Parroquia Basílica San Nicolás de Bari

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Año 2010

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Viernes 01 de Enero de 2010
Domingo 04-01.2010
Miércoles 06 de Enero de 2010
Domingo 10-01-2010
Domingo 17-01-2010
Domingo 24-01-2010
Domingo 31-01-2010
Domingo 07-02-2010
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Domingo 07-03-2010
Domingo 14-03-2010
Domingo 21-03-2010
Domingo 28-03-2010
Domingo 11-04-2010
Domingo 18-04-2010
Domingo 25-04-2010

Viernes 01 de Enero

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

 

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Con estas sencillas palabras el evangelista san Juan anuncia a toda la humanidad el acontecimiento que cambió la historia del mundo, tanto que establece un antes y un después: desde hace 2000 años, toda la creación contempla extasiada el hecho que el Creador del universo, en un acto de amor inaudito, en el seno de la Virgen María, tomó la misma naturaleza que su criatura predilecta, el hombre, y comenzó a caminar junto a él para transformarlo y darle una nueva oportunidad de compartir su misma vida divina.
Hoy la Iglesia y todos los hombres del mundo celebran alborozados este acontecimiento, cada uno quizás desde una perspectiva diferente; pero todos aunque quizás inconscientemente, impulsados por el mismo misterio: hace 2000 años, un niño nació en Belén y lo acunó su Madre virgen, escogida entre todas las mujeres de su tierra para que su Hijo pudiera participar con sus hermanos de las alegrías y de tristezas de la vida, hasta que después de anunciar a todos el camino del reencuentro con el Padre e inmolarse en una cruz, resucitara glorioso par ser la cabeza de la humanidad redimida.
Si bien es el cumplimiento de una promesa hecha a nuestros primeros padres al amanecer de la historia y reiterada a los Patriarcas del pueblo hebreo, el misterio de la Encarnación hace realidad el inconmensurable amor de Dios Padre que no acepta perder a su criatura y con su poder y misericordia la recupera, sellando un nuevo pacto de amor, tomándola entre sus brazos para que ya nada los pueda separar.
Con esta imagen de Dios Padre lleno de ternura que lleva a en sus brazos a su criatura, la Iglesia invita a todos los hombres a celebrar con júbilo, lo que la misma palabra encierra, el Gran Jubileo del Año 2000, que además de los festejos, debe ser un reencuentro personal con el Señor de la historia y la gran fiesta de la reconciliación entre los hombres, para que puedan aparecer en el horizonte los nuevos cielos y las nuevas tierras que colman de esperanza a todos los habitantes del universo, no olvidando, sin embargo, a la figura excelsa, que con su disponibilidad y abandono en las manos del Creador, hizo posible este acontecimiento: María Santísima, la Madre de Dios.
Con la presencia de la “bienaventurada y llena de gracias”, la celebración del Gran Jubileo tendrá que ser un especial momento de gracia, de agradecimiento y de alegría para todos los hombres, más allá de sus credos, sus ritos y devociones. Un tiempo para celebrar los muchos aciertos y conquistas de la humanidad, logrados en el correr de los siglos; pero también habrá que encontrar un lugar para la reflexión y, luego de un profundo y sincero examen de consciencia, poder descubrir la manera más eficaz y más justa para asumir y corregir errores, pedir perdón y perdonar y así darle el verdadero sentido a este Año Jubilar.
Este acontecimiento es un enorme compromiso para todos y debe convertirse en el punto de partida para la construcción de una nueva humanidad, más solidaria, más justa y más unida a Dios, garantía de felicidad.


Domingo 03 de Enero de 2010
Domingo 2° después de Navidad 
Ciclo C

Retornando el tema 


La peculiaridad de este domingo, ubicado duurante el tiempo de Navidad, es retomar el tema de la 
Encarnación del Hijo de Dios, no sólo como un acontecimiento histórico, 
sino como una meditación y una oración. 

Para ello la liturgia escoge tres páginas de la Sagrada Escritura muy conocidas: 

Una estupenda reflexión sobre la Sabiduría tomada del Antiguo testamento. 
y dos himnos del Nuevo Testamento. 

1. La reflexión comienza con una afirmación básica del autor de la Primera Lectura: 

Nos dice el autor sagrado que la verdadera y genuina sabiduría viene de Dios. 

Ante esta afirmación tan categórica, ya los primeros cristianos, cuando leían este texto a la luz de los 
acontecimientos que habían vivido, inmediatamente lo aplicaban a Jesús, el Verbo, la Palabra que revela al 
Padre y cumple la voluntad divina. Jesús, es la sabiduría hecha persona. Es el Hijo de Dios que hecho hombre 
fijó su morada en este mundo. 

2. y siguiendo este tema, pero desde la perspectiva del Nuevo Testamento, san Pablo inicia su carta a los 
Efesios, agradeciendo a Dios Padre la obra de la salvación, realizada por medio de la Encarnación del·Hijo. 

Estas palabras de la Carta de san Pablo nos preparan para interpretar el Prólogo del cuarto Evangelio. 

3. En la primera parte de este Prólogo, una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento, muchos 
escrituristas ven un antiguo himno judío, posiblemente de la comunidad de Qumram, donde se alaba la 
sabiduría de Dios, que el Evangelista san Juan la personifica en el Hijo. 

Si bien este himno nos recuerda las primeras páginas de la Biblia, donde nos hablan de la creación, está 
mechado y actualizado por los comentarios que agrega el san Juan Evangelista. Se explicaría, entonces, no 
sólo la gran semejanza de ideas con la primera lectura sino también 
con las primeras páginas de la Sagrada Escritura. 

En la segunda parte de este Evangelio, vemos cómo san Juan sale en contra de aquellos cristianos que 
pensaban que Juan, el Bautista era el MesÍas. A ellos les aclara que el Bautista era el precursor, el que 
preparaba el camino, el que daba el testimonio de la luz, pero no era la Luz. 

¿Qué nos dice hoy, a nosotros esta página del Evangelio? 

Ante todo, nos dice que más allá de las apariencias, sepamos descubrir al verdadero Jesús, al Hijo de Dios 
encarnado, que camina entre nosotros. Y en segundo lugar, que también nosotros sepamos, como lo fue Juan 
Bautista, dar testimonio de la Luz sin pretender substituirla. 

Con toda esta riqueza de la Palabra de Dios, vemos entonces cómo la liturgia de hoy nos invita a recrear clima 
de silencio y recogimiento para que meditemos nuevamente el misterio de la Encarnación que celebramos el 
día de Navidad. Es decir, crear las condiciones en nuestro interior para escuchar la palabra de Dios. 

En este clima, Jesús volverá a nacer en nuestra alma y nos acompañará a lo largo de nuestra vida. 


Miércoles 06 de Enero de 2010
Solemnidad Epifanía del Señor
Ciclo C

Hoy estamos celebrando la Fiesta de Epifanía. 

Es la última fiesta que del tiempo de Navidad. Tanto es así que los italianos dicen: "Epifanía, 
tutte le feste porta vía" . 

Es decir, la fiesta de epifanía se lleva todas las fiestas. El término griego "epifanía" significa la manifestación. 

Pero si nos guiamos por la segunda lectura y del Evangelio, nos damos cuenta que se trata de la 
manifestación de Dios especialmente al mundo pagano, es decir al mundo no judío. 

Por eso hay que subrayar que hoy es la fiesta de la universalidad de la Iglesia. En otras palabras, "epifanía" 
significa entonces que todos los hombres, más allá de su raza, de su color y de su sexo, están llamados a 
participar activamente en la vida de la Iglesia. 

