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El tiempo litúrgico que estamos recorriendo nos ofrece
semanalmente temas diferentes de la catequesis específica de la
Iglesia a partir de las lecturas bíblicas escogidas. Tratemos de
comprender el significado de cada una de ellas y aprovecharlas para
enriquecernos espiritualmente.
La primera lectura está tomada del profeta Isaías. La metáfora
central es la misma del Evangelio: la boda, la alegría del
encuentro del esposo con la esposa. Isaías no es un profeta
idealista. Es un hombre que entiende la miseria humana y el dolor.
Por eso entendía la situación de desesperanza del pueblo llegado
del destierro ante las ruinas de Jerusalén y del Templo. Pero sabe
también que su pueblo, a pesar de las miserias humanas y
espirituales, es el Pueblo de Dios. Por eso lo exhorta a que se
aproxime a Dios que los ama. Por eso, tomemos este texto como un
verdadero canto de esperanza: más allá de nuestros pecados está
la misericordia de Dios, que siempre nos tiende una mano parta
levantarnos y ayudarnos a caminar. Quizás pocas veces nos detenemos
a meditar el inmenso amor que Dios manifestó por su pueblo. De esa
misma manera, Dios ama a su Iglesia y cada uno de nosotros en
particular.
Por su parte, la segunda lectura es un estupendo párrafo sobre la
convivencia social: Pablo afirma que la auténtica comunidad
cristiana es aquella que se construye con la participación de
todos. Cada uno construye con lo mejor que posee; pero sin que lo
aportado cree una situación de privilegio ya que en Jesús todos
somos hermanos y corresponsables de la vida de nuestro prójimo.
Grabemos profundamente en nuestro espíritu estas pautas de vida que
deberían regir toda las relaciones humanas asumiendo que las obras
de Dios se edifican con el aporte de cada cristiano. Somos un
cuerpo. El cuerpo místico de Cristo. Permanezcamos unidos,
compartiendo nuestros dones con espontaneidad, con generosidad, con
sencillez.
También el Evangelio de hoy nos presenta muchos aspectos para
nuestra reflexión. Vimos en el relato que Jesús, después de haber
reivindicado su independencia de todo vínculo humano, aún el de su
Madre, no se limita a conseguir vino de cualquier calidad, sino que
transforma el agua destinada a las purificaciones, en un vino óptimo.
De esta manera se quiere indicar que desde este momento, Jesús,
sustituyendo definitivamente la Antigua Alianza, es el único camino
para la salvación. Y la preocupación del evangelista en señalar
la enorme cantidad de agua cambiada en vino, significa la
superioridad de la nueva Alianza sobre la Antigua.
Todos estos elementos simbólicos deberían llevarnos a una reflexión
muy sencilla, pero a la vez fundamental para nuestra vida cristiana:
comprender la novedad del anuncio de Cristo, -- es un vino nuevo --
que nos llama a vivir intensamente nuestro compromiso cristiano. Jesús
se manifiesta con signos que no comprenderemos si nuestros ojos y
nuestra mente no están iluminados por la fe. Para la Virgen María
fue claro que Jesús podía cambiar la situación, porque ella creía
en el Señor. Por eso no dudó en indicarles a los servidores que
hagan lo que Jesús les indicaba. Y el milagro fue una realidad.
Domingo
24 de Enero de 2010
3° DOMINGO DURANTE EL AÑO
Ciclo "C"
Lc 1,1-4.4,14-21 (Lecturas: Ne 8,2-6.8-10 y 1Cor
12,12-14.17) -
Anunciar la palabra de Dios
Leyendo la primera lectura y el Evangelio de hoy,
descubrimos que uno los temas de este domingo
es la importancia del anuncio de la Sagrada Escritura en la vida de
la Iglesia.
La primera lectura, tomada del Libro de Esdras – Nehemías, nos
pone en clima. Describe el reencuentro del Pueblo de Israel, recién
llegados del Exilio, con los textos la Ley. Para comprender el
profundo significado de este hallazgo, recordemos que la Ley para
los judíos es nada menos que la revelación de la voluntad de Dios.
Por eso el pueblo, al aceptar los mandamientos y al reafirmar la
Alianza, responde: ¡Amén! Es decir, está de acuerdo con lo leído
y también a cumplirlo. Por lo tanto, la alegría nos es sólo por
haber desenterrado de las ruinas del Templo los rollos de la Ley,
sino por haberse re-encontrado con Dios dentro de la Ley. Es la
alegría de estar en el camino correcto, en el camino de la
reconciliación, en la dirección justa. Y éste es precisamente, el
sentido de la Escritura: es un encuentro con Dios y un encontrarnos
con nosotros mismos.
El Evangelio retoma, desde otra perspectiva, el mismo tema, al
presentarnos la misión fundamental de la vida pública de Jesús:
la de anunciar la palabra de Dios, la Buena Nueva... San Lucas lo
presenta recorriendo Palestina y acudiendo habitualmente a la
sinagoga de Nazaret donde comenzó a predicar y a hacerse conocer.
Allí se reunían sus conciudadanos para escuchar y comentar las
Escrituras. Era el lugar del encuentro con la Palabra y con la
comunidad. Jesús, como buen judío, permaneció fiel a esta tradición
hasta que llegó el momento en que los escribas y fariseos, con su
acoso, lo obligaron a retirarse de esos lugares y comenzar a
predicar en las plazas y en espacios abiertos.
Así, dándonos a conocer al Padre y demostrándonos con milagros su
verdadera identidad de Hijo Dios hecho hombre, Jesús se manifiesta
el evangelizador por excelencia que, como experto sembrador, esparce
la semilla de la Palabra para que germine y dé frutos abundantes,
dejándonos con su actitud al menos dos enseñanzas que deben calar
profundamente en nuestro espíritu:
La primera, a partir de su afirmación: "Hoy se cumple la
Escritura que acabáis de oír". Con estas palabras nos revela
que Él no es la anulación de la Ley y los Profetas sino la
continuación y el cumplimiento. Es el final de la espera y la
llegada del Mesías prometido... y la otra lección que debemos
recoger es la necesidad que tenemos de seguir su ejemplo comprometiéndonos
en el anuncio de la Palabra. Es un viejo tema. Pero no olvidemos que
la Iglesia primitiva tuvo gran conciencia de ese servicio que Jesús
le había encomendado. Así lo avala el libro de los Hechos de los
Apóstoles con un testimonio muy claro: los apóstoles no querían
someter esa función a ningún otro acondicionamiento. Por eso,
cuando prestación de la caridad les quitaba demasiado tiempo,
instituyeron el Diaconado, para quedar libres para anunciar la
Palabra de Dios.
