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HOMILIA
DEL CARDENAL JORGE BERGOGLIO sj A todos nos conmueve cuando alguien quiere estar con nosotros simplemente porque nos quiere. A Jesús también le conmueve que la gente se quiera quedar con Él. El pueblo sencillo intuye que esto es lo más profundo del corazón de Dios: Jesús es el Dios con nosotros, el Dios que vino para quedarse en nuestra historia: “todos los días estoy con ustedes, hasta el fin del mundo”. Jesús se alegra de que la gente tenga ganas de estar con Él porque siente que es el Padre el que alimenta este deseo en el corazón de los hombres: “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae. Y yo no rechazo a ninguno de los que Él me da”. Es
verdad que la gente le pedía que sanara a los enfermos y que a todos les
gustaba que les contara parábolas y les hablara del Reino, pero más que nada
a la gente le gustaba estar cerca de Jesús,
quedarse ratos largos con Él. La gente intuía con su Fe que Él ya entonces
era el Pan Vivo, el Pan del Cielo que el Padre nos da; y estar
cerca de ese Pan da Vida, Vida Plena. Como dice 2. Esto acontece también hoy. La gente sigue a Jesús. Aunque no siempre venga a las ceremonias a las que invita la Iglesia, porque la cultura pagana que nos invade tiende a desvalorizar nuestras tradiciones y busca reemplazarlas, pero el pueblo fiel de Dios continúa escuchando la voz de su Buen Pastor y lo sigue. Me gusta pensar que las peticiones del pan, del trabajo, de la salud… y las promesas con que nuestro pueblo acude al Señor además de constituir necesidades verdaderas, son como excusas lindas que tiene nuestra gente para estar cerca de Jesús. El pueblo fiel de Dios sigue deseando con hambre verdadera a Aquel que es su Pan de vida. Lo vemos porque cuando alguien habla con el pan de la verdad, como Jesús, dando testimonio con su vida, nuestro pueblo le cree. Cuando
alguien obra al estilo de Jesús, con el pan de la mansedumbre y la santidad,
nuestro pueblo se le arrima con devoción, como vemos que pasa con nuestros
santos: Ceferino, Cuando alguien pone en práctica los gestos de Jesús y comparte el pan de la misericordia y el pan de la solidaridad, nuestro pueblo lo reconoce y le ofrece su colaboración, como vemos que sucede en torno a la gente buena que ayuda a los demás. Y
donde están los signos del Pan – la Casa y la Madre-, los signos de que
Dios quiso quedarse con nosotros, como en Lujan, nuestro pueblo acude masiva y
mansamente. Como decíamos el día de la Virgen: en 3. Seguimos a Jesús allí donde es más Pan, allí donde nos muestra que quiere “estar con nosotros”. La Eucaristía es el Signo mayor de ese deseo ardiente del Señor de alimentarnos, de darnos Vida, de entrar en comunión con los hombres. Por eso es el Sacramento de nuestra fe, la prueba de su amor. Nosotros, que tenemos la gracia de vivir en esta tierra bendita y que sabemos discernir lo que es un buen pan, no podemos reemplazar esa hambre del Pan verdadero. Como pueblo Argentino, que sabe lo que es el verdadero pan,le decimos sí al Pan de Vida –Jesucristo- y le decimos que no las sustancias de la muerte;le decimos sí al Pan de la Verdad, y le decimos que no al palabrerío de los discursos huecos y banales; le decimos sí al Pan del Bien común, y le decimos que no a toda exclusión y a toda inequidad; le decimos sí al Pan de la Gloria que parte para nosotros Jesús resucitado y le decimos que no a la chabacanería pagana que deja vacío el corazón. Y queremos hacernos cargo de que ese pan, así como es un regalo de Dios es también un trabajo para nosotros. El Señor nos pide que lo ayudemos a repartirse como Pan, quiere estar cerca de la gente que lo necesita a través de nuestras manos. Jesucristo, Pan de vida quiere que lo ayudemos a darse, a partirse para estar, a ser pan para alimentar y a repartirse para unir, para unirnos a todos en torno a sí: a nuestras familias y a nuestro pueblo argentino. El Señor no sólo tiene el amor de darse sino la delicadeza de hacernos participar en la dulce tarea de repartirlo. Y al repartirlo nos hacemos Comunidad. Porque el Pan crea vínculos, hace que nos quedemos, que trabajemos juntos para prepararlo y luego hagamos sobremesa para agradecerlo. Es tan especial la comunión que el Señor gesta con la Eucaristía, que quiso dejar en su Iglesia a personas que consagran su vida entera al servicio del Pan. Los sacerdotes hacemos que el Pan de Vida esté siempre al alcance del Pueblo de Dios. Rezamos hoy especialmente por ellos, por nuestros curas, en este fin del año sacerdotal. Les damos las gracias por hacer presente a Jesús en medio de nuestra vida cotidiana, en cada perdón, en cada unción, en cada Eucaristía. 5. ¡Alabado sea el santísimo Pan del Cielo, que nuestro Padre nos da! Acerquémonos a recibir el Pan de vida, roguémosle al Señor que se quede con nosotros. Pidámosle de corazón: Señor, danos siempre de este Pan. Recibamos y compartamos con todo nuestro amor el Pan de Vida en esta fiesta del Corpus. Pan recibido, Pan compartido. Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos guarden para la vida eterna. Buenos Aires, 5 de junio de 2010 Card.