Vista desde esta perspectiva, podemos decir que la fiesta es una profecía que se cumplirá el día de 
Pentecostés, cuando el Espíritu Santo convocará a todos los hombres. 

Para comprender mejor esta idea es necesario tener presente el motivo por el cual el evangelista san Mateo 
recuerda a sus lectores este acontecimiento de la visita de los reyes magos. 

Cuando san Mateo escribe su Evangelio, allá por los años 80, la Iglesia, debido al trabajo misionero del 
apóstol san Pablo, ya estaba expandida por todo el mundo conocido, especialmennte en lo que es hoy 
Turquía, Grecia e Italia, especialmente en Roma, capital del imperio. 

Ante esta situación, los judíos de Palestina, convertidos al cristianismo, se preguntaban: 

¿La promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob no eran sólo para el pueblo judío? 

Y san Mateo que escribía para ellos, relata este acontecimiento de los reyes magos, explicando que vendrán 
de todo el mundo a adorar a Dios hecho hombre. 

Ahora bien: ¿Qué nos dice a nosotros, cristianos del siglo XXI, esta fiesta, que debido al paganismo reinante, 
perdió completamente su significado? 

1. En primer lugar nos llama a trabajar por que la universalidad de la Iglesia sea una realidad en el mundo de 
hoy. ¡Cuántos hombres y mujeres del mundo de hoy, todavía no conocen a Jesús! Y no sólo en lugares 
lejanos, sino también en nuestro barrio, en la provincia de Buenos Aiires, en Argentina. 

Esta realidad debería convertirnos en apóstoles, en misioneros: anunciar a Cristo, el Evangelio con nuestra 
palabra y con nuestra vida. 

2. Por otra parte, también nosotros deberemos estar atentos, como los reyes Magos, que vieron la estrella 
porque realmente buscaban a Dios y estaban abiertos a cualquier manifestación de su presencia. Y para 
encontrarlo no escatimaron sacrificios, 

Esperemos que no nos suceda a nosotros como a los escribas y los sumos sacerdotes que sabían cuándo y 
dónde debía nacer el Mesías y cuando llegó no lo descubrieron. 

3. Además, hoy nosotros tenemos que tener la misma actitud de los reyes magos que con el corazón abierto a 
Dios y llenos de generosidad entregaron sus dones. (Oro, incienso y mirra) . 

Hoy entreguemos lo mejor de nosotros mismos: amemos a Dios y a nuestro prójimo.


Domingo 10 de Enero de 2010
EL BAUTISMO DE JESÚS 
Ciclo "C"

Lc 3,15-16.21-22 (Lecturas: Is 40,1-5.9-11 y Tit 2,11-14;3,4-7)
Presentación de Jesús a la vida pública


Con este domingo, llamado "El Bautismo de Jesús" acaban las fiestas de Navidad y concluye también el tiempo de Navidad y comienza el tiempo "Durante el año" que se interrumpirá para iniciar la cuaresma.
Hoy Jesús hace su aparición en público. Es su presentación en sociedad. Inicia su predicación.
Este acontecimiento, en la catequesis de la Iglesia primitiva, fue siempre considerado de gran importancia teológica, -- una verdadera teofanía --, en la que se destacan dos hechos muy importantes:
-- La voz del cielo (la voz del Padre), que presenta al mundo a su Hijo, diciendo aquí está, él es el Mesías prometido. No esperen a otro. Es éste, el que acaba de entrar en el río y recibir el bautismo.
-- El otro hecho, es la manifestación del Espíritu Santo, en forma de paloma, confirmando con su presencia, las palabras del Padre.
Vemos así que al inicio de la predicación toma parte la Santísima Trinidad: El Padre, la voz; El Hijo hecho hombre, en el río, recibiendo el bautismo y el Espíritu Santo, la paloma.
Teniendo presente este contexto, comprendemos el valor teológico de este acontecimiento de la vida de Jesús. Además aclara, especialmente a los primeros cristianos, el rol y la función de Juan Bautista. Es sólo el Precursor, el que señala con el dedo la presencia del Mesías, pero queda claro que no es el Mesías. Acaba así una polémica existente entre los primeros cristianos, ya que algunos sostenían que Juan el Bautista era el Mesías.
Por otra parte, este hecho destaca, desde el inicio mismo de su vida pública, la humildad de Jesús: No sólo se hizo hombre, sino que, sin necesitarlo, acepta el bautismo, para compartir con nosotros todas las situaciones de la vida. Este gesto de Jesús nos deja un mensaje claro: Dios se acerca a nosotros y nos invita a la humildad y a la penitencia para entrar en su Reino. Nos indica el camino que deberemos recorrer para ser semejantes al Maestro. Por todo esto, la fiesta de hoy nos transmite claramente dos mensajes:
1. Jesús es el único Salvador. La salvación de la humanidad está en Él, en sus enseñanzas, en las Iglesia. Quien predique una doctrina diferente, es un falso Mesías... las sectas, por ejemplo.
2. Hoy vemos cómo se concretiza el Mensaje de Navidad, (Dios-con-nosotros). Jesús, después de años de silencio pasados en Nazaret, abre el diálogo directo con el hombre (Palabras y milagros%  


Domingo 17 de Enero de 2010
Primer Domingo durante el Año
Ciclo C
Jn 2,1-11 (Lecturas: Is 62,1-5 y 1Cor 12,4-11) 

                                                              Había una boda en Caná de Galilea...  
 

El tiempo litúrgico que estamos recorriendo nos ofrece semanalmente temas diferentes de la catequesis específica de la Iglesia a partir de las lecturas bíblicas escogidas. Tratemos de comprender el significado de cada una de ellas y aprovecharlas para enriquecernos espiritualmente.
La primera lectura está tomada del profeta Isaías. La metáfora central es la misma del Evangelio: la boda, la alegría del encuentro del esposo con la esposa. Isaías no es un profeta idealista. Es un hombre que entiende la miseria humana y el dolor. Por eso entendía la situación de desesperanza del pueblo llegado del destierro ante las ruinas de Jerusalén y del Templo. Pero sabe también que su pueblo, a pesar de las miserias humanas y espirituales, es el Pueblo de Dios. Por eso lo exhorta a que se aproxime a Dios que los ama. Por eso, tomemos este texto como un verdadero canto de esperanza: más allá de nuestros pecados está la misericordia de Dios, que siempre nos tiende una mano parta levantarnos y ayudarnos a caminar. Quizás pocas veces nos detenemos a meditar el inmenso amor que Dios manifestó por su pueblo. De esa misma manera, Dios ama a su Iglesia y cada uno de nosotros en particular.
Por su parte, la segunda lectura es un estupendo párrafo sobre la convivencia social: Pablo afirma que la auténtica comunidad cristiana es aquella que se construye con la participación de todos. Cada uno construye con lo mejor que posee; pero sin que lo aportado cree una situación de privilegio ya que en Jesús todos somos hermanos y corresponsables de la vida de nuestro prójimo. Grabemos profundamente en nuestro espíritu estas pautas de vida que deberían regir toda las relaciones humanas asumiendo que las obras de Dios se edifican con el aporte de cada cristiano. Somos un cuerpo. El cuerpo místico de Cristo. Permanezcamos unidos, compartiendo nuestros dones con espontaneidad, con generosidad, con sencillez.
También el Evangelio de hoy nos presenta muchos aspectos para nuestra reflexión. Vimos en el relato que Jesús, después de haber reivindicado su independencia de todo vínculo humano, aún el de su Madre, no se limita a conseguir vino de cualquier calidad, sino que transforma el agua destinada a las purificaciones, en un vino óptimo. De esta manera se quiere indicar que desde este momento, Jesús, sustituyendo definitivamente la Antigua Alianza, es el único camino para la salvación. Y la preocupación del evangelista en señalar la enorme cantidad de agua cambiada en vino, significa la superioridad de la nueva Alianza sobre la Antigua.
Todos estos elementos simbólicos deberían llevarnos a una reflexión muy sencilla, pero a la vez fundamental para nuestra vida cristiana: comprender la novedad del anuncio de Cristo, -- es un vino nuevo -- que nos llama a vivir intensamente nuestro compromiso cristiano. Jesús se manifiesta con signos que no comprenderemos si nuestros ojos y nuestra mente no están iluminados por la fe. Para la Virgen María fue claro que Jesús podía cambiar la situación, porque ella creía en el Señor. Por eso no dudó en indicarles a los servidores que hagan lo que Jesús les indicaba. Y el milagro fue una realidad.