Hoy nosotros, como sacerdotes y laicos, debemos hacerse cargo de esa
tarea con coraje, con valentía para que nos sirva de oración, de
examen de conciencia, de consuelo y de alegría, porque en ella nos
encontramos con el Verbo, la Palabra que habitó entre nosotros.
Domingo
31 de Enero de 2010
DOMINGO 4° DURANTE EL AÑO
Ciclo "C"
Lc 4,21-30 (Lecturas: Jer 1,4-5.17-19 y 1Cor
12,31-13,13)
Hablar en nombre de Dios, interpretando los
acontecimientos
Todo el Antiguo Testamento está marcado por el profetismo y la
figura de los profetas. Con ellos condujo Dios a su pueblo. Hombres
elegidos de acuerdo a las necesidades y las situaciones históricas
de su pueblo...
Hoy la liturgia nos recuerda la elección de Jeremías para
marcarnos las características esenciales de sus vidas y de su misión.
Antes que nada, destaquemos que siempre es Dios quien los elige en
un tiempo determinado para que lleve a cabo una misión concreta.
Nadie asume ese rol espontáneamente y por propia iniciativa. Todo
lo contrario, generalmente la persona escogida trata de huir,
escapar al llamado, simplemente, porque tiene miedo a las
consecuencias. El hombre elegido intuye que cuando Dios lo escoge,
queda atrapado para siempre.
Aclaremos también que el profeta no es, como muchas veces se puede
pensar, un vidente, alguien que predice el futuro. En realidad, el término
griego “profeta”, significa etimológicamente, “el que habla
en nombre de otro”. Luego, los profetas son elegidos por Dios,
para que hablen en su nombre e interpreten desde una perspectiva
divina, los acontecimientos que están sucediendo. Así lo hicieron
Elías, Eliseo, Isaías, Jeremías y tantos otros... hasta llegó
Juan Bautista quien también reunía esas características.
Jesús, el profeta por excelencia, llevó a cabo su misión con sus
palabras y con sus milagros. Dos maneras distintas de mostrarnos el
único camino que conduce a la salvación. La evangelización de Jesús
se hizo realidad en la Iglesia, esa pequeña comunidad que lo siguió
y permaneció fiel aún después de su muerte. Esa Iglesia
inmortalizó por escrito las enseñanzas del Maestro en los libros
de Nuevo Testamento. Por ella sabemos que Cristo es la Palabra
misma. "Y el Verbo se hizo carne", escribió uno de sus
testigos privilegiados.
Todo este anuncio iniciado en el Antiguo Testamento y echo realidad
en Jesús, continúa hoy en la Iglesia, que nos llama a la salvación
y que tiene también sus profetas para que interpreten los
acontecimientos con la mirada de Dios. La lista es inmensa. Dejando
afuera a los santos Padres de los primeros cinco siglos, citemos,
por ejemplo, san Benito, que inicia la vida monástica, en términos
diferentes, poniendo el acento en la vida común, en el trabajo y en
la oración; a Francisco de Asís, que revaloriza el espíritu de
pobreza. A Teresa de Ávila, a Juan de la Cruz, a Ignacio de Loyola,
a Teresita, a Don Bosco, a Don Alberione, ese humilde y desconocido
sacerdote italiano que proféticamente vio en los medios de
comunicación social, un camino nuevo y eficaz para anunciar el
Evangelio, al Papa Juan, que abre las ventanas de la Iglesia para
entre un aire renovador y a tantos otros que ustedes seguramente
recuerdan. Todos ellos, hombres de Dios, elegidos por Él para que
hablen en su nombre.
Hombres que muchas veces se sintieron solos, desprotegidos,
calumniados, desterrados, como el profetas Jeremías que murió en
Egipto. La vida de los profetas nunca fue fácil. Conocemos la vida
de los del A. Testamento, la de Cristo y la de muchos otros profetas
de todos los tiempos que perdieron sus vidas por denunciar vicios,
pecados, injusticias, interpretar la recta doctrina o remar contra
corriente. Pero, si bien sus vidas no fueron fáciles, recordemos
que su consuelo y su premio es Dios mismo. ¡Y eso sí vale la pena!
Domingo
07 de Febrero de 2010
DOMINGO 5° DURANTE EL AÑO
Ciclo "C"
Lc 5,1-11 (Lecturas: Is 6,1-8 y
1Cor 15,3-8-8.11 5|
Vocación y servicio
Un tema muy actual que nos ofrece la liturgia de la palabra
de este domingo en sus tres lecturas, es la llamada de algunos
hombres al servicio de Dios o a ejercer su ministerio. Para
comprender mejor el tema, es oportuno verlo desde estas tres
perspectivas: La llamada en sí misma, la indignidad de los llamados
y la misión que se les confía.
En primer lugar, preguntémonos, ¿qué es una llamada? Cuando
respondemos a esta pregunta vemos que es Dios que sale al encuentro
de una persona. Es el caso de Isaías, en la primera lectura. Lo
mismo sucederá con Pablo, en la segunda y también en el Evangelio,
cuando Jesús se revela con un milagro espectacular como Hijo de
Dios a Pedro y sus compañeros. Sólo después de esa presencia
inconfundible de la Divinidad, sigue la convocatoria.
Esto ya nos lleva al primer tema: una manifestación de Dios, por sí
sola, no es todavía una vocación. Para que exista una vocación,
además del encuentro personal con Dios, con una experiencia
inconfundible, se necesita la llamada propiamente dicha. Dios
convoca por medio de hombres y lo confirma por medio de hombres.
Recordemos, por ejemplo, que san Pablo fue convocado por Ananías...