LUJÁN,
8 DE MAYO DE 2010 Card.
Jorge Mario Bergoglio s.j.
ARQUIDIÓCESIS DE BUENOS AIRES MENSAJE DE LOS SACERDOTES DE BUENOS AIRES
Buenos
Aires, 28 de abril de 2009 “Si
un miembro sufre, todos
los miembros sufren con él”(1 Cor 12, 26) Los
sacerdotes abajo firmantes queremos expresar nuestra adhesión plena al
Mensaje de los Sacerdotes para las Villas de Emergencia “La
droga en las Villas: Despenalizada de hecho”. Afirmamos que el
crecimiento de la drogadicción y sus efectos nos afecta, de distinta manera,
a todos los que habitamos nuestra ciudad. Asimismo,
ante el hecho sumamente preocupante en referencia a la amenaza sufrida por
nuestro hermano sacerdote Padre José María “Pepe” Di Paola que trabaja
pastoralmente en la Villa 21, queremos expresar nuestro más profundo repudio
a dicha intimidación y nuestra mayor cercanía, oración y acompañamiento a
él y a todo el equipo de sacerdotes y laicos que trabajan en los barrios
obreros de Buenos Aires. Le
pedimos a Dios y a la Virgen de Luján, Madre de nuestra Patria, que nos
animen a todos –cada uno según su responsabilidad- a trabajar decididamente
por la vida y felicidad de nuestros niños y jóvenes. Firmantes: Abeijón
Ramón; Adrogué Eduardo; Aduriz
Santiago; Agazzi
Gustavo;
Aloé Ricardo; Aloisio
Antonio; Alonso
Jorge; Alvarado Ignacio; Di
Ció Andrés;
Antón Julián; Aquila
Alejandro;
Aquino Juan Pedro; Ares
Juan Carlos; Arguimbau
Lucas;
Arrieta Joaquín; Avellaneda
Carlos; Báez
Fabián;
Bak
Ramón;
Balsa Alberto; Benavidez
Juan A.;
Benites
Astoul Horacio;
Benites Gonzalo; Bennardis
Adrián; Bernardone Carlos; Beverati
Mario; Biasotti Jorge; Bonet
Alcón José; Bourdieu
Martín; Bouzón Carlos; Boyle
Lisandro;
Bracht Martín; Braun
Rafael; Brown Osvaldo; Caggia
Francisco; Calamante
Enrique;
Calcarami
Martín;
Calviño Claudio; Camelli
Tulio;
Cantó
José M.;
Capuana
José Reynaldo;
Caracciolo
Mariano;
Caride
Javier;
Carrozza Martín; Carvajal
José Luis; Casalá Luis;
Castellano Gerardo; Catoggio
Juan Pablo; Celiz Hugo; Ceraci
Rubén; Cereijo José L.; Chidichimo
Roque; Corbillón Pablo; Costa
Heredia Rodolfo;
Cutri
Daniel;
dal Santo Eduardo; Daleoso
Francisco; Dalotto César;
Danielián Jorge; Darío
Alejandro;
de
Aguirre Juan;
de Campos Diego; de
Elía Manuel; de
Estrada Juan
Francisco;
De
Gamboa
Francisco; de
Gregorio Néstor;
de
Vedia Lorenzo;
Debarnot Oscar F.; Dedyn
Miguel; Della Torre Alberto; Delorenzi
Alejandro;
Díaz Diego; Diehl
Guillermo; Diez
Alberto;
Dolzani Eliseo; Dornelles
Iván; Dotro Ricardo Eguía
Seguí Enrique; Evangelista
Enrique; Fabian
Oscar; Fabré
Oscar; Falcón Marcelo O.; Fanuele
Hernán; Femia
César;
Fernández Caride Ricardo; Fernández
Javier; Fernández
Luis;
Fitolite Edgardo; Fortini
Eduardo; Frizzarin
Lino;
Fronza
Javier; Gadea
Fernando;
Gallego Néstor; Galli
Carlos; Gallino
Gustavo;
Gallino Marcelo; García
Pablo; Gera Lucio; Giannerini
Marcelo; Giannetti Fernando; Giaquinta
Carmelo; Gil Marcelo; Gimenez
Julio;
Gioncardo Blas; Giorgi
Alejandro;
Gómez
Caride Wenceslao;
González
Balsa Fabián;
González Carlos J.; González
Eduardo; Gorini Darío; Granell
de Pavia Emilio;
Granillo Ocampo Adolfo; Grohar
Ignacio; Guasta
Eugenio;
Guerrero
y Labrador
Miguel; Herdegen Marcelo; Iglesias
Marcelo; Irigoyen Miguel
A.; Irrazábal, Gustavo; Izurieta
y Sea Álvaro; Jamschon
Fernando;
Jamut
Gustavo;
Jiménez José D.; Junor
Jorge; Klajner
Javier; Klappenbach José M.; Krpan
Domingo;
Labeque
Marcelo; Lahitou Luis; Larken
Ricardo; Laurencena
Raúl;
Leonelli Adrian; Lizárraga
Pablo; Llorente
Alejandro;
Lopardo
Eduardo; Lorenzo
Fernando;
Lorenzo
Gastón;
Lualdi Paulo; Lutz
Raúl; Madueño Manuel; Malía
Pablo; Marcó Guillermo; Marcolini
Oscar; Marenco
Jorge; Marino
Rafael; Marronetti
Gabriel;
Martín
Luis;
Martín Raúl; Martinez
Juan C.; Martinez Raúl; Martinoia