Domingo 24 de Enero de 2010
3° DOMINGO DURANTE EL AÑO
 Ciclo "C"
Lc 1,1-4.4,14-21 (Lecturas: Ne 8,2-6.8-10 y 1Cor 12,12-14.17) - 


Anunciar la palabra de Dios

Leyendo la primera lectura y el Evangelio de hoy, descubrimos que uno los temas de este domingo 
es la importancia del anuncio de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia.
La primera lectura, tomada del Libro de Esdras – Nehemías, nos pone en clima. Describe el reencuentro del Pueblo de Israel, recién llegados del Exilio, con los textos la Ley. Para comprender el profundo significado de este hallazgo, recordemos que la Ley para los judíos es nada menos que la revelación de la voluntad de Dios. Por eso el pueblo, al aceptar los mandamientos y al reafirmar la Alianza, responde: ¡Amén! Es decir, está de acuerdo con lo leído y también a cumplirlo. Por lo tanto, la alegría nos es sólo por haber desenterrado de las ruinas del Templo los rollos de la Ley, sino por haberse re-encontrado con Dios dentro de la Ley. Es la alegría de estar en el camino correcto, en el camino de la reconciliación, en la dirección justa. Y éste es precisamente, el sentido de la Escritura: es un encuentro con Dios y un encontrarnos con nosotros mismos.
El Evangelio retoma, desde otra perspectiva, el mismo tema, al presentarnos la misión fundamental de la vida pública de Jesús: la de anunciar la palabra de Dios, la Buena Nueva... San Lucas lo presenta recorriendo Palestina y acudiendo habitualmente a la sinagoga de Nazaret donde comenzó a predicar y a hacerse conocer. Allí se reunían sus conciudadanos para escuchar y comentar las Escrituras. Era el lugar del encuentro con la Palabra y con la comunidad. Jesús, como buen judío, permaneció fiel a esta tradición hasta que llegó el momento en que los escribas y fariseos, con su acoso, lo obligaron a retirarse de esos lugares y comenzar a predicar en las plazas y en espacios abiertos.
Así, dándonos a conocer al Padre y demostrándonos con milagros su verdadera identidad de Hijo Dios hecho hombre, Jesús se manifiesta el evangelizador por excelencia que, como experto sembrador, esparce la semilla de la Palabra para que germine y dé frutos abundantes, dejándonos con su actitud al menos dos enseñanzas que deben calar profundamente en nuestro espíritu:
La primera, a partir de su afirmación: "Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír". Con estas palabras nos revela que Él no es la anulación de la Ley y los Profetas sino la continuación y el cumplimiento. Es el final de la espera y la llegada del Mesías prometido... y la otra lección que debemos recoger es la necesidad que tenemos de seguir su ejemplo comprometiéndonos en el anuncio de la Palabra. Es un viejo tema. Pero no olvidemos que la Iglesia primitiva tuvo gran conciencia de ese servicio que Jesús le había encomendado. Así lo avala el libro de los Hechos de los Apóstoles con un testimonio muy claro: los apóstoles no querían someter esa función a ningún otro acondicionamiento. Por eso, cuando prestación de la caridad les quitaba demasiado tiempo, instituyeron el Diaconado, para quedar libres para anunciar la Palabra de Dios.
Hoy nosotros, como sacerdotes y laicos, debemos hacerse cargo de esa tarea con coraje, con valentía para que nos sirva de oración, de examen de conciencia, de consuelo y de alegría, porque en ella nos encontramos con el Verbo, la Palabra que habitó entre nosotros.


Domingo 31 de Enero de 2010
DOMINGO 4° DURANTE EL AÑO 
Ciclo "C"
Lc 4,21-30 (Lecturas: Jer 1,4-5.17-19 y 1Cor 12,31-13,13) 

Hablar en nombre de Dios, interpretando los acontecimientos

Todo el Antiguo Testamento está marcado por el profetismo y la figura de los profetas. Con ellos condujo Dios a su pueblo. Hombres elegidos de acuerdo a las necesidades y las situaciones históricas de su pueblo...
Hoy la liturgia nos recuerda la elección de Jeremías para marcarnos las características esenciales de sus vidas y de su misión. Antes que nada, destaquemos que siempre es Dios quien los elige en un tiempo determinado para que lleve a cabo una misión concreta. Nadie asume ese rol espontáneamente y por propia iniciativa. Todo lo contrario, generalmente la persona escogida trata de huir, escapar al llamado, simplemente, porque tiene miedo a las consecuencias. El hombre elegido intuye que cuando Dios lo escoge, queda atrapado para siempre.
Aclaremos también que el profeta no es, como muchas veces se puede pensar, un vidente, alguien que predice el futuro. En realidad, el término griego “profeta”, significa etimológicamente, “el que habla en nombre de otro”. Luego, los profetas son elegidos por Dios, para que hablen en su nombre e interpreten desde una perspectiva divina, los acontecimientos que están sucediendo. Así lo hicieron Elías, Eliseo, Isaías, Jeremías y tantos otros... hasta llegó Juan Bautista quien también reunía esas características.
Jesús, el profeta por excelencia, llevó a cabo su misión con sus palabras y con sus milagros. Dos maneras distintas de mostrarnos el único camino que conduce a la salvación. La evangelización de Jesús se hizo realidad en la Iglesia, esa pequeña comunidad que lo siguió y permaneció fiel aún después de su muerte. Esa Iglesia inmortalizó por escrito las enseñanzas del Maestro en los libros de Nuevo Testamento. Por ella sabemos que Cristo es la Palabra misma. "Y el Verbo se hizo carne", escribió uno de sus testigos privilegiados.
Todo este anuncio iniciado en el Antiguo Testamento y echo realidad en Jesús, continúa hoy en la Iglesia, que nos llama a la salvación y que tiene también sus profetas para que interpreten los acontecimientos con la mirada de Dios. La lista es inmensa. Dejando afuera a los santos Padres de los primeros cinco siglos, citemos, por ejemplo, san Benito, que inicia la vida monástica, en términos diferentes, poniendo el acento en la vida común, en el trabajo y en la oración; a Francisco de Asís, que revaloriza el espíritu de pobreza. A Teresa de Ávila, a Juan de la Cruz, a Ignacio de Loyola, a Teresita, a Don Bosco, a Don Alberione, ese humilde y desconocido sacerdote italiano que proféticamente vio en los medios de comunicación social, un camino nuevo y eficaz para anunciar el Evangelio, al Papa Juan, que abre las ventanas de la Iglesia para entre un aire renovador y a tantos otros que ustedes seguramente recuerdan. Todos ellos, hombres de Dios, elegidos por Él para que hablen en su nombre.
Hombres que muchas veces se sintieron solos, desprotegidos, calumniados, desterrados, como el profetas Jeremías que murió en Egipto. La vida de los profetas nunca fue fácil. Conocemos la vida de los del A. Testamento, la de Cristo y la de muchos otros profetas de todos los tiempos que perdieron sus vidas por denunciar vicios, pecados, injusticias, interpretar la recta doctrina o remar contra corriente. Pero, si bien sus vidas no fueron fáciles, recordemos que su consuelo y su premio es Dios mismo. ¡Y eso sí vale la pena!


