|
| |
Presentación
de Jesús a la vida pública
Con
este domingo, llamado "El Bautismo de Jesús" acaban las fiestas de
Navidad y concluye también el tiempo de Navidad y comienza el tiempo
"Durante el año" que se interrumpirá para iniciar la cuaresma.
Hoy Jesús hace su aparición en público. Es su presentación en sociedad.
Inicia su predicación.
Este acontecimiento, en la catequesis de la Iglesia primitiva, fue siempre
considerado de gran importancia teológica,
-- una verdadera teofanía --, en
la que se destacan dos hechos muy importantes:
-- La voz del cielo (la voz del Padre), que presenta al mundo a su Hijo,
diciendo aquí está, él es el Mesías prometido. No esperen a otro. Es éste,
el que acaba de entrar en el río y recibir el bautismo.
--
El otro hecho, es la manifestación del Espíritu Santo, en forma de paloma,
confirmando con su presencia, las palabras del Padre.
Vemos
así que al inicio de la predicación toma parte la Santísima Trinidad: El
Padre, la voz; El Hijo hecho hombre, en el río, recibiendo el bautismo y el Espíritu
Santo, la paloma.
Teniendo
presente este contexto, comprendemos el valor teológico de este acontecimiento
de la vida de Jesús. Además aclara, especialmente a los primeros cristianos,
el rol y la función de Juan Bautista. Es sólo el Precursor, el que señala con
el dedo la presencia del Mesías, pero queda claro que no es el Mesías. Acaba
así una polémica existente entre
los primeros cristianos, ya que algunos sostenían que Juan el Bautista era el
Mesías.
Por
otra parte, este hecho destaca, desde el inicio mismo de su vida pública, la
humildad de Jesús: No sólo se hizo hombre, sino que, sin necesitarlo, acepta
el bautismo, para compartir con nosotros todas las situaciones de la vida. Este
gesto de Jesús nos deja un mensaje claro: Dios se acerca a nosotros y nos
invita a la humildad y a la penitencia para entrar en su Reino. Nos indica el
camino que deberemos recorrer para ser semejantes al Maestro. Por todo esto, la
fiesta de hoy nos transmite claramente dos mensajes:
1.
Jesús es el único Salvador. La salvación de la humanidad está en Él, en sus
enseñanzas, en las Iglesia. Quien predique una doctrina diferente, es un falso
Mesías... las sectas, por ejemplo.
2.
Hoy vemos cómo se concretiza el Mensaje de Navidad, (Dios-con-nosotros). Jesús,
después de años de silencio pasados en Nazaret, abre el diálogo directo con
el hombre (Palabras y milagros). San Pedro, recordando este acontecimiento,
comenta "Todo comenzó en Galilea".
Preguntémonos
hoy, después de tanto tiempo de haber recibido el Bautismo: ¿Cuándo comienza
nuestro diálogo con Dios? ¿O ya comenzó? ¿Lo interrumpimos alguna vez?
Lo
podemos reabrir con humildad y confianza. Ése es el camino del cambio, de la
conversión que inicia, ciertamente, con una gracia de Dios, con un llamado;
pero esa gracia y ese llamado exigen una respuesta. Y la respuesta es la vida
cristiana, vivida sinceramente.
Domingo
14 de Enero
2° DOMINGO
ORDINARIO - Ciclo "C"
Jn 2,1-11 (Lecturas: Is 62,1-5 y 1Cor 12,4-11)
Había
una boda en Caná de Galilea
La
página del Evangelio de este domingo, despierta en el lector sentimientos muy
agradables, pues presenta a Jesús como a un hombre sencillo, normal,
compartiendo con sus discípulos y amigos una fiesta de bodas a la que había
sido invitado junto con su madre.
Se
trata de un rasgo muy humano y aleccionador para el cristiano, pero seguramente
el evangelista no lo relata para destacar esa característica sino por otros
motivos. (Cuando relata este episodio, Juan ya tenía una panorámica completa
de la vida y de la obra de Jesús, por eso descubre en este episodio claras
connotaciones mesiánicas)
Para
Juan no se trata sólo de salvar una situación material, incómoda y
desagradable, sino de un símbolo que quizás, en el momento del milagro, no
todos captaron. Para comprender mejor la idea del evangelista, hay que tener
presente varios aspectos: en primer lugar, en la narración, los detalles están
perfectamente estudiados. Eso no puede
ser casual. Luego hay que recordar que ya en el Antiguo Testamento los profetas
habían comparado la salvación como una boda (Primera Lectura)
Además
está el hecho del agua que se transforma en vino. Esto significa que la hora de
la Nueva Alianza ha llegado. En efecto, el agua que los judíos usaban para sus
ritos y purificaciones se convierte en algo superior en la Nueva Alianza,
representado en este caso en un vino de primera calidad. Finalmente, por
intermedio de la Virgen (nueva Eva) se anticipa la hora. Viéndolo así, el
milagro parece mas claro… pero, ¿qué significa para el cristiano contemporáneo?
Para responder, el lector debe situarse en la perspectiva de Juan, pero debe
“actualizar el mensaje”, pues nadie duda que Jesús es el Mesías. Tampoco
cabe duda que la Nueva Alianza es superior a la Antigua. Sin embargo para
alcanzar la salvación, es necesario participar activamente de la fiesta. Este
es el mensaje: participar activamente en la historia de la salvación. Como María.
El modo concreto lo sugiere también el apóstol Pablo en
la segunda lectura: compartir los dones que Dios ha regalado a cada uno: así se
construye la comunidad eclesial, portadora de la salvación. La Iglesia, pueblo
de Dios y comunidad salvadora está dirigida por un mismo espíritu. Como los
dones. La participación a esta comunidad anticipa la participación a la Boda
Celestial, donde la fiesta no tendrá fin.
Domingo 21 de Enero
3° DOMINGO DURANTE EL AÑO Ciclo "C"
Lc 1,1-4.4,14-21 (Lecturas: Ne 8,2-6.8-10 y 1Cor 12,12-14.17)
-
Anunciar la palabra de Dios
Leyendo la primera lectura y el Evangelio de hoy, descubrimos que uno los
temas de este domingo es la
importancia del anuncio de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia.
La primera lectura, tomada del Libro de Esdras – Nehemías, nos pone en clima.
Describe el reencuentro del Pueblo de Israel, recién llegados del Exilio, con
los textos la Ley. Para comprender el profundo significado de este hallazgo,
recordemos que la Ley para los judíos es nada menos que la revelación de la
voluntad de Dios. Por eso el pueblo, al aceptar los mandamientos y al reafirmar
la Alianza, responde: ¡Amén! Es decir, está de acuerdo con lo leído y también
a cumplirlo. Por lo tanto, la alegría nos es sólo por haber desenterrado de
las ruinas del Templo los rollos de la Ley, sino por haberse re-encontrado con
Dios dentro de la Ley. Es la alegría de estar en el camino correcto, en el
camino de la reconciliación, en la dirección justa. Y éste es precisamente,
el sentido de la Escritura: es un encuentro con Dios y un encontrarnos con
nosotros mismos.
El Evangelio retoma, desde otra perspectiva, el mismo tema, al presentarnos la
misión fundamental de la vida pública de Jesús: la de anunciar la palabra de
Dios, la Buena Nueva... San Lucas lo presenta recorriendo Palestina y acudiendo
habitualmente a la sinagoga de Nazaret donde comenzó a predicar y a hacerse
conocer. Allí se reunían sus conciudadanos para escuchar y comentar las
Escrituras. Era el lugar del encuentro con la Palabra y con la comunidad. Jesús,
como buen judío, permaneció fiel a esta tradición hasta que llegó el momento
en que los escribas y fariseos, con su acoso, lo obligaron a retirarse de esos
lugares y comenzar a predicar en las plazas y en espacios abiertos.
Así, dándonos a conocer al Padre y demostrándonos con milagros su verdadera
identidad de Hijo Dios hecho hombre, Jesús se manifiesta el evangelizador por
excelencia que, como experto sembrador, esparce la semilla de la Palabra para
que germine y dé frutos abundantes, dejándonos con su actitud al menos dos
enseñanzas que deben calar profundamente en nuestro espíritu:
La primera, a partir de su afirmación: "Hoy se cumple la Escritura que
acabáis de oír". Con estas palabras nos revela que Él no es la anulación
de la Ley y los Profetas sino la continuación y el cumplimiento. Es el final de
la espera y la llegada del Mesías prometido... y la otra lección que debemos
recoger es la necesidad que tenemos de seguir su ejemplo comprometiéndonos en
el anuncio de la Palabra. Es un viejo tema. Pero no olvidemos que la Iglesia
primitiva tuvo gran conciencia de ese servicio que Jesús le había encomendado.
Así lo avala el libro de los Hechos de los Apóstoles con un testimonio muy
claro: los apóstoles no querían someter esa función a ningún otro
acondicionamiento. Por eso, cuando prestación de la caridad les quitaba
demasiado tiempo, instituyeron el Diaconado,
para quedar libres para anunciar la Palabra de Dios.
Hoy nosotros, como sacerdotes y laicos, debemos hacerse cargo de esa tarea con
coraje, con valentía para que nos sirva de oración, de examen de conciencia,
de consuelo y de alegría, porque en ella nos encontramos con el Verbo, la
Palabra que habitó entre nosotros.
Domingo
28 de Enero
DOMINGO 4° DURANTE EL AÑO Ciclo "C"
Lc 4,21-30
(Lecturas: Jer 1,4-5.17-19 y 1Cor 12,31-13,13)
Hablar en nombre de Dios, interpretando los acontecimientos
Todo el Antiguo Testamento está marcado por el profetismo y la figura de los
profetas. Con ellos condujo Dios a su pueblo. Hombres elegidos de acuerdo a las
necesidades y las situaciones históricas de su pueblo...
Hoy la liturgia nos recuerda la elección de Jeremías para marcarnos las
características esenciales de sus vidas y de su misión. Antes que nada,
destaquemos que siempre es Dios quien los elige en un tiempo determinado para
que lleve a cabo una misión concreta. Nadie asume ese rol espontáneamente y
por propia iniciativa. Todo lo contrario, generalmente la persona escogida trata
de huir, escapar al llamado, simplemente, porque tiene miedo a las
consecuencias. El hombre elegido intuye que cuando Dios lo escoge, queda
atrapado para siempre.
Aclaremos también que el profeta no es, como muchas veces se puede pensar, un
vidente, alguien que predice el futuro. En realidad, el término griego
“profeta”, significa etimológicamente, “el que habla en nombre de
otro”. Luego, los profetas son elegidos por Dios, para que hablen en su nombre
e interpreten desde una perspectiva divina, los acontecimientos que están
sucediendo. Así lo hicieron Elías, Eliseo, Isaías, Jeremías y tantos
otros...
hasta llegó Juan Bautista quien también reunía esas características.
Jesús, el profeta por excelencia, llevó a cabo su misión con sus palabras y
con sus milagros. Dos maneras distintas de mostrarnos el único camino que
conduce a la salvación. La evangelización de Jesús se hizo realidad en la
Iglesia, esa pequeña comunidad que lo siguió y permaneció fiel aún después
de su muerte. Esa Iglesia inmortalizó por escrito las enseñanzas del Maestro
en los libros de Nuevo Testamento. Por ella sabemos que Cristo es la Palabra
misma. "Y el Verbo se hizo carne", escribió uno de sus testigos
privilegiados.
Todo este anuncio iniciado en el Antiguo Testamento y echo realidad en Jesús,
continúa hoy en la Iglesia, que nos llama a la salvación y que tiene también
sus profetas para que interpreten los acontecimientos con la mirada de Dios. La
lista es inmensa. Dejando afuera a los santos Padres de los primeros cinco
siglos, citemos, por ejemplo, san Benito, que inicia la vida monástica, en términos
diferentes, poniendo el acento en la vida común, en el trabajo y en la oración;
a Francisco de Asís, que revaloriza el espíritu de pobreza. A Teresa de Ávila,
a Juan de la Cruz, a Ignacio de Loyola, a Teresita, a Don Bosco, a Don
Alberione, ese humilde y desconocido sacerdote italiano que proféticamente vio
en los medios de comunicación social, un camino nuevo y eficaz para anunciar el
Evangelio, al Papa Juan, que abre las ventanas de la Iglesia para entre un aire
renovador y a tantos otros que ustedes seguramente recuerdan.
Todos ellos, hombres de Dios, elegidos por Él para que hablen en su nombre.
Hombres que muchas veces se sintieron solos, desprotegidos, calumniados,
desterrados, como el profetas Jeremías que murió en Egipto. La vida de los
profetas nunca fue fácil. Conocemos la vida de los del A. Testamento, la de
Cristo y la de muchos otros profetas de todos los tiempos que perdieron sus
vidas por denunciar vicios, pecados, injusticias, interpretar la recta doctrina
o remar contra corriente. Pero, si bien sus vidas no fueron fáciles, recordemos
que su consuelo y su premio es Dios mismo. ¡Y eso sí vale la pena!
Domingo
4 de Febrero
DOMINGO 5° DURANTE EL AÑO Ciclo "C"
Lc 5,1-11 (Lecturas: Is 6,1-8 y 1Cor 15,3-8-8.11 5|
Vocación y servicio
Un tema muy actual que nos ofrece la liturgia de la palabra de este domingo en
sus tres lecturas, es la llamada de algunos hombres al servicio de Dios o a
ejercer su ministerio. Para comprender mejor el tema, es oportuno verlo desde
estas tres perspectivas:
La llamada en sí misma, la indignidad de los llamados y la misión que se les
confía.
En primer lugar, preguntémonos, ¿qué es una llamada? Cuando respondemos a
esta pregunta vemos que es Dios que sale al encuentro de una persona. Es el caso
de Isaías, en la primera lectura. Lo mismo sucederá con Pablo, en la segunda y
también en el Evangelio, cuando Jesús se revela con un milagro espectacular
como Hijo de Dios a Pedro y sus compañeros. Sólo después de esa presencia
inconfundible de la Divinidad, sigue la convocatoria.
Esto ya nos lleva al primer tema: una manifestación de Dios, por sí sola, no
es todavía una vocación. Para que exista una vocación, además del encuentro
personal con Dios, con una experiencia inconfundible, se necesita la llamada
propiamente dicha. Dios convoca por medio de hombres y lo confirma por medio de
hombres. Recordemos, por ejemplo, que san Pablo fue convocado por Ananías...
La indignidad de la persona es el segundo tema. Ése encuentro íntimo y
personal con Dios nos permite experimentar que existe una distancia tremenda
entre Él y nosotros. Quien no la advierte, probablemente no es un llamado. Y
esto debería ser un buen criterio para discernir las vocaciones al servicio de
Dios.
Tengamos presente también que Dios, con su gracia eficaz y por medio del
confesor y del director espiritual, va aclarando al elegido su voluntad de
convocarlo a su servicio. Dios no permite la duda constante. Su voluntad se
manifiesta con las gracias que le regala y que lo conducen a una serena y feliz
aceptación de la misión encomendada. La alegría interior que sienten los
llamados, es como la confirmación de la vocación.
La tercera idea: Dios llama a los hombres para encomendarles una misión específica.
A Isaías, a Pedro y a Pablo les confía una misión concreta. Esta misión o
servicio, tiene también tres aspectos muy definidos:
a). El ministerio o servicio sacerdotal en la Iglesia: Un llamado a predicar la
Palabra de Dios, a administrar los sacramentos, a dirigir espiritualmente a los
miembros de la comunidad, para conducirlos a la santificación y a la salvación.
b). El ministerio sacerdotal no es el único motivo de elección en la Iglesia.
Los bautizados están llamados a colaborar en el crecimiento de la Iglesia de
acuerdo a sus carismas personales. Aquí entra la vida religiosa. Esas mujeres y
hombres que, sin ser sacerdotes, consagran su vida al prójimo en la caridad, en
la educación, en los medios de comunicación social, en la vida contemplativa.
Todas personas convocadas para una misión concreta al servicio de las Iglesia.
c). Dentro de los llamados, están también los laicos comprometidos en
servicios a la comunidad de todo tipo. Desde quienes se ocupan en auxiliar a los
pobres, a los que dedican su tiempo a la catequesis o participan activamente en
las organizaciones parroquiales. Además, a los laicos está encomendado el
servicio al mundo.
Luego, el llamado es para todos y la respuesta depende de cada uno de nosotros.
Domingo
11 de Febrero
6° domingo durante el año Ciclo "C"
Lc 6,17.20-26 (Lecturas:Jer 17,5-8 y 1Cor 15,12.16-20) -
Como árbol plantado al lado del río
El ser humano cuando entra en sí mismo y descubre en su interior que en
realidad es una pobre criatura, llena de limitaciones, puede abandonarse a la
misericordia y a la providencia de Dios o confiar en sus fuerzas, en sus
riquezas o en las cosas terrenales y tratar asegurarse el futuro de cualquier
manera.
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, alude una premonición del
profeta contra el rey Sedecías que frente a las amenazas del rey de Babilonia,
confía en los hombres y no en Dios. En concreto, Sedecías descansa en la ayuda
de los egipcios con quienes había sellado una alianza. El final de la historia
lo conocemos, los egipcios fueron aniquilados por los babilonios antes que
lleguen a Jerusalén y los judíos deportados a Babilonia.
El mensaje teológico es transparente: el que espera en el hombre, en sus
fuerzas es como un árbol plantado en el desierto. Allí morirá, después de
muchos sufrimientos y sin dar frutos. En cambio, el que confía en Dios se
parece a un árbol plantado al borde del río: crecerá frondoso y dará muchos
frutos.
El Evangelio de san Lucas, con otras palabras y desde otra perspectiva, confirma
y aclara aún más las enseñanzas de la primera lectura: los pobres, los que
tienen hambre y sed, los que lloran y se abren al anuncio de Jesús, confiando
en su salvación, serán recompensados.
Para comprender mejor estas afirmaciones, recordemos que cuando san Lucas escribía
esta página del Evangelio, tenía presente la teología del A. Testamento. Los
pobres en el A. Testamento, gozaban de una protección particular de Dios.
Privados del apoyo humano, oprimidos por los poderosos de turno, ponían su
confianza y seguridad personal sólo en Dios. En esos tiempos, eran impensables
leyes humanitarias que protegieran a los débiles. Los dueños del poder siempre
tenían razón... Precisamente, porque privados de los bienes de la tierra,
hambrientos, afligidos, despreciados, esperaban ansiosos el inicio del Reino de
Dios con la llegada del Mesías y así poder vivir serenamente. Pero esta
salvación, tanto para los pobres como para los ricos, no se concretizará si no
hay una apertura del alma al mensaje salvador de Jesús, que nos invita a creer
en su presencia salvadora. Si no aceptamos que Cristo resucitado es nuestra
esperanza y que su mensaje es un anuncio de amor, de solidaridad, de compasión
y de justicia no perteneceremos al Reino de Dios. La diferencia no es ser pobre
o rico, sino confiar o no plenamente en Dios.
La cuarta bienaventuranza, referida a los perseguidos, refleja la situación
dolorosa de la Iglesia alrededor de los años ochenta. Ante esta situación trágica,
san Lucas evoca las palabras de Jesús: Los discípulos del Señor Resucitado,
perseguidos a causa de su nombre, no tienen que desesperar. Al final resucitarán
con Él. A esa esperanza nos invita también la segunda lectura, donde Pablo
recuerda a algunos miembros de la comunidad de Corinto que dudaban de la
resurrección de los muertos, que si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.
Hoy mientras pedimos que el Señor aumente nuestra fe, pidámosle también
crecer al borde del río de la gracia...
Domingo
18 de Febrero
7° DOMINGO DURANTE EL AÑO “C”
Lc 6,27-38 (Lecturas: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23)
Amen a sus enemigos..
.
Hoy nos encontramos nuevamente con el tema del amor. Un asunto no muy fácil de
reflexionar porque exige que nos comprometamos mucho más allá de las palabras
y de las afirmaciones de deseo. Se necesitan hechos concretos...
El clima lo crea la primera lectura, donde nos asombramos por el gesto de
respeto de David ante a Saúl que duerme. Políticamente, Saúl es su enemigo.
Tanto que se puso en marcha con tres mil soldados para eliminarlo. Durante esa
persecución, David lo sorprende una noche mientras descansaba en el campamento.
Abisai, el amigo de David, ve en ese encuentro el momento de la justicia e
incluso de la voluntad de Dios, porque ara muchos hombres, como para Abisai,
todo lo que está al alcance de la mano es voluntad de Dios, es justicia, aunque
se trate hasta de matar al enemigo. El razonamiento de Abisai, (y de algunos
cristianos) sería éste: Si Dios no hubiera querido que lo matara, no lo
hubiese puesto en mi el camino...
Obviamente, este razonamiento está totalmente equivocado, porque se razona como
si no existiera la libertad humana, la consciencia. Por eso, más allá de las
circunstancias fortuitas, es el hombre, totalmente libre, quien debe decidir de
acuerdo a su consciencia bien formada. La vida no puede quedar librada al azar.
La respuesta de David a su amigo es maravillosa por el sentido de
responsabilidad divina y humana. Dios nos exige que decidamos y vivamos de
acuerdo a su ley y con responsabilidad, respetando absolutamente a nuestro prójimo.
Por su parte, el Evangelio que se leyó hoy, va aún más profundamente en esa
exigencia. Nos pide que pasemos del odio al respeto mutuo: Nos dice: “Trata a
los demás como quieres que ellos te traten” porque, en realidad, todos
queremos que se nos respete, que se nos crea, que se nos ame... por eso, lo
mismo se lo debemos a los demás, porque ellos también lo necesitan.
