a esta falta de amor a Dios. Y es que todos decimos amar a Dios y por eso no lo consideramos. Esto, hasta cierto punto es cierto, sin embargo, ¿podrías decir que lo amas con toda tu mente, que es decir pensar en todo momento en él... que El sea el centro de todos tus pensamientos? O ¿podrías decir que lo amas con todas tus fuerzas, de manera que aun en los momentos en los que ya estás cansado, como si fuera el último aliento, buscarías honrarlo y hacerlo honrar de los demás? O quizás ¿podrías decir que lo amas con todo tu corazón en donde reside la voluntad, de manera que siempre escogerías lo que más gloria le diera? Si somos honesto tendremos que decir que no es así. De manera que manos a la obra. Busquemos, de ahora en adelante, en nuestro examen de conciencia, también tener presente el primer mandamiento... esto nos ayudará a 
abrir más nuestro corazón a Dios.
Como María, todo por Jesús y para Jesús


Domingo 12 de Noviembre
DOMINGO 32º - Ciclo "B"

Mc 12,38-44 (Lecturas: 1Rey 17,10-16 y Hebreos 9,,24-28) 
Dar, dar de sí, darse.
..
Hoy la reflexionar cae sobre dos temas que nos cuestionan y que nos obligan a un profundo examen de consciencia respecto a nuestro c
omportamiento cristiano: nos habla de la vanidad y de la generosidad.
La primera parte del Evangelio describe la actitud de la mayoría de los escribas y fariseos contemporáneos a Jesús: practicaban la religión, leían las escrituras, las estudiaban y las enseñaban para mostrarse en público como hombres sabios y piadosos. Pero en realidad, esas prácticas y esos estudios no los llevaban a un compromiso personal con Dios y con el prójimo. Aún más, se aprovechaban de sus conocimientos para sacar ventajas materiales y llegaban hasta a engañar a los pobres y a los débiles para robarles sus bienes. Jesús, con amargura y dolor, comenta que le robaban a las viudas...
Nosotros seguramente no lleguemos a tanto. Pero es probable que nos guste aparentar como personas piadosas, cultas, para que nos vean; pero en realidad, nuestro compromiso cristiano es más bien superficial. Nos quedamos en las apariencias. Y las apariencias no bastan.
El otro tema, el de la generosidad, es aún más comprometedor. Porque va a las bases mismas de nuestro compromiso cristiano y de nuestra fe. Toca a los bienes terrenales a los que estamos tan apegados.
Jesús nos dice hoy, en síntesis, que no importa la cifra del cheque que regalamos, sino nuestra generosidad y nuestro desprendimiento. Aún más, no basta dar cosas, dinero, sino darse uno mismo.
Y esta reflexión parte de la limosna que el pueblo se acerca a ofrecer en el templo y que Jesús y sus discípulos están observando. Probablemente, la consideración de Jesús es la respuesta a algún comentario eufórico de algunos de sus discípulos que se asombraban ante las grandes sumas que algunos judíos ricos depositaban en el cofre, por vanidad o por hacerse ver.
En cambio, la viuda, sinónimo de pobreza en la Biblia, en tiempo de Jesús y tantas veces en nuestro tiempo también, con esas dos monedas entrega la vida. A partir de ese momento no le queda más que la fe y la confianza en la providencia. Sabe que su vida está en las manos de Dios y en ese acto de depositar apenas unas monedas, se entrega a sí misma a la voluntad de Dios. Había comprendido, sin conocerla, la fuerza de la petición del Padrenuestro: "Danos hoy el pan que nos servirá de alimento" porque sabía que mañana seguiría actuando la providencia. Y ella estaba en las manos de Dios.
Este gesto generoso de la viuda no nos puede dejar tranquilos. Pone en tela de juicio nuestro desprendimiento. Por eso preguntémonos seriamente: ¿Sabemos dar, sin buscar con ello la recompensa de la aprobación de quienes conocen nuestra generosidad? ¿Sabemos dar aunque nos cueste sacrificio? ¿O damos sólo lo que nos sobra? ¿Nuestra confianza en la providencia nos permite vivir en la esperanza, sabiendo que estamos en las 
manos de Dios o nos aseguramos el futuro de cualquier manera?
Estas preguntas exigen una respuesta sincera y de acuerdo a ella podemos evaluar nuestro compromiso con Dios y con nuestro prójimo.


Domingo 19 de Noviembre
 DOMINGO 33º - “B”

Mc 13,24-32 (Lecturas: Dn 12,1-3 y Heb 10,11-14.18)
Mis palabras no pasarán...