Domingo 07 de Febrero de 2010
DOMINGO 5° DURANTE EL AÑO
Ciclo "C"

Lc 5,1-11 (Lecturas: Is 6,1-8 y 1Cor 15,3-8-8.11 5|  

Vocación y servicio

Un tema muy actual que nos ofrece la liturgia de la palabra de este domingo en sus tres lecturas, es la llamada de algunos hombres al servicio de Dios o a ejercer su ministerio. Para comprender mejor el tema, es oportuno verlo desde estas tres perspectivas: La llamada en sí misma, la indignidad de los llamados y la misión que se les confía.
En primer lugar, preguntémonos, ¿qué es una llamada? Cuando respondemos a esta pregunta vemos que es Dios que sale al encuentro de una persona. Es el caso de Isaías, en la primera lectura. Lo mismo sucederá con Pablo, en la segunda y también en el Evangelio, cuando Jesús se revela con un milagro espectacular como Hijo de Dios a Pedro y sus compañeros. Sólo después de esa presencia inconfundible de la Divinidad, sigue la convocatoria.
Esto ya nos lleva al primer tema: una manifestación de Dios, por sí sola, no es todavía una vocación. Para que exista una vocación, además del encuentro personal con Dios, con una experiencia inconfundible, se necesita la llamada propiamente dicha. Dios convoca por medio de hombres y lo confirma por medio de hombres. Recordemos, por ejemplo, que san Pablo fue convocado por Ananías...
La indignidad de la persona es el segundo tema. Ése encuentro íntimo y personal con Dios nos permite experimentar que existe una distancia tremenda entre Él y nosotros. Quien no la advierte, probablemente no es un llamado. Y esto debería ser un buen criterio para discernir las vocaciones al servicio de Dios.
Tengamos presente también que Dios, con su gracia eficaz y por medio del confesor y del director espiritual, va aclarando al elegido su voluntad de convocarlo a su servicio. Dios no permite la duda constante. Su voluntad se manifiesta con las gracias que le regala y que lo conducen a una serena y feliz aceptación de la misión encomendada. La alegría interior que sienten los llamados, es como la confirmación de la vocación.
La tercera idea: Dios llama a los hombres para encomendarles una misión específica. A Isaías, a Pedro y a Pablo les confía una misión concreta. Esta misión o servicio, tiene también tres aspectos muy definidos:
a). El ministerio o servicio sacerdotal en la Iglesia: Un llamado a predicar la Palabra de Dios, a administrar los sacramentos, a dirigir espiritualmente a los miembros de la comunidad, 
para conducirlos a la santificación y a la salvación.
b). El ministerio sacerdotal no es el único motivo de elección en la Iglesia. Los bautizados están llamados a colaborar en el crecimiento de la Iglesia de acuerdo a sus carismas personales. Aquí entra la vida religiosa. Esas mujeres y hombres que, sin ser sacerdotes, consagran su vida al prójimo en la caridad, en la educación, en los medios de comunicación social, en la vida contemplativa. Todas personas convocadas para una misión concreta al servicio de las Iglesia.
c). Dentro de los llamados, están también los laicos comprometidos en servicios a la comunidad de todo tipo. Desde quienes se ocupan en auxiliar a los pobres, a los que dedican su tiempo a la catequesis o participan activamente en las organizaciones parroquiales. Además, a los laicos está encomendado el servicio al mundo.
Luego, el llamado es para todos y la respuesta depende de cada uno de nosotros.


Domingo 14 de Febrero de 2010
6° domingo durante el año
Ciclo "C"

Lc 6,17.20-26 (Lecturas:Jer 17,5-8 y 1Cor 15,12.16-20) - 
 
Como árbol plantado al lado del río

El ser humano cuando entra en sí mismo y descubre en su interior que en realidad es una pobre criatura, llena de limitaciones, puede abandonarse a la misericordia y a la providencia de Dios o confiar en sus fuerzas, en sus riquezas o en las cosas terrenales y tratar asegurarse el futuro de cualquier manera.
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, alude una premonición del profeta contra el rey Sedecías que frente a las amenazas del rey de Babilonia, confía en los hombres y no en Dios. En concreto, Sedecías descansa en la ayuda de los egipcios con quienes había sellado una alianza. El final de la historia lo conocemos, los egipcios fueron aniquilados por los babilonios antes que lleguen a Jerusalén y los judíos deportados a Babilonia.
El mensaje teológico es transparente: el que espera en el hombre, en sus fuerzas es como un árbol plantado en el desierto. Allí morirá, después de muchos sufrimientos y sin dar frutos. En cambio, el que confía en Dios se parece a un árbol plantado al borde del río: crecerá frondoso y dará muchos frutos.
El Evangelio de san Lucas, con otras palabras y desde otra perspectiva, confirma y aclara aún más las enseñanzas de la primera lectura: los pobres, los que tienen hambre y sed, los que lloran y se abren al anuncio de Jesús, confiando en su salvación, serán recompensados.
Para comprender mejor estas afirmaciones, recordemos que cuando san Lucas escribía esta página del Evangelio, tenía presente la teología del A. Testamento. Los pobres en el A. Testamento, gozaban de una protección particular de Dios. Privados del apoyo humano, oprimidos por los poderosos de turno, ponían su confianza y seguridad personal sólo en Dios. En esos tiempos, eran impensables leyes humanitarias que protegieran a los débiles. Los dueños del poder siempre tenían razón... Precisamente, porque privados de los bienes de la tierra, hambrientos, afligidos, despreciados, esperaban ansiosos el inicio del Reino de Dios con la llegada del Mesías y así poder vivir serenamente. Pero esta salvación, tanto para los pobres como para los ricos, no se concretizará si no hay una apertura del alma al mensaje salvador de Jesús, que nos invita a creer en su presencia salvadora. Si no aceptamos que Cristo resucitado es nuestra esperanza y que su mensaje es un anuncio de amor, de solidaridad, de compasión y de justicia no perteneceremos al Reino de Dios. La diferencia no es ser pobre o rico, sino confiar o no plenamente en Dios.
La cuarta bienaventuranza, referida a los perseguidos, refleja la situación dolorosa de la Iglesia alrededor de los años ochenta. Ante esta situación trágica, san Lucas evoca las palabras de Jesús: Los discípulos del Señor Resucitado, perseguidos a causa de su nombre, no tienen que desesperar. Al final resucitarán con Él. A esa esperanza nos invita también la segunda lectura, donde Pablo recuerda a algunos miembros de la comunidad de Corinto que dudaban de la resurrección de los muertos, que si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Hoy mientras pedimos que el Señor aumente nuestra fe, pidámosle también crecer al borde del río de la gracia...