Es muy claro que la vida en sociedad sería mucho más agradable si se
cumplieran esas normas.
Pero hay aún más: Jesús nos pide que pasemos a un nivel más alto de la vida
cristiana. Nos pide que demos y que nos demos, entonces descubriremos que dar y
darse son las actitudes que caracterizan el amor del cristiano.
El texto evangélico de hoy, parece poner como motivo la recompensa, el premio.
Pero no es así. El Evangelio dice: “Dad y se os dará” y no dice: “Dad
para que se os dé”. Y eso es muy distinto. Es una invitación al
desprendimiento, a la solidaridad, a la generosidad. (Tengamos presente que no sólo
debemos dar cosas materiales, sino afecto, tiempo, dedicación).
Y después de estas recomendaciones, Jesús nos pide todavía mucho más: Que
amemos a nuestros enemigos.
No es fácil. Pero sabemos que el secreto del amor cristiano que hace que se
pueda amar al enemigo, está en buscar en cualquier persona el rostro de Jesús
que nos permite superar el odio y el rencor para caminar tras las huellas del
Maestro. (Recordemos que Jesús perdonó a sus enemigos mientras agonizaba en el
Calvario).
Imitar a Jesús merece el esfuerzo. Y no olvidemos lo que ya muchas veces hemos
citado: “Al atardecer de la vida seréis examinados en el amor”. San Juan de
la Cruz, en sus encuentros místicos, lo había experimentado profundamente. Hoy
Jesús nos pide que lo intentemos para parecernos más a él.
Domingo
25 de Febrero
1er DOMINGO DE CUARESMA Ciclo "C"
Lc 4,1-13 (Lecturas: Deut 26,4-10 y Rom
10,8-13)
El camino de la cruz, el único camino de salvación
Estamos al inicio de la cuaresma. Un tiempo de cambio y tiempo de transformación
interior. Un tiempo de búsqueda sincera de Dios, del camino de la salvación,
para encontrarnos con Cristo Resucitado, transformados, limpios, convertidos.
Para el comienzo de este tiempo, la liturgia de la palabra nos ofrece un
episodio de la vida de Jesús que transcurrió en el desierto, en la soledad,
preparándose para iniciar su vida pública. En esa situación se siente
tentado. El tentador le presenta varias alternativas -- equivocadas-- para
llevar a cabo
el plan salvífico encomendado por el Padre.
Le aconseja caminos más fáciles. Lo invita a seguir el camino del éxito
espectacular, sin sufrimiento, sin cruz:
Primero le propone convertir las piedras en pan. Recordemos: Palestina en
tiempos de Jesús era una tierra pobre, cuyos habitantes padecían hambre
verdadera. Además, "dar de comer a los hambrientos" era uno de los
signos mesiánicos, anunciados por los profetas. Por eso, lo que le proponía no
era una idea descabellada. Tenía hasta fundamentos bíblicos. Jesús lo rechaza
y los hechos le dieron la razón: multiplicó panes y pescados y, sin embargo,
no le creyeron.
Ese no era el camino del Padre.
La segunda tentación: el poder y la gloria. Tenía un buen fundamento social:
el hombre es muy sensible ante los poderosos. En esa época los emperadores eran
considerados divinos. Se les tributaba honores como verdaderos dioses. También
esta era una buena manera para que lo reconocieran como Dios. Jesús la rechaza.
Y en realidad, Jesús se mostró poderoso curando enfermos, calmando
tempestades, resucitando a muertos y no por eso le creyeron. No era el camino
adecuado...
Terceras tentación: La manifestación divina. Lo espectacular. La transformación
en un super hombre. Caer del cielo en medio de la multitud. Tampoco era el
camino. Los hechos le dieron la razón a Jesús. Una vez se transformó en
presencia de los discípulos más íntimos y la respuesta fue "que bueno es
permanecer aquí, felices y contentos..." Ni en ellos hubo una verdadera
conversión. Sólo después de la muerte comprendieron el significado de esa
transfiguración.
Jesús, rechazadas las tentaciones, queda confirmado en su decisión primera: La
Encarnación. Continúa siendo "Jesús de Nazaret", sencillo, pobre,
solidario con todos y anuncia la buena nueva invitando a todos los hombres a
cambiar de mentalidad y de vida: Es necesario entablar una nueva relación con
Dios, más sincera, más auténtica. Concretando este cambio en una relación más
franca y solidaria con el hermano, con el prójimo. Realizó sí milagros apara
avalar su predicación y manifestar su divinidad; pero no escogió el camino
insinuado por el tentador para salvarnos sino que su compromiso con el Padre,
con la verdad y con los hombres lo llevó a la cruz. Ése era el camino. Morir
por la humanidad para cambiarla y transformarla.
Ese también es nuestro camino: retirarnos al desierto para orar y en la oración
y en la meditación, aceptar serenamente el camino que nos conduce a la salvación.
Necesitamos cambiar de mentalidad para cambiar de vida y morir a las pasiones
para vivir en gracia.
Nuestro objetivo es llegar transformados a la Pascua para resucitar gloriosos
con Cristo. A partir del desierto, a partir de las tentaciones superadas que nos
invitan todos los días a seguir el camino más fácil.
Domingo
04 de Marzo
2°DOMINGO DE CUARESMA "C"
Lc 9,28-36 (Lecturas: Gn15,5-12. 17-18 y
Filip 3,17-4.1)
El escándalo de la cruz
La página del Evangelio de este segundo domingo de cuaresma relata la
transfiguración del Señor. Es lo que se llama una verdadera teofanía,
donde Jesús se muestra a sus amigos más íntimos como Dios. ¡Tal cual es!
Es importante comprender bien este episodio. Y para ello, hay que tener muy
presente el contexto vivencial de las primeras comunidades cristianas compuesta
por judíos convertidos y recordar también la idea judía respecto a los
padecimientos: para ellos el dolor y el sufrimiento eran síntomas de algún
pecado. Y a partir de esa convicción deducían que tanto la muerte de Jesús en
la cruz como la condena de las autoridades religiosas podían interpretarse como
un signo de la maldición de Dios, por ser pecador e infiel a la Alianza. Y tenían
esa misma duda respecto a los primeros mártires...
Ante esta situación, las comunidades oraron intensamente, reflexionaron y
encontraron la respuesta recordando y meditando el milagro de la transfiguración.
Las dudas comienzan a despejarse a partir de la conversación entre Jesús, Moisés
y Elías respecto a su muerte próxima en Jerusalén.
El hecho que Jesús, transfigurado, hable con Moisés y Elías respecto a su
Pasión, reveló a los cristianos que la Ley y los Profetas; es decir, toda la
Escritura había anunciado y previsto la Pasión y la Muerte del Mesías y que
no se trataba de un castigo o de un fracaso, sino del cumplimiento exacto de la
voluntad del Padre: Ese era el plan salvífico de Dios y así, debía llevarse a
cabo.
Por eso, la pasión y la muerte, es sí el momento más duro y doloroso de Jesús;
pero también es el mayor testimonio de su amor.
Es el gesto más sublime de su amor a los hombres. ¡Morir para salvarnos!
Y la luz que reciben de este episodio, les permite releer y comprender todo el
Antiguo Testamento, en modo especial:
> Las profecías de Isaías. (El Siervo doliente, como imagen y figura de
Cristo...)
> Las profecías de Jeremías. (Su vida misma se parece a la de Cristo...)
> El mismo sacrificio de Isaac, aunque no llegó a cumplirse, cobra su
verdadero significado...
Con el pasar del tiempo, esta re-lectura y meditación del Antiguo Testamento
originó las magníficas celebraciones litúrgicas de Semana Santa
y de la Cuaresma que celebramos para prepararnos a la Pascua.
Además, comprendieron el significado del martirio y de los sufrimientos
personales que soportaban por profesar la fe y vivir el cristianismo auténticamente:
sufrir era compartir los dolores de Cristo. De esa manera, los sufrimientos
personales también adquirían un significado salvífico.
Ante todo esto, preguntemos qué nos dice hoy este Evangelio a nosotros,
cristianos del siglo veintiuno.
En primer lugar, nos permite ver la continuidad de la revelación: El Antiguo
Testamento prepara la llegada de Cristo y nos ayuda a conocer mejor su mensaje.
Por eso, no debemos excluirlo de nuestras lecturas y meditación. Nos da las
pautas para interpretar mejor el Nuevo Testamento.
En segundo término, nos da una comprensión cabal del sufrimiento. Comprendemos
el valor que tiene el sufrimiento en la redención y en la transformación
espiritual de cada uno de nosotros. Querámoslo o no, el sufrimiento es el
camino necesario para llegar a Dios. Por eso, saber sufrir y saber por qué se
sufre, es entender la vida y entender el plan salvífico de Dios. ¡Con su
sacrificio Jesús nos demuestra más que con sus palabras cuánto nos amó!
Y, por último, aunque cueste aceptarlo y más aún vivirlo, sin sacrificio, no
hay redención.
Sin embargo, esto no significa que tenemos que ser masoquistas, que debemos
buscar el sacrificio por el sacrificio mismo, sino aceptarlo serenamente cuando
llega.
Vivamos esta cuaresma como la vivieron los cristianos de los primeros tiempos y
cambiemos el mundo como lo cambiaron ellos.
Domingo
11 de Marzo
3er DOMINGO DE CUARESMA "C"
Lc 13,1-9 (Lecturas: Ex 3,1-8.13-15 y 1Cor
10,1-6.10-12) -
Los castigos de Dios y la conversión
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre varias ideas que para
comprenderlas bien nos exigen un esfuerzo adicional, porque aparecen un poco
deshilvanadas.
Comienza con la referencia de un hecho trágico: un motín de unos galileos en
el Patio del Templo y la intervención rápida y sangrienta de la guardia romana
apostada en el lugar que la sofoca allí mismo, violando el recinto sagrado,
reservado estrictamente a los judíos y derramando sangre sobre el altar mismo
de los sacrificios. Una profanación que los presentes no podían olvidar fácilmente.
Los que cuentan el episodio, esperan de Jesús una respuesta de solidaridad
nacional y religiosa frente a la matanza
de sus compatriotas y una condena de la ofensa hecha a Dios.
Pero Jesús no toma posición. Sabe que los galileos muertos en esa ocasión
eran tan violentos como los romanos.
De esa manera, Jesús nos enseña que la violencia, de cualquier signo, no
soluciona los problemas, sino que los agrava. La violencia es un camino sin
salida. Y Jesús nos enseña que el único camino hacia la convivencia humana es
la conversión. De ese cambio de mentalidad depende la supervivencia humana, la
vida en común y las buenas relaciones con los hombres y especialmente con Dios.
Para lograr la paz, a cualquier nivel, es necesario cambiar la escala de
valores. Jesús para explicarnos esta idea nos regala una comparación: la
higuera que no produce frutos. Es decir, un árbol, un hombre que ocupa un lugar
en el mundo y en la vida sin preocuparse por ser útil a los demás, vive,
vegeta, estorba y no se preocupa en cambiar su actitud. La higuera que no da
frutos es la imagen del hombre sin ideales. Es una reflexión muy dura para
nuestra vida; especialmente de personas adultas y maduras que no pueden quedar
indiferentes ante los acontecimientos de la vida. La vida debe ser un compromiso
cotidiano con Dios y con nuestros hermanos, ya que estamos en el mundo para
mejorarlo. Pero no obstante la dureza de la comparación, encierra también un
mensaje de esperanza: el viñador, Dios, nos ofrece siempre una nueva
oportunidad.
> Dios espera y confía en nuestro cambio. Nos ama y apuesta por nosotros. Se
juega por cada uno de nosotros.
> Podemos ser mejores. El cambio siempre es posible.
> Podemos tomar consciencia de nuestra responsabilidad en la vida y colaborar
en la comunidad. Si cambiamos nosotros cambia la comunidad y cambia la Iglesia.
No pretendamos que cambien los otros, que los otros produzcan frutos, sino que
hagámoslo nosotros. Y comencemos hoy.
La Cuaresma es un llamado al cambio. Es una invitación a nuestra creatividad
para que encontremos caminos que nos conduzcan a la convivencia pacífica; a
rechazar la violencia y a flexibilizar nuestras ideas. Es necesario que
iniciemos un camino de reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Sólo
si nos amamos y nos comprendemos, no habrá gestos violentos. Ni como el de los
galileos y como ningún otro. Que nuestros frutos sean frutos de conversión y
de paz.
Domingo
18 de Marzo
4° DOMINGO DE CUARESMA "C"
Lc 15,1-3,11-32 (Lecturas: Jos 5,9-12 y 2Cor
5,17-21) -
Volver a la casa del Padre
Hoy nos encontramos con una de las páginas más hermosas del Nuevo
Testamento. San Lucas, el único evangelista que relata esta parábola que,
--detalle más, detalle menos--, puede suceder en cualquier familia de nuestro
barrio: un hijo se independiza y quiere vivir solo. De todas maneras, si bien se
trata de un hijo que quiere emanciparse, el gran protagonista de la historia no
es precisamente él, ni el hijo mayor, sino el Padre.
Son los escribas y fariseos quienes provocan a Jesús, acusándolo de ser
demasiado benévolo y de recibir a pecadores y hasta nada menos que comer con
ellos. Como respuesta, Jesús les relata esta parábola donde descuella la
actuación de un Padre sorprendido por actitud de los dos hijos.
El Padre representa a Dios, el dueño de todas las riquezas, con un respeto
ilimitado por las decisiones de sus hijos: los creó libres para que puedan
decidir personalmente los caminos que desean transitar. Los ama pero no los
retiene. Sufre con su partida, con sus elecciones equivocadas, pero sigue
creyendo en ellos.
El hijo menor, representa a la persona humana. Es el hombre que, en búsqueda de
su libertad, se equivoca y peca. Por ese mal uso de la libertad, este hijo
representa a cada uno de nosotros; al pecador en general. No importa en este
momento determinar con precisión cuáles son los pecados. Basta decir que es el
hombre que se aleja de Dios porque piensa que Dios lo priva de su independencia.
Se trata del hombre que después de sacrificar su herencia (la gracia, la vida
divina), se hace esclavo de sus pasiones y de otros hombres, deshonrándose a sí
mismo hasta llega cuidar cerdos... para la mentalidad judía, el animal más
impuro de la tierra...
Pero ese hombre cambia. Toma consciencia de su esclavitud, se convence que Dios
le reserva una vida mejor y, --arrepentido--, emprende el camino de regreso.
El hijo mayor, en primer término, representa a los escribas y fariseos, y, en
general, a todas los individuos que creyéndose "santos" critican a
Dios, al Padre y a todas las personas misericordiosas, solidarias que reciben,
comprenden y perdonan a los pecadores.
En realidad, el comportamiento de los dos hijo destaca y resalta la actitud del
Padre: destaca su amor y su misericordia.
> El hijo menor, al volver, descubre la ternura de su Padre que lo estaba
esperando y al verlo, corre a su encuentro. Lo restablece en su dignidad y
celebra el banquete de la reconciliación. Volver a casa significa volver a
estar con el Padre, vivir con el Padre es vivir con Dios.
Representa, en definitiva, el gozo de la vida eterna.
Leyendo al relato desde esta perspectiva, comprendemos fácilmente la invitación
de la liturgia en este tiempo de cuaresma, a que tratemos de no alejarnos de la
casa del Padre y si nos hemos ido, que volvamos rápidamente. Sabemos que Él
nos está esperando.
> El relato tiene también un dato triste, muy feo. La actitud mezquina del
hijo mayor. Ante esa actitud preguntémonos sinceramente: ¿Nunca tuvimos
envidia porque Dios hace salir el sol sobre buenos y malos? En otras palabras,
no nos entristecemos cuando a los que creemos pecadores les va mejor que a
nosotros...
Quizás sí. También de ese pecado pidamos perdón
Una reflexión más. En la parábola no aparece la figura de la madre. Es claro.
Jesús no la podía poner porque si hubiera estado,
el hijo no se habría ido... y otra sería la historia.
Pidámosle a María, nuestra Madre, que se quede siempre junto a nosotros y así
no abandonaremos jamás la casa de nuestro Padre.
Domingo
25 de Marzo
5° DOMINGO DE CUARESMA “C”
Jn 8,1-11 (Lecturas: Is 43,16-21 y Filip
3,8-14) -
¿Quién tira la primera piedra?
La página del Evangelio de hoy, nos cuestiona nuevamente con su dureza. Jesús
está hablando serenamente ante personas que lo escuchan en silencio. Los
escribas y fariseos rompen esa paz, y con pocas palabras, levantan un huracán:
Odio a Jesús, desprecio por esa mujer que trajeron hasta allí. La tiran en
tierra como si fuese un objeto. Sólo les sirve para tenderle una trampa al
Maestro: quieren obligarlo a elegir entre la misericordia y la ley. Jesús
calla. Reflexiona.
Y ese silencio obliga a todos a meditar.
Para Jesús todo tiene importancia. Esa mujer, esos hombres y la ley. Respeta a
la ley. Pero también sabe que no se trata de elegir entre la misericordia, la
bondad y la ley. Ese es un falso dilema. Jesús se pregunta, cómo a partir de
la ley, se puede cambiar esos corazones duros y anquilosados. Cuando la tensión
llega al máximo, Jesús rompe el silencio parafraseando una norma de la ley que
mandaba: "El testigo debe ser quien arroje la primera la
piedra".
La continuación del incidente ya la conocemos: se van...
Este episodio de la vida de Jesús nos llama a reflexionar sobre algunas ideas
muy sencillas, pero muy duras a la vez. Nos invita a revisar nuestra actitud
ante el error, ante el pecado ajeno. ¿Somos misericordiosos a partir de nuestra
pobre realidad? ¿A veces condenamos inapelablemente a nuestro hermano y
nosotros somos iguales o peores? Contra nuestro hermano clamamos justicia, para
nosotros comprensión, perdón, misericordia. Jesús no niega el pecado de la
mujer. Pero la perdona. Allí está la gran diferencia entre Él y los escribas,
los fariseos y nosotros. En eso tenemos que imitar a Jesús: sin renunciar a
proclamar la verdad, tener compasión del pecador. Ayudarlo a levantarse.
Aceptar serenamente que todos somos hermanos en la debilidad. En el pecado. Si
pensamos seriamente y nos examinamos con lealtad, no podemos tirar la primera
piedra ni la última... Tendríamos que agachar la cabeza e irnos como los
escribas y fariseos.
Pero este Evangelio nos invita también a ponernos en el lugar de la mujer:
somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios. Necesitamos su perdón.
Pero recordemos: el perdón, el sacramento de la reconciliación, no tiene
eficacia sin un firme propósito de enmienda. Si no existe este serio propósito,
tampoco es serio nuestro arrepentimiento. Quizás volvamos a pecar pensando en
que volveremos a confesarnos. En este caso, no hay arrepentimiento y, por
consiguiente, tampoco hay perdón... El sacramento de la reconciliación para
que sea realmente eficaz, exige un cambio de mentalidad y un cambio de vida. De
lo contrario, le estamos tomando el pelo a Dios y nos estamos engañando a
nosotros mismos. Es oportuno en este momento, recordar nuevamente las palabras
de san Pablo a los gálatas:
“Deus nos irridetur!”. Es decir: nadie se burla de Dios.
Pidamos a María que nos ayude a perdonar y a aceptar nuestros errores para
arrepentirnos seriamente. Si Dios nos bendice con estas gracias, la cuaresma
habrá cumplido su objetivo: hemos cambiado y estamos mejor preparados para
acompañar a Jesús en su Pasión y en su Resurrección.
Domingo
01 de Abril
DOMINGO DE RAMOS “C”
Lc 23, 1-49 (Lecturas: Is 50,4-7 y Filip
2,6-11)
De la fiesta al dolor; del dolor a la gloria
Con el domingo de Ramos comienza la gran semana del año litúrgico llamada
habitualmente y con razón, “Semana Santa”.
La liturgia se abre evocando el ingreso gozoso de Jesús en Jerusalén. Se trata
de una clara escena mesiánica, calcada de las ceremonias de toma de posesión o
investidura real, muy comunes en oriente en esa época y mencionada muchas veces
por la Sagrada Escritura. Un ejemplo lo encontramos en el 1º Libro de los
Reyes, en 1, 33 – 35 donde se describe la unción de Salomón, rey de Israel.
Además, los mismos evangelistas recuerdan el texto de Zacarías 9, 9 donde
anuncia el recibimiento glorioso del Mesías. Sin embargo, hay una gran
diferencia entre los acontecimientos vividos por Jesús y los recuerdos citados:
Jesús no es un rey que viene a dominar, sino a servir y a dar la vida por la
humanidad, por eso, la liturgia después de la escena brillante y triunfal de
Jesús ingresando a Jerusalén pasa inmediatamente a recuerdo y la meditación
de la Pasión.
El cambio de clima lo crea la primera lectura, tomada del profeta Isaías, donde
el autor hace ver que los sufrimientos del Siervo doliente adquieren valor
expiatorio ya que suplen a los que deberían haber soportado todo el pueblo
elegido, infiel a la Alianza, y que debería haber sido exterminado a causa de
sus pecados. La imagen de Jesús se destaca nítidamente en esas profecías. Aún
más, se cumplen en Él.
En el mismo tono está el precioso himno que san Pablo escribe en su Carta a los
Filipenses. Allí, Jesús, sin dejar de ser Dios, se inmola para la salvación
de todos. El misterio de amor está centrado en el hecho que siendo Dios hubiera
podido reivindicar todo los honores y, sin embargo no lo hizo. Ante este gesto
de amor no hay palabras, sólo queda el silencio, el agradecimiento, la oración...
