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Domingo 1°
de Enero
María, Madre de Dios
Lc 2,16-21 (Lecturas: Números 6,22-27 y Ga 4,4-7)
PRIMERO DE AÑO
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Con estas
sencillas palabras el evangelista san Juan anuncia a toda la humanidad el
acontecimiento que cambió la historia del mundo, tanto que establece un antes y
un después: desde hace 2000 años, toda la creación contempla extasiada el
hecho que el Creador del universo, en un acto de amor inaudito, en el seno de la
Virgen María, tomó la misma naturaleza que su criatura predilecta, el hombre,
y comenzó a caminar junto a él para transformarlo y darle una nueva
oportunidad de compartir su misma vida divina.
Hoy la Iglesia y todos los hombres del mundo celebran alborozados este
acontecimiento, cada uno quizás desde una perspectiva diferente; pero todos
aunque quizás inconscientemente, impulsados por el mismo misterio: hace 2000 años,
un niño nació en Belén y lo acunó su Madre virgen, escogida entre todas las
mujeres de su tierra para que su Hijo pudiera participar con sus hermanos de las
alegrías y de tristezas de la vida, hasta que después de anunciar a todos el
camino del reencuentro con el Padre e inmolarse en una cruz, resucitara glorioso
par ser la cabeza de la humanidad redimida.
Si bien es el cumplimiento de una promesa hecha a nuestros primeros padres al
amanecer de la historia y reiterada a los Patriarcas del pueblo hebreo, el
misterio de la Encarnación hace realidad el inconmensurable amor de Dios Padre
que no acepta perder a su criatura y con su poder y misericordia la recupera,
sellando un nuevo pacto de amor, tomándola entre sus brazos para que ya nada
los pueda separar.
Con esta imagen de Dios Padre lleno de ternura que lleva a en sus brazos a su
criatura, la Iglesia invita a todos los hombres a celebrar con júbilo, lo que
la misma palabra encierra, el Gran Jubileo del Año 2000, que además de los
festejos, debe ser un reencuentro personal con el Señor de la historia y la
gran fiesta de la reconciliación entre los hombres, para que puedan aparecer en
el horizonte los nuevos cielos y las nuevas tierras que colman de esperanza a
todos los habitantes del universo, no olvidando, sin embargo, a la figura
excelsa, que con su disponibilidad y abandono en las manos del Creador, hizo
posible este acontecimiento: María Santísima, la Madre de Dios.
Con la presencia de la “bienaventurada y llena de gracias”, la celebración
del Gran Jubileo tendrá que ser un especial momento de gracia, de
agradecimiento y de alegría para todos los hombres, más allá de sus credos,
sus ritos y devociones. Un tiempo para celebrar los muchos aciertos y conquistas
de la humanidad, logrados en el correr de los siglos; pero también habrá que
encontrar un lugar para la reflexión y, luego de un profundo y sincero examen
de consciencia, poder descubrir la manera más eficaz y más justa para asumir y
corregir errores, pedir perdón y perdonar y así darle el verdadero sentido a
este Año Jubilar.
Este acontecimiento es un enorme compromiso para todos y debe convertirse en el
punto de partida para la construcción de una nueva humanidad, más solidaria, más
justa y más unida a Dios, garantía de felicidad.
Domingo 08 de
Enero
El bautismo de Jesús
Mc 1,7-11 (Lecturas: Is 4,1-4.6-7 y Hechos 10,34-38)
Inicia un nuevo tiempo
Acabaron las fiestas de Navidad y las celebraciones que acompañaron el inicio
del año santo del Gran Jubileo, el año en que la Iglesia nos convoca al
retorno a la casa del Padre, reconciliados y transformados espiritualmente.
Después de estas conmemoraciones, la Iglesia a través de la liturgia, nos
invita retomar nuestro caminar cotidiano, presentándonos a Jesús que inicia su
vida pública, mezclado entre la multitud reunida junto al río Jordán para
conocer de cerca el mensaje de Juan, un profeta austero y, convertidos por su
testimonio, recibir el bautismo de penitencia.
Ese niño que hemos adorado en el pesebre junto a María y José, ya es un
hombre adulto a quien todos conocen como el “hijo del carpintero”.
Caminando entre los hombres, quiere compartir sus vidas con toda humildad, dar
ejemplo de penitencia y ser presentado por Juan antes quienes esperaban
ardientemente la llegada del Mesías. Por eso, entra al río. En ese momento,
Dios se manifiesta: El Padre con sus palabras y el Espíritu con su presencia,
anuncian la llegada del Hijo, para que el mundo lo escuche y siga su anuncio de
salvación.
Ese gesto de Jesús y la voz del Padre continúan resonado en la historia de la
salvación y su eco nos cuestiona nuevamente. Nos invita a retomar el camino de
la búsqueda de Dios y actualizando el bautismo que recibimos al inicio de
nuestras vidas, nos exige que renovemos nuestra opción de conocer a Jesús,
escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.
Hoy iniciamos un tiempo nuevo. Y no sólo en lo que se refiere al año litúrgico,
sino en nuestro seguimiento a Jesús. Él nos llama a descender nuevamente al río
del agua bautismal, a examinar nuestra fidelidad a los compromisos asumidos y
reconciliados con el Padre y nuestros hermanos, recorramos serenos y confiados
este año de gracia.
Es un nuevo desafío para nuestra vida cristiana que nos exige hechos concretos
de conversión que manifiesten nuestra transformación espiritual y nuestra búsqueda
sincera de la santidad. Es un regalo de Dios, un nuevo gesto de su infinita
misericordia, que en esta Año Santo abre aún más las puertas para que todos
puedan compartir la Banquete celestial.
Domingo 15 de
Enero
SEGUNDO DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo "B" Jn
1,35-42 (Lecturas: 1Samuel 3,3-10.19 y 1 Cor 6,13-15.17-20)
Llamados para una misión
Los así llamados “Domingos durante el año”, nos permiten reflexionar
sobre temas muy concretos y puntuales de la vida cristiana. Hoy, continuando el
desarrollo de las ideas del domingo pasado, donde a partir del recuerdo del
bautismo de Jesús, actualizamos y valorizamos nuestro propio bautismo,
pondremos el acento en la vocación y misión que se desprenden de ese
compromiso cristiano.
Vemos, entonces, como Samuel, una de las grandes figuras del Antiguo Testamento,
realizó una significativa misión al servicio de su pueblo. No sólo fue el
profeta y el mensajero del Señor, sino el conductor iluminado de su pueblo
hacia el destino que Dios le había fijado, convirtiéndose en el prototipo de
los hombres llamados a ejercer una misión religiosa, política y social en su
pueblo.
El relato de su elección está calcado en otros relatos bíblicos de elecciones
de hombres y mujeres que decidieron el destino de Israel y luego de la Iglesia,
tales como Abraham, Moisés, María, los Apóstoles...
De estos episodios es importante subrayar la disponibilidad de la persona humana
al llamado de Dios, sintetizada en la frase: "Habla, Señor, tu siervo
escucha". Esa fue la actitud de los patriarcas, de los profetas, de Jesús,
de María, de los apóstoles y tendrá que ser la de los cristianos que quieren
tomar en serio su bautismo: Dios llama, convoca, elige a hombres y mujeres para
que dediquen su vida para trabajar por el Reino. Para responder a este llamado
hay que estar dispuestos, como Samuel y los otros llamados por Dios: aprender a
escuchar su palabra, a caminar tras el Maestro, a seguirlo en sus enseñanzas y
a vivir con él.
Lamentablemente, durante mucho tiempo los cristianos redujimos la llamada
vocacional exclusivamente a la del sacerdocio y a la de vida religiosa. Llevados
por esa concepción, cuando oramos pedimos sólo por las vocaciones sacerdotales
y religiosas y no por las vocaciones laicales, para que en los diversos
ambientes, sean la sal de la tierra y la luz del mundo, es decir, verdaderos apóstoles.
Así, los curas y las monjas son los únicos llamados y los que tienen vocación.
Mientras que no es así. Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas son los
que tienen una vocación específica, pero todos estamos llamados a la santidad
mediante el cumplimiento fiel de los compromisos del bautismo y también por la
fidelidad a la misión que Dios nos ha encomendado dentro de las Iglesia.
Reflexionemos entonces, sobre el mensaje de las palabras de Dios que hoy nos
brinda la liturgia. Ante todo, renovemos nuestra disponibilidad al Señor:
"Habla que tu siervo escucha". Luego, esta palabra de Dios escuchada y
obedecida, nos llevará a cumplir nuestra misión en la comunidad cristiana,
comenzando por quienes nos rodean.
Domingo 22 de
Enero
DOMINGO TERCERO DURANTE EL AÑO "B"
Marcos 1,14-20 (Lecturas: Jon 3,1-5.10 y 1 Cor 7,29-31)
El tiempo es breve...
“Cambien de vida y crean en el Evangelio”. Estas palabras de Jesús al
inicio de su vida pública, son como la continuación del llamado de Juan el
Bautista, quien también nos urgió con palabras de fuego a la pronta conversión.
Pero en la predicación de Jesús hay una novedad. Él nos asegura que "el
tiempo ya se cumplió” y que llegó el momento, es ahora. Quizás en la
predicación de Juan no había quedado muy claro que él no era el Mesías
esperado y que después de él vendría alguien más importante y ése sí era
el Ungido.
Hoy, Jesús, ese Salvador esperado, se presenta a sus contemporáneos afirmando
que llegó el tiempo de la realización y del cumplimiento de las promesas.
La voz de su anuncio continúa resonando entre nosotros. Además, que el tiempo
sea breve lo confirma san Pablo en la segunda lectura que escuchamos hoy. En
realidad, en nuestra vida no ponemos en discusión la afirmación del apóstol,
sino que nos comportamos como aquel rico propietario de la parábola del
Evangelio, que después de una buena cosecha, se preparó para gozar la vida...
y esa misma noche, Dios lo llamó a rendir cuentas...
Todo el anuncio evangélico nos invita a la conversión. Es decir, nos apremia a
cambiar el modo de pensar y de obrar. Nos exige mirar sin compasión en la
profundidad de nuestro interior y confrontar nuestra manera de pensar y de
vivir, con los ejemplos y las palabras de Jesús, en quien debemos creer y
esperar.
Esto significa, no sólo aceptarlo con la mente y con la inteligencia como el
Mesías, sino aceptarlo con el corazón y con la voluntad decidida a seguirlo
como Maestro y como norma de vida. Así lo hicieron cuantos se sintieron
llamados por Él: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Francisco de Asís, Carlos de
Foucauld, Teresita de Lisieux, Clara de Asís, la Madre Teresa de Calcuta y
tantos otros que ni siquiera podemos enumerar. ¡Eso significa creer y
convertirse!
Para los cuatro hombres del Evangelio de hoy inicia una aventura inesperada, que
rompe drásticamente con el pasado y se proyecta en un futuro luminoso y lleno
de gloria. Los llama a compartir con Él la misión de anunciar que para vivir
eternamente, es necesario cambiar de vida. Para Pedro, esa aventura inicia a
orillas del lago de Galilea y acabará en Roma, testimoniando su amor y su fe,
crucificado cabeza abajo...
Además, en el relato evangélico hay un adverbio que nos tiene que
“impactar” y movernos a la reflexión: "Inmediatamente", ya,
ahora. Los llamados lo siguieron sin detenerse a calcular las consecuencias y
los sacrificios. Era el Señor que los convocaba, el Maestro quien los invitaba
a caminar tras sus huellas. Todo un honor... ¡Ojalá lo entendiéramos así!
Recordemos, el tiempo es breve. Cambiemos ahora.
Domingo 29 de Enero
DOMINGO CUARTO DURANTE EL AÑO “B” Mc 1, 21-28 (Lecturas:Deut
18.15-20 y 1 Cor 7,32-35)
Sorpresa y admiración
La inagotable riqueza de la palabra de Dios queda de manifiesto una vez más en
la liturgia de hoy. Nos habla del profetismo, en la primera lectura; del justo
entendimiento del celibato, la virginidad y el matrimonio en la carta de Pablo y
de la autoridad de Jesús en la predicación del Reino en el Evangelio.
Detengámonos sobre este último tema. Jesús hoy aparece actuando en la
sinagoga de Cafarnaúm. Su intervención despierta admiración y sorpresa. No
sabemos lo que comentó; lo cierto es que los oyentes tuvieron la impresión que
no hablaba como los escribas y fariseos que tenían la obligación de explicar
la Ley ateniéndose a la tradición y, en concreto, repetían mecánicamente las
enseñanzas de los rabinos famosos.
Jesús se apartó de ese método y comenzó a hablar en primera persona, como lo
hizo en el discurso de la montaña: “Habéis oído lo que se dijo a los
antepasados... pero yo os digo”. De esa manera, no se siente prisionero de la
opinión de sus antepasados ya que Él vino perfeccionar la ley de Moisés y así
se identifica con ese profeta y ese el nuevo legislador anunciado en la primera
lectura.
Ante esta actitud, sus oyentes quedaron estupefactos y se preguntaron ¿quién
es éste audaz? Y Jesús, para confirmarlos en la sorpresa y demostrarles aún más
claramente su autoridad, cura a un endemoniado.
Este Evangelio deja varias enseñanzas. Acentuaremos sólo algunas. En primer
lugar, nos recuerda que es esencial para el crecimiento del hombre el poder de
admiración. Donde se la cultiva, surgen preguntas que cuestionan; hay búsqueda
de nuevos caminos; mientras que cuando no existe, queda cerrada la posibilidad
de progresar materialmente o espiritualmente.
En segundo lugar, es conveniente que sepamos reconocer la autoridad de la
Palabra de Jesús y de sus obras, reconociendo así la fuerza transformadora del
Evangelio. De hecho, conocemos muchos escritos que estuvieron de moda y luego
cayeron en el olvido; pero el Evangelio siempre está vivo.
Tengamos presente, en tercer lugar, que Jesús venció al maligno y que por lo
tanto ya no tiene poder ni sobre la Iglesia ni el bautizado; pero es necesario
creer en Él, en sus palabras y en sus obras.
También es necesario que aprendamos a vivir en continua espera de la venida del
Señor, sin dejarnos atrapar por las preocupaciones de este mundo. Si vivimos la
espera en ese sentido, comprenderemos más fácilmente las enseñanzas de la
segunda lectura
Domingo 05
de Febrero
DOMINGO 5º DURANTE EL AÑO "B" Mc
1,29-39 (Lecturas: Jb 7.1-4,6-7 y 1Cor 9.16-19,22-23)
Ora et labora...
La página del Evangelio de este domingo nos muestra dos aspectos diferentes
de la vida pública de Jesús: En la casa de Simón Pedro, en compañía de los
primeros cuatro discípulos, para cenar y descansar. Y en un momento de oración
solitaria, en un lugar retirado, antes de iniciar un nuevo viaje misionero.
Ante todo, cabe destacar que el evangelista Marcos, para describir la actitud
servicial de la suegra de Pedro, utiliza la palabra griega "diakonía"
que luego quedó en la Iglesia como un ministerio comunitario, el de los diáconos,
hombres seleccionados y consagrados para prestar servicios a la comunidad.
Esa palabra nos permite pensar que en la casa de Pedro se reunía asiduamente
una comunidad que servía y seguía al Señor de una manera particular. Casi se
la podría considerar como la base de operaciones de Jesús. De allí salía y
allí volvía...
Y esto nos dice también que la Iglesia (la comunidad de los creyentes) desde
sus mismos inicios era una comunidad servicial, abierta a todas las personas y
en la que se servían mutua y fraternalmente.
Hoy deberíamos actualizar esa actitud de servicio al prójimo: Demostremos
nuestro amor a Jesús y al prójimo con gestos concretos, con una actitud
solidaria. Nuestra caridad tiene que ser profunda e ir más allá del dar cosas.
Tendremos que llegar al menos a saber dar nuestro tiempo...
Por otra parte, no debemos dejar pasar por alto el hecho que Jesús, mientras
desarrolla su actividad misionera, siente necesidad de retirarse a un lugar
solitario y silencioso para orar a la luz de las estrellas, cara a cara con el
Padre.
No sabemos lo que Jesús decía en sus oraciones. Sin embargo, sabemos con
certeza que Jesús sentía la necesidad de dialogar con su Padre para exponerle
sus proyectos, aceptar su voluntad y estar disponible a sus planes. El camino de
la cruz, Jesús lo asumió con valentía; pero después de largas oraciones y
encuentros con el Padre. Ésa es también la actitud de Job, reflejada en la
primera lectura: Job grita y protesta pidiendo explicaciones por sus dolores y
su soledad. Y sólo al final del libro, Dios le responde... Jesús, en cambio,
en esta circunstancia entabla un diálogo lleno de amor y confianza. (En el
huerto de los olivos, su oración se asemejará a la de Job).
De estos dos momentos del Evangelio de hoy, tiene que quedarnos muy claro que el
cristiano que desea imitar la vida de Jesús, debe cultivar su actitud de
servicio al prójimo y su espíritu de oración. La comunidad, por su parte,
tiene que expresar ese convencimiento con gestos concretos. Amar es sinónimo de
servicio, convencidos al mismo tiempo, que no es posible una actitud de
asistencia sin un diálogo profundo y confiado con Dios. Ese equilibrio entre la
acción y la oración lo captó muy bien san Benito, cuyo lema sigue hoy
vigente: "Ora et labora". Sabía muy bien, este santo benefactor de la
Iglesia, que sus monjes, hombres de carne y hueso, no podrían soportar la tensión
de la oración sin una actividad que fuera como el resultado de esa plegaria.
Domingo 12
de Febrero
DOMINGO SEXTO Ciclo “B”
Mc 1,40-45 (Lecturas: Lev 13.1-2,45-46 y 1 Cor
10.31-11.1)
Si quieres, puedes curarme.
La marginación es un pecado muy actual en nuestra sociedad, ávida de
apariencias y esquiva al sufrimiento y a la solidaridad. En la Biblia hay un símbolo
que resume cabalmente ese pecado: la lepra. En primer lugar, nos la presenta
como una verdadera enfermedad, incurable en ese tiempo sin antibióticos,
deshonrosa y que segregaba a las personas. Además, era el símbolo de lo malo,
del pecado, de la excomunión, de la soledad y de la separación de los seres
queridos.
Como puede verse claramente en la primera lectura, existía una reglamentación
muy estricta para los leprosos. El enfermo de lepra quedaba excluido de la
convivencia social, apartado de la sociedad, porque se suponía que no sólo
estaba enfermo en su cuerpo, sino en el alma y, lo que es peor, maldecido por
Dios.
En el Evangelio nos encontramos con un relato de la curación de un leproso.
Vemos en la narración de san Marcos que, contra las prescripciones del Levítico,
este leproso se acerca confiadamente a Jesús, quien en un gesto de amor y
misericordia lo sana, reintegrándolo a la sociedad.
Este episodio siempre ha sido interpretado como símbolo de la redención del
pecado. Y no puede ser de otra manera porque, aunque nos parezca reiterativo,
Jesús vino precisamente a eso, a curarnos de esa enfermedad que nos aísla, nos
separa de Dios y de los hombres, que nos excluye de la vida de la gracia y de la
Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
Sin embargo, esforcemos nuestra mirada y veamos en ese leproso la imagen viva y
presente de tantos hermanos nuestros marginados de la sociedad y excomulgados de
la convivencia normal de los hombres, por sus enfermedades, por ejemplo en el
caso del SIDA; por su incultura, por su pobreza, por su color de piel. Todos
estos excluidos, son hermanos nuestros que pueden y deben ser reintegrados. Para
lograr ese milagro, también nosotros debemos ser curados milagrosamente de
nuestros pecados de soberbia, de falta de solidaridad, de pereza. Nosotros
tenemos el inconmensurable don de la misericordia de Dios que no permite que
nuestros pecados afloran con toda su pestilencia la superficie de la piel, como
la lepra. Si así lo fuera, cuántos quedarían horrorizados de nuestra situación
personal... Pero eso no significa que no podamos estar enfermos y que no
necesitemos ser curados por el perdón de Dios y la comprensión de nuestros
hermanos.