Luis;
Maydana Ramos Jorge; Medina
Juan J.; Mendiguren
Julio;
Messer Leopoldo; Miceli
Mario; Milano Osvaldo; Moia
Carlos; Molero
Pablo;
Mondini Fabián; Monzani
Gian Carlo;
Morad
Francisco;
Morán Díaz Rafael; Moreyra
Miguel A.; Nápole
Gabriel;
Nocetti Carlos; Odstrcil
Adalberto ; Oeyen
Pedro;
Oleinik
Jorge; Ortega Fernando; Ostuni
Rocca Pablo; Páez
Miguel;
Palau Ignacio; Panaro
Antonio;
Pardo
Alejandro; Pazos
Ares
José M.; Pechinenda
Oscar;
Pedacchio Fabián; Perdomo
Hugo; Pérez dal Lago Eduardo; Perrupato
Raúl;
Pezet
Alejandro;
Piccardo Diego; Pichel
José M.;
Poli Mario; Puiggari
Alejandro;
Puiggari
Rómulo;
Puricelli
Pablo;
Quiroga Facundo; Quispe
José; Reartes
M.Rafael;
Rebollo Paz Martín; Redondo
Saturnino; Retes Nicolás; Rey
Fernando;
Rey José Luis; Reyna
Horacio;
Ribeiro Juan M.; Risso
Sebastián;
Rolaiser Osvaldo; Román
Ricardo; Romero José N.; Rosales
Daniel; Rudy Ariel; Ruiz
Díaz José M.;
Russo
Alejandro;
Ryckeboer Xavier; Sabaté
Jordi;
Sacchi Esteban; Salas
Hugo; Salazar Gauna Carlos; Salvia
Ernesto; Sánchez Constancio; Sánchez
Gustavo;
Sánchez José; Santagada
Osvaldo; Sarza
Sergio;
Sayavedra
Oscar; Schätti
Alfonso; Scheining Jorge;
Sclippa
Juan Pablo; Seijo
Alejandro;
Sibilia
Sebastián;
Sirera Rubén; Sol
Joaquín; Sorace Alberto; Sosa
González Roberto; Suárez
José M.;
Tabbia Marcelo; Taubenschlag
Carlos; Tavella
Mauricio;
Tello
Cornejo Andrés;
Tello
Cornejo Mariano;
Tesone
Eduardo; Tomás Gabriel; Torrella
Juan;
Torres César; Torres
Julio;
Trapaglia Federico; Trinchero
Hugo; Tumulty
Hernán;
Uassouf
Claudio; Urdániz Juan B.; Vallarino
José M.;
Varano Marcelo; Varela
Raúl; Veiga Juan A.; Velo
Miguel;
Vidal Guillermo; Vilariño
Pablo;
Villafáñez
Jorge;
Viola Adrian; Wernicke
Federico;
Xatruch
Juan B.; Zacco
Dante;
Zampini
Augusto;
Zordán
Mariano;
Zueco Vicente; Un
Cura de Buenos Aires… “El
Párroco de la calle de la muerte” Días atrás, LA NACION estuvo en la villa 21 con el padre José Di Paola, uno de los sacerdotes que a comienzos de mes declararon que la droga estaba despenalizada "de hecho" en las villas. Ayer, el cardenal Bergoglio denunció que uno de esos curas fue amenazado de muerte. Esta nota cuenta la lucha de Di Paola para recuperar a chicos que han caído en el paco. "Che, dale, déjense de joder -dijo el hombre-. Si ya les dimos la guita..." Estaba en el piso, rodeado de chicos de ojos turbios y revólveres negros, y se refería al pago del peaje que usualmente le cobraban para entrar en la villa 21. El hombre se llamaba Angel, tenía 66 años y era repartidor. Siempre pagaba para entrar a hacer su trabajo y ahora querían cobrarle también la salida. "Callate, viejo, porque te pego un tiro", le respondió uno de los chicos, y como vio que Angel quiso incorporarse para tratar de hacerlo entrar en razones, le disparó directamente a la cabeza. Fue un balazo seco. Angel quedó tendido en esta misma calle, Osvaldo Cruz, por la que camino ahora con el corazón en la garganta Cuando
le di la dirección al remisero que me llevaba, se puso blanco. Me rogó que no
lo obligara a entrar por esa calle de Barracas
en esa ciudad de la pobreza donde viven más de 45.000 personas. Un policía que
no tiene jurisdicción en la villa me hace la gauchada de acompañarme hasta la
parroquia. Mientras caminamos por esa calle
todos nos miran. El policía va contándome historias oscuras, muy oscuras. Hace
muchos años que no tengo tanto miedo y siento una vergüenza íntima. Cuando
era cronista policial, no tenía miedo a nada, pero eso pasó hace mucho tiempo,
de una villa son gente trabajadora y noble: los hombres se ocupan como albañiles
o vendedores ambulantes, y las mujeres, como empleadas domésticas. También sé
que esa gente sufre más que nadie la inseguridad, y que la miseria envilece.