Y el Evangelio es el relato escueto de los hechos del Viernes Santo. Mudos
contemplamos cómo la entrada triunfal a Jerusalén, aclamado por la multitud,
acaba en la soledad del Calvario y en la cruz. No obstante, en el relato palpita
con fuerza la esperanza y se vislumbra muy cerca una puerta abierta a la gloria.
La liturgia nos detiene en el umbral. De allí, con un ánimo totalmente
transformado, iniciarán las celebraciones en Sábado triunfal...
El domingo de Ramos, como el Viernes Santo, son días de oración agradecida.
Los textos bíblicos deberían abrir nuestro interior al amor, al
arrepentimiento y en la búsqueda perdón. Por eso, no podemos quedar
indiferentes ante los hechos. Nuestra respuesta deberá la confirmación de
nuestra conversión profunda llevada a cabo durante el tiempo de Cuaresma. Sólo
un espíritu arrepentido sinceramente puede esperar sereno y confiado el
amanecer del domingo de Pascua.
Domingo
08 de Abril
Domingo de Pascua C
Jn 20, 1-9 (Lecturas: Hech 10,34.37-43 y Col 3,1-4)
Vayamos al sepulcro
Después de un largo período de preparación y de penitencia, acompañados por
textos litúrgicos que nos invitaron a la purificación y al cambio de vida;
después de la Semana Santa donde compartimos la alegría de la eucaristía y la
tristeza de la crucifixión, levantémonos y vayamos al sepulcro acompañando a
las mujeres, como dice san Lucas o con María Magdalena como escribe san Juan,
pero no llevemos perfumes para embalsamar al cuerpo. No serán necesarios ya que
lo encontraremos vacío, mudo testigo de la resurrección de Jesús.
En ese momento rebobinemos la historia que vivimos siguiendo sus pasos en el
camino al Calvario y pensemos en la cruz, en los sufrimientos del Señor, en María,
su Madre y la tristeza de los pocos discípulos fieles que lo acompañaron.
Parecía que todo estaba perdido. La esperanza de la restauración del reino de
Israel que algunos, equivocadamente perseguían, quedaron sepultadas en la mayor
derrota: la muerte de ese hombre bueno que pasó haciendo el bien, auxiliando a
los pobres, dando la vista a los ciegos y resucitando los muertos. Sin embargo,
Jesús respondió a sus enemigos, a sus discípulos que lo abandonaron y al
mundo entero que no creyó en Él con la victoria sobre la muerte y con su
resurrección: la piedra removida y la cobarde huida de los guardias certifican
su triunfo y demuestran su victoria. ¡El Señor vive y se apareció a los
suyos! Pedro y Juan, notificados por las santas mujeres, vienen corriendo...
Llegamos finalmente a la Pascua. Nosotros, apoyados por las palabras de los discípulos
que vivieron esos acontecimientos y que, como no podían callar, nos han dejado
sus testimonios escritos, creemos firmemente que el Señor ha resucitado.
Después de haber confesado nuestra fe, deberemos esforzarnos en actualizar en
nuestras vidas las consecuencias de tan estupenda victoria y empeñarnos en
seguir las enseñanzas del Maestro, para transformar nuestras vidas y la del
mundo, con nuestro testimonio de todos los días.
No será una tarea fácil, pero comencemos por releer las páginas de la Sagrada
Escritura que nos ofrece la liturgia de hoy relatando los hechos de ese día
brillante. Luego, escuchemos a san Pablo que nos invita a celebrar la pascua
dejando a un lado la levadura vieja de la corrupción y la maldad para apoyarnos
en la nueva levadura de los panes ácimos de la sinceridad y la verdad. De esa
manera, el Apóstol nos indica el camino que recorrió él, los discípulos que
lo abandonaron en los momentos de peligro y los mártires cristianos de todos
los tiempos que no dudaron en ofrecer sus cuerpos al verdugo para poder
compartir la nueva vida del Señor resucitado.
Si creemos firmemente que Él resucitó y vive para siempre junto al Padre y que
nos espera con los brazos abiertos para que también nosotros compartamos su
gloria al final de los tiempos, deberemos ser fieles a su Palabra, alimentarnos
frecuentemente con la Eucaristía que nos dejó como memorial suyo y
solidarizarnos con nuestros hermanos necesitados, trabajando con entusiasmo en
su Iglesia como miembros vivos que, llenos de esperanza,
caminan por el mundo como testigos vivientes de la pascua.
Domingo
15 de Abril de 2007
2°DOMINGO DE PASCUA "C"
Jn 20,19-31 (Lecturas: hech 5,12-16 y Apoc
1,9-11.12-13.17-19) -
Los frutos de la Pascua
Pasaron siete días de la Pascua y en la liturgia continúa resonando el eco de
ese extraordinario acontecimiento. En realidad, lo escucharemos durante los
cincuenta días que preceden a la fiesta de Pentecostés. En cada domingo del
tiempo de Pascua, viviremos desde una perspectiva diferente,
la alegría de la victoria de Cristo sobre la muerte.
Hoy, con los acontecimientos aún frescos (parece que celebramos la Pascua
ayer), la liturgia de la palabra nos invita a considerar los frutos del
acontecimiento pascual. Y esto lo vemos claramente en las lecturas:
La primera, tomada de los hechos de los apóstoles, subraya la vida en común:
la Iglesia de los primeros tiempos, se reunía en la casa de algunos creyentes,
--en el Cenáculo, probablemente--, para la fracción del pan. Es decir,
celebraban la eucaristía y, además, t
rataban de compartir los bienes materiales con los más necesitados.
Todas estas actitudes tenían como fundamento, lo que san Juan escribe en su
primera carta, y que leímos hoy: Allí nos dice que el que no ama, no conoce el
amor de Dios. Ese amor al hermano tiene que manifestarse en hechos concretos:
algunos de esos gestos son precisamente, orar juntos y compartir los bienes.
La página del Evangelio, con sus dos apariciones de Cristo resucitado, nos pone
nuevamente en clima pascual. Y nos asegura que uno de los frutos y seguramente
el más importante de la Resurrección del Señor, es la reconciliación con
Dios. Hoy Jesús se reconcilia, primero con los
apóstoles apareciémdoseles y llevándoles la paz y luego con Tomás.
Jesús resucitado transmite ese poder a los apóstoles y a sus sucesores: No hay
palabras para definir el contenido de ese poder: reconciliar, absolver,
perdonar, cancelar, borrar los pecados para siempre... Para que eso fuera
posible, Cristo tuvo que morir y resucitar.
Pero este magnífico don, este magnífico regalo, no es posible sin la fe. Ese
es el mensaje de la segunda aparición y el diálogo con Tomás, el incrédulo,
que con su profesión de fe, representa a toda la Iglesia y cada uno de nosotros
que no tuvimos la gracia de ver a Cristo resucitado con nuestros ojos.
Por todo eso, el mensaje de la liturgia de la palabra de hoy nos toca muy de
cerca y nos invita a cuestionar nuestra vida. Preguntémonos entonces:
¿Sabemos vivir, rezar y compartir como una comunidad parroquial amalgamada,
unida por el amor o nuestras relaciones
personales están viciadas por el individualismo y el egoísmo?
Preguntemos también, cómo es nuestra fe en la resurrección del Señor. Para
evaluar esta fe, basta que nos preguntemos si estamos
demasiado apegados a las cosas terrenales o no.
Finalmente, preguntémonos si vivimos reconciliados con Dios o por falta de fe o
confianza en su misericordia y perdón, pensamos que basta cumplir
rutinariamente
con la vida litúrgica de la parroquia.
Domingo
22 de Abril de 2007
3erDOMINGO DE PASCUA
Jn 21,1-19(Lecturas: Hech 5,27-32.40-41 y
Apoc 5,11-14) –
A orillas del lago
Hoy Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos. Esta vez, a orillas del
lago de Tiberíades. Algunas circunstancias que rodean este acontecimiento son
muy sugestivas y nos invitan a profundizarlas para sacarles provecho para
nuestra vida espiritual.
Lo primero que sorprende es el regreso de Pedro y sus compañeros a pescar; a su
antiguo trabajo. Esta actitud nos permite deducir que tanto Pedro como sus compañeros,
consideraban en ese momento, que la aventura de Jesús había terminado. Y
terminado mal.
Con la muerte del Maestro al que habían seguido y admirado durante más de tres
años;
su fe y su confianza en Él habían quedado sepultadas aquel viernes, vísperas
de Pascua.
Si bien no hay desesperación, hay sí resignación en la afirmación de Pedro
"voy a pescar..."
Pero Jesús no abandona a quienes ha elegido. Los va a buscar en su lugar de
trabajo y se les aparece después del fracaso de una noche... Por sugerencia
suya, concretizan un éxito espectacular: 153 pescados grandes, los chiquitos
nos se cuentan...
La segunda circunstancia que nos llama la atención, es la lucidez de Juan. Es
el primero en advertir la presencia del maestro. Su lucidez es fruto seguramente
del amor y de la pureza. (Ya Jesús había dicho, "Bienaventurados los de
corazón puro porque verán a Dios"). Juan comprendió que era Jesús
resucitado: es que Jesús resucitado no era el mismo Jesús de Nazaret, en su
presentación humana, en su caminar, en su manera de hablar, pero sin embargo
era el mismo. Hoy nosotros no podemos explicar esas diferencias, pero la fe de
Juan y sus compañeros, les permite estar seguros que están en la presencia del
Maestro y que esa comida, es una comida diferente. En realidad, es una Eucaristía,
donde se alimentaron para reanudar su vida apostólica...
La triple interrogación a Pedro se contrapone a la triple negación del viernes
antes de la Pascua. Pedro, el Pastor de los Pastores de la Iglesia, es
perdonado. Además, es la reivindicación de Pedro ante la comunidad cristiana
que recordaba estos acontecimientos con amor y respeto por Pedro, Jefe de la
Iglesia.
Jesús, después de interrogarlo, le ordena apacentar a su Iglesia y con ello,
nos ordena obedecerlo. Obedecer significa acogernos libre y conscientemente a
tal jefe, no por porque sea perfecto, sino porque desempeña una función de
autoridad y de servicio encomendada por Cristo y
es el portador de la asistencia divina dentro de la comunidad cristiana.
Teniendo presente estas tres circunstancias, es conveniente que recordemos para
nuestra vida las enseñanzas que surgen de esta página del Evangelio:
-- Jesús, a pesar de nuestros desaciertos y de nuestras faltas de fe y amor, no
nos abandona. Va a buscarnos una y otra vez donde estemos: allí donde
desarrollamos nuestra actividad diaria. Se nos manifiesta y nos invita a caminar
tras sus huellas...
-- Lo descubriremos si mantenemos lúcida nuestra mente, limpios nuestros ojos y
nuestro corazón.
-- Y a pesar de nuestras negaciones y nuestras cobardías nos perdonará. Sólo
nos preguntará si lo amamos y,
como a Pedro, siempre nos ayudará a volver a comenzar.
Domingo
29 de Abril de 2007
Domingo 4º de Pascua C
Jn 10,27-30 (Lecturas: Hech 13.14,43-52 y
Apoc 7,9.14-17)
Siguiendo al Pastor
La idea central de la liturgia de la Palabra de este cuarto domingo de
Pascua, todos los años está sacada y fundamentada en el capítulo 10º del
Evangelio de san Juan, donde se relata la parábola o alegoría del Buen Pastor.
De paso anotemos que exclusiva de este Evangelista.
Una parábola cuyo mensaje para la mayoría de los lectores de las grandes
ciudades de nuestro tiempo no resulta muy evidente. Aún más, el hecho de
comparar a los bautizados como un rebaño puede causar cierto disgusto,
especialmente a la juventud, defensora a ultranza de su libertad. Sucede que
habitualmente estos lectores no conocen demasiado la vida agrícola ganadera y
por lo tanto, no siempre pueden captar el profundo significado que existe entre
la relación rebaño - pastor.
Sin embargo, para los que escuchaban a Jesús, la situación es totalmente
diferente. Era un pueblo de pastores. Abraham era pastor y vivía entre los
animales; lo mismo sucede con Isaac y Jacob. También cuando el pueblo de Israel
se estableció en la tierra prometida y se asentaron en ciudades amuralladas,
los pastores seguían viviendo con su rebaño y continuaban siendo el prototipo
del hombre laborioso. Lo que sucede todavía en algunos
pueblos europeos donde el subdesarrollo es más palpable...
Partiendo de la profunda relación que existe entre el pastor y el rebaño,
tratemos de comprender esta parábola. El pastor es quien siente como están los
animales, conoce sus cualidades y deficiencias, llama a las ovejas por sus
nombres, se siente su protector y su guía y ellas responden a su llamado.
Cambiemos los términos. Ese pastor es Jesús y el rebaño su Iglesia; luego,
conoce a sus miembros con sus virtudes y pecados, etc... y lo redime con su
muerte en la cruz. Es un Pastor que ama intensamente a su grey ya que dio su
vida por ella. Y así entramos nuevamente en el misterio pascual...
Pero hoy Jesús ya no está presente de una manera visible en medio de la
Iglesia, esa comunidad que camina en el mundo hacia el encuentro del Padre. De
alguna manera, nos dejó huérfanos con su ascensión a los cielos. No obstante
está presente y vive en los Pastores que Él eligió y consagró para que sean
sus representantes. Está en el Papa, los Obispos, los sacerdotes que enseñan,
educan y santifican por medio de los sacramentos al Pueblo de Dios.
Lamentablemente no son muchos los que escuchan el llamado del Pastor para
continuar su obra redentora.
Hoy, mientras recordamos y meditamos esta parábola, acompañada y aclarada
también por la primera lectura, donde las figuras de Pablo y Bernabé nos
indican el modelo de los discípulos evangelizadores, pidamos al Pastor
resucitado que no abandone a su grey y que continúe enviando buenos pastores a
su Iglesia, para que mediante la palabra y el testimonio cotidiano la conduzca a
las verdes praderas de la gloria eterna.
Domingo
06 de Mayo de 2007
DOMINGO 5ºDE PASCUA Ciclo "C"
Jn 13,31-35 (Lecturas: Hech 14,21-27 y Apoc
21,1-5)
La vida de la comunidad: el amor
La liturgia de la palabra de este domingo, pone ante nuestra consideración la
vida real de la Iglesia, con sus dolores, con sus dificultades y con la
necesidad de la perseverancia. Y nos asegura que todas estas realidades, deben
estar iluminadas por el amor.
La primera lectura nos pone en ese clima, relatando de una manera esquemática,
la misión apostólica de Pablo y Bernabé. Lo más importante no son los hechos
de Pablo y Bernabé, sino el espíritu cristiano que palpita en esa comunidad:
animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles
que hay que sufrir mucho para entrar en el Reino de Dios.
Tengamos presente la situación social en que se desarrollan las actividades:
los cristianos viven perseguidos, constantemente amenazados en sus posesiones y
sus bienes. Pero se necesita fuerza y energía espiritual. De allí el
testimonio que nos traen: "en toda la Iglesia, oraban, ayunaban y
se encomendaban al Señor en quien habían creído".
La segunda lectura retoma el mismo tema, pero desde otra perspectiva y en otro
tono: relata una visión profética de la Iglesia. Primero nos dice que la
Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, donde Dios puso su morada, donde desplegó
su tienda para quedarse a vivir con los suyos y, en segundo término, nos
asegura que la presencia de Dios en su pueblo, es la fuerza, la esperanza, la
seguridad que los anima. Por eso mismo, Dios enjugará las lágrimas de sus ojos
y ya no habrá llanto, ni muerte, ni dolor. Esa es nuestra esperanza, nuestro
futuro y nuestro premio será Dios mismo.
En el Evangelio, Jesús después de anunciar su glorificación, nos deja el
mandamiento que distingue a los cristianos: "Amáos los unos a los
otros". El mandato de Jesús es tan claro y terminante que no necesita
explicación. Sólo hay que tomarlo con absoluta seriedad y amar. Amar a los que
viven con nosotros, a los buenos y a los pecadores. Un amor que abarque a todos
los hombres sin distinción de clases, de conductas, de culturas y de razas. Un
amor que abarque todo lo bueno, lo bello, toda la verdad, toda la justicia. Ese
amor en toda su universalidad y profundidad, debe ser la característica de la
Iglesia, de la comunidad cristiana
y de la comunidad parroquial.
A nosotros, quizás, nos gustaría que la nota distintiva de la Iglesia fuese su
doctrina, su filosofía de vida y no es así: Jesús quiso que lo que
distinguiera a la Iglesia de otras instituciones fuese amar a los otros como él
amó. Aquí no se trata de teorías, de palabrerías, de frases bonitas sino de
amar
con hechos concretos. Hasta dar la vida como Jesús.
Domingo 13 de Mayo de 2007
6º DOMINGO DE PASCUA “C”
Jn 14,23-29 (Lecturas: Hech 15,1-2.22-29 y
Ap21,10-14.22-23)
Reunidos en Jerusalén
Hoy nuevamente la liturgia de la palabra nos invita a meditar sobre la vida
de la Iglesia.
Las lecturas relatan la vida concreta, de todos los días, de los primeros
cristianos.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se refiere a un
conflicto creado por la intervención de algunos judíos, especialmente escribas
y fariseos, convertidos al cristianismo. Éstos, con la mejor buena intención,
querían mantener las costumbres judías en las comunidades cristianas,
en la Iglesia de Cristo, en modo especial, la circuncisión.
Esto motivó una confrontación en la Iglesia, en modo especial, la de Antioquía
que llevó a convocar una reunión entre los Apóstoles y los Presbíteros en
Jerusalén.
Se trata del primer Concilio de la Iglesia, reunido para buscar la verdad, para
discernir cuál era realmente, la voluntad de Dios. Cuál era el camino que el
hombre tenía que recorrer para entrar a formar parte de la comunidad cristiana.
Esa búsqueda fue siempre una preocupación de la Iglesia,
tonto en su nacimiento como durante todos los tiempos.
De hecho, también muchos de nosotros fuimos contemporáneos del Concilio
Vaticano II, donde la Iglesia, reunida con la misma preocupación de los
primeros cristianos, se puso a la escucha de la palabra de Dios, para guiar a
los hombres de nuestro tiempo por el camino de la salvación.
Retomando el tema de la primera lectura, vimos que la respuesta de la Iglesia a
los cristianos llegados desde judaísmo, está llena de comprensión y de amor,
a quienes veían, con cierta desazón que las tradiciones de los antepasados
quedaban relegadas y superadas por la Buena Nueva del Evangelio de Cristo.
Era como si les estuvieran cambiando la religión...
Esa respuesta serena y comprensiva de los responsables de las comunidades, fruto
de la oración y del discernimiento, debería quedar grabada en nuestras almas:
“Nosotros y el Espíritu Santo, hemos decidido no imponernos cargas
innecesarias...”
Habría que subrayar la frase “no imponer cargas innecesarias”, porque, quizás
todavía hoy no hayamos comprendido la fuerza y el valor de esa afirmación y
nosotros mismos, por un celo equivocado o por una dureza poco cristiana, quizás
nos imponemos a nosotros mismos y queremos imponer a los demás, cargas
innecesarias, olvidándonos que el cristianismo en una religión basada en el
amor a Dios, en el amor recíproco, en la confianza, en la misericordia, en el
perdón y en la comprensión.
Es verdad que Dios nos llama a la santidad a través de la cruz, pero eso no
significa que debemos multiplicar las cruces innecesariamente. No olvidemos que
Dios nos ama. Hasta dio su vida por nosotros. Nos llama al amor y a manifestar
ese amor de una manera concreta, real, tangible.
Por eso el Evangelio de hoy nos da la medida de ese amor. Guardar su palabra,
cumplir con las exigencias del Evangelio.
Si las cumplimos, la misma Trinidad habitará en nosotros.
Y si Dios habita en nosotros, si vivimos en gracia de Dios, esa misma presencia
divina, nos dará el criterio para vivir en libertad, con autenticidad, con
responsabilidad la vida cristiana sin imponernos ni imponer cargas innecesarias.
De esa manera comprenderemos también el valor y la fuerza de la paz de Cristo.
Sabremos llevar con serenidad la cruz diaria, pero con plena libertad interior.
A esa reflexión nos lleva también la segunda lectura, tomada del libro del
Apocalipsis. Allí el autor de ese libro, como ya les he dicho otras veces, para
alentar a los cristianos abrumados por las persecuciones, les relata la visión
de la Iglesia celestial prefigurada en una nueva Jerusalén. Los invita, y nos
invita, a vivir con esperanza, confiando que nuestro futuro es el encuentro con
Cristo Resucitado.
Domingo
20 de Mayo de 2007
La Ascensión del Señor
Lc 24,46-53 (Lecturas: Hechos 1,1-11 y Heb 9,24-26; 10,19-23)
“C”-
Y subió al cielo...
Con esta breve afirmación se sintetiza el
acontecimiento sublime de la ascensión de Jesús al cielo, último acto de su
vida terrena
y que ilumina toda su obra de salvación.
Con esas palabras también se afirma que es su retorno al Padre, la plena
realización de su sacerdocio y su llegada a la gloria.
La ascensión, para algún evangelista, no es más que la otra cara de la
resurrección. Para otro, es el signo del reinado universal de Jesús
resucitado. Mientras que para san Lucas, quien después apena de evocarla al
final de su Evangelio, lo relata minuciosamente al inicio del Libro de los
Hechos, se trata de un evento histórico muy concreto y que expresa categóricamente
la conclusión de la historia de la salvación. Allí concluye la presencia de
Jesús visible entre los hombres e inicia un tiempo nuevo, el del Espíritu
Santo y el de la Iglesia misionera.