La indignidad de la persona es el segundo tema. Ése encuentro íntimo
y personal con Dios nos permite experimentar que existe una
distancia tremenda entre Él y nosotros. Quien no la advierte,
probablemente no es un llamado. Y esto debería ser un buen criterio
para discernir las vocaciones al servicio de Dios.
Tengamos presente también que Dios, con su gracia eficaz y por
medio del confesor y del director espiritual, va aclarando al
elegido su voluntad de convocarlo a su servicio. Dios no permite la
duda constante. Su voluntad se manifiesta con las gracias que le
regala y que lo conducen a una serena y feliz aceptación de la misión
encomendada. La alegría interior que sienten los llamados, es como
la confirmación de la vocación.
La tercera idea: Dios llama a los hombres para encomendarles una
misión específica. A Isaías, a Pedro y a Pablo les confía una
misión concreta. Esta misión o servicio, tiene también tres
aspectos muy definidos:
a). El ministerio o servicio sacerdotal en la Iglesia: Un llamado a
predicar la Palabra de Dios, a administrar los sacramentos, a
dirigir espiritualmente a los miembros de la comunidad,
para conducirlos a la santificación y a la salvación.
b). El ministerio sacerdotal no es el único motivo de elección en
la Iglesia. Los bautizados están llamados a colaborar en el
crecimiento de la Iglesia de acuerdo a sus carismas personales. Aquí
entra la vida religiosa. Esas mujeres y hombres que, sin ser
sacerdotes, consagran su vida al prójimo en la caridad, en la
educación, en los medios de comunicación social, en la vida
contemplativa. Todas personas convocadas para una misión concreta
al servicio de las Iglesia.
c). Dentro de los llamados, están también los laicos comprometidos
en servicios a la comunidad de todo tipo. Desde quienes se ocupan en
auxiliar a los pobres, a los que dedican su tiempo a la catequesis o
participan activamente en las organizaciones parroquiales. Además,
a los laicos está encomendado el servicio al mundo.
Luego, el llamado es para todos y la respuesta depende de cada uno
de nosotros.
Domingo
14 de Febrero de 2010
6° domingo durante el año
Ciclo "C"
Lc 6,17.20-26 (Lecturas:Jer
17,5-8 y 1Cor 15,12.16-20) -
Como árbol plantado al lado del río
El ser humano cuando entra en sí mismo y descubre en su interior
que en realidad es una pobre criatura, llena de limitaciones, puede
abandonarse a la misericordia y a la providencia de Dios o confiar
en sus fuerzas, en sus riquezas o en las cosas terrenales y tratar
asegurarse el futuro de cualquier manera.
La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, alude una
premonición del profeta contra el rey Sedecías que frente a las
amenazas del rey de Babilonia, confía en los hombres y no en Dios.
En concreto, Sedecías descansa en la ayuda de los egipcios con
quienes había sellado una alianza. El final de la historia lo
conocemos, los egipcios fueron aniquilados por los babilonios antes
que lleguen a Jerusalén y los judíos deportados a Babilonia.
El mensaje teológico es transparente: el que espera en el hombre,
en sus fuerzas es como un árbol plantado en el desierto. Allí
morirá, después de muchos sufrimientos y sin dar frutos. En
cambio, el que confía en Dios se parece a un árbol plantado al
borde del río: crecerá frondoso y dará muchos frutos.
El Evangelio de san Lucas, con otras palabras y desde otra
perspectiva, confirma y aclara aún más las enseñanzas de la
primera lectura: los pobres, los que tienen hambre y sed, los que
lloran y se abren al anuncio de Jesús, confiando en su salvación,
serán recompensados.
Para comprender mejor estas afirmaciones, recordemos que cuando san
Lucas escribía esta página del Evangelio, tenía presente la
teología del A. Testamento. Los pobres en el A. Testamento, gozaban
de una protección particular de Dios. Privados del apoyo humano,
oprimidos por los poderosos de turno, ponían su confianza y
seguridad personal sólo en Dios. En esos tiempos, eran impensables
leyes humanitarias que protegieran a los débiles. Los dueños del
poder siempre tenían razón... Precisamente, porque privados de los
bienes de la tierra, hambrientos, afligidos, despreciados, esperaban
ansiosos el inicio del Reino de Dios con la llegada del Mesías y así
poder vivir serenamente. Pero esta salvación, tanto para los pobres
como para los ricos, no se concretizará si no hay una apertura del
alma al mensaje salvador de Jesús, que nos invita a creer en su
presencia salvadora. Si no aceptamos que Cristo resucitado es
nuestra esperanza y que su mensaje es un anuncio de amor, de
solidaridad, de compasión y de justicia no perteneceremos al Reino
de Dios. La diferencia no es ser pobre o rico, sino confiar o no
plenamente en Dios.
La cuarta bienaventuranza, referida a los perseguidos, refleja la
situación dolorosa de la Iglesia alrededor de los años ochenta.
Ante esta situación trágica, san Lucas evoca las palabras de Jesús:
Los discípulos del Señor Resucitado, perseguidos a causa de su
nombre, no tienen que desesperar. Al final resucitarán con Él. A
esa esperanza nos invita también la segunda lectura, donde Pablo
recuerda a algunos miembros de la comunidad de Corinto que dudaban
de la resurrección de los muertos, que si Cristo no resucitó, vana
es nuestra fe. Hoy mientras pedimos que el Señor aumente nuestra
fe, pidámosle también crecer al borde del río de la gracia...
Domingo
21 de Febrero de 2010
1er DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo "C"
Lc 4,1-13 (Lecturas: Deut
26,4-10 y Rom 10,8-13)
El camino de la cruz, el único camino de salvación
Estamos al inicio de la cuaresma. Un tiempo de cambio y
tiempo de transformación interior. Un tiempo de búsqueda sincera
de Dios, del camino de la salvación, para encontrarnos con Cristo
Resucitado, transformados, limpios, convertidos.
Para el comienzo de este tiempo, la liturgia de la palabra nos
ofrece un episodio de la vida de Jesús que transcurrió en el
desierto, en la soledad, preparándose para iniciar su vida pública.
En esa situación se siente tentado. El tentador le presenta varias
alternativas -- equivocadas-- para llevar a cabo el plan salvífico
encomendado por el Padre.