El signo inconfundible de nuestra curación es que aprendamos a ser solidarios,
comprensivos y compasivos como Jesús. Es necesario que aprendamos a no marginar
al enfermo, al pobre, al inculto, al villero. Jesús, curando al enfermo no sólo
lo liberó del pecado sino que nos dio el ejemplo de misericordia y de servicio
al prójimo. Tratemos de imitarlo.
Domingo 19
de Febrero
DOMINGO 7º DURANTE EL AÑO “B”
Mc 2,1-12 (Lecturas: Is 43.18-19,21-23,24b-25)
Reconciliados
En ser humano en su búsqueda incesante de felicidad y arrastrado por sus
debilidades, muchas veces falla a en su objetivo: se encamina por senderos que
lo separaran de Dios, de sus seres queridos y del hombre en general.
Comenzó en el Paraíso terrenal, cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva,
cegados por la ambición, seducidos por la serpiente y desobedeciendo un mandato
preciso, inician un camino lleno de infidelidades al Creador.
Sin embargo, allí mismo se manifestó el amor y la misericordia de Dios Padre
que no abandona a sus hijos: les prometió el envío de su Hijo para remediar
con su presencia tan inmenso mal.
Ese Hijo de la Promesa, hecho hombre en el seno de la Virgen María, es el que
hoy sorprende a todos en la página del Evangelio de este domingo, especialmente
al paralítico y a quienes lo llevaban. Cuando los presentes esperaban que le
restituyera las fuerzas para volver a caminar, él lo mira a los ojos y le dice:
“tus pecados te son perdonados”, recreando en su espíritu el amor y la
esperanza e iniciando una vida transformada como en una nueva creación por la
presencia salvadora de Dios.
De esa manera, Jesús cambia el centro de la atención y nos hace comprender que
lo que realmente importa al hombre es vivir reconciliado con Dios y con su prójimo.
Allí está la verdadera felicidad y el objetivo de la vida. Ése es el camino
del reencuentro con el Padre que Él nos vino a indicar.
La Iglesia, siguiendo el ejemplo del Maestro, siempre lo enseña de esa manera.
Pero es el hombre, bautizado o no, quien trata de ignorar la realidad del
pecado. Esa opción equivocada que no sólo perturba la consciencia sino que con
su fuerza deletérea lleva a la humanidad por los caminos de la injusticia, de
la falta de solidaridad, de violencia y destrucción. Ésas son las
consecuencias del accionar del hombre pecador que rechaza la mirada dulce y
comprensiva de Jesús y por lo tanto no puede escuchar sus palabras liberadoras:
“Tus pecados te son perdonados”.
Ante esta realidad, Jesús nos vuelve a sorprender y nos reitera con su vida y
su palabra que él vino al mundo a reconciliar a los hombres con Dios. Lo hace
cada momento a través de la Iglesia y sus ministros, generalmente mediante del
sacramento de la reconciliación, abierto a todos los hombres que se bauticen y,
arrepentidos, acepten que han sido infieles a su Palabra, sintetizada en los
diez mandamientos. Y allí, pronunciando las palabras de la absolución junto
con el ministro, revela su amor infinito. Sólo pretende que el pecador exprese
con los hechos un cambio total de actitud que se refleje en su firme propósito
de enmienda.
Domingo 26
de Febrero
DOMINGO OCTAVO DURANTE EL AÑO “B” Mc
2,18-22 (Lecturas: Os2,16b,17b,21-22 y 2Cor3,1b-6)
¿Por qué no ayunan?
Jesús, y luego los primeros cristianos de origen judío, reiteradamente se
enfrentaron verbalmente con los discípulos de Juan el Bautista (también
conocidos como esenios), y los escribas y fariseos. Éstos les reprochaban,
entre otras cosas, por el tema del ayuno, algo muy importante en la religiosidad
judía.
Sabemos que los escribas y fariseos acentuaban fuertemente la necesidad del
ayuno, ortorgándole una importancia fundamental. Los esenios, por su parte, con
su mentalidad apocalíptica, iban aún más lejos: sin ayuno y mortificación no
se podía agradar a Dios y no podía existir la observancia de la Ley.
Leyendo el Evangelio no vemos que Jesús y sus discípulos ayunaran. Ante esta
realidad quedamos perplejos. ¿Jesús abolió el ayuno? De ninguna manera, y
para aclarar esta duda conviene tener presente al menos dos ideas fundamentales.
La primera: Jesús es alegría, júbilo. Sucede como con la presencia de un ser
querido, largamente esperado. Cuando llega, en ese encuentro es imposible ayunar
o hacer penitencia. Más bien todo lo contrario, hay que gozar de su presencia y
manifestarle nuestro amor compartiendo su alegría. Si cada vez que nos
encontramos con Jesús lo viviéramos de esa manera, para qué el ayuno. Sería
cuando menos superfluo y fuera de lugar. Él quiere que lo sigamos con gozo y
que nuestra felicidad sea un testimonio de nuestro amor.
La segunda idea fundamental es que la religiosidad judía y esenia, con el ayuno
como un valor en sí mismo, con sus prácticas de mortificación y penitencia,
son el pasado, lo antiguo y como difieren radicalmente con el verdadero y auténtico
seguimiento de Jesús, nada tienen que ver con el cristianismo genuino. No es
que hayan sido malos, sino que su espíritu casi comercial no puede compararse
ni asimilarse con la alegría de sabernos amados por Dios y experimentar
presencia en su Hijo, hecho hombre, que después de su muerte y resurrección
nos acompaña y alimenta en la Eucaristía.
La Iglesia, no obstante, nos manda ayunar algunas veces al año: al inicio de la
Cuaresma, el miércoles de ceniza y el Viernes Santo. No hay en esto, obviamente
una contradicción, sino una nueva manera de leer la realidad. Lo que cambia no
es el ayuno o la penitencia, sino la actitud. En este caso, tanto el ayuno como
la penitencia no son un fin en sí mismo, como en los escribas y esenios, sino
un camino de conversión y de encuentro con Jesús, la alegría, la Buena Nueva
de Dios, la esperanza de la resurrección futura y el encuentro definitivo con
el Padre.
Hoy la liturgia nos invita a redescubrir a Jesús y su Evangelio y guiados por
ellos, caminar serenos en nuestra vida de piedad que debe ser entrega más que
sacrificio.
Domingo 05 de
Marzo
PRIMER DOMINGO DE CUARESMA Ciclo "B" Mc
1,12-15 (Lecturas Gn 9, 8-15 y 1Ped 3,18-22)
La cuaresma de Jesús modelo, de nuestra cuaresma.
Al iniciar el tiempo de cuaresma la liturgia de la Palabra nos invita a
contemplar la cuaresma de Jesús y a partir de su ejemplo y modelo, a programar
y vivir nuestra cuaresma personal y comunitaria.
En el Evangelio vemos a Jesús, el nuevo Moisés, dispuesto a comenzar su
anuncio de la Buena Nueva. Pero antes se retira al desierto y se somete a
pruebas que adquieren casi el mismo sentido purificador del diluvio para Noé.
Es decir, apenas recibido el bautismo abre un período de verificación del
camino de despojo y humillación elegido para reconciliar a los hombres con
Dios. Allí soportará las tentaciones del desierto que, si bien son históricas,
(no son inventadas por los evangelistas), son como un prototipo de todas las
tentaciones que sobrellevará Jesús durante su vida pública, hasta el Huerto
de los Olivos. Así, como Moisés y Elías y como el mismo pueblo de Israel, Jesús
pasa por el desierto, la soledad y la prueba. Sólo después de esta experiencia
y llegado al término de su cuaresma, predicará la buena nueva proclamando:
"El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, levántense y
crean en la Buena Noticia”
En realidad, Jesús, una y otra vez, en sus noches de oración, después de la
predicación y de los milagros, volverá a someter al juicio del Padre su decisión
de redimir a la humanidad por el camino de la sumisión, del sacrificio y del
sufrimiento, reafirmando así su proyecto divino.
Lo mismo tendrá que suceder en nuestra cuaresma. En este tiempo Dios quiere
reconciliarnos consigo; pero antes quiere verificar nuestro camino, haciéndonos
un juicio, "criticando" nuestro andar torcido y suscitando en nuestro
interior una crisis saludable que seguramente nos resultará costosa y en la que
deberemos soportar alguna cuota de dolor; pero será fuente de paz y alegría.
Esa nueva relación con Dios deberá expresase también en el sacramento de la
reconciliación y en ciertas prácticas religiosas que pueden sintetizarse con
tres palabras: ayuno, limosna y oración.
Ayuno significa privarse de comidas; pero es también renunciar a ciertas cosas
agradables. Por eso cada uno debe saber encontrar su propio ayuno.
Limosna. El ayuno se prolonga en la limosna, que es compartir los bienes
recibidos: Dinero, compañía, tiempo, conocimientos.
Oración. La limosna y el ayuno abren el corazón a Dios. Así se entra a una
oración que nos lleva al verdadero encuentro con Dios, a la conversión, al
cambio, a la reconciliación y a la purificación. Sin oración no hay cuaresma.
Todo debe llevarnos a orar cada día mejor. Es el objetivo de la cuaresma. En
ese clima pondremos a "juicio del Padre" nuestros proyectos.
Domingo 12 de
Marzo
2º DOMINGO DE CUARESMA “B”
Mc 9,1-9 (Lecturas Gn 22,1-2,9-13,15-18 y Rom 8, 31-34)
El camino al Calvario
Después de las tentaciones que soportó Jesús y que abren la puerta a la
Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos lleva al monte de la transfiguración.
No es casual esta elección. La Iglesia sabe en su sabiduría milenaria, cuánto
le cuesta al hombre aceptar el sacrificio. Lo mismo sucedía con los Apóstoles:
no comprendían las palabras del Maestro que se referían a la cruz. Lo amaban y
desde sus conocimientos no aceptaban que Jesús, el Mesías, para salvar a su
pueblo debía pasar por el tormento de la crucifixión. Pero ese hombre distinto
que caminaba todos los días con ellos les sale al encuentro y también a todos
los hombres que a lo largo de la historia tendrán las mismas dudas, manifestándose
ante a sus tres discípulos más cercanos tal cual es: Él es Hijo de Dios hecho
hombre, que acepta la voluntad del Padre y cumple fielmente lo ya anunciado por
la Ley y los Profetas. Es el Siervo de Yavé que debía ofrecer su vida y
padecer para la redención de la humanidad. ¡Es el gran misterio de amor que
supera nuestro entendimiento y nos invita a agradecer y a recambiar ese amor!
Iluminados por este anuncio, los Apóstoles y luego los primeros cristianos,
releyeron la historia de la salvación y descubrieron muchos anuncios que ya
anticipaban ese camino doloroso. La fe y la obediencia de Abraham, que no duda
inmolar a su hijo Isaac es sólo una de las figuras más elocuentes...
La Iglesia, continuando con su pedagogía, por medio de la liturgia la Palabra
dominical, ubica estos acontecimientos apenas iniciado el tiempo de Cuaresma
para ayudarnos a comprender y admitir que si queremos compartir la gloria del
Resucitado, tendremos que acompañarlo en el camino al Calvario.
Sabemos que para cumplir con este objetivo, no hará falta salir en búsqueda o
inventar padecimientos: la vida misma y la fidelidad cotidiana a los compromisos
asumidos en el bautismo nos ofrecen todos los días la oportunidad de acompañar
a Jesús. Nuestro gozo es que sabemos que esos sufrimientos están abiertos a la
esperanza: así como para Jesús, después de las tinieblas del Viernes Santo,
aparece la aurora brillante del domingo de Resurrección, de la misma manera
sucederá con nosotros. El dolor y la muerte nos franquean las puertas a la
gloria, a la sonrisa eterna del Padre que nos espera con los brazos abiertos
para coronar nuestros esfuerzos.
La Cuaresma es sólo parte de esa vida y de esa preparación; pero es un
estupendo entrenamiento que nos permitirá caminar serenamente tras las huellas
del Maestro y nos ayudará a abrirnos a la misericordia y a la reconciliación
con Dios y, transformados por la gracia, a ser misericordiosos, comprensivos y
solidarios con nuestros hermanos.
Domingo 19 de
Marzo
3er DOMINGO DE CUARESMA “B”
Jn 2,13-25 (Lecturas:Ex 20,1-17 y 1Cor 1,22-25)
Los fundamentos de nuestra alianza
En nuestro caminar en este tiempo de cuaresma, la liturgia de la Palabra, en su
primera lectura de hoy, nos recuerda los diez mandamientos. Los judíos los
llamaban “las diez palabras” y de allí surge el término griego “decálogo”,
que traduce justamente esa idea. Ese “decálogo” fue el fundamento del pacto
de la alianza del pueblo hebreo con Dios. Dios, en efecto, había empeñado su
palabra prometiéndoles que mientras el pueblo cumpliera con los mandamientos,
Él los acompañaría con sus bendiciones y los premiaría por su fidelidad.
La historia de Israel, con sus infidelidades y sus consecuencias, la conocemos
por la liturgia de la palabra que celebramos semanalmente. Allí se nos muestra
la división del reino, el destierro en Babilonia, las colonizaciones griegas y
romanas hasta llegar a la conclusión trágica de la destrucción de Jerusalén
y la dispersión del pueblo en el año 70 después de Cristo. Una historia que
nos sorprende y que será siempre un misterio para nosotros.
Cuando se presentó el Mesías esperado, el Hijo de Dios hecho hombre, el pueblo
no lo reconoció. A su llegada, predicó el Evangelio llamando a todos los
hombres a recorrer el camino de la reconciliación y del encuentro con el Padre.
En ese anuncio, no suprimió los mandamientos, fundamentos del pacto con su
pueblo sino que, con su palabra y con el ejemplo de su vida, los perfeccionó y
exhortó a vivirlos plenamente a todos los que quisieran seguirlo. De esa
manera, nosotros que queremos ser sus discípulos, al recibir el sacramento del
bautismo, que nos integra al pueblo de Dios que es la Iglesia, sellamos con Dios
un pacto, una alianza en la que nos comprometemos vivir no sólo la letra, sino
el espíritu de los diez mandamientos, manifestándole así nuestro amor y
nuestro compromiso de seguirlo fielmente.
Durante la cuaresma, tiempo de evaluación de ese amor y de esa transformación
espiritual, nada mejor que recorrer en nuestro examen de consciencia, las diez
palabras de ese pacto que hemos sellado con Dios, preguntándonos, simplemente,
cómo lo vivimos y qué importancia que tienen en nuestra vida. Será
seguramente un esfuerzo importante para nuestra preparación. Para lograrlo,
toda la fuerza y la convicción la deberíamos encontrar en las palabras de Jesús
que escuchamos en el Evangelio de hoy: “Destruyan este templo y yo lo
reedificaré en tres días”. En esa insinuación que los judíos que no
comprendieron, se encierra claramente el anuncio de la Pascua ya próxima. Ese día,
Jesús, con su resurrección gloriosa nos asegura y garantiza que la vida no
acaba con la muerte y que las promesas que nos ha hecho se cumplirán en nuestra
vida. Ésa debe ser nuestra fe y nuestra esperanza que nos sostendrán en este
camino de conversión.
Domingo 26 de
Marzo
DOMINGO 4º DE CUARESMA “B”
Jn 3,14-21 (Lecturas:2Crón 36,16-16.19-23 y Ef 2,4-10)
Pecado y misericordia
Toda la liturgia de la palabra de hoy nos invita reflexionar sobre dos temas
centrales de la cuaresma. Por un lado, el pecado, no sólo como una
desobediencia a la ley sino como una ruptura con Dios que provoca la muerte de
la vida divina que hay en nosotros y, en segundo término, la misericordia de
Dios que sale al encuentro del hombre no obstante su rebelión.
La primera lectura tomada del segundo libro de Las Crónicas, escrito alrededor
del IV siglo antes de Cristo, nos pinta la situación trágica del pueblo de
Israel, cuando sus autoridades religiosas y civiles contaminaron el templo
siguiendo la idolatría y las malas costumbres de los pueblos vecinos.
Hoy esta lectura ilumina nuestra vida cristiana muchas veces influenciada por un
mundo que perturba nuestra fe y nuestra manera de ser. En realidad, no vivimos
lo que creemos. Nos sucede lo mismo que al pueblo elegido que decía creer en un
solo Dios, pero al mismo tiempo, en secreto y en público, adoptaba las
costumbres y a los principios paganos. De esa manera, también nosotros
contaminamos nuestro templo interior, morada de la Santísima Trinidad.
El Evangelio a su vez, apelando a hechos del Antiguo Testamento, recuerda la
generación hebrea que vivió en el desierto inmediatamente después de cruzar
el mar Rojo. Esa generación se rebeló contra Dios que los había liberado de
la esclavitud y se dejó llevar por malas costumbres aprendidas en Egipto, hasta
que Dios, como castigo, les envía serpientes venenosas. Pero ese Dios no los
abandona, y a pesar de su pecado, ilumina a Moisés, para que apelando a la fe
de su pueblo, levante como signo de salvación, la imagen del reptil que le
provocaba la muerte. Esta imagen se constituyó en símbolo de la crucifixión
de Jesús.
Esta palabra de Dios nos indica que si queremos llegar a la salvación, a
curarnos de la picadura del pecado, es necesario que contemplemos con fe y
confianza al Crucificado y participemos de su mismo acto de amor al Padre,
aceptando serenamente nuestra cruz, destruyendo de esa manera en nuestro corazón,
la raíz de la desobediencia de Adán. Esa mirada, para que sea eficaz, debe
nutrirse de una fe inquebrantable en la palabra de Cristo que murió y resucitó
por nosotros. Y debemos hacerlo porque estamos convencidos que donde abundó el
pecado sobreabundó la misericordia y la gracia de Dios. Esto no significa que
debemos abandonarnos al pecado, a la idolatría, a las malas inclinaciones. Todo
lo contrario. Significa que si nos encontramos ya en esa situación, Dios nos
abre los brazos para reconciliarnos, porque ya demostró cuánto nos ama dejándose
clavar en la cruz; dejándose “levantar”, como le dice Jesús a Nicodemo en
el Evangelio de hoy. Para ser fieles a este compromiso, nos ayuda la reflexión
de san Pablo, en la segunda lectura, donde apalea a la vocación cristiana y a
la dignidad del hombre, para exhortarnos a vivir santamente, lo que se logrará
si permanecemos anclados a los sacramentos, fuentes de gracias, que sostienen al
cristiano en el caminar en este mundo que le toca vivir.
Domingo 02 de
Abril
5º DOMINGO DE CUARESMA “B”
Jn 12,20-33 (Lecturas: Jer31,31-34 y Heb 5,7-9)
Si el grano de trigo no muere...
En este último domingo de cuaresma, las lecturas nos llaman a dar una
mirada atenta sobre el significado y el valor que el misterio de la cruz tuvo en
la intención de Dios y en el ánimo mismo de Jesús.
El profeta Jeremías, en la primera lectura, ya nos permite vislumbrar la
intención de Dios que se declara insatisfecho de la alianza del Sinaí y que
por eso está dispuesto a sellar otra totalmente nueva, que no será violada por
los hombres ya que estará grabada no en piedras, sino en sus corazones. Gracias
a esta nueva alianza sellada con la sangre de Jesús derramada en la cruz, los
hijos del nuevo pueblo de Dios encontrarán la fuerza para mantenerse fieles a
los compromisos asumidos. Esa fuerza la encontrarán en los sacramentos, en modo
especial en el de la eucaristía y la reconciliación.