Se puede recurrir a cualquiera de los conceptos con que iniciamos esta meditación
y reflexionar con provecho sobre este suceso que presenciaron sólo los discípulos
más allegados a Jesús. Todos son valiosos y ayudan a comprender el misterio,
revelando, cada uno a su manera, un aspecto concreto de la vida de Jesús.
Sin embargo, cabe destacar que san Lucas, el primer historiador de la Iglesia
naciente, no en vano subraya los dos aspectos citados y que aún hoy permanecen
vigentes en la vida de la Iglesia. Reiteramos: la ascensión inaugura el tiempo
del Espíritu y de la vida misionera de la Iglesia. Luego, el autor en su relato
consignará que una semana después, se cumplirán las promesas de Jesús: llega
el Espíritu Santo. Y a renglón seguido, comienza la evangelización. La
Iglesia se expande, primero tímidamente y luego con la fuerza de una explosión
de la que aún hoy se perciben los efectos y que, con el correr de los años, i
rá cubriendo con su palabra toda la tierra.
Hoy, nosotros, con veinte siglos de perspectiva, contemplamos con gozo que esa
fuerza mantiene incólume su vigor y que los nuevos discípulos de Jesús, con
su testimonio y su palabra, difunden de mil maneras que su Maestro “nació de
María Virgen, y que comenzando por Galilea, anunció la Buena Nueva a los
pobres, fue crucificado, muerto y sepultado, resucitó al tercer día, subió a
los cielos y está sentado a la derecha del Padre...”.
Y estas palabras no son sólo un acto de fe, sino una realidad que transforma la
vida a los hombres, indicándoles cuál es la meta que deben alcanzar y el
camino que deben recorrer para participar de a gloria del Señor resucitado.
Todo indica que la Iglesia peregrina a la que pertenecemos, camina desde la
encarnación, pasando por la Pascua hasta llegar a la Parusía, decidida al
encuentro de “un cielo nuevo y de una tierra nueva”, subiendo con el Señor
hasta llegar junto al Padre.
En la medida que ascendamos con Él, fieles a sus enseñanzas y a nuestros
compromisos, también nosotros tenemos garantizado un lugar junto al Padre y
junto todos nuestros seres queridos. Ese es el futuro que comenzamos a
vislumbrar en el momento del bautismo: Subir al cielo..
Domingo
27 de Mayo de 2007
Pentecostés
Jn 20,19-23 (Lecturas Hechos 2,1-11 y 1Cor
12,3-7.12-13)
Nace un nuevo pueblo
La fiesta de Pentecostés es un día de gran alegría espiritual ya que se
celebra el nacimiento de la Iglesia, y, además, con este acontecimiento, inicia
la tercera y última etapa de la historia de la salvación que comenzó en el
momento de la creación del mundo con la opción equivocada de Adán y Eva;
continuada con la Encarnación del Hijo de Dios y que concluirá con la Parusía,
con el regreso triunfante de Jesús Resucitado...
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. En efecto, hoy recordamos y
actualizamos su presencia en la Iglesia, en la historia de la humanidad y en
cada uno de nosotros. Y eso es precisamente lo que nos enseña la liturgia de la
Palabra de hoy.
La primera lectura nos recuerda el hecho histórico de la venida del Espíritu
Santo. Es decir, su manifestación visible, sensible, palpable. Una verdadera
teofanía. Una señal de la presencia de Dios representada en el viento
huracanado y en el fuego, signos a los que recurre la Sagrada Escritura cuando
quiere describir una manifestación evidente de Dios.
A partir de ella, san Lucas nos describe los efectos transformadores del Espíritu
en los discípulos y en toda la comunidad eclesial reunida en oración en el Cenáculo.
Vemos cómo infunde en ellos valor y coraje para anunciar a Cristo resucitado
con la palabra y con el testimonio de sus vidas. Además, otra consecuencia
importante de la presencia del Espíritu Santo está representada en el hecho
que si bien los apóstoles hablaban en su lengua natal (arameo) los oyentes, de
diferentes países e idiomas, los entendían perfectamente. El autor quiere
resaltar con ello que desde su mismo nacimiento, la Iglesia abre el diálogo y
se comunica con todos los pueblos.
Por otra parte, en Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo que sucedió en
la Torre de Babel. Allí el pecado causa la incomunicación y la dispersión, ya
que al no comprenderse, los pueblos se separan y recorren un camino de
rivalidades y de guerra. En cambio, con la llegada del Espíritu Santo, su
presencia unificadora es motivo de comunicación, de diálogo y pacificación.
La segunda lectura enriquece y completa el mensaje anterior. En síntesis, nos
enseña que no obstante la diversidad en los carismas, en los dones y en las
cualidades personales, existe en la Iglesia una unidad inquebrantable. Nos
confirma que en la Iglesia y en la vida no somos iguales; pero sí, somos uno en
Cristo, reunidos precisamente por el Espíritu Santo.
En el Evangelio, la afirmación de Jesús “Recibid el Espíritu Santo” evoca
el momento de la creación. Allí el Espíritu aleteaba sobre las aguas, infundiéndoles
vida; aquí indica que con la asistencia del Espíritu Santo se realiza una
nueva creación. Nace un nuevo pueblo, la Iglesia, y en nosotros, reconciliados,
una nueva vida. Por eso, hoy deberá producirse en nosotros un profundo cambio
interior, una verdadera transformación y a partir de ella, sentirnos más
Iglesia; es decir, una comunidad reunida por el Espíritu Santo, unidos en los
mismo ideales, fortalecidos por dentro y valientes para anunciar a Jesús
resucitado.
Domingo
01 de Junio de 2007
SANTÍSIMA TRINIDAD "C"
Jn 16,12-15 (Lecturas: Prov 8,22-31 y Rom
5,1-5)
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo..
.
La Iglesia, a través de la liturgia y después habernos hecho celebrar todos
los misterios de la salvación, nos lleva hoy al origen de las cosas; a la
fuente de toda gracia. Nos invita a celebrar la fiesta de la Ssma. Trinidad que
es, precisamente, el epílogo y la síntesis de todo el gran misterio de la
redención. En efecto, la Ssma. Trinidad nos ha creado, redimido y santificado.
Un misterio revelado por Jesús durante su vida pública. Un ejemplo concreto,
lo encontramos en el Evangelio de hoy, donde Jesús se incluye él mismo en el
misterio de las tres personas divinas. Habla de su íntima unión con el Padre y
del Espíritu que El y el Padre enviarán.
Otra manifestación clara de la Santísima Trinidad la tenemos en el momento de
su bautismo: allí, mientras el Hijo permanecía en el río Jordán, se escucha
la voz del Padre y aparece una paloma aleteando sobre su cabeza. (La paloma es
una de las maneras más comunes de la manifestación el Espíritu Santo). Esta
teofanía de Dios es una verdadera exteriorización de la Trinidad.
De esa manera, queda claro que nuestra fe en el misterio de Dios, Uno y Trino,
tiene sus fundamentos en la revelación misma de Jesús. Pero aún más, todos
los escritos del Nuevo Testamento son un canto a la Santísima Trinidad, porque
en allí se habla del amor del Padre, de la oblación del Hijo y
de la fuerza santificadora del Espíritu.
Sin embargo, es un misterio que no siempre fue aceptado a lo largo de la
historia. Por ello, la Iglesia ante las dudas y las negaciones de los herejes,
se preocupó de expresar decididamente su fe en este misterio. El Concilio de
Nicea, en el 325 y el de Constantinopla, en el 381, son dos hitos importantes;
pero el más categórico fue el VIº Concilio de Letrán, en el 1300, donde
expresa, "Firmemente creemos y abiertamente profesamos que uno sólo es
Dios verdadero, eterno, inmenso, inmutable, incomprensible, omnipotente e
inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas y una sola esencia o sea,
naturaleza absolutamente simple”.
Se trata, sin duda, del misterio más grande de nuestra fe y nosotros no conoceríamos
su existencia, si Dios no lo hubiese revelado y tampoco hubiéramos c
onocido el plan salvífico de Dios.
Pero más que tratar de comprender este misterio, imposible, por otra parte,
tratemos de vivirlo y adorarlo es sus tres manifestaciones que revelan las tres
personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Allí vemos el amor de Dios manifestado
en la paternidad creadora del Padre; en su función redentora y reveladora al
Hijo y al Espíritu Santo en su actividad santificadora.
Éste debe ser nuestro pensamiento cada vez que manifestamos nuestra fe, santiguándonos
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Por otra parte, toda la vida de Jesús es una constante predicación y revelación
del Padre, que concluye con la promesa formal del envío de la tercera persona,
el Espíritu Santo, acontecimiento que celebramos el domingo pasado.
Domingo
10 de Junio de 2007
Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Lc 9,11-17 (Lecturas: Gn 14,18-20 y 1Cor
11,23-26) “C”
Tomad y comed
La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos recuerda uno de los misterios más
sublimes de nuestra fe. Nos asombramos cuando el día de Navidad contemplamos su
encarnación, cuando se hizo uno como nosotros para compartir nuestra vida. Nos
conmovimos cuando el Viernes Santo se inmoló por nosotros y resucitó el
domingo de Pascua. Hoy no encontramos palabras para expresar nuestro
agradecimiento por haberse quedado como sacrificio
y alimento bajo las apariencias de pan y vino.
Ese es precisamente el aspecto que subraya la liturgia de la Palabra de este
ciclo C.
Nos introduce en el tema la presencia de Melquisedec, rey de Salen y sacerdote
del Altísimo. Un personaje que para celebrar la victoria de Abraham,
inesperadamente ofrece un sacrificio fuera de lo común en esa época: pan y
vino.
Este gesto, visto desde nuestra perspectiva, es sin duda un símbolo y un
anticipo de la Eucaristía. Alimento y sacrificio que Jesús nos dejará en la
noche del Jueves Santo, como signo de su presencia entre nosotros. Pero Jesús
no sólo se ofrece esa única vez y en esa circunstancia, sino que manda a sus
discípulos que repitan este gesto en su memoria. Así lo hicieron. Tal es así
que san Pablo, en su primera carta a la comunidad de Corinto, evoca esa
celebración, consciente que se trata del sacrificio de la Nueva Alianza y,
aunque no estuvo presente esa noche bendita, lo recuerda como una conmemoración
fuertemente arraigada en las comunidades cristianas que se reunían para
recordar las palabras del Señor resucitado y compartir esa cena ritual.
Si bien Jesús instituyó la Eucaristía como sacrificio y alimento la noche
antes de morir, ya lo había anunciado y prometido en los milagros de la
multiplicación de los panes. Hoy lo recordamos en el relato de san Lucas, menos
explícito que el capítulo sexto de san Juan; pero que indica el valor de ese
acontecimiento en la vida de las primeras comunidades cristianas que veían en
ese milagro un anticipo de lo que sería la Eucaristía. Después de la
resurrección y de la llegada del Espíritu Santo, comprendieron que Jesús no sólo
quiso satisfacer el hambre material de la multitud, sino algo mucho más
profundo y sublime: quedarse para siempre con los suyos bajo esa simple
apariencia de pan.
A partir de estas breves consideraciones, advertimos que la Eucaristía es para
la Iglesia de todos los tiempos, el alimento y el sacrificio en el que nos
encontramos con el Señor. Ella nos permite sumergirnos en el misterio de la
salvación y de la redención. Es una realidad y una experiencia misteriosa que
no se puede comprender ni imaginar con la inteligencia humana, sino que sólo
con la fe se puede vislumbrar el sublime misterio de amor que se repite todos
los días donde se celebra la Eucaristía. Por eso sería un grave error y una
imperdonable infidelidad a la memoria de Jesús resucitado, reducir nuestras
Eucaristías
en un rito sin vida, repetido mecánicamente en el tiempo.
Ojalá que los cristianos nunca olviden las consoladoras palabras de Jesús:
“Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Allí
está encerrado todo el misterio y todo el amor de Jesús resucitado.
Domingo
17 de Junio de 2007
Domingo 11º Ciclo "C"
Lc 7,36-50 (Lecturas: 2Sam12,7-13 y Gal
2,16-21)
En aquel tiempo, uno de los fariseos le pidió a Jesús que comiera con él; y
cuando entró en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Y he aquí, cuando
supo que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, una mujer que era pecadora
en la ciudad llevó un frasco de alabastro con perfume. Y estando detrás de Jesús,
a sus pies, llorando, comenzó a mojar los pies de él con sus lágrimas; y los
secaba con los cabellos de su cabeza. Y le besaba los pies y los ungía con el
perfume.
Al ver esto el fariseo que le había invitado a comer, se dijo a sí mismo:
"Si éste fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que
le está tocando, porque es una pecadora". Entonces, Jesús le dijo:
"Simón, tengo algo que decirte". El fariseo le contestó: "Dímelo
Maestro". El le dijo: "Cierto acreedor tenía dos deudores: Uno le debía
quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar,
perdonó a ambos. Entonces, ¿cuál de éstos le amará más? Le respondió Simón:
"Supongo que aquel a quien perdonó más". Entonces Jesús le dijo:
"Has juzgado correctamente". Y luego señalando a la mujer, dijo:
"¿Ves esta mujer? Yo entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies;
pero ella ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. Tú
no me diste un beso, ella en cambio desde que entré no ha cesado de besar mis
pies. Tú no ungiste mi cabeza con aceite, ella en cambio ha ungido mis pies con
perfume. Por lo cual, te digo que sus muchos pecados son perdonados, porque ha
amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama". Luego le dijo
a la mujer: "Tus pecados te son perdonados". Los que estaban con él a
la mesa comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es éste, que hasta perdona
pecados?"
Entonces Jesús dijo a la mujer "Tu fe te ha salvado; vete en paz".
Siempre que me han preguntado ¿cuál es la diferencia entre: reconciliación y
confesión? La respuesta la encontramos en este pasaje y es muy sencilla: Es el
amor. Solamente quien ama se reconcilia, es decir busca ser perdonado. El
fariseo, no siente la necesidad de ser perdonado, lo tiene todo, pero ha
olvidado lo más importante: El amor. La mujer de vida pública, en cambio se
descubre vacía, necesitada, lo único que tiene es sed de amor. Es precisamente
esta sed de amor la que la lleva a Jesús, fuente infinita del amor. Había
buscado el amor en los hombres y lo único que recibió fue vacío y soledad.
Jesús no ha venido por los sanos sino por los enfermos: Por ti y por mi. No
tengamos miedo de acercarnos a la reconciliación, pues en ella Jesús, por
medio del sacerdote, nos dará el amor y el perdón de Dios, para despedirnos
diciendo: "Vete en paz".
Domingo
24 de Junio de 2007
Natividad de San Juan Bautista
Lc 1,57-66.80 (Lecturas: Is 49,1-6 y Hechos
13,22 - 26)
Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo.
Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le
había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías,
como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles:
"No. Su nombre será Juan". Ellos le decían: "Pero si ninguno de
tus parientes se llama así".
Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño.
El pidió una tablilla y escribió: "Juan es su nombre".
Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la
lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.
Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa
de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de
ello se preguntaban impresionados: "¿Qué va a ser de este niño?"
Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.
El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo,
y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de
Israel.
De la misma manera que Dios había destinado a san Juan para una misión, así
ocurre en la vida de cada uno de nosotros. Para ello, es importante el tener,
como lo tuvo el Precursor. una sólida formación no solo humana, sino
espiritual. Muchas veces la misión propuesta de Dios para nosotros no llega a
dar fruto, o al menos el fruto esperado, por la falta de formación. de
preparación. Juan, a fin de estar preparado para su misión, nos dice la
Escritura que vivió en el desierto (lugar bíblico en donde el pueblo de Dios
crece y se fortalece espiritualmente mediante una comunión profunda con Dios).
Si, queremos que nuestra vida dé fruto y sea capaz de realizar el proyecto
pensado por Dios para cada uno de nosotros, debemos darnos tiempo para la
lectura espiritual, para nuestra oración y para la meditación de la Palabra de
Dios, elementos fundamentales para el crecimiento y la madurez espiritual.
Piensa hoy un poco en cómo te estás preparando para la misión que Dios
tiene para ti
Domingo
01 de Julio de 2007
DOMINGO 13º "C"
Lc 9,51-62 (Lecturas: 1Re 19,16-21 y Gal
5,1.13-18)
Seguir a Jesús, caminar tras sus huellas
La liturgia de la palabra de hoy nos invita reflexionar sobre un tema de
mucha actualidad. Tan actual como en el tiempo de Jesús y de las primeras
comunidades cristianas: seguir a Jesús, escuchar su llamado y caminar tras sus
huellas, comenzando una vida nueva, diferente, para hacer crecer
el reino de Dios exige un desprendimiento total.
La primera lectura nos pone en clima. Relata la vocación del profeta Eliseo, y
más allá de los detalles, la narración nos muestra que ante el llamado de
Dios no queda más que dar una respuesta generosa: Por eso Eliseo, que
seguramente era un hombre de una buena posición económica, (araba con tres
yuntas de bueyes) decidió caminar detrás de Elías, y cumplir con la misión
encomendada. Eliseo se muestra disponible, generoso, confiado en las palabras
del Maestro.
Tengamos presente, sin embargo, que no todos los llamados ni las respuestas son
iguales. Eso es precisamente lo que nos muestra el Evangelio de hoy.
Lo primero que nos sorprende de esta página es la actitud de Jesús. Lo
contrario de otras veces, hoy lo vemos exigente para con las personas que llama:
les hace saber, sin medios términos, que no está dispuesto a perder tiempo con
los indecisos y menos aún, en la formación de personas que no están
dispuestas sacrificar todo por el Evangelio. Veamos los ejemplos...
En el primero de ellos, el candidato no había comprendido que las riquezas y la
comodidad lo tenían atrapado, amarrado, aprisionado. El tercero esperaba en su
interior que en el momento de la despedida, los familiares le suplicaran que no
hiciera semejante locura... En realidad no estaba ni muy convencido ni
decidido... El segundo caso (el que quiere ir a enterrar a su padre) es
diferente y nos permite algunas reflexiones.
Nos sugiere que los apóstoles, si quieren responder generosamente al llamado,
deben sentirse libres frente a los
compromisos familiares y del ambiente social en que viven.
Sin embargo, hay que tener presente que es muy difícil ser totalmente libres.
Esta libertad hay que demostrarla actuando en forma diferente a lo que piensa la
familia y el ambiente social y cultural que lo rodea. Un ejemplo transparente de
esta libertad, es la san Francisco de Asís, mendigando pan en su misma ciudad
después de haber vivido en ella como joven de familia rica.
Ahora bien. Preguntémonos qué significa la petición del joven: "deja
primero enterrar a mi padre". Posiblemente, signifique que su padre era
anciano y necesitaba de los cuidados de los últimos años... y Jesús le
responde que en su familia hay otras personas que pueden ocuparse de él.
Los tres ejemplos, a su manera, nos transmiten la misma enseñanza: el
seguimiento a Jesús está por encima de todas las obligaciones. Es una opción
que exige una concentración total y en todo momento. Como el que araba con esos
arados primitivos que se usaban en Palestina, que no podían distraerse porque,
al menor descuido, el arado saltaba del surco...
Todo esto nos indica que la vocación cristiana, cualquiera sea, es siempre una
decisión valiente y que va contra la corriente. No es fácil ser cristiano
comprometido con las enseñanzas del Evangelio. No es fácil ser testigo de
Cristo en la familia, en el trabajo, en el ambiente social en que nos movemos.
Siempre habrá personas que nos invitarán a no exagerar. Pero en el seguimiento
de Cristo no hay exageración. O se lo sigue o se lo deja. No hay medias tintas.
Cuesta pero vale la pena. San Pablo nos asegura que amar a Dios y sentirse amado
por Él, es una experiencia indescriptible. La experimentaremos si sabemos
escuchar el llamado y seguirlo, caminando decididamente tras las huellas de
Cristo.
Domingo
08 de Julio de 2007
DOMINGO 14ª Ciclo "C"
Lc 10.1-12.17-20 (Lecturas:Is 66,10-14 y Gal
6,14-18)
Mensajeros de la paz
La Liturgia de la Palabra de este domingo presenta muchos aspectos para
nuestra reflexión.
Lo primero que se nos ocurre, cuando escuchamos este Evangelio, es poner el
acento en la misión de la Iglesia en enviar misioneros por todo el mundo, para
que la Buena Nueva llegue a todos y con ella la paz y la salvación. Y es
verdad. La Iglesia siempre se preocupó, desde sus orígenes mismos, en llevar a
todos la estupenda noticia que Cristo había resucitado y que la muerte no era
el punto final de la vida, sino el inicio de otra mejor, viendo cara a cara al
Padre Celestial. Y esto ya lo hemos meditado varias veces. La Iglesia por
definición es misionera. Basta recordar a san Pablo, a san Francisco Javier, a
los santos españoles que llegaron a América y tantos otros misioneros.
Entonces, si bien este es el tema de Evangelio de hoy, sin embargo no es el único
mensaje. Hay también otro muy profundo y muy actual: el saludo-bendición
"Paz a esta casa". Que se haga realidad esta bendición en mi vida y
en el mundo es también una necesidad y una obligación cristiana. Trabajar y
colaborar por la paz, es un modo concreto y muy eficaz de anunciar el Evangelio.
La primera lectura, tomada del Profeta Isaías, habla de la paz mesiánica. De
esa paz que traería Jesús a la comunidad de los creyentes y a cada uno de
nosotros. Si esta se agranda y fermenta como una masa, se logrará paz
universal. Una paz que brotará de nuestra reconciliación con Dios que nos
permite vivir serenos, felices, alegres porque estamos en paz con el Creador y
con nuestros hermanos. Esto nos ayudará a crecer juntos.