Domingo 21 de Febrero de 2010
1er DOMINGO DE CUARESMA 
Ciclo "C"

Lc 4,1-13 (Lecturas: Deut 26,4-10 y Rom 10,8-13) 

El camino de la cruz, el único camino de salvación

Estamos al inicio de la cuaresma. Un tiempo de cambio y tiempo de transformación interior. Un tiempo de búsqueda sincera de Dios, del camino de la salvación, para encontrarnos con Cristo Resucitado, transformados, limpios, convertidos.
Para el comienzo de este tiempo, la liturgia de la palabra nos ofrece un episodio de la vida de Jesús que transcurrió en el desierto, en la soledad, preparándose para iniciar su vida pública. En esa situación se siente tentado. El tentador le presenta varias alternativas -- equivocadas-- para llevar a cabo el plan salvífico encomendado por el Padre.
Le aconseja caminos más fáciles. Lo invita a seguir el camino del éxito espectacular, sin sufrimiento, sin cruz:
Primero le propone convertir las piedras en pan. Recordemos: Palestina en tiempos de Jesús era una tierra pobre, cuyos habitantes padecían hambre verdadera. Además, "dar de comer a los hambrientos" era uno de los signos mesiánicos, anunciados por los profetas. Por eso, lo que le proponía no era una idea descabellada. Tenía hasta fundamentos bíblicos. Jesús lo rechaza y los hechos le dieron la razón: multiplicó panes y pescados y, sin embargo, no le creyeron. Ese no era el camino del Padre.
La segunda tentación: el poder y la gloria. Tenía un buen fundamento social: el hombre es muy sensible ante los poderosos. En esa época los emperadores eran considerados divinos. Se les tributaba honores como verdaderos dioses. También esta era una buena manera para que lo reconocieran como Dios. Jesús la rechaza. Y en realidad, Jesús se mostró poderoso curando enfermos, calmando tempestades, resucitando a muertos y no por eso le creyeron. No era el camino adecuado...
Terceras tentación: La manifestación divina. Lo espectacular. La transformación en un super hombre. Caer del cielo en medio de la multitud. Tampoco era el camino. Los hechos le dieron la razón a Jesús. Una vez se transformó en presencia de los discípulos más íntimos y la respuesta fue "que bueno es permanecer aquí, felices y contentos..." Ni en ellos hubo una verdadera conversión. Sólo después de la muerte comprendieron el significado de esa transfiguración.
Jesús, rechazadas las tentaciones, queda confirmado en su decisión primera: La Encarnación. Continúa siendo "Jesús de Nazaret", sencillo, pobre, solidario con todos y anuncia la buena nueva invitando a todos los hombres a cambiar de mentalidad y de vida: Es necesario entablar una nueva relación con Dios, más sincera, más auténtica. Concretando este cambio en una relación más franca y solidaria con el hermano, con el prójimo. Realizó sí milagros apara avalar su predicación y manifestar su divinidad; pero no escogió el camino insinuado por el tentador para salvarnos sino que su compromiso con el Padre, con la verdad y con los hombres lo llevó a la cruz. Ése era el camino. Morir por la humanidad para cambiarla y transformarla.
Ese también es nuestro camino: retirarnos al desierto para orar y en la oración y en la meditación, aceptar serenamente el camino que nos conduce a la salvación. Necesitamos cambiar de mentalidad para cambiar de vida y morir a las pasiones para vivir en gracia.
Nuestro objetivo es llegar transformados a la Pascua para resucitar gloriosos con Cristo. A partir del desierto, a partir de las tentaciones superadas que nos invitan todos los días a seguir el camino más fácil.


Domingo 28 de Febrero de 2010
2°DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo  "C"

Lc 9,28-36 (Lecturas: Gn15,5-12. 17-18 y Filip 3,17-4.1) 
El escándalo de la cruz

La página del Evangelio de este segundo domingo de cuaresma relata la transfiguración del Señor. Es lo que se llama una verdadera teofanía, donde Jesús se muestra a sus amigos más íntimos como Dios. ¡Tal cual es!
Es importante comprender bien este episodio. Y para ello, hay que tener muy presente el contexto vivencial de las primeras comunidades cristianas compuesta por judíos convertidos y recordar también la idea judía respecto a los padecimientos: para ellos el dolor y el sufrimiento eran síntomas de algún pecado. Y a partir de esa convicción deducían que tanto la muerte de Jesús en la cruz como la condena de las autoridades religiosas podían interpretarse como un signo de la maldición de Dios, por ser pecador e infiel a la Alianza. 
Y tenían esa misma duda respecto a los primeros mártires...
Ante esta situación, las comunidades oraron intensamente, reflexionaron y encontraron la respuesta recordando y meditando el milagro de la transfiguración.
Las dudas comienzan a despejarse a partir de la conversación entre Jesús, 
Moisés y Elías respecto a su muerte próxima en Jerusalén.
El hecho que Jesús, transfigurado, hable con Moisés y Elías respecto a su Pasión, reveló a los cristianos que la Ley y los Profetas; es decir, toda la Escritura había anunciado y previsto la Pasión y la Muerte del Mesías y que no se trataba de un castigo o de un fracaso, sino del cumplimiento exacto de la voluntad del Padre: 
Ese era el plan salvífico de Dios y así, debía llevarse a cabo.
Por eso, la pasión y la muerte, es sí el momento más duro y doloroso de Jesús; pero también es el mayor testimonio de su amor. Es el gesto más sublime de su amor a los hombres. ¡Morir para salvarnos!
Y la luz que reciben de este episodio, les permite releer y comprender todo el Antiguo Testamento, en modo especial:
> Las profecías de Isaías. (El Siervo doliente, como imagen y figura de Cristo...)
> Las profecías de Jeremías. (Su vida misma se parece a la de Cristo...)
> El mismo sacrificio de Isaac, aunque no llegó a cumplirse, cobra su verdadero significado...
Con el pasar del tiempo, esta re-lectura y meditación del Antiguo Testamento originó las magníficas celebraciones litúrgicas de Semana Santa y de la Cuaresma que celebramos para prepararnos a la Pascua.
Además, comprendieron el significado del martirio y de los sufrimientos personales que soportaban por profesar la fe y vivir el cristianismo auténticamente: sufrir era compartir los dolores de Cristo. De esa manera, los sufrimientos personales también adquirían un significado salvífico.
Ante todo esto, preguntemos qué nos dice hoy este Evangelio a nosotros, cristianos del siglo veintiuno.
En primer lugar, nos permite ver la continuidad de la revelación: El Antiguo Testamento prepara la llegada de Cristo y nos ayuda a conocer mejor su mensaje. Por eso, no debemos excluirlo de nuestras lecturas y meditación. Nos da las pautas para interpretar mejor el Nuevo Testamento.
En segundo término, nos da una comprensión cabal del sufrimiento. Comprendemos el valor que tiene el sufrimiento en la redención y en la transformación espiritual de cada uno de nosotros. Querámoslo o no, el sufrimiento es el camino necesario para llegar a Dios. Por eso, saber sufrir y saber por qué se sufre, es entender la vida y entender el plan salvífico de Dios. ¡Con su sacrificio Jesús nos demuestra más que con sus palabras cuánto nos amó!
Y, por último, aunque cueste aceptarlo y más aún vivirlo, sin sacrificio, no hay redención.
Sin embargo, esto no significa que tenemos que ser masoquistas, que debemos buscar el sacrificio por el sacrificio mismo, sino aceptarlo serenamente cuando llega.
Vivamos esta cuaresma como la vivieron los cristianos de los primeros tiempos 
y cambiemos el mundo como lo cambiaron ellos.