Por su parte, la página de la Carta a los Hebreos nos llama a progresar en la
comprensión del significado y del valor de ese misterio: nos asegura que el
sacrificio de Cristo tiene que entenderse como una re-fundación de la alianza
del Sinaí. Por eso, leyendo esta página vienen a la memoria las palabras que
el sacerdote pronuncia en el momento de la consagración: “Éste es el cáliz
de mi Sangre, Sangre de la nueva alianza que será derramada por vosotros y por
todos los hombres para el perdón de los pecados...”. Esa precisamente la idea
central de esta carta que nos habla del sacerdocio de Jesús y de su sacrificio
único e imperecedero.
Avanzando aún más, la página del Evangelio nos presenta a Jesús tomando
consciencia de que su “hora” ha llegado. Es decir, se está por concretar el
objetivo de su venida a la tierra: abrazar con amor infinito la pasión y la
muerte en cruz para salvar la humanidad del pecado y reconciliarla con el Padre.
Él sabía muy bien que sin aceptar la muerte, “el grano de trigo no produce
frutos”. Es decir, sin su muerte no podía atraer hacia él a los que quería
salvar. Él sabía también que en los planes de la redención era el mejor
camino para salvar a los hombres.
Por eso, a pesar de sus miedos y su repugnancia, acepta con amor el proyecto del
Padre, y en el Huerto de los Olivos, después de una oración intensa, se
encamina decididamente a llevar a cabo el plan salvífico. Esos temores de Jesús
nos revelan que el Hijo de Dios, debido a su encarnación, era un hombre de
carne y huesos como nosotros, con sus temores y sufrimientos; un hombre frágil
y mortal.
Estas enseñanzas deberían darnos la fuerza y el coraje de aceptar nuestra
vida, con sus alegrías y sufrimientos, asumiendo como Jesús, que si el
“grano de trigo no muere no produce frutos”. Al respecto, la afirmación de
san Pablo “sine effusionen sanguinen, non fit remissio” resume toda esta
reflexión. En otras palabras, sin el sufrimiento, sin la cruz, sin el morir del
grano de trigo no podemos dar frutos de santidad.
Domingo 09 de
Abril
Domingo de Ramos – B
Mc 14,1-15.47 (Lecturas: Is 50,4-7 y Flp 2, 6-11)
Meditando la Pasión del Señor
Con el Domingo de Ramos inicia de la Semana Santa. En él se recuerda
anticipadamente el misterio de la pasión del Señor que luego se volverá a
vivir más intensamente el Viernes Santo, recordando uno de los acontecimientos
centrales del plan salvífico de Dios.
El relato evangélico y la meditación comienzan con la celebración de la
pascua judía, en la última cena. Quizás los apóstoles en ese momento no
captaron el profundo significado de lo que estaban protagonizando. Sólo después
de la resurrección descubrieron que la víctima pascual ya no era el cordero de
la tradición hebrea, sino Jesús mismo que con las palabras “este es mi
cuerpo, esta es mi sangre” se ofrecía al Padre, una vez para siempre, para
reconciliar a los hombres con Dios. Ya no es un cordero seleccionado que se
sacrifica en el antiguo rito pascual, sino el Hijo de Dios hecho hombre que en
esta noche santa se inmola místicamente y que al día siguiente, en el
Calvario, sellará su obra redentora con su propia vida.
Cuando se escucha la narración del drama de la Pasión, impresiona el marco
humano que rodea a Jesús. Están algunos apóstoles, los guardias, los jueces,
el gobernador, el pueblo vociferante. Durante la marcha hacia el lugar de la
ejecución, al costado de la vía dolorosa, hay algunas mujeres que lloran, están
los indiferentes que sonríen al verlo pasar, los ricos y los pobres... y sin
embargo, Jesús se siente totalmente solo, tanto que ya en la cruz, llegará
exclamar: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado”. Sin embargo y no
obstante el abandono, crucificado, abraza a todos y a cada uno de los hombres. A
los presentes y a los ausentes; a los que están y a los que vendrán. Abraza a
la cruz y a la humanidad en un acto de amor infinito que transforma
definitivamente toda la creación.
Así cumplió su obra redentora, revelando el verdadero rostro del mal, donde el
pecado ya no es placer y engaño, sino desesperación, desolación, miedo y la
ausencia de Dios.
En el Calvario, en la figura de la Madre Dolorosa, es la Iglesia que nace en la
espera de la resurrección y donde todos los santos del Antiguo Testamento
celebran la obra del Siervo Doliente.
También nosotros hoy, en silencio, abramos nuestro corazón y nuestros brazos
para recibir al crucificado en el hermano que goza y en el que sufre, en el sano
y en el enfermo y así, con la misma actitud del Maestro, en el recogimiento y
en la meditación, iniciemos esta semana que nos lleva a una noche brillante,
donde la humanidad entera, reconciliada, celebra gozosa el triunfo de la vida
sobre la muerte y nos deposita en el umbral de la gloria eterna.
Domingo 16 de
Abril
Domingo de Pascua - B
Jn 20, 1-9 (Lecturas: Hechos 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
Llevaban perfumes...
Hoy, después de una semana dramática, amanece un día brillante que cambia la
historia. Jesús, como lo había anunciado varias veces a largo de su predicación,
resucita glorioso abandonando al sepulcro, envidiable testigo de la esperanza de
la humanidad. ¡Jesús vive, y nosotros también viviremos con Él, junto al
Padre y con todos nuestros seres queridos! ¡Qué misterio tan hondo y tan
gozoso!
En las páginas de los evangelistas que relatan los acontecimientos del domingo
de Pascua, hay muchos hechos y detalles que nos asombran y nos invitan a la
reflexión. Pero hay una aclaración que san Lucas menciona casi al pasar, que
pinta perfectamente el estado de ánimo de los discípulos y de las mujeres
quienes, al amanecer de ese primer día de la semana, salen presurosas camino al
sepulcro donde habían depositado al Señor crucificado.
Con un dejo de ironía, el evangelista precisa que "llevaban
perfumes", para completar de amortajar el cuerpo del Maestro. Este
pormenor, signo también del amor y de la veneración que tenían por el Señor,
en realidad delata que no habían entendido demasiado las palabras que habían
escuchado y los milagros que habían presenciado. Además, denuncia que su
esperanza en la resurrección estaba adormecida por el dolor. Un velo de
tristeza cubría sus ojos y acallaba el eco de los anuncios del Maestro.
Sin embargo, qué compra tan inútil. Cuando llegaron al sepulcro, descubrieron
con estupor, que el cuerpo ya no estaba. Quedaban sólo los lienzos con los que,
apresuradamente, lo habían envuelto al atardecer del viernes. Con su presencia
gritaban la ausencia del Resucitado.
Quizás san Lucas, mientras dejaba constancia que "llevaban perfumes",
habrá sonreído...
Hoy, a nosotros, cristianos que vivimos ya en el siglo XXI y que estamos
celebrando con devoción y compromiso este año jubilar, las palabras del
evangelista nos llaman a la reflexión y a tomar consciencia de su significado
profundo para nuestra vida y la de todos los hombres. Seguramente no llevaremos
perfumes cuando el domingo de Pascua nos encaminemos, llenos de alegría, a la
celebración eucarística, una fiesta que siguiendo las enseñanzas del Maestro,
la Iglesia entera conmemora con entusiasmo cada domingo del año, convocando a
todos los cristianos a alimentarse con la Palabra y con el Cuerpo del Señor
Resucitado. Pero quizás nuestra esperanza en la resurrección no nos mueva a
vivir como auténticos herederos de un futuro glorioso y a transformar nuestra
vida, liberándonos de las ataduras del pecado. Quizás tampoco entendimos
cabalmente la fuerza del hecho que también nosotros resucitaremos y que la
muerte es sólo la llave que nos abre las puertas a la gloria.
Este acontecimiento sobre el que gira toda la historia de la salvación, nos da
la certeza que estamos en camino hacia un mundo nuevo, y nos permite creer,
esperar y amar con la vista puesta en un futuro junto a Dios.
Domingo 23 de
Abril
Domingo segundo de Pascua – “B”
Jn 20, 19-31 (Lecturas: Hechos 4, 32-35 y 1Jn 5, 1-6)
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A una semana de la Pascua, la liturgia de la Palabra de este domingo nos
permite apreciar perfectamente la transformación que se verificó en las
personas de los seguidores de Jesús, reflejada en el testimonio de las primeras
comunidades, cuyos detalles nos ofrece san Lucas en la primera lectura. Allí
vemos cómo la certeza de la resurrección del Maestro y la de su propia
resurrección cambian sus vidas de tal manera que comparten llenos de gozo sus
bienes materiales. Descubren que el amor no tiene límites y que va mucho más
allá de las palabras y se manifiesta de una manera inconfundible en los hechos
concretos.
Sin embargo, ese fervor inicial parece enfriarse en algunos miembros de la
comunidad que no habían tenido la gracia de protagonizar los acontecimientos de
la semana de la Pascua o sentían peligrar sus vidas, perseguidos por quienes
intentaban extirpar de raíces esa “nueva secta”, como ellos llamaban. Esa
actitud de duda e incredulidad, está sintetizada en la persona de Tomás quien,
vaya a saber porque circunstancia, no se encontraba presente en el Cenáculo
junto con los otros apóstoles en la primera visita del Resucitado. Lisa y
llanamente nos les creyó. Aún más, exigió ver las manos del crucificado y
palpar el costado herido por la lanza. Como relata el Evangelio de hoy, ese
gesto mereció un duro reproche de Jesús y una bienaventuranza para todos
aquellos que, como nosotros, creemos si haber visto.
Frene a la realidad de un fervor inicial y de un enfriamiento posterior de las
comunidades cristianas, cabe preguntarse cómo es nuestra fe en la resurrección
y nuestra generosidad hoy, mientras celebramos este año santo. Quizás porque
queremos ser muy eficientes y vivir cómodamente, ya no tenemos el coraje de
desprendernos de nuestros bienes y compartirlos con los más necesitados o también,
deslumbrados por los adelantos de la ciencia, nuestra fe en el Resucitado exige
pruebas tangibles...
Hoy, sin excusas ni atenuantes, es el momento de actualizar nuestra fe y nuestra
generosidad. Intentemos volver al espíritu de las primeras comunidades,
convencidos que sin esa fe y esa generosidad, no es posible la transformación
de la Iglesia y del mundo. Sabemos que Jesús vive y que acompaña a la Iglesia
desde el momento mismo de su nacimiento y experimentamos su presencia en el
testimonio de tantos santos que florecieron a lo largo de la historia de esas
comunidades que supieron vivir unidas y compartir sus bienes; pero sin un
compromiso cotidiano no compartiremos su gloria y no gozaremos de la
bienaventuranza: “ felices los que creen si haber visto”.
Domingo 30 de
Abril
DOMINGO 3º DE PASCUA Ciclo “B”
Lc 24, 36-48 (Lecturas: Hechos 3,13-15.17-19 y 1Jn
2,1-5)
El saludo pascual: ¡Paz a vosotros!
Hoy vemos en el relato de san Lucas que Jesús visita a sus amigos, los apóstoles.
Sabemos que es el domingo de la Pascua, ya entrada la noche, porque se
encuentran en la casa también los dos discípulos que habían regresado a Emaús,
quienes saliendo cuando ya oscurecía, habían recorrieron a pie doce kilómetros.
(Esta aparición de Jesús ya la recordamos el domingo pasado, pero narrada por
el evangelista san Juan).
Escribe san Lucas que "estando aún ellos hablando, se presentó Jesús en
medio de ellos y le dijo: ¡Paz a vosotros!”. El Señor se dirige a los suyos
con el típico saludo judío que desde ese momento se convierte en el saludo
pascual, el saludo del cristiano que recordamos constantemente en las
celebraciones litúrgicas.
En el Antiguo Testamento, Shalón = Paz, era el saludo corriente entre los
hebreos y significaba bienestar y prosperidad, con un fuerte acento sobre los
bienes materiales. Esa paz era un don de Dios muy preciado por los judíos
piadosos. A su vez, en tiempo de los profetas, la expresión se enriquece con la
idea de salvación que va unida a la justicia y a la santidad y, como ya
anticipamos, en el Nuevo Testamento este saludo adquiere su sentido pleno:
significa que las promesas y las profecías sobre Cristo se han cumplido.
Significa que Cristo es nuestra paz, porque nos reconcilió con Dios y nos
devolvió su gracia y su amistad; tanto es así que en las cartas de san Pablo,
el saludo de la paz va siempre unido a la gracia de Dios. Para san Pablo, la paz
y la reconciliación son el resultado de la unión con Dios, de la amistad con
el Padre, el fruto de lo que él llama justificación.
Por eso se comprende que cuando los apóstoles escuchan el saludo de la paz, por
el gozo y la alegría no podían creer que el Maestro había regresado vivo.
Todos ellos necesitaban esa paz, que en realidad para ellos significaba ante
todo el perdón por su cobardía en la hora de la pasión; en modo especial para
Pedro, por sus negaciones, aunque ya había llorado amargamente su momento de
debilidad.
A partir de este encuentro con los apóstoles, descubrimos que Cristo es la paz
que se otorga sin restricciones, por el Espíritu que les infundía en el corazón
y que les producía el gozo y de la alegría. Esa paz es el don de la resurrección
del Señor.
Vemos para nuestro consuelo y satisfacción que el Señor resucitado es el mismo
Jesús de Nazaret, con un cuerpo diferente, pero con su misma bondad, con su
mismo afecto, con su misma divina comprensión y con la misma infinita
misericordia que perdonó a la Magdalena y al ladrón arrepentido.
Estos sentimientos deben animarnos a buscar la paz de Cristo. A reconciliarnos
con Él mediante el sacramento del perdón, confesando nuestros pecados con
confianza y sinceridad y a partir de esta transformación interior, aprender a
convivir con nuestros hermanos y a perdonar y ser perdonados. Así también
nosotros, que vivimos en la angustia y en la inseguridad, recibiremos la paz
pascual y disfrutaremos la alegría que produce el saber ser perdonados por
Dios.
Domingo 07 de
Mayo
4º DOMINGO DE PASCUA “B” Jn 10,11-18
(lecturas: Hechos 4, 8-12 y 1Jn 3,1-2)
Acompañar y guiar
No obstante que la vida ya no es la misma que en los tiempos de Jesús, la
figura del pastor que acompaña y guía al rebaño, todavía es familiar en este
mundo globalizado, ya que los medios de comunicación ofrecen a los habitantes
de las grandes metrópolis, imágenes bucólicas de parajes detenidos en el
tiempo, en que el pastor todavía vive en como en tiempos del Evangelio. Es
decir, la imagen sigue viva y refleja eficazmente la figura de una persona que
ama y conduce. Es la misma que nos transmite Jesús cuando se proclama el Buen
Pastor. Hoy, la Iglesia continúa con el anuncio y desde hace muchos años,
eligió este cuarto domingo de Pascua como el día que se recuerda y adora al
Buen Pastor.
Lo que primero debemos subrayar en esta afirmación, es que se trata de una
imagen muy mesiánica y que aparece relacionada con personas destacadas del
Antiguo Testamento. Entre ellas se distingue David, que fue pastor primero y
luego rey de Israel y de su descendencia vendría el Mesías. Precisamente, los
judíos llamarán al Mesías, “Hijo de David, heredero de su trono”.
Luego, el profeta Ezequiel, refiriéndose al mismo tema, describe al pastor con
rasgos realmente mesiánicos cuando escribe: “Como el pastor se ocupa de su
rebaño, así saldré yo a buscar a mi pueblo”. En otras palabras, afirma que
buscará la oveja perdida, la llevará al redil, curará a la herida y
fortalecerá a la enferma.
Y, más adelante, en el conocido Salmo 23, la Iglesia canta: “el Señor es mi
Pastor, nada me puede faltar...”. Otra clara alusión a Jesús, buen Pastor,
una comparación que en aquellos tiempos de nomadismo tenía un significado muy
profundo, como todavía lo tiene para la gente de campo que conoce perfectamente
el significado de esa palabra. Una idea que nos invita a reflexionar, no tanto
en el nombre, sino en el significado, ya que nos muestra las cualidades de Jesús,
buen Pastor, en la sencillez y la humildad y sobre todo, en ese amor que lo
llevará a dar su vida por los suyos. Si lo vemos de esa manera descubrimos más
fácilmente los rasgos humanos de Jesús que se acomoda a sus oyentes.
Ahora bien, la Iglesia pide al Señor que esas misma cualidades adornen a los
sacerdotes, que, juntos con los obispos, son los verdaderos pastores de la
comunidad eclesial y sean los conductores, los guías, los líderes que la
acompañan; los que celebran la Eucaristía, los que reconcilian, los que
administran la gracia a través de los sacramentos; los que están junto a los
que sufren.
Hoy, mientras recordamos a nuestros Pastores, pidámosle a Dios que los
multiplique, para que con sus enseñanzas y su testimonio iluminen nuestras
vidas. Por otra parte, y aunque sea reiterativo, no olvidemos que Dios llama. Es
una frase muy conocida, pero muy verdadera. Dios los necesita para continuar su
obra salvadora. Escuchemos su llamado convencidos que Dios no se dejará vencer
en generosidad.
Domingo 14 de
Mayo
QUINTO DOMINGO DE PASCUA “B” Jn
15, 1-8 (Lecturas: Hechos 9,26-31 y 1Jn 3,18-24)
Permaneced...
La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre
tres temas muy importantes para la vida de la Iglesia y para nuestra vida
personal de cristianos que no sólo quieren seguir a Jesús, sino progresar en
la vida de unión con Dios.
Comienza con la presentación de Pablo a la comunidad apostólica de Jerusalén:
Pablo quería conocer personalmente a Pedro y a partir de ese encuentro, salir
confiadamente a misionar, a llevar el anuncio de Cristo a todo el mundo
conocido. Un hermoso gesto de Pablo que lo pinta con un verdadero hombre de
Iglesia y respetuoso de la autoridad instituida por Dios. Ya en ese momento, los
cristianos intuyen que sin comunión con la comunidad eclesial, no puede haber
evangelización.
Luego san Juan, en la segunda lectura, nos exhorta a que nuestra fe sea
coherente. Nos llama a demostrar esa coherencia con los frutos de nuestras
convicciones: amor y solidaridad con nuestros hermanos. Si decimos que creemos
en Dios, tendremos que demostrarlo con hechos concretos. No hay amor sin
solidaridad y sin justicia. Si no fuera así, nuestra fe y nuestra caridad serían
sólo palabrería, sólo buenas palabras y para decirlo en términos aún más
duros, una verdadera hipocresía.
Estas dos lecturas nos preparan al Evangelio. En el relato de san Juan
encontramos el mensaje central de la liturgia de la palabra de hoy. Para
comprenderlo mejor, ubiquémoslo en el contexto en el que Jesús pronunció esas
palabras: es la noche antes de la pasión y Jesús acaba de cenar con sus discípulos
y, por lo tanto, son confidencias muy relacionada con la eucaristía, donde
entre otras promesas, pactó quedarse con ellos de una manera mística,
misteriosa pero real: “Este es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi
sangre”, “Haced esto en memoria mía”. Esa noche, después de celebrar la
pascua, van caminando como de costumbre, hacia el huerto de los Olivos y al
pasar frente al templo, Jesús les muestra el racimo de uva que coronaba una de
sus puertas y les comenta su significado. Para los judíos, la viña y sus
frutos tenían un profundo contenido religioso. Significaba el pueblo elegido y
la preocupación de Dios por él. Sin embargo y no obstante el hondo significado
de la alegoría, hay que subrayar que las dos palabras claves del discurso de
Jesús son los verbos “permanecer” y “podar”. En efecto, les pide a sus
discípulos en un momento especial de su vida: “Permaneced en mí como yo
permanezco en ustedes y así como el sarmiento no puede dar frutos si no
permanece unido a la vid, tampoco podrán ustedes si no permanecen en mí”.