La segunda lectura nos da las pautas para conseguir la paz interior. Nos llama a
vivir en el mundo como si no viviéramos en él. La paz interior es fruto de
nuestro desprendimiento interior. Si vivimos para Dios, no seremos atrapados ni
aprisionados por las riquezas ni por los placeres del mundo.
Porque son las preocupaciones de este mundo las que nos quitan la paz.
Del Evangelio, tomemos como punto de enlace con las otras dos lecturas, el
saludo típicamente judío y que asumieron las primeras comunidades cristianas:
"Paz en esta casa". El saludo significa que los discípulos, --los
setenta y dos en este caso--, y los cristianos en general, cuando viven
identificados con Cristo, son partadores y mensajeros de la de la paz.
A este punto la liturgia comienza a cuestionarnos terriblemente. Y la primera
pregunta que nos surge espontánea es: ¿Hay paz en nuestra vida? ¿Hay paz en
nuestro alrededor? ¿Hay paz en el mundo? Y las respuestas no son muy
consoladoras. No siempre hay paz, no siempre hay serenidad en nuestra vida. Y
que no hay paz en el mundo lo confirman diariamente los medios de comunicación.
Hay continuos enfrentamientos: con la palabra, con los gestos y con las armas...
De allí nacen el dolor, la muerte, la destrucción, frutos o consecuencias del
pecado.
¿Hoy nosotros qué podemos hacer? Ante todo, recuperar nuestra paz interior, si
la hubiéramos perdido. Luego, ser mensajeros de la paz. Es decir, portadores de
la verdad, de Cristo y del Evangelio en general, trabajando según nuestras
posibilidades por la paz en la familia y en nuestro ambiente de trabajo, con
nuestras palabras, con nuestras influencias y con nuestro prestigio. Si
trabajamos por la paz en todas estas circunstancias, estamos construyendo el
Reino de Dios.
Domingo
15 de Julio de 2007
DOMINGO 15º Ciclo "C"
Lc 10,25-37 (Lecturas: Dt 30,10-14 y Col
1,15-20)
Jesús, el Samaritano.
..
El Evangelio que la liturgia nos propone para nuestra meditación, se divide en
dos partes:
> En la primera, se promulga el mandamiento del amor de Dios y del prójimo.
> En la segunda parte, en cambio, Jesús responde a una pregunta hecha por un
doctor de la ley que --parece--, no conocer quién es el prójimo. ¡Queremos
suponer que fue una pregunta académica! Jesús, para responderla, va al corazón
mismo de la ley y para graficarla mejor, para ser más didáctico, se vale de un
ejemplo. Jesús podía haber recurrido al lenguaje de los libros: podía citar
algún texto bíblico; podía repetir la opinión de los rabinos famosos que
seguramente conocía. Pero Jesús eligió un hecho de actualidad que
probablemente sucedía en sus tiempos: los asaltos por los caminos no son
patrimonio o desgracias de nuestros tiempos. Piratas de los caminos hubo en
todos los tiempos. Y el hecho que involucró a este samaritano quizás había
sucedido en esos días y, por lo tanto, era el comentario de la gente...
Con ese ejemplo real, Jesús sacó el problema de las aulas, de las discusiones
teóricas de los rabinos y lo llevó a la vida, a la realidad de su tiempo y a
nuestra realidad de todos los días, haciéndonos ver desde el "vamos"
que el Evangelio y la Religión, no son unas cuestiones intelectuales o unos
problemas de conocimiento, sino de vida. De esa manera nos indica que tener fe,
creer y amar a Dios, no es tener títulos académicos que indiquen cuánto
estamos
enterados de Dios, sino vivir cristianamente, cumpliendo los mandamientos.
Desde esa perspectiva, tenemos que leer y meditar toda la Palabra de Dios en
general y, obviamente, el ejemplo de hoy.
Teniendo presente estas ideas, vemos que el samaritano es una persona que ante
un problema concreto, un hombre herido, toma la iniciativa. No espera que otro
se mueva; no se pregunta por qué no lo hicieron otros. Para él, amar es
reaccionar ahora, no después, mañana, cuando tenga tiempo,
cuando haga menos frío, etc... ¡Ahora!
Esta parábola nos muestra el ejemplo de una persona, el samaritano, que vive
las exigencias de la ley y las exigencias del amor i
ntensamente, sin cálculos o medias tintas.
Ahora bien, si queremos profundizar aún más nuestra reflexión, veremos que en
la persona del samaritano tenemos que descubrir a Jesús mismo que se presenta a
los hombres, como un samaritano.
Las semejanzas son muy claras: Jesús, haciéndose hombre, recorre el camino de
la vida. En ese caminar encuentra al hombre herido (somos todos nosotros), lo
levanta, lo cura, paga con su muerte en la cruz. No pide nada a cambio, no
espera que le restituyan lo que pagó.
Él levanta al hombre, lo salva por amor, únicamente por amor.
Por otra parte, el hecho que conozcamos esta parábola desde niños tiene sus
dificultades. Ya no impresiona. Ya no tiene la misma fuerza y el eco que tenía
en las primeras comunidades cristianas, que vivían en un mundo de discriminación:
se era judío o pagano; culto o ignorante;
esclavo o libre, rico o pobre. Un mundo dividido...
Sólo la comunidad cristiana, la Iglesia, tenía la fuerza para superar esas
barreras y amar a todos los hombres sin ningún tipo de discriminación.
Tratemos de recuperar ese asombro de los primeros cristianos y viviremos como el
Buen Samaritano, como Jesús que padeció y murió por nosotros.
Domingo
22 de Julio de 2007
DOMINGO 16º Ciclo "C"
Lc 10,38-42 (Lecturas: Gen 18,1-10 y Col
1,24-28)
El Señor nos visita, escuchemos su palabra.
La primera reflexión que surge de las lecturas de la liturgia de la palabra de
este domingo, es la llamada o la invitación a estar atentos
a la visita del Señor, a su llegada y a escuchar su palabra.
Tanto la tienda de Abraham como la casa de Marta y María, pretenden
representar, de alguna manera, el lugar donde la comunidad cristiana se reúne
todos los domingos en para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Eucaristía,
recibiendo al Señor.
En efecto, cada domingo nos congregamos en torno al altar y el Señor mismo nos
sale al encuentro para compartir con nosotros su mensaje de salvación. Dios nos
visita y nos habla. Esta actitud amorosa de Dios no es nueva, ya que desde el
principio visitó a Adán y a Eva en el Paraíso. Dios quiere compartir con los
hombres su vida. Quiere comunicarse. El que ama siempre encuentra la oportunidad
para manifestar su amor.
Lo importante, entonces, es nuestra actitud frente a esta disposición de Dios y
ante esta visita que se repite constantemente.
Si tomamos como ejemplo la primera lectura, más allá de los detalles,
trataremos de imitar la hospitalidad de Abraham. Este hombre, sin advertir aún
que estaba frente a Dios, le promete, pero les entrega mucho: pan, carne,
leche... Y su generosidad queda recompensada. Los visitantes --
Dios en definitiva--, le prometen un descendiente.
Esa debe ser nuestra actitud ante la visita del Señor. Ofrecerle nuestra
hospitalidad con toda generosidad.
Abrirle el corazón para que entre y ocupe un lugar en nuestra vida.
Y si tomamos como ejemplo a Marta y a María, descubriremos que no sólo tenemos
que recibir al Señor con las puertas abiertas, con cariño, sino que tendremos
que escuchar su palabra, hacernos sus discípulos. Como lo hizo María, sentada
a los pies de Jesús, dócil, atenta a las palabras del Maestro y ponerlas en práctica,
sin dejarnos atrapar por las cosas superfluas...
Todas las semanas tenemos la oportunidad de repetir y actualizar este encuentro
con Dios. Entonces, este acontecimiento semanal, nos enriquecerá
espiritualmente. Porque cuando vamos a Misa no somos nosotros los que hacemos un
favor a Dios; es Él que nos hace sentar a la mesa
y nos ofrece el alimento de la Palabra y de la Eucaristía.
Quizás algunas veces encontramos dificultades en escuchar la palabra de Dios y
la misma homilía, porque ya conocemos lo que se nos dice. No encuentra eco en
nuestro espíritu. Sin embargo, tendría que ser un encuentro nuevo, renovador.
No se trata de conocer cosas nuevas, sino entablar, crear una relación de
amistad cada vez más profunda con el Señor que nos visita. Para ello tendremos
que acallar nuestro interior. Es allí donde tenemos que hacer silencio. Nos son
los ruidos externos los que nos alejan del Señor, sino los interiores. Dice un
refrán árabe: "Nos son las piedras del camino las que molestan, sino las
que llevamos dentro del zapato". Saquemos las piedras de nuestros zapatos y
aprendamos hoy a recibir al Señor, a escuchar su palabra y silenciar nuestro
interior. Él nos habla.
Domingo
29 de Julio de 2007
DOMINGO 17º Ciclo "C"
Lc 11,1-13 (Lecturas: Gen 18,20-32 y Col
2,12-14)
Señor, enséñanos a orar
Hoy la liturgia de la palabra nos invita una vez más a reflexionar sobre la
oración. ¿Cómo orar? ¿Cuándo orar? ¿Qué pedir?
En la primera lectura, como preparación a la meditación del Evangelio, nos
encontramos con un episodio de la vida del Patriarca Abraham que nos llena de
asombro. Este hombre, como buen semita e inspirado por su confianza en Dios, se
anima a negociar la misericordia para con las ciudades de Sodoma y Gomorra. Se
trata de una oración de petición muy original y muy confiada, llena de amor y
respeto por el Creador.
Desde nuestra perspectiva quizás podemos lamentar que Abraham no haya bajado su
oferta. Si hubiese ofrecido un solo justo, estaba Lot y Dios quizás hubiese
perdonado a las ciudades. Es sólo una hipótesis... Pero nos sugiere que nunca
debemos abandonar nuestra oración, aunque le podamos ofrecer a Dios muy poco.
La oración de petición es precisamente eso: mostrar nuestras manos vacías...
En el Evangelio, san Lucas nos habla de la oración, desde tres puntos de vista:
a). El Padrenuestro como modelo insuperable de oración. b). La perseverancia
confiada, ejemplarizada con una parábola y c). La eficacia de la oración
perseverante: la generosidad de Dios supera siempre la de los hombres.
San Lucas se deleita en mostrar a Jesús en oración: Lo muestra orando solo, en
silencio, antes de elegir a los Doce, lo muestra orante antes de la
transfiguración. Precisamente, el hecho que Jesús orara continuamente, debió
llamar la atención de los discípulos y despertó en ellos el deseo de
imitarlo. Por otra parte, era común en el ambiente judío que un maestro enseñara
a sus seguidores a orar. Por eso se explica que uno de los discípulos de Jesús
se acercara y aduciendo el ejemplo de Juan, le pidiera que les enseñe a orar. Y
Jesús les entrega el Padrenuestro.
En san Lucas es más corto que en san Mateo. Faltan dos peticiones: que se haga
la voluntad de Dios y que nos libere del mal. Como podemos apreciar, esta oración
es muy rica y muy densa y ya en los primeros siglos, Tertuliano, la definía
como la síntesis de todo el Evangelio.
Hoy, sin entrar en los detalles de cada petición, podemos compartir la idea de
san Agustín que decía que el cristiano puede orar con muchas palabras y con
muchas otras fórmulas, pero que no puede pedir nada diferente de lo que se pide
en el Padrenuestro.
A la oración que Jesús nos dejó, sigue una pequeña parábola, propia de san
Lucas, que subraya la confianza en Dios que siempre escucha a quien le pide con
insistencia. De esa manera ejemplifica una de las reglas fundamentales de la
oración, sin la cual no es eficaz: la perseverancia. Dios quiere que pidamos y
pidamos constantemente. Él intervendrá cuando todo parece perdido, porque
quiere que, además de pedir su ayuda, pongamos todo nuestro esfuerzo para
solucionar nuestras dificultades. Dios no hará lo que nosotros podemos hacer.
Además, la oración que Jesús nos deja como modelo, nos enseña que no sólo
debemos pedir, sino que nuestra oración tiene que tener como punto de partida,
la alabanza y el agradecimiento al Padre que nos ha llamado a entrar
en su Reino: conocer, amar y bendecir su nombre.
Cuando nuestra oración parte de nuestra confianza y de nuestra intimidad con
Dios y lo hacemos en el nombre del Señor Jesús, t
enemos la certeza de que será escuchada.
Domingo
05 de Agosto de 2007
DOMINGO 18º "C"
Lc 12,13-21 (Lecturas: Ecl 1,2; 2,21-23 y
Col 3,1-5.9-11)
Nuestro proyecto de vida, resucitar con Cristo
Si tomamos en conjunto las tres lecturas de hoy, advertimos que nos invitan a
examinar detalladamente nuestro proyecto de vida y nuestra actitud frente a las
riquezas. Nos sugieren que nos preguntemos: ¿Cómo queremos vivir? ¿Cómo
resucitados y como lo indica la carta del Apóstol Pablo a los cristianos de la
comunidad de Colosas? ¿O, al contrario, vivir atrapados por las preocupaciones
de la vida y, especialmente, aprisionados por las riquezas?
De cómo respondamos a estas preguntas, será nuestra vida cristiana.
La primera lectura nos anticipa que el hombre que apuesta todo a las cosas
terrenales, vivirá una vida vacía, sin sentido. Será pura vanidad que se
disolverá con el tiempo y que acabará amargamente con la muerte. El sabio
predicador del A. Testamento, concluye con pesimismo que vivir de esa manera no
vale la pena. Y tiene razón. Para él existe un planteo mejor. Pero que no hay
que buscarlo en las cosas terrenales.
Jesús nos muestra el camino en el Evangelio de hoy, donde subraya más aún las
ideas de la primera lectura. Jesús nos hace comprender que la vida del hombre,
su satisfacción y su realización, no dependen de las riquezas que se puede
poseer, ya que esas mismas riquezas, ni siquiera le aseguran la vida terrena.
Nuestra vida depende de Dios. ¿Y cómo plantear, entonces, nuestra vida? ¡Cómo
resucitados! Buscando las cosas del cielo. De esa manera evitaremos la fornicación,
la impureza, la pasión, la codicia, la avaricia... Así viviremos
espiritualmente libres. Ese debe ser nuestro proyecto de vida. Ser libres
interiormente. Así nuestra vida tendrá sentido.
A partir de esa actitud interior comprenderemos que la ambición del rico soñador
de la parábola son sólo sueños. El hombre no dispone ni de las cosas ni de la
vida. Esto no significa que el hombre debe vivir con los brazos cruzados, escépticamente,
abandonado al azar, sino que tiene que razonar con madurez. Esta vida tiene un
final; pero luego continuaremos como resucitados.
Una vida centrada en los bienes futuros, en la resurrección, nos permitirá
comprender la insensatez de dejarnos llevar por la ambición del poder y del
consumo. Aquí podríamos detenernos a hacer ejemplos de las tentaciones del
consumo: despilfarro, drogas, bebidas etc., pero ya las conocemos. Y conocemos
también que una vida planteada de esa manera, tiene un triste final.
Todos sabemos también que una vida planteada con la mirada puesta en las cosas
del cielo no es fácil. Necesita que la evaluemos y la corrijamos continuamente.
Porque todos, quienes más quienes menos, podemos sucumbir ante la atracción de
las riquezas y de los bienes terrenales. A todos nos gusta vivir bien, cómodos,
despreocupados, gozando de los placeres de la vida; pero si incluimos a Dios en
nuestro proyecto y de le damos la parte que corresponde, veremos cada día con más
claridad que Dios es el único que da sentido a nuestra vida. Él es el único
motivo por el que nos reunimos para celebrar la Eucaristía; es el único que
nos motiva a compartir nuestras cosas con los más pobres; es el único que nos
da alas para levantar vuelo; es el único que nos hace entender que el
cristianismo tiene sentido porque Cristo resucitó y que nuestra vida cristiana
tiene sentido si nuestra mirada y nuestra mente están puestas en la resurrección.
Domingo
12 de Agosto de 2007
DOMINGO 19º - Ciclo C
Lc 12,35-40 (Lecturas: Sap 18,6-9 y Heb
11,1-2.8-19)
Tres palabras
Esperanza, fidelidad y vigilancia, tres palabras claves en la vida cristiana.
Tres palabras que sintetizan, resumen y encierran los grandes valores
espirituales que sostuvieron y mantuvieron viva toda la religiosidad y la fe del
pueblo hebreo y que sustentan hoy la vida cristiana.
Sin ellas, nuestro proyecto de vida no tendría mucho sentido ni fundamento.
Es muy bello y aleccionador lo que dice la liturgia de la palabra, en la primera
lectura, tomada del libro de la Sabiduría, recordándonos la fe y la esperanza
del pueblo judío, oprimido en Egipto: "Los hijos piadosos de un pueblo
justo, ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían
esta ley sagrada: todos los santos serían solidarios en los peligros y en los
bienes". Este compromiso refleja que a pesar de la vida de esclavos, en
realidad eran libres porque conservaban, al menos dos posibilidades
fundamentales en la vida humana: una comunicación profunda con Dios y un diálogo
solidario con sus hermanos, compartiendo dolores y bienes. Además, continuaban
creyendo, orando, esperando y se mantenían fieles a su Dios. Por eso no se
dejan aplastar por la crueldad de los egipcios. Esa actitud interior les permitía
esperar confiados en una asistencia milagrosa de Dios, que los libraría para
siempre. Y la liberación llegó: fue un largo éxodo por el desierto hasta que
apareció en el horizonte la tierra prometida...
Esa también tendrá que ser nuestra actitud interior en los momentos difíciles
de nuestra vida: orar, esperar y ser fieles a Dios. Él vendrá a nuestro
encuentro y tomándonos de la mano nos liberará de todas las dificultades.
Profundiza aún más esta idea la segunda lectura, un himno a la fe. El autor de
la carta a los Hebreos, a través del recuerdo de los grandes creyentes del
Antiguo Testamento, mientras alienta a los cristianos de los primeros tiempos,
sumidos en las persecuciones, busca como tanteando, una definición adecuada de
la fe. En ese intento escribe acertadamente que la fe es "seguridad de lo
que se espera, prueba de lo que no se ve". Esa fe es lo que fundamenta
nuestra esperanza en una asistencia amorosa de Dios, salvadora y premio a
nuestra fidelidad; porque así como sucedió con ellos, --nuestros
antepasados--, sucederá también con nosotros en el futuro.
Y para ejemplificar esa actitud interior que debemos cultivar, el Evangelio de
hoy nos presenta, resumidas, dos parábolas que nos aseguran que, que en los
momentos en que menos pensamos, llegará el Señor. Por lo tanto, hay que estar
preparados para recibirlo. Vendrá de improviso.
Si vemos así el mensaje de hoy, nos daremos cuenta que tanto la esperanza como
la fe, no pueden reducirse a una fórmula estática o a un símbolo doctrinal,
sino a una actitud vivencial. Las fórmulas y los símbolos, sin duda nos sirven
y nos ayudan a recordar las verdades fundamentales y para eso son
indispensables; pero para llegar a Dios no bastan conocerlos, sino vivirlos. Eso
significa estar alertas. ¡Significa vivir cristianamente!
Entonces, esa actitud creyente hace que el cristiano espere confiado, atento,
con la vista y la mente puesta en el futuro, en la venida del Señor. Y Jesús
vendrá. Precisamente, con esa la oración confiada y esperanzada, acaba la
Biblia: “¡Ven Señor Jesús!”: Maranatha!
Lo prometió Jesús. Lo imploraban los cristianos en medio de una violenta
persecución. Lo pedimos nosotros en nuestros mementos de dolor y de cansancio.
Roguemos a Dios que no nos quedemos dormidos, sino que vivamos alertas,
cumpliendo fielmente los deberes de nuestra vida cristiana.
El Señor nos espera con los brazos abiertos.
Domingo
19 de Agosto de 2007
20ºDOMINGO "C"
Lc 12,49-53 (Lecturas: Jer38,4-10 y
Heb12,1-4)
Ante Cristo, nadie puede quedar indiferente
Las tres lecturas de hoy, más allá de la
variedad de los temas, nos invitan a poner en el centro de nuestra reflexión y
de nuestra vida, la persona de Cristo. Nos llaman a tomar consciencia de la
necesidad de elegir a Cristo antes que a cualquier otra persona o realidad
material.
Esa fue la opción que tuvieron que hacer los judíos ante la predicación de
Jesús. Esa misma elección que hicieron los primeros cristianos cuando
comenzaron las persecuciones: Morir por Cristo o arrodillarse ante los ídolos
(2ª lectura).Y esa misma opción tenemos que hacerla hoy nosotros: Jesús o el
mundo. Jesús o la comodidad. Jesús o el pecado. No podemos quedarnos
indiferentes ante su persona, ante su vida, antes sus palabras.
El Evangelio, mediante una serie de sentencias, señala que Jesús tiene
consciencia y advierte que su presencia y su predicación son motivos de discusión
y de controversia. Pero no calla sino que asegura categóricamente "No vine
a traer la paz". Es decir, no vino a dejarnos indiferentes, sino a
obligarnos a tomar partido ante sus palabras, sus milagros, sus enseñanzas y su
muerte.
Esa exigencia de Jesús está prefigurada y anticipada en la persona y en el
accionar del profeta Jeremías: Un hombre comprometido con Dios y con su nación.
Una parte del pueblo lo quiere hacer morir por sus enseñanzas, por sus
anuncios, por su inspirada interpretación de la realidad. Les reprochaba que
habían sido infieles a la Alianza y por ello Dios los había abandonado a su
suerte. La derrota y el exilio están a las puertas. Otros compatriotas lo
liberan. No hay términos medios.