Le aconseja caminos más fáciles. Lo invita a seguir el camino del
éxito espectacular, sin sufrimiento, sin cruz:
Primero le propone convertir las piedras en pan. Recordemos:
Palestina en tiempos de Jesús era una tierra pobre, cuyos
habitantes padecían hambre verdadera. Además, "dar de comer a
los hambrientos" era uno de los signos mesiánicos, anunciados
por los profetas. Por eso, lo que le proponía no era una idea
descabellada. Tenía hasta fundamentos bíblicos. Jesús lo rechaza
y los hechos le dieron la razón: multiplicó panes y pescados y,
sin embargo, no le creyeron. Ese no era el camino del Padre.
La segunda tentación: el poder y la gloria. Tenía un buen
fundamento social: el hombre es muy sensible ante los poderosos. En
esa época los emperadores eran considerados divinos. Se les
tributaba honores como verdaderos dioses. También esta era una
buena manera para que lo reconocieran como Dios. Jesús la rechaza.
Y en realidad, Jesús se mostró poderoso curando enfermos, calmando
tempestades, resucitando a muertos y no por eso le creyeron. No era
el camino adecuado...
Terceras tentación: La manifestación divina. Lo espectacular. La
transformación en un super hombre. Caer del cielo en medio de la
multitud. Tampoco era el camino. Los hechos le dieron la razón a
Jesús. Una vez se transformó en presencia de los discípulos más
íntimos y la respuesta fue "que bueno es permanecer aquí,
felices y contentos..." Ni en ellos hubo una verdadera conversión.
Sólo después de la muerte comprendieron el significado de esa
transfiguración.
Jesús, rechazadas las tentaciones, queda confirmado en su decisión
primera: La Encarnación. Continúa siendo "Jesús de
Nazaret", sencillo, pobre, solidario con todos y anuncia la
buena nueva invitando a todos los hombres a cambiar de mentalidad y
de vida: Es necesario entablar una nueva relación con Dios, más
sincera, más auténtica. Concretando este cambio en una relación más
franca y solidaria con el hermano, con el prójimo. Realizó sí
milagros apara avalar su predicación y manifestar su divinidad;
pero no escogió el camino insinuado por el tentador para salvarnos
sino que su compromiso con el Padre, con la verdad y con los hombres
lo llevó a la cruz. Ése era el camino. Morir por la humanidad para
cambiarla y transformarla.
Ese también es nuestro camino: retirarnos al desierto para orar y
en la oración y en la meditación, aceptar serenamente el camino
que nos conduce a la salvación. Necesitamos cambiar de mentalidad
para cambiar de vida y morir a las pasiones para vivir en gracia.
Nuestro objetivo es llegar transformados a la Pascua para resucitar
gloriosos con Cristo. A partir del desierto, a partir de las
tentaciones superadas que nos invitan todos los días a seguir el
camino más fácil.
Domingo
28 de Febrero de 2010
2°DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo "C"
Lc 9,28-36 (Lecturas: Gn15,5-12. 17-18 y Filip
3,17-4.1)
El escándalo de la cruz
La página del Evangelio de este segundo domingo de cuaresma
relata la transfiguración del Señor. Es lo que se llama una
verdadera teofanía, donde Jesús se muestra a sus amigos más íntimos
como Dios. ¡Tal cual es!
Es importante comprender bien este episodio. Y para ello, hay que
tener muy presente el contexto vivencial de las primeras comunidades
cristianas compuesta por judíos convertidos y recordar también la
idea judía respecto a los padecimientos: para ellos el dolor y el
sufrimiento eran síntomas de algún pecado. Y a partir de esa
convicción deducían que tanto la muerte de Jesús en la cruz como
la condena de las autoridades religiosas podían interpretarse como
un signo de la maldición de Dios, por ser pecador e infiel a la
Alianza.
Y tenían esa misma duda respecto a los primeros mártires...
Ante esta situación, las comunidades oraron intensamente,
reflexionaron y encontraron la respuesta recordando y meditando el
milagro de la transfiguración.
Las dudas comienzan a despejarse a partir de la conversación entre
Jesús,
Moisés y Elías respecto a su muerte próxima en Jerusalén.
El hecho que Jesús, transfigurado, hable con Moisés y Elías
respecto a su Pasión, reveló a los cristianos que la Ley y los
Profetas; es decir, toda la Escritura había anunciado y previsto la
Pasión y la Muerte del Mesías y que no se trataba de un castigo o
de un fracaso, sino del cumplimiento exacto de la voluntad del
Padre:
Ese era el plan salvífico de Dios y así, debía llevarse a cabo.
Por eso, la pasión y la muerte, es sí el momento más duro y
doloroso de Jesús; pero también es el mayor testimonio de su amor.
Es el gesto más sublime de su amor a los hombres. ¡Morir para
salvarnos!
Y la luz que reciben de este episodio, les permite releer y
comprender todo el Antiguo Testamento, en modo especial:
> Las profecías de Isaías. (El Siervo doliente, como imagen y
figura de Cristo...)
> Las profecías de Jeremías. (Su vida misma se parece a la de
Cristo...)
> El mismo sacrificio de Isaac, aunque no llegó a cumplirse,
cobra su verdadero significado...
Con el pasar del tiempo, esta re-lectura y meditación del Antiguo
Testamento originó las magníficas celebraciones litúrgicas de
Semana Santa y de la Cuaresma que celebramos para prepararnos a la
Pascua.
Además, comprendieron el significado del martirio y de los
sufrimientos personales que soportaban por profesar la fe y vivir el
cristianismo auténticamente: sufrir era compartir los dolores de
Cristo. De esa manera, los sufrimientos personales también adquirían
un significado salvífico.
Ante todo esto, preguntemos qué nos dice hoy este Evangelio a
nosotros, cristianos del siglo veintiuno.
En primer lugar, nos permite ver la continuidad de la revelación:
El Antiguo Testamento prepara la llegada de Cristo y nos ayuda a
conocer mejor su mensaje. Por eso, no debemos excluirlo de nuestras
lecturas y meditación. Nos da las pautas para interpretar mejor el
Nuevo Testamento.