“Permaneced”, significa fidelidad a la palabra de Jesús; a la comunidad
eclesial, a sus pastores. “Permaneced”, significa también caminar tras las
huellas del Maestro; significa vivir en gracia y reconciliados con Dios.
Significa, en definitiva, comunidad de vida divina. Pero no basta, para
permanecer, crecer y dar frutos es necesario estar dispuestos a dejarse
“podar”. Jesús, como jardinero divino, lleno de amor, nos poda de nuestros
pecados, de nuestros vicios y de todo aquello que nos separa de Él. Además, si
no permanecemos en Jesús y no nos dejamos podar, no podremos ser misioneros
como Pablo; ni podremos partir a evangelizar en nombre de la comunidad, y aún más,
no podremos amar a nuestros hermanos como lo exige el apóstol Juan, en la
lectura que hemos leído hoy.
A partir de este Evangelio tendremos que convencernos que la eficacia de nuestra
vida cristiana depende de nuestra unión con Cristo y la comunidad.
Domingo 21 de
Mayo
DOMINGO 6º DE PASCUA “B”
Jn 15, 9-17 (Lecturas: Hechos 10,25-27.34-35.44-48 y 1Jn
4,7-10)
Amaos los unos a los otros..
.La página del Evangelio que leímos hoy es la continuación
de la del domingo pasado en la que meditamos las enseñanzas surgidas de la
alegoría de la viña y sus ramas. Por lo tanto, estamos en el mismo clima íntimo
de la última cena, después del lavado de los pies, de la institución de la
eucaristía y camino al Huerto de los Olivos. Un momento único, en que Jesús
habla confidencialmente con sus discípulos y les anticipa la misión que les
espera en el mundo: anunciar la buena nueva del amor y de la misericordia del
Padre que ofreció a su Hijo para salvar a los hombres y que resucitó glorioso.
También tengamos presente que Jesús no está dialogando con un grupo
cualquiera, sino al círculo selecto de los apóstoles, el núcleo de la Iglesia
naciente. Es decir, los primeros brotes de la viña que está a punto de
prolongar sus ramas por toda la tierra. Hasta este momento, Jesús había
compartido con ellos sus alegrías y sus sufrimientos, pero de manera especial,
había compartido el amor del Padre. Ahora ya no son sólo sus discípulos, sino
que los eleva al rango de colaboradores. Por eso, les da un mandamiento que
resume toda su predicación y que deberá ser el “leit-motive” de toda su
vida y de toda su actividad: “Amaos los unos a los otros”.
Ese amor fraterno que debe amalgamar toda la vida de la comunidad eclesial, no
puede ser un simple mandamiento, como si se tratara sólo de una consigna. Ese
mandamiento es un compromiso ineludible, que indica que ese amor debe poner a la
comunidad eclesial --a la Iglesia--, al servicio del mundo y no puede quedarse
en palabras, sino que se concretiza, como ya se dijo muchas veces, en hechos
tangibles. Ese amor fraterno es el signo y la revelación del amor con que el
Padre ama al Hijo y al Espíritu Santo. Se trata, entonces, de un amor
trinitario.
En realidad, si recordamos nuestras experiencias personales, veremos que en cada
afecto hay un sentido de paternidad, de protección, de animación. Es decir, en
esas experiencia hay siempre un reflejo del amor del Padre celestial. Por otra
parte, sabemos que el amor es espera, es tensión, es alegría y sufrimiento. En
otras palabras, hay casi un aspecto de inmolación como el amor del Hijo de Dios
hacia los hombres. Pero también en el amor hay descubrimiento, novedad,
revelación: en este sentido, es el reflejo del amor del Espíritu. Todas estas
facetas del amor deben ser anunciadas y testimoniadas sin desfallecer por los
discípulos de Jesús. Ayer y hoy. Siempre. De hecho ese amor se había
encarnado de tal manera en los apóstoles y en modo especial en san Juan, que
san Jerónimo, recordando una antigua tradición, cuenta que cuando el
evangelista, ya muy anciano, viviendo sus últimas años en la ciudad de Éfeso,
se hacía llevar a las celebraciones eucarísticas y se le pedía que recuerde
sus experiencias con el Maestro y como ya no podía hablar mucho tiempo, repetía
continuamente: “Hijitos míos, amaos los unos a los otros” y cuando sus discípulos,
asombrados porque siempre repetía el mismo consejo, le preguntaban: “¿Maestro,
por qué siempre repites lo mismo?” Él les contestaba: “Porque es el
precepto del Señor y si lo observáis, basta”
Domingo 28 de
Mayo
La Ascensión del Señor
Mc 16,15-20 (Lecturas: Hechos 1,1-11 y Ef 1,17-23)
Subió al cielo...
La Ascensión del Señor es un hecho histórico narrado por tres evangelistas y
retomado y ampliado por san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
No obstante esta documentación que avala el acontecimiento, es un hecho que
exige de cada uno de los bautizados, una profunda fe en ese hombre llamado Jesús,
quien se encarnó en el mayor de los silencios y en el mayor de los misterios,
en una joven virgen judía de Nazaret. Todo un misterio. Ese hombre, después de
largos años de una vida común y sencilla, ejerciendo entre sus parientes y
conocidos el oficio de carpintero, anunció la Buena Nueva y el camino que lleva
a la reconciliación con el Padre Celestial. Pero en su pueblo no lo recibieron
ni lo reconocieron como el Mesías esperado; aún más, lo crucificaron como a
un vil malhechor.
Después de su muerte y resurrección --en una palabra, concluida su misión en
la tierra--, subió al cielo y mientras bendecía a sus discípulos, les
encomendó la estupenda tarea de continuar su obra: “Vayan por todo el mundo,
anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea se salvará. El que
no crea se condenará”.
Y aquí comienza otra historia. Con muchas semejanzas a la primera, pero sin la
presencia visible del Artífice de la salvación humana. Jesús resucitado subió
al cielo y está junto al Padre, pero no abandonó a los suyos, sino que para su
consuelo y fortaleza, les prometió y envió el Espíritu Santo, que sin develar
los misterios que rodearon a su persona y a su misión, infundió en sus discípulos
tal impulso y tal esperanza que todavía hoy, más de dos mil años después, es
una multitud continúa confiando en su palabra y ofreciendo sus vidas con la
certeza que la recuperarán enriquecida.
La Iglesia, la continuación de ese grupo selecto que lo acompañaba en el
momento de la despedida, sostenida por la misma fuerza e inspirada por el mismo
Espíritu, se vale hoy de todos los medios de comunicación para transmitir a la
los hombres esa sublime verdad que transformó al mundo: Jesús vive, subió al
cielo y está junto al Padre en la espera del encuentro definitivo.
Nosotros pertenecemos también a esa inmensa multitud, que incorporados y
fortalecidos por el sacramento del bautismo y la confirmación, queremos
participar en esa misión de evangelizar. Sabemos que nuestra participación no
puede ser sólo un deseo, sino una misión y una responsabilidad que debemos
ejercer solidariamente con todos los bautizados para que se cumplan las palabras
de la oración que Jesús nos enseñó: “Venga a nosotros tu reino...” y así,
llegado el momento de la Parusía, participar triunfantes con todos los ángeles
y santos, de la salvación del universo.
Hoy es un día de despedida y compromiso: Jesús parte hacia el Padre; nosotros,
confiados en su palabra, nos encaminamos a recorrer el mundo, en el nombre el
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Domingo 04 de
Junio
Pentecostés
Jn 20,19-23 (Lecturas Hechos 2,1-11 y 1Cor 12,3-7.12-13)
Nace un nuevo pueblo
La fiesta de Pentecostés es un día de gran alegría espiritual ya que se
celebra el nacimiento de la Iglesia, y, además, con este acontecimiento, inicia
la tercera y última etapa de la historia de la salvación que comenzó en el
momento de la creación del mundo con la opción equivocada de Adán y Eva;
continuada con la Encarnación del Hijo de Dios y que concluirá con la Parusía,
con el regreso triunfante de Jesús Resucitado...
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En efecto, hoy recordamos y
actualizamos su presencia en la Iglesia, en la historia de la humanidad y en
cada uno de nosotros. Y eso es precisamente lo que nos enseña la liturgia de la
Palabra de hoy.
La primera lectura nos recuerda el hecho histórico de la venida del Espíritu
Santo. Es decir, su manifestación visible, sensible, palpable. Una verdadera
teofanía. Una señal de la presencia de Dios representada en el viento
huracanado y en el fuego, signos a los que recurre la Sagrada Escritura cuando
quiere describir una manifestación evidente de Dios.
A partir de ella, san Lucas nos describe los efectos transformadores del Espíritu
en los discípulos y en toda la comunidad eclesial reunida en oración en el Cenáculo.
Vemos cómo infunde en ellos valor y coraje para anunciar a Cristo resucitado
con la palabra y con el testimonio de sus vidas. Además, otra consecuencia
importante de la presencia del Espíritu Santo está representada en el hecho
que si bien los apóstoles hablaban en su lengua natal (arameo) los oyentes, de
diferentes países e idiomas, los entendían perfectamente. El autor quiere
resaltar con ello que desde su mismo nacimiento, la Iglesia abre el diálogo y
se comunica con todos los pueblos.
Por otra parte, en Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo que sucedió en
la Torre de Babel. Allí el pecado causa la incomunicación y la dispersión, ya
que al no comprenderse, los pueblos se separan y recorren un camino de
rivalidades y de guerra. En cambio, con la llegada del Espíritu Santo, su
presencia unificadora es motivo de comunicación, de diálogo y pacificación.
La segunda lectura enriquece y completa el mensaje anterior. En síntesis, nos
enseña que no obstante la diversidad en los carismas, en los dones y en las
cualidades personales, existe en la Iglesia una unidad inquebrantable. Nos
confirma que en la Iglesia y en la vida no somos iguales; pero sí, somos uno en
Cristo, reunidos precisamente por el Espíritu Santo.
En el Evangelio, la afirmación de Jesús “Recibid el Espíritu Santo” evoca
el momento de la creación. Allí el Espíritu aleteaba sobre las aguas, infundiéndoles
vida; aquí indica que con la asistencia del Espíritu Santo se realiza una
nueva creación. Nace un nuevo pueblo, la Iglesia, y en nosotros, reconciliados,
una nueva vida. Por eso, hoy deberá producirse en nosotros un profundo cambio
interior, una verdadera transformación y a partir de ella, sentirnos más
Iglesia; es decir, una comunidad reunida por el Espíritu Santo, unidos en los
mismo ideales, fortalecidos por dentro y valientes para anunciar a Jesús
resucitado.
Domingo 11 de
Junio
SANTÍSIMA TRINIDAD “B”
Mt 28,16-20 (Lecturas: Deut 4,32-34.39-40 t Rom 8,14-17)
Un misterio de esperanza
El misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que Jesús mismo nos ha
revelado durante su vida pública con su predicación y sus milagros. Recordemos
que antes de cada el milagro, siempre oraba al Padre para que lo conozcamos y lo
amemos. Se trata de un misterio que como tal no sólo no puede ser comprendido,
sino que si Jesús no lo hubiera revelado, tampoco lo hubiéramos conocido su
existencia. Y tampoco hubiéramos comprendido el plan salvífico de Dios. Es el
misterio más profundo de nuestra fe y toda ella se centra y tiene vida en el
misterio de amor de cada una de las tres divinas personas por la humanidad
entera.
Podemos vislumbrarlo apenas a partir de lo que nos dice la Sagrada Escritura a
lo largo de la historia de la salvación. Algunas de esas páginas fueron
escogidas para iluminar esta fiesta.
En la primera, tomada del Deuteronomio, un libro escrito después de la división
del reino Israel, en un contexto de luchas y de falta de fe en Yavé, el autor
pide a sus lectores a hacer un acto de fe y fidelidad en el Dios creador y
liberador de Israel, que manifiesta ese amor precisamente en la creación del
mundo y en el caminar junto a su pueblo para alentarlo y salvarlo. Es decir, en
esta página Dios se presenta como Padre que guía y perdona a su pueblo. Es el
Dios anunciado por los profetas que invitan a su pueblo a confiar siempre en su
amor y misericordia.
Luego san Pablo, escribiendo a los romanos después de haber conocido a Jesús y
después de haberse encontrado con el Resucitado en el camino a Damasco y también,
después de haber experimentado la presencia del Espíritu Santo en sus misiones
apostólicas, profesa en el párrafo de la carta que se leyó, hoy una profunda
fe trinitaria y nos habla de las tres personas: el Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo y lo hace en un tono casi confidencial, demostrando su amor y su confianza
en ese Dios misterioso, incompresible; pero que ama infinitamente a sus
criaturas hasta morir para salvarlas.
La lectura del Evangelio nos asombra una vez más. La página que leímos hoy es
la conclusión del libro de san Mateo. El autor concluye sus reflexiones y el
relato de sus experiencias en el seguimiento de Cristo de una manera muy
solemne: muestra a Jesús después de la resurrección y momentos antes de la
ascensión, enviando a sus discípulos que lo habían conocido y que habían
experimentado personalmente su amor a los hombres a que vayan y lo digan a todos
los hombres. Que les cuenten quién era él. Que había muerto crucificado
porque los amaba y que después había resucitado y ellos lo habían visto y
tocado. Es decir, estaba vivo y que su resurrección era la primicia y la garantía
de nuestra propia resurrección y por eso valía la pena dar la vida para
seguirlo, amarlo y anunciarlo. En otras palabras, nos enseña que Dios no sólo
es uno y trino, sino que la segunda persona, el Hijo, Jesús, se encarnó y enseñó
a sus discípulos el camino de la salvación y al despedirse de ellos los envió
a contémoslo a todos los hombres. Por eso, la fiesta de hoy es de alegría y
esperanza porque nos asegura que Dios nos creó, nos ama, nos salva y quiere que
lo conozcamos y lo hagamos conocer.
Domingo 18 de
Junio
Fiesta del Smo. Cuerpo y Sangre de Jesús - B
Mc 14,12-16.22-26 (Lecturas: Ex 24,3-8 y Heb 9,11-15)
Se quedó con nosotros
El amor no admite ni soporta separaciones definitivas, sino que quiere
permanecer junto a quienes ama para dar y recibir su amor. Salvadas las
distancias, esa es la actitud de Jesús que vino al mundo para compartir la vida
con los hombres, anunciar la Buena Nueva, ofrecerse al Padre como sacrificio
redentor, resucitar y volver al Cielo.
Sin embargo, su amor por los hombres lo llevó a encontrar en la Eucaristía una
manera sublime y misteriosa para seguir junto a los suyos. Así lo recuerdan las
palabras de san Pablo cuando escribe a la comunidad de Corinto confiándoles lo
que él había recibido del Señor respecto a lo sucedido en el Cenáculo en el
momento de la institución de la Eucaristía: “Hagan esto en memoria mía...”,
con esta recomendación, Jesús no sólo entiende instaurar el sacerdocio de la
Nueva Alianza para que sus discípulos continúen su obra, sino quedarse para
siempre bajo las apariencias de pan y vino. De esa manera, cada celebración
eucarística no sólo revive y actualiza el sacrificio místico de la última
Cena y el verdadero y real en el Calvario, sino que en ella Jesús se ofrece
además como alimento, haciendo así posible lo que Él mismo había anticipado
después de la milagrosa multiplicación de los panes: “Yo soy el pan de
vida... les aseguro que si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su
sangre no habrá vida en ustedes”. Los presentes no creyeron en sus palabras y
por ello lo abandonaron.
Quizás también los cristianos de hoy y de siempre, influenciados muchas veces
por sus dudas o por el peso de sus pecados, no creen ni participan de las
celebraciones eucarísticas y mucho menos, se alimentan de Jesús resucitado
bajo esas apariencias tan sencillas de pan y vino. En esta situación, se impone
un cambio de manera de vivir, sellándolo con el sacramento de la reconciliación.
Las lecturas de la liturgia de la Palabra de la fiesta de hoy centran su mirada
sobre el misterio de la Eucaristía como el sacrificio de la Nueva Alianza; pero
también nos recuerdan que es el alimento de los cristianos que, como viático
divino, fortalece el caminar de quienes viven reconciliados con el Dios del
amor.
Además, su presencia escondida y misteriosa en el sagrario es una invitación
permanente a la adoración de tan inconmensurable don, sin embargo, nunca
debemos olvidar que la Eucaristía es fundamentalmente para ser ofrecida en el
sacrificio de la misa y para ser recibida en la comunión. Esta participación
nos asegura nuestra unión con Jesús resucitado y con nuestros hermanos, impulsándonos
a ser cada día más solidarios con aquellos que necesitan nuestra ayuda
generosa.
Domingo 25 de
Junio
“B”-Domingo 12o
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Mc 4,35-41 . Primera: Job 38,1,8-11; Salmo 107; Segunda:
II Co 5,14-17;
“El huracán y la barca”
Hoy soplan vientos contrarios para la fe y para la vida de la Iglesia;
pero es una buena prueba para despertar de la mediocridad y
superficialidad a tantos creyentes. Unos se desalientan otros se
escandalizan y hay quien pretende amainar la tempestad por sus propios
medios. Yahvé salva a Job de la tempestad de la duda mostrándose como el
Señor del mar y del universo (1ª lectura). Jesús increpa a los vientos
y estos le obedecen, pero reprocha a los discípulos su cobardía y poca
fe (Evangelio). ¿Cuál es nuestra actitud cuando sentimos que nos
hundimos? El que no es de Cristo valora a las personas y las
circunstancias con criterios humanos; pero el que vive con Cristo es
criatura nueva, sabiendo que Él murió y resucitó por todos. (2ª
lectura)
1) ¿Quién puede dormir en la tormenta? La escena nocturna de doce
hombres encorvados sobre sus remos, que luchan hasta el límite de sus
fuerzas contra el furor de la naturaleza, nos hacen ver la gravedad del
momento. Pero su simbolismo va más allá de la narración. La tormenta es
imagen de las persecuciones que sufre la Iglesia y las luchas que cada
alma tiene que librar contra las tentaciones y dificultades. Pequeñas y
grandes tempestades: inquietudes, proyectos que no llegan a realizarse,
dificultades en las relaciones con los demás, desgracias inesperadas.
Puede sobrevenir la duda de que Dios se ha olvidado de nosotros; que
“Jesús duerme”. Entonces nuestra fe comienza a vacilar y llega la
desesperación. Pero podemos preguntarnos: ¿Con qué ojos vemos los
acontecimientos de nuestra vida? ¿Con los de la fe, con los de la
mentalidad que nos rodea, o con los de nuestro propio orgullo? “Cada vez
que Cristo se duerme en la barca de nuestra vida, se desencadena la
tempestad con todas las fuerzas del viento”. (San Pedro Crisólogo) ¿No
será nuestra falta de fe que interpreta las adversidades como una conjura
de todas las fuerzas naturales y sobrenaturales contra nosotros? Algunas
situaciones nos llegan con tal violencia que humanamente parecen
insoportables, pero entonces ¿Con cuánta fe hacemos oración como los apóstoles:
“Señor, sálvanos que perecemos”?