Lo mismo sucede con Jesús. Hay que tomar partido. No se puede quedar
insensibles. No se puede votar en blanco.
Sin embargo, no es una decisión fácil de tomar. Causa tensión en nuestro espíritu.
Ser o no ser cristiano comprometido con Cristo y su Evangelio nos sacude hasta
lo más íntimo de nuestro ser, porque nos exige renuncias y sacrificios. Además,
a Dios no le interesa los cristianos rutinarios, cuya vida y cuyas prácticas
religiosas transcurren en la rutina de todos los días y totalmente
descoloridas, en la monotonía de la falta de compromiso, en la reiteración de
las mismas infidelidades y pecados.
A Dios le interesa los hombres y mujeres que testimonian todos los días y en
todos los lugares sus convicciones cristianas. Cuando su fe se transforma en
obras.
Por otra parte, esta actitud no puede ser de un momento, un día, un mes, sino,
como enseña el autor del himno de la carta a los Hebreos que hemos leído hoy,
tiene que ser perseverante, aún en medio de las persecuciones. ¡Toda nuestra
vida y no sólo a ráfagas!
Pidamos hoy a Jesús que nos transmita su fuego; su coraje, su valentía para
que podamos imitar a Jeremías, que no se callaba aún cuando
sabía que sus palabras y acciones le podían costarle la vida.
Domingo
26 de Agosto de 2007
DOMINGO 21ª "C"
Lc 13,22-30 (Lecturas: Is 66,18-21 y Heb
12,5-7.11-13)
Dios quiere que todos los hombres se salven
Este domingo, la liturgia de la Palabra nos invita reflexionar sobre la llamada
universal a la salvación. En otras palabras, Dios quiere que todos los hombres
se salven, aunque al inicio de la historia de la salvación, haya escogido a un
pueblo en especial, al pueblo hebreo.
Esta idea de la universalidad de la salvación, la encontramos en la Biblia, más
de 500 años antes de Cristo: la primera lectura es uno de los tantos
testimonios. Ella anuncia, en tono triunfal el regreso del pueblo hebreo
desterrado en Babilonia, hacia Jerusalén. Es el retorno a su patria, a su
ciudad, a su tierra, pero es también el perdón. Volver del destierro es para
Isaías, la reconciliación, es volver a al alianza, volver a salvarse. Lo
novedoso de esta profecía es que en esta repatriación, acompañan a Israel
todas las naciones, sellando con el pueblo de Dios un pacto de amistad.
Esta profecía anticipa la misión de la Iglesia: reunir a todos los hombres y
encaminarse con ellos en peregrinación hacia la Jerusalén celestial.
Será una inmensa multitud nos confirmará el libro del Apocalipsis.
En la segunda lectura escuchamos, en cambio, una exhortación dirigida a la
comunidad de los hebreos convertidos al cristianismo. Estos cristianos del
primer siglo, frente a las dificultades y persecuciones se habían vuelto
pesimistas y miraban con añoranza las prácticas de su antigua religión.
El autor de la carta los sacude y los llama a la perseverancia, haciéndoles ver
que el sufrimiento es el signo que distingue a los auténticos hijos de Dios: es
un signo de su amor. Es como la confirmación, la garantía que Dios los salvará
y los reunirá en la Iglesia triunfante.
Con estas ideas podemos leer y comprender mejor la página del Evangelio de hoy.
Lo primero que nos sorprende es la pregunta que le hacen a Jesús mientras
camina hacia Jerusalén, en cumplimiento de su misión redentora. Morir para
salvarnos. ¿Serán muchos los que se salvan? La pregunta revela una inquietud
de todos los tiempos. Es una preocupación que también hoy tenemos. Si bien la
respuesta de Jesús no es directa, hay, sin duda, una opinión pesimista
respecto a los primeros llamados, que eran los judíos; pero al mismo tiempo, es
optimista en la perspectiva universal de la Iglesia y eso lo vemos claramente en
la afirmación de Jesús "Hay últimos que son primeros y primeros que serán
últimos".
Hoy también esta pregunta nos cuestiona. Y la respuesta tendría que ser: no
preocuparnos demasiado por el número, sino por nuestro compromiso comunitario y
personal con el Evangelio. En otras palabras, Dios quiere salvarnos; pero quiere
también que nos integremos a la comunidad eclesial:
-- Que vivamos los sacramentos
-- Que escuchemos y practiquemos la palabra de Dios
-- Que seamos solidarios con nuestros hermanos
Todos éstos son signos de salvación y por lo tanto, no caigamos en el
pesimismo, en el desaliento y busquemos sinceramente a
Dios tratando de vivir reconciliados con Él, invocando su perdón y su gracia.
Si en esta búsqueda logramos vivir reconciliados con Dios y con nuestros
hermanos, estamos bien encaminados hacia la salvación porque ya Dios vive en
cada uno de nosotros: su amor nos purifica, nos reconcilia, nos ayuda a
perseverar en el bien.
Al final: ¿Cuántos se salvan? Dios quiere que todos se salven, de nosotros
depende cuántos.
Domingo
02 de Setiembre de 2007
DOMINGO 22º "C"
Lc 14,1.7-14 (Lecturas: Ecli
3,17-18.20.28-29 y Heb 12,18-24)
Humildes y generosos
La liturgia de la Palabra de hoy, nos ofrece dos temas muy importantes para
nuestra vida espiritual: la humildad y la generosidad.
De la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, subrayemos una frase
que se destaca de todas las otras: "Hijo mío, en tus asuntos procede con
humildad y te querrán más que al hombre generoso". Y es verdad. La
humildad sincera es un gran atractivo en la persona. La humildad abre las
puertas a la comunicación, nos invita a confiar, a pedir auxilio, ayuda. La
humildad atrae: la persona humilde es como si respirara bondad.
Eso es precisamente, lo que nos confirma la segunda lectura, donde descubrimos a
Jesús amable y humilde. En la página que leímos hoy, el autor de la Carta a
los Hebreos, describe la manifestación y presentación de Jesús por contraste:
Jave--Dios, en el A. Testamento se manifestó en medio de truenos, relámpagos y
tormentas (verdaderas teofanías), mientras que Jesús, lo hizo humildemente,
apareciendo en medio de su pueblo como un hombre más, haciéndose bautizar por
Juan en el río Jordán junto con los pecadores, mostrándonos con ese gesto, el
camino del hombre nuevo. Esa actitud fue una constante de su predicación: enseñó
a ser la humildes más con la vida que con las palabras.
Hoy, el Evangelio nos recuerda una de esas enseñanzas. Nos invita a ocupar el
último lugar. Obviamente, no se trata de una táctica para escalar. No tendría
sentido. Se trata, antes que nada es un gesto de buena educación. Y luego, una
actitud interior que nos lleva a pensar que seguramente se encuentra alguien más
importante que nosotros en esa reunión y a obrar en consecuencia.
Jesús, con ese consejo, nos enseña que el que vale realmente, siempre será
reconocido y apreciado, aunque ocupe en el último lugar. Y al que no vale,
tarde o temprano, le harán llegar al sitio que le corresponde, aunque esté
sentado en el primer lugar.
Además, la persona humilde sabe que todo lo bueno que posee, lo ha recibido de
Dios y, por lo tanto, tiene que ponerlo al servicio de Dios y de sus hermanos.
Por otra parte, la humildad es una virtud muy frágil. Cuando pensamos que somos
humildes, en ese mismo instante dejamos de serlo. El humilde se considera un
pecador y nada más que un pecador que experimenta cotidianamente la
misericordia de Dios y su perdón, esperando merecer la gracia de Dios para
vivir reconciliado.
La segunda reflexión de Jesús, que Lucas llama, genéricamente, “parábola”,
si bien habla de la generosidad, está totalmente relacionada con la humildad.
Habla de una generosidad desinteresada. Dar sin esperar la recompensa, sin
esperar el reconocimiento. Aún más, Jesús aconseja invitar a los pobres, a
los necesitados, no para tener deudores entre los pobres, sino para que no
exista la posibilidad de una contra invitación. Para que no haya ni siquiera la
posibilidad de pago.
Estas lecturas nos indican que la humildad y la generosidad, cuando están íntimamente
unidas, son la mejor ayuda para liberarnos de las mentiras y los mitos de la
sociedad: no somos tan importantes, como para que el mundo gire en torno a
nuestra persona, a nuestras actividades y lo que tenemos, lo recibimos de Dios.
Aprendamos a compartirlo. Jesús era rico y se hizo uno de nosotros para
compartir todo, menos el pecado. Ése es el camino a la santidad.
Domingo
09 de Setiembre de 2007
DOMINGO 23° Ciclo "C"
Lc 14, 25-33 (Lecturas Sab.9, 13´18 y Carta s,Pablo 9b-10. 12.-17)
La
palabra del evangelio
que propone la liturgia de hoy, dos breves parábolas que se complimentan
recíprocamente, recuerdan al bautizado que ser cristiano
es un riesgo y un compromiso serio y por eso hay que aceptarlo con los
ojos abiertos, atentos, meditando, Jesús explica que tanto la construcción de
la torre, como la conveniencia de un enfrentamiento armado, implican una decisión
madura por la reflexión. Así tambien el seguir a Cristo, no es cuestión de un
entusiasmo momentáneo, sino una elección definitiva.
Las parábolas enunciadas, reflejan también que ya en tiempos de Lucas, el
fervor cristiano de los inicios comenzaba a enfriarse frente a las dificultades
obvias del tiempo; persecuciones, juicios, desprecios y renuncias,
pues la buena nueva de Jesús dividía al mundo en cosas lícitas y no tanto.
Quién no toma al bautismo como una opción definitiva, frente a ciertas
atracciones ilícitas quizá ni se pone el problema,
pero quien ha aceptado a Cristo, renuncia a todo, hasta la vida, pata permanecer
con El.
Si bien
el cristianismo es una cosa seria, el hombre frente a las dificultades no está
solo. Dios es su ayuda.
Quizás con estas ideas se comprenda tambien que la primera lectura complementa
el evangelio: Dios da la sabiduría y el coraje para elegir, mientras el cuerpo
(considerado como soporte de los malos instintos), es un lastre, un peso que
arrastra muchas veces al hombre hacia el pecado,
lección voluntaria que aleja al bautizado de Cristo.
Un párrafo aparte merece la segunda lectura. Toda la brevísima carta de Pablo
a Filemón merece
una lectura frecuente pues es quizás un de las indicaciones más claras de cómo
la Iglesia debe comportarse en el contexto social.
El párrafo de hoy es un modelo de cómo se debe mandar y pedir
Domingo
16 de Setiembre de 2007
Exaltación de la Santa Cruz
Existe
una relación directa entre la primera lectura y el evangelio de la liturgia de
la palabra de esta fiesta. Aún más, sin ese evangelio no se podría comprender
el significado preciso del episodio de las mordeduras y de la veneración
posterior de la serpiente. Hay algo de contradictorio: los israelitas tenían
terminantemente prohibido reverenciar, bajo ningún aspecto, imágenes y menos aún
animales, como lo hacían todos loas
pueblos vecinos y contemporáneos a ellos. Por eso resulta misterioso e
incomprensible que el Señor ordenara a Moisés fundir una serpiente de bronce y
contemplarla para liberarse de las picaduras del reptil venenoso.
Seguramente,
para el israelita culto y piadoso habrá sido siempre un enigma y un tropiezo
pata su fe, hasta que Jesús, en la conversación que sostiene con Nicodemo
aclara el significado. Desde ese momento, la serpiente se constituye en un símbolo
para quienes hoy leen la Biblia desde esta perspectiva. Para Nicodemo un anuncio
profético, pues Jesús, aclarando el episodio, anuncia como moriría
y además que significaría para
los cristianos su muerte en la cruz.
Es
lógico que después de las palabras de Jesús todo queda aclarado y
transparente, pero no así el verdadero alcance del mensaje, pues se podría
pensar que bastaría una mirada a la cruz para quedar libres del pecado y de sus
consecuencias deplorables. Nada mas equivocado. Si así fuera, el cristianismo
se reduciría a un rito mágico más. Es obvio que no se puede bastar una mirada
mecánica a la cruz, sino que en esa mirada deben estar incluidos la fe y el
arrepentimiento.
Sin
ellos no solamente la veneración a la cruz es inútil, sino cualquier
sacramento. Es la fe y el arrepentimiento lo que hacen que produzca efecto, por
ejemplo, el sacramento de la penitencia. Y así todos.
La
carta de Pablo es también una ayuda para comprender el significado de la fiesta
de hoy y también para que el cristiano
pueda usufructuar mejor los méritos de la Redención
Pablo
a los cristianos divididos por rivalidades ridículas, les propone la lectura y
la meditación de un antiguo himno de la iglesia. Ese mismo himno sirve para que
el cristiano hoy entienda con mayor claridad la humanidad y la divinidad de
Cristo. Jesús no tuvo ningún inconveniente en hacerse hombre, humillándose y
aceptando toda la carga humana con sus debilidades, menos el pecado. Así como
Jesús acepta todos los padecimientos
para salvar a la humanidad, así el cristiano debería aceptar serenamente los
padecimientos, a veces inevitables, hasta la cruz, para asemejarse a Jesús y así
poder salvarse.
Domingo
23 de Setiembre de 2007
Domingo 25° Ciclo C
Toda
caricatura tiende a exagerar los rasgos que caracterizan a una persona. Es el
caso de la parábola del evangelio de hoy, donde se hace una caricatura tanto
del rico Epulón como del pobre Lázaro. Posiblemente Jesús y san Lucas, al
relatarla, no pretenden que se tome al pie de la letra todos los detalles. A
ellos, les interesa más bien que se capte el mensaje global de la historia.
Con
la narración quieren llamar la atención del cristiano poniendo el acento sobre
los peligros de las riquezas que generalmente ocasionan egoísmo y falta de
sensibilidad social.
Es
claro que la liturgia de la palabra de este domingo, en sus enseñanzas
inmediatas, es como un complemento a las del domingo anterior donde se trató de
reflexionar sobre la lógica del dinero.
Sin
embargo, el caso de hoy es más dramático, pues al rico se lo ubica ya
castigado en el infierno y sin la posibilidad siquiera de visitar a sus
hermanos, ricos e insensibles como´él, para avisarles que por ese camino se
precipitan a la condenación. Pero no sólo las enseñanzas son más dramáticas
sino que aparecen más claras y radicales que la del domingo anterior, pues
ponen en evidencia lo desubicados que están los ricos cuando viven encerrados
en un mundo de opulencia sin imaginar que a pocos pasos existe el pobre, que,
como Lázaro, quisiera recuperar las migajas bajo mesa demasiado bien servidas.
También
la primera lectura llama la atención sobre la falsa seguridad de las riquezas,
advirtiendo que son un obstáculo real para la salvación. No obstante, cuando
se leen estas páginas de la Biblia, especialmente si so del evangelio de san
Lucas, hay que tratarlas con
prudencia, pues no se puede tomar al pie de la letra los detalles exagerados. Lo
importante para el acceso al Reino de los cielos, siempre será la disposición
interior. Es allí donde se pierde o se gana la posibilidad de entrar en el
Reino de los cielos
Luego
siempre habrá algún rico bien dispuesto con gran capacidad para escuchar y
asimilar la Palabra de Dios. Este rico hará de las riquezas un trampolín para
aliviar a los pobres. Serán los menos, puede ser, pero ya bastan para no
condenarlos sumariamente a todos.
Cuando
la gente honrada escucha la parábola que relata el evangelio de hoy, no le
preocupa mayormente, pues o se siente identificada con el administrador y por lo
tanto cree que no es para ella. Si se lo toma literalmente, podría tener razón,
ya que ese individuo es un prototipo difícil de encontrar en la realidad
cotidiana, pero si se le quitan algunos detalles, hay muchas personas que tienen
características comunes con el administrador.
La
enseñanza principal de esa parábola podría estar sintetizada en esta reflexión.
En la medida en que no está dominado por el dinero, sea cual fuere la cantidad,
pierde su libertad espiritual y por ese motivo clausura personalmente
la puerta del Reino de los Cielos.
No
se puede negar que el dinero seduce sutilmente; el dinero, por otra parte, hace
que el individuo se convierta en un frío calculador como sucedió con el astuto
administrador de la parábola.
Esas
mismas ideas surgen tambien de la primera lectura, donde los ricos proyectan
friamente lo que harán apenas se les presente
la oportunidad. Amós hablaba en nombre de Dios en un momento de una gran
crisis económica en Palestina, donde había mucha demanda de alimentos, pues la
producción agrícola había sido escasa por factores climáticos adversos.
A
quienes tuvieran la suerte de cosechar bien, la situación se les presentaba muy
favorable y por eso maquinaban vender hasta kis descartes, frente a esta situación,
Dios les advierte por medio de Amós
que no tolerará que se abuse del pobre necesitado. Todo esto permite suponer
que tampoco hoy Dios consentirá los abusos
contra los pobres.
Las
reflexiones de Pablo encajan muy bien en el tema: el apóstol ruega a su discípulo
y amigo Timoteo que tenga en cuenta en sus plegarias a quien están en el mando,
pues Pablo conoce los peligros en que se encuentran quienes están en el poder.
Se dice que el poder corrompe, Alguna
verdad hay en esa afirmación, pues cuando se está en él, se puede sucumbir a
la tentación de seguir la lógica del dinero.
Por
otra parte parecería que existe cierta incompatibilidad entre Dios y el dinero.
Quizás no la haya, pero ciertamente hay incompatibilidad entre la lógica del
dinero y la lógica de Dios.
Domingo
30 de Setiembre de 2007
Domingo 26° Coclo C
Lc
16,10-31 (Lecturas Amós 6, 1a, 4.7) y Carta s.Pablo (6,11-16)
Toda
caricatura tiende a exagerar los rasgos que caracterizan a una persona. Es el
caso de la parábola del evangelio de hoy, donde se hace una caricatura tanto
del rico Epulón como del pobre Lázaro. Posiblemente Jesús y san Lucas, al
relatarla, no pretenden que se tome al pie de la letra todos los detalles. A
ellos, les interesa más bien que se capte el mensaje global de la historia.
Con
la narración quieren llamar la atención del cristiano poniendo el acento sobre
los peligros de las riquezas que generalmente ocasionan egoísmo y falta de
sensibilidad social.
Es
claro que la liturgia de la palabra de este domingo, en sus enseñanzas
inmediatas, es como un complemento a las del domingo anterior donde se trató de
reflexionar sobre la lógica del dinero.
Sin
embargo, el caso de hoy es más dramático, pues al rico se lo ubica ya
castigado en el infierno y sin la posibilidad siquiera de visitar a sus
hermanos, ricos e insensibles como´él, para avisarles que por ese camino se
precipitan a la condenación. Pero no sólo las enseñanzas son más dramáticas
sino que aparecen más claras y radicales que la del domingo anterior, pues
ponen en evidencia lo desubicados que están los ricos cuando viven encerrados
en un mundo de opulencia sin imaginar que a pocos pasos existe el pobre, que,
como Lázaro, quisiera recuperar las migajas bajo mesa demasiado bien servidas.
También
la primera lectura llama la atención sobre la falsa seguridad de las riquezas,
advirtiendo que son un obstáculo real para la salvación. No obstante, cuando
se leen estas páginas de la Biblia, especialmente si so del evangelio de san
Lucas, hay que tratarlas con
prudencia, pues no se puede tomar al pie de la letra los detalles exagerados. Lo
importante para el acceso al Reino de los cielos, siempre será la disposición
interior. Es allí donde se pierde o se gana la posibilidad de entrar en el
Reino de los cielos
Luego
siempre habrá algún rico bien dispuesto con gran capacidad para escuchar y
asimilar la Palabra de Dios. Este rico hará de las riquezas un trampolín para
aliviar a los pobres. Serán los menos, puede ser,
pero ya bastan para no condenarlos sumariamente a todos.
Domingo
07 de Octubre de 2007
Domingo 27º - “C”
Lc 17,5-10 (Lecturas: Hab 1,2-3; 2,2-4 y
2Tim 1, 6-8. 13-14)
Señor, auméntanos la fe..
.
La liturgia de la palabra de este domingo nos invita a reflexionar sobre la fe.
Y no sólo la fe como virtud, sino la fe como oración y como actitud de vida.
Tengamos presente que tener fe no es sólo una manera de pensar sino y,
especialmente, y una manera de vivir.
La primera lectura sacada del libro del profeta Habacuc, que vivió unos 600 años
antes de Cristo, nos muestra una situación civil y religiosa que lo llenaba de
desaliento: el profeta veía que los reinos paganos que rodeaban a Israel
triunfaban sobre su pueblo y Dios les permitía
continuar esta agresión sin intervenir en favor de ellos.
Ante esta situación, incomprensible para la mentalidad judía, el profeta se
preguntaba cómo mantener la fe y la confianza, sin lamentarse, viendo cómo los
malos triunfaban sobre los buenos. Es el interrogante de siempre: ¿por qué
triunfan los malos?
Ante esta duda, que nacía del interior de todo el pueblo agredido, Dios
respondió: "Perecerá quien no obre rectamente, mientras que el justo
vivirá de fe". En otras palabras, Dios les aseguraba que llegará el
momento en que las cosas serán puestas en su lugar.
Esta es también una situación que se repite hoy. Parece que los malos
triunfan, prosperan, están mejor que los buenos, gozan gracias a sus robos e
iniquidades. Pero llegará el momento en que las cosas serán puestas en su
lugar. Las historia argentina tiene algunos ejemplos recientes...