En segundo término, nos da una comprensión cabal del sufrimiento.
Comprendemos el valor que tiene el sufrimiento en la redención y en
la transformación espiritual de cada uno de nosotros. Querámoslo o
no, el sufrimiento es el camino necesario para llegar a Dios. Por
eso, saber sufrir y saber por qué se sufre, es entender la vida y
entender el plan salvífico de Dios. ¡Con su sacrificio Jesús nos
demuestra más que con sus palabras cuánto nos amó!
Y, por último, aunque cueste aceptarlo y más aún vivirlo, sin
sacrificio, no hay redención.
Sin embargo, esto no significa que tenemos que ser masoquistas, que
debemos buscar el sacrificio por el sacrificio mismo, sino aceptarlo
serenamente cuando llega.
Vivamos esta cuaresma como la vivieron los cristianos de los
primeros tiempos
y cambiemos el mundo como lo cambiaron ellos.
Domingo
07 de Marzo de 2010
3er DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo "C"
Lc 13,1-9 (Lecturas: Ex 3,1-8.13-15
y 1Cor 10,1-6.10-12) -
Los castigos de Dios y la conversión
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre varias ideas que
para comprenderlas bien nos exigen un esfuerzo adicional, porque
aparecen un poco deshilvanadas.
Comienza con la referencia de un hecho trágico: un motín de unos
galileos en el Patio del Templo y la intervención rápida y
sangrienta de la guardia romana apostada en el lugar que la sofoca
allí mismo, violando el recinto sagrado, reservado estrictamente a
los judíos y derramando sangre sobre el altar mismo de los
sacrificios. Una profanación que los presentes no podían olvidar fácilmente.
Los que cuentan el episodio, esperan de Jesús una respuesta de
solidaridad nacional y religiosa frente a la matanza de sus
compatriotas y una condena de la ofensa hecha a Dios.
Pero Jesús no toma posición. Sabe que los galileos muertos en esa
ocasión eran tan violentos como los romanos.
De esa manera, Jesús nos enseña que la violencia, de cualquier
signo, no soluciona los problemas, sino que los agrava. La violencia
es un camino sin salida. Y Jesús nos enseña que el único camino
hacia la convivencia humana es la conversión. De ese cambio de
mentalidad depende la supervivencia humana, la vida en común y las
buenas relaciones con los hombres y especialmente con Dios. Para
lograr la paz, a cualquier nivel, es necesario cambiar la escala de
valores. Jesús para explicarnos esta idea nos regala una comparación:
la higuera que no produce frutos. Es decir, un árbol, un hombre que
ocupa un lugar en el mundo y en la vida sin preocuparse por ser útil
a los demás, vive, vegeta, estorba y no se preocupa en cambiar su
actitud. La higuera que no da frutos es la imagen del hombre sin
ideales. Es una reflexión muy dura para nuestra vida; especialmente
de personas adultas y maduras que no pueden quedar indiferentes ante
los acontecimientos de la vida. La vida debe ser un compromiso
cotidiano con Dios y con nuestros hermanos, ya que estamos en el
mundo para mejorarlo. Pero no obstante la dureza de la comparación,
encierra también un mensaje de esperanza: el viñador, Dios, nos
ofrece siempre una nueva oportunidad.
> Dios espera y confía en nuestro cambio. Nos ama y apuesta por
nosotros. Se juega por cada uno de nosotros.
> Podemos ser mejores. El cambio siempre es posible.
> Podemos tomar consciencia de nuestra responsabilidad en la vida
y colaborar en la comunidad. Si cambiamos nosotros cambia la
comunidad y cambia la Iglesia.
No pretendamos que cambien los otros, que los otros produzcan
frutos,
sino que hagámoslo nosotros. Y comencemos hoy.
La Cuaresma es un llamado al cambio. Es una invitación a nuestra
creatividad para que encontremos caminos que nos conduzcan a la
convivencia pacífica; a rechazar la violencia y a flexibilizar
nuestras ideas. Es necesario que iniciemos un camino de reconciliación
con Dios y con nuestros hermanos. Sólo si nos amamos y nos
comprendemos, no habrá gestos violentos. Ni como el de los galileos
y como ningún otro.
Que nuestros frutos sean frutos de conversión y de paz.
Domingo
14 de Marzo de 2010
4° DOMINGO DE CUARESMA "C"
Lc 15,1-3,11-32 (Lecturas: Jos
5,9-12 y 2Cor 5,17-21) -
Volver a la casa del Padre
Hoy nos encontramos con una de las páginas más hermosas del Nuevo
Testamento. San Lucas, el único evangelista que relata esta parábola
que, --detalle más, detalle menos--, puede suceder en cualquier
familia de nuestro barrio: un hijo se independiza y quiere vivir
solo. De todas maneras, si bien se trata de un hijo que quiere
emanciparse, el gran protagonista de la historia no es precisamente
él, ni el hijo mayor, sino el Padre.
Son los escribas y fariseos quienes provocan a Jesús, acusándolo
de ser demasiado benévolo y de recibir a pecadores y hasta nada
menos que comer con ellos. Como respuesta, Jesús les relata esta
parábola donde descuella la actuación de un Padre sorprendido por
actitud de los dos hijos.
El Padre representa a Dios, el dueño de todas las riquezas, con un
respeto ilimitado por las decisiones de sus hijos: los creó libres
para que puedan decidir personalmente los caminos que desean
transitar. Los ama pero no los retiene. Sufre con su partida, con
sus elecciones equivocadas, pero sigue creyendo en ellos.
El hijo menor, representa a la persona humana. Es el hombre que, en
búsqueda de su libertad, se equivoca y peca. Por ese mal uso de la
libertad, este hijo representa a cada uno de nosotros; al pecador en
general. No importa en este momento determinar con precisión cuáles
son los pecados. Basta decir que es el hombre que se aleja de Dios
porque piensa que Dios lo priva de su independencia. Se trata del
hombre que después de sacrificar su herencia (la gracia, la vida
divina), se hace esclavo de sus pasiones y de otros hombres, deshonrándose
a sí mismo hasta llega cuidar cerdos... para la mentalidad judía,
el animal más impuro de la tierra...