2) ¿Qué milagros esperamos? Los milagros entusiasmaban a nuestros
mayores y sus creencias se basaban en estas pruebas irrebatibles de la
omnipotencia de Dios. Sin embargo Jesús se muestra renuente a dar
pruebas. Los milagros que realizó, los hizo casi a disgusto, por piedad,
por bondad, en secreto, recomendando silencio, sintiendo siempre que corría
el riesgo de distraer la atención de otras cosas más importantes que
quería revelar. Los judíos exigían señales en el cielo, el
aplastamiento de los enemigos, la dominación universal. Nosotros también
queremos milagros y estaríamos tranquilos con esa fácil solución. ¿Cuáles
serían los motivos por los que Jesús seguía dormido en la tormenta? ¿No
era acaso Él, el dueño del viento y de las aguas? El primer motivo de
esta negativa es que una religión de milagros pondría a Dios al servicio
de nuestros intereses y de nuestros caprichos. El papel de la religión es
ayudarnos a despegarnos del mundo; pero las curaciones que esperamos, los
éxitos temporales, el alivio en los sufrimientos harían que nos apegáramos
más a esta vida que algún día tenemos que dejar. “Vosotros me seguís,
decía Jesús, porque habéis comido pan y os habéis saciado”. El
segundo motivo es que Jesús sabía que los milagros que realizaba sobre
las cosas, distraían la atención sobre su persona. Las almas sinceras
descubrían al Mesías a través de sus palabras, sus gestos, sus miradas.
Las almas groseras y superficiales no se interesaban más que por los
resultados obtenidos. El tercer motivo, el más importante es que el
milagro físico es una revelación de poder. Pero Jesús no quería
revelar de Dios más que el amor. El milagro que realizaba a través de
los milagros era el de la revelación del amor de Dios hasta el punto de
entregar a su Hijo único para salvar al mundo. Este milagro no lo
entendemos cuando reclamamos: “Sálvanos que perecemos”. Jesús está
ahí como dormido, tranquilo, silencioso, paciente. El motivo de nuestra
fe está en ponernos en contacto real con aquel que está ahí dormido.
Debemos ser capaces de creer en Él sin necesitar otros milagros que no
sean el de su amor. En otras palabras: No buscar los milagros del Señor,
sino al Señor de los milagros.
3)¿Morir de miedo o vivir de fe? “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún
no tenéis fe?”. Este reproche nos sorprende, cuando creíamos que esa
reacción ante el peligro era signo de confianza. Todos acudimos al Señor
cuando nos sentimos amenazados por un mal. Jesús reprende lo que nosotros
hubiéramos alabado. El nos revela que la oración de los apóstoles era,
en realidad, una oración desconfiada, de inquietud, de duda, Si Él
estaba allí no tenían nada que temer. No se puede perecer en compañía
de Jesús porque Él puede salvarnos, aún durmiendo. Nos da miedo tomar
en serio nuestra vida; es más fácil “instalarse y seguir tirando”
sin atreverse a afrontar el sentido de la existencia. ¡Cuántos
retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad cuando descubren
las exigencias y luchas de cada día! Pero no se puede vivir a la deriva.
Deberíamos escuchar con sinceridad las palabras de Jesús: “¿Por qué
sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”. El miedo es el mayor enemigo
de las personas, de la familia, de las comunidades. El miedo ha hecho
mucho daño en la Iglesia porque paraliza, impide la creatividad, la
aventura evangélica. Alguien ha dicho atinadamente: “Hay que tenerle
miedo al miedo”. El mayor pecado contra la fe es la cobardía; no nos
atrevemos a tomar en serio todo lo que el Evangelio significa. Ballet
hablaba de “la herejía disfrazada” de los que defienden el
cristianismo, incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las
exigencias más fundamentales del Evangelio. A veces parece que Jesús
duerme; son las noches de la fe. Es el silencio desgarrador y desesperante
del Señor. También Jesús sufrió esa noche con respecto al Padre:
“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27,46) Este
es el momento culminante de la fe, cuando a pesar de que nos envuelven las
tinieblas confiamos en Él. Es el momento de la fe desnuda.
Para llevarlo a la vida: Haz una lista de tus “tormentas personales”.
No te creas más débil o más pecador que los demás; más bien recuerda
que “Él hace llover y salir el sol sobre buenos y malos” (Mt. 5,45) y
que Él murió por todos. Sabemos que va en nuestra barca y nos dice:
“Atrévete, llevas dentro de ti una reserva de energías divinas. Yo
estaré contigo hasta el fin del mundo”. Tener fe es ser audaz y
valiente y rezar con Santa. Teresa: “Nada te turbe, nada te espante…
Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.
Domingo
02 de Julio
DOMINGO 13ºB
Mc 5,21-24.35b-43 (Lecturas: Sab 1,12-15; 2,23-24 y 2Cor
8,7-9.13-15)
Señor, creo, pero aumenta mi fe...
La figura mesiánica y la divinidad de ese hombre que recorría las
ciudades de Palestina anunciando una nueva relación con Dios, llamándolo
Padre y confirmando sus enseñanzas con milagros es el centro la meditación
de este domingo.
San Marcos a lo largo de su Evangelio, nos va descubriendo a Jesús en
pasos sucesivos, para que también nosotros lleguemos a confesar nuestra
fe como lo hizo el centurión al pie de la cruz: "Verdaderamente este
era Hijo de Dios". Y para que lo consigamos, nos muestras sus
milagros, auténticas revelaciones divinas. Una ellas, en el texto
inmediatamente anterior a estos milagros y que realmente sorprendió a los
discípulos, fue cuando el Maestro, con su autoridad divina, calma la
tempestad que amenazaba hundir la barca en que navegaban.
Hoy hace un paso más en la revelación ya que nos muestra a Jesús que no
sólo domina con su poder a los elementos naturales, sino a la misma
muerte.
Nos prepara para entender mejor el relato evangélico, la primera lectura,
tomada del libro de la Sabiduría. En ella el autor nos recuerda una
verdad que en circunstancias dolorosas, a veces nos cuesta admitir: Dios
no quiere la muerte del hombre. Al contrario, Dios lo creó para vivir.
Pero el hombre con el pecado desencadenó el dolor y la muerte. El dolor,
la muerte y el miedo al más allá no estaban previstos en los planes de
Dios. El hombre los introdujo con la su desobediencia y con su orgullo.
Esa realidad cotidiana, aparece con toda su crudeza en la página del
Evangelio de hoy: una mujer enferma y una niña muere. Pero el Evangelio
nos muestra también que Dios tiene dominio sobre ellos: con su poderío
sana a la mujer y resucita a la niña. Una victoria total y un gesto
inconfundible de su omnipotencia divina.
Ante a estos milagros, advertimos inmediatamente el mensaje que el
evangelista quiere transmitir a sus primeros lectores y a cada uno de
nosotros: ante todo fundamenta la divinidad de Jesús, demostrando con
hechos contundentes, que Él tiene poder sobre la muerte. Aún más,
quiere hacernos advertir que Él es la resurrección y la vida. En otras
palabras, así como puede curar a una enferma y calmar las tempestades,
puede también devolvernos la vida y llevarnos a la gloria eterna. Con
estos milagros, nos dice también que si creemos, la conseguiremos; pero
si no creemos, no seremos capaces de merecer la vida gloriosa.
Ahora bien, si todavía nuestra fe es débil y vacilante; si no tenemos la
luminosa vivencia de la fe, digámosle todos los días al Señor:
"Creo, Señor, pero ayúdame a superar mi incredulidad" y para
lograrlo, tratemos de valernos de la oración, recordando que cuanto más
oremos más creeremos y cuanto más creeremos, mejor será nuestra
plegaria.
Domingo
09 de Julio
14º DOMINGO “B”
Mc 6,1-6 (Lecturas: Ezequiel 2,2-5 y 2Cor 2,7-10)
Te basta mi gracia
Este domingo nuestro punto de partida para nuestra reflexión será la
segunda lectura, tomada de la segunda carta de san Pablo a los cristianos
de Corinto. En realidad, no tiene ninguna conexión con la primera lectura
ni con el Evangelio. Es por sí misma una meditación. Pablo nos habla de
una espina que lo molesta, que le causa problemas, que lo pone en
dificultades... ¿De qué se trata?
Algunos estudiosos de la sagrada escritura, suponen una enfermedad de la
vista que le impedía ver bien, moverse con independencia. Una enfermedad
contagiosa contraída durante los viajes... Otros, basados en sus
escritos, piensan que se trataba de un problema con los judaizantes, en
particular, con la Iglesia de Jerusalén, quienes insistían en imponer la
circuncisión, como condición indispensable para entrar en el Reino de
Dios. Hay también unos terceros que suponen que Pablo sentía
dificultades para mantenerse célibe.
Hoy, lo más prudente es aceptar que no sabemos con seguridad en qué
consistía ese aguijón. En todos los casos, era algo que le causaba
dificultades para llevar a cabo su misión apostólica como él pretendía.
Lo importante para nuestra meditación es que Pablo reconoce y acepta su
debilidad y la sabe convertir en una experiencia de maduración humana y
de paciencia espiritual. Esa es la verdadera lección que debemos
aprender. Porque en realidad, todas las personas sufren su propia
"espina", dentro o afuera de ellos. La mayor parte de las veces
dentro de ellos, que podría identificarse con una limitación en la
personalidad (demasiado tímidos) o un carácter no tan bueno o una
inteligencia no tan brillante o un vicio que adquirido y que no puede
dominar, como por ejemplo el alcoholismo o un pecado personal que se
repite demasiadas veces.
Para nuestro caso, lo que menos importa es el nombre. Lo definitivo, es la
huella que deja en nosotros la debilidad humana y que nos pone ante la
alternativa: aceptarla y combatirla serenamente o dejar que se convierta
en una fuente de rebeldía, de resentimiento, de inquietud, de angustia.
Por eso tenemos que grabar muy profundamente en nuestro espíritu la
respuesta que da Jesús a las repetidas súplicas del apóstol: "Te
basta mi gracia". En otras palabras, Jesús le dice al apóstol que
tenga la certeza de que su amor, su presencia, su ayuda no le faltará en
el momento necesario. La certeza de la ayuda del Señor tiene que darle la
tranquilidad y seguridad de que vencerá las pruebas. Por eso san Pablo
puede exclamar que se siente sereno en su debilidad. Es decir, a pesar de
las pruebas y las dificultades, se siente acompañado y asistido por la
gracia. Así, lo que sucede con Pablo debe suceder con nosotros, sentirnos
asistidos por la gracia de Dios.
Domingo
16 de Julio
Mc 6,7-13 (Lecturas: Amós 7,12-15 y Efesios 1,3-14)
De dos en dos...
La liturgia de la palabra de hoy nos invita a revivir y actualizar el
sacramento del bautismo y, a partir de esa toma de consciencia, a llevar a
la práctica la vocación cristiana que convoca a ser misioneros, apóstoles,
hombres empeñados seriamente en el anuncio del Evangelio.
Es claro que el cristiano no puede limitarse a cumplir con el Evangelio de
una manera aislada. Todo lo contrario, debe vivirlo para anunciarlo, para
que todos las personas que lo rodean descubran a Dios, su amor y su
misericordia. Por eso, en un momento histórico como éste, en que la
mayoría de las personas se preocupan sólo en disfrutar, gozar y pasarla
bien, es muy importante detenerse a meditar la Palabra de Dios que exige a
todos unirse a la evangelización.
El clima lo prepara la lectura de un episodio de la vida del profeta Amós,
un simple campesino llamado por Dios a ser su mensajero. En este episodio,
el profeta choca con el sacerdote del templo de Betel, el centro litúrgico
del reino del Norte. Al sacerdote no le causa ninguna gracia ver al
profeta en su templo. Posiblemente, porque alteraba la paz de la
concurrencia y quizás le espantaba la clientela con frases como ésta:
“Dios quiere menos holocaustos y más autenticidad en la vida, más
honestidad, más amor al prójimo”.
Este incidente revela mucha tensión entre Amós y el sacerdote; pero en síntesis
conviene subrayar que el profeta, aquel que anuncia la verdad y llama a un
cambio de vida, siempre encontrará dificultades.
Todos temen al cambio y aunque no lo admitan fácilmente, todos son
conservadores y prefieren seguir viviendo en la rutina, en el egoísmo, en
el pecado. ¿Para qué cambiar si se está bien? Generalmente no existe la
capacidad para admitir que cambiando se puede estar mejor... Por eso, los
profetas y los misioneros nunca son bien recibidos. Molestan.
No obstante esta realidad, en el Evangelio de hoy, Jesús envía a sus apóstoles
a una misión clara y contundente: anunciar que para encontrarse con Dios
y reconciliarse con Él, es necesario un cambio de vida. Y para esta misión
los instruye dándoles normas prácticas: Los envía de dos en dos, para
que en la dura misión se apoyen mutuamente en los momentos de cansancio,
de desaliento; para que compartan las alegrías y las tristezas, los éxitos
y los fracasos y les pide que vayan con lo indispensable. Basta un bastón
para apoyarse y defenderse y unas sandalias para caminar por los caminos
pedregosos. En una palabra, lo quiere ligeros de equipaje.
Para nosotros que leemos y reflexionamos este Evangelio hoy, es muy
importante que tengamos en cuenta estas recomendaciones de Jesús, para
que no pensemos que el éxito de una misión apostólica dependerá de los
medios que se utilicen, aunque no hay ni que ignorarlos ni despreciarlos.
Jesús enseña que el éxito de la misión depende la unión del misionero
con el Maestro, de la actitud valiente ante la realidad pecaminosa, de la
autenticidad del misionero, de su testimonio y de la gracia de Dios que
elige y salva.
Hoy, en el año 2000, durante este Gran Jubileo, la Iglesia en general y
en especial la Iglesia de Buenos Aires, nos llama a ser misioneros...
Aceptemos el desafío y el llamado de la gracia y
para que la misión tenga el éxito que esperamos, no olvidemos las
recomendaciones del Evangelio y, en modo especial, anunciar a Jesús, Hijo
de Dios hecho hombre, resucitado, que nos llama a seguirlo, cambiando de
vida.
Domingo
23 de Julio
Mc 6,30-34 (Lecturas: Jeremías 23,1-6 y Efesios 2,3-18)
Los ejemplos arrastran
Es conocido aquel refrán que sostiene que las palabras vuelan mientras
que los ejemplos arrastran. Así de contundente es la liturgia de la
palabra de hoy para marcar la responsabilidad de aquellas personas que
tienen la misión de guiar, de enseñar, de conducir y
de educar a quienes se le ha confiado.
Así lo afirma la primera lectura, donde con términos muy duros, el
profeta Jeremías acusa y condena a los conductores del pueblo judío,
sacerdotes y rey, que con sus palabras y sus actos llevaron al pueblo de
Dios a la apostasía y, como consecuencia de ella, a su destrucción como
nación, cuando las tropas persas, después de un penoso sitio, tomaron
Jerusalén y la destruyeron, asesinando a los hombres más importantes e
influyentes del país y llevando cautivos Babilonia a la mayoría de la
población.
Hoy, cuando leemos esta página de la Sagrada Escritura, nos damos cuenta
que esas advertencias del profeta están dirigidas a cada uno de nosotros,
los responsables de la vida de la Iglesia. Sin embargo, también deberán
asumirlas todas aquellas personas que tienen la obligación de administrar
el bien común de la nación. En este caso no es necesario entrar en
detalles, basta tener presente lo que todos los días nos informan los
medios de comunicación.
Obviamente, que en lo que se refiere a la Iglesia, los pastores tienen una
enorme responsabilidad de su buen funcionamiento y en su espíritu de
servicio, pero también es cierto que esta responsabilidad está
compartida con todos los “formadores”, en modo especial, los padres de
familia. Es decir, aquellos “pastores” tanto religiosos como los
civiles, que deben dar el ejemplo en la vida de la Iglesia. En definitiva,
la responsabilidad compete a todas aquellas personas, --hombres o
mujeres-- que tienen la responsabilidad de educar, caminado adelante para
indicar el camino que conduce a la salvación tomada en el más amplio
sentido de la palabra.
No obstante este cuadro no tan consolador, en la liturgia hay un mensaje
de esperanza: la profecía de Jeremías no se reduce sólo a una severa
advertencia a los líderes de su pueblo, sino que les promete, en nombre
de Dios, que llegará el día en que hará crecer un retoño de David que
reinará con sabiduría y practicará el derecho y la justicia en el
gobierno de su reino. Nosotros hoy sabemos muy bien que esa promesa se
cumplió en Jesús. Es decir, Dios mismo se encarnó en la virgen María
hace dos mil años y hoy vemos en la lectura del Evangelio que nuevamente
se presenta como el Buen Pastor, como aquel que reunirá a su pueblo en
una nueva “nación”, en una nueva comunidad que es la Iglesia, llamada
a conducir a todos los hombres a la salvación. Esa es nuestra Iglesia
donde cada miembro de la comunidad eclesial tiene un rol específico y
sabe que caminando tras las huellas del Buen Pastor llegará a la santidad
y a gozar con Él la felicidad eterna.
Domingo
30 de Julio
DOMINGO 17º - B
Juan 6,1-15 (Lecturas: 2Reyes 4,42-44 y Efesios 4,1-6)
La humanidad espera el alimento del Señor
Con este domingo iniciamos la reflexión sobre una de las cuestiones
centrales de la vida cristiana: la eucaristía, un tema que se irá repitiéndose
y profundizándose a lo largo de los domingos sucesivos, excepto el próximo
en que celebraremos la Transfiguración del Señor. Para ello se
suspenderemos la lectura continuada del Evangelio de Marcos, para escuchar
el denso relato del milagro de la multiplicación de los panes, típico
del estilo literario de san Juan.
El alimento espiritual no es privativo del Nuevo Testamento. Todo lo
contrario. La necesidad y la realidad de un alimento espiritual para el
creyente, están sintetizada en el versículo central del salmo de hoy.
"Tú abres las manos, Señor, y sacias el hambre de los
vivientes". Esta profesión de fe del salmista tendría que ser la
invocación de todos los cristianos llamados y reunidos en el banquete
eucarístico.
Si bien el alimento material constituye una necesidad irrenunciable para
el hombre, todos sabemos, porque seguramente los hemos experimentado, que
no basta. El ser humano tiene el hambre espiritual y sólo la comunión de
vida con Dios, puede saciar esa hambre y apagar las aspiraciones profundas
del corazón. A esa hambre y a esa necesidad, responden los textos bíblicos
de hoy.
La multiplicación de los panes realizada por el profeta Eliseo, que narra
la primera lectura, prefigura la abundancia de tiempo mesiánico: es el
anuncio de lo que sucedería en el tiempo de Jesús y de la Iglesia. Desde
ese punto de vista, el Evangelio ilumina, ayuda a conocer y a descubrir la
figura misteriosa de Jesús a través de la eucaristía. En efecto, Jesús,
en la plenitud de los tiempos, aparece como el nuevo Moisés, quien lleva
a cabo el verdadero Éxodo, alimentando al pueblo de Dios, no sólo con un
alimento material, como era el "maná" sino con “un pan bajado
del cielo”; la Palabra del Padre hecha hombre que, en la eucaristía, se
transforma en sacramento de comunión, en un alimento viviente y que da la
vida eterna.
Estas breves consideraciones ya nos permite descubrir la importancia que
tenía este milagro en la Iglesia primitiva, que, inmediatamente lo
relacionó con la Cena Eucarística del Jueves Santo. De esa manera el
milagro de la multiplicación de los panes anuncia la Cena Pascual del
Jueves Santo y anticipa del sacrificio de Jesús sobre el Calvario: Jesús
instituyendo la Eucaristía, el día antes de su muerte, ofrecía místicamente
a la humanidad, su cuerpo en el pan y su sangre en el vino que repartió a
sus discípulos mientras comían.
Hoy nosotros, mientras recordamos este misterio, preguntémonos si en ese
Jesús que multiplica los panes, logramos ver al Maestro que debe guiarnos
y a quien debemos seguir. Y preguntémonos también, si sentimos hambre y
estamos convencidos de la necesidad de alimentarnos con el pan celestial.
Esa inquietud debe llevarnos a revisar la manera de vivir nuestras
Eucaristías y cómo las preparamos; a preguntarnos, además, si las
celebraciones dominicales son para nosotros un verdadero alimento
espiritual: Palabra de Dios que ilumina; Eucaristía que alimenta... y no
sólo el mero cumplimiento del tercer mandamiento. De las respuestas que
demos a estas preguntas, depende nuestra situación espiritual.