Ante esta situación, Dios nos invita a buscar la respuesta adecuada en nuestra
fe. En otras palabras, quien no tiene fe, aunque sea pequeña como un grano de
mostaza, no podrá comprender el proyecto de Dios, el plan salvífico, la oración,
el sacrificio de los inocentes. ¿Cómo podemos comprender los sacrificios que
soportan los pueblos de la antigua Yugoslavia, sino dentro de la fe? Seguramente
Dios se ocupará de alguna manera en poner las cosas en su lugar, como lo hizo
tantas veces en la historia. Pero no lo hará sin nuestra colaboración. Sin la
fe no hay una respuesta adecuada, sin la fe no hay esperanza de una vida mejor,
sin la fe no hay oración posible, sin la fe no puede haber una eucaristía.
Si leemos atentamente la página del Evangelio de hoy, encontraremos en los Apóstoles
la misma situación interior del profeta Abacuc. Estos hombres que siguen a
Cristo están desanimados, desconcertados... sucede que mientras caminaban hacia
Jerusalén, Jesús le habló largamente de su futuro, sobre la voluntad de Dios,
sobre la pasión y la muerte en cruz y ellos se sienten sin la preparación
interior, sin la fuerza necesaria para afrontar la situación, y por eso están
asustados y perplejos, por eso le ruegan: "Señor, auméntanos la fe".
Ésa también era la situación de las comunidades cristianas perseguidas.
Esta petición espontánea de los Apóstoles nos enseña una realidad que nunca
deberíamos olvidar: la fe es un don de Dios,
gratuito, que deberíamos pedirlo continuamente.
A veces nos preguntamos ¿Qué es la fe? Y la misma Palabra de Dios nos da la
respuesta: "la fe es la garantía de los bienes que se esperan y la plena
certeza de los bienes que no se ven" (Hebreos, 11, 1ss). Esta fe entonces
nos mueve a actuar en el presente, pero con la mirada en lo que todavía no se
ve.
Pero no debemos olvidar que esta actitud interior es un don de Dios. Una gracia,
que debemos pedir y cultivar, cuidarla y vivirla. Por eso no es fácil creer.
Especialmente cuando vemos a nuestro alrededor que la mayoría de las personas
viven como si no existiera otra vida. Como si Dios no existiera. Pero sin Dios y
sin fe, cuántas cosas quedarían sin respuesta y sin explicación.
Nosotros, porque tenemos la gracia de la fe, hoy estamos reunidos en torno a
este altar para ofrecer a Dios nuestro sacrificio de alabanza y petición. Pidámosle,
como los Apóstoles, que nos la aumente. Con ella tiene sentido la vida.
Domingo
14 de Octubre de 2007
DOMINGO 28º "C"
Lc 17,11-19 (Lecturas: 2Re 5,14-17 y 2Tim
2,8-13)
¿Y los otros nueve, dónde están?
La pregunta de Jesús, en el Evangelio de hoy, es tan actual como en el momento
que la pronunció y nos impulsa a reflexionar sobre un tema concreto y
cotidiano: nos exhorta a ser agradecidos por lo que hemos recibido. Todos hemos
recibido mucho de Dios, de nuestra familia
y de la comunidad donde vivimos y de la misma sociedad.
Para inculcarnos la virtud de la gratitud, la liturgia recurre a un ejemplo, a
un milagro de Jesús: La curación de los 10 leprosos.
Para comprender mejor la fuerza de este ejemplo, tenemos que tener presente que
en los tiempos de Jesús, la lepra era el símbolo de la maldición y el símbolo
del pecado. La lepra era una enfermedad incurable y excluyente. El leproso tenía
que salir de la vida pública, esconderse lejos de la comunidad humana,
renunciando a la convivencia social, al amor, a convivir con sus familiares y
amigos. Era un muerto en vida.
Por lo tanto, el leproso curado tiene motivos como nadie para estar agradecido a
quien lo había sanado. En este caso, el leproso es el prototipo, la figura de
la persona que recibe una gracia. Jesús, por su parte, se mostró muy sensible
a los gestos humanos. Por eso, la pregunta que hace: ¿dónde están los otros
nueve? le salió de lo más profundo del corazón y del alma. Habrá sentido una
enorme decepción por la actitud de los nueve ausentes... y, por otra parte, el
hecho que sólo uno volviera, parecería que únicamente el 10% de la población
es agradecida. Es decir, una minoría es capaz de valorar los bienes recibidos.
Frente a la realidad de los leprosos curados y desagradecidos, que se repite de
mil maneras, cabe preguntarnos: ¿Por qué el hombre tan es ingrato?
Y la respuesta no puede ser otra que por egoísmo. El hombre que no piensa más
que en sí mismo no puede ser agradecido. Le interesa sólo lo que le sirve a él.
Lo que mejore su situación personal.
Hoy, sorprendidos por la actitud de los nueve favorecidos por el milagro de Jesús
y que se preocuparon en regresar, preguntémonos cuántas veces nos detuvimos
ayer a agradecer a Dios, por todo lo que recibimos: la vida, la salud, la fe, la
gracia, a nuestros familiares por las atenciones que tuvieron para con nosotros,
a quienes hicieron más fácil el trabajo que desarrollamos.
Ojalá nosotros formáramos parte de esa minoría, de ese 10% de agradecidos,
que ante la gracia, ante un favor recibido sabemos volver sobre nuestros pasos
para agradecer, convencidos que no sólo es un gesto de buena educación sino en
signo de delicadeza espiritual. Si así lo fuere, agradezcamos a nuestro Padre
del cielo porque estamos por el camino correcto.
Domingo
21 de Octubre de 2007
DOMINGO 29º "C"
Lc 18,1-8 (Lecturas: Ex 17,8-13 y 2Tim
3,14-4,2)
Nuevamente, la oración
Hoy la liturgia de la palabra nos invita una vez más, a meditar y examinarnos
sobre nuestro espíritu de oración.
Para ser más precisos, nos invita reflexionar sobre la oración de petición.
Tengamos presente que la oración debe ocupar un lugar muy importante en la vida
cristiana, tanto a nivel de la comunidad parroquial como a nivel individual. No
se puede imaginar una comunidad cristiana donde la oración no fuese un elemento
esencial. No puede existir una comunidad cristiana que no rece. Es como un
contra sentido teológico. Los cristianos se reunían para orar y para la
"fracción del pan"; es decir, para celebrar la Eucaristía... y
elevar plegarias al Padre celestial. Dentro de este marco de la necesidad de la
oración, está la oración de petición de la que nos habla la liturgia de la
Palabra de hoy.
Una de las primeras actitudes que deberemos tener sobre la oración de petición,
es no menospreciarla, no pensar que es cosa de niños pedir a Dios; pero tampoco
considerarla como una fórmula mágica, que soluciona todos los problemas, que
baste con pronunciar tales o cuales oraciones para encontrar la solución a
nuestros problemas. (Por ejemplo, las famosas cadenas de oración...) Dios también
escucha esas oraciones, si uno las hace con fe,
pero no por la fórmula en sí misma, sino por la fe con que se las hace.
Un ejemplo de la oración de petición la encontramos en la primera lectura,
cuando Moisés mantiene los brazos en alto, en manera de orar y su ejército
vence... la Biblia no nos dice lo que pedía, nos muestra sólo su actitud de
confianza. Esa confianza es la que conmueve a Dios y lo que hace que toda oración
sea eficaz.
El Evangelio de hoy nos ayuda adquirir esa confianza en Dios. Nos indica que una
de las condiciones indispensable para que la oración tenga eficacia es la
perseverancia. Nos enseña a no cansarnos, a esperar contra toda esperanza, a
insistir en el pedido.
En la Biblia encontramos innumerables ejemplos que demuestran que hay algo de
misteriosamente eficaz en la oración: hasta nosotros mismos hemos experimentado
en muchos momentos de nuestras vidas que Dios vino a nuestra ayuda, liberándonos
de dificultades espirituales y materiales que nos preocupaban. Ahora bien, si la
oración es algo esencial en el cristiano y cuando se hace con perseverancia,
siempre es escuchada por Dios; entonces, cabe preguntarnos por qué los
cristianos rezamos tan poco, tan mal y sólo cuando tenemos problemas o en los
momentos desesperados.
La respuesta es muy obvia: Porque no tenemos fe; o porque tenemos muy poca fe.
Fe y oración caminan juntas: la fe nutre la oración y la oración nutre la fe.
Cuando no rezamos, perdemos fe y no podemos rezar si nos falta la fe. Por eso,
nuestra primera oración tendría que ser: "Señor, auméntanos la fe"
y movidos por sea fe, continuar nuestra oración diciendo: "Señor, nos
ponemos a tu disposición", porque rezar, en definitiva, significa ponerse
a disposición de Dios, ser dóciles al Espíritu Santo para aceptar y llevar a
cabo sus planes y no exigirle a Dios que piense como nosotros y lleve adelante
nuestros proyectos...
Domingo
28 de Octubre de 2007
30º DOMINGO "C"
Lc 18,9-14 (Lecturas: Ecli 35,12-14.16-18 y
2Tim 4,6-8.16-18)
La pobreza espiritual
Un tema fundamental de todo el Evangelio y, por lo tanto, esencial también para
la vida del cristiano es la pobreza espiritual que, como hemos visto ya en otras
oportunidades, es una de las reglas más importantes de la oración. Una condición,
“sine qua non”, indispensable para ser escuchada.
En síntesis, la página del Evangelio de hoy es de la explicación, en forma de
parábola, de la primera bienaventuranza
que llama "Bienaventurados los pobres de espíritu".
Para reflexionar sobre este tema nos prepara la primera lectura. Allí vemos cómo
Dios se ocupa de los humildes,
de los necesitados y de los pobres en general y escucha su oración.
Pero tenemos que tener muy claro para entender correctamente esta enseñanza,
que los pobres bendecidos por Dios en el Antiguo Testamento, no son sólo los
que carecen de bienes materiales, sino toda aquella persona que no pone su
confianza en las riquezas terrenales, sino en Dios salvador. Esa la idea es
clave para entender correctamente la parábola que nos narra el Evangelio de
hoy. Se trata de una de las parábolas más bellas del Nuevo Testamento y su
enseñanza es básica para nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos:
ser pobres de espíritu es asumir nuestra debilidad y pequeñez.
Sabemos que Jesús siempre aborreció, le causó disgusto, molestia la ostentación
y la seguridad de sí mismo y la soberbia. Esa fue en definitiva, la causa
principal de la incompatibilidad entre Jesús y los fariseos. Los fariseos, en
general, se distinguían por su seguridad, su soberbia, su altanería en las
relaciones con Dios y sus hermanos. Aquí en la parábola hay uno de ellos.
Fanfarrón. Él cumplió estrictamente lo que se le pedía en la ley y ofrece en
su oración nada menos que un catálogo de sus éxitos. Ya no necesita nada.
Pero tampoco necesita de Dios. Y es precisamente eso lo que no ha entendido ya
que todos los hombres necesitan a Dios; de su amor, de su misericordia, de su
perdón, porque nunca seremos tan perfectos como Él y por eso, Dios no escucha
nuestra oración.
Y eso es lo que sí, había comprendido el publicano. Sabía que no obstante
toda su buena voluntad, era pecador; una persona pobre que necesitaba que Dios
le tuvieras compasión. Seguramente también él tenía una larga lista de
buenas obras, pero no se atreve a exponerlas porque sabe que es más lo que le
falta que lo que tiene. Por eso, ora de esa manera. No mira sus obras. Se mira a
sí mismo, en su interior con total franqueza, con total sinceridad. Se siente
realmente pobre. ¡Cuánto le falta aún para ser bueno, para ser santo!
Por eso, si lo examinamos bien, ser pobre de espíritu, no es ninguna virtud, es
solamente ser inteligente
y comprender y aceptar serenamente nuestra realidad personal.
Hoy la liturgia nos llama a ser inteligentes, a ser realistas. A no auto engañarnos
por nuestros éxitos espirituales. Acerquémonos a Dios con la misma actitud del
publicano y recibiremos el perdón y la misericordia de Dios. Una actitud
humilde nos abrirá las puertas del cielo y la acogida de nuestros hermanos.
Obviamente, esa no deberá ser una estrategia para conseguir lo que queremos,
sino una manera de vivir disponibles y al servicio de los planes de Dios.
Domingo
04 de Noviembre de 2007
31º Domingo "C"
Lc 19,1-10 (Lecturas: Sab 11,22-12,2 y 2Tes
1,11-2,2)
Breve historia de una conversión
Sabemos por experiencia que la debilidad
humana se manifiesta de muchas maneras. Una de esas tantas, es la de apropiarse
de bienes que no nos pertenecen. Dicho de otra manera, el Evangelio de hoy nos
recuerda el séptimo mandamiento, "no robarás" y al mismo tiempo, nos
indica que la verdadera conversión, en este pecado, exige la necesidad de
reparar, en lo posible, el mal causado. Para ello nos recuerda la conversión de
Zaqueo.
Zaqueo era un publicano. Un colaboracionista con el ejército de ocupación, que
se aprovechaba de su cargo de recolector de impuestos para exigir más de lo
debido y de aceptar, llamémoslos, "regalos" en perjuicio de Roma y
también de Judá. Para los fariseos y para la opinión de la mayoría, se
trataba de un pecador público, endurecido, instalado en el pecado. En cambio,
para Jesús es un hombre más, de escasa estatura, “petiso”, diríamos
nosotros y con el corazón y el alma que llora. Ni más ni menos que como todos
los pecadores: como la mujer adúltera, como María Magdalena, como Pedro y como
cada uno de nosotros, “petisos” también por nuestra escasa estatura
espiritual...
Lo importante, sin embargo, es que comprendamos que cuando Zaqueo sale al
encuentro de Jesús, es porque ya está instalada la lucha interior que lo mueve
al cambio, a la conversión. En otras palabras, la gracia ya está actuando. Por
eso, aunque parezca una paradoja, cuando Zaqueo sale al encuentro, Jesús ya lo
había encontrado. Ese es el motivo por el que se reconocen tan rápidamente,
espontáneamente. Zaqueo había encontrado a Jesús en las largas horas de
insomnio, cuando pretendía justificarse a sí mismo en las ideas y en las
conductas poco honestas. Esto nos indica que no hay encuentro fructífero y
menos un encuentro con Dios, sin una preparación. La conversión no se
improvisa. Para encontrar la verdad hace falta haberla buscado sinceramente con
la mente y el corazón. La conversión debe estar precedida por el silencio, la
meditación, la espera, la oración e incluso por el sufrimiento.
Después del encuentro, lo de menos es el banquete, pero nos indica que la
conversión siempre es una fiesta. Lo definitivo es que Jesús acepta la
voluntad de reparación de Zaqueo. La conversión no cierra sin este paso en la
persona que ha robado. Es necesario reparar de alguna manera y si es posible. En
otras palabras, no basta la absolución del sacerdote para que en este caso sean
perdonados los pecados. Por otra parte, no seamos ilusos ni hipócritas, el
robo, en la sociedad moderna, es muy común. Basta abrir los diarios... pero
tampoco debemos aplicar este Evangelio o el séptimo mandamiento sólo al robo
de cosas materiales. Hay otros robos tan graves o peores. Por ejemplo, robar la
libertad, el trabajo, la fama con acusaciones infundadas, el amor, la alegría,
la dignidad humana. También en estos casos no basta la absolución del
sacerdote sino que hay que reparar, reconocer el error, salir al encuentro del
damnificado. En definitiva, hay que convertirse.
Zaqueo no fue canonizado por la tradición de la Iglesia. Sin embargo, hoy que
recordamos su conversión, pidámosle que nos enseñe a salir al encuentro del
Señor y nos dé la fuerza para cambiar y reparar... Es posible que también
muchos de nosotros necesitemos subir algún árbol para ver pasar a Jesús.
Él, seguramente levantará la vista...
Domingo
11 de Noviembre de 2007
DOMINGO 32º "C"
Lc 20,27.34-38 (Lecturs: 2Mac
7,1-2,9-14)
Viviremos
El Evangelio de la liturgia de este domingo
nos plantea la cuestión central de cristianismo, de la fe que profesamos y, en
último análisis, es también la cuestión fundamental de la vida: la
resurrección de los muertos, la continuación de la vida más allá de la
muerte, más allá de los límites de nuestra existencia terrenal.
En la revelación bíblica, antes de la llegada de Jesús, los autores sagrados
ya se habían planteado la cuestión de la resurrección y, como es natural, se
habían tomado al menos dos posiciones muy enfrentadas: unos a favor y otros en
contra.
Entre los que estaban a favor, se encuentra el autor del libro de los Macabeos,
escrito unos quinientos años antes de Cristo. En la lectura de hoy vemos que
los jóvenes Macabeos tienen una clara visión de lo que sucederá después de
esta vida. Aún más, tienen una profunda convicción en la resurrección. En la
esperanza de esa resurrección aceptan serenos la muerte en medio de torturas,
para no transgredir un precepto, que hasta parecería banal, abstenerse de
ciertos alimentos. (Los preceptos de Dios nunca son banales: cumplirlos
significa aceptar la soberanía de Dios...).
En cambio, los saduceos la niegan. O no la ven. No comprenden cómo puede ser...
Quizás esa actitud es el resultado de su pragmatismo de vida, influenciados
también por la filosofía griega. Por otra parte, no olvidemos que los
saduceos, descendientes del sumo sacerdote Sadoc, (de allí viene el término
“saduceo”), constituyen en Israel la clase social más adinerada y que por
lo tanto, tenían puestas sus esperanzas más en las cosas de la tierra, en los
bienes tangibles, que en las futuras, como podía ser la resurrección.
Con esta posición tomada, los saduceos de no creer en la resurrección,
plantean un caso que, a primera vista, parece complicado; pero que en síntesis,
se resume en una pregunta muy sencilla: ¿Sobreviviremos? ¿Esta mujer que se
casó muchas veces, a qué hermano pertenecerá? ¿Habrá otra vida?
Jesús les responde afirmativamente. Y el fundamento de esta afirmación no está
en el ser de los hombres, sino en Dios. La resurrección está fundada en el
hecho que el Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob no es un Dios de muertos,
sino de vivos. Para Dios todos están vivos. La razón humana queda transportada
a Dios, por lo tanto, la razón queda anclada en la esperanza.
San Pablo, en sus escritos nos habla en la misma línea, aunque funda nuestra
resurrección en la resurrección de Jesús. Pablo no tiene dudas: si Jesús
resucitó, resucitaremos también nosotros.
Vemos una vez más que Jesús siempre nos dio lecciones sencillas, pero
fundamentales. Para nosotros la gran lección espiritual de este Evangelio, es
que debemos acostumbrarnos a vivir mirando a Dios, en marcha hacia Dios. Toda
nuestra vida personal y la de la Iglesia cambiaría totalmente si creyéramos
firmemente en la resurrección de los muertos.
Domingo
18 de Noviembre de 2007
33ºDurante el año "C"
Lc 21,5-19 (Lecturas: Mal 3,19-20 y 2Tes
3,7-12)
Ven, Señor Jesús...
En este penúltimo domingo del año litúrgico, la palabra de Dios, en su
conjunto, nos invita a reflexionar sobre
dos realidades sumamente importantes para nuestra vida cristiana:
1. Nuestra vida personal acabará, tendrá un fin.
2. El mundo en que vivimos, también acabará. (El Evangelio de hoy nos lo
describe en términos apocalípticos).
Estas dos verdades indiscutibles, nos obligan a pensar sobre otras dos
realidades que a veces lamentablemente olvidamos. Son éstas:
-- Después de la muerte habrá un juicio.
-- y en este juicio, recibiremos un premio o un castigo.
Todo dependerá de cómo hemos vivido.
El hecho de que haya un juicio favorable o desfavorable nos obliga a vivir en la
verdad: no podemos vivir engañados o engañándonos,
porque llegará el momento de la verdad en que nuestra vida aparecerá tal cual
fue.
Y esto es verdad porque sabemos que a Dios no le podemos mentir, a Dios no lo
podemos engañar, como podemos hacer con las personas que nos rodean.
Entonces cabe preguntarnos ¿ Dios, sobre qué nos juzgará? La respuesta ya la
conocemos. Nos juzgará sobre los mandamientos. Especialmente sobre el primero y
el segundo, que, en realidad, resumen toda la ley y los profetas: "Amarás
al Señor, tu Dios, con toda tu alma, con todo tu corazón... y al prójimo como
a ti mismo"
Por eso, san Juan de la Cruz, en una magnífica síntesis, decía: "En el
atardecer de la vida se nos examinará sobre el amor". Si nuestro amor fue
auténtico, recibiremos un veredicto favorable. De todas maneras, nosotros que
substancialmente cumplimos con los mandamientos, tenemos que vivir en la
esperanza y confiando en la misericordia de nuestro Padre, porque Dios conoce
nuestra vida y premiará nuestro esfuerzo de todos los días. Premiará nuestra
voluntad de ser mejores. Además, como es un justo juez, él conoce, él sabe de
nuestro esfuerzo por vivir fielmente los mandamientos; conoce también
las causas atenuantes de nuestros pecados y de nuestras infidelidades.
Sin embargo, más allá de nuestra esperanza, no olvidemos que existe también
un castigo para aquellas personas que no obstante las continuas llamadas de la
gracia y de las advertencias de Dios, no quisieron cambiar de vida y
reconciliarse con Dios y con los hombres. A ellos les espera una vida sin Dios y
por lo tanto, sin amor y esto lo llevará a sufrir enormemente. (Dios no
abandona al hombre, es el hombre que abandona a Dios).