Pero ese hombre cambia. Toma consciencia de su esclavitud, se
convence que Dios le reserva una vida mejor y, --arrepentido--,
emprende el camino de regreso.
El hijo mayor, en primer término, representa a los escribas y
fariseos, y, en general, a todas los individuos que creyéndose
"santos" critican a Dios, al Padre y a todas las personas
misericordiosas, solidarias que reciben, comprenden y perdonan a los
pecadores.
En realidad, el comportamiento de los dos hijo destaca y resalta la
actitud del Padre: destaca su amor y su misericordia.
> El hijo menor, al volver, descubre la ternura de su Padre que
lo estaba esperando y al verlo, corre a su encuentro. Lo restablece
en su dignidad y celebra el banquete de la reconciliación. Volver a
casa significa volver a estar con el Padre, vivir con el Padre es
vivir con Dios. Representa, en definitiva, el gozo de la vida
eterna.
Leyendo al relato desde esta perspectiva, comprendemos fácilmente
la invitación de la liturgia en este tiempo de cuaresma, a que
tratemos de no alejarnos de la casa del Padre y si nos hemos ido,
que volvamos rápidamente. Sabemos que Él nos está esperando.
> El relato tiene también un dato triste, muy feo. La actitud
mezquina del hijo mayor. Ante esa actitud preguntémonos
sinceramente: ¿Nunca tuvimos envidia porque Dios hace salir el sol
sobre buenos y malos? En otras palabras, no nos entristecemos cuando
a los que creemos pecadores les va mejor que a nosotros... Quizás sí.
También de ese pecado pidamos perdón
Una reflexión más. En la parábola no aparece la figura de la
madre. Es claro. Jesús no la podía poner porque si hubiera estado,
el hijo no se habría ido... y otra sería la historia.
Pidámosle a María, nuestra Madre, que se quede siempre junto a
nosotros y así
no abandonaremos jamás la casa de nuestro Padre...
Domingo
21 de Marzo de 2010
5° DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo “C”
Jn 8,1-11 (Lecturas: Is 43,16-21 y Filip 3,8-14)
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¿Quién tira la primera piedra?
La página del Evangelio de hoy, nos cuestiona nuevamente con su
dureza. Jesús está hablando serenamente ante personas que lo
escuchan en silencio. Los escribas y fariseos rompen esa paz, y con
pocas palabras, levantan un huracán: Odio a Jesús, desprecio por
esa mujer que trajeron hasta allí. La tiran en tierra como si fuese
un objeto. Sólo les sirve para tenderle una trampa al Maestro:
quieren obligarlo a elegir entre la misericordia y la ley. Jesús
calla. Reflexiona. Y ese silencio obliga a todos a meditar.
Para Jesús todo tiene importancia. Esa mujer, esos hombres y la
ley. Respeta a la ley. Pero también sabe que no se trata de elegir
entre la misericordia, la bondad y la ley. Ese es un falso dilema.
Jesús se pregunta, cómo a partir de la ley, se puede cambiar esos
corazones duros y anquilosados. Cuando la tensión llega al máximo,
Jesús rompe el silencio parafraseando una norma de la ley que
mandaba: "El testigo debe ser quien arroje la primera la
piedra". La continuación del incidente ya la conocemos: se
van...
Este episodio de la vida de Jesús nos llama a reflexionar sobre
algunas ideas muy sencillas, pero muy duras a la vez. Nos invita a
revisar nuestra actitud ante el error, ante el pecado ajeno. ¿Somos
misericordiosos a partir de nuestra pobre realidad? ¿A veces
condenamos inapelablemente a nuestro hermano y nosotros somos
iguales o peores? Contra nuestro hermano clamamos justicia, para
nosotros comprensión, perdón, misericordia. Jesús no niega el
pecado de la mujer. Pero la perdona. Allí está la gran diferencia
entre Él y los escribas, los fariseos y nosotros. En eso tenemos
que imitar a Jesús: sin renunciar a proclamar la verdad, tener
compasión del pecador. Ayudarlo a levantarse. Aceptar serenamente
que todos somos hermanos en la debilidad. En el pecado. Si pensamos
seriamente y nos examinamos con lealtad, no podemos tirar la primera
piedra ni la última...
Tendríamos que agachar la cabeza e irnos como los escribas y
fariseos.
Pero este Evangelio nos invita también a ponernos en el lugar de la
mujer: somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios.
Necesitamos su perdón. Pero recordemos: el perdón, el sacramento
de la reconciliación, no tiene eficacia sin un firme propósito de
enmienda. Si no existe este serio propósito, tampoco es serio
nuestro arrepentimiento. Quizás volvamos a pecar pensando en que
volveremos a confesarnos. En este caso, no hay arrepentimiento y,
por consiguiente, tampoco hay perdón... El sacramento de la
reconciliación para que sea realmente eficaz, exige un cambio de
mentalidad y un cambio de vida. De lo contrario, le estamos tomando
el pelo a Dios y nos estamos engañando a nosotros mismos. Es
oportuno en este momento, recordar nuevamente las palabras de san
Pablo a los gálatas: “Deus nos irridetur!”. Es decir: nadie se
burla de Dios.
Pidamos a María que nos ayude a perdonar y a aceptar nuestros
errores para arrepentirnos seriamente. Si Dios nos bendice con estas
gracias, la cuaresma habrá cumplido su objetivo: hemos cambiado y
estamos mejor preparados para acompañar a Jesús en su Pasión y en
su Resurrección.
Domingo
28 de Marzo de 2010
DOMINGO DE RAMOS
La liturgia de la palabra del Domingo de Ramos está centrada
en la meditación de la historia de la Pasión del Señor.
Hoy deberíamos hacer un esfuerzo para unimos a esa historia, que los cristianos, con amor y devooción, han venido recordando con agracecimiento por la lección de amor que Jesús nos ha dado. Al fm y al cabo, aprender a sufrir es una de las vivencias más importantes del cristiano.
Toda la historia de la Pasión está ambientada por las dos primeras lecturas que nos ayudan a
comprender y amar mejor el gesto de Jesús que, dócilmente, se entrega a los verdugos para que cumplan la sentencia de Pilato.