Domingo 07 de Marzo de 2010
3er DOMINGO DE CUARESMA 
Ciclo "C"

Lc 13,1-9 (Lecturas: Ex 3,1-8.13-15 y 1Cor 10,1-6.10-12) -
 
Los castigos de Dios y la conversión

El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre varias ideas que para comprenderlas bien nos exigen un esfuerzo adicional, porque aparecen un poco deshilvanadas.
Comienza con la referencia de un hecho trágico: un motín de unos galileos en el Patio del Templo y la intervención rápida y sangrienta de la guardia romana apostada en el lugar que la sofoca allí mismo, violando el recinto sagrado, reservado estrictamente a los judíos y derramando sangre sobre el altar mismo de los sacrificios. Una profanación que los presentes no podían olvidar fácilmente.
Los que cuentan el episodio, esperan de Jesús una respuesta de solidaridad nacional y religiosa frente a la matanza de sus compatriotas y una condena de la ofensa hecha a Dios.
Pero Jesús no toma posición. Sabe que los galileos muertos en esa ocasión eran tan violentos como los romanos.
De esa manera, Jesús nos enseña que la violencia, de cualquier signo, no soluciona los problemas, sino que los agrava. La violencia es un camino sin salida. Y Jesús nos enseña que el único camino hacia la convivencia humana es la conversión. De ese cambio de mentalidad depende la supervivencia humana, la vida en común y las buenas relaciones con los hombres y especialmente con Dios. Para lograr la paz, a cualquier nivel, es necesario cambiar la escala de valores. Jesús para explicarnos esta idea nos regala una comparación: la higuera que no produce frutos. Es decir, un árbol, un hombre que ocupa un lugar en el mundo y en la vida sin preocuparse por ser útil a los demás, vive, vegeta, estorba y no se preocupa en cambiar su actitud. La higuera que no da frutos es la imagen del hombre sin ideales. Es una reflexión muy dura para nuestra vida; especialmente de personas adultas y maduras que no pueden quedar indiferentes ante los acontecimientos de la vida. La vida debe ser un compromiso cotidiano con Dios y con nuestros hermanos, ya que estamos en el mundo para mejorarlo. Pero no obstante la dureza de la comparación, encierra también un mensaje de esperanza: el viñador, Dios, nos ofrece siempre una nueva oportunidad.
> Dios espera y confía en nuestro cambio. Nos ama y apuesta por nosotros. Se juega por cada uno de nosotros.
> Podemos ser mejores. El cambio siempre es posible.
> Podemos tomar consciencia de nuestra responsabilidad en la vida y colaborar en la comunidad. Si cambiamos nosotros cambia la comunidad y cambia la Iglesia.
No pretendamos que cambien los otros, que los otros produzcan frutos, 
sino que hagámoslo nosotros. Y comencemos hoy.
La Cuaresma es un llamado al cambio. Es una invitación a nuestra creatividad para que encontremos caminos que nos conduzcan a la convivencia pacífica; a rechazar la violencia y a flexibilizar nuestras ideas. Es necesario que iniciemos un camino de reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Sólo si nos amamos y nos comprendemos, no habrá gestos violentos. Ni como el de los galileos y como ningún otro. 
Que nuestros frutos sean frutos de conversión y de paz.


Domingo 14 de Marzo de 2010
4° DOMINGO DE CUARESMA "C"

Lc 15,1-3,11-32 (Lecturas: Jos 5,9-12 y 2Cor 5,17-21) -
 
Volver a la casa del Padre

Hoy nos encontramos con una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento. San Lucas, el único evangelista que relata esta parábola que, --detalle más, detalle menos--, puede suceder en cualquier familia de nuestro barrio: un hijo se independiza y quiere vivir solo. De todas maneras, si bien se trata de un hijo que quiere emanciparse, el gran protagonista de la historia no es precisamente él, ni el hijo mayor, sino el Padre.
Son los escribas y fariseos quienes provocan a Jesús, acusándolo de ser demasiado benévolo y de recibir a pecadores y hasta nada menos que comer con ellos. Como respuesta, Jesús les relata esta parábola donde descuella la actuación de un Padre sorprendido por actitud de los dos hijos.
El Padre representa a Dios, el dueño de todas las riquezas, con un respeto ilimitado por las decisiones de sus hijos: los creó libres para que puedan decidir personalmente los caminos que desean transitar. Los ama pero no los retiene. Sufre con su partida, con sus elecciones equivocadas, pero sigue creyendo en ellos.
El hijo menor, representa a la persona humana. Es el hombre que, en búsqueda de su libertad, se equivoca y peca. Por ese mal uso de la libertad, este hijo representa a cada uno de nosotros; al pecador en general. No importa en este momento determinar con precisión cuáles son los pecados. Basta decir que es el hombre que se aleja de Dios porque piensa que Dios lo priva de su independencia. Se trata del hombre que después de sacrificar su herencia (la gracia, la vida divina), se hace esclavo de sus pasiones y de otros hombres, deshonrándose a sí mismo hasta llega cuidar cerdos... para la mentalidad judía, el animal más impuro de la tierra...
Pero ese hombre cambia. Toma consciencia de su esclavitud, se convence que Dios le reserva una vida mejor y, --arrepentido--, emprende el camino de regreso.
El hijo mayor, en primer término, representa a los escribas y fariseos, y, en general, a todas los individuos que creyéndose "santos" critican a Dios, al Padre y a todas las personas misericordiosas, solidarias que reciben, comprenden y perdonan a los pecadores.
En realidad, el comportamiento de los dos hijo destaca y resalta la actitud del Padre: destaca su amor y su misericordia.
> El hijo menor, al volver, descubre la ternura de su Padre que lo estaba esperando y al verlo, corre a su encuentro. Lo restablece en su dignidad y celebra el banquete de la reconciliación. Volver a casa significa volver a estar con el Padre, vivir con el Padre es vivir con Dios. Representa, en definitiva, el gozo de la vida eterna.
Leyendo al relato desde esta perspectiva, comprendemos fácilmente la invitación de la liturgia en este tiempo de cuaresma, a que tratemos de no alejarnos de la casa del Padre y si nos hemos ido, que volvamos rápidamente. Sabemos que Él nos está esperando.
> El relato tiene también un dato triste, muy feo. La actitud mezquina del hijo mayor. Ante esa actitud preguntémonos sinceramente: ¿Nunca tuvimos envidia porque Dios hace salir el sol sobre buenos y malos? En otras palabras, no nos entristecemos cuando a los que creemos pecadores les va mejor que a nosotros... Quizás sí. 
También de ese pecado pidamos perdón
Una reflexión más. En la parábola no aparece la figura de la madre. Es claro. Jesús no la podía poner porque si hubiera estado, el hijo no se habría ido... y otra sería la historia.
Pidámosle a María, nuestra Madre, que se quede siempre junto a nosotros y así 
no abandonaremos jamás la casa de nuestro Padre...


Domingo 21 de Marzo de 2010
5° DOMINGO DE CUARESMA 
 Ciclo “C”

Jn 8,1-11 (Lecturas: Is 43,16-21 y Filip 3,8-14) - 

¿Quién tira la primera piedra?