El tiempo y el momento del juicio no lo conocemos. Probablemente, pasará mucho
tiempo o quizás no. ¿Cómo debemos esperar ese día? Como dice san Pablo en la
segunda lectura: trabajando, porque con nuestra paciencia, con nuestra
perseverancia, con nuestra constancia, salvaremos nuestras almas.
Si vivimos así, podemos orar con la misma oración que oraban los cristianos de
finales del primer siglo, sumidos en las persecuciones y con la que acaba el
libro del Apocalipsis y toda la Biblia: "Ven, Señor Jesús".
Domingo
25 de Noviembre de 2007
Domingo 34º durante el año "C"
CRISTO REY-
Lc 23,35-43 (Lecturas: 2Sam 5,1-3 y Col
1,12-20) -
Se proclamó rey con las manos atadas.
La liturgia de la palabra de este domingo en que celebramos la fiesta de Cristo
Rey del Universo, cuando menos es sorprendente.
La primera lectura, tomada del 2º Libro de Samuel en el que se relatan los
acontecimientos fundacionales con la unificación de las tribus de Israel en un
reino unido, cuya capital era Jerusalén, se detiene en el párrafo que leímos
hoy, en la unción real de David por sacerdotes de las tribus del norte. Es uno
de los últimos actos de la unificación. Aquí el autor sagrado presenta al rey
David como al rey ideal y figura del rey Mesías que esperaban los judíos
contemporáneos de Jesús: Así como David unificó las tribus de Israel, así
el Mesías unificará los pueblos del mundo.
En la segunda lectura, san Pablo ya desde la perspectiva de la resurrección,
recuerda a la comunidad cristiana de Colosas, un himno de la liturgia bautismal,
donde los recién bautizados proclamaban su fe en Jesús resucitado, principio y
rey del universo.
Estas dos primeras lecturas nos permiten apreciar que la idea de un Mesías rey
del universo tiene sus raíces profundamente arraigadas en el Antiguo Testamento
y que los cristianamos de la primera generación la asumieron como perteneciente
al núcleo de su fe. El Mesías crucificado y glorificado es realmente rey.
Sin embargo, lo que nos da la exacta dimensión de este rey, es la página del
Evangelio de hoy. Allí escuchamos un relato en donde más que a un rey,
descubrimos la figura de un condenado a muerte que soportó el suplicio junto a
unos malhechores y rodeado por un pueblo que, como siempre, es espectador y cómplice
de una injusticia, ejecutada por soldados invasores, azuzados por sacerdotes
sarcásticos: Un cuadro trágico que nada tiene que ver
con la idea de rey de las dos primeras lecturas.
Ante esta situación cabe preguntarnos con cuál de las tres figuras de rey
queremos quedarnos: con el rey ideal, prefigurado por el rey David unificador
del pueblo; con la del Señor del Universo, ensalzado por san Pablo o por el
crucificado que nos presenta el evangelista san Lucas en la narración de la
pasión.
Ni el tema ni la pregunta son nuevos: Ya los evangelistas trataron de resolverlo
afirmando categóricamente que el reino de Jesús no es de este mundo. Además,
hacen notar que cuando Jesús se proclamó rey, estaba prisionero, con las manos
atadas y una corona de espinas... Sin embargo, todo su mensaje, todo su anuncio
está configurado dentro de la terminología de reino. De ese reino habló en
las parábolas, en sus discursos, en las bienaventuranzas. Aún más, en la
oración que nos dejó nos manda a pedir que "venga tu reino". Pero es
evidente que no lo entendieron ni sus amigos más íntimos. Cuenta san Lucas en
el Libro de los Hechos que algunos de ellos, antes de la ascensión le
preguntaron: "Señor, ¿es ahora que vas a restablecer el Reino de Israel?
A lo que Jesús respondió: "A ustedes no les corresponde saber el tiempo y
el momento que el Padre ha fijado..."
Si nosotros hoy queremos entender bien el mensaje de Jesús y su realeza,
tenemos que recurrir a la profecía de Isaías, la del Siervo Doliente y junto
con el buen ladrón cambiar la manera de pensar y de vivir, reconociendo que Jesús
es el salvador y pedirle que nos haga participar de ese reino espiritual que el
vino a predicar.
No olvidemos que la comunidad cristiana está compuesta de súbditos que en
realidad es un pueblo mesiánico, convertido y transformados
por el bautismo que camina hacia el reino eterno.
El desafío para la Iglesia no es pretender reinar, sino anunciar el mensaje del
Maestro que cuando se proclamó rey tenía las manos atadas, mostrándonos de
esa manera su entera disponibilidad a servir, a amar y a perdonar. Pidamos a
Dios que venga su reino con su paz, con su felicidad y con su gozo.
Domingo
02 de Diciembre de 2007
Domingo 1ªde Adviento "A"
Mt 24,37-44 (Lecturas=Is 2,1-5 y Rom 13,11-14)
Iniciamos hoy el tiempo litúrgico llamado de “adviento” y con él comienza
también un nuevo año litúrgico,
que como se puede apreciar, no concuerda con el principio del año civil.
Antes de cualquier otra reflexión y para una mejor comprensión, conviene
recordar que el año litúrgico se divide en cuatro períodos muy bien
definidos:
El primero, como ya se dijo, es el tiempo de Adviento, que gira en torno “al
que ha de venir”. ¿Y quién vendrá? Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.
Sin embargo, en estas cuatro semanas, las dos primeras, nos recuerdan que al
final de los tiempos, llegará el Hijo de Dios, muerto y resucitado para juzgar
al mundo y llevar a los justos, al encuentro del Padre celestial. Será la
“Parusía”, término griego utilizado en la literatura para narrar la
llegada de un general victorioso o de un emperador y que los cristianos de los
primeros tiempos, eligieron para recordar el regreso de Jesús resucitado.
A su vez, los dos últimos domingos nos preparan a Navidad, para festejar la
Encarnación de Jesús.
A continuación y luego de algunos domingos “Durante el año”, comienza el
tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparación a la Pascua. Tiempo de
conversión y de penitencia que nos disponen a revivir el misterio de la muerte
y resurrección del Señor.
Luego, fortalecidos por esa preparación, llegamos al domingo de Resurrección
con el que comienza el tiempo de Pascua. En él vivimos y m
editamos la resurrección del Señor y los efectos producidos en los discípulos
y en la comunidad eclesial.
El último período, el más largo, es el tiempo de Pentecostés, que inicia
precisamente con la llegada del Espíritu Santo. Con este acontecimiento, nace
la Iglesia. A ese tiempo también se lo llama, “Durante el año” y algunas
veces, “Tiempo ordinario”.
En estos cuatro períodos o “tiempos”, la Iglesia, a través de la liturgia
desarrolla todo el plan salvífico, desde la creación, con un acento especial
en el pecado de Adán y Eva y la promesa del Redentor, hasta el fin del mundo,
con el regreso definitivo de Cristo, en la Parusía.
Hoy iniciamos ese camino. Los textos de este domingo están escogidos para
hacernos comprender y meditar el misterio de la segunda venida de Jesús, a
quien esperamos con alegría. Y no sólo nosotros, sino toda la Iglesia está
anhelante, oteando el horizonte para descubrir la aparición del Salvador. Su
llegada será una fiesta porque toda la humanidad, los vivos y los muertos,
convertidos en nuevas criaturas, saldrán al encuentro del Padre celestial
guiados por el Señor resucitado. San Pablo, extasiado por esta verdad, vivía
expectante, esperando que sonara la trompeta para ponerse en marcha...
La liturgia de hoy, consecuente con lo ya adelantado, nos invita a meditar esa
venida desde dos perspectivas. Desde el Antiguo Testamento, como lo subraya la
primera lectura mostrándonos a judíos piadosos que, recordando las promesas
hechas a los Patriarcas y esclarecidas por los Profetas, esperaban a un Mesías,
a un caudillo que liberaría a Israel del dominio extranjero para conducirlo a
la gloria.
En cambio, para nosotros que lo vemos desde perspectiva del Nuevo Testamento,
esas expectativas ya se cumplieron. En efecto, el Mesías llegó, nació, se
hizo hombre, compartió nuestra naturaleza humana, anunció la Buena Nueva, sus
compatriotas no lo reconocieron, murió en la cruz y resucitó glorioso. Por lo
tanto, nosotros, vivimos y actualizamos el misterio de la Encarnación y toda la
obra redentora de Jesús y por eso hoy esperamos su venida al final de los
tiempos. Ese es el mensaje de la página del Evangelio y de la segunda lectura,
que nos dan directivas muy claras para hacer fecunda esa espera. Nos aseguran
que la salvación está cerca. Y si bien está cerca, no conocemos el momento
exacto. Llegará cuando menos lo pensemos. Pero si vivimos intensamente el
misterio de la Encarnación, como un verdadero compromiso con Dios y nuestros
hermanos, la hora no debe preocuparnos demasiado.
Lo cierto es que Jesús vive ya en medio y en cada uno de nosotros
Domingo
09 de diciembre de 2007
2ºDOMINGO DE ADVIENTO “A”
Mt 3,1-12(Lecturas= Is 11,1-10 y Rm 15,4-9)
En el segundo domingo de Adviento nos encontramos con la figura de Juan el
Bautista, su misión, su testimonio y su mensaje. Así como él preparó históricamente
la llegada a Jesús, el Mesías esperado, de la misma manera continúa hoy
preparándolo a quienes quieren acercarse al Señor que ya llegó naciendo como
un humilde niño en el pesebre de Belén y cuya venida se actualiza en cada
Navidad y continuamente en los sacramentos, en modo especial, en el de la
eucaristía y en el de la reconciliación.
En aquellos tiempos, Juan decía que no se puede recibir al Mesías sin una
preparación adecuada, sin cambiar de actitud, purificando la mirada. Y fue lo
que sucedió. Históricamente sus compatriotas no lo recibieron porque no tenían
el espíritu preparado para descubrir en el predicador de Galilea, al Dios hecho
hombre, prometido a los patriarcas y anunciado por los profetas. Es claro que lo
que ocurrió antiguamente puede cumplirse también hoy, ya que no basta con una
preparación exterior superficial, alegre, festiva como suele acontecer
generalmente para esta festividad, tan querida por todos.
Juan exige un cambio interior. Prepararle un lugar, desearlo intensamente,
aceptar que somos pecadores y reconciliarnos con Dios y con nuestros hermanos,
acercándonos al sacramento del perdón, con el corazón arrepentido y
dispuestos a cambiar de vida.
Para llevar a cabo esta transformación deberemos que imitar al Bautista:
Retirarnos al desierto, lejos del ruido, sin tantas comodidades y de las cosas
superfluas que embotan nuestro espíritu y someter nuestro cuerpo con el ayuno y
el sacrificio, ya que la visita es demasiado importante para distraernos,
corriendo el peligro de dejar pasar la oportunidad de un abrazo gozoso y
transformador con el Señor que llega dispuesto a peregrinar con nosotros en
este mundo lleno de alegrías y peligros.
A este punto, es oportuno escuchar la exhortación de san Pablo que invita a los
cristianos a ponerse en la misma actitud que Jesús. Así como Él viene a
nuestro encuentro humilde y con los brazos abiertos, de la misma manera
deberemos salir al encuentro de nuestro prójimo; recibiéndolo con caridad y
comprensión, ayudándolo material y espiritualmente: Dios viene a nuestro
encuentro, nosotros salimos de nosotros mismos con generosidad, convencidos que
no hay Navidad cristiana sin purificarnos y sin un cambio de actitud ante la
Palabra de Dios y de la gracia.
Hoy, Juan el Bautista nos invita a ponernos en marcha, decididos; dispuestos
cambiar nuestras vidas opacas y llenas de egoísmo. Escuchemos el llamado de
Dios a través de Juan, su profeta y mediante la lectura y meditación de la
Sagrada Escritura, acerquémonos lo necesario como para poder entablar un diálogo
fecundo con el Señor que viene a salvarnos.
Domingo
16 de Diciembre de 2007
Domingo 3º de Adviento “A”
Mateo 11,2-11 (Lecturas=Is 35,1-6a.10 y St
5,7-10)
¿Quién fuisteis a ver?
Nos acercamos cada vez más a la fiesta de Navidad y la liturgia de la
Palabra de hoy quiere prepararnos para comprendamos con toda claridad que ese niño
nacido en Belén es precisamente, el Mesías anunciado y esperado.
Las tres lecturas, cada una en su tono y desde su perspectiva, nos llaman a esa
reflexión; pero en modo particular, la página del Evangelio, tomada del capítulo
undécimo de san Mateo, donde el evangelista afronta directamente el tema de la
mesianidad y divinidad del predicador de Galilea, que llamaba cada vez más la
atención de sus discípulos y del pueblo sencillo, por lo que decía y los
milagros que realizaba. Estaban asombrados.
Pero, para comprender un poco mejor el mensaje del episodio que se lee hoy, es
necesario encuadrarlo en la situación histórica en que sucedió. El Tetrarca
Herodes Antipas había arrojado al severo y audaz Juan el Bautista a la obscura
prisión subterránea de la fortaleza de Maqueronte, que se levantaba en las
cercanías del Mar Muerto, porque Juan le reprochaba con toda razón, la relación
incestuosa con Herodías, nieta y cuñada de Antipas.
Juan, previendo no muy lejana su muerte, quiere que sus discípulos, fieles
seguidores suyos y posiblemente muy apegados a él,
se acerquen al verdadero maestro, a Jesús.
Si bien Juan no dudaba que Jesús era el Mesías y se lo había comunicado,
quiere que el Señor mismo derrumbe las últimas dudas de sus discípulos. Por
eso los envía para que le preguntaran personalmente al maestro, seguro que una
declaración de él mismo, los convencería más fácilmente.
Jesús como respuesta hace propias las palabras de Isaías y con ellas los
ilumina para descubran que él es el Mesías esperado y anunciado por los
profetas.
Después de su auto proclamación, Jesús exalta la figura del Juan, que ya no
es el profeta que ve en la lejanía, sino el que indica
con casi con el dedo la presencia del salvador.
De este episodio del Evangelio que leímos hoy, deberían quedarnos algunas enseñanzas
para nuestra vida cristiana.
Lo primero que deberíamos tratar de imitar es la perspicacia de Juan, que supo
leer con claridad los signos de los tiempos: El descubrió en su primo Jesús,
al Mesías. También él podía dudar que alguien tan cercano a su familia fuese
nada menos que el Hijo de Dios hecho hombre. Esa actitud abierta de Juan, debe
servirnos de ejemplo. Si queremos encontrarnos con Dios deberemos abrirnos a su
gracia y ver en los acontecimientos de todos los días, la voluntad del Creador
que nos invita a participar al plan de salvación.
En segundo término ver en las alabanzas que Jesús hace de Juan, un ejemplo
para nuestra vida. Es sabido que no lo podremos imitar al pie de la letra, pero
su austeridad y su coraje para afrontar a Herodes Antipas, no puede dejarnos
indiferentes: para ser auténticos cristianos no se puede vivir pendientes del
bienestar y del buen pasar, sin el coraje suficiente para afirmar con valentía
nuestra convicciones morales. No sólo deberemos ser buenos dentro del templo,
sino, y especialmente, puertas afuera: en nuestra familia, en nuestro trabajo,
en nuestro lugar de esparcimiento. Tenemos que tener la firmeza del roble y no
la flexibilidad
de una caña agitada por el viento.
Domingo
23 de Diciembre de 2007
CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO “A”
Mt 1,18-24 (Lecturas= Is
7,10-14 y Rm 1,1-7)
José nos muestra el camino
En este cuarto y último domingo de adviento, la liturgia confía a
san José la misión de indicarnos la manera y la actitud interior que deberemos
cultivar para celebrar, con devoción, el misterio de la Encarnación del Hijo
de Dios, que celebraremos el 25 de diciembre.
San Mateo definiéndolo “justo” en el Evangelio de hoy, resume en el esposo
de María, las actitudes que tuvieron los grandes patriarcas de Israel, ante las
promesas y la esperanza del Mesías. José como Abraham, Isaac, Jacob, David...
esperaban con fe y humildad.
La Encarnación, el hecho que Dios haya plantado su tienda entre nosotros,
tomando la naturaleza humana y compartiendo la historia con sus criaturas, es un
acontecimiento misterioso, que escapa a la compresión de la mente humana,
incluso la de san José, quien ante la duda decide silenciosamente separarse de
María. Según el relato evangélico tuvo que intervenir un ángel para
iluminarlo con una luz especial en nombre de Dios.
A la mente humana le asiste el derecho y la obligación de indagar, averiguar,
analizar, tratando de comprender las manifestaciones de Dios. Aún más, a Dios
le agrada quien busca entender sus planes con corazón sincero. Por eso el
bautizado tiene el deber de orar, instruirse y conocer las Sagradas Escrituras
para lograr un encuentro personal, original y creativo con Dios. Esa fue la
actitud interior de José.
Pero esa persona que busca sinceramente, comprende también que la mente humana
está limitada frente a Dios y por eso acepta el misterio.
Así, como José, creerá y confiará en la palabra de Dios.
Para vivir el misterio de Navidad, tendremos que hacer también un profundo acto
de humildad. José, no obstante ser descendiente de la familia de David y de
estirpe real, cuando intuyó que se encontraba ante un acontecimiento que lo
superaba, que hoy llamamos misterio incomprensible, advirtió su pequeñez y
pensó retirarse. Luego, iluminado por Dios, aceptó, en silencio, una realidad
que no comprendía.
Aceptemos también nosotros nuestra situación de criaturas. El misterio nos
supera. Pero intuimos en él una inmensa belleza y el inmenso amor de Dios.
Cantemos como María un himno a Dios porque ha mirado nuestra pequeñez y vino a
vivir en medio de nosotros.
Además, para actualizar el misterio de Navidad, hagamos una profesión de
servicio. Es importante y significativa la afirmación del párrafo del
Evangelio: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había
anunciado por el Profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo...
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó
a su esposa a su casa”.
Es decir, Dios convocó a José a colaborar en el plan de salvación, en su
inescrutable proyecto de redención y, de alguna manera, en la misión de Jesús.
En otras palabras, cuando José “comprendió” la voluntad de Dios no se
asustó ni se tiró atrás, sino que con coraje, asumió su responsabilidad en
la historia de la salvación.
Es lo mismo que deberemos hacer nosotros. No podemos excusarnos, especulando que
“no sabemos”.
El mensaje de hoy es muy claro. Asumamos nuestra responsabilidad de cristianos.
En estos pocos días que quedan de preparación a la Navidad, no basta
detenernos a contemplar el misterio, que ya es meritorio, sino en buscar la
oportunidad para ponernos al servicio de la obra redentora de Dios. Será como
un caminar junto a José hacia el pesebre de Belén.
Domingo
30 de Diciembre de 2007
FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
Mt 2,13-15.19.23 (Lecturas= Eclo 3,2-6.12-14
y Col 3,12-21)"A"
El modelo de familia
En estos días que pasaron, la atención de la liturgia estuvo centrada en el
Pesebre de Belén, para actualizar y
venerar el inconmensurable misterio de la Encarnación de Dios.
Hoy, la liturgia nos invita a ensanchar el horizonte de nuestra mirada para
contemplar también las otras figuras que están en el Pesebre:
Nos invita a mirar a María, la Madre del Salvadory a José, su esposo.
Así veremos que Jesús, José y María forman el núcleo del que surgirá la
nueva humanidad.
De esa manera veremos que la celebración de hoy asume un doble significado:
Por una parte, vemos cómo el Hijo de Dios entra a formar parte plenamente de la
Comunidad humana: como todos los niños del mundo tiene necesidad de una familia
para crecer y desarrollarse físicamente, síquicamente e intelectualmente.
Por otra parte, la Iglesia, con esta fiesta presenta a todo el mundo, el modelo
de familia cristiana. En efecto, la familia sagrada es el modelo de familia
porque María es el modelo de Madre, José el modelo de esposo y Jesús el
modelo de hijo.
Y para que contemplemos esa realidad, la liturgia de la palabra nos propone tres
lecturas, donde podemos encontrar las pistas, las ideas, las enseñanzas para
recrear hoy la vida de la Sagrada Familia en cada hogar cristiano.
1. La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico subraya fuertemente el
respeto que los hijos deben tener para con los padres. (Como Uds. habrán
notado, se trata de una explicación del sabio judío del cuarto mandamiento. El
más importante de los mandamientos, después de los tres primeros relacionados
con Dios). De hecho, Jesús aún siendo Hijo de Dios, estaba sometido a sus
padres, como manda precisamente, el cuarto mandamiento.
2. La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de
Colosas, nos muestra una serie de virtudes y de actitudes que, cuando se
practican en una familia, garantizan la paz y la convivencia.
3. El evangelio que leímos hoy, ilustra la plena disponibilidad de la Sagrada
Familia, que se deja guiar dócilmente por Dios, especialmente en las
dificultades, cumpliendo la voluntad de Dios con confianza y prontitud. Esa
misma actitud y disponibilidad debería encontrarse en cada familia cristiana:
saber discernir y cumplir la voluntad de Dios en los momentos difíciles.
Si los cristianos nos empeñamos en reeditar ese modelo de familia, seguramente
cambiaría la sociedad y el mundo. Para eso es necesario que tengamos bien
claro: En la Sagrada Familia, -el modelo que nos proponemos-, todo giraba en
torno a Dios,
en conocer su voluntad, en escucharla y en vivir de acuerdo a esta palabra de
Dios.
Meditemos íntimamente estas tres lecturas de hoy, para que nuestras familias
vivan el mismo clima de la Sagrada Familia.
La experiencia nos enseña que la familia que ora y medita unida, permanece
unida.
|