Domingo
06 de Agosto
Transfiguración del Señor
Mc 9,2-10 (Lecturas: Dan 7,9-10 y 2Ped 1,16-19)
Jesús, el Mesías
El relato de la transfiguración de Jesús transmitido por el evangelista
san Marcos y seguramente escuchado de san Pedro, responde a la pregunta
que subyace en todo el segundo evangelio: ¿Quién es Jesús? Es el mismo
interrogante que formulado de otra manera, surge después de calmada la
tempestad:
¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?
La respuesta aparece en el milagro – teofanía de la transfiguración,
en el silencio de la cumbre del monte, donde se habían retirado a orar:
Jesús es el Hijo de Dios, el Sirvo de Yavé, el Mesías, el Profeta a
quien hay que seguir.
Además, la narración quiere hacer comprender a los lectores que la
verdadera gloria de Jesús se manifestará en su plenitud, en el momento
de su pasión, muerte y resurrección. De hecho, “transfigurarse”
significa manifestar su íntima y secreta personalidad y es allí donde
Jesús se presenta con toda su fuerza, venciendo el poder de las
tinieblas.
Sin duda que en el momento en que la nube, símbolo de la divinidad, cubre
a los presentes, Jesús revela a sus discípulos estupefactos, el
misterioso esplendor del Mesías y del Hijo de Dios que, en un acto de
amor infinito, asumía voluntariamente el plan de salvación anunciado ya
en el Antiguo Testamento y representado en ese momento por Moisés y Elías;
pero era como una confidencia particularizada y personal a los tres discípulos
predilectos.
Es importante tener en cuenta también que al concluir la teofanía, san
Marcos subraya que los discípulos, al levantar la vista estaban solos con
Jesús, dando a entender de esa manera que de allí en más no eran
necesarios otros mensajeros: Jesús era la manifestación plena de Dios,
el enviado por el Padre para salvar a los hombres con su inmolación en la
cruz y su resurrección gloriosa, fuente de esperanza de la humanidad. Así
se cumplían las promesas y los pactos sellados con los Patriarcas, con
Moisés y con todo el pueblo elegido. En definitiva, un nuevo gesto de
amor y misericordia de Dios que sale una vez más con los bazos abiertos
al encuentro del hombre que lo busca sinceramente.
Vista desde nuestra perspectiva y con la experiencia de más de veinte
siglos, el milagro que recuerda la fiesta de hoy, continúa enviándonos
el mismo mensaje liberador: Jesús es el único Salvador, el único Mesías
y el único Profeta que nos guía a la salvación. Si bien la idea parece
clara, no siempre fue así ya que recorriendo la historia del mundo
encontramos a muchos personajes que pretendieron ocupar el lugar del Jesús,
y quizás sin proponérselo, combatieron a Dios y a su Iglesia, a veces
con violencia otras sutilmente. Las persecuciones y los cismas siguen
latentes; pero quienes siguiendo el ejemplo de Pedro, Santiago y Juan,
supieron descubrir que Jesús es el Mesías, hoy caminan seguros al
encuentro del Padre celestial.
Domingo
13 de Agosto
DOMINGO 19º, Ciclo B
Jn 6,41-51 (Lecturas: 1Reyes 19,4-8 y Efesios 4,30 –
5,2
La eucaristía, fuerza para continuar el camino
La liturgia de la palabra de hoy insiste sobre el tema de la Eucaristía;
pero esta vez subrayando su valor como alimento indispensable
para caminar con esperanza por el camino de la vida.
La primera lectura, tomada del Libro primero de los Reyes, nos presenta al
profeta Elías, cansado y decepcionado después de la lucha contra los
sacerdotes de Baal, quienes apoyados por Jezabel, querían imponer la
idolatría pagana en el Reino del Norte.
Esta situación de Elías refleja una parte importante de la vida de los
hombres. ¿Quién no se ha sentido cansado alguna vez como Elías? ¿Quién
no se ha prometido a sí mismo no comenzar nuevos proyectos? ¿Quién,
alguna vez, cansado, no sintió la necesidad de quedarse sentado y dejar
las cosas como están?
Cansado de predicar la fidelidad a la Alianza, no encuentra en su pueblo
comprensión ni ayuda. Se siente solo y abandonado en el momento de la
persecución. Pero Dios lo conforta y lo alimenta con un pan milagroso que
le da la fuerza para seguir caminando hasta subir al monte Horeb y allí,
en la soledad y el silencio, encontrarse personalmente con Dios en un
encuentro que nos hace añorar el silencio de la vida contemplativa. Además,
nos pone
en la dirección exacta para leer y meditar el Evangelio de hoy.
Jesús les había dicho a los judíos: "Yo soy el pan bajado del
cielo". Y ante esta categórica afirmación, los judíos no pueden
menos que preguntarse, cómo es posible que Jesús, siendo hombre y de
quien ellos conocían el origen, diga que Él es pan bajado del cielo.
Comprendamos que no es una objeción caprichosa, sino muy seria. Ellos lo
conocían como al hijo del carpintero...
Ante esta objeción, Jesús no le responde directamente. Más bien agrega
una afirmación no muy clara: "No critiquéis. Nadie puede venir a mí
si no lo atrae el Padre". Ésa es la clave de la solución. No se
puede entender la vida sobrenatural si no creemos; si Dios no nos da la
fe; si no nos atrae.
Los judíos vivían y pensaban, como era lógico, según criterios del
Antiguo Testamento.
Creían que toda la relación con Dios acababa en los sacrificios y en los
actos externos...
No advertían que para entender el mensaje de Jesús, había que aceptarlo
con los ojos de la fe; como el Hijo de Dios. Sólo de esta manera podemos
y debemos aceptar que Jesús, no sólo nos enseña a caminar hacia el
Padre, sino también se ofrece como “pan bajado del cielo”. Pensemos
también que la misma objeción de los judíos, se la hicieron las
primeras comunidades cristianas a quienes el evangelista san Juan dirige
este Evangelio y fue repitiéndose a lo largo de la historia, con otros
nombres y por otros motivos. Para una respuesta correcta, siempre fue
necesario la fe.
Hoy sucede lo mismo: Si queremos superar los momentos de cansancio y
desaliento, tendremos que aumentar nuestra fe y alimentarnos del pan
celestial, como Elías y crecer en la esperanza. Si queremos continuar en
el camino de la ascensión hacia la cumbre de la santidad, tenemos que
vivir la Eucaristía. Debemos sentir necesidad de ella. Creer en Jesús
alimento, significará tener el coraje de volver a recorrer todos los días
el sendero del servicio a los hermanos, de la solidaridad, del amor.
Domingo
20 de Agosto
VIGÉSIMO DOMINGO Ciclo "B"
Jn 6,51-58 (Lecturas: Proverbios 9,1-6 y Efesios
5,15-20)
Celebrar la Eucaristía, es participar de un banquete.
..
Hace ya varios domingos que la liturgia de la palabra nos ofrece para
nuestra reflexión, el capítulo VI de san Juan, donde el evangelista
desarrolla ampliamente su teología eucarística, recordándonos las
palabras de Jesús, la fe y las vivencias de las primeras comunidades
cristianas, que ya sufrían no sólo persecuciones del poder imperial,
sino los embates de las primeras herejías.
Para nuestra reflexión, es importante que recordemos algunos hechos que
ya hemos meditado los domingos anteriores: a) El tema comienza con la
multiplicación de los panes y de los pescados. Un milagro típicamente
mesiánico, prometido por los profetas, en los momentos difíciles del
pueblo hebreo. b) Ante el entusiasmo de la multitud, Jesús les recuerda
el "maná", como el símbolo del alimento que les iba a dar el
Mesías... c) A continuación --lo vimos el domingo pasado--,
les dice que Él es el "maná" bajado del cielo.
Y hoy, ante el estupor y la incredulidad del auditorio, les asegura que
quien no se alimente con su cuerpo y de su sangre, no tendrá vida
eterna... Palabras incomprensibles para los judíos que tenían
absolutamente prohibidos los sacrificios humanos.
Como se advierte, todo el discurso y la argumentación de Jesús fue
"in crescendo" y el auditorio, está cada vez más asombrado e
incrédulo.
Hoy, quizás este discurso de Jesús no nos sorprenda tanto. Estamos
acostumbrados a escuchar estas palabras desde nuestra infancia y por
eso,
probablemente, es una rutina más.
Pero la liturgia nos llama a reflexionar reiteradamente sobre este tema
para que captemos y comprendamos, no el misterio, porque como tal es
incomprensible, sino las consecuencias prácticas que surgen de él. Lo
primero que podemos subrayar es que no hay celebración eucarística
eficaz, sin una participación activa. Es decir, venimos al templo no sólo
para cumplir con el tercer mandamiento que nos llama a santificar las
fiestas, sino a alimentarnos con la Palabra de Dios y compartir del
Banquete Eucarístico como les exige Jesús a sus compatriotas en el
Evangelio que acabamos de escuchar. Esta participación produce sus frutos
si se parte de un acto de fe: no es pan y vino que “simbolizan” el
cuerpo y la sangre de Cristo, sino Cristo mismo, bajo las apariencias de
pan y vino. Se trata de un alimento que, como tal, sólo pueden recibirlo
los están vivos; quienes tienen la vida de la gracia. De lo contrario,
como escribe el apóstol Pablo en su primera carta a la comunidad de
Corinto, comen su propia condenación. De allí la necesidad de estar
preparados y estar en gracia de Dios para participar del Banquete Eucarístico.
Si realmente nos alimentamos con el cuerpo de Cristo bien preparados, no
podemos no sentir ansias de Dios; no podemos no experimentar su amor, su
misericordia y obrar en consecuencia. Por lo tanto, tratemos de leer y
meditar a menudo este capítulo del Evangelio. Cada vez que lo hagamos,
descubriremos nuevas riquezas y será, seguramente, el punto de partida de
un cambio de mentalidad. Si lo hacemos, ya estamos caminando hacia la
santidad...
Domingo
27 de Agosto
DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO Ciclo B
|
Jn 6,60-69 (Lecturas: Josué 24,1-2.15-18 y
Efesios 5,21-32)
¿A quién quieren servir?
La pregunta del título nos enfrenta a las grandes opciones de la
vida. Nos exige, con toda franqueza y dureza: "Elijan a quién
quieren servir..."
Vimos en la primera lectura, cómo Josué, el sucesor de Moisés en
la conducción de su pueblo, en circunstancias cruciales, cuando
intentaba establecerse en la tierra prometida, en medio de un pueblo
de idólatras, se decidió, junto con su familia, servir
incondicionalmente al Dios de la Alianza e invitó al pueblo a
definirse siguiendo su ejemplo.
Por otra parte, no son menos dramáticas y cruciales las
circunstancias a las que se refiere la página del Evangelio de hoy
donde nos encontramos con la conclusión del capítulo VI de san
Juan que venimos meditando durante estos últimos domingos.
En este capítulo VI en que el evangelista recuerda el discurso
sobre el pan de Vida, Jesús clarificó su misión entre los
hombres, delante la multitud que lo seguía. Él era el Mesías, el
salvador, el enviado del Padre, pero no un jefe militar o político
como ellos esperaban...
Hoy escuchamos las reacciones de los oyentes y, concretamente, de
los seguidores más próximos al Maestro, sus discípulos. Muchos lo
abandonaron ante la dureza de la propuesta de Jesús. Otros optaron
por quedarse.
Si bien ése es el hecho histórico, tengamos presente también, que
no es sólo la reacción de los discípulos, sino también la reacción
de diversos grupos cristianos de los primeros tiempos y las
reacciones de ciertos cristianos de todos los tiempos. Por lo tanto,
se trató de una manifestación exterior, de una falta de fe que ya
existía en algunos de los seguidores de Jesús más cercanos y en
algunas comunidades cristianas de los primeros tiempos, que no habían
conocido personalmente a Jesús. Para algunos discípulos, el
discurso sobre el pan de vida que sigue a la multiplicación de los
panes y los pescados, fue sólo el detonador, el pretexto inmediato
para abandonar a Jesús. Los que lo discuten hoy, ya hacía mucho
tiempo que no creían.
Este acontecimiento nos lleva a una conclusión que a veces nos
cuesta aceptar: No se abandona a Dios por éste o aquel misterio o
capítulo discutido de las enseñanzas de la Iglesia. El manifestar
que no se está de acuerdo con esa enseñanza o ese misterio,
refleja otros desacuerdos más profundos. Refleja una falta de fe
mucho más radical. En realidad, si se tiene fe en Jesús, en Dios,
es imposible no sobrellevar ciertos escándalos o ciertas doctrinas
que nos incomodan.
Por todo esto, el Evangelio de hoy, es una ocasión estupenda para
reflexionar sobre nuestra realidad eclesial a nivel sacerdotal y a
nivel laical: En un tiempo como el nuestro, en que se discute sobre
temas tan comprometedores como la indisolubilidad del matrimonio, el
aborto y el control ilícito de la natalidad, o otras cuestiones
sociales y políticas, el cristiano no puede quedar indiferente.
Debe hacer una opción clara y sin medias tintas. Sin embargo,
ninguno de estos temas son tan importantes que puedan poner en
crisis nuestro ministerio sacerdotal o nuestra pertenencia a la
Iglesia. Si así fuera, es que ya no se cree. Por eso hoy, seamos
sinceros, crudamente sinceros y preguntémonos cuál es nuestra fe
real en Dios y partir de esa respuesta, comencemos a trabajar. Quizás
hoy es el día en que debamos reafirmar nuestra opción fundamental.
Como la de Josué.
Domingo
03 de Setiembre
VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO Ciclo "B"
Mc 7,1-8.14-15.21-23 (Lecturas: Deuterenomio
4,1-2.6-8 y Santiago 117-18.21-22.27)
La ley hay que vivirla
¿Cuál es nuestra actitud ante a la ley? Nos pone en clima para la
respuesta, la primera lectura de hoy, tomada del libro del
Deuteronomio. Para ello, nos recuerda que los mandamientos de Dios
son normas básicas de sabiduría y prudencia. En efecto, son las
normas indispensables para la convivencia humana y para vivir
reconciliados con Dios. El autor sagrado, además de recordar estos
preceptos, destaca las dos cualidades que distinguieron al pueblo de
Israel de los otros pueblos. Primero, la presencia particular de
Dios en su historia que los acompañaba en su camino y luego, sus
justos mandamientos. Estas dos afirmaciones ya nos permiten una
reflexión: la consciencia de Dios, sin los mandamientos, transforma
a la religión en un en puro sentimiento. En algo subjetivo, que se
practica de acuerdo a las conveniencias inmediatas. Pero también
hay que tener en cuenta, que los mandamientos sin Dios, convierten a
la religión en ritos sin alma, en legalismos sin vida.
En el equilibrio está la sabiduría, la vida, la verdadera religión
y la santidad. Más allá de las leyes, está la conciencia, que,
cuando es recta, no tropieza ni con el legalismo ni con es
subjetivismo. Vive su relación con Dios y con el prójimo, de una
manera auténtica, sin subterfugios ni escapismos. Precisamente de
este equilibrio nos habla el Evangelio de hoy. En un primer momento,
nos muestra el enfrentamiento entre la religión ritual y la religión
espiritual. Para comprender la diferencia que existe entre una y
otra, recordemos el transfondo histórico que lo provoca: En un
principio estos ritos purificatorios estaban prescriptos sólo para
los sacerdotes de la Antigua Alianza. Luego pasaron a ser ritos de
purificación general, convirtiendo a cada comida, en una comida
ritual y, finalmente, los fariseos lo llevaron a la exageración,
desvirtuando de esa manera, un rito auténtico, cargado de sentido
espiritual, en un ritualismo estéril y complicado.
Por esa actitud, puramente exterior, Jesús los condena llamándolos
hipócritas, falsos, sin alma. Su hipocresía consistía
precisamente, en la falta de concordancia entre su apariencia de
santidad externa y su santificación interior.
Y ese es también hoy nuestro peligro. Corremos el riesgo de
ocuparnos sólo de ritos externos. Sacramentos, misas, comuniones,
oraciones, sin preocuparnos por cambiar nuestra vida personal,
nuestra relación con Dios, nuestra relación con la comunidad y con
nuestro prójimo. Ese peligro se hace realidad cuando convertimos
nuestra religión en un culto de puertas adentro del templo, sin
preocuparnos de la vida de afuera, de nuestra relación cotidiana
con lo que acostumbramos a llamar "mundo". Jesús condenó
esa actitud de los fariseos como hipócrita. Por eso, a la pregunta
que le hacen, responde de una manera muy dura: "Nada de lo que
entra en el hombre puede hacerlo impuro". La malicia está
adentro, en nuestros pensamientos, en nuestras intenciones,
excluyendo a Dios de nuestro proyecto de vida, viviendo en la
realidad como si no creyéramos. Es importante que hoy nos
preguntemos si la vida ritual, sacramental, influye, determina, guía
nuestra vida personal y nuestra comunicación con el prójimo. Si
influye, agradezcamos a Dios, porque estamos en buen camino.
Domingo
10 de Setiembre
Domingo 23º - B -
Mc 7,31-37 (Lecturas: Is 35,4-7 y Santiago 2,1-5)
ÁBRETE
La liturgia de la palabra de hoy, tanto en su primera lectura
como en el Evangelio, gira en torno al milagro en que Jesús cura a
un sordomudo.
Este milagro, por sus características, nos sorprende un poco: Jesús
esta vez se atiene a los ritos y elementos de curación usados por
los médicos de la antigüedad. Es decir, Jesús se presenta como un
gran médico. En la antigüedad se atribuía a la saliva efectos
curativos, particularmente en la enfermedad de los ojos.
Tengamos en cuenta también que las palabras de Jesús no se
refieren sólo a los órganos enfermos, a los sentidos particulares,
sino a toda la persona.
Según la convicción judía, era toda la persona que estaba enferma
y no sólo un órgano determinado. Por lo tanto, era toda la persona
que debía ser curada. Por eso el "Ábrete" de Jesús se
refiere a toda la persona.
1.- Visto de esta manera, el milagro de Jesús, lo primero que
pretendió, como parece obvio, fue la curación real del enfermo y
no simbólica. En realidad, no puede ser de otra manera, porque Jesús
siempre se mostró muy sensible para descubrir las necesidades
corporales y siempre tuvo la voluntad de remediarla. En este caso se
trataba de un pobre hombre, que por su condición de sordomudo
estaba marginado de las alegrías de la vida social y comunitaria,
debido a su comunicación reducida y elemental.
2.- Pero al mismo tiempo, al realizar este milagro, Jesús cumplía
las profecías mesiánicas, como hemos visto en la primera lectura,
donde Isaías anuncia que el Mesías curaría a los ciegos, a los
sordos y a los mudos. De esa manera, este milagro se convierte en un
signo que debía hacer descubrir a los judíos que ese hombre
llamado Jesús, era el Mesías.
3.- Finalmente, y sin restar importancia a los dos primeros aspectos
del milagro, hay que subrayar un tercer aspecto: El simbólico. Jesús
no dice ábranse los oídos, los labios, la lengua, los ojos. Jesús
dice "Ábrete".
Pide la apertura de toda la persona humana: los oídos, los ojos, la
lengua, el corazón, la razón a la gracia de Dios, para cambiar
totalmente la vida y comenzar una nueva, entrando a participar en el
Reino de Dios.
Por eso es significativo que los gestos y las palabras de este
milagro pasaron a formar parte del rito del primero y
fundamental
sacramento del cristiano, el del bautismo.
Con el bautismo, el cristiano se abre a la luz de la Palabra de
Dios, a la gracia, a la oración, a la generosidad, a la
solidaridad.