La página del Evangelio de hoy, nos cuestiona nuevamente con su dureza. Jesús está hablando serenamente ante personas que lo escuchan en silencio. Los escribas y fariseos rompen esa paz, y con pocas palabras, levantan un huracán: Odio a Jesús, desprecio por esa mujer que trajeron hasta allí. La tiran en tierra como si fuese un objeto. Sólo les sirve para tenderle una trampa al Maestro: quieren obligarlo a elegir entre la misericordia y la ley. Jesús calla. Reflexiona. Y ese silencio obliga a todos a meditar.
Para Jesús todo tiene importancia. Esa mujer, esos hombres y la ley. Respeta a la ley. Pero también sabe que no se trata de elegir entre la misericordia, la bondad y la ley. Ese es un falso dilema. Jesús se pregunta, cómo a partir de la ley, se puede cambiar esos corazones duros y anquilosados. Cuando la tensión llega al máximo, Jesús rompe el silencio parafraseando una norma de la ley que mandaba: "El testigo debe ser quien arroje la primera la piedra". La continuación del incidente ya la conocemos: se van...
Este episodio de la vida de Jesús nos llama a reflexionar sobre algunas ideas muy sencillas, pero muy duras a la vez. Nos invita a revisar nuestra actitud ante el error, ante el pecado ajeno. ¿Somos misericordiosos a partir de nuestra pobre realidad? ¿A veces condenamos inapelablemente a nuestro hermano y nosotros somos iguales o peores? Contra nuestro hermano clamamos justicia, para nosotros comprensión, perdón, misericordia. Jesús no niega el pecado de la mujer. Pero la perdona. Allí está la gran diferencia entre Él y los escribas, los fariseos y nosotros. En eso tenemos que imitar a Jesús: sin renunciar a proclamar la verdad, tener compasión del pecador. Ayudarlo a levantarse. Aceptar serenamente que todos somos hermanos en la debilidad. En el pecado. Si pensamos seriamente y nos examinamos con lealtad, no podemos tirar la primera piedra ni la última... 
Tendríamos que agachar la cabeza e irnos como los escribas y fariseos.
Pero este Evangelio nos invita también a ponernos en el lugar de la mujer: somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios. Necesitamos su perdón. Pero recordemos: el perdón, el sacramento de la reconciliación, no tiene eficacia sin un firme propósito de enmienda. Si no existe este serio propósito, tampoco es serio nuestro arrepentimiento. Quizás volvamos a pecar pensando en que volveremos a confesarnos. En este caso, no hay arrepentimiento y, por consiguiente, tampoco hay perdón... El sacramento de la reconciliación para que sea realmente eficaz, exige un cambio de mentalidad y un cambio de vida. De lo contrario, le estamos tomando el pelo a Dios y nos estamos engañando a nosotros mismos. Es oportuno en este momento, recordar nuevamente las palabras de san Pablo a los gálatas: “Deus nos irridetur!”. Es decir: nadie se burla de Dios.
Pidamos a María que nos ayude a perdonar y a aceptar nuestros errores para arrepentirnos seriamente. Si Dios nos bendice con estas gracias, la cuaresma habrá cumplido su objetivo: hemos cambiado y estamos mejor preparados para acompañar a Jesús en su Pasión y en su Resurrección.


Domingo 28 de Marzo de 2010

DOMINGO DE RAMOS 

La liturgia de la palabra del Domingo de Ramos está centrada 
en la meditación de la historia de la Pasión del Señor. 

Hoy deberíamos hacer un esfuerzo para unimos a esa historia, que los cristianos, con amor y devooción, han venido recordando con agracecimiento por la lección de amor que Jesús nos ha dado. Al fm y al cabo, aprender a sufrir es una de las vivencias más importantes del cristiano. 

Toda la historia de la Pasión está ambientada por las dos primeras lecturas que nos ayudan a comprender y amar mejor el gesto de Jesús que, dócilmente, se entrega a los verdugos para que cumplan la sentencia de Pilato. 

En efecto, la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos dispuso espiritualmente a esa dolorosa historia: Isaías algunos siglos antes que suceda, anuncia lo que tendrá que padecer el Mesías. Cuanndo Isaías escribe parece que está viendo lo que padeció Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar para liberamos del pecado. 

La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos, escrita unos cincuenta años después de los hechos, contiene un himno que canta la humildad de Jesús. Escuchamos en esas palabras el amor y el agradecimiento de los primeros cristianos a su Maestro. 

Estos cristianos, en lugar de sentirse humillados por la muerte violenta de Jesús, se sienten iluminados por la Pasión-Resurrección del Señor. 

El evangelio relata, como hemos escuchado la historia de la Pasión. Es la historia más larga y completa del Evangelio. ¿Por qué es así tan unitaria y tan clara? ¿Qué se propone el narrador? 

La respuesta es una idea que ya hemos reflexionado en el segundo domingo de Cuaresma, cuando meditamos el relato de la transfiguración del Señor: a los primeros cristianos les preocupaba saber si la condena y la muerte de Jesús era no sólo un rechaazo de las autoridades nacionales, sino que había sido también abandonado por Dios. En otras palabras, ¿la cruz era o no un signo de maldición? 

Ante este interrogante, vital para los cristianos, la reflexión teológica de las primeras comunidades, guiadas por el Epíritu Santo, se centró en el recuerdo de los hechos que sucedieron y en las palabras de los profetas que los habían anunciado. Por eso los recuerdan escuetamente, sin comenterios, dejando que cada uno se admire del amor que Dios manifestó a los hombres entregando a su Hijo para que muriera en la Cruz. 

Allí descubrieron que la Pasión de Jesús no era algo inesperado o una sorpresa, sino la consecuencia de su obediencia al Padre y su amor infinito por los hombres. ," 

Hoy tratemos de meditar y revivir este gesto de amor de Cristo. 

En primer lugar, Jesús nos enseña a ser fieles a nuestras convicciones, aunque nos pueda costar la vida. El martirio, fisico o espiritual, es siempre una posibilidad a la que está abierta la vida cristiana. 

Por otra parte, Jesús nos ha enseñado con su ejemplo a asumir el sufrimiento proveniente de nuesstra fidelidad, como un sufrimiento redentor. Sufrir por quien se ama es el mayor gesto de amor. 


Domingo 11 de Abril de 2010
2°DOMINGO DE PASCUA "C"

Jn 20,19-31 (Lecturas: hech 5,12-16 y Apoc 1,9-11.12-13.17-19)
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Los frutos de la Pascua
Pasaron siete días de la Pascua y en la liturgia continúa resonando el eco de ese extraordinario acontecimiento. En realidad, lo escucharemos durante los cincuenta días que preceden a la fiesta de Pentecostés. En cada domingo del tiempo de Pascua, viviremos desde una perspectiva diferente, la alegría de la victoria de Cristo sobre la muerte.
Hoy, con los acontecimientos aún frescos (parece que celebramos la Pascua ayer), la liturgia de la palabra nos invita a considerar los frutos del acontecimiento pascual. Y esto lo vemos claramente en las lecturas:
La primera, tomada de los hechos de los apóstoles, subraya la vida en común: la Iglesia de los primeros tiempos, se reunía en la casa de algunos creyentes, --en el Cenáculo, probablemente--, para la fracción del pan. Es decir, celebraban la eucaristía y, además, trataban de compartir los bienes materiales con los más necesitados.
Todas estas actitudes tenían como fundamento, lo que san Juan escribe en su primera carta, y que leímos hoy: Allí nos dice que el que no ama, no conoce el amor de Dios. Ese amor al hermano tiene que manifestarse en hechos concretos: algunos de esos gestos son precisamente, orar juntos y compartir los bienes.
La página del Evangelio, con sus dos apariciones de Cristo resucitado, nos pone nuevamente en clima pascual. Y nos asegura que uno de los frutos y seguramente el más importante de la Resurrección del Señor, es la reconciliación con Dios. Hoy Jesús se reconcilia, primero con los apóstoles apareciémdoseles y llevándoles la paz y luego con Tomás.
Jesús resucitado transmite ese poder a los apóstoles y a sus sucesores: No hay palabras para definir el contenido de ese poder: reconciliar, absolver, perdonar, cancelar, borrar los pecados para siempre... Para que eso fuera posible, Cristo tuvo que morir y resucitar.
Pero este magnífico don, este magnífico regalo, no es posible sin la fe. Ese es el mensaje de la segunda aparición y el diálogo con Tomás, el incrédulo, que con su profesión de fe, representa a toda la Iglesia y cada uno de nosotros que no tuvimos la gracia de ver a Cristo resucitado con nuestros ojos.
Por todo eso, el mensaje de la liturgia de la palabra de hoy nos toca muy de cerca y nos invita a cuestionar nuestra vida. Preguntémonos entonces:
¿Sabemos vivir, rezar y compartir como una comunidad parroquial amalgamada, unida por el amor o nuestras relaciones personales están viciadas por el individualismo y el egoísmo?
Preguntemos también, cómo es nuestra fe en la resurrección del Señor. Para evaluar esta fe, basta que nos preguntemos si estamos demasiado apegados a las cosas terrenales o no.
Finalmente, preguntémonos si vivimos reconciliados con Dios o por falta de fe o confianza en su misericordia y perdón, pensamos que basta cumplir rutinariamente con la vida litúrgica de la parroquia.