Pero no puedo evitar pensar en ese 5% que integran los asaltantes, los
traficantes y los adictos desesperados. Yo no cuento con más armas que mi
libreta negra y mi mochila, donde llevo recortes de prensa: una reciente cacería
humana durante la que asesinaron a cinco personas, ajustes de cuentas entre
bandas rivales, homicidios solitarios por alguna bronca y revelaciones
escalofriantes de un cura. Todos
le dicen padre Pepe, pero se llama José María Di Paola, tiene 46 años, oficia
de coordinador del Equipo de Sacerdotes de Villas de Emergencia y es el párroco
de la calle de la muerte.
Hace unas semanas puso la cara en una conferencia de prensa, para explicarle al
país que el problema no eran los habitantes de la villa, sino el narcotráfico
y la inacción completa del Estado y la Justicia. Muchos niños y adolescentes
portan armas y consumen droga sin que nadie persiga a los traficantes, y
entonces hacen de la villa tierra propia, es decir, tierra de nadie. Los
sacerdotes hablaban en defensa de los propios pobladores de sus comunidades, que
ven con impotencia la llegada de la peor de las plagas: el paco. Hace cuatro o cinco años la "pasta base", que antes era un mero desecho químico de la cocaína, se transformó en una mercancía de primer orden y se masificó en las zonas marginales. El paco cuesta muy barato y su consumo creció un 200% en la Argentina. A sus consumidores primero los pone eufóricos y luego fisurados; no tarda en volverlos adictos. Rápidamente, entran en una fase de alucinaciones, paranoias y agresiones salvajes. Se los conoce como los "muertos vivos". Son como vampiros de un elixir que se mezcla con viruta de metal y ceniza, que se arma con latas agujereadas y que conduce a la muerte cerebral en seis meses. La "latita" los vuelve erráticos y violentos, y la desesperación por conseguir dinero, en asesinos voraces. El paco rompió todos los códigos de convivencia. Hasta los códigos de los mismísimos "pibes chorros". En cualquier esquina de Buenos Aires puede verse a los "muertos vivos" vagar sin rumbo, o tirados en una vereda. A veces, un chico pacífico cambia de pronto de personalidad y comete un crimen sangriento por dos monedas. En ocasiones, los miembros de una bandita actúan como pirañas, atacan todos juntos a cualquiera, lo golpean y lo desvalijan en segundos en busca de recursos para seguir comprándoles a los vendedores de paco las dosis de esa misma tarde. Me
intriga cómo hace para vivir y luchar contra esta legión de problemas el párroco
de la calle Osvaldo Cruz. Cuando entro en la
sombra de un edificio humilde, con una iglesia y un patio techado y un aula
donde varias mujeres hacen un taller de cerámica, me recibe un arcángel desgreñado.
Es un hombre curtido de pocos dientes y de una dulzura inexplicable, un ayudante
de Dios. "Tiene que esperarlo un rato", me aclara. Hago fila con damas
taciturnas, y siento que lentamente me vuelve al alma al cuerpo. Imagino afuera
a los "muertos vivos" esperándome, pero ahora siento que no se
atreverán a pisar tierra santa. Es un pensamiento irracional, que de nuevo me
avergüenza, pero no puedo evitarlo. Pasan algunos minutos y aparece un chico
corpulento vestido con una remera y tocado por una gorra puesta al revés. Trae
cara de pocos amigos, y aunque le cedo amablemente mi lugar no me lo agradece.
Tiene la mirada dura. El padre Pepe sale de su despacho y le entrega una llave.
"Lo estamos recuperando del paco -me explicará después a solas-. Está en
plena lucha." Pepe parece más joven de lo que es. A una amiga que lo vio
en las fotos de los diarios y en los noticieros televisivos, se le escapó un
piropo: "Es muy fachero, parece un cura Calvin Klein". La impresión
personal le quita glamour : Pepe usa una modesta camisa azul de cura con clergyman
y unos jeans gastados, tiene pelo largo y barba, y habla sin ego ni énfasis.