Este es el último domingo de los llamados "ordinarios" o “durante el año” y tiene como tema el fin de la historia, el fin del 
mundo con la rendición de cuentas correspondiente y la presencia definitiva del Señor.
Nos introduce en el tema la primera lectura, tomada del libro del profeta Daniel. En ella se describe el final de la historia y la resurrección de la vida. De una manera profética - apocalíptica, nos señala también el destino final de los pueblos y de los hombres. Afirma concretamente 
que habrá salvación definitiva para unos y condena para otros.
El Evangelio es un conjunto de ideas relacionadas también con el fin del mundo y con el fin de la historia; pero subraya de la segunda 
venida de Jesús y la vigilancia en la espera de su regreso triunfante.
El relato, como la primera lectura, usa un estilo "apocalíptico", con grandes imágenes cósmicas. Un estilo muy usado por los escritores judíos. Pero ¿qué expresan esas imágenes? Se pueden subrayar, al menos tres ideas fundamentales que están a la base de esas descripciones:
La primera es el final de la historia, del mundo y de la vida. Este mundo en que vivimos, tan agitado y belicoso, quedará en silencio. Eso es lo que significa escuetamente: "el sol se hará tinieblas, la luna no dará resplandor, las estrellas caerán del cielo".
En efecto será así. En el momento que desaparezca el hombre de la tierra ni el sol brilla, ni la luna da resplandor, ni las estrellas están arriba, porque el arriba y el abajo, el brillo y la oscuridad son dimensiones humanas que desaparecerán junto con el hombre.
Sin embargo, el fin de la historia --y ésta es la segunda idea--, no supone de ninguna manera, la "muerte de Dios". Todo lo contrario, es el momento de la plena revelación de Dios. Se hace presente y patente en el silencio del mundo, para reunir a sus elegidos. Es el momento del juicio, de la evaluación
 del comportamiento del hombre, el momento de la rendición de cuentas.
Esto supone que los actos de los hombres no son indiferentes para Dios, como tampoco es indiferente a Dios la historia humana. Dios es eterno, por eso puede esperar, porque llegará el momento en que cada uno ocupará el lugar que supo ganarse.
Para ejemplificar esta idea, recordemos a los árboles en invierno. Perecen que son todos iguales, sin hojas, como sin vida; pero cuando llega la primavera, los que están vivos, florecen; los muertos continúan secos. Lo mismo sucederá con los hombres, mientras vivimos, 
parecemos todos iguales, pero en el momento del juicio...
En tercer lugar, la fecha de los acontecimientos profetizados es imprevista e imprevisible. El Evangelio dice, genéricamente, "en aquellos días". Aunque a continuación precisa: "os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla". Seguramente, esta afirmación es posterior y revela las ansias que tenía la Iglesia primitiva, atormentada por las persecuciones, que el Señor regresase a poner justicia en un mundo cruel.
La conclusión a la que debemos llegar a partir de estas afirmaciones es que tenemos que estar preparados, esperando el regreso del Señor activamente: es decir, cumpliendo los mandamientos, amándonos los unos a los otros, solidarios, compasivos, misericordiosos. Seremos juzgados de acuerdo a esta medida. Seremos juzgados en el amor, dice san Juan de la Cruz.


Domingo 26 de Noviembre
Cristo Rey - Ciclo "B"

Jn 18,33-37 (Lecturas: Daniel 7,13-14 y Apocalipsis 1,5-8) 
Un reino diferente

Celebramos hoy, en este último domingo del año litúrgico, la fiesta de Cristo Rey. Una fiesta instituida por el Papa Pío XI, 
en 1925, con la Encíclica... para celebrar la gloria, el triunfo y el poder del Señor Resucitado. 
(Recordemos que la década de ‘20 es el auge de las monarquías y por ello 
la Iglesia instituye esta celebración para contrarrestar esas ideas).
Esta fiesta es la coronación de las otras celebradas en honor a Jesucristo, especialmente de aquellas que conmemoraran s
u glorificación, tales como Epifanía, Resurrección y Ascensión.
Todas las lecturas bíblicas de hoy destacan los distintos aspectos de la realeza del Señor. En síntesis, nos dicen que Cristo es el Señor, el Rey y el Juez. Pero su reino es distinto, diferente. Para comprender mejor ese reino distinto y espiritual de Cristo, conviene remontarnos a ideas del Antiguo Testamento.
Allí vemos que Dios era el rey y el Pastor de su pueblo, Israel, anticipando lo que sería el Mesías para la Iglesia, el pueblo de Dios en que Cristo es su pastor, su rey, su sacerdote y su profeta. Sin embargo, su reino no es de este mundo ni es un poderío material, sino espiritual. Si bien no es un reino común, sin embargo es un reino que está entre nosotros. Es ese pueblo que camina hacia la salvación; ese pueblo que crece con los bautizados y que todos los domingos se reúne para celebrar la Eucaristía, donde se proclama la gloria del Señor resucitado hasta que Él vuelva.
Precisamente, en esta celebración, en el prefacio, esa oración que une la liturgia de la Palabra con la liturgia Eucarística, nos encontramos con una definición muy clara y precisa de ese reino. Allí se reza que es “un reino de paz, de justicia, de verdad y de amor".
La expresión: “Un reino de paz” significa que los miembros de este reino no sólo viven amándose como hermanos, sino que están reconciliados con el Rey. Viven estrechamente unidos por la gracia. Participan de esa manera de la misma vida divina, comparten la misma vida del Rey.
La afirmación que es “Un reino de justicia”, nos asegura que todos tendrán un mismo premio: verán a Dios en un encuentro personal, brillante, indescriptible y donde todos serán coronados de gloria.
Cuando dice que es “Un reino de verdad”, sostiene que allí no puede haber doblez, ni hipocresía, sino profesión de la autenticidad como única moneda circulante.
Y cuando concluye que es “Un reino de amor”, nos recuerda el párrafo del Evangelio de hoy, donde hablando precisamente del juicio final, anuncia categóricamente que todos los miembros de ese reino serán juzgados por sus gestos concretos de amor, si alimentaron al hambriento, si vistieron al desnudo... si socorrieron al necesitado... quienes así lo hicieron serán premiados por el Rey, Señor del universo.
Al rey de este pueblo, los cristianos le deben el honor y la gloria. Honor y gloria que no se dan sólo con palabras, sino con la vida, cumpliendo con su carta magna, el mandamiento del amor; las bienaventuranzas, las obras de misericordia.
Una existencia auténticamente cristiana es la única manera de honrar a nuestro Rey, que sin ser de este mundo, rige con sabiduría y amor, el destino de todos los hombres para que lo busquen, lo encuentren y se salven.