En efecto, la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos dispuso espiritualmente a esa dolorosa historia: Isaías algunos siglos antes que suceda, anuncia lo que tendrá que padecer el Mesías. Cuanndo Isaías escribe parece que está viendo lo que
padeció Jesús, lo que el Señor tuvo que soportar para liberamos del pecado.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los cristianos
de la ciudad de Filipos, escrita unos cincuenta años después de los hechos, contiene un himno que canta la humildad de Jesús.
Escuchamos en esas palabras el amor y el agradecimiento de los primeros cristianos a su Maestro.
Estos cristianos, en lugar de sentirse humillados por la muerte violenta de Jesús, se sienten
iluminados por la Pasión-Resurrección del Señor.
El evangelio relata, como hemos escuchado la historia de la Pasión. Es la historia más larga y
completa del Evangelio. ¿Por qué es así tan unitaria y tan clara? ¿Qué se propone el narrador?
La respuesta es una idea que ya hemos reflexionado en el segundo domingo de Cuaresma, cuando meditamos el relato de la transfiguración del Señor: a los primeros cristianos les preocupaba saber si la condena y la muerte de Jesús era no sólo un rechaazo de las autoridades nacionales, sino que había sido también abandonado por Dios. En otras palabras, ¿la cruz era o no un signo de maldición?
Ante este interrogante, vital para los cristianos, la reflexión teológica de las primeras comunidades, guiadas por el Epíritu Santo, se centró en el
recuerdo de los hechos que sucedieron y en las palabras de los profetas que los habían anunciado. Por eso los recuerdan escuetamente, sin comenterios,
dejando que cada uno se admire del amor que Dios manifestó a los hombres entregando a su Hijo para que muriera en la Cruz.
Allí descubrieron que la Pasión de Jesús no era algo inesperado o una sorpresa, sino la
consecuencia de su obediencia al Padre y su amor infinito por los hombres. ,"
Hoy tratemos de meditar y revivir este gesto de amor de Cristo.
En primer lugar, Jesús nos enseña a ser fieles a nuestras convicciones, aunque nos pueda costar la vida. El martirio, fisico o espiritual, es siempre una posibilidad a la que está abierta la vida cristiana.
Por otra parte, Jesús nos ha enseñado con su ejemplo a asumir el sufrimiento proveniente de nuesstra fidelidad, como un sufrimiento redentor. Sufrir por quien se ama es el mayor gesto de amor.
Domingo
11 de Abril de 2010
2°DOMINGO DE PASCUA "C"
Jn 20,19-31 (Lecturas: hech 5,12-16 y Apoc
1,9-11.12-13.17-19)
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Los frutos de la Pascua
Pasaron siete días de la Pascua y en la liturgia continúa
resonando el eco de ese extraordinario acontecimiento. En realidad,
lo escucharemos durante los cincuenta días que preceden a la fiesta
de Pentecostés. En cada domingo del tiempo de Pascua, viviremos
desde una perspectiva diferente, la alegría de la victoria de
Cristo sobre la muerte.
Hoy, con los acontecimientos aún frescos (parece que celebramos la
Pascua ayer), la liturgia de la palabra nos invita a considerar los
frutos del acontecimiento pascual. Y esto lo vemos claramente en las
lecturas:
La primera, tomada de los hechos de los apóstoles, subraya la vida
en común: la Iglesia de los primeros tiempos, se reunía en la casa
de algunos creyentes, --en el Cenáculo, probablemente--, para la
fracción del pan. Es decir, celebraban la eucaristía y, además,
trataban de compartir los bienes materiales con los más
necesitados.
Todas estas actitudes tenían como fundamento, lo que san Juan
escribe en su primera carta, y que leímos hoy: Allí nos dice que
el que no ama, no conoce el amor de Dios. Ese amor al hermano tiene
que manifestarse en hechos concretos: algunos de esos gestos son
precisamente, orar juntos y compartir los bienes.
La página del Evangelio, con sus dos apariciones de Cristo
resucitado, nos pone nuevamente en clima pascual. Y nos asegura que
uno de los frutos y seguramente el más importante de la Resurrección
del Señor, es la reconciliación con Dios. Hoy Jesús se
reconcilia, primero con los apóstoles apareciémdoseles y llevándoles
la paz y luego con Tomás.
Jesús resucitado transmite ese poder a los apóstoles y a sus
sucesores: No hay palabras para definir el contenido de ese poder:
reconciliar, absolver, perdonar, cancelar, borrar los pecados para
siempre... Para que eso fuera posible, Cristo tuvo que morir y
resucitar.
Pero este magnífico don, este magnífico regalo, no es posible sin
la fe. Ese es el mensaje de la segunda aparición y el diálogo con
Tomás, el incrédulo, que con su profesión de fe, representa a
toda la Iglesia y cada uno de nosotros que no tuvimos la gracia de
ver a Cristo resucitado con nuestros ojos.
Por todo eso, el mensaje de la liturgia de la palabra de hoy nos
toca muy de cerca y nos invita a cuestionar nuestra vida. Preguntémonos
entonces:
¿Sabemos vivir, rezar y compartir como una comunidad parroquial
amalgamada, unida por el amor o nuestras relaciones personales están
viciadas por el individualismo y el egoísmo?
Preguntemos también, cómo es nuestra fe en la resurrección del Señor.
Para evaluar esta fe, basta que nos preguntemos si estamos demasiado
apegados a las cosas terrenales o no.
Finalmente, preguntémonos si vivimos reconciliados con Dios o por
falta de fe o confianza en su misericordia y perdón, pensamos que
basta cumplir rutinariamente con la vida litúrgica de la parroquia.
Domingo
18 de Abril de 2010
3er DOMINGO DE PASCUA
Ciclo C
Jn 21,1-19(Lecturas: Hech
5,27-32.40-41 y Apoc 5,11-14) –
A orillas del lago
Hoy Jesús se presenta nuevamente a sus discípulos. Esta
vez, a orillas del lago de Tiberíades. Algunas circunstancias que
rodean este acontecimiento son muy sugestivas y nos invitan a
profundizarlas
para sacarles provecho para nuestra vida espiritual.