Al entrar en su diminuta oficina veo un póster que dice "el hambre es un crimen" y la pared abarrotada de fotos. Entre todas descubro a la Madre Teresa y al padre Carlos Mugica, y unos versos anónimos que terminan con una advocación significativa: "Tu me enseñaste que el hombre es Dios, y un pobre Dios crucificado como tú. Y aquel que está a tu izquierda, en el Gólgota, el mal ladrón, también es un Dios". El
gladiador vive en una casita trasera y, cuando no hay tiros ni dramas, se duerme
a la medianoche leyendo estudios sobre las adicciones. Se despierta a las seis y
media de la mañana, se ceba unos mates y se queda cuarenta minutos rezando el
breviario. Recién después comienza a caminar el día. Sus padres viven en
Burzaco, pero Pepe fue a un secundario de Caballito. Era un muchacho de clase
media subyugado por la tarea evangélica del capellán. Iba caminando a Luján,
participaba de grupos cristianos, hacía tareas sociales y dudaba entre ser cura
o abogado, entre el Evangelio y el Código Penal. Al final terminó en el
seminario y se recibió en la Facultad de Teología de la UCA. Es un ochentista,
parte de la generación de las Malvinas, y nunca vio como un asunto ideológico
su "opción por los pobres". Admira tanto a Mugica y Angelelli como a
Don Bosco y Bergoglio. Antes de llegar a la villa 21 pasó por Ciudad Oculta.
Cuando le propusieron ocupar la parroquia de esa calle
muchos le preguntaban si estaba castigado. Llegó en 1997, con la idea de armar
trabajos de prevención de la droga y la violencia, y también para organizar a
los más jóvenes. Y se encontró con un panorama amenazante y desolador. Había
desconfianza, desintegración y violencia. Tuvo en esos primeros tiempos miedo físico
y espiritual. Todas las noches se iba a dormir con la misma pregunta: "¿Qué
más puedo hacer? ¿Qué más puedo hacer, por Dios?" No ha dejado de
preguntarse lo mismo en estos doce años. Necesitaba cohesionar y la mejor ocurrencia tuvo que ver con la Virgen de Caacupé. Cuenta la leyenda que en este pueblo del Paraguay había un nativo que era artista de la madera, y que un día se internó en la selva en busca de los mejores materiales y que se sintió rodeado por miembros de la peligrosa tribu de los mbayas. Fue entonces cuando el pobre hombre se arrodilló y le prometió a la Madre de Cristo que esculpiría su imagen si salvaba su vida. El escultor se hizo de pronto invisible por la gracia de Dios y cumplió su promesa al construir la Virgen más venerada del Paraguay La
mayoría de los habitantes de la villa 21 eran y son paraguayos, y Pepe entendió
que era decisivo traer a la Inmaculada a este lugar. El santuario es de 1765 y
el párroco no paró hasta que logró enviar a
una comisión a buscar una réplica. La llegada a Buenos Aires fue apoteótica.
Se hizo una misa en la Catedral y luego una muchedumbre marchó con la Virgen de
Caacupé en una larga procesión a pie desde el Centro hasta Barracas, parando
en distintas parroquias hasta alcanzar al final su nuevo y definitivo hogar, esa
pequeña iglesia de la calle Osvaldo Cruz
donde el padre José Di Paola esperaba, con miles y miles de devotos de la villa
21, la entrada de la sagrada imagen. Fue un momento emocionante y decisivo. Esa
imagen de la Virgen articuló la devoción y permitió crear la base del
milagro. Di
Paola y tres camaradas sacerdotes comenzaron a llevar el catecismo a las casas,
abrieron capillas, organizaron escuelas de deportes y una escuela de oficios.
Formaron un grupo de cuatrocientos hombres que militan y trabajan en tareas
comunitarias, y convirtieron a cientos de adolescentes en niños exploradores.
Los llevaron a campamentos en la provincia de Buenos Aires y también los
hicieron viajar a Tandil y a Bariloche. Jamás hubo en ninguna de esas
excursiones la más mínima inconducta. El padre Pepe sabe que el noventa y
cinco por ciento de los villeros son honrados y pacíficos. Pero sabe también
que el noventa por ciento de los delincuentes provienen de las villas y que esa
inmensa minoría estigmatiza las barriadas pobres y deforma la verdad. Decir que
los pobladores de una villa son ladrones equivale a pensar que todos los
habitantes de San Isidro son ricos. En San Isidro hay, además de medio pelo y
clase media pauperizada, varias villas miseria. No se imagina Di Paola
regresando a un barrio porteño, donde las relaciones son tan individualistas y
donde todos practican el autismo y la indiferencia. En su comunidad hay
tragedias inconmensurables, pero también solidaridad, calidez humana, un amor límpido
y desbordante. Una cosa es darle un plato de comida a una persona que tiene
hambre. Otra muy distinta, y mucho más valiosa, es darle la mitad de tu plato,
la mitad de tu pan, la mitad del cuarto de tu vivienda, la mitad de lo poquísimo
que tenés. "Dar -decía la santa de Calcuta-. Dar hasta que te
duela." Los
policías, los jueces, los ministros. Todos brillan por su ausencia en la villa
21. La droga está despenalizada y el paco es un tsunami. Con el paco pierden
todos, me dice. Se nota un toque de angustia en su cara serena. Es un hombre que
ha llorado mucho y al que se le han secado las lágrimas. Se le confunden en la
memoria las palizas, los robos, las violaciones, los tiroteos y las muertes que
vio. No quiere hablar de eso. Pero la epidemia de los "muertos vivos"
lo tiene anonadado. Nadie hace nada. Todos prometen fondos y ayuda, hablan en
los diarios y en la televisión, pero sólo del gobierno vasco logró un pequeño
subsidio. Y con ese dinero insuficiente inició un centro de recuperación de
adicciones: una salita de día, una granjita y una casa de medio camino, desde
donde intentan que los recuperados se inserten de nuevo en la sociedad y no
vuelvan a caer. Todo con ayuda de voluntarios, mangueando remedios y a veces
haciendo el milagro de la multiplicación de los medicamentos. Puré de
clonazepan para chicos alterados que quieren dejar de ser zombis. Tiene
en estos momentos ocho chicos camino de reconvertirse a sí mismos en personas.