Domingo 10 de Diciembre
2º DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo C

Lc 3,1-6 (Lecturas:Baruc 5,1-9 y Filip 1,4-6.8-11)
Caminando hacia el Señor

Las tres lecturas de la liturgia de la Palabra de este domingo, nos invitan a meditar y a vivir bien preparados este tiempo de Adviento hasta encontrarnos con Jesús niño, el próximo 25 de diciembre y con Cristo Resucitado, al final de los tiempos.
En efecto, la primera lectura, anuncia con alegría, que Dios le está preparando a su Pueblo, exilado en Babilonia, una nueva realidad: una nueva Jerusalén que los recibirá con los brazos abiertos a la que, desde nuestra perspectiva histórica, identificamos con la Iglesia, la ciudad de la gracia y la misericordia. Y en la segunda lectura, Pablo escribiendo a los cristianos de la ciudad griega de Filipos, los exhorta a prepararse para el día del Señor. El Apóstol entiende "el día del Señor", como la segunda venida. Por eso los estimula porque quiere que el Señor los encuentre puros e irreprochables.
No obstante la riqueza de las dos primeras lecturas, hoy trataremos de centrar nuestra reflexión sobre la página del Evangelio de san Lucas. Un texto clásico, muy conocido y muy rico en enseñanzas. Tratemos de aprovecharlo.
San Lucas, llevado por su instinto de narrador, se interesa por encuadrar los inicios de la predicación de Juan el bautista, en un momento preciso de la historia civil de su tiempo. Es el único evangelista que se preocupa por establecer una relación entre la historia humana y el inicio de la predicación del Reino de Dios.
Con esto parecería decirnos que desde ahora, la historia profana y la historia de la salvación caminan juntas. Juan Bautista no es un profeta más que anuncia la llegada del Mesías, sino el último de los profetas, porque Jesús, el esperado, ya está caminado entre su pueblo. La salvación ha llegado. Y su presencia no sólo no puede pasar desapercibida, sino que exige una respuesta decidida y sin medias tintas.
La reacción del hombre a este acontecimiento salvador tendrá que ser una profunda convicción y disposición al cambio interior, que san Lucas llama con el término griego "metanoia" y que nosotros traducimos con la palabra "conversión", derivada del latín que significa etimológicamente "cambio de dirección" y sus afines, cambiar la manera de pensar y de vivir.
Por otra parte, san Lucas, poniendo en los labios de Juan Bautista las palabras del Profeta Isaías nos indica que para recibir a Jesús, a su reino y a su mensaje, es necesario preparar el camino con un trabajo interior profundo. Si no enderezamos lo que está torcido, si no aplanamos el camino, si no sensibilizamos nuestro espíritu, no veremos aparecer el reino de Dios, porque Dios necesita nuestro cambio para manifestarse, necesita una puerta para entrar. Y nosotros necesitamos luz para ver, disponibilidad para recibirlo y un lugar para habitar. Sólo así puede ser nuestro huésped.
El adviento vivido de esta manera nos lleva al encuentro con Cristo. De esa manera, este tiempo litúrgico se convierte en sinónimo de desierto, un lugar y un camino típicos para encontrar a Dios. En esta búsqueda nos acompaña la liturgia de la Palabra de Dios, presentándonos textos que nos revelan la figura del Mesías, nos comprometen con sus enseñanzas y nos ayudan a descubrir al Dios verdadero y a rechazar al Dios de nuestra imaginación y comodidad. Si vivimos bien el adviento, siguiendo con atención los textos bíblicos, descubriremos que ya desde la creación, Dios preparó un encuentro personal con el hombre en el tiempo, "siendo Tiberio Cesar emperador de los romanos, Herodes rey de Palestina y Pilato procurador de Judea”, pero también quiere encontrarse con nosotros en la meditación y en modo especial, en el encuentro dominical de la Eucaristía









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Última modificación: 03 de Enero de 2007