Hoy mientras reflexionamos sobre este milagro, tenemos de recordar y
actualizar nuestro bautismo, donde Jesús, por boca del
sacerdote,
nos llamó a abrirnos a la vida cristiana.
Lo que pudo haber sucedido a lo largo de los años, es que nos
fuimos cerrando hasta volvernos impermeables a la gracia y a
nuestros hermanos. En esa situación, ya no podemos ni oír, ni
hablar, ni escuchar. Quedamos incomunicados con Dios y con los
hombres.
Domingo
17 de Setiembre
DOMINGO 24º CICLO "B"
Mt 8,27-35 (Lecturas: Is 50,5-9a y Santiago
9,30-37)
El Mesías y su abrazo a la cruz
San Marcos, a medida que va desarrollando su Evangelio,
clarifica también la figura del Mesías y lo va presentado con sus
verdaderas características. Si bien Jesús se manifiesta como un
profeta diferente, en ningún momento se proclama: “yo soy el Mesías”,
sino que deja que los acontecimientos lo revelen paulatinamente. Por
eso parece normal que en un determinado momento de su misión se
detenga y pregunte a sus apóstoles ¿Qué dice la gente que soy yo?
Tomando como medida las respuestas de los Apóstoles descubrimos
que, en general, habían captado bien el mensaje: Jesús no era un
hombre cualquiera, sino un enviado por Dios. Ellos y Pedro en
especial, lo habían descubierto con mucha exactitud: Era el Mesías,
el Hijo de Dios vivo.
No obstante este acto de fe guiado por la gracia, ninguno de ellos
había cambiado la figura del Mesías que habían acunado desde la
infancia y mucho menos sus equivocadas esperanzas. Tenía que ser un
rey liberador y triunfador, por eso no lo aceptaban padeciendo y,
mucho menos, cargando la cruz. Esto indica que no habían sabido
leer correctamente el pasaje de Isaías, (leído en la primera
lectura de hoy), donde refiriéndose al Mesías, el profeta lo
describe como al Siervo Doliente, viviendo el primer Viernes Santo
de la historia.
Esa lectura equivocada de las profecías de Isaías no les permitió
a los Apóstoles descubrir el verdadero rostro del Mesías sino
después de su muerte y resurrección. Allí está su mérito y el
de todas las generaciones sucesivas; aceptar que Jesús, para
cumplir su plan salvífico, debía abrazar la cruz y darnos una
lección de amor sellada por el sufrimiento.
Leyéndolo desde esta perspectiva, el Evangelio de hoy nos permite
una reflexión muy actual respecto al dolor y el sufrimiento. Todos
sabemos que el sufrimiento fue siempre un problema para el hombre. Y
más todavía para el creyente.
Conocemos muchas quejas del A. Testamento en la que los judíos
piadosos se preguntaban por qué sufren los niños, los inocentes;
por qué el dolor y no encontraron la respuesta adecuada.
Jesús con la aceptación voluntaria de la cruz, nos enseña que el
dolor y el sufrimiento tienen en sí, cuando se lo acepta como
camino de Dios, una fuerza redentora. San Pablo en esa misma línea
de pensamiento, escribe en una de sus cartas que "sine
effusionen sanguinem, non fit remitio". Es decir, sin el dolor,
sin el padecimiento voluntariamente aceptado, no es posible la
redención.
Por otra parte, el mal es una realidad (o al menos una parte de la
realidad) causada la mayor parte de las veces por el hombre y hay
que aceptarlo, redimirlo, convertirlo en un camino que conduce a la
santidad. Jesús lo ha dicho con toda claridad, "El que quiera
venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue su cruz y me
siga". Por eso el sufrimiento aceptado, no es una maldición, sí
el signo del seguimiento de Cristo.
De todas maneras, esto no significa que tendremos que ser
masoquistas y buscar el dolor por el dolor mismo. Todo lo contrario.
Lo que tenemos que hacer es no renegar de nuestras cruces, sino
abrazarlas con valentía y con coraje, para que nos ayuden a estar más
cerca de Dios.
Domingo
24 de Setiembre
DOMINGO 25º Ciclo "B"
Mc 9,30-37 (Lecturas: Sabiduría 2,12.17-20 y
Santiago 3,16-4.3)
Como niños...
El orgullo y la soberbia, temas no muy atractivos y que parecen
olvidados en nuestras vidas, son el centro de esta liturgia de la
Palabra que nos llama a combatirlos cultivando la virtud de la
humildad.
El autor del Libro de la Sabiduría, en la primera lectura, pinta
una situación que, a pesar del tiempo transcurrido, continúa
manifestándose en nuestro mundo contemporáneo. La honestidad, la
rectitud, la religiosidad más que adhesiones, la mayoría de las
veces provocan hostilidad, rechazo, ira y persecución. Pareciera
que lo que no se consigue alcanzar se denigra o se desprecia o se
combate para justificar de esa manera su propia maldad. Ejemplos hay
a raudales. Recuerden a los profetas. Los del Antiguo Testamento y
los de todos los tiempos. Perseguidos y asesinados. La historia,
como en otros temas, también aquí se repite...
Por su parte, el párrafo de la Carta del apóstol Santiago que leímos
hoy, trata de encontrar una justificación a ese absurdo proceder.
Santiago afirma que en la base del accionar y del obrar de los
justos está la iluminación divina y sobrenatural proveniente del
Espíritu Santo; mientras que los malos y los impíos se dejan
conducir por la sabiduría terrena, diabólica, carnal que no puede
producir más que rencor, odio, y persecución. Para Santiago no hay
otra alternativa: o se está dominados por las pasiones o se vive
bajo el efecto de la luz divina proveniente del Espíritu Santo. Los
frutos de cada situación aparecen en el obrar humano y son
totalmente opuestos.
El Evangelio de hoy amplía aún más el tema de las dos primeras
lecturas. Jesús nos recuerda otro comportamiento humano que nos
permite ver aún más profundamente, el origen de los desórdenes
morales y de las buenas acciones: nos habla de la soberbia y del
orgullo y nos invita a cultivar la virtud de la humildad para llevar
una vida serena y santa dentro de la comunidad cristiana.
Los malvados persiguen, matan, maltratan porque no toleran que haya
personas que con sus vidas cuestionen su comportamiento. Pero aunque
algunas veces no se llega a verdaderas tragedias, hay que admitir
que la voluntad de dominar y de sobresalir es la causa de los
litigios, de las guerras, de la intolerancia y de la persecución
que sufrieron y sufren los buenos.
Jesús hoy nos enseña que para llegar a ser los primeros, es
necesario considerarse los últimos y ponerse en el último escalón
de la escala comunitaria. De esa manera se humaniza y santifica la
convivencia humana.
Hay que admitir, sin embargo, que la humildad es una virtud rara.
Muy rara. Además, apenas se advierte que se la tiene, ya desapareció.
Sin embargo, junto con el amor, es la ley fundamental para vivir
juntos. Una comunidad familiar o parroquial no es imaginable sin
esta virtud. Recordemos, cuando se domina al egoísmo nace la virtud
de la humildad. Y allí comienza el amor.
Domingo
01 de Octubre
DOMINGO 26º Ciclo "B"
Mc 9,38-43.45.47-48 (lecturas: Números 11,25-29 y
Santiago 5,1-6)
Nadie tiene la exclusividad de Dios
En el Evangelio de hoy encontramos resumidos varios "dichos
de Jesús". Sin embargo, para no ser tan extensos y guiados por
la primera lecturas tomada del Libro de los Números, trataremos de
centrar nuestra reflexión sobre esta enseñanza siempre muy actual:
nadie tiene la exclusividad sobre Dios; aún más, a Dios no se lo
puede ni se deja privatizar. Una enseñanza que como vimos en la
primera lectura, ya estaba presente en el Antiguo Testamento.
Nos recuerda la lectura del Libro de los Números leída hoy que
Dios, en su infinita libertad, había infundido el espíritu profético
sobre setenta ancianos que, junto con Moisés, habían comenzado a
profetizar. Sin embargo, sobre otros dos ancianos que no estaban en
la tienda también descendió el Espíritu Santo y también ellos se
pusieron a profetizar. Al enterarse, Josué les quiso impedir, pero
Moisés lo reprendió: "Ojalá todos profetizaran".
Este acontecimiento nos ayuda a comprender mejor el Evangelio de
hoy, donde con otros nombres, pero en circunstancias semejantes, se
repiten los hechos. Esta vez, son personas que no siguen a Jesús,
quizás discípulos de Juan el Bautista,
quienes en nombre de Jesús expulsan demonios y curan
milagrosamente.
Los discípulos, encabezados por Juan, protestan y le exigen a Jesús
que les prohiba ejercer ese ministerio, porque quieren tener ellos
la exclusividad. La respuesta de Jesús es terminante: "Quién
no está contra mí, está a favor mío..."
Nuevamente la enseñanza se repite. Nadie tiene la exclusividad de
Dios, ni los discípulos más allegados al Señor. El espíritu de
Dios sopla dónde y cuándo quiere: sobre el rico y el pobre; sobre
el inculto y sobre el intelectual, sobre el hombre y la mujer,
adentro y afuera de las instituciones.
Lo importante, subraya el Evangelio en los varios ejemplos, es
"obrar en su nombre".
Dios no privilegia a nadie, más bien, se abre a todos los que
quieran recibirlo.
Estas consideraciones nos permiten también una reflexión sobre un
vicio que está relacionado con lo anterior, aunque a primera vista
no lo parezca. Nos permite reflexionar sobre la envidia: Josué
tiene envidia porque dos personas que no son de su grupo profetizan;
el apóstol san Juan siente envidia porque alguien que no es discípulo
de Jesús y no camina con ellos, exorciza y cura. Ambos sienten
envidia por el poder y el conocimiento que posen otros que no están
en sus grupos. Lo más penoso es cuando a la envidia se camufla de
virtud. Algunas veces aparece como celo apostólico, otras como
justicia o como firmeza y hasta lo increíble, como caridad. Aparece
en el trabajo, en la enseñanza y en todo lo que permite sobresalir.
La ausencia de la envidia es un signo de grandeza de alma y nos
acerca a la condición de los santos, que son totalmente
transparentes por el amor de Dios. Por eso hoy, mientras
reflexionamos sobre estos temas, pidamos a Dios que nos abra los
ojos para que podamos ver las buenas condiciones de quienes nos
rodean. También en aquellos que no piensan como nosotros.
Domingo
08 de Octubre
Domingo 27º – B –
Mc 10,2-16 (Lecturas: Génesis 2,18-24 y Hebreos
2,9-11)
Hoy nos encontramos con un asunto de máxima actualidad: el divorcio
y todas sus consecuencias. Un problema muy actual en tiempos de Moisés,
en tiempos de Jesús, y en tiempo de las primeras comunidades
cristianas, en el nacimiento mismo de la Iglesia. Y lo sigue siendo
hoy, porque es una realidad que toca muy de cerca la vida de cada
persona.
Por eso, hoy, tomemos nuestra posición... Y para ello, veamos qué
nos dice la liturgia de la Palabra que acabamos de escuchar.
La primera lectura, extraída del libro del Génesis, después del
relato de la creación en general y del hombre y de la mujer en
particular, finaliza: “Por eso el hombre abandonará al padre y a
la madre y se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne”.
Con esta afirmación, el autor sagrado, inspirado por Dios, pone las
bases del vínculo familiar, en la naturaleza misma del ser humano.
La liturgia de la palabra doctrina dura, muchas veces difícil de
vivir, pero revelada por Dios, a la que todos los bautizados, si
querían ser fieles a sus enseñanzas del Maestro debían adherir
firmemente.
Así lo predicó Jesús y luego la Iglesia. Para Jesús y para la
Iglesia la unidad y la perpetuidad del vínculo matrimonial
pertenecen a la naturaleza misma del matrimonio: Dios los creó
hombre y mujer, para que una vez sellado ese pacto de amor, con su
palabra y el sacramento, permanezcan unidos para siempre y se
complementen, ayudándose mutuamente para llegar a la santificación
y a la vida eterna.
Sin embargo, y no obstante la claridad de la doctrina evangélica,
surgen algunas preguntas. Por ejemplo: ¿Cuándo ya no es posible la
convivencia o cuándo no es posible la complementariedad, qué se
puede hacer? Dos preguntas que reflejan un divorcio real, ya que
como se sabe, e
xisten al menos dos tipos de divorcios:
-- El jurídico, al que como cristianos no podemos aceptar.
-- Y el del corazón. Éste es más común de lo que creemos entre
los católicos. En este caso, los esposos viven bajo un mismo techo
--salvando de esta manera las apariencias--, pero en la realidad,
existe una dolorosa separación, donde ya no se comparte nada. Ni
las alegrías ni las penas, donde no se intenta siquiera una
reconciliación. Es la tumba de muchos matrimonios, de la fidelidad
y del amor. Esta situación y las preguntas que nos hemos planteado
anteriormente son realmente serias. Las realidades dolorosas que
expresan también son muy serias. Sin embargo, el compromiso
cristiano, asumido libremente por los esposos debe mantenerse si se
quiere ser fiel a la palabra empeñada ante Dios y los hombres. No
se puede asumir una actitud contra nuestra fe y nuestro compromiso
cristiano. La Iglesia sabe que es una doctrina difícil de aceptar;
pero sabe también que ella no la puede cambiar si quiere permanecer
fiel a su misión de guiar e iluminar el caminar del hombre sobre
esta tierra.
Pidamos hoy la gracia para mantenernos fieles a la palabra empeñada.
Y pidamos también por aquellos novios que se preparan al
matrimonio, para que su “sí” sea definitivo. Que en su
preparación descubran que al matrimonio se llega cuando se ama
sinceramente a la persona con quien se proyecta vivir a una vida en
común que lleve a la santificación.
Domingo 15 de Octubre
DOMINGO 28º - Ciclo "B"
Mc 10,17-30 (Lecturas: Sabiduría 7,7-11; Hebreos
4,13-13)
Sin ídolos
Hoy la Palabra de Dios nos cuestiona tremendamente a sacerdotes,
religiosos y laicos sin distinción. Nos enfrenta con las riquezas,
una peligrosa realidad para la salvación. ¿Y quién puede afirmar,
sinceramente, que no siente algún apego al dinero, a los bienes
terrenales, y más precisamente, a las comodidades y el poder que
confieren?
La primera lectura nos prepara haciéndonos meditar y comprender que
la mayor riqueza, el mejor tesoro, es adquirir una sabiduría que
nos permita establecer una escala de valores que nos conduzcan a la
salvación. Y esa escala comienza rechazando cualquier compromiso
que nos domine, con cualquier ídolo que nos llame a venerarlo y que
nos ate en la vida.
La página del Evangelio, por su parte, nos indica, nos marca, nos
alerta contra el ídolo más peligroso y más sutil que puede
encandilar al hombre. Se trata como es claro, de las riquezas. Para
mostrarnos su peligrosidad, nos relata un ejemplo en el que el
protagonista es un joven bueno. Una persona que siendo rica, cumple
exactamente con todos los mandamientos. En otras palabras, es un
buen cristiano...
Jesús -- y aquí está el núcleo de la cuestión --, no se
conforma que los cristianos seamos sólo buenos, a Jesús le
interesa que seamos perfectos, como nuestro Padre celestial. Y éste
es un llamado universal, como todo el Evangelio, a todos los hombres
y mujeres, y no sólo para sacerdotes y religiosos.
En este momento, cada uno de nosotros sabe cuál es la atadura que
le impide despegarse de la tierra y volar decididamente hacia la
santidad. El problema central, aunque nos cueste admitirlo y no sea
muy agradable decirlo, es nuestro apego a las riquezas, a la
comodidad, al poder,
por más camuflado que aparezca.
Nadie se ha vuelto popular recordando este tema. A san Francisco de
Asís y a santa Clara, dos enamorados de la Dama Pobreza, hoy los
admiramos y lo veneramos, pero en su tiempo, la mayoría de sus
amigos sentían compasión de ellos. Y hoy mismo, alguien todavía
sonreirá con sorna a leer estas líneas...
Y cuánta razón tenía Jesús cuando afirma con cierto desconsuelo:
“¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de los
Cielos!” Porque se ha comprobado que este problema ha sido a lo
largo de la historia, la puerta más estrecha para toda la Iglesia,
sacerdotes, religiosos y laicos.
Reconozcamos hoy, con profunda humildad, que es el ojo de la aguja
que nos cuesta pasar.
Por eso, no nos quedemos en las puertas de la santidad; en las
puertas de la verdadera fraternidad, de la verdadera libertad
interior, de la verdadera sabiduría de vida y del verdadero amor.
Convenzámonos, que para seguir a Jesús, para caminar decididamente
detrás de él, poniendo nuestros pies en sus huellas, no basta
cumplir con los mandamientos, sino que hay que liberarnos de todos
los ídolos, comenzando por el de las riquezas.
Domingo
22 de Octubre
DOMINGO 30ª DURANTE EL AÑO Ciclo "B"
Mc 10,46-52 (Lecturas: Jeremías 31,7-9 y Hebreos
5,1-6)
Amemos, para que nos crean
La palabra de Dios de este domingo, nos cuestiona y nos llama a
examinarnos sobre la compasión, un tema que quizás tengamos poco
olvidado.
Quizás pensemos, como muchos, que los hombres fuertes no sienten
compasión. Y es verdad. Sólo los hombres duros e insensibles no
sienten compasión. En cambio, la persona sensible, humana, que no
mide su vida por el éxito material, se enternece ante el
sufrimiento del ser humano y busca de aliviarlo.
Pero, para que la compasión tenga ese toque cristiano
inconfundible, es necesario que ese sentimiento parta de nuestro
interior, que se comunique de alguna manera con el que sufre y
remedie la situación: esa compasión se transforma en solidaridad,
misericordia y en remedio al mal.
Y esa es la actitud de Jesús ante el ciego de nacimiento.
Cuando Jesús escucha a Bartimeo; cuando oye su oración - su grito
-, lo hace levantar y acercarse, al menos por tres razones: un
sufrimiento que remediar, una fe a la que responder y un discípulo
que ganar. Y Jesús realiza las tres cosas con amor infinito. ¿Qué
significa este milagro de Jesús?
Primeramente, Jesús realiza una obra de misericordia. Nos da el
ejemplo de cómo tenemos que acudir hacia el hombre que sufre. Con
el milagro integra a un marginado a la sociedad y a la vida y le
permite compartir, con toda su familia, las alegrías de la vida.
Más allá de cualquier tipo de valorización espiritual, este
milagro nos lleva a cultivar nuestra sensibilidad humana para
detectar el mal, ver el sufrimiento que nos rodea y tratar de
remediarlo.
Otro aspecto que tendremos que destacar de este milagro es la fe de
Bartimeo en Jesús. (No veía con los ojos del cuerpo, pero veía
con los del espíritu). Y más que preguntarnos hoy si tenemos fe en
Jesús, preguntémonos más bien, si los demás tienen fe en
nosotros. Sería un test muy importante y que pintaría cabalmente
al verdadero cristiano: ¿Cuándo los hombres tiene fe en nosotros?
Nos creerán cuando a lo largo de la vida
descubran que nuestras obras son el resultado de nuestro amor.
Los hombres, en general, no tienen fe en el sabio que mira desde
arriba, en el poderoso que hace sentir su poder, en el inteligente
que cree que desde su soledad puede solucionar todos los problemas,
sino en el que ama aunque le cueste la vida y a veces, el honor.
Cuando se descubre que es una persona que ama y que concretiza ese
amor en obras, a esa persona se le cree. Se le tiene fe. Por eso a
Jesús le creemos. Su muerte en la cruz es el testimonio más
sublime. De más esta decir que esa es la senda a seguir...
Hay muchos que no le encuentran sentido a sus vidas porque nadie los
ama. Y ese es un mal tan grande como la ceguera, porque los lleva a
la soledad,
a la marginación, al dolor.