Ocho. Allá afuera hay dos mil "muertos vivos". Nacen y mueren varios
de ellos todos los días. No puedo dejar de pensar que es un marinero en un bote
perforado sacando agua con una cucharita. Me
muestra una foto de Pablo, un pibe violento que había sido esclavo del paco y
al que, con muchísimo esfuerzo, Pepe fue rescatando del infierno. Pablo posa
junto a un Jesús crucificado. Posa con orgullo. Di Paola le dijo que a él lo
mandaban a un retiro espiritual quince días a Córdoba y le pidió que en esas
dos semanas no saliera de su casa. "No salgas, Pablo, aguantame que vuelvo
-le dijo-. No corras riesgos. No salgas." Pero al cuarto día Pablo se
sintió fuerte y confiado, y salió a caminar por la villa. Y sus antiguos
enemigos lo acribillaron a balazos en la calle.
Cuando
el padre Pepe regresó a su casa en la 21 y se enteró del asesinato, se dobló
de dolor y le flaqueó seriamente la fe. No la fe en Dios. Sino la fe en sus
propias fuerzas, en la tarea de achicar el agua con una cucharita en medio de un
maremoto. Pero, luego, el gladiador se levantó de ese desasosiego, se abrochó
el clergyman y siguió adelante. Sembrar, sembrar, sembrar, se dice.
Caerse y levantarse. Pero está muy solo. Unicamente lo acompañan sus
feligreses, que lo adoran, los otros curitas y su obispo. El cardenal Bergoglio
lo visita seguido. Viene en colectivo hasta la villa y confraterniza con los
hombres y mujeres de la capilla de la Virgen de Caacupé. Una tarde, el hombre
que hace cuatro años pudo haber sido papa estaba charlando con un grupo grande
de albañiles, Uno de ellos se paró y dijo que hacía un tiempo le había
ocurrido algo singular. Salía de una obra en un edificio en construcción de un
barrio porteño y, al subir con sus compañeros al colectivo, mientras hablaban
en guaraní y hacían bromas, el albañil divisó sentado en el fondo a
Bergoglio. Les avisó a sus compañeros que era el mismísimo jefe de la Iglesia
Católica argentina, pero no le creyeron. El albañil no pudo entonces con su
genio, se acercó a Bergoglio, le preguntó si era quien era y le pidió la
bendición. "Cuando bajé del colectivo, padre -declaró el albañil ante
el silencio de todos-, les dije a mis compañeros: «Qué bueno tener un obispo
que vive como nosotros»." A Bergoglio, que es un estoico, se le llenaron
los ojos de lágrimas y lo quebró por un instante el llanto. Una vez mataron a tiros a un vecino a la salida de una misa, en esa misma calle por la que entré caminando y por la que Di Paola anda como si fuera una celebridad, acaso el verdadero padre de todos, el jefe de la gran familia. Un padre joven y fachero, que jamás se jacta de nada ni levanta la voz, y que logró la unión en la fe de una zona populosa donde la cultura tumbera es minoritaria. Se escuchan mucho más polca, chamamé y canciones populares paraguayas que cumbia villera. Aquí están las víctimas. Los traficantes de droga y los mercaderes de armas tienen muchos billetes y viven fuera de estas barriadas. Di Paola visita enfermos, atiende problemas, da la extremaunción, reparte consejos y, por las noches, cuando tocan a su puerta, se pone su coraza de tela azul y acude corriendo a la escena del crimen. Vecinos asesinados. Adolescentes heridos de arma blanca. Niños lastimados. Venganzas. Dramas con gritos y sangre. Acusaciones y lamentos. El padre Pepe llega casi siempre primero: la ambulancia del SAME tarda mucho más, porque no entra en la villa sin la custodia de un patrullero de la Policía Federal. Y el patrullero viene cuando puede Al caer la noche todo se vuelve más siniestro. La oscuridad, en la tradición cristiana, está vinculada al mal. Y las tinieblas en la villa 21 son letales. Pepe me está diciendo todo esto mientras vemos, por la ventana, que el último sol se apaga. Pienso en los vampiros del paco, que me aguardan afuera. Di Paola me lee el pensamiento. "¿Cómo viniste hasta acá?", quiere saber. Le explico que el remise partió y le digo, haciéndome el valiente, que no se agite: voy a irme caminando. Son cuatro cuadras hasta Vélez Sarsfield, y ahí tomo un colectivo. "No, no -me dice-. La salida es más difícil que la entrada." Pienso en el repartidor de garrafas que mataron hace cuatro semanas de un balazo seco en esta misma calle de la muerte Salimos
del despacho y Di Paola llama al arcángel desgreñado, que viene desde el
fondo. "Llevalo hasta la avenida", le ordena. El ayudante de Dios