Lo primero que sorprende es el regreso de Pedro y sus compañeros a
pescar; a su antiguo trabajo. Esta actitud nos permite deducir que
tanto Pedro como sus compañeros, consideraban en ese momento, que
la aventura de Jesús había terminado. Y terminado mal. Con la
muerte del Maestro al que habían seguido y admirado durante más de
tres años;
su fe y su confianza en Él habían quedado sepultadas aquel
viernes, vísperas de Pascua.
Si bien no hay desesperación, hay sí resignación en la afirmación
de Pedro "voy a pescar..."
Pero Jesús no abandona a quienes ha elegido. Los va a buscar en su
lugar de trabajo y se les aparece después del fracaso de una
noche... Por sugerencia suya, concretizan un éxito
espectacular:
153 pescados grandes, los chiquitos nos se cuentan...
La segunda circunstancia que nos llama la atención, es la lucidez
de Juan. Es el primero en advertir la presencia del maestro. Su
lucidez es fruto seguramente del amor y de la pureza. (Ya Jesús había
dicho, "Bienaventurados los de corazón puro porque verán a
Dios"). Juan comprendió que era Jesús resucitado: es que Jesús
resucitado no era el mismo Jesús de Nazaret, en su presentación
humana, en su caminar, en su manera de hablar, pero sin embargo era
el mismo. Hoy nosotros no podemos explicar esas diferencias, pero la
fe de Juan y sus compañeros, les permite estar seguros que están
en la presencia del Maestro y que esa comida, es una comida
diferente. En realidad, es una Eucaristía, donde se alimentaron
para reanudar su vida apostólica...
La triple interrogación a Pedro se contrapone a la triple negación
del viernes antes de la Pascua. Pedro, el Pastor de los Pastores de
la Iglesia, es perdonado. Además, es la reivindicación de Pedro
ante la comunidad cristiana que recordaba estos acontecimientos con
amor y respeto por Pedro, Jefe de la Iglesia.
Jesús, después de interrogarlo, le ordena apacentar a su Iglesia y
con ello, nos ordena obedecerlo. Obedecer significa acogernos libre
y conscientemente a tal jefe, no por porque sea perfecto, sino
porque desempeña una función de autoridad y de servicio
encomendada por Cristo y es el portador
de la asistencia divina dentro de la comunidad cristiana.
Teniendo presente estas tres circunstancias, es conveniente que
recordemos para nuestra vida las enseñanzas que surgen de esta página
del Evangelio:
-- Jesús, a pesar de nuestros desaciertos y de nuestras faltas de
fe y amor, no nos abandona. Va a buscarnos una y otra vez donde
estemos: allí donde desarrollamos nuestra actividad diaria.
Se nos manifiesta y nos invita a caminar tras sus huellas...
-- Lo descubriremos si mantenemos lúcida nuestra mente, limpios
nuestros ojos y nuestro corazón.
-- Y a pesar de nuestras negaciones y nuestras cobardías nos
perdonará. Sólo nos preguntará si lo amamos y, como a Pedro,
siempre nos ayudará a volver a comenzar.
Domingo
25 de Abril de 2010
Domingo 4º de Pascua
Ciclo C
Jn 10,27-30 (Lecturas: Hech
13.14,43-52 y Apoc 7,9.14-17)
Siguiendo al Pastor
La idea central de la liturgia de la Palabra de este
cuarto domingo de Pascua, todos los años está sacada y
fundamentada en el capítulo 10º del Evangelio de san Juan, donde
se relata la parábola o alegoría del Buen Pastor. De paso anotemos
que exclusiva de este Evangelista.
Una parábola cuyo mensaje para la mayoría de los lectores de las
grandes ciudades de nuestro tiempo no resulta muy evidente. Aún más,
el hecho de comparar a los bautizados como un rebaño puede causar
cierto disgusto, especialmente a la juventud, defensora a ultranza
de su libertad. Sucede que habitualmente estos lectores no conocen
demasiado la vida agrícola ganadera y por lo tanto, no siempre
pueden captar el profundo significado
que existe entre la relación rebaño - pastor.
Sin embargo, para los que escuchaban a Jesús, la situación es
totalmente diferente. Era un pueblo de pastores. Abraham era pastor
y vivía entre los animales; lo mismo sucede con Isaac y Jacob.
También cuando el pueblo de Israel se estableció en la tierra
prometida y se asentaron en ciudades amuralladas, los pastores seguían
viviendo con su rebaño y continuaban siendo el prototipo del hombre
laborioso. Lo que sucede todavía en algunos pueblos europeos donde
el subdesarrollo es más palpable...
Partiendo de la profunda relación que existe entre el pastor y el
rebaño, tratemos de comprender esta parábola. El pastor es quien
siente como están los animales, conoce sus cualidades y
deficiencias, llama a las ovejas por sus nombres, se siente su
protector y su guía y ellas responden a su llamado. Cambiemos los términos.
Ese pastor es Jesús y el rebaño su Iglesia; luego, conoce a sus
miembros con sus virtudes y pecados, etc... y lo redime con su
muerte en la cruz. Es un Pastor que ama intensamente a su grey ya
que dio su vida por ella.
Y así entramos nuevamente en el misterio pascual...
Pero hoy Jesús ya no está presente de una manera visible en medio
de la Iglesia, esa comunidad que camina en el mundo hacia el
encuentro del Padre. De alguna manera, nos dejó huérfanos con su
ascensión a los cielos. No obstante está presente y vive en los
Pastores que Él eligió y consagró para que sean sus
representantes. Está en el Papa, los Obispos, los sacerdotes que
enseñan, educan y santifican por medio de los sacramentos al Pueblo
de Dios. Lamentablemente no son muchos los que escuchan el llamado
del Pastor para continuar su obra redentora.
Hoy, mientras recordamos y meditamos esta parábola, acompañada y
aclarada también por la primera lectura, donde las figuras de Pablo
y Bernabé nos indican el modelo de los discípulos evangelizadores,
pidamos al Pastor resucitado que no abandone a su grey y que continúe
enviando buenos pastores a su Iglesia, para que mediante la palabra
y el testimonio cotidiano la conduzca a las verdes praderas de la
gloria eterna.
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