Si llegáramos a amar a esas personas, que a veces están a nuestro
lado, las recuperaríamos para la sociedad, para la Iglesia, para la
comunidad. Habremos hecho una gran obra de caridad. Y habremos,
seguramente conquistado, recuperado, un discípulo para Jesús.
Pidamos al Señor, que quienes nos rodean y comparten nuestra vida
cotidiana, descubran en nosotros una persona que ama.
Domingo
29 de Octubre
DOMINGO 30ª DURANTE EL AÑO Ciclo "B"
Mc 10,46-52 (Lecturas: Jeremías 31,7-9 y Hebreos
5,1-
Amemos, para que nos crean
La palabra de Dios de este domingo, nos cuestiona y nos llama a
examinarnos sobre la compasión, un tema que quizás tengamos poco
olvidado.
Quizás pensemos, como muchos, que los hombres fuertes no sienten
compasión. Y es verdad. Sólo los hombres duros e insensibles no
sienten compasión. En cambio, la persona sensible, humana, que no
mide su vida por el éxito material, se enternece ante el
sufrimiento del ser humano y busca de aliviarlo.
Pero, para que la compasión tenga ese toque cristiano
inconfundible, es necesario que ese sentimiento parta de nuestro
interior, que se comunique de alguna manera con el que sufre y
remedie la situación: esa compasión se transforma en solidaridad,
misericordia y en remedio al mal. Y esa es la actitud de Jesús ante
el ciego de nacimiento.
Cuando Jesús escucha a Bartimeo; cuando oye su oración - su grito
-, lo hace levantar y acercarse, al menos por tres razones: un
sufrimiento que remediar, una fe a la que responder y un discípulo
que ganar. Y Jesús realiza las tres cosas con amor infinito. ¿Qué
significa este milagro de Jesús?
Primeramente, Jesús realiza una obra de misericordia. Nos da el
ejemplo de cómo tenemos que acudir hacia el hombre que sufre. Con
el milagro integra a un marginado a la sociedad y a la vida y le
permite compartir, con toda su familia, las alegrías de la vida.
Más allá de cualquier tipo de valorización espiritual, este
milagro nos lleva a cultivar nuestra sensibilidad humana para
detectar el mal, ver el sufrimiento que nos rodea y tratar de
remediarlo.
Otro aspecto que tendremos que destacar de este milagro es la fe de
Bartimeo en Jesús. (No veía con los ojos del cuerpo, pero veía
con los del espíritu). Y más que preguntarnos hoy si tenemos fe en
Jesús, preguntémonos más bien, si los demás tienen fe en
nosotros. Sería un test muy importante y que pintaría cabalmente
al verdadero cristiano: ¿Cuándo los hombres tiene fe en nosotros?
Nos creerán cuando a lo largo de la vida descubran que nuestras
obras son el resultado de nuestro amor.
Los hombres, en general, no tienen fe en el sabio que mira desde
arriba, en el poderoso que hace sentir su poder, en el inteligente
que cree que desde su soledad puede solucionar todos los problemas,
sino en el que ama aunque le cueste la vida y a veces, el honor.
Cuando se descubre que es una persona que ama y que concretiza ese
amor en obras, a esa persona se le cree. Se le tiene fe. Por eso a
Jesús le creemos. Su muerte en la cruz es el testimonio más
sublime. De más esta decir que esa es la senda a seguir...
Hay muchos que no le encuentran sentido a sus vidas porque nadie los
ama. Y ese es un mal tan grande como la ceguera, porque los lleva a
la soledad, a la marginación, al dolor.
Si llegáramos a amar a esas personas, que a veces están a nuestro
lado, las recuperaríamos para la sociedad, para la Iglesia, para la
comunidad. Habremos hecho una gran obra de caridad. Y habremos,
seguramente conquistado, recuperado, un discípulo para Jesús.
Pidamos al Señor, que quienes nos rodean y comparten nuestra vida
cotidiana, descubran en nosotros una persona que ama.
Domingo
05 de Noviembre
DOMINGO 31º DURANTE EL AÑOSCiclo "B"
Mc 12,28-34 -
Siempre me ha parecido interesante que cuando nos revisamos en
cuanto el cumplimiento de los mandamientos, los jóvenes
generalmente inician por el sexto, los adultos por el cuarto, los niños
por el séptimo, en fin cada uno por alguno que les da más
problemas. Sin embargo, hoy Jesús nos hace ver que no hay un
mandamiento más importante que el primero, y vemos como muy pocas
veces lo revisamos... y claro, mucho menos nos confesamos de él.
Jesús es claro cuando dice que no hay un mandamiento más
importante que este, pues quien realmente ama a Dios con toda su
mente, con todas sus fuerzas y con todo su corazón, no se daría a
pecar. De manera que la mayoría de nuestras faltas obedecen a esta
falta de amor a Dios. Y es que todos decimos amar a Dios y por eso
no lo consideramos. Esto, hasta cierto punto es cierto, sin embargo,
¿podrías decir que lo amas con toda tu mente, que es decir pensar
en todo momento en él... que El sea el centro de todos tus
pensamientos? O ¿podrías decir que lo amas con todas tus fuerzas,
de manera que aun en los momentos en los que ya estás cansado, como
si fuera el último aliento, buscarías honrarlo y hacerlo honrar de
los demás? O quizás ¿podrías decir que lo amas con todo tu corazón
en donde reside la voluntad, de manera que siempre escogerías lo
que más gloria le diera? Si somos honesto tendremos que decir que
no es así. De manera que manos a la obra. Busquemos, de ahora en
adelante, en nuestro examen de conciencia, también tener presente
el primer mandamiento... esto nos ayudará a
abrir más nuestro corazón a Dios.
Como María, todo por Jesús y para Jesús
Domingo
12 de Noviembre
DOMINGO 32º - Ciclo "B"
Mc 12,38-44 (Lecturas: 1Rey 17,10-16 y Hebreos
9,,24-28)
Dar, dar de sí, darse.
..
Hoy la reflexionar cae sobre dos temas que nos cuestionan y que nos
obligan a un profundo examen de consciencia respecto a nuestro c
omportamiento cristiano: nos habla de la vanidad y de la
generosidad.
La primera parte del Evangelio describe la actitud de la mayoría de
los escribas y fariseos contemporáneos a Jesús: practicaban la
religión, leían las escrituras, las estudiaban y las enseñaban
para mostrarse en público como hombres sabios y piadosos. Pero en
realidad, esas prácticas y esos estudios no los llevaban a un
compromiso personal con Dios y con el prójimo. Aún más, se
aprovechaban de sus conocimientos para sacar ventajas materiales y
llegaban hasta a engañar a los pobres y a los débiles para
robarles sus bienes. Jesús, con amargura y dolor, comenta que le
robaban a las viudas...
Nosotros seguramente no lleguemos a tanto. Pero es probable que nos
guste aparentar como personas piadosas, cultas, para que nos vean;
pero en realidad, nuestro compromiso cristiano es más bien
superficial. Nos quedamos en las apariencias. Y las apariencias no
bastan.
El otro tema, el de la generosidad, es aún más comprometedor.
Porque va a las bases mismas de nuestro compromiso cristiano y de
nuestra fe. Toca a los bienes terrenales a los que estamos tan
apegados.
Jesús nos dice hoy, en síntesis, que no importa la cifra del
cheque que regalamos, sino nuestra generosidad y nuestro
desprendimiento. Aún más, no basta dar cosas, dinero, sino darse
uno mismo.
Y esta reflexión parte de la limosna que el pueblo se acerca a
ofrecer en el templo y que Jesús y sus discípulos están
observando. Probablemente, la consideración de Jesús es la
respuesta a algún comentario eufórico de algunos de sus discípulos
que se asombraban ante las grandes sumas que algunos judíos ricos
depositaban en el cofre, por vanidad o por hacerse ver.
En cambio, la viuda, sinónimo de pobreza en la Biblia, en tiempo de
Jesús y tantas veces en nuestro tiempo también, con esas dos
monedas entrega la vida. A partir de ese momento no le queda más
que la fe y la confianza en la providencia. Sabe que su vida está
en las manos de Dios y en ese acto de depositar apenas unas monedas,
se entrega a sí misma a la voluntad de Dios. Había comprendido,
sin conocerla, la fuerza de la petición del Padrenuestro:
"Danos hoy el pan que nos servirá de alimento" porque sabía
que mañana seguiría actuando la providencia. Y ella estaba en las
manos de Dios.
Este gesto generoso de la viuda no nos puede dejar tranquilos. Pone
en tela de juicio nuestro desprendimiento. Por eso preguntémonos
seriamente: ¿Sabemos dar, sin buscar con ello la recompensa de la
aprobación de quienes conocen nuestra generosidad? ¿Sabemos dar
aunque nos cueste sacrificio? ¿O damos sólo lo que nos sobra? ¿Nuestra
confianza en la providencia nos permite vivir en la esperanza,
sabiendo que estamos en las
manos de Dios o nos aseguramos el futuro de cualquier manera?
Estas preguntas exigen una respuesta sincera y de acuerdo a ella
podemos evaluar nuestro compromiso con Dios y con nuestro prójimo.
Domingo
19 de Noviembre
DOMINGO 33º - “B”
Mc 13,24-32 (Lecturas: Dn 12,1-3 y Heb
10,11-14.18)
Mis palabras no pasarán...
Este es el último domingo de los llamados "ordinarios" o
“durante el año” y tiene como tema el fin de la historia, el
fin del
mundo con la rendición de cuentas correspondiente y la presencia
definitiva del Señor.
Nos introduce en el tema la primera lectura, tomada del libro del
profeta Daniel. En ella se describe el final de la historia y la
resurrección de la vida. De una manera profética - apocalíptica,
nos señala también el destino final de los pueblos y de los
hombres. Afirma concretamente
que habrá salvación definitiva para unos y condena para otros.
El Evangelio es un conjunto de ideas relacionadas también con el
fin del mundo y con el fin de la historia; pero subraya de la
segunda
venida de Jesús y la vigilancia en la espera de su regreso
triunfante.
El relato, como la primera lectura, usa un estilo "apocalíptico",
con grandes imágenes cósmicas. Un estilo muy usado por los
escritores judíos. Pero ¿qué expresan esas imágenes? Se pueden
subrayar, al menos tres ideas fundamentales que están a la base de
esas descripciones:
La primera es el final de la historia, del mundo y de la vida. Este
mundo en que vivimos, tan agitado y belicoso, quedará en silencio.
Eso es lo que significa escuetamente: "el sol se hará
tinieblas, la luna no dará resplandor, las estrellas caerán del
cielo".
En efecto será así. En el momento que desaparezca el hombre de la
tierra ni el sol brilla, ni la luna da resplandor, ni las estrellas
están arriba, porque el arriba y el abajo, el brillo y la oscuridad
son dimensiones humanas que desaparecerán junto con el hombre.
Sin embargo, el fin de la historia --y ésta es la segunda idea--,
no supone de ninguna manera, la "muerte de Dios". Todo lo
contrario, es el momento de la plena revelación de Dios. Se hace
presente y patente en el silencio del mundo, para reunir a sus
elegidos. Es el momento del juicio, de la evaluación
del comportamiento del hombre, el momento de la rendición de
cuentas.
Esto supone que los actos de los hombres no son indiferentes para
Dios, como tampoco es indiferente a Dios la historia humana. Dios es
eterno, por eso puede esperar, porque llegará el momento en que
cada uno ocupará el lugar que supo ganarse.
Para ejemplificar esta idea, recordemos a los árboles en invierno.
Perecen que son todos iguales, sin hojas, como sin vida; pero cuando
llega la primavera, los que están vivos, florecen; los muertos
continúan secos. Lo mismo sucederá con los hombres, mientras
vivimos,
parecemos todos iguales, pero en el momento del juicio...
En tercer lugar, la fecha de los acontecimientos profetizados es
imprevista e imprevisible. El Evangelio dice, genéricamente,
"en aquellos días". Aunque a continuación precisa:
"os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se
cumpla". Seguramente, esta afirmación es posterior y revela
las ansias que tenía la Iglesia primitiva, atormentada por las
persecuciones, que el Señor regresase a poner justicia en un mundo
cruel.
La conclusión a la que debemos llegar a partir de estas
afirmaciones es que tenemos que estar preparados, esperando el
regreso del Señor activamente: es decir, cumpliendo los
mandamientos, amándonos los unos a los otros, solidarios,
compasivos, misericordiosos. Seremos juzgados de acuerdo a esta
medida. Seremos juzgados en el amor, dice san Juan de la Cruz.
Domingo
26 de Noviembre
Cristo Rey - Ciclo "B"
Jn 18,33-37 (Lecturas: Daniel 7,13-14 y
Apocalipsis 1,5-8)
Un reino diferente
Celebramos hoy, en este último domingo del año litúrgico, la
fiesta de Cristo Rey. Una fiesta instituida por el Papa Pío
XI,
en 1925, con la Encíclica... para celebrar la gloria, el triunfo y
el poder del Señor Resucitado.
(Recordemos que la década de ‘20 es el auge de las monarquías y
por ello
la Iglesia instituye esta celebración para contrarrestar esas
ideas).
Esta fiesta es la coronación de las otras celebradas en honor a
Jesucristo, especialmente de aquellas que conmemoraran s
u glorificación, tales como Epifanía, Resurrección y Ascensión.
Todas las lecturas bíblicas de hoy destacan los distintos aspectos
de la realeza del Señor. En síntesis, nos dicen que Cristo es el
Señor, el Rey y el Juez. Pero su reino es distinto, diferente. Para
comprender mejor ese reino distinto y espiritual de Cristo, conviene
remontarnos a ideas del Antiguo Testamento.
Allí vemos que Dios era el rey y el Pastor de su pueblo, Israel,
anticipando lo que sería el Mesías para la Iglesia, el pueblo de
Dios en que Cristo es su pastor, su rey, su sacerdote y su profeta.
Sin embargo, su reino no es de este mundo ni es un poderío
material, sino espiritual. Si bien no es un reino común, sin
embargo es un reino que está entre nosotros. Es ese pueblo que
camina hacia la salvación; ese pueblo que crece con los bautizados
y que todos los domingos se reúne para celebrar la Eucaristía,
donde se proclama la gloria del Señor resucitado hasta que Él
vuelva.
Precisamente, en esta celebración, en el prefacio, esa oración que
une la liturgia de la Palabra con la liturgia Eucarística, nos
encontramos con una definición muy clara y precisa de ese reino.
Allí se reza que es “un reino de paz, de justicia, de verdad y de
amor".
La expresión: “Un reino de paz” significa que los miembros de
este reino no sólo viven amándose como hermanos, sino que están
reconciliados con el Rey. Viven estrechamente unidos por la gracia.
Participan de esa manera de la misma vida divina, comparten la misma
vida del Rey.
La afirmación que es “Un reino de justicia”, nos asegura que
todos tendrán un mismo premio: verán a Dios en un encuentro
personal, brillante, indescriptible y donde todos serán coronados
de gloria.
Cuando dice que es “Un reino de verdad”, sostiene que allí no
puede haber doblez, ni hipocresía, sino profesión de la
autenticidad como única moneda circulante.
Y cuando concluye que es “Un reino de amor”, nos recuerda el párrafo
del Evangelio de hoy, donde hablando precisamente del juicio final,
anuncia categóricamente que todos los miembros de ese reino serán
juzgados por sus gestos concretos de amor, si alimentaron al
hambriento, si vistieron al desnudo... si socorrieron al
necesitado... quienes así lo hicieron serán premiados por el Rey,
Señor del universo.
Al rey de este pueblo, los cristianos le deben el honor y la gloria.
Honor y gloria que no se dan sólo con palabras, sino con la vida,
cumpliendo con su carta magna, el mandamiento del amor; las
bienaventuranzas, las obras de misericordia.
Una existencia auténticamente cristiana es la única manera de
honrar a nuestro Rey, que sin ser de este mundo, rige con sabiduría
y amor, el destino de todos los hombres para que lo busquen, lo
encuentren y se salven.
Domingo
10 de Diciembre
2º DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo C
Lc 3,1-6 (Lecturas:Baruc 5,1-9 y Filip 1,4-6.8-11)
Caminando hacia el Señor
Las tres lecturas de la liturgia de la Palabra de este domingo,
nos invitan a meditar y a vivir bien preparados este tiempo de
Adviento hasta encontrarnos con Jesús niño, el próximo 25 de
diciembre y con Cristo Resucitado, al final de los tiempos.
En efecto, la primera lectura, anuncia con alegría, que Dios le está
preparando a su Pueblo, exilado en Babilonia, una nueva realidad:
una nueva Jerusalén que los recibirá con los brazos abiertos a la
que, desde nuestra perspectiva histórica, identificamos con la
Iglesia, la ciudad de la gracia y la misericordia. Y en la segunda
lectura, Pablo escribiendo a los cristianos de la ciudad griega de
Filipos, los exhorta a prepararse para el día del Señor. El Apóstol
entiende "el día del Señor", como la segunda venida. Por
eso los estimula porque quiere que el Señor los encuentre puros e
irreprochables.
No obstante la riqueza de las dos primeras lecturas, hoy trataremos
de centrar nuestra reflexión sobre la página del Evangelio de san
Lucas. Un texto clásico, muy conocido y muy rico en enseñanzas.
Tratemos de aprovecharlo.
San Lucas, llevado por su instinto de narrador, se interesa por
encuadrar los inicios de la predicación de Juan el bautista, en un
momento preciso de la historia civil de su tiempo. Es el único
evangelista que se preocupa por establecer una relación entre la
historia humana y el inicio de la predicación del Reino de Dios.
Con esto parecería decirnos que desde ahora, la historia profana y
la historia de la salvación caminan juntas. Juan Bautista no es un
profeta más que anuncia la llegada del Mesías, sino el último de
los profetas, porque Jesús, el esperado, ya está caminado entre su
pueblo. La salvación ha llegado. Y su presencia no sólo no puede
pasar desapercibida, sino que exige una respuesta decidida y sin
medias tintas.
La reacción del hombre a este acontecimiento salvador tendrá que
ser una profunda convicción y disposición al cambio interior, que
san Lucas llama con el término griego "metanoia" y que
nosotros traducimos con la palabra "conversión", derivada
del latín que significa etimológicamente "cambio de dirección"
y sus afines, cambiar la manera de pensar y de vivir.
Por otra parte, san Lucas, poniendo en los labios de Juan Bautista
las palabras del Profeta Isaías nos indica que para recibir a Jesús,
a su reino y a su mensaje, es necesario preparar el camino con un
trabajo interior profundo. Si no enderezamos lo que está torcido,
si no aplanamos el camino, si no sensibilizamos nuestro espíritu,
no veremos aparecer el reino de Dios, porque Dios necesita nuestro
cambio para manifestarse, necesita una puerta para entrar. Y
nosotros necesitamos luz para ver, disponibilidad para recibirlo y
un lugar para habitar. Sólo así puede ser nuestro huésped.
El adviento vivido de esta manera nos lleva al encuentro con Cristo.
De esa manera, este tiempo litúrgico se convierte en sinónimo de
desierto, un lugar y un camino típicos para encontrar a Dios. En
esta búsqueda nos acompaña la liturgia de la Palabra de Dios,
presentándonos textos que nos revelan la figura del Mesías, nos
comprometen con sus enseñanzas y nos ayudan a descubrir al Dios
verdadero y a rechazar al Dios de nuestra imaginación y comodidad.
Si vivimos bien el adviento, siguiendo con atención los textos bíblicos,
descubriremos que ya desde la creación, Dios preparó un encuentro
personal con el hombre en el tiempo, "siendo Tiberio Cesar
emperador de los romanos, Herodes rey de Palestina y Pilato
procurador de Judea”, pero también quiere encontrarse con
nosotros en la meditación y en modo especial, en el encuentro
dominical de la Eucaristía
..
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