asiente y Di Paola y yo nos damos un abrazo. Le digo la verdad. Le digo que fue
un honor conocerlo. No sé cómo me va a llevar el arcángel y presiento que
quiere que me suba a una bicicleta, porque agarra una y me llama desde el
umbral. Vamos, me anima. Salimos a Osvaldo Cruz, y el hombre se me pone al lado,
yo junto a la pared y él caminando con la bicicleta entre los dos. El arcángel,
como una muralla o un salvoconducto ante las decenas de ojos que nos siguen con
la mirada silenciosa del atardecer. Hay mucha más gente que antes y ya no queda
un miserable rayito de sol. En una pared hay un dibujo colorido y una oración
del Gauchito Gil. Salimos de la barriada y andamos despacio por ese corredor de
asfalto que es más oscuro que la villa misma. El arcángel me va contando dos
cosas: la santidad del curita y la maldición del paco. Al llegar a Vélez
Sarsfield veo que mi fiel remisero me hace señas desesperadas desde la otra
orilla. También veo que sigue pálido como un muerto. Gracias, amigazo, le digo
al arcángel, y al darle la mano siento los callos y asperezas del trabajador
incansable. Ese buen hombre común, ese ayudante de Dios, es como el promedio de
todos aquellos siervos de la Virgen de Caacupé. Cruzo
la avenida y el remisero me dice que estaba asustado porque yo no salía y que
no sabía si entrar o llamar al diario o avisar a la comisaría 32. Lo
tranquilizo un poco. Este también es un buen tipo. Me subo a su auto y
arrancamos. Y a medida que nos vamos metiendo en el centro de la ciudad tengo la
impresión de que no puedo volver a ser yo mismo. Me pongo el reloj y prendo el
teléfono, que había escondido durante todo este tiempo para no convertirme
directamente en un blanco móvil, y las calles conocidas me devuelven una falsa
sensación de seguridad. Pero lo real y lo imaginado durante aquel viaje al
corazón de la plaga y el dolor no me abandonan. Me persiguen un larguísimo
tiempo. Nos detenemos en una esquina céntrica y yo no puedo dejar de ver a esos
tres chicos: no tendrán más de nueve años. Dos de ellos están fisurados,
arrojados en una vereda. El otro camina unos metros con una cierta electricidad
descoyuntada, errante en la sombra. Muertos vivos cruzando la noche, pienso, y
miro el reloj. A esta hora el párroco de la calle
de la muerte debe de estar caminando los
pasillos de su laberinto. Qué cura testarudo. No sabe rendirse. Jorge Fernández Diaz
Documento
sobre el flagelo de la droga escrito por los sacerdotes
Al
término de la reunión extraordinaria realizada esta tarde en la sede de Documento del
Episcopado: 1.
Nos sentimos obligados a preguntarnos nuevamente, y con dolor: ¿nuestras
relaciones seguirán marcadas por la confrontación? ¿Una vez más
nuestra vida social estará signada por la fragmentación y el
enfrentamiento? ¿Seremos incapaces de fundamentar nuestros vínculos en
un diálogo sincero y constructivo? ¿No hemos aprendido nada de nuestra
historia? 2.
Es preciso que tomemos conciencia de que situaciones como ésta que
vivimos nos menoscaban como comunidad, nos aíslan del mundo y en
definitiva perjudican especialmente a los más pobres. Es más, este
conflicto ha puesto de manifiesto falencias profundas de nuestra vida
republicana. La persistencia misma del conflicto y la aparente
imposibilidad de resolverlo constituyen un signo de debilidad
institucional; son una prueba del escaso aprecio que, como sociedad,
otorgamos a la importancia y dignidad de la acción política como el ámbito
propio para la superación de las diferencias y el afianzamiento de la
amistad social. 3.
Consideramos que la solución sólo puede encaminarse mediante gestos de
grandeza y una vigencia aún más plena de las instituciones de
No es propio de los poderes públicos empeñarse como parte en los
conflictos, sino abocarse a su solución como principales responsables del
bien común de acuerdo a las funciones que a cada uno de ellos les
atribuye
4.
Como nos recuerda 5.
Por otra parte, aunque hubieran reclamos justos, no es en las calles ni en
las rutas donde solucionaremos nuestros problemas. Pedimos, por ello,
encarecidamente al Gobierno de 6.
Es necesario que los habitantes de esta tierra bendecida
abundantemente por 7.
En los momentos difíciles los cristianos experimentamos más intensamente
la necesidad de la oración, de decirle a Jesucristo, Señor de
Exhortamos a nuestros compatriotas a acompañar la oración con un gesto
de desprendimiento en favor de nuestros hermanos más necesitados.