Domingo 18 de Abril de 2010
3er DOMINGO DE PASCUA
Ciclo C

Jn 21,1-19(Lecturas: Hech 5,27-32.40-41 y Apoc 5,11-14) – 

A orillas del lago
Hoy Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos. Esta vez, a orillas del lago de Tiberíades. Algunas circunstancias que rodean este acontecimiento son muy sugestivas y nos invitan a profundizarlas 
para sacarles provecho para nuestra vida espiritual.
Lo primero que sorprende es el regreso de Pedro y sus compañeros a pescar; a su antiguo trabajo. Esta actitud nos permite deducir que tanto Pedro como sus compañeros, consideraban en ese momento, que la aventura de Jesús había terminado. Y terminado mal. Con la muerte del Maestro al que habían seguido y admirado durante más de tres años;
su fe y su confianza en Él habían quedado sepultadas aquel viernes, vísperas de Pascua.
Si bien no hay desesperación, hay sí resignación en la afirmación de Pedro "voy a pescar..."
Pero Jesús no abandona a quienes ha elegido. Los va a buscar en su lugar de trabajo y se les aparece después del fracaso de una noche... Por sugerencia suya, concretizan un éxito espectacular: 
153 pescados grandes, los chiquitos nos se cuentan...
La segunda circunstancia que nos llama la atención, es la lucidez de Juan. Es el primero en advertir la presencia del maestro. Su lucidez es fruto seguramente del amor y de la pureza. (Ya Jesús había dicho, "Bienaventurados los de corazón puro porque verán a Dios"). Juan comprendió que era Jesús resucitado: es que Jesús resucitado no era el mismo Jesús de Nazaret, en su presentación humana, en su caminar, en su manera de hablar, pero sin embargo era el mismo. Hoy nosotros no podemos explicar esas diferencias, pero la fe de Juan y sus compañeros, les permite estar seguros que están en la presencia del Maestro y que esa comida, es una comida diferente. En realidad, es una Eucaristía, donde se alimentaron para reanudar su vida apostólica...
La triple interrogación a Pedro se contrapone a la triple negación del viernes antes de la Pascua. Pedro, el Pastor de los Pastores de la Iglesia, es perdonado. Además, es la reivindicación de Pedro ante la comunidad cristiana que recordaba estos acontecimientos con amor y respeto por Pedro, Jefe de la Iglesia.
Jesús, después de interrogarlo, le ordena apacentar a su Iglesia y con ello, nos ordena obedecerlo. Obedecer significa acogernos libre y conscientemente a tal jefe, no por porque sea perfecto, sino porque desempeña una función de autoridad y de servicio encomendada por Cristo y es el portador 
de la asistencia divina dentro de la comunidad cristiana.
Teniendo presente estas tres circunstancias, es conveniente que recordemos para nuestra vida las enseñanzas que surgen de esta página del Evangelio:
-- Jesús, a pesar de nuestros desaciertos y de nuestras faltas de fe y amor, no nos abandona. Va a buscarnos una y otra vez donde estemos: allí donde desarrollamos nuestra actividad diaria. 
Se nos manifiesta y nos invita a caminar tras sus huellas...
-- Lo descubriremos si mantenemos lúcida nuestra mente, limpios nuestros ojos y nuestro corazón.
-- Y a pesar de nuestras negaciones y nuestras cobardías nos perdonará. Sólo nos preguntará si lo amamos y, como a Pedro, siempre nos ayudará a volver a comenzar.


Domingo 25 de Abril de 2010
Domingo 4º de Pascua 
Ciclo C

Jn 10,27-30 (Lecturas: Hech 13.14,43-52 y Apoc 7,9.14-17) 

Siguiendo al Pastor

La idea central de la liturgia de la Palabra de este cuarto domingo de Pascua, todos los años está sacada y fundamentada en el capítulo 10º del Evangelio de san Juan, donde se relata la parábola o alegoría del Buen Pastor. De paso anotemos que exclusiva de este Evangelista.
Una parábola cuyo mensaje para la mayoría de los lectores de las grandes ciudades de nuestro tiempo no resulta muy evidente. Aún más, el hecho de comparar a los bautizados como un rebaño puede causar cierto disgusto, especialmente a la juventud, defensora a ultranza de su libertad. Sucede que habitualmente estos lectores no conocen demasiado la vida agrícola ganadera y por lo tanto, no siempre pueden captar el profundo significado 
que existe entre la relación rebaño - pastor.
Sin embargo, para los que escuchaban a Jesús, la situación es totalmente diferente. Era un pueblo de pastores. Abraham era pastor y vivía entre los animales; lo mismo sucede con Isaac y Jacob. También cuando el pueblo de Israel se estableció en la tierra prometida y se asentaron en ciudades amuralladas, los pastores seguían viviendo con su rebaño y continuaban siendo el prototipo del hombre laborioso. Lo que sucede todavía en algunos pueblos europeos donde el subdesarrollo es más palpable...
Partiendo de la profunda relación que existe entre el pastor y el rebaño, tratemos de comprender esta parábola. El pastor es quien siente como están los animales, conoce sus cualidades y deficiencias, llama a las ovejas por sus nombres, se siente su protector y su guía y ellas responden a su llamado. Cambiemos los términos. Ese pastor es Jesús y el rebaño su Iglesia; luego, conoce a sus miembros con sus virtudes y pecados, etc... y lo redime con su muerte en la cruz. Es un Pastor que ama intensamente a su grey ya que dio su vida por ella. 
Y así entramos nuevamente en el misterio pascual...
Pero hoy Jesús ya no está presente de una manera visible en medio de la Iglesia, esa comunidad que camina en el mundo hacia el encuentro del Padre. De alguna manera, nos dejó huérfanos con su ascensión a los cielos. No obstante está presente y vive en los Pastores que Él eligió y consagró para que sean sus representantes. Está en el Papa, los Obispos, los sacerdotes que enseñan, educan y santifican por medio de los sacramentos al Pueblo de Dios. Lamentablemente no son muchos los que escuchan el llamado del Pastor para continuar su obra redentora.
Hoy, mientras recordamos y meditamos esta parábola, acompañada y aclarada también por la primera lectura, donde las figuras de Pablo y Bernabé nos indican el modelo de los discípulos evangelizadores, pidamos al Pastor resucitado que no abandone a su grey y que continúe enviando buenos pastores a su Iglesia, para que mediante la palabra y el testimonio cotidiano la conduzca a las verdes praderas de la gloria eterna.



 

 

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Última modificación: 23 de Abril de 2010