Ponemos este mensaje en las manos y en el corazón de nuestra Madre de Luján,
pidiéndole que una vez más interceda por nosotros y acompañe el camino
de las autoridades, de los dirigentes de los diversos sectores y de todo
el pueblo argentino. Reunión Extraordinaria
de 5 de junio de 2008
Proyecto: Envío de ayuda alimentaria de emergencia
El hambre en Mozambique a
800.000 personas en situación de hambre (fuente ONU) Producto
Super Sopa a
Desarrollado por a
Ventajas del producto
·
Alto
poder nutritivo Presupuesto a
Se dará prioridad a los
niños, ancianos y madres en períodos de gestación o que estén amamantando. Noticias 02/10/2005 - El hambre
mata en Gaza y Sofala Por lo menos doce personas murieron en Chibuto, en la provincia de Gaza y
otras once en Chamba, provincia de Sofala, víctimas del hambre causado por las
magras cosechas. Un estudio del Programa Mundial de Alimentación, apunta a que 250.000
personas van a necesitar ayuda alimenticia hasta Noviembre, contra las 130.000
que actualmente son asistidas por PMA. El mismo estudio indica que hasta Marzo próximo, el país tendrá 588.000
personas que necesiten ayuda alimenticia. De acuerdo con 31/05/2006 - Población del distrito de Chigubo, en la provincia de Gaza está
enfrentando el hambre. Mas de diez mil personas del distrito de
Chigubo, en Gaza, continúan padeciendo hambre a pesar de las lluvias que
cayeron en los últimos meses en la región. La llegada tardía de las lluvias afectó
negativamente la producción, tal como sucedió en la campaña agrícola
anterior en aquel distrito. Fuente: Radio Mozambique www.rm.co.mz
COMO COLABORAR…
aDepósito bancario: Banco Francés. Arz. de Bs. As .c/c Nº 999-44353/0 INFORMES
MISA DEL EPISCOPADO EN LA BASÍLICA DE LUJÁN Homilía
de monseñor Agustín Radrizzani, Queridos
hermanos: Hoy hemos venido en
peregrinación a la casa de nuestra Madre, nuestra casa: a este querido
Santuario de Luján porque tenemos hambre y sed; hambre y sed de justicia, de
verdad, de convivencia fraterna, de paz. En el Evangelio de
hoy Jesús nos dice: “El que viene a mí jamás tendrá hambre, el que cree
en mí jamás tendrá sed”. Por eso estamos aquí en humilde oración y
representando a nuestro querido pueblo, porque en Jesús podemos saciar nuestro
hambre y nuestra sed. Y ahora permítanme
queridos hermanos que dirija mis palabras a la Santísima Virgen como una
manifestación de confianza en Ella, para que Ella venga en nuestra ayuda. Virgencita de Luján,
madre nuestra muy querida, venimos hoy a tu casa para pedirte por nuestro
pueblo, especialmente por los más pobres, débiles y sufrientes. Tu hijo Jesús
prometió que estaría con nosotros siempre que nos reunamos en su nombre. Y aquí
estamos tus hijos de Argentina, reunidos en el nombre de Jesús. Con una total
confianza en su presencia te pedimos por nuestra Patria. Ante todo te pedimos
que nos ayudes para saber valorar y construir la amistad social. Enséñanos a
amarnos como hermanos, a desterrar enfrentamientos, desencuentros, agresión y
resentimientos, y que sepamos promover la justicia para todos. Que encontremos
la manera, venciendo el egoísmo, de superar toda inequidad. Que no suceda entre
nosotros como sucedía en la comunidad de Corinto, que unos tienen demasiado y
otros pasan hambre, sino que todos puedan sentarse a la mesa de la creación,
nadie se vea excluido y todos puedan llevar una vida digna. Además queremos
pedirte que aprendamos a favorecer y cultivar la disposición al diálogo
genuino en la verdad y el respeto entre las personas y los distintos sectores,
como camino indispensable en la búsqueda del bien común. Que cultivemos en
nuestro espíritu la convicción de que sentarse a dialogar no es reunirse para
prevalecer o imponer, o convencer al otro, sino que el diálogo es fecundo
cuando cada uno se pone en el lugar del otro y llegan a un acuerdo, a un punto
común, aunque no se logre todo lo que cada uno quiere, pero todos salen
enriquecidos por haber buscado, con sinceridad y desprendimiento, la verdad. Finalmente queremos
pedirte Madre que nos ayudes a defender los derechos de cada provincia y de cada
pueblo del interior, que seamos uno en la diversidad. Que logremos afianzar las
instituciones democráticas de la República, según nuestra Constitución. Esta
es nuestra Carta Magna como argentinos y es la mejor garantía para que todos se
vean respetados e incluídos en nuestro querido suelo patrio. Anhelamos un proyecto
de nación en el que cada argentino se sienta valorado y respetado en su
dignidad, y nuestra comunidad nacional goce de una auténtica y pacífica
convivencia donde logremos superar toda mezquindad y con corazón magnánimo,
veamos siempre en el otro a un hermano. A ti, como buena
madre que eres, te pedimos que nos hagas buenos unos con otros y nos queramos de
verdad. Dile a tu Hijo Jesús
que tenemos hambre y sed por eso hemos venido aquí en nombre de todos. Y pídele a El que
nos dé las gracias que necesitamos para que estas intenciones por las cuales
hoy hemos peregrinado, se hagan realidad. Así
sea.
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Para obtener más información, pónganse en contacto con:
Parroquia Basílica San Nicolás de